Diego Arroyo Gil, autor en Runrun

Diego Arroyo Gil

Helena Ibarra: “Tú le sirves a un francés una buena yuca venezolana y se desmaya”

Helena Ibarra nació en Caracas, pero vivió buena parte de su niñez y de su adolescencia en Francia, donde fue alumna de Gérard Vié, un chef con estrellas Michelin, la máxima distinción posible en la cocina mundial. Tras regresar a Venezuela por decisión propia, Helena se labró un nombre que hoy en día es referencial para la gastronomía criolla: fue cocinera privada de grandes figuras de la sociedad y regentó restaurantes que elevó al tope de los topes, como Palms, en el Hotel Altamira Suites. Tiene una hija, Samantha Dagnino, de su matrimonio con Pablo Dagnino, vocalista del grupo de rock Sentimiento Muerto, del cual Helena fue mánager, pero esa es otra historia… A modo de bocadillo, esta entrevista indaga en el origen de una chef que dice que su próxima meta es conseguir una estrella Michelin para Venezuela. Una chef que, la verdad, merecería un libro entero en el cual dejar registro de una historia y de una personalidad que, a fuerza de novelescas, hacen que Helena Ibarra sea una mujer que no pasa nunca desapercibida.

 

@diegoarroyogil

 

–Cuando yo nací, mi madre no me dio pecho porque en aquella época eso era mal visto, pero como era una extraordinaria cocinera, comenzó dándome teteros de leche y de ahí pasó a la bouillabaise licuada, una sopa de pescado. Mi mamá consideraba que había que dar el golpe desde que uno nace: quería que hiciera estómago y que tuviera sabores. Dicen que la gente iba a verme en la cuna mientras comía porque yo gemía. 

–¿Cómo que gemía?

Helena Ibarra suelta una carcajada que se oye a cuatro cuadras, como todas las suyas, y de inmediato ensaya una escena de actriz cómica imbatible:

–¡Sí! Hacía “¡UMMM, UMMM!” –gime.

–¿Tan chiquita?

–No te digo, pues… ¡Recién nacida! 

–Usted nació el 28 de octu…

–¡Ya va! –interrumpe–, que yo ya estoy como Elizabeth Taylor: prefiero que no se sepa mi año de nacimiento. Hasta lo mandé a borrar de mi página web: helenaibarra.com. Antes siempre decía la fecha completa porque me sentía orgullosísima de ser joven. Ahora tendré que ganar bastante plata para ponerme el botox parejo.

–Pero si está perfecta.

–Y eso que jamás me he hecho nada, porque lo que tengo es para mantener este palacio y para llenar la nevera. –Con “este palacio” se refiere al apartamento donde vive, un amplio y luminoso penthouse de un edificio al noreste de Caracas que se alza en las faldas del Ávila como un árbol de cemento desde cuya cima se ve la ciudad casi completa. El apartamento era de su padre, el escritor y diplomático Vicente Ibarra, ya fallecido, miembro de una familia de prosapia colonial en Venezuela.

–Ha mencionado a su madre como buena cocinera, pero he leído que su primera influencia en la cocina fue su abuela paterna.

–Sí. María Luisa Casanova de Ibarra.

–Un prejuicio me hacía creer que las señoras de la alta sociedad no cocinan.

–Mi abuela sabía cocinar, pero tenía una cocinera. Todas las mañanas, cuando se despertaba, con aquel casco de pelo plateado que tenía, levantaba el teléfono y decía: “Rosa, venga para acá”, y llegaba Rosa, la cocinera, y se sentaba con ella para que hablaran sobre lo que se iba a comer ese día en la casa. Mi abuela y mi mamá me enseñaron a comer. Me enseñaron a tener un paladar que habría que asegurar como el culo de Jennifer López, perdón por la palabra. Tú puedes decir: “No me gusta cómo cocina Helena Ibarra, no me gusta cómo presenta los platos”, lo que tú quieras, pero es imposible negar lo que yo detecto con esta lengua. –De repente, agrega–: Mi abuela era maravillosa, pero también malísima, ¡terrible! Si mi abuelo quería que le sirvieran más arroz del que le habían servido, ella no lo permitía.

–¿Y eso por qué?

–Porque mi abuelo le había montado los cuernos con una bailarina rusa. Entonces mi abuelo, en la mesa, decía: “Más arroz”, y salía mi abuela: “El-señor-no-quiere-más-arroz”. Por eso cuando a mí me nombran a una bailarina yo me estreso. Pienso: “¡Ahí viene el peligro!”. ¡Les tengo pavor! Yo soy difícil no por cualquier cosa, sino porque vengo de una familia muy exigente y muy severa. Soy la última de una familia en la que ha habido rectores de universidad, arzobispos de Caracas, edecanes y primos de Bolívar. Llevo una carga histórica muy brava, y como me decía un amigo en estos días: “Tú no te permites la posibilidad de no destacar”. Lo cual, en ciertos momentos, me ha llevado a un desbordamiento. De pequeña, mi papá me corregía las comas y yo, para rebelarme, hacía escritura automática y no ponía las comas. Hace poco estaba conversando con Samantha –su hija, actriz y cantante residenciada en Nueva York– sobre la inseguridad que le da a uno el hecho de no ejercer el afecto. A mí mi padre no me acariciaba ni por error, y mi madre era una comandanta ante la que uno sentía que tenía que erguirse. Eso hace que uno se desconecte de la conciencia del cuerpo, de la gestualidad, de esa energía que fluye con el baile. A mí me ponían la mano en la cintura para bailar y la tensión nerviosa era impresionante. –Helena disminuye ligeramente el tono de voz para hacer una salvedad graciosa–: En el ámbito íntimo es muy distinto todo, obvio. –Prosigue–: Por eso ahora tengo un profesor de Tai Chi, para mejorar la canalización de la energía, y me ha ayudado mucho. El vigilante del edificio me ve y me dice: “¡Pero usted está muy feliz!”, y es verdad. Muevo los brazos con soltura, cada vez siento menos los pesos muertos.

Yo soy difícil no por cualquier cosa, sino porque vengo de una familia muy exigente y muy severa.

–El Tai Chi le permite trabajar asuntos que arrastra desde hace mucho.

–Sí, y además es favorable para el temblor esencial, que es una cosa mía de nacimiento.

En efecto, Helena tiembla. La medicina explica el “temblor esencial”, que así se llama técnicamente, como un trastorno de movimiento que afecta las manos y a veces otras partes del cuerpo. A simple vista parece Párkinson, pero no lo es: el temblor esencial no compromete el funcionamiento normal del organismo. Dificulta, por ejemplo, para escribir con una letra limpia, recta, sin saltos. Cosas por el estilo. Helena se levanta de la silla y va hacia las habitaciones de su casa mientras dice que está yendo a buscar un cuaderno de cuando era estudiante. Cuando vuelve, abre el cuaderno y aparece una escritura pulcra, geométrica, sin el menor rastro que indique que quien la ejecutó pudiera tener, ni de lejos, una mano vacilante, mucho menos las dos.

