Isaac Nahon-Serfaty, autor en Runrun

Isaac Nahón Serfaty

Los Bee Gees e Israel, por Isaac Nahón Serfaty
Si los Bee Gees hubieran grabado la canción Israel hoy en día seguramente presenciaríamos una arremetida de la llamada “cancel culture” contra los hermanos Gibb

 

@narrativaoral

Si los Bee Gees hubieran grabado la canción Israel hoy en día seguramente presenciaríamos una arremetida de la llamada “cancel culture” contra los hermanos Gibb. Aunque ya el grupo no existe como tal, pues solo queda vivo Barry Gibb (Robin y Maurice fallecieron), activistas indignados pedirían a Spotify que saque a los Bee Gees de su catálogo digital. Exigirían que Fiebre del sábado por la noche, la película que puso a John Travolta en la cúspide al ritmo disco de Stayin’ Alive, fuese eliminada de las plataformas de streaming. Y los militantes anti-Israel ya no bailarían pegado escuchando How can you mend a broken heart? (¿Cómo puedes reparar un corazón roto?).

Esta hipótesis que planteo no es tan descabellada. La marca de helados Ben & Jerry’s, propiedad de la multinacional Unilever, anunció en estos días que dejaría de vender sus productos en los territorios ocupados por Israel. Según un portavoz, la compañía ha decidido no renovar la licencia que permite a una empresa israelí comercializar los productos de Ben & Jerry’s en Israel y en los territorios ocupados. La licencia vence en 2022. Su objetivo es negociar un nuevo acuerdo que permita la venta de sus helados dentro de lo que se conoce como la “línea verde”, es decir el territorio de Israel antes de la Guerra de los Seis Días de 1967, cuando el Estado judío ocupó Cisjordania y la Franja de Gaza.

La decisión de Ben & Jerry’s responde a una tendencia que se ha visto ya en el mundo académico y del espectáculo, promovida por el movimiento que se llama en inglés Boycott, Divestment, Sanctions (BDS, por boicot, desinversión y sanciones contra Israel). Universitarios, grupos de rock y otras figuras de la cultura (entre ellas el prominente músico y productor Brian Eno, y el cantante y compositor Elvis Costello) han decidido adoptar los lineamientos de BDS. Esto quiere decir que estos académicos y artistas no mantienen vínculos con sus pares israelíes, y, por supuesto, no se presentan en Israel, como parte del boicot.

¿Y la canción? 

Volvamos a los hermanos Gibb. Los Bee Gees grabaron la canción Israel en 1971, uno de los temas de su LP Trafalgar (el sencillo más conocido de ese disco es justamente How can you mend a broken heart?). Israel fue compuesta por Barry Gibb. La letra expresa admiración por lo que creemos es el joven Estado del Medio Oriente, aunque también puede ser leída como admiración por el pueblo de Israel (es decir, el pueblo judío). Veamos qué dice (mi traducción al castellano):

Has tenido tus tribulaciones Israel / Las he visto todas / Pero tú pones la escritura en el muro / Israel, Israel, sí

Sabes que he visto tu caída tantas veces / He llorado por ti y eso es un crimen / Israel, Israel, Israel. 

Donde hay arena / Donde hay hermosa arena sí / Sabes que tienes un tipo de sentimiento/ Que es grande / Tómame en tus brazos / Déjame estar contigo / Déjame estar contigo / Israel, Israel, Israel

Me gustan las sonrisas en los rostros de tu gente / Me hacen sentir tu abrazo cálido / Y yo quiero este tipo de sonrisa / Este tipo de sonrisa / Israel haces que todo el mundo piense en ti /

Y si no la encuentran, darán con una razón / Para gritar sobre Israel, Israel

Tú eres el único Israel, Israel / ¡Dímelo todo! / ¡Dímelo todo! / ¡Dímelo todo!

Tómame en tus brazos / Hazme sentir tu bondad / Ven conmigo Israel / Hey hey hey hey / Oh oh oh

Tómame en tus brazos / Déjame que te apriete en mi pecho / Lo quiero Israel / Israel Oh tómame de nuevo en tus brazos / Israel, Israel, Israel, Israel / Israel

Es una canción de amor, como tantas otras que compusieron e interpretaron los hermanos Gibb. ¿Pero es amor hacia quién? La letra la pudo haber escrito el rey David o algún profeta bíblico. El Israel de Barry Gibb es el país joven, que había vencido épicamente a los países árabes en seis días en 1967. Era el país de la utopía del kibutz socialista. Era la soberanía para el pueblo judío en su tierra ancestral, ese pueblo que, como lo recuerda la canción, había sufrido tantas tribulaciones. No era todavía el monstruo que pintan los activistas antisionistas ni los de BDS. No era todavía en el imaginario de la progresía mundial el “enemigo sionista”, aunque la propaganda soviética y de sus aliados insistiera en ello en esa época.

En 1971, el año que salió Israel de los Bee Gees, Hafez al-Assad (el padre del actual dictador Bashar al-Assad) llegaba a la presidencia de Siria; después de varias semanas de conflicto en Amán (que había comenzado en el “septiembre negro” de 1970), guerrilleros palestinos se retiraban hacia el norte de Jordania (terroristas palestinos asesinaban después al primer ministro jordano Wasfi al-Tal en El Cairo); el embajador de Israel en Turquía, Efraim Elrom, era secuestrado y posteriormente asesinado; un intento de golpe de estado era abortado en Egipto, y otro en Marruecos (Libia rompía relaciones con la monarquía magrebí), mientras que Jordania arremetía contra la guerrilla palestina; Siria rompía relaciones con Jordania por disputas fronterizas.

Todavía no había ocurrido la masacre de los atletas israelíes en Múnich en 1972. Sería en 1973 que estallaría en octubre la guerra de Yom Kippur. En 1975 la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptaría la oprobiosa resolución que afirmaba que el sionismo es racismo. Pero también fue la década en la que el presidente egipcio Anwar Sadat viajó sorpresivamente a Israel en 1977 y dio un discurso en la Kneset (parlamento), abriendo el camino hacia los acuerdos de paz de Camp David que se firmaron en 1979.

