Isaac Nahon-Serfaty, autor en Runrun

¿Qué es un sefardí? Brevísima guía para venezolanos, por Isaac Nahón Serfaty

¿Qué es un sefardí? La pregunta resulta pertinente en estos días que podríamos calificar de “furor sefardí”.  Casi seis mil quinientos venezolanos han pedido la ciudadanía española por tener algún vínculo con Sefarad, como se llama a España en hebreo. Sobre el tema ya escribí un artículo que pueden leer aquí. El historiador Tomás Straka escribió otro texto magnífico sobre las implicaciones históricas de este “largo camino a Sefarad” que muchos han emprendido al reconocerse descendientes de aquellos judíos que fueron expulsados de España en 1492 por decreto de los Reyes Católicos Fernando e Isabel. Así que la respuesta fácil a la pregunta planteada al principio es: todo aquel descendiente de los expulsados se podría considerar como sefardí. Pero la cosa no es tan simple. Veamos porqué. 

El pueblo judío está dividido en dos grandes tradiciones: la asquenazí (ashquenaz en hebreo quiere decir Alemania, lo que incluía históricamente ciertas regiones de Francia) y la sefardí, que en principio se identifica con los judíos que vivieron en la Península Ibérica, pero que se extiende muchos más allá, incluyendo, al menos desde la perspectiva del ritual y las leyes religiosas, a los judíos originarios de los países árabes, conocidos también como mizrajim (es decir “orientales”). Los sefardíes, así como los mizrajim, tienen una serie de tradiciones, rituales y observancias que, si bien comparten un tronco común con los asquenazíes, les son particulares. 

Muchos sefardíes, especialmente los que vivieron en Turquía, Grecia, el norte de Marruecos, los países balcánicos (que formaban parte de la antigua Yugoslavia), Bulgaria, e incluso en ciudades como Alejandría en Egipto, mantuvieron un vínculo lingüístico con la España que los había expulsado. Hablaban un dialecto del castellano antiguo llamado ladino (conocido en Marruecos como jaquetía) que fue incorporando palabras y expresiones en hebreo, turco, griego, árabe, y otros idiomas de los que países que los acogieron. Ese vínculo también incluía un imaginario que se expresaba en viejos romances que recitaban y cantaban estos judíos, en los que se evocaban los paisajes míticos de Toledo y Granada. Hay en estos poemas una nostalgia por un pasado idealizado, a pesar del maltrato y la violencia de la “madre España” contra sus “hijos sefardíes”.

Los sefardíes hicieron contribuciones muy importantes al pensamiento y las leyes del judaísmo rabínico que tuvieron un gran impacto en todas las comunidades hebreas, incluyendo a los asquenazíes. Maimónides (1135-1204), conocido en hebreo por el acrónimo Rambam, médico, filósofo, codificador de leyes y rabino nacido en Córdoba, quiso reconciliar la Torá (tanto la escrita recogida en la Biblia judía, como la oral recopilada en el Talmud y otras fuentes) con el pensamiento de Aristóteles. Su Mishné Torá es el primer intento sistemático de codificar todas las prescripciones religiosas contenidas en los cinco libros de Moisés (el Pentateuco) y en las múltiples tradiciones orales.  Otro personaje muy influyente fue Yosef Caro (1488-1575), rabino nacido en Toledo, que sistematizó e hizo aun más accesible las prescripciones religiosas en su libro Shulján Aruj (o la “mesa servida”), que se convirtió en la fuente autorizada de leyes para todo el pueblo judío.

En Venezuela los sefardíes hicieron grandes contribuciones al país en todos sus ámbitos: económico, cultural, educativo, científico y político. Muchos apellidos sefardíes hoy están totalmente integrados a la sociedad venezolana, y que ya no se identifican como judíos pues están asimilados a la mayoría católica, han marcado la historia del país: Maduro, Capriles, Curiel Henríquez, De Sola, Chumaceiro, Senior, Ricardo, Bencomo, Fonseca, De Lima, son algunos de ellos. 

Otros han dejando su impronta en las artes y la literatura. Podemos mencionar al escritor Isaac Chocrón Serfaty, autor de extraordinarias novelas como Rómpase en caso de incendio (probablemente su texto más sefardí) y de obras de teatro memorables como Animales feroces. La cineasta Margot Benacerraf, directora del premiado documental Araya y fundadora de la Cinemateca Nacional.  Amador Bendayán, actor y animador de televisión. Otros lo hicieron en la ciencia, como el Dr. David Lobo, médico pionero del diagnóstico biológico del embarazo en Venezuela. O el desarrollo urbano. Es el caso del arquitecto Mario Benmergui, fundador el Taller BMPT, que estableció los lineamientos arquitectónicos para las estaciones del Metro de Caracas y quien fue responsable y director del diseño de ocho estaciones del mismo sistema subterráneo. En el mundo académico como el profesor Carlos Guerón, experto en política exterior y que fue director de la Escuela de Estudios Internacionales de la UCV. O en la política, como Paulina Gamus, quien ha tenido una destacada carrera de servicio público en la era democrática. Así podríamos nombrar a muchas personas de origen sefardí que tuvieron un impacto en la vida nacional. La obra de referencia en este sentido es el Diccionario de la cultura judía en Venezuela de Abraham Levy Benshimol y Jacqueline Goldberg en el que se recopilan reseñas biográficas de los judíos (tanto asquenazis como sefardíes) que contribuyeron al desarrollo de Venezuela. El Dr. Levy Benshimol también escribió Dejando huella. Aproximación a la judeidad venezolana en el que presenta 19 esbozos biográficos de judíos venezolanos.