–Pero si parece escritura cuneiforme. Es muy bella.

–Así tomaba yo mis notas de clase. Afincaba tanto sobre la hoja al escribir que dejaba las marcas en las cuatro páginas siguientes.

–Para controlar el temblor.

–Para que la letra me quedara derechita. Imagínate lo que es para mí hacer un plato con esta tembladera. Pero por otro lado eso me permite ser perfecta sistematizando procesos en la cocina, porque puedo pensar rápidamente en varias cosas al mismo tiempo.

–Volviendo a sus influencias, ¿cómo conoció usted a Gérard Vié, su maestro?

–Lo conocí el día que mi padre me llevó a comer por primera vez en Le Potager du Roy, el restaurante que tuvo Gérard antes de Les Trois Marches. Yo tenía diez y pico de años, era una muchachita. Mi padre ya se había divorciado de mi madre y fui con él y con mi madrastra, Diane Gaye, una mujer altísima, delgada y pelo rubio que había sido modelo de Jacques Griffe, el diseñador. En cierto momento de la cena, yo, que puedo ser tímida para muchas cosas pero no para la comida, pedí que llamaran al chef. Llegó Gérard y le dije lo estupenda que le había quedado la terrine, que su terrine era una obra de arquitectura, que qué maravilla cómo estallaba el tomate en la boca y no sé cuántas cosas más. Él miraba para abajo y solo daba las gracias. Estaba como asombrado, porque en Francia a los restaurantes la gente lleva a los perros, pero no a los niños. Esa noche, cuando regresé a casa de mi madre, que también vivía en París, le conté lo bien que habíamos comido, y como ella competía con mi padre, se antojó de que al día siguiente fuéramos a comer al restaurante de Gérard. Fuimos, Gérard se enteró de que yo había vuelto y, a la hora del postre, salió a servirnos unas peras al vino. Las probé y le comenté: “¿No encuentra usted que se pasó un poquito de mantequilla?”. ¡Ah –grita Helena–, ese hombre se puso…! “¡Yo sabía, yo sabía que me había equivocado con la mantequilla!”.

Helena Ibarra

–Y ahí fue el flechazo.

–¡No, no, espérate! Un par de años después, siendo mi padre embajador de Venezuela en Bélgica, debía ir a París para encontrarse con el presidente Caldera, que estaba de gira. Y papá me pregunta: “Helena, ¿adónde llevamos a comer a Caldera?”. Y yo le digo: “¿Dónde más? A Les Trois Marches, el nuevo restaurante de Gérard Vié”. Oh sorpresa, aquella noche Gérard no estaba y la comida fue un desastre. El pescado estaba malo, el conejo estaba seco… ¡Yo me puse como una fiera turca!, y contra la voluntad de mi padre, que me pedía que me quedara tranquila, le escribí a Gérard una carta horrorosa y se la mandé al restaurante. A la semana, me respondió: “Señorita Helena Ibarra, la invito a que almuerce conmigo tal día”. Desde luego, fui, y Gérard me dijo: “Mire, yo guardo una carta que Yves Saint Laurent me escribió una vez criticando mi comida. ¡Quiero que sepa que la de usted es peor! Usted no se va a salvar de ser cocinera. La invito a formarse en mi restaurante”.

–Y usted aceptó al invitación.

–No, yo me eché a reír y dejé eso así. Pero un tiempo después, mientras estudiaba Ecología en la Universidad de Tours, una ciudad muy bella de Francia, llena de palacios, tuve un accidente de tránsito muy fuerte, y en vez de irme para el psiquiatra para recuperarme de aquel susto, me fui a trabajar con Gérard. Yo nunca había estudiado nada de cocina, pero cocinaba muy bien, por lo cual mi papá me hacía que le preparara las grandes cenas de la embajada de Venezuela en Bélgica, adonde yo me iba en tren desde Tours cuando era necesario. Parecía la esclava Isaura.

–¿Cuánto tiempo trabajó con Vié?

–Como seis meses. Y cuando terminé la pasantía, me regresé a Venezuela, de donde me había ido a los cuatro años, aunque pasaba temporadas más o menos largas en Caracas.

–¿Por qué no se quedó en Francia?

–Yo llegué a pensar en montar un restaurante en París con el apoyo de Gérard y de mi familia, pero me di cuenta de que lo que realmente quería era volver a las calidades venezolanas, a los sabores de mi país, a lo que llevo en la sangre: la parchita, la batata rosada, la yuca. Llegué a Caracas y me dediqué a hacer catering para reuniones de no más de 12 personas. No tenía la habilidad para negociar inversiones yo solita, y además era mujer. Aquí todavía no había la tradición de ver a la mujer como una cocinera de verdad, nos veían como “cachifas”. Pero a mí los retos no me paralizan. Trabajé casi fijo para Oscar García Mendoza, el banquero, y sobre todo para Alfredo Boulton. E hice cenas para Alejandro Otero, para Arturo Uslar Pietri, para Carolina Herrera, para Marisol Escobar, para Gustavo Cisneros, para Guy Meliet, para Lorenzo Mendoza. A Carlos Cruz-Diez le inventé un plato que llamé “Las persianas del mar”, inspirado en el cinetismo. Era una vieira del Japón con una joulé de pescado y juliana de vegetales. El maestro Cruz-Diez me dijo una belleza que nunca olvido: “Es la primera vez que yo como pintura”.

No tenía la habilidad para negociar inversiones yo solita, y además era mujer.

–Usted ha asegurado que tiene la estructura de la gastronomía francesa y la dignidad de las calidades criollas, ¿qué significa eso?

–La gastronomía francesa inventó el orden, la metodología en la cocina. Los franceses pusieron en claro las ideas primarias y secundarias, las bases de las preparaciones. Yo parto de allí gracias a Gérard y a todos los demás chefs franceses a cuyos restaurantes fui con mi padre, a muchos de los cuales conocí, con quienes hablé y de los que me hice y soy amiga. ¡Por cierto! –exclama Helena–, todos los periodistas dicen que yo estudié con Joël Robuchon, a quien admiro, pero eso no es verdad, por favor, lo he desmentido un millón de veces. –Hecha la aclaratoria, continúa–: El gran regalo que me ofreció la vida para mi formación fue que mi padre me llevara adonde esos grandes chefs para que yo viera, probara y reprodujera. Nadie inventa nada, ni en arte ni en cocina. Uno simplemente propone nuevas asociaciones o recompone. Eso es lo que yo hago, a partir de la tradición francesa, con las calidades venezolanas.

–¿Cuál diría usted que es el aporte del sabor criollo a la cocina mundial?

–Un nivel de calidades y de perfumes que ninguno de nosotros está dispuesto todavía a reconocer. El venezolano no se da cuenta de la maravilla de la yuca que aquí se pone como acompañante del pollo en brasa, por ejemplo. Tú le sirves a un francés una buena yuca venezolana y se desmaya. Esa yuca es de un nivel de sutileza que nadie se imagina. Es una yuca que se entrega, que no opone fibra ni dureza. ¿Y las batatas? ¡En Venezuela las batatas son para morirse! ¿Y las papas? En Mérida hay 80 tipos de papa, ¡80! Yo reto a cualquier chef de este país a que lleve a sus alumnos a ordenar esas papas según su tipo. Chef es una persona que es capaz de definir los usos de mercado de los productos. Es el que dice: “Con esta papa se puede hacer esto, y con esta se puede hacer esto otro”, y así.