La de los 70 fue una década llega de dramatismo para el mundo y para el Medio Oriente. Las características voces de los Bee Gees, entonando Israel, con su vibrato y armonías al estilo Motown, podrían servir de banda sonora para esos años.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

La verdad silenciada: cuando los académicos mienten sobre Venezuela, por Isaac Nahón Serfaty

En un simposio de más de 3 horas, ni @mtinkersalas, ni ninguno de los otros ponentes (ni uno solo) mencionó las violaciones a los DDHH documentadas por la ONU. Foto: captura de pantalla del video en pbs.org

 

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Un historiador que ignora y distorsiona los hechos ya no es un historiador; se convierte en un propagandista. Ese es el papel que jugó el profesor Miguel Tinker Salas en un reciente simposio organizado por la Universidad de Houston sobre la crisis en Venezuela. El evento, que tuvo lugar vía Zoom, se enfocó en las distintas facetas de las migraciones de venezolanos a países de Sudamérica y el Caribe.

Tinker Salas, que trabaja en Pomona College (California), y se especializa en historia de Venezuela, fue el encargado de abrir el simposio con una presentación sobre la historia política y social del país en el siglo XX y principios del XXI. Su presentación estuvo llena de medias verdades, mentiras y distorsiones de eventos recientes. Ignorando los hechos históricos (sí, los hechos son importantes), este profesor afirmó que la república democrática civil dio la espalda a los países latinoamericanos para alinearse con los mandatos geopolíticos de Estados Unidos, contrastando con el supuesto viraje que habría dado el chavismo en apoyo a los países de la región.

Cualquier historiador medianamente competente (las fuentes están disponibles a un simple clic de Google) sabrá que esta afirmación de Tinker Salas no es cierta.

Todos los gobiernos de la república civil desde 1958 en adelante tuvieron una política de solidaridad con los países latinoamericanos y del Caribe. El gobierno Betancourt apoyó la lucha de los dominicanos contra el dictador Trujillo, como también denunció la injerencia de la incipiente dictadura comunista de Castro en Venezuela y en otros países. La doctrina Betancourt estipulaba que no se debían reconocer regímenes de fuerza, ya fueran de derecha o de izquierda.

Los gobiernos democráticos venezolanos apoyaron las iniciativas de integración económica de la región como el Pacto Andino y el Sistema Económico Latinoamericano y del Caribe (SELA). Vale la pena mencionar que Chávez decidió sacar a Venezuela de la Comunidad Andina, impulsó la integración de Venezuela en Mercosur (por su cercanía ideológica y crematística con los gobiernos de Lula en Brasil y Néstor Kirchner en Argentina), y promovió la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) de la que ya no queda casi nada. 

El primer gobierno de Carlos Andrés Pérez (CAP) apoyó la lucha de los sandinistas contra la dictadura de Somoza, un apoyo que fue decisivo en la victoria militar que produjo el cambio político en Nicaragua. Después, en su segundo gobierno, CAP le daría apoyo a Violeta Chamorro para resguardar su seguridad como presidenta (el caso famoso de la partida secreta) y así lograr una cierta estabilidad democrática en el país centroamericano.

No se puede olvidar la política de denuncia y aislamiento de los gobiernos venezolanos contra la dictadura militar de Pinochet en Chile, y la solidaridad con los refugiados políticos de las dictaduras del Cono Sur (Argentina, Chile y Uruguay) que encontraron en Venezuela un hogar. O el papel del gobierno de Luis Herrera Campíns en el proceso de paz en Centroamérica, y la posición de ese mismo gobierno de apoyo al reclamo de Argentina sobre Las Malvinas. Así podríamos citar muchos hechos que contradicen la afirmación del historiador Tinker Salas.

La presentación de este profesor también omitió ciertos matices importantes de la época de la república civil. Describió ese periodo como la consolidación de una Venezuela consumista para unos pocos y el empobrecimiento de las grandes masas. Las medias verdades en boca de un historiador también son problemáticas.

Tinker Salas no mencionó que los gobiernos de la república civil lograron éxitos en salud pública, como la erradicación de la malaria (que ahora ha regresado por la incompetencia del chavismo).

La masificación de la educación, la construcción de uno de los complejos hidroeléctricos más grandes del mundo (ahora los apagones son moneda corriente en la Venezuela chavista), la nacionalización de las industrias del hierro y el petróleo (PDVSA está hoy destruida en un país petrolero que tiene que importar gasolina), la construcción del sistema de transporte público Metro de Caracas (otra víctima de la destrucción chavista), y tantos otros logros materiales, sociales y culturales.

Claro que hubo problemas en la república civil. El empobrecimiento de la población que comenzó en la década de los ochenta creó el caldo de cultivo para abrirle las puertas al populismo autoritario de Chávez. La corrupción hizo mella en el sistema político, pero el chavismo ha superado todos los niveles de robo de los dineros públicos con una impunidad rampante. Los ejemplos sobran, y el profesor Tinker Salas solo tiene que investigar un poco para constatar los hechos que tanto prefiere ignorar.

Otra manipulación de este historiador fue cuando afirmó la oposición había retirado los retratos de Simón Bolívar de la Asamblea Nacional en 2015, en el momento en que la coalición democrática ganó la mayoría del parlamento. Lo que en realidad ocurrió es que se retiraron los retratos de Hugo Chávez (parte del culto a la personalidad que impulsa Maduro) y la representación gráfica del Bolívar que Chávez mandó a recrear digitalmente a su imagen y semejanza, después de haber profanado la tumba del héroe en el Panteón Nacional. Esas imágenes fueron sustituidas por el retrato que el mismo Libertador había descrito como el más ajustado a su apariencia. Pero esta fue solo una distorsión “menor” de los hechos, en comparación con la colección de manipulaciones y omisiones que un historiador honesto no se debería haber permitido en un foro académico.

Omisiones y delirios

Muchos profesores en Norteamérica, Latinoamérica, Europa y Australia prefieren ignorar los hechos y promover una agenda ideológica cuando se trata de estudiar el caso venezolano. El simposio en cuestión fue una muestra de ello, aunque es importante resaltar que muchos de los académicos que presentaron allí diferentes perspectivas sobre la migración de venezolanos a los países andinos, el Caribe holandés (Aruba y Curazao), República Dominicana, Trinidad y Tobago, Guyana, y Brasil, lo hicieron de forma bastante equilibrada, con investigaciones sustentadas en datos y hechos verificables.

Sin embargo, llama la atención que en un largo simposio de más de tres horas (una exageración en Zoom), ninguno de los ponentes (ni uno solo) mencionó las violaciones a los derechos humanos del régimen de Maduro documentadas en los reportes de la alta comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Michelle Bachelet.

Nadie mencionó la devastación ecológica, sanitaria, social y criminal producida por la explotación salvaje de oro y otros metales en el Arco Minero al sur de Venezuela.