La comunidad judía de Venezuela ha hecho aportes para rescatar y difundir el legado y las tradiciones sefardíes. La Asociación Israelita de Venezuela, el Centro de Estudios Sefardíes de Caracas, la revista Maguén-Escudo y el Museo Sefardí Morris E. Curriel han sido y son todavía bastiones de la cultura judeo-sefardí. La Semana Sefardí de Caracas, los libros, los artículos, los discos, las conferencias, las exposiciones, son testimonio de una identidad judeo-sefardí dinámica y floreciente a pesar de todas las limitaciones y dificultades del momento actual. Y esta tarea de rescate y cultivo del legado sefardí está asociada con nombres fundamentales como Moisés Garzón Serfaty, Jacob Carciente, Amram Cohén, Abraham Botbol, Abraham Levy, Isaac Benarroch, Aquiba Benarroch Lasry, Miriam Harrar, Priscilla Abecasis, Federica Palomero, Alberto Moryusef, Néstor Garrido, entre muchos otros.    

¿Qué es un sefardí? Alguien que trasciende las contingencias del momento. Es más que una búsqueda frenética de la nacionalidad española. Es toda una historia conectada ciertamente con España, pero también profundamente enraizada en Venezuela, y con el destino de todo el pueblo judío y la tierra de Israel. 

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La comunicación con seres subterráneos en Caracas, por Isaac Nahón Serfaty

 

Me cuenta mi madre que su abuela (es decir, mi bisabuela) destilaba aguardiente en el sótano de su vieja casa. Los vapores que salían del alambique tenían un efecto embriagador y producían ilusiones ópticas. La bisabuela relataba que a veces, en plena faena de producción de licor, veía a los que llamaba en su arcaico español (la jaquetía que hablaban los sefardíes en Marruecos) a “los de embaixo”, a los seres de los mundos subterráneos que emergían entre los alcoholes que flotaban en el ambiente. Hoy voy a hablarles de otros seres de “embaixo”, de los seres subterráneos que fuimos los ciudadanos de Caracas cuando se fundó el Metro en la década de los 80 del siglo XX.

En medio de la ola derrotista que vivimos los venezolanos, es bueno recordar que somos capaces de ser mejores personas si nos ofrecen los estímulos, el ambiente y los incentivos adecuados. Hoy parece una realidad lejana, pero alguna vez el Metro de Caracas fue un laboratorio social que logró éxitos en educación ciudadana. Tuve el privilegio de tener como profesor en la UCAB a uno los padres de esa criatura, Carlos Santiago González, lamentablemente desaparecido de forma prematura. El profesor González fue el encargado de manejar el sistema de anuncios en las estaciones del Metro de Caracas. Él diseñó cuidadosamente los mensajes que se difundían por los altoparlantes del subterráneo. Cada mensaje tenía una intención particular: informar sobre cambios en rutas u horarios, educar a los usuarios para promover comportamientos adecuados, orientar al público, evitar accidentes, señalar a alguien que estaba cometiendo una infracción o asumía algún riesgo (“no pase la raya amarilla”).  

Nos contaba el profesor González que el desarrollo de estos mensajes fue un proceso que se nutrió de la investigación del perfil del usuario y de la observación de su comportamiento. Nada fue dejado a la improvisación. La relación entre lo verbal y lo no verbal en la comunicación le interesaba mucho, como lo testimonia una entrevista que le hicieron en la revista Video-Fórum en 1980 sobre el sonido en el cine y la televisión en Venezuela.

El trabajo que nuestro profesor hizo en el Metro de Caracas era el reflejo de una cultura corporativa que tuvo una gran influencia en los caraqueños. Desde su inauguración en 1983, el subterráneo fue un ejemplo de diseño arquitectónico, planificación urbana, ingeniería, gestión eficiente y comunicación institucional.  Era un lugar común decir que los caraqueños, normalmente indisciplinados, ruidosos, rudos, nos transformábamos en “suizos” cuando descendíamos a las profundidades del Metro.

Desde una perspectiva comunicacional, se puede decir que esta transformación no solamente era el resultado de unos mensajes bien escritos y bien difundidos, sino de un contexto que transformaba la experiencia del usuario del Metro. Aunque un arquitecto podría explicarlo mucho mejor, creo que el Metro significó sobre todo la irrupción de una nueva estética que impactó el comportamiento ciudadano. No cabe duda que el Metro cambió nuestra manera de percibir y apreciar la ciudad. De alguna forma, otras obras que se construyeron en los 70 y 80 tuvieron un impacto similar. Pienso en la nueva sede del Museo de Bellas Artes, el Complejo Cultural Teresa Carreño y el Museo de Arte Contemporáneo Sofía Imber, entre otras.