Tú le sirves a un francés una buena yuca venezolana y se desmaya. Esa yuca es de un nivel de sutileza que nadie se imagina. Es una yuca que se entrega, que no opone fibra ni dureza.

–¿En qué momento usted se convirtió en una chef de ley, digamos así?

–Cuando dirigí mis restaurantes, sobre todo Palms, porque el Altamira Suites era un hotel cinco estrellas y Palms tenía que funcionar perfectamente.

–Se ha dicho que su cocina es muy aromática. ¿Para usted es más importante el sentido del olfato que el del gusto?

–Lo bonito de la gastronomía es que es un concierto. Hasta el oído es importante: captar cómo estalla el sofrito mientras se hace. El olfato es esencial porque los olores tocan directamente el rinencéfalo, que es el centro del placer. Si tú le entras por la nariz a alguien, le entras por donde es. El perfume es el arma mortal de la seducción, y la cocina es seducción. Para saber más sobre eso hay que leer el libro Les Aphrodisiaques, de Tran Ky y François Drouard, que le explican a uno el origen de las especias y cómo influyen en el organismo. Yo siempre he dicho que las cocineras somos peores que las madamas de los burdeles. Las madamas venden cuerpos, pero las cocineras penetran en la boca de la gente y, a menos que escupas, tienes que tragar.

–¿La cocina es femenina?

–Siempre.

–¿Aunque la practique un varón?

–No es que “aunque” la practique un varón. Es que todo viene de la madre naturaleza, que es la que da los frutos que uno transforma. Durante mucho tiempo muchas mujeres, por ser feministas a juro, prefirieron ser abogadas que ser cocineras. ¡Pero por qué! No se trata de competir. La naturaleza de la cocina es femenina, así como la naturaleza de otras profesiones es masculina. Da igual quien las ejerza.

–No es usted feminista.

–Hay gente a la que le gusta decir que yo soy feminista. Para nada. Al menos no como muchas entienden ser feminista hoy en día. Yo me arrodillo ante un hombre sin ningún problema. ¡No me toques esa tecla porque empiezo a hervir! Vivo horrorizada ante esta andanada de radicalismo. Me parece terrible que hayamos llegado a este grado de individualismo y de confusión en que se usan las redes sociales para ventilar la vida íntima en nombre de la causa que sea. Señalar una experiencia personal no puede ser producto de una gimnasia automática. Eso es una vulgaridad. Vivimos una época hija del reguetón. Yo ni loca expondría mi vida íntima por nada, porque mi vida es mía.

–Helena con hache, como Helena de Troya…

–Sí, Helena, que al revés es “aneléh” –extiende la mano como para saludar y dice, pícara e histriónica–: Anhelé tanto conocerlo.

–Digo, Helena como la de Troya… Más de una guerra habrá desatado usted.

–He vivido, pero no me gusta la guerra porque no me gusta la violencia. El amor tiene un lenguaje, y yo soy una mujer de menú de degustación: después del chocolate siempre viene el café, y después la infusión, y después el desayuno. Los cocineros y los chefs nos encargamos de que puedas comerte un conejo sin que veas cómo se le corta la cabeza. Hacemos sutil esa cadena atroz que todos atravesamos para alimentarnos, para que el pescadito no salte en el plato y en cambio veas su bella blancura. Psicológicamente eso es muy importante: para la cocina y para todo.

–¿Para cuándo un nuevo restaurante de Helena Ibarra?

–Pronto. Pero ahora no puedo hablar de eso. Y mi reto, clarísimo, es conseguir una estrella Michelin para Venezuela. Tengo tiempo para lograrlo. Tampoco estoy tan vieja, ¿no? –Sale expulsada del asiento como un cohete–: ¡AYYY! ¡Pero si no te he servido la merienda! Te hice helado de caramelo, torta de pan y una mousse de auyama.

–¡Pero eso es mucho!

–Qué mucho nada, chico. ¿Estás a dieta? ¡Porque igualito te lo vas a comer! –Y se ríe.

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Isabel Palacios: “Una persona que se dedica al amor y la belleza tiene que sentir el amor y la belleza con todo su peligro”
Fundadora y directora de la Camerata de Caracas –una institución dedicada, desde 1978, al estudio y la interpretación de música antigua–, Isabel Palacios también es conocida como una cantante lírica de historia y presencia. Tiene dos hijos, ambos músicos: Gonzalo Grau y Diego Cabrujas, el primero de su matrimonio con Alberto Grau, director de la Schola Cantorum de Caracas, y el segundo de su matrimonio con José Ignacio Cabrujas, escritor y dramaturgo

@diegoarroyogil

 

De dónde salió esta mujer. Esta mujer que no es solo una mujer sino un reino entero y un ejército.

–¿Podemos decir su edad?

–¿Mi edad? Sí, claro… Bueno, creo… 70.

Isabel Palacios nació el 28 de octubre de 1950 en Caracas, de donde nunca se ha ido. En Los Rosales, de donde nunca se ha ido. En aquel tiempo, ni ciudad ni urbanización eran lo que son ahora, pero ella permanece aquí a modo de reliquia, como un árbol. La avenida donde está la casa en la que ocurre este encuentro –sede de la Camerata de Caracas, casi al lado de donde vive Isabel– se llama Zuloaga, que era el apellido de su madre, la pintora y grabadora Luisa Zuloaga De Las Casas, mejor conocida como Luisa Palacios, por su nombre de casada, Premio Nacional de Artes 1960. En la década de los años 30, el abuelo de Isabel heredó estas tierras y la familia se vino a vivir aquí. Media cuadra más adelante instaló su residencia la tía María Luisa Zuloaga de Tovar, ceramista, Premio Nacional de Artes 1946, y en una calle transversal vivía otra tía, Carmen Helena De Las Casas, decoradora, la responsable del diseño interior del Teatro Principal de Caracas y de quien se dijo durante años que era la mujer más bella de la ciudad. Cuando Isabel nació, ya había nacido su hermana, María Fernanda Palacios, escritora y profesora de literatura.