Ninguno de los académicos se acordó del éxodo masivo de profesores universitarios, de los ataques a la libertad académica, el desfinanciamiento de las universidades públicas autónomas, de los estudiantes asesinados por las fuerzas militares y policiales, y de un largo etcétera que debería removerles la conciencia moral. Nada. Silencio absoluto.

La Dra. Sujatha Fernandes, socióloga de la Universidad de Sydney (Australia), quien cerró con una “imaginativa” ponencia el simposio, dijo que las sanciones de Estados Unidos contra el régimen de Maduro habían obligado a los chavistas a depender más de la “economía extractivista” (única referencia muy indirecta al Arco Minero), como si todo el aparataje económico-político del socialismo bolivariano no estuviera basado en un rentismo exacerbado desde los tiempos de Chávez y mucho antes de las medidas de los gobiernos de Obama y Trump (incluso con la participación de empresas petroleras y mineras norteamericanas).

El delirio ideológico de la profesora Fernandes llegó a su cúspide cuando afirmó que el futuro está en un socialismo “indo-africano” definido a partir de parámetros étnico-culturales (Marx se revolcaría en su tumba londinense). Claro que la profesora Fernandes nunca podrá reconocer que ese supuesto “modelo” ya se ha aplicado en Venezuela con las consecuencias desastrosas conocidas. Chávez vendió su revolución como una épica étnica de retorno a las raíces de un supuesto socialismo primitivo de los aborígenes americanos. 

Estamos ante discursos huecos de profesores que son incapaces de reconocer los hechos que tienen enfrente. Están cegados. Construyen “sus verdades” sin rigor científico y sin una pizca de honestidad intelectual.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

La hipernormalización de Venezuela: cuando el futuro nos alcanzó, por Isaac Nahón Serfaty

@narrativaoral

En el documental HyperNormalisation (2016), que el cineasta británico Adam Curtis realizó para la BBC, se argumenta que a partir de los años 70 del siglo XX, políticos, corporaciones, banqueros y tecnólogos crearon un mundo de mentiras y corrupción que ha sustituido al mundo “real”. El problema, dice Curtis, es que la mayoría piensa que ese es el mundo “normal”, porque no puede ver otra cosa. 

El término hipernormalización lo introdujo el antropólogo ruso Alexei Yurchak en su libro Everything Was Forever, Until It Was No More: The Last Soviet Generation (2005). Yurchak estudió la vida en la Unión Soviética en los años 70 y 80. Todo el mundo sabía que el sistema era disfuncional, pero la gente no podía imaginar una alternativa al status quo.

Se instaló entonces un clima de resignación colectiva para mantener la apariencia de una sociedad que supuestamente funcionaba. La hipernormalización, escribe Yurchak, era una forma de aceptar las paradojas de un discurso oficial que al mismo tiempo criticaba al occidente capitalista pero que también defendía la idea un internacionalismo que se alimentaba de los valores del mundo occidental. En la Unión Soviética del “socialismo tardío” el discurso y las prácticas desde la autoridad (totalitarias), llenas de contradicciones y mentiras, eran aceptados como parte de los principios y las rutinas del sistema. 

Ni Curtis ni Yurchak son proponentes de teorías de conspiración ni de una visión paranoica de la historia. Los dos nos ofrecen claves para entender la realidad que muchas veces se disfraza con neologismos o se maquilla a base de eufemismos, ya sea en los países del socialismo real o en el occidente capitalista.

Crímenes hipernormales

La Venezuela gobernada por el chavismo-militarismo está entrando aceleradamente en una etapa de hipernormalización. El primer signo es la dolarización de facto de la economía, y la desaparición del bolívar como moneda nacional. El “socialismo bolivariano” (como el comunismo cubano) ha renunciado a tener soberanía monetaria y adopta la divisa de los Estados Unidos, poniendo en evidencia la gran paradoja que ya a nadie sorprende. Más allá de lo ideológico, que en el caso del chavismo ha sido siempre accesorio, están los intereses de los millonarios de la corrupción, del tráfico de drogas, de los bonos soberanos y de PDVSA, del contrabando de oro, y de otros negocios ilícitos, que necesitan un mercado donde blanquear sus capitales.

Y por supuesto, ese mercado tiene que operar en divisas duras, y no en bolívares ultradevaluados o en petros, la supuesta criptomoneda creada por el régimen chavista.

A nadie sorprende tampoco que un renovado entusiasmo por los negocios se esté respirando en la Venezuela chavista en 2021. Empezó ya en 2019 con la fiebre de los bodegones que crearon la ilusión de un país próspero en el que se consigue de todo como en Miami, como dicen algunos consumidores en Venezuela. Pero eso era solo un síntoma de una actividad económica que se refleja también en la Bolsa de Valores de Caracas, donde se emiten títulos de deudas de empresas en divisas o se buscan tasas de retorno interesantes para capitales que ya no pueden circular tan libremente por Estados Unidos o Europa. Y un miniboom de construcción en la zona de Las Mercedes en Caracas, es también muestra de una lavandería de dinero que va encontrando su ruta en un mercado dolarizado.

Un analista venezolano lo ha caracterizado como “socialismo oligárquico”, noción que pone demasiado énfasis en lo de socialismo (una palabra hueca en boca de Maduro y sus secuaces) y no tanto en las características criminales de esta hipernormalización que se va instalando en Venezuela.

Al mismo tiempo que la economía vuelve a dar signos de vida (periodistas especializados reportan un posible crecimiento de 3% del PIB este año después de varios años de decrecimiento), la realidad sigue mostrando sus colmillos ensangrentados. La FAES, cuerpo con prontuario de asesinatos y desapariciones, sigue matando gente.

Los venezolanos siguen huyendo del país como pueden, a pie, en lanchas, y siguen muriendo en el intento. El tráfico de personas parece ser otro negocio rentable. La gente sigue cocinando con leña a falta de gas. Los periodistas siguen siendo perseguidos. Los representantes de organizaciones no gubernamentales que ayudan a quienes necesitan medicinas o comida también son acosados por las autoridades.

Pero la hipernormalización sigue a paso de vencedores, para usar términos chavistas. Como un velo que tapa la cara fea de 21 años de destrucción chavista, los principios y rutinas de la dictadura, con su barniz de “legitimidad” electoral, se van consolidando en la vida cotidiana. Y quien no acepta las reglas del juego, con sus trampas y sus vicios, está a riesgo de terminar preso, exilado o incluso muerto. Incluso, corre el riesgo de no disfrutar de los beneficios de los negocios que el blanqueo de capitales está haciendo posible en la Venezuela pospetrolera.