Las noticias que llegan del Metro no son muy alentadoras. Los problemas de funcionamiento indican que el sistema de transporte está sufriendo los avatares de la falta de mantenimiento e inversión, y del deterioro de aquella cultura organizacional que ayudó a promover una mejor ciudadanía “subterránea”. Pero la historia reciente nos indica que no estamos condenados a la mediocridad del chavismo. Podemos ser mejores seres de “embaixo” si nos lo proponemos.

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*Profesor en la Universidad de Ottawa (Canadá) 

Sopotocientos y la televisión para la democracia: una crónica del futuro, por Isaac Nahón Serfaty

 

Probablemente muchos jóvenes no saben que en Venezuela tuvimos nuestro Plaza Sésamo (Sesame Street) llamado Sopotocientos, un programa para niños en edad pre-escolar que se transmitió por la Televisora Nacional (canal 5) a partir de 1973.  Concebido por Alba Revenga, quien después produciría otras emisiones en la televisión comercial, el programa buscaba educar a través del entrenamiento a partir de la interacción de los hermanos Pablito (Hugo Rojas) y Tinita (Karin Lechner) y sus padres (interpretados por Julio Capote y América Alonso) con unos simpáticos animales: Rascón Corroncho (un erizo interpretado por Oscar Ibarra), Potamito (una hipopótamo interpretada por Martha Velasco) y Doña Coco (una cocodrilo interpretada por María Luisa Lamata).

El espíritu de Sopotocientos expresaba ideas como la del famoso Míster Rogers, creador del programa homónimo para niños que se transmitió en la televisión pública de los Estados Unidos; es decir que la televisión puede ser un vehículo para la formación de un ser humano feliz, curioso, amable, abierto a los demás y empático. Con un formato lúdico, sin discursos moralistas pero lleno de valores, Sopotocientos era un espacio que ayudaba a modelar actitudes y comportamientos positivos en los pequeños, de alguna manera inspirado en los postulados de la teoría del aprendizaje social del psicólogo social Albert Bandura.

La televisión venezolana tuvo en su momento estelar otros programas formativos. De los más conocidos, recordamos Valores Humanos con Arturo Uslar Pietri, Las cosas más sencillas con el poeta Aquiles Nazoa, Por el mundo de la cultura con el musicólogo y compositor José Antonio Calcaño, Contratema con Adriano González León (autor de la novela País portátil), Cinemateca del aire con Rodolfo Izaguirre, la revista cultural Síntesis y el programa Retratos, ambos dirigidos por Sergio Sierra. Tampoco podemos dejar de mencionar Contesta por Tío Simón con el gran Simón Díaz, los especiales producidos por Renny Ottolina en la Gran Sabana y París, las entrevistas que hacía Pedro Berroeta, Contacto con Isa Dobles y Eduardo Sapene, entre muchos otros.

Este ejercicio de memoria no pretende ser una mera lamentación nostálgica de lo que hemos perdido. Los medios de comunicación y las formas en las que consumimos el entretenimiento y la información han cambiado radicalmente en el mundo de Internet y las redes sociales. No se trata de restituir el pasado, sino de ver hacia el futuro a partir de una óptica venezolana, desde donde podemos crear y difundir contenidos a través de las diversas plataformas digitales con las que contamos hoy en día. Lo que queremos demostrar es que no estamos condenados a reproducir los contenidos de la televisión “basura” o la burda propaganda del chavismo. Queremos poner en evidencia que en Venezuela existió y existe el talento para hacer mejor comunicación.

Independientemente de los formatos y las plataformas, se trata de un problema de principios, o si se quiere de política (con P mayúscula) como lo ha dicho hasta el cansancio el gran maestro de los estudios de la comunicación Antonio Pasquali. En su ensayo intitulado Redescubrir los servicios públicos, Pasquali escribió: “Lo que queremos cabe en cuatro palabras: democratizar la televisión latinoamericana, ponerle un cese al uso selectivo de tan poderoso medio. El triple objetivo a alcanzar: dar al mayor número posible de personas alguna capacidad emisora (lo que sólo puede alcanzarse mediante un gran y bien concebido servicio público); transformar los actuales círculos de telebasura en círculos de competencia a base de calidad; salvar a la democracia latinoamericana del telepoder total”.

En la circunstancia actual de Venezuela, lo planteado por el profesor Pasquali tiene algunas implicaciones muy concretas: democratizar la televisión y los medios de comunicación en general requiere primero acabar con este régimen militar-cívico para fundar una democracia de justicia y derecho. Esta es una condición si ne qua non para poder plantearnos la creación de un verdadero sistema público de medios (no confundir con los medios del gobierno). Además, la manifestación más brutal del “telepoder total” al que hacía referencia Pasquali en su ensayo es el aparato de propaganda del chavismo, una máquina de repetir mentiras, endiosar figuras como el fallecido Hugo Chávez, y ejercer una violencia simbólica y real contra la libertad de expresión y de información. No habrá democracia en Venezuela sin democracia en los medios de comunicación, y sin unos medios que formen ciudadanos y no esclavos de un populismo tiránico que reparte las migajas que dejan caer los gobernantes corruptos.