–Tengo unas raíces muy fuertes en este país y me encantan –dice Isabel–. Hay gente que se queja: “¡Aaaay, soy venezolana!”, como si hubiese sido mejor ser china. Yo nunca he sentido eso. La guinda de la torta fue que me casé con José Ignacio Cabrujas y un día José Ignacio me dijo –Isabel imita la voz de Cabrujas, una voz gutural, de caverna–: “Un francés es solo un francés, usted puede ser francesa si quiere”. Sí hubo una época en que quise irme a París. Estaba allá pasando una temporada con María Fernanda, Mafer, mi hermana, en 1968, en plena efervescencia del Mayo Francés, un día me metí en un museo de instrumentos antiguos y había una pareja que quería entender cómo funcionaba un instrumento. Yo le pregunté al guardia: “¿Puedo tocarlo para que oigan?”. El guardia me dio permiso y toqué un pedacito de un Scarlatti en un clavecín. Lo que ni el guardia ni la pareja sabían es que era la primera vez que yo tocaba un clavecín. Me sentí tan emocionada y tan independiente que pensé en quedarme en París. ¿Estudiar música antigua en Venezuela? Eso no existía. Pero cuando se lo planteé a papá, papá me dijo: “¿Y qué vas a hacer tú allá?”. Y yo pensé: “Bueno, es verdad”. Papá nunca le hizo mucho caso a mi profesión, pero no por mal.

 

–¿Por qué?

–Creo que pensaba que era un hobby. Le parecía divertido, pero era un hobby. La primera vez que yo puse las manos en el piano de mi casa lo hice a escondidas. Porque ese piano era para que mi hermana aprendiera a tocar o para que lo tocara Bola de Nieve cuando estaba de visita –Bola de Nieve, el gran pianista y cantante cubano, amigo de sus padres–. Como a mí me encantaban los animales y siempre andaba con las manos sucias, me decían: “¡Cuidado con el piano!”. Una mañana, mamá y papá salieron. Yo era un piojo de seis años y me senté a tocar. Cuando mamá volvió, preguntó: “¿Cómo se portó Isabel?”, porque yo era muy tremenda, y la señora que me cuidaba le dijo: “Pues no se ha parado del piano desde que usted se fue”. Mamá y papá se acercaron adonde yo estaba y papá preguntó: “¿Qué estás tocando, catira?”. Y yo le dije: “Las horas del día, papá. Esta es la mañana, esta es la tarde, esta es la noche”, según las notas. Papá se echó a reír y me dijo: “Muy bien, ahora toca las tres y cuarenta y cinco de la tarde”. Y yo hice una improvisación. Pero, como te digo, parecía una diversión mía más, como subirme a los árboles o disfrazarme o tener un amigo invisible. Escobito se llamaba. Y como yo era tan coqueta, seguramente papá pensó que me iba a conseguir muy rápido un marido y que iba a ser una mujer de sociedad. Entonces no se tomaba muy en serio el asunto. Además, yo tampoco estaba clara. Me gustaba mucho el ballet, pero crecí demasiado, y cuando comencé a estudiar música, ni yo misma creía en mi talento.

–¿Ese es el primer recuerdo que usted tiene de su vida, el del piano?

–No, no. Me acuerdo clarito de estar en mi cuna y que llegaran papá y mamá con un perrito en los brazos. Me acuerdo de las sillas de la cocina, cómo olían. Me acuerdo del shock cuando vi El Cid, en el Teatro del Este, con Charlton Heston y Sofía Loren. Me llevaron unos juguetes para que no me aburriera. Cuando la película arrancó, me quedé pegada a la pantalla y se fregó la tierra. Llegué a la casa y no me quería dormir. Agarré unas dormilonas de mamá y me disfracé, lancé unos manteles sobre una mesa y me metí a dormir ahí abajo. Papá me preguntó: “¿Qué estás haciendo?”. Y yo le dije: “Esperando al Cid”. La imaginación es muy importante. No es como ahora, que uno ve La Cenicienta y ese mismo día puede ir a comprarse cualquier cosa sobre La Cenicienta: la franelita, la carterita, la muñequita. El merchandising. Eso no es imaginación, eso es la papa pelada. Yo no quiero que me den todo sobre La Cenicienta, yo quiero ver cómo me la imagino yo. Cuando yo hago música, la veo.

Isabel Palacios
Isabel Palacios: “Yo no quiero que me den todo sobre La Cenicienta, yo quiero ver cómo me la imagino yo. Cuando yo hago música, la veo”. Foto: Lisbeth Salas

 

–¿Usted mira mucho hacia atrás en su vida?

 –Cuando se me ocurre alguna idea medio loca y esa idea comienza a dar vueltas dentro de mí, me pregunto: “¿De dónde la sacaste?”. Porque el café con leche ya se inventó. Entonces miro en mi vida para ver cuál es el origen. Pedro Liendo –cantante lírico venezolano– tiene una frase muy cómica: dice que a mí me dieron teteros de cultura. Era normal en mi casa. El juego de Stop entre nosotros no era Nombre, Apellido, Color, Ciudad. Era Escritores, Pintores, Escultores, Músicos. Yo hacía planas con mi hermana, que era y sigue siendo un genio que me abre puertas: “Escritores: por la A, Alberti, por la F, Faulkner, por la R, Rilke”. En mi familia uno no podía quedarse atrás. Había que avisparse. Es una familia de gente muy brillante y muy difícil. Pero yo nunca he hecho las cosas porque yo “sea” algo, sino porque tengo una energía creativa muy fuerte desde que nací.

–En todo caso, usted empezó a estudiar música en cierto momento, ¿cómo fue?

–Fue gracias a un cumpleaños de Mariana Otero, la hija de Miguel Otero Silva, que era uno de los mejores amigos de mis padres. Miguel vivía en San Bernardino y en su casa había un piano de cola. Yo estaba aburridísima porque mi mundo propio era mucho más divertido que la fiesta y me fui al piano mientras mis padres estaban con sus amigos en el jardín. En eso entró una mujer rubia muy bella, como Ingrid Bergman en Casablanca. Me oyó, se sentó conmigo, hablamos, me agarró de la mano y me llevó donde mamá. Yo estaba aterrada porque pensaba que me iban a regañar. La profe le dijo a mamá: “Soy Gerty Haas, la profesora de música de Mariana Otero. Acabo de oír a su hija tocando el piano y esta niña tiene un talento enorme. Me gustaría darle clases”. Yo oí aquello, alcé la vista para ver a la profe y fue como si le crecieran alas. Inmediatamente, comencé a estudiar con ella. Su grupo de alumnos, que eran todos grandes, me llamaban “La mascota”, porque yo no llegaba a los siete años. Ese piano que está ahí –Isabel señala un piano de cola en el salón–, es el piano en el que la profe me enseñó. Lo compré cuando ella murió. Ahí aprendí yo, aprendió Eva María Zuk, aprendió Arnaldo García Guinand. Ahora hay que arreglarlo. Está viejito el pobre. Pero arreglarlo es caro. Son 6000 dólares y yo no los tengo. Voy a hacer un crowdfunding. Si lo arreglamos, tenemos el piano de la profesora Haas para otros 50 años. –Isabel piensa un momento, fugazmente, porque habla hilando con gracia–. ¡Ay, cuando yo dejé el piano por el canto la profe se puso tristísima! No lo podía creer.

 

–¿A qué se debió ese cambio?