No sorprende en la era de la hipernormalización que empresarios asuman con entusiasmo el “renacer” económico de la patria, ni que formadores de opinión prefieran soslayar ciertos temas espinosos como el blanqueamiento de capitales (“muy difícil de probar”, me han dicho).

En la hipernormalización manda el principio de supervivencia (o del “sálvese quien pueda”). Ya sé que me dirán que es muy fácil decirlo desde Canadá, donde vivo, sin vivir bajo las amenazas de la dictadura. Sin embargo, no se puede tapar el sol con un dedo.

Es justamente con el discurso que enfatiza una falsa prosperidad (al menos, la que genera beneficio a unos pocos) y que prefiere los eufemismos para evitar llamar a las cosas por su nombre (una economía que crecerá en algunos nichos gracias al blanqueamiento de dinero corrupto y de la actividad criminal), que la hipernormalización venezolana se consolida.

Alguien decía en una emisora de radio que, si bien la noticia sobre el supuesto concesionario Ferrari en Caracas era falsa, no es algo que habría que criticar, pues si la empresa italiana decidiera instalarse en Venezuela para vender sus lujosos automóviles eso sería fuente de empleos y de actividad económica. Claro que sería positivo en teoría, le replico a la comentarista, siempre y cuando sus clientes no sean los que expoliaron al país, los violadores de derechos humanos o los que han destruido a PDVSA. Pero eso es mucho pedir en la Venezuela hipernormal.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Rompan todo en la Venezuela rockera: crónica de una ausencia, por Isaac Nahón Serfaty

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Venezuela es la gran ausente de la serie documental Rompan todo: la historia del rock en América Latina. Con la excepción de cortos testimonios de dos músicos venezolanos (José Luis Pardo, guitarrista de Los Amigos Invisibles, y Héctor Castillo, bajista de Sentimiento Muerto), el rock nacional es totalmente ignorado por los realizadores de la serie de Netflix.

La premisa de Rompan todo es que hay un paralelismo entre la historia política y social contemporánea del continente y la evolución del rock latinoamericano. Esto se ilustra señalando los eventos que marcaron a países como México, Argentina, Chile y Colombia (y de refilón, al Uruguay). Sus matanzas (la de la mexicana plaza de Tlatelolco en 1968); sus dictaduras (la “perfecta” del partido único PRI –Mario Vargas Llosa dixit -;  las juntas militares argentina y chilena); la represión, torturas y desapariciones, y el retorno a la democracia, con sus altos y sus bajos (sobre todo los bajos de la injusticia social y el tutelaje militar en Chile), y el narcoterror de Pablo Escobar y las violencias subversivas colombianas. 

Venezuela pareciera no ofrecer nada interesante para los productores de la serie.

Los llamados “cuarenta años” de relativa estabilidad democrática que empezaron con la reinstauración de la democracia en 1958, la decadencia del bipartidismo al final de los 90, y la llegada al poder del chavismo con sus veinte años de destrucción, no cuadran en la narrativa cuasi heroica de Rompan todo: rockeros contra políticos y militares malvados y corruptos.

Como si en Venezuela la música rock (y sus variantes pop, caribeña, jazzística y electrónica) no hubiera mantenido una relación dialéctica con la sociedad y la política. Pero hay otra posible explicación para esta ausencia: Venezuela no ofrece hoy en día un mercado muy interesante para la miniserie, así que para qué incluirla.   

Este corto texto no pretende contar la historia del rock venezolano, que ya contó Félix Allueva en su libro Rock Vzla, 1959-2019. También está la tesis que escribió Javier Weyler en 1997 para obtener el título de Comunicador Social en la Universidad Católica Andrés Bello intitulada La historia del rock en Venezuela. Vale la pena, sin embargo, recordar algunos momentos destacados de una saga rica en inventiva musical.

Del génesis a la revelación

Para hacer justicia al rock nacional es necesario empezar por el principio. Al igual que en México y en Argentina, en Venezuela nacieron bandas que hacían versiones de los éxitos de Los Beatles y de otras bandas británicas y de los Estados Unidos. Los Supersónicos, Los Memphis, Los 007, Los Darts, Los Impala, y otros grupos, marcaron el inicio de la historia rockera en el país. Estas bandas sonaron en los años 60 en las radios y en la televisión con covers como Tú la vas a perder, El último beso y Dónde, dónde.  

Al principio de los años 70 algunos soñaron que podían conquistar Londres, la meca del rock mundial. Los hermanos Charles y Jorge Spiteri se mudaron de Caracas a la capital británica, donde grabaron algunos discos, actuaron en clubes y conocieron a un jovencito tecladista venezolano que para eso entonces todavía se llamaba Ilan Czenstochowski (que después pasaría a ser Ilan Chester). Mientras tanto en Venezuela, el pop local iba echando raíces: Édgar Alexander y su Azúcar, Cacao y Leche (banda en la que tocara Ilan) sonaban con temas propios; el cantante Ivo versionaba el tema Hush (traducido como No) de Deep Purple; Trino Mora pretendía ser el Tom Jones criollo liberando su mente, y el grupo Syma pegaba una canción en inglés intitulada I don’t know why que cantaba con su gran voz un joven Guillermo Carrasco (quien después cantaría con otro grupo llamado Tinajas temas como Lazos de amistad e hiciera una carrera solista).  

La década de los setenta también fue la época del nacimiento de un rock con sabor venezolano. Vytas Brenner y su Ofrenda crearon un género muy original de fusión donde se combinaba rock y folclor venezolano, en su amplia gama desde la música llanera hasta los tambores negros de la costa (nada que envidiarle a la fusión chilena de Los Jaivas que aparecen en Rompan todo). El arpista Alexis Rossell y su Venezuela Joven también contribuyeron con el rock fusión, lo que hoy sería calificado como world music antes de que naciera este género. Y aunque no entra en la calificación de rock, el grupo Uno, dos, tres y fuera representó una curiosa innovación al combinar música tuyera con elementos de jazz

Con ese toque de fusión venezolana nacieron otros grupos como Frank Quintero y Los Balzehaguaos, con una orientación hacia el jazz rock. Y los menos conocidos Sietecuero con fuertes influencias caribeñas (ese sería el semillero del Daiquirí de Alberto Slezynger, la Adrenalina Caribe de Evio Di Marzo, y del mismísimo Yordano). También hubo en los setenta varias bandas de prog rock: Aditus (que después derivaría al pop), Témpano y Estructura (cuyo bajista Agni Mogollón grabaría algunos éxitos como cantante).