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*Profesor en la Universidad de Ottawa. 

La revolución que vendrá y su profeta venezolano, por Isaac Nahón Serfaty

 

En 1975 apareció un breve libro escrito por un venezolano peculiar. Su título era ambicioso: “La revolución de la inteligencia”. Su autor era un hombre culto, de hablar pausado y suave (muy alejado del vociferante demagogo), siempre con la sonrisa del optimista en la boca, y una cierta picardía en la mirada, como diciéndonos “todo irá bien”. Luis Alberto Machado planteaba allí una idea con un potencial tremendo, pero en términos simples: “…la inteligencia puede mejorar. Y, si puede mejorar, tenemos que hacer que mejore al máximo posible. Si ante mayores estímulos no dirigidos especialmente a este fin, de una manera que podemos llamar espontánea, ya ha mejorado, ¡qué no podría lograrse con un sistema dirigido consciente y sostenidamente con ese propósito?”.

 

Parecía que el Dr. Machado no sería profeta en su tierra, como había ocurrido con muchos otros grandes venezolanos, desde Andrés Bello hasta Fernández Morán. Pero el presidente Luis Herrera Campins, mandatario que no ha sido suficientemente valorado por sus logros debido a los también muchos errores de su gobierno, sí creyó en la propuesta del Dr. Machado, y creó en 1979 lo que entonces se llamó el Ministerio de Estado para el Desarrollo de la Inteligencia, del cual fue su primer y único titular. Entre otras cosas, como ministro el Dr. Machado puso en marcha un programa para formar a jóvenes madres en la estimulación precoz de sus bebés, programa que fue acompañado de una campaña de televisión, sin duda única e innovadora, en la que se ilustraban las técnicas para estimular el desarrollo de los niños a través del contacto amoroso y la interacción con sus madres. Pero como ha ocurrido en Venezuela muchas veces, al producirse el cambio de gobierno se desmanteló el ministerio y el desarrollo de la inteligencia ya no fue una prioridad del Estado.

 

Aunque sus ideas sobre el desarrollo de la inteligencia y la educación habían sido adoptadas en otros países como Israel, México, China, Corea del Sur, Bulgaria, Suráfrica, Costa Rica, el Dr. Machado se convirtió en un personaje casi exótico en su propio país. Fue objeto de chistes, de imitaciones en programas cómicos, y de esa acidez sardónica tan venezolana que a veces se confunde con viveza y “buen humor”, y que no es otra cosa que el reflejo de un profundo problema de autoestima que afecta a muchos compatriotas. La expresión más brutal de ese sarcasmo destructor vino del vociferante demagogo que fue Hugo Chávez, cuando en uno de sus infinitos Aló Presidente recordó, en tono de sorna, que cuando era candidato presidencial mandó a Edmundo Chirinos (ya en el momento en que se transmitió el programa en 2008 era sospechoso de asesinato y de abusos sexuales de sus pacientes) a que debatiera con el Dr. Machado.

 

Lo que Machado había planteado un su breve libro en 1975, y que puso en marcha durante los cinco años como ministro para el Desarrollo de la Inteligencia, hoy es confirmado por la ciencia y por la práctica. Primero, como lo dijo este profeta venezolano amable pero agudo, no existe un determinismo biológico, social o psicológico que marque el futuro de una persona. Numerosas investigaciones han confirmado que la combinación de una buena nutrición y de estímulos afectivos, cognitivos y motores son fundamentales para el óptimo desarrollo de un niño sano e inteligente (aquí pueden ver una entrevista con el médico pediatra Dr. Abel Albino que explica la importancia de un enfoque combinado de buena nutrición y estimulación temprana). Segundo, que el cerebro es un órgano que tiene una gran plasticidad, que puede cambiar y regenerarse (claro que con ciertos límites como los daños causados a temprana edad por la desnutrición), lo que va contra de la vieja premisa que decía que cuando las neuronas mueren se pierden para siempre o que un cerebro dañado (por ejemplo, por un accidente vascular) no puede recuperarse. Tercero, que los seres humanos somos una unidad indisociable cuerpo-mente que funcionamos a partir de otra unidad fundamental que es la del afecto y la razón. Y esto implica que toda política que se ponga en marcha tiene que enfocarse en el ser humano como unidad porque lo que nutra su cuerpo nutrirá su mente (y viceversa), y que su capacidad mental tendrá que ser el resultado de lo que hay llamamos una “inteligencia emocional”.

Cuando despertemos de la pesadilla chavista, que está produciendo una devastación social, sanitaria, nutricional, económica, política, educacional y moral, habrá que volver al simple y ambicioso programa del Dr. Machado, y de otros grandes venezolanos (recuerdo a los expertos en nutrición y desarrollo infantil, los doctores José María Bengoa y Hernán Méndez Castellanos, por solo mencionar a dos  héroes de la república civil), para construir un país en que la palabra revolución sea sinónimo de inteligencia y no de maldad destructiva.