–¡Al Ministerio de Educación! Ja, ja. Cuando estaba en octavo año de piano, en la Escuela de Música Juan Manuel Olivares, ya adolescente, el Ministerio de Educación inventó que había que estudiar un instrumento complementario para poder graduarse. Faltaban dos años para eso. A mí me gustaban todos los instrumentos, pero escogí el fagot, porque ya me había dado el tilín-tilín por la música del Renacimiento y del Barroco. Me vi tocando los continuos de las sonatas de Bach en un fagot y empecé un peregrinaje para encontrar uno. En ese agite, una amiga mía de la escuela, Natacha Gutiérrez, soprano, me dice: “Mira, chica, deja ese fastidio del fagot. Yo te inscribí en canto”. Yo le dije: “¡¿En canto?!”. Yo cantaba con el cuatro, cantaba Rigoletto con mi papa, tenía buena voz, pero yo no era cantante. En fin, me decidí y fui a hacer la audición con la profesora Carmen Teresa de Hurtado, que era como la Virgen de Lourdes. Sus alumnos la adoraban e iban a verla en procesión. Yo no tenía ni idea de qué iba a cantar, pero cuando llegué al salón, vi a un lado la partitura de “Las flores que me diste”, una canción que cantaba Morella Muñoz, a quien yo imitaba muy bien. Cuando la profesora me oyó, me dijo: “Ay, mi amor, pero tú tienes la voz colocada, ¿con quién has estudiado?”. “¡Con Morella Muñoz!”, le contesté yo. “Se nota”, dijo ella. Me fui a mi casa como una loca, le pedí el teléfono de Morella a mi mamá, la llamé y le dije: “¡Morella, si la profesora Hurtado te llama, tienes que decirle que me enseñaste!”. Nos moríamos de la risa. Así entré yo al canto y me quedé. Vi clases con Fedora Alemán y fue una metamorfosis. Me di cuenta de lo divino que es poder cantar. El canto me juntó la poesía con la música.

–En el documental “Mi viaje a Italia”, que le dedicó el cineasta Carlos Márquez en 2019, usted dice que hay un acorde musical que vive dentro de usted y que nunca ha logrado descifrar. ¿De qué se trata eso?

–Es una melodía, una gallarda que oí en la película que hizo Renato Castellani de Romeo y Julieta. La oí y fue como si se me metiera dentro. No me la podía sacar de la cabeza, no me dejaba ni pensar. Yo estaba pequeñita y cuando crecí, apenas pude, la saqué en el piano y esa melodía sigue conmigo. Cuando me está pasando algo duro o importante en la vida, la gallarda sale y me acompaña. He podido oír mucha música sorprendente después, pero ese pedacito, que tiene las armonías del Renacimiento, es el fondo musical de mi vida.

–Ya que hablamos del pasado, le he pedido a cada uno de sus hijos que le formulen una pregunta y Diego le pregunta esto: “Si pudieras viajar en el tiempo y en ese viaje te encuentras con Isabel Palacios a sus 18 años, ¿qué consejo le darías?”.

–Uy… –Isabel se echa hacia atrás en la silla, sube la mirada, escarba–. Que tenga más confianza en ella. Que no se angustie si de pronto Rembrandt la emociona más que Beethoven. Que eso es normal. Que todo eso es parte de lo que ella es y de lo que necesita. Que siga adelante. Pasé demasiado tiempo en mi juventud con la exigencia de definirme como músico. Creía que solo me podía permitir pensar en la música y que no podía dejar que lo otro me distrajera. Yo lloro más en un museo que en un concierto, pero cuando tenía 18 años quise amputarme esas emociones. Yo decía: “No, no, yo no puedo ponerme a leer a Proust porque estoy aprendiendo a leer las sinfonías de Brahms”. Está bien, tenía que estudiar, pero esa actitud finalmente me hizo sentir mal y perder confianza en mí, cuando justamente en esa mezcla de todo está mi fortaleza, algo de lo que me di cuenta después. Entonces: confiar en el instinto y no perder tiempo en zoquetadas. Eso le diría a la Isabel de los 18 años la que hoy tiene 70.

–Su hijo Gonzalo le pregunta: “Si pudieras cambiar algo en tu historia personal o profesional, ¿qué sería?”.

–No hubiese dejado de cantar en el 2004.

–¿Por qué lo hizo?

–Por autocrítica. Por esa autocrítica de la escorpio que soy yo. Yo estaba pasando por un momento muy bello. Como mujer estaba muy guapa. Había hecho unas dietas y recuperé respiración. Estaba trabajando con Carlos Urbaneja, el pianista, de una manera estupenda, y comenzaron a salirme contratos como solista. Y me preocupó el ego. Me dije: “Aceptar estos contratos como solista significa quitárselos a la Camerata”. Me angustié con el qué dirán, con que la gente pensara que prefería favorecer mi carrera en vez de favorecer la carrera de mi grupo. Hice un disco de canciones y romances sefarditas y otro de cantos y cantigas de la Edad Media, di un concierto sobre Kurt Weill y otro sobre la canción francesa, tenía un repertorio armado que hubiera sido una delicia hacer, ¡y paré de golpe! En 2004 me dediqué a preparar a seis elencos de Mozart: tres de Don Giovanni y tres de Così fan tutte, para la compañía de ópera de la Camerata. Tocaba piano ocho horas diarias como cuando estaba joven. Fue una maravilla hacer eso con Mozart, pero me extenué. Tuve problemas en las rodillas, en la columna y engordé. Y en 2005 llegó la menopausia, que me tumbó la voz. Fui a dar un recital en Città di Noto, en Italia, con Carlos Urbaneja, y no lo disfruté. Pasé todo el recital con una procesión por dentro, buscando la voz que yo quería. Volví a Caracas, me metí de cabeza en la Camerata y cuando me di cuenta había dejado de cantar. No debí haberlo hecho. Dejé de vivir experiencias como artista que eran muy valiosas. No supe decirme: “Epa, chama, es contigo”. Yo suelo olvidarme de mí.

–No parecen cosas de una diva. ¿Qué tiene usted de diva?

–Depende de con quién hables: si con Isabel o con la Palacios. Yo soy una mujer muy natural, un libro abierto, pero cuando uno se monta en un escenario tiene que protegerse. Porque uno es foco de muchas miradas: algunas son muy lindas, las miradas de la gente que te quiere, y otras son horribles, miradas de gente que quiere destruir. Entonces tienes que hacerte una pequeña coraza: esa coraza es la diva. Cuando eres instrumentista, no hace tanta falta esa coraza, porque nadie agrede a un piano, el piano no sufre. Al instrumento no se le corta la voz. Un pianista puede estar ‘estortillao’, pero se sienta y el piano suena. Un cantante, no. Si un cantante está mal, va a cantar mal. ¿Por qué María Callas era una diva? ¡María Callas, al lado de quien yo soy un microbio! Porque lo necesitaba. Porque si no, acababan con ella. Cuando yo llegaba al Teresa Carreño para un concierto, llegaba Isabel. Pero la que salía al escenario después de pasar por el camerino y maquillarse y vestirse y ponerse los tacones era la Palacios.

 

 

–¿Y el amor? ¿Lo vive como, según dicen, lo viven las divas, apasionadamente?