A finales de los setenta también se formaron bandas de hard rock y metal como Arkángel, un grupo de Valencia que ha tenido proyección nacional y algún reconocimiento en Colombia y Ecuador. El grupo tuvo como primer vocalista a Paul Silvestre Gillman, hoy convertido en figura del chavismo rockero. El rock duro (y su variante trash) se ha manifestado en Venezuela con bandas como Necropsia, Nihil o Noxius (la ene es una inicial popular entre los pesados).

La década de los 80 está marcada por el lanzamiento de un verdadero movimiento de la canción venezolana de la mano del productor y compositor Alejandro Blanco Uribe y Sonográfica, de Empresas 1BC.

A los ya mencionados Ilan Chester (quien ya había grabado un disco muy bueno con su grupo Melao), Yordano, Daiquirí, Adrenalina Caribe, hay que agregar a Elisa Rego, Colina (quien había traído de Inglaterra un bagaje musical new wave y reggae que supo integrar a su estilo muy venezolano), Franco De Vita, Sergio Pérez, entre otros, que formaron parte de una ola de éxitos resultado del talento musical, la calidad de grabación, y bien elaboradas campañas de marketing que incluyeron los video clips que se difundían en Radio Caracas Televisión. Tampoco hay que olvidar a La misma gente que grabó Lluvia, una canción que sonó mucho en esos años, a pesar de que no contaban con el apoyo de la maquinaria de mercadeo de otros grupos. Y debemos incluir aquí a tres pioneros de la música electrónica en el país: Vinicio Adames, Miguel Ángel Noya y Rada, que comenzaron a grabar a principios de los ochenta.

Decadencia política, auge de nuevos talentos

En los 90, los años de la decadencia de la democracia civil, irrumpen nuevos talentos. Sentimiento Muerto introduce en Venezuela un punk gótico con letras de corte existencial. Desorden Público, con un energético ska, denuncia la violencia y la corrupción que ya reinaban en ese entonces (pero nunca al nivel delirante que las ha llevado el chavismo). Los Amigos Invisibles (la obvia referencia al escritor Uslar Pietri no deja de ser irónica) interpretan su disco-funk nacional para presentar The New Sound of the Venezuelan gozadera en el mercado de los Estados Unidos de la mano del fundador de Talking Heads, David Byrne.

El Festival Nuevas Bandas, creado en 1991 por Félix Allueva  (historiador del rock venezolano), ha sido una incubadora de grupos. Aunque la lista es muy larga (disculpen las omisiones de una memoria imperfecta), podemos recordar a Caramelos de Cianuro, Zapato 3, Dermis Tatú, Skabiosis, y más recientemente La Vida Boheme, Viniloversus, Charliepapa. Podríamos seguir mencionando bandas y tendencias, en un país donde el talento musical nunca ha faltado. Es bueno decirlo para cubrir esa omisión en la crónica del rock latinoamericano.  

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

¡Chito! No haga preguntas impertinentes al gobierno interino, por Isaac Nahón Serfaty

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Hacer preguntas incómodas es un derecho que nadie puede limitar, ni el más poderoso o estruendoso de los funcionarios públicos. Al menos así debería ser en una democracia. Hugo Chávez las descalificaba con sus típicos ataques ad hominem, humillando a los periodistas que se atrevían a retar su discurso sobre el país de fantasía que presentaba en sus largas alocuciones. Donald Trump hace lo mismo con los periodistas que hacen su trabajo de preguntarle lo que no le gusta al todavía presidente de Estados Unidos. Según Trump, estos periodistas serían “serviles” instrumentos de la conspiración mundial que lo quiere sacar del poder. Pareciera que en Venezuela la herencia del chavismo ha contaminado también a las llamadas fuerzas democráticas. Hay preguntas que es mejor no hacer, pues resultan “impertinentes” (o en el lenguaje técnico jurídico “capciosas”).

Viene a cuento esta reflexión a propósito de la próxima consulta popular que la oposición venezolana y organizaciones de la sociedad civil celebrarán en el país y en el mundo (donde viven millones de venezolanos expatriados) desde el 5 al 12 de diciembre. Esta consulta busca darle un nuevo aire al gobierno interino presidido por Juan Guaidó, relegitimar la Asamblea Nacional electa en 2015, y pretende volver a movilizar a los venezolanos alrededor de la causa por la libertad y la restauración de la democracia. Aunque las preguntas de la consulta no se conocen todavía (no, al menos, cuando escribo esta nota), está claro que se quiere renovar el mandato de la coalición que tiene como cabeza visible a Guaidó para que continúe con sus esfuerzos locales e internacionales con el fin de desalojar a la dictadura de Nicolás Maduro.

No pregunte eso que me duelen los oídos

La pregunta impertinente (o “capciosa” según me dijo un destacado miembro del equipo del gobierno interino) que uno puede hacerse es la siguiente: ¿cómo la consulta popular ayudará el gobierno interino a ser más eficaz en su acción política interna y externa?

La interrogante no tiene una respuesta fácil, porque la situación de Venezuela es tremendamente compleja, y porque la figura del gobierno interino ha ido perdiendo fuerza.

Aunque las encuestas en Venezuela no son confiables (se hacen en un ambiente de terrorismo de Estado), la popularidad de Guaidó varía entre el 17% y el 40% dependiendo de la empresa encuestadora y del momento en el que se haya hecho el sondeo de opinión. El brillo inicial de su gestión se ha ido opacando. La crisis económica y social, más la pandemia de covid-19, se han ido imponiendo en la cotidianidad de la mayoría de los venezolanos. La preocupación por sobrevivir es la prioridad.

Sin embargo, los venezolanos siguen protestando. Lo han hecho los trabajadores de la salud, los jubilados, los maestros, los trabajadores petroleros y los de las empresas básicas en Guayana. Piden mejoras salariares en una economía literalmente dolarizada donde los ingresos son de hambre (el salario mínimo es de 0,75 dólares y unos 1,52 dólares si se considera el beneficio de los llamados “cesta tickets”).

Pero no hay articulación de las protestas en un movimiento colectivo. Se concentran en pedirle a un régimen indolente como el de Maduro que mejore su situación, cuando no ha sido capaz de controlar la hiperinflación, ha destruido la industria petrolera y la infraestructura del país. Las protestas no se enfocan en la única vía para abrir el camino hacia una solución de la tragedia venezolana: el cambio de gobierno.