 

@narrativaoral

*Profesor de la Universidad de Ottawa (Canadá)

María Corina Machado y nuestras taras socio-culturales: mujer, blanca y millonaria, por Isaac Nahón Serfaty

 

La política como la naturaleza le tiene horror al vacío. Por eso, cuando el vacío se manifiesta hay siempre algo o alguien que lo llena. En política ese vacío lo llenan personas que a veces llamamos líderes o dirigentes. Es obvio que en Venezuela se ha generado un vacío del lado de la oposición. El régimen militar-cívico ha hecho mucho para decapitar al liderazgo opositor. Algunos están presos (Leopoldo López), otros inhabilitados (Henrique Capriles), muchos en el exilio (Antonio Ledezma, David Smolansky, Freddy Guevara, etc.), y otros han sido “cooptados” de varias formas (no vale la pena mencionarlos, pero ustedes ya los conocen).

María Corina Machado está llenando, a su manera, este vacío. Y lo hace con las limitaciones que implica hacer política en la Venezuela devastada por la tiranía chavista. Está en la calle con la gente, y no solamente en Caracas sino en el interior del país, donde la crisis es más brutal por las carencias de servicios y de productos. Usa de forma sistemática las redes digitales para comunicar sus mensajes, y lo hace en varios idiomas para llegarle a la comunidad internacional. Ha montado una organización política, y cuenta con colaboradores que la ayudan a multiplicar sus mensajes e ideas. Se identifica como “liberal”, con una clara posición de centro-derecha, en un país donde casi todos los políticos prefieren posicionarse a la izquierda del espectro político.

María Corina ha dicho que no hay manera de salir de la crisis que agobia a los venezolanos sino se cambia de gobierno. No habrá manera de detener la inflación, mejorar el acceso a medicamentos y alimentos, reestablecer los servicios público como el agua y la electricidad, asegurar el derecho a la atención médica digna, poner en marcha una economía productiva, y recuperar PDVSA, si Maduro y su combo militar-cívico siguen en el poder. Su diagnóstico es claro. Lo que no resulta tan claro es el método que propone para producir una transición hacia la democracia. Ella mantiene la presión contra el régimen, pero eso no es suficiente para producir un cambio.

Sin embargo, María Corina tiene el mérito de estar dando la pelea en la calle y en las redes sociales, y, con menos impacto, desde un programa de radio que tiene un día a la semana en Radio Caracas Radio (con un alcance muy limitado). Ella ha sido constante y valiente. Como todo ser humano, se puede haber equivocado alguna vez. Pero nadie la puede acusar de no creer en la causa de la democracia en Venezuela y de no hacer todo lo que está en sus manos para salir de la tiranía chavista.

María Corina sigue adelante a pesar de tener tres características que no la favorecen. Primero, es mujer en un país que es todavía muy machista, incluso misógino. Segundo, es blanca en un país donde el chavismo ha exacerbado una especie de “racismo al revés”, en el que el color de la piel califica o descalifica a la gente casi de forma automática. Tercero, viene de una familia pudiente en un país donde el dicho de Hugo Chávez “ser rico es malo” es la expresión de un arraigado resentimiento contra empresarios y comerciantes, y que se ha visto reforzado con el victimismo que el chavismo ha incentivado estos últimos 20 años.

Sin ser un seguidor de María Corina o de su organización política Vente Venezuela, me siento en la obligación de escribir estas líneas pues todo hay que decirlo. Esta Venezuela destruida por el chavismo, llena de odios, sospechas, rencores y desesperanza, pareciera que no está lista para el liderazgo de una mujer como María Corina Machado. Muchas taras sociales y culturales nos impiden valorarla en su justa medida como dirigente política. Superar estas taras será una de las tareas de los venezolanos para salir de esta tragedia.

 

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*Profesor en la Universidad de Ottawa (Canadá)

La devaluación del Premio Nacional de Periodismo, por Isaac Nahón Serfaty

En 1994, siendo director de la Escuela de Comunicación Social de la UCAB, fui convocado por el entonces ministro de Educación, Antonio Luis Cárdenas Colmenter, para formar parte de una comisión encargada de revisar y poner al día el reglamento del Premio Nacional de Periodismo. El premio lo entregaba el Ministerio de Educación, aunque entiendo que después pasó a manos del Ministerio de Información y Comunicación. En esa comisión participaron varios venezolanos distinguidos entre los que recuerdo a mi colega Adolfo Herrera, como director de la Escuela de Comunicación Social de la UCV, y Eduardo Orozco, como presidente del Colegio Nacional de Periodistas, entre otras personalidades en representación de las academias y otras instancias gremiales cuyos nombres se me escapan.

La comisión hizo un análisis minucioso de la historia del premio, de la evolución de la profesión periodística, y de las diferentes categorías que deberían incluirse en el nuevo reglamento. Si mi memoria es buena, se instituyeron nuevas categorías a ser premiadas, como la docencia y la investigación universitaria, en otras. Todo se hizo en un ambiente de respetuoso intercambio de ideas entre los miembros de la comisión, con una visión amplia de lo que representa el periodismo en una democracia. En la comisión había variedad de perspectivas y posturas ideológicas, pero eso nunca implicó excluir puntos de vista o vetar posiciones. Al final llegamos a un consenso y se redactó un nuevo reglamento, que fue presentado al ministro Cárdenas.