–Por supuesto. Una persona que se dedica al amor y la belleza tiene que sentir el amor y la belleza con todo su peligro. Porque la palabra es esa: peligro. La música, el canto es un fenómeno totalmente sensual. Tú te conectas con tu cuerpo: con sus velocidades, con sus palpitaciones, con sus humores, con todo eso que debe salir para que pase algo, porque si no, no pasa nada. De modo que ¿cómo podría cantar yo ahora como una mujer enamorada si ya no me siento digna de que se enamoren de mí? Estoy muy vieja.

–¿No se siente digna?

–No. Es como cuando se apaga un carro, que se apaga y ya está. Como cuando María Callas se quedó sin el amor de Onassis y se acabó. Yo siempre amé de una manera absurda, loca, con entrega. Mi abuelo Zuloaga, que me adoraba, decía de mí: “La catira quiere demasiado y va a sufrir”. Por eso he aprendido a tener cuidado. Y desde luego, tengo un gran amor de mi vida, que como fue imposible es el más grande e irrepetible. Hay un momento en el primer acto de La traviata, ¡un momento nada más!, en que tienes la oportunidad de hacerles saber al mundo y a la humanidad entera que ese hombre y tú se van a amar hasta que se mueran. Están en una fiesta con mucha gente, pero surgen señales que le demuestran a ella que ese hombre es el que la va a entender, que ese es el hombre que la ama de verdad y no cualquiera de los otros que la rodean. A mí eso me pasó con él, exactamente igual. Pero fue imposible. De pronto iba a ser… y no fue. Y hoy tiene ese sitio en mi vida: me ha hecho saber que a los 70 años lo pienso y me vuelvo a erizar. No tiene nombre, no está, pero le doy las gracias porque cada vez que canto “Après un rêve”, de Gabriel Fauré, siento cada una de esas palabras. “Me llamaste y yo dejé la tierra para irme contigo”. Suena cursi, pero si sientes ese rollo por dentro, tienes un camino.

–Pero usted fue amada por sus dos esposos, Alberto Grau y Cabrujas, ¿o no?

–Ah, sí, claro, no quisiera que lo anterior se malinterpretara en ese sentido. Alberto es una persona extraordinaria, fue mi profesor de dirección coral, es el padre de mi primer hijo. José Ignacio también era una persona extraordinaria, fue un gran amigo y compañero, me enseñó de todo y es el padre de mi segundo hijo. Tuve una gran suerte, a pesar de la muerte tan repentina de José Ignacio, que nos impidió vivir otras cosas –Cabrujas falleció de un infarto, en 1995, a los 58 años– . Por ejemplo, me había prometido que iríamos juntos a la Scala de Milán y no pudimos. Yo todavía no he ido. Cuando vaya, quienes me acompañen tendrán que aguantar el llanto. En todo caso, Alberto y José Ignacio me dieron lo más importante que tengo, que son mis hijos.

–Dijo que trabaja por el amor y la belleza. Ya me habló del amor. ¿Qué es la belleza?

–Un asunto de proporciones. Son las proporciones las que hacen lo bello. Pero es un bello que no es “bonito”. A la belleza todos los lados le pertenecen, incluso el lado feo, porque también lo necesita… Vamos a suponer que estamos en un barco. Qué importante es navegar, ¿verdad? Pero hay veces en que conviene apagar los motores y esperar a ver hacia dónde sopla el viento. La belleza es esa espera y ese momento en que sopla el viento. Es el silencio en música. El otro día veía a Mitsuko Uchida y Yo-Yo Ma tocando juntos la Sonata Arpeggione de Schubert. Hay un silencio que de pronto mete Schubert, ese silencio aparece y Mitsuko y Yo-Yo se miran y sonríen. Esa es la belleza. Ese silencio que lo sostiene todo.

–¿Hacia dónde sopla el viento hoy para usted?

–Está por verse. Yo solo sé que sigo porque si no sigo me muero. Yo me quiero en la medida que siento que puedo hacer algo que puede quedar bien. De resto, a mí no me interesa esa señora llamada Isabel Palacios. ¿La Camerata? No lo sé. Los muchachos se van del país y formar nuevas generaciones lleva mucho tiempo y yo no sé si me alcance.

–Habla como si tuviera 100 años.

–Es que hace falta una resistencia física particular, y los años pasan y uno sabe. Yo tengo muchas ideas, pero soy una mujer práctica y aterrizada. Cierro los ojos y me imagino a los 80, si llego, y veo esta casa en donde estamos, donde funciona la Camerata, convertida en un ateneo: con una biblioteca de arte, una fonoteca, dos o tres escenarios para hacer conciertos, la gente conversando y tomándose un vino, y los niños jugando con títeres y máscaras en el jardín. Es un sueño, no sé si lo haga, pero todo siempre ha sido así.

 

 

 

Fiesta iberoamericana por la poesía de Yolanda Pantin

@diegoarroyogil

 

Uno de los lectores más entusiastas de la poesía de Yolanda Pantin, el también poeta Samuel González-Seijas, ha dicho de su obra que “parece trasladarse de la historia personal y doméstica, a una zona más impersonal, donde se desdibujan los contornos de la crónica particular de una persona y sus límites comienzan a fusionarse con las imágenes más primordiales de la vida colectiva, con sus fuerzas y tonalidades, con sus ritmos”. Es, quizá, de los apuntes más hermosos que puedan hacerse sobre la obra de un escritor, de una escritora en este caso: que su trabajo ha logrado rozar el mito.

El comentario viene a cuento siempre, pero hoy en especial puesto que Yolanda Pantin, nacida en Caracas en 1954, acaba de obtener el Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca, un galardón literario de mucho prestigio en la lengua española, instaurado en 2004 por el Ayuntamiento de Granada y el cual es otorgado por segunda ocasión a un poeta venezolano. El primero fue Rafael Cadenas, en 2015.

Es una fiesta para la cultura, la iberoamericana en todo su alcance, pero sobre todo para la de Venezuela, un país que, como no es un secreto para nadie, atraviesa una zona oscura desde hace demasiado tiempo, pero en el que la voz de los poetas, el hilo de la voz, no ha dejado un segundo de abrir claros para los hallazgos de la interioridad, del alma, vamos. Lo dijo Hölderlin hace siglos y se sabe: “Lo que permanece lo fundan los poetas”, y he aquí una poeta, Yolanda Pantin, que ha hecho y hace lo propio entre nosotros, por lo demás, con una discreción continua y entrañable. Mayor alegría ha sido ver en los periódicos de España, ilustrando la noticia del García Lorca, fotografías en las que Yolanda aparece sonriente como suele estarlo dondequiera que sea. Es la piedad, digamos así, que acompaña desde dentro la sobriedad y la seriedad de su obra. Una obra que, como indica González-Seijas, “señala dónde se abrió la herida”.

La poeta Jacqueline Goldberg se une a la celebración: “Con sus muchos premios e invitaciones a festivales alrededor del mundo, sus muchos libros, su peso en nosotros, Yolanda Pantin es una de las personas más sencillas, accesibles y cálidas que conozco. La suya ha sido una poesía de aliento sostenido, siempre inquieta, anhelante, curiosa, de gran plasticidad. Admiro su capacidad de gustar a todo público, incluso muy joven, y de convocar a la vez un lenguaje hermético, comedido, de sequedades. Pienso, de pronto, en qué poeta venezolano merecería el Premio Federico García Lorca y, que me perdonen amigos y buenos poetas, no se me ocurre nadie más que Yolanda”.