¿Cómo entonces la consulta popular de este diciembre ayudará al gobierno interino a realizar una gestión más eficaz para lograr el cambio de régimen en Venezuela?

Esta pregunta “impertinente” hay que hacerla una y mil veces, aunque moleste a los sensibles oídos de algunos funcionarios nombrados por Guaidó. Primero, porque es un derecho que cualquier venezolano, dentro o fuera del país, tiene. Hacer preguntas a funcionarios públicos no es “capcioso”, y menos si los sensibles funcionarios dicen que quieren restaurar la democracia. Segundo, porque la única manera de lograr el tan ansiado cambio, que la gran mayoría de los venezolanos queremos, pasa por unir y no fragmentar a quienes desean que Maduro y su mafia salgan del poder. Cuando se descalifica a quien hace una pregunta lo único que se logra es debilitar la necesaria cohesión entre quienes comparten un objetivo común. Suena al “chito” del dictador Juan Vicente Gómez, que tan bien personificara el actor Rafael Briceño.

No conozco las respuestas a esta pregunta. Tampoco las obtuve cuando hice la pregunta. Se argumentó que era la típica posición que buscaba sembrar el desánimo en la gente. No era mi intención. El desánimo ya está sembrado después de años de represión y violencia del régimen, e incoherencia de nuestra clase política de oposición. Participaré en la consulta popular. Siempre he colaborado con todas las iniciativas que han puesto en marcha las fuerzas democráticas desde que vivo fuera del país. He denunciado una y mil veces al régimen criminal de Chávez y de Maduro en los medios de comunicación nacionales e internacionales.

No serán los oídos sensibles de un funcionario del gobierno interino los que me hagan cambiar de opinión sobre cuál es mi deber con Venezuela.

Pero, caramba, hasta cuándo tendremos que aguantar los venezolanos que quienes han decidido asumir posiciones de gobierno nos descalifiquen por querer ejercer nuestro fundamental derecho de pedirles cuentas. Desterremos la semilla del autoritarismo y del personalismo. Eso nos ayudará a ser mejores venezolanos.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Sobre la moralidad de la deuda externa: ¿vampiros o acreedores?, por Isaac Nahón Serfaty

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El economista Francisco Rodríguez ha escrito un artículo en la revista Foreign Affairs en el que afirma que las sanciones contra el régimen de Nicolás Maduro han afianzado al gobierno chavista en el poder mientras que están produciendo un tremendo daño a los más pobres en Venezuela. El argumento tiene sentido. El ejemplo de Cuba y la larga dictadura comunista de los Castro es una prueba irrefutable de lo inefectivas que resultan las sanciones comerciales para producir un cambio de gobierno en sistemas autoritarios y totalitarios.

Rodríguez, sin embargo, afirma que no son solo las sanciones contra el régimen la principal causa de la debacle económica venezolana. A pesar de que el régimen chavista repite en su propaganda que el “bloqueo” es la razón de todos los males, está claro, como lo afirma el mismo Rodríguez, que la hiperinflación, la caída de todos los indicadores de crecimiento y producción, el empobrecimiento de la gente, la devaluación brutal del bolívar, la destrucción de la industria petrolera y de las industrias básicas, preceden las sanciones impuestas por el gobierno de Trump.

En su artículo, el economista, quien ha sido profesor y analista de firmas de inversión en Estados Unidos (Torino Capital y Bank of America Merrill Lynch) que recomendaron la compra de bonos venezolanos, asevera que las causas fundamentales de la crisis económica en Venezuela son las políticas del chavismo y la corrupción generalizada. En este punto Rodríguez también tiene razón. Es la combinación de un estatismo trasnochado, lleno de retórica revolucionaria, y el funcionamiento de mafias que se han beneficiado de negocios turbios con miembros del régimen lo que ha acabado con la economía venezolana. No olvidemos el festín de dólares de Cadivi, los bolichicos que se apropiaron del dinero que debió ir al sector eléctrico, y el robo de fondos en Pdvsa, solo por citar algunos.

El olvido de Rodríguez

Lo que no menciona Rodríguez en su artículo es la responsabilidad de los inversionistas que compraron bonos soberanos de Venezuela y de Pdvsa en el financiamiento de un régimen corrupto y criminal. Llama la atención que un economista tan bien informado no ponga el dedo en esa llaga que representa una deuda externa pública que se calcula en cerca de 160.000 millones de dólares americanos.

Los gobiernos de Chávez y Maduro fueron bastante puntuales y disciplinados en el pago de los intereses de los bonos de la república y de Pdvsa, por lo menos hasta 2017, cuando el régimen chavista planteó una renegociación de la deuda con sus acreedores. La caída de los ingresos petroleros y de la producción petrolera ha cambiado la situación para los acreedores, que no pierden la esperanza de recuperar sus capitales. El régimen chavista ha encontrado otras formas de pagar sus importaciones, especialmente con las reservas de oro y el oro extraído en el Arco Minero.

Los bonos de sangre

Hace tres años otro economista venezolano, Ricardo Hausmann, profesor en Harvard, cuestionó la moralidad de invertir en bonos de Venezuela o de Pdvsa, bonos que ofrecían rendimientos muy superiores a los del mercado. Hausmann también cuestionó que el régimen de Maduro pagara los intereses de los que llamó “bonos del hambre”, en detrimento de recursos que podían servir para paliar la crisis de salud y de alimentación que ya enfrentaban entonces los venezolanos. En ese momento, Rodríguez, quien ocupaba el rol de analista en una firma que negociaba bonos venezolanos, insistía en que Venezuela podía y debía pagar a sus deudores.

Hoy la evidencia es clara. Los compradores de títulos de deuda de Venezuela han financiado a un régimen criminal que desde los tiempos de Hugo Chávez ha violado y continúa violando los derechos humanos.

Tortura, asesina, se sirve de grupos paramilitares y de fuerzas policiales y militares para reprimir, encarcelar, desaparecer personas, e intimidar a opositores.

Se podría hacer un paralelismo entre el oro de sangre y los bonos de sangre. Ambos han servido de sostén para que Maduro y su gobierno militar-cívico puedan disponer de recursos. Con ellos importa gasolina de Irán (en un curioso círculo vicioso de “solidaridad” entre gobiernos autoritarios y acusados de crímenes contra sus propios pueblos); pero también sigue comprando armamentos, mantiene aceitada su maquinaria de propaganda internacional, y sigue favoreciendo la corrupción como incentivo para mantenerse en el poder.