Esta breve crónica la escribo en la fecha que tradicionalmente se entregan los premios nacionales de periodismo en Venezuela, 27 de junio, día de la publicación del primer número del Correo del Orinoco por parte de Simón Bolívar en 1818. En 2018, como en otros años recientemente, los premiados representan una visión sectaria y excluyente de lo que es el periodismo. Todos los premiados recibieron el galardón por trabajos que proponen una perspectiva complaciente con la ideología de la llamada “revolución bolivariana”. El Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, el galardón mayor, lo recibió Earle Herrera, profesor de la escuela de la UCV durante muchos años reconvertido en político chavista y miembro de la ilegal Asamblea Nacional Constituyente. Sin entrar a juzgar las cualidades periodísticas de Herrera, vale la pena citar simplemente lo que dijo en el acto del premio: “Hay una estadística lúgubre de periodistas asesinados en América Latina y el mundo que no incluye a Venezuela. En Venezuela no se asesinan periodistas, pero los Gobiernos de los países donde el ejercicio de esta noble y hermosa profesión del periodismo entraña el riesgo de muerte segura, léase México, Colombia y Honduras, que se soslazan (sic) dictándole cátedra de libertad de prensa a la patria del creador del Correo Del Orinoco”.

Esa estadística citada por Herrera merece un aclaratoria. Los ataques contra los periodistas no se pueden contabilizar solamente a partir del número de colegas asesinados, lo que es sin duda terrible y que debe ser denunciado. En la Venezuela bajo el chavismo los ataques contra los periodistas y la libertad de expresión han sido ampliamente documentados por organizaciones nacionales e internacionales como el Colegio Nacional de Periodistas, el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Prensa, Espacio Público, el Instituto Prensa y Sociedad, el Comité para la Protección de Periodistas, Amnistía Internacional, solo por citar algunas de ellas. Esos ataques, y eso lo sabe Earle Herrera, han incluido violencia ejercida contra los periodistas y otros trabajadores de los medios de comunicación por parte de las fuerzas armadas, policiales y los grupos paramilitares (los “colectivos”) del régimen chavista. Y no podemos olvidar los cierres arbitrarios de televisoras y de estaciones de radio, el racionamiento del papel periódico, los bloqueos de los sitios web de portales de noticias, el encarcelamiento de ciudadanos comunes por haber expresado sus opiniones o haber compartido informaciones en las redes sociales, las demandas por supuesta difamación contra periódicos por parte de personeros del gobierno. Podríamos seguir con la lista de violaciones a los derechos humanos y abusos, que es muy larga. Solo vale la pena recordarle a Earle Herrera el asesinato de Virgilio Fernández, periodista de El Universal, atravesado por una bala de FAL el día de la segunda intentona golpista el 27 de noviembre de 1992. Ese mismo día los golpistas, entre los que se encontraban el entonces teniente Jesse Chacón, masacraron a empleados del canal 8, Venezolana de Televisión, cuando tomaron las instalaciones de la televisora del estado.

El Premio Nacional de Periodismo en los años del chavismo, especialmente bajo la presidencia de Nicolás Maduro, también ha sido una forma de reconocer a los mercenarios de la revolución que van por el mundo repitiendo las mentiras de la maquinaria propagandística del régimen (maquinaria que se paga en euros y en dólares en un país quebrado en el que no hay divisas para alimentos y medicinas). Un caso emblemático es el de Fernando Casado, un profesor español-venezolano que ahora vive en Ecuador, quien fue galardonado en 2016 con el Premio Nacional de Periodismo, mención investigación, por su trabajo sobre la supuesta desinformación sobre Venezuela en la prensa internacional (“guerra mediática” en lenguaje chavista). Casado, como otros mercenarios académicos entre los que están Alfredo Serrano Mancilla (asesor económico de Maduro) o Juan Carlos Monedero (consultor que cobró varios miles de euros por asesorar a Chávez), tratan de justificar intelectualmente lo injustificable, como lo hizo recientemente en una conferencia internacional en la Universidad de Oregon en Estados Unidos. Pero se entiende porqué lo hace. En su currículo dice que fue “asesor en instituciones públicas de Ecuador y Venezuela”. Todo queda explicado.

 

Isaac Nahón Serfaty

Profesor en la Universidad de Ottawa (Canadá)

@narrativaoral

Tovar Arroyo retrata la peste chavista, pero olvida importantes detalles, por Isaac Nahón Serfaty

 

La película Chavismo: la peste del siglo XXI, escrita y dirigida por Gustavo Tovar Arroyo, es un documento para comprender el presente y darle forma a la memoria colectiva. Pone los puntos sobre las íes sobre los fundamentos del chavismo, esa creación de Hugo Chávez que recogió una larga tradición de caudillismo militarista combinada con el resentimiento comunista. El documental tiene la virtud de armar en hora y media un rompecabezas en el que calzan perfectamente las mentiras del propio Chávez (quien en plena campaña electoral de 1998 dijo que no era comunista y que Fidel Castro era un dictador), las volteretas de personajes como Arias Cárdenas, quien acusó al propio Chávez de asesino psicópata por las muertes de abril de 2002 para después reconciliarse con su compañero golpista, y la evolución de un proyecto de poder totalitario (la definición es de la abogada Tamara Sujú) con clara vocación criminal.