Autora, entre otros libros de poesía, de Casa o lobo, Correo del corazón, El cielo de París, Los bajos sentimientos, La quietud, El hueso pélvico, La épica del padre, País, 21 caballos, Bellas ficciones o Lo que hace el tiempo, a finales de los años setenta Yolanda Pantin asistió al taller Calicanto, de Antonia Palacios, y, a comienzos de los ochenta, fundó y formó parte del grupo Tráfico junto con Armando Rojas Guardia, Igor Barreto, Alberto y Miguel Márquez y Rafael Castillo Zapata. Dice este último: “Desde que conocí a Yolanda en las reuniones de Calicanto, donde surgió la semilla rebelde de Tráfico, sentí y presentí en ella a la poeta, más allá de sus poemas, en su mirada, en su sonrisa, en su perplejidad asombrada, en su manera de escuchar, en su parquedad. Esa actitud, esa presencia, esa manera de estar, se corresponden perfectamente con la naturaleza de su poesía, introspectiva, reflexiva, reticente, oscuramente luminosa, desde Casa o lobo hasta sus más recientes poemas”.

Son características que hacen de la obra de Yolanda Pantin un bien que transmite su vigor y su vigencia, como sugería Jacqueline Goldberg, a las nuevas generaciones. Alejandro Sebastiani Verlezza, un poeta venezolano nacido en 1982 cuyo libro Los hilos subterráneos ha sido recién publicado por Eclepsidra, una editorial a la cual también pertenece Pantin, expresa: “La poesía de Yolanda ha contribuido a darle una dimensión más profunda a la palabra país. Esta palabra, en ella, más allá de unas coordenadas geográficas y políticas, me remite al lugar de las fidelidades, los afectos y las imágenes más entrañables. Lejos de todo sentimentalismo, Yolanda sabe volver a los mundos más personales: la casa, los álbumes familiares, los viajes, los amigos, las lecciones amargas, los poetas leídos. Todo, todo habla para ella y resuena en su voz, presto a pasar al otro lado, allí donde ‘lo que hace el tiempo’ bien sabe obrar”.

Ricardo Ramírez Requena, director de La Poeteca –un espacio dedicado, desde su sede en Caracas, a la promoción de la poesía– suma esta frase: “Yolanda Pantin es una de las voces de la conciencia venezolana”, y asimismo recuerda que su obra ocupa un lugar en el ámbito literario español sobre todo gracias al sello Pre-Textos, de Manuel Borrás, uno de los editores más finos y acertados de Iberoamérica, no en vano gracias a quien, en buena medida, Louise Glück, la Premio Nobel 2020, está publicada en castellano. Borrás, quien en 2011 lanzó una antología de Yolanda Pantin en España –País se titula–, es uno de los mejores amigos de nuestra literatura en Europa. Hoy estará feliz, de eso no hay duda. El Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca ha reconocido una obra que pertenece, no solo a nosotros, sino a toda la lengua española.

Rafael Cadenas sobre sus 90 años: “Es un regalo de la naturaleza, pero me asusta un poco pensar en el tiempo”
El país celebra los 90 años de Rafael Cadenas (Barquisimeto, 1930), autor de una de las obras literarias más sólidas del mundo iberoamericano, reconocida en 2018 con el Premio Reina Sofía de Poesía

@diegoarroyogil / Fotografía: Lisbeth Salas

 

Queríamos entrevistarlo en persona, pero la cuarentena lo impidió. Tuvimos esta idea: enviarle una serie de preguntas para que él las contestara por escrito, y, como siempre, llano y generoso como es, accedió. El puente fue su nieta, Andrea, quien se encargó de transcribir las respuestas manuscritas de su abuelo, que hoy cumple 90 años. Es Rafael Cadenas, como le dicen, el poeta mayor de Venezuela, desde luego no por su edad sino por él, por su obra inmensa, por su presencia como reguladora, transformadora entre nosotros. Hace un tiempo otro gran poeta nuestro, Guillermo Sucre, al ser consultado por el periodista Hugo Prieto sobre cuál era el legado de su generación, dijo: “El legado de mi generación se llama Rafael Cadenas”. No es poca cosa. Es el reconocimiento de un don del arte y de la palabra, de un bien moral o del espíritu, de una entereza ciudadana, de una manera de estar sin herir, acompañando, con palabras que reconcilian; en fin, todo lo que es Cadenas. Nacido en Barquisimeto el 8 de abril de 1930, tiene fama de hombre callado, pero es un conversador estupendo. Más que callado se trata en su caso, me parece, de eso que él mismo escribió sobre Rainer María Rilke:

 

Aunque irresistible en verdad

–dicen–

era el silencio que te circundaba

como otro aire.

 

–Cumple 90 años. ¿Significa eso algo para usted?

–Es un regalo de la naturaleza que agradezco mucho y todavía no sé qué voy a hacer con él, pero me asusta un poco pensar en el tiempo.

–¿Qué hay en el Rafael Cadenas de hoy del Rafael Cadenas de su niñez?

–Hoy trato de ver todo con frescura contemplativamente. De niño pasaba horas montado en los techos de tejas, acostado mirando las nubes, las otras casas, los árboles, vacío sin proponérmelo y lleno de lo que veía. Eso que sugieren algunos pensadores. En mi infancia jugué mucho de todo. Me encantaba subir a los árboles, y ya un poco mayor viajé mucho con mi padre por los pueblos de Lara. Otra influencia fue la de mi abuelo materno al que hoy llamo maestro zen porque me enseñaba a estar alerta, algo que aprendió en la guerra.

–¿En qué ha cambiado usted con el tiempo?

–Pasé muchos años políticamente activo. La dictadura de Delgado Chalbaud me expulsó de Lara, terminé el bachillerato en Valencia junto con Manuel Caballero. Después la de Pérez Jiménez me tuvo como cinco meses preso y me exiló a Trinidad, donde pasé cuatro años. Luego, en Venezuela, cuando se supo lo que en realidad fue el régimen comunista pude liberarme de esa atadura engañosa. Cuesta pensar que aún hay en el mundo personas que creen en eso. Algunos de los regímenes comunistas que todavía quedan son dinastías. Putin quiere rehacer el imperio zarista. Intelectuales europeos siguen estancados en los mismos temas del siglo XX: que si la izquierda, que si la derecha y la ultraderecha, que si el socialismo. Hasta cuándo. No se aprende. Desde hace 40 años, a partir de una crisis, leo pensadores para quienes la filosofía es más bien un camino a la sabiduría.

–¿Qué es para usted vivir?