Llegará el momento en el que, después de un cambio democrático de gobierno en Venezuela, se establezca la ilegalidad de una buena parte de la deuda externa contraída por el chavismo. No habrá que dejar fuera las consideraciones morales de quienes se llenaron los bolsillos con los “bonos de sangre”. Las finanzas y la ética no deberían estar divorciadas. ¿O será mucho pedir?

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

El delicado arte de nombrar enfermedades: a propósito de COVID-19, por Isaac Nahón Serfaty

 

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Nombrar una enfermedad es un asunto delicado. Lo han tenido que enfrentar las autoridades de la Organización Mundial de la Salud (OMS) al decidir llamar COVID-19 al coronavirus que se habría originado en China. Explicaba el vocero de la OMS que se trató de una decisión para ayudar a erradicar el estigma y los prejuicios asociados con los chinos.

Un nombre neutro, descriptivo, (CO por corona, VI por virus, y 19 por el año en que fue identificado), contribuiría a reducir las representaciones y los discursos antichinos, e incluso antiasiáticos, asociados con la nueva enfermedad.

La verdad es que el asunto no es tan sencillo. Ya ocurrió con el sida, primero llamado por los medios de comunicación “cáncer gay”, después “Gay Related Immune Deficiency” (Deficiencia Inmune de los Gay) por ciertos médicos, con la carga de prejuicio que la palabra “gay” (homosexual) tenía en 1981, cuando aparecieron los primeros casos en San Francisco y Nueva York. Después se decidió llamarla “Síndrome de inmunodeficiencia adquirida”, y al virus que la causa “Virus de inmunodeficiencia humana” (VIH), denominaciones más neutras y con tono científico.

La historia de la salud pública está marcada por las palabras que usamos para denominar las enfermedades. A la epidemia de H1N1 de la llamó “gripe porcina” y se localizó su origen en México, con la carga simbólica que para muchos puede tener la asociación entre los términos “puerco” y “mexicano”. Al principio del siglo XX, la llamada “gripe española” (que mató entre 40 y 100 millones de personas), no se había originado en España, sino en Estados Unidos, pero quedó grabada en la historia asociada con el país de la península ibérica.

Enfermedad como metáfora del mal

Como lo escribiera Susan Sontag en su brillante ensayo La enfermedad y sus metáforas (1978), el discurso sobre la enfermedad es un discurso sobre el mal y la forma en que debe ser erradicado. La tuberculosis, antes que Koch descubriera al bacilo que la causa, fue sobre todo una enfermedad romántica descrita por novelistas y artistas como una dolencia del alma que sufre de mal de amores y que termina por consumir al cuerpo.

El cáncer se convirtió en el siglo XX en la metáfora de la vida estresante y neurótica de la era industrial, enfermedad a la que se le declaró una guerra con medios casi militares: la guerra química o la quimioterapia, y la guerra radiológica o radioterapia.

Las metáforas evolucionan a la par de la evolución del conocimiento científico y la tecnología. Por ejemplo, al descubrirse la causa infecciosa de una enfermedad, las explicaciones psicológicas o espirituales caen en desuso. En el caso del cáncer la metáfora guerrera sigue en el imaginario popular, pero las nuevas armas de esta guerra son más precisas e incluso menos tóxicas que las que se usaron en el siglo XX.

También existe la tendencia a renombrar las dolencias. Se ha hecho en el campo de la salud mental, en el que desórdenes como el “maniacodepresivo” se llama ahora “trastorno bipolar” o a la vieja neurosis que tanto inspiró a Sigmund Freud ahora se la ha fragmentado en distintas formas de sufrimiento como la ansiedad, el desorden compulsivo obsesivo o la timidez calificada como “trastorno de ansiedad social”. Pero probablemente el más emblemático de todos los renombramientos sea el de la “impotencia” masculina convertida en “disfunción eréctil”, cambio discursivo que vino acompañado de la introducción de Viagra, el primer tratamiento de su tipo para ayudar a los hombres con dificultades sexuales.

Imágenes y emoción en las redes sociales

Hoy en día más que el discurso son las imágenes las que tienen un gran impacto en el imaginario del público. La reciente epidemia de COVID-19 es la muestra más clara de la influencia que tienen los vídeos y las fotografías que circulan por las redes sociales en nuestras percepciones sobre las enfermedades: desde el supuesto origen del coronavirus, vinculado con la imagen de personas consumiendo una sopa de murciélago, pasando por las chocantes imágenes de agentes de policía sellando las puertas de una vivienda para que sus habitantes en cuarentena no puedan salir, hasta las masivas fumigaciones con desinfectantes en las calles de ciudades chinas y surcoreanas.

Las imágenes marcan las percepciones y creencias de la gente de una manera distinta al discurso y la palabra. Aunque es cierto que todas las formas de comunicación sobre la salud y la enfermedad tienen una fuerte carga emocional (e irracional), la imagen es sobre todo afectiva, tanto en su aspecto grotesco (piensen en la persona comiéndose al murciélago) como en su aspecto más sentimental (por ejemplo, los millones de imágenes de lindas mascotas que circulan por las redes). Las imágenes producen pánico, asco, encantamiento o sentimentalismo empalagoso.

Nuestras representaciones mentales sobre la crisis del coronavirus están altamente influenciadas por esas imágenes. Dependiendo de la persona, su contexto, su cultura y la información que maneja, estas imágenes reforzarán prejuicios, generarán pánico, amplificarán obsesiones o incluso, por su gran cantidad y frecuencia, terminarán produciendo lo que se conoce como “entumecimiento mental”, una especie de indiferencia por saturación.

Podemos concluir que la sinergia entre palabra e imagen es la que termina influyendo en nuestras creencias sobre las enfermedades. Es por ello que la tentativa loable de la OMS de nombrar a la enfermedad con la neutral denominación COVID-9 es de alguna forma un intento fallido de eliminar las connotaciones prejuiciadas que puedan existir sobre esta infección viral. La imagen, aquella que vale más que mil palabras, ocupa un espacio muy grande en el imaginario público de este mundo interconectado de las redes digitales.