Los entrevistados en el documental representan una variada selección de intelectuales y políticos venezolanos y extranjeros que conocen bien a la bestia. Algunos de ellos la trataron cara a cara, como los expresidentes Andrés Pastrana de Colombia o Felipe González de España. Otros la enfrentaron frontalmente como José María Aznar u Oscar Arias de Costa Rica. Ricardo Hausmann y Moisés Naím, que formaron parte del equipo de ‘IESA boys’ en el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez, testimonian desde la posición de quienes quisieron cambiar la economía venezolana, y se toparon con el muro de la cúpula de los partidos tradicionales AD y Copei. Diego Arria ofrece su perspectiva también como ministro de CAP cuando la primera intentona de golpe de Chávez en febrero de 1992.  También aparece la nueva generación de políticos que emergieron del movimiento estudiantil que se opuso al referéndum constitucional de 2007: Yon Goicochea, Daniel Ceballos, Freddy Guevara, David Smolansky, entre otros.

La película va entrelazando las entrevistas con material de archivo de discursos de Chávez, desde que hizo su aparición televisiva con el recordado “por ahora”, pasando por sus palabras en la Universidad de la Habana en 1994 (recién salido de la cárcel) ante un Fidel Castro que lo miraba lamiéndose los labios, hasta aquella transmisión en cadena en diciembre de 2012 en la que nombró a Nicolás Maduro como su sucesor. Tovar Arroyo introduce aquí su tesis sobre la muy cercana relación entre Chávez y Maduro, para explicar la decisión del comandante de dejar al mando a su supuesto “favorito”.

 

El documental tiene varias omisiones importantes. Por ejemplo, se acusa a Rafael Caldera de haber apoyado de alguna forma a los golpistas en su discurso en el Congreso de la República en febrero de 1992. Pero no se dice nada sobre el papel que los llamados “notables” de la derecha rancia como Arturo Uslar Pietri y Miguel Ángel Burelli Rivas (su hijo Pedro Burelli aparece en la película) jugaron en el ascenso de Chávez y el desprestigio de la democracia civil fundada en 1958. Miguel Henrique Otero aparece en el documental, hablando muy de soslayo del apoyo que El Nacional le dio a Chávez en 1998, tema que podría haber merecido un comentario de Tovar Arroyo sobre el oportunismo de las élites venezolanas, comentario que no hace. Tampoco se menciona el lamentable episodio de la ‘Carmonada’ que terminó con una posibilidad cierta de cambiar el rumbo de Venezuela en abril de 2002. Un grupo de empresarios y abogados pusieron en la presidencia a Pedro Carmona “el Breve” y dieron al traste con una movilización social, militar y política para sacar a Chávez del poder.

 

Hay otras omisiones en la película que hubieran ayudado a comprender mejor cómo el chavismo ha sabido jugar con la oposición venezolana. En la película no se dice nada de aquel primer diálogo facilitado por el entonces Secretario General de la OEA, César Gaviria, y el expresidente de EUA Jimmy Carter, en 2003, lo que le dio un segundo aire a Chávez para seguir destruyendo las instituciones de la república. Y tampoco se menciona el más reciente diálogo en República Dominicana, que jugó la misma función del primero, extendiéndole la vida al régimen de Maduro y compañía.

 

Chavismo: la peste del siglo XXI es un documental valioso, bien hecho y necesario. No todo puede ser perfecto. Representa un punto de vista sobre lo que ha significado el chavismo para los venezolanos, y como tal es un punto de vista parcial. A pesar de sus omisiones, es una película que todo el mundo debería ver.

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*Profesor en la Universidad de Ottawa (Canadá)

El retorno de los brujos: propaganda, algoritmos afectivos y narcisismo cibernético, por Isaac Nahón Serfaty

 

El escándalo alrededor del uso indebido de datos por parte de Cambridge Analytica y de Facebook en las elecciones de Estados Unidos recuerda los viejos debates sobre la propaganda y su capacidad de “violar las mentes de las masas” (le viole des foules), según la conocida expresión del estudioso del nazismo Sergei Tchakhotin. Decía Tchakhotin que las masas fueron objeto de una sofisticada maquinaria de manipulación que pudo, por medio del uso estratégico de la radio y del cine (los medios de masa del momento) y de grandes puestas en escena (los impresionantes desfiles y mítines del nazismo), tocar las fibras emocionales de los alemanes, sus “pulsiones básicas”, en palabras del sociólogo ruso.  

Hoy volvemos a debatir sobre la manipulación de los afectos en las redes sociales para fines políticos. Claro que el ecosistema de comunicación es distinto al de Joseph Goebbels, el ministro de propaganda de Hitler. Pero los principios subyacentes para manipular a las masas parecen que no han cambiado mucho. Los reportes de prensa señalan que Cambridge Analytica desarrolló una metodología que le permite establecer perfiles psicológicos (psicográficos) de los usuarios de Facebook y así tocar teclas emocionales que pueden influir sus preferencias políticas y el voto. Se trataría del retorno de la teoría hipodérmica, en la que la audiencia sería la “víctima” indefensa de poderosos medios, en una relación de causalidad cuasi perfecta entre el mensaje difundido y el comportamiento observado.

Las investigaciones sobre los medios de comunicación, sin embargo, indican que sus efectos no responden a una lógica de causalidad estímulo – respuesta. Existen factores que intervienen en la forma en la que la gente usa, percibe y procesa lo que ve en los medios, las famosas “mediaciones” de las que habló el profesor colombiano-español Jesús Martín Barbero. Pero vivimos un cambio importante en la capacidad que tienen hoy los gobiernos, las corporaciones y los partidos políticos de analizar millones de datos y a través de sofisticados algoritmos difundir mensajes e imágenes a una audiencia cada vez más segmentada. Uno debe preguntarse, entonces, qué rol jugarán las mediaciones de Martín Barbero – nuestras referencias culturales, valores, familiares, amigos y otros grupos de influencia – en la que forma en la consumimos información y entretenimiento en las redes digitales. ¿Estaremos condenados a vivir el “realismo distópico” que nos presenta la serie británica Black Mirror en la que los medios digitales penetran hasta en lo más íntimo de un ser humano demasiado torpe para resistir esa tentación, según las palabras de su propio creador Charlie Brooker?

El debate sobre la influencia perniciosa de Facebook y de empresas inescrupulosas como Cambridge Analytica revela la importancia de las emociones en nuestra vida pública. El problema se plantea en términos no solamente de la manipulación afectiva – lo que una cierta tradición cartesiana ha considerado subsidiaria de la razón – sino del papel que juegan las emociones en la que forma en la que nos relacionamos con los otros y en la que conocemos el mundo que nos rodea. Como lo ha dicho recientemente el neurocientífico Antonio Damasio, “La cultura funciona por un sistema de selección parecido al de selección genética excepto que lo que está siendo seleccionado es un instrumento que ponemos en práctica. Los sentimientos son un agente en la selección cultural. Creo que la belleza de la idea está en ver los sentimientos como motivadores, como un sistema de vigilancia, y como negociadores”

¿Estaremos frente a un cambio de paradigma en este proceso evolutivo socio-cultural? ¿La “algorimitización” de las emociones significará un cambio en nuestra forma de concebir la humanidad? ¿Tendrá razón el historiador Yuval Noah Harari cuando afirma que la “religión tecnológica” (la llama “dataísmo”) está transformando de tal manera a Sapiens (al ser humano) que lo hará irrelevante y lo pondrá en la periferia en un mundo dominado por los algoritmos?

Son preguntas complejas que resultan difíciles de responder de forma unívoca. En todo caso, pareciera que nuestra torpeza, o nuestra pereza, probablemente contribuyan en convertirnos en marionetas de nuestros propios afectos. Cada vez surgen más evidencias de que los medios digitales están cambiando la configuración de nuestro sistema nervioso y nuestras formas de socialización, lo que no necesariamente anuncia consecuencias positivas. Sherry Turkle, profesora en el MIT, observa en su libro Alone Together: Why We Expect More from Technology and Less from Each Other (Basic Books, 2011) que ya hay muestras de insatisfacción entre jóvenes que viven pendientes de la imagen que proyectan en las redes sociales y que no tienen la experiencia de la introspección, madres que sienten que la comunicación con sus hijos vía mensajes de textos es más frecuente pero menos sustantiva, y usuarios de Facebook que piensan que las banalidades que comparten con sus “amigos virtuales” devalúan la verdadera intimidad entre amigos.  Si la tendencia se mantiene, es decir, si las relaciones virtuales sustituyen al contacto cara a cara, es posible que veamos más aislamiento, individualismo y menor cohesión social, lo que no augura nada bueno para la supervivencia de la democracia.

Es probable también que la expansión de las redes digitales no nos haga necesariamente seres más racionales. Aunque tengamos acceso a más información y participemos en más debates públicos sobre asuntos que nos afectan como individuos y como sociedad, esto no quiere decir que lo hagamos de forma más racional o basados en argumentos con base en la ciencia.  El reforzamiento de los fundamentalismos religiosos, de los nacionalismos, de las creencias en todo tipo de sectas y modas New Age son síntomas de un “retorno de los brujos” o del pensamiento mágico en nuestra sociedad digital. La expansión de la galaxia mediática, por usar una imagen del canadiense Marshal McLuhan, puede servir para que discursos míticos tengan impacto en las mentes de quienes buscan certidumbres en un mundo donde no hay muchas.

Y esta galaxia es también el espacio en el que desplegamos nuestros egos, a veces con una necesidad compulsiva de reconocimiento. Resume bien este estado del alma la letra de ese tema de West Side Story en la que María canta: “I feel pretty, Oh, so pretty, I feel pretty and witty and bright…”. Así van muchos por el ciberespacio, repitiendo ad nasueam lo hermosos, brillantes, incorruptibles, oportunos u ocurrentes que son. Es este conocimiento de nuestros egos, cuantificados en big data y transformados en algoritmos afectivos, que las corporaciones y partidos explotan para darnos, como lo dijo Andy Warhol, nuestros quince minutos de fama.

@narrativaoral

* Profesor en la Universidad de Ottawa (Canadá)