–Ahora, siguiendo a mis mentores, valoro mucho la vida cotidiana, no creo que exista otra, pero además pienso que no hay nada insignificante. Una piedra es importante. No establezco diferencias. Walt Whitman dice: “no conozco nada que no sea milagro”. Eso resume lo que trato de decir. Pienso que la naturaleza lo hace todo, desde una brizna hasta un vehículo espacial. Hay una inteligencia superior a la nuestra puesto que nos ha hecho. Un científico puede fabricar una computadora, pero no una pequeña mata, un árbol, una flor, todo eso lo hace la tierra. Voy a escribir sobre todo esto. Lástima que no lo supe cuando tenía 20 o 30 años.

–¿Qué es para usted la poesía?

–Como la vida, está vinculada a todo lo anterior. La encuentro en la mañana cuando llevo sol, rayos de nuestra estrella, o veo a la gata a mi lado o azulejos en la ventana, o bellas mujeres en el automercado, o niños de tres o cuatro años que siempre me conmueven sobre todo cuando me miran o sonríen o me saludan. La poesía como escritura tiene que ver con el intelecto en el sentido antiguo de esta palabra, como traducción de nous, que tiene muchos significados, pero me gusta el de espíritu. Imagínate que el libro de términos griegos en filosofía le dedica dos páginas. Al cabo llegamos a lo que dicen los poetas: la poesía es indefinible como la existencia misma.

–De no haber sido profesor y poeta, ¿hay algún otro oficio al que le hubiera gustado dedicarse?

–Al de dibujante. Estuve en la Escuela de Arte de Barquisimeto. Allí fue mi primer contacto con los dioses griegos, y quien corregía los dibujos que hacíamos era Rafael Monasterios, pero me di cuenta de que no tenía condiciones para ello.

–Un escritor o un poeta sin el cual usted considere inconcebible su propia vida.

–Esa es una pregunta imposible para mí, pero sirve para percatarme de que durante años predominó el número más que el ahondar en las lecturas. Comencé a leer más seriamente a mi regreso de Trinidad, en 1956, pero tampoco me apruebo en ese período. Después de los 30 y tantos años mejoré como lector. De algo sí estoy seguro: me cautivan sobremanera las palabras, aunque distan mucho de la realidad. Esto se lo debo a la lectura de los grandes prosistas de nuestro idioma. La literatura que he frecuentado más asiduamente ha sido la española, desde Cervantes hasta hoy. Tuve que estudiar mucho cuando di clases en la Escuela de Letras.

–Un consejo para los jóvenes.

–A los jóvenes, que estudien nuestro idioma, pues está empobreciéndose mucho me dicen personas que están en contacto con ellos. Les recomiendo un libro que se titula Aprender a vivir, de Luc Ferry.

–Un mensaje para los venezolanos en medio de lo que estamos viviendo.

–A los adultos, que con ocasión de este encierro inesperado, lean bastante a buenos autores, sobre todo aquellos que sean tonificantes. (No me lean a mí). Canto a mí mismo, de Walt Whitman, Los libros en mi vida, de Henry Miller, los Ensayos de Montaigne, La ciudadela interior, de Pierre Hadot, Filosofía y mística, de Salvador Pániker y los libros de Fernando Savater son muy recomendables en estos días. En este momento le ha aparecido un enemigo invisible al mundo y aquí los venezolanos, además de cuidarse, deben pasar lo político a un segundo plano.

–Finalmente, la pregunta de Hölderlin: ¿para qué poetas en tiempos de penuria?

–Hölderlin conocía la indigencia (prefiero esta palabra a penuria) que afectaba al mundo y a eso contrapone la poesía, que según él vuelve sagrado todo. Esa palabra que a veces traducen como santo, lo cual me parece un error, porque él era religioso pero pagano. Lo divino estaba representado en él por los dioses griegos: “la luz, el éter, el mar, siguen dirigiéndose a los mortales en demanda de devoción”, dice José Miguel Mínguez en el prólogo de su traducción a Hölderin, y el no encontrarse respuesta, digo, es parte principal de esa indigencia.

“Cuanto he tomado por victoria es sólo humo”. Con estas fotos y estos poemas celebramos los 90 años de Rafael Cadenas
Esta es una breve selección de poemas suyos que hemos hecho en Runrun.es para celebrar los 90 años de Cadenas  

@diegoarroyogil

Fotografías: Lisbeth Salas, para el libro Rostro y decires, de su autoría, publicado por La cámara escrita: https://issuu.com/labtipccs/docs/rostros_y_decires

Rafael Cadenas (Barquisimeto, 1930) es autor de una obra ampliamente reconocida en el mundo iberoamericano que además ha llegado, gracias a traducciones, a países de habla no hispana sobre todo de Europa. Sus primeros poemas conocidos fueron publicados en 1946, con el título de “Cantos iniciales”, en el Papel Literario de El Nacional, un diario donde por cierto Cadenas trabajó, durante su juventud, como corrector de pruebas de la fuente deportiva. (Beisbolero nato, es hasta hoy en día aficionado de los Cardenales de Lara).

Tras haber sido exilado en Trinidad y Tobago por la dictadura de Marcos Pérez Jiménez –ello debido a su participación en una huelga universitaria en 1952–, de regreso en Venezuela Cadenas escribió Una isla, un poemario que sin embargo no fue publicado hasta la década de los años 90. Más tarde, en 1960, publicó Los cuadernos del destierro, un libro al que siguieron Falsas maniobras, en el 66; Intemperie y Memorial, ambos en el 77; Amante, en el 83; Gestiones, en el 92; Sobre abierto, en 2012 y, finalmente, por lo pronto, En torno a Basho y otros asuntos, en 2016.

La mayoría de estos libros, más los de prosa, están recogidos en su Obra entera, originalmente publicada por el Fondo de Cultura Económica de México el año 2000, y luego, ampliada, por la editorial Pre-Textos, España, en 2007. Rafael Cadenas ha recibido, entre otros, el Premio Nacional de Literatura de Venezuela, en 1985; el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances, en 2009, y el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, en 2018. De este último suele decirse que es el “Nobel” de la poesía en español. Además de escritor y poeta, Cadenas se desempeñó durante varias décadas como profesor de la Escuela de Letras de la UCV, una universidad que lo reconoce –como la de los Andes, la Lisandro Alvarado y la Simón Bolívar– como Doctor Honoris Causa.

Sirva de preámbulo a esta breve selección de poemas suyos que hemos hecho en Runrun.es para celebrar los 90 años de Cadenas una frase suya de Anotaciones, uno de sus libros de prosa. Dice: “La poesía puede acompañar al hombre, que está más solo que nunca, pero no para consolarlo sino para hacerlo más verdadero”. O esta pregunta, también de Anotaciones, en el fondo de la cual hay, más que una duda, una afirmación: “¿Qué se espera de la poesía sino que haga más vivo el vivir?”.

10 poemas de Rafael Cadenas

Del libro Una isla (alrededor de 1956-58)

You

Tú apareces,

tú te desnudas,

tú entras en la luz,

tú despiertas los colores,

tú coronas las aguas,

tú comienzas a recorrer el tiempo como un licor,

tú rematas la más cegadora de las orillas,

tú predices si el mundo