¿Qué es un sefardí? Brevísima guía para venezolanos, por Isaac Nahón Serfaty

¿Qué es un sefardí? La pregunta resulta pertinente en estos días que podríamos calificar de “furor sefardí”.  Casi seis mil quinientos venezolanos han pedido la ciudadanía española por tener algún vínculo con Sefarad, como se llama a España en hebreo. Sobre el tema ya escribí un artículo que pueden leer aquí. El historiador Tomás Straka escribió otro texto magnífico sobre las implicaciones históricas de este “largo camino a Sefarad” que muchos han emprendido al reconocerse descendientes de aquellos judíos que fueron expulsados de España en 1492 por decreto de los Reyes Católicos Fernando e Isabel. Así que la respuesta fácil a la pregunta planteada al principio es: todo aquel descendiente de los expulsados se podría considerar como sefardí. Pero la cosa no es tan simple. Veamos porqué. 

El pueblo judío está dividido en dos grandes tradiciones: la asquenazí (ashquenaz en hebreo quiere decir Alemania, lo que incluía históricamente ciertas regiones de Francia) y la sefardí, que en principio se identifica con los judíos que vivieron en la Península Ibérica, pero que se extiende muchos más allá, incluyendo, al menos desde la perspectiva del ritual y las leyes religiosas, a los judíos originarios de los países árabes, conocidos también como mizrajim (es decir “orientales”). Los sefardíes, así como los mizrajim, tienen una serie de tradiciones, rituales y observancias que, si bien comparten un tronco común con los asquenazíes, les son particulares. 

Muchos sefardíes, especialmente los que vivieron en Turquía, Grecia, el norte de Marruecos, los países balcánicos (que formaban parte de la antigua Yugoslavia), Bulgaria, e incluso en ciudades como Alejandría en Egipto, mantuvieron un vínculo lingüístico con la España que los había expulsado. Hablaban un dialecto del castellano antiguo llamado ladino (conocido en Marruecos como jaquetía) que fue incorporando palabras y expresiones en hebreo, turco, griego, árabe, y otros idiomas de los que países que los acogieron. Ese vínculo también incluía un imaginario que se expresaba en viejos romances que recitaban y cantaban estos judíos, en los que se evocaban los paisajes míticos de Toledo y Granada. Hay en estos poemas una nostalgia por un pasado idealizado, a pesar del maltrato y la violencia de la “madre España” contra sus “hijos sefardíes”.

Los sefardíes hicieron contribuciones muy importantes al pensamiento y las leyes del judaísmo rabínico que tuvieron un gran impacto en todas las comunidades hebreas, incluyendo a los asquenazíes. Maimónides (1135-1204), conocido en hebreo por el acrónimo Rambam, médico, filósofo, codificador de leyes y rabino nacido en Córdoba, quiso reconciliar la Torá (tanto la escrita recogida en la Biblia judía, como la oral recopilada en el Talmud y otras fuentes) con el pensamiento de Aristóteles. Su Mishné Torá es el primer intento sistemático de codificar todas las prescripciones religiosas contenidas en los cinco libros de Moisés (el Pentateuco) y en las múltiples tradiciones orales.  Otro personaje muy influyente fue Yosef Caro (1488-1575), rabino nacido en Toledo, que sistematizó e hizo aun más accesible las prescripciones religiosas en su libro Shulján Aruj (o la “mesa servida”), que se convirtió en la fuente autorizada de leyes para todo el pueblo judío.

En Venezuela los sefardíes hicieron grandes contribuciones al país en todos sus ámbitos: económico, cultural, educativo, científico y político. Muchos apellidos sefardíes hoy están totalmente integrados a la sociedad venezolana, y que ya no se identifican como judíos pues están asimilados a la mayoría católica, han marcado la historia del país: Maduro, Capriles, Curiel Henríquez, De Sola, Chumaceiro, Senior, Ricardo, Bencomo, Fonseca, De Lima, son algunos de ellos. 

Otros han dejando su impronta en las artes y la literatura. Podemos mencionar al escritor Isaac Chocrón Serfaty, autor de extraordinarias novelas como Rómpase en caso de incendio (probablemente su texto más sefardí) y de obras de teatro memorables como Animales feroces. La cineasta Margot Benacerraf, directora del premiado documental Araya y fundadora de la Cinemateca Nacional.  Amador Bendayán, actor y animador de televisión. Otros lo hicieron en la ciencia, como el Dr. David Lobo, médico pionero del diagnóstico biológico del embarazo en Venezuela. O el desarrollo urbano. Es el caso del arquitecto Mario Benmergui, fundador el Taller BMPT, que estableció los lineamientos arquitectónicos para las estaciones del Metro de Caracas y quien fue responsable y director del diseño de ocho estaciones del mismo sistema subterráneo. En el mundo académico como el profesor Carlos Guerón, experto en política exterior y que fue director de la Escuela de Estudios Internacionales de la UCV. O en la política, como Paulina Gamus, quien ha tenido una destacada carrera de servicio público en la era democrática. Así podríamos nombrar a muchas personas de origen sefardí que tuvieron un impacto en la vida nacional. La obra de referencia en este sentido es el Diccionario de la cultura judía en Venezuela de Abraham Levy Benshimol y Jacqueline Goldberg en el que se recopilan reseñas biográficas de los judíos (tanto asquenazis como sefardíes) que contribuyeron al desarrollo de Venezuela. El Dr. Levy Benshimol también escribió Dejando huella. Aproximación a la judeidad venezolana en el que presenta 19 esbozos biográficos de judíos venezolanos.

La comunidad judía de Venezuela ha hecho aportes para rescatar y difundir el legado y las tradiciones sefardíes. La Asociación Israelita de Venezuela, el Centro de Estudios Sefardíes de Caracas, la revista Maguén-Escudo y el Museo Sefardí Morris E. Curriel han sido y son todavía bastiones de la cultura judeo-sefardí. La Semana Sefardí de Caracas, los libros, los artículos, los discos, las conferencias, las exposiciones, son testimonio de una identidad judeo-sefardí dinámica y floreciente a pesar de todas las limitaciones y dificultades del momento actual. Y esta tarea de rescate y cultivo del legado sefardí está asociada con nombres fundamentales como Moisés Garzón Serfaty, Jacob Carciente, Amram Cohén, Abraham Botbol, Abraham Levy, Isaac Benarroch, Aquiba Benarroch Lasry, Miriam Harrar, Priscilla Abecasis, Federica Palomero, Alberto Moryusef, Néstor Garrido, entre muchos otros.    

¿Qué es un sefardí? Alguien que trasciende las contingencias del momento. Es más que una búsqueda frenética de la nacionalidad española. Es toda una historia conectada ciertamente con España, pero también profundamente enraizada en Venezuela, y con el destino de todo el pueblo judío y la tierra de Israel. 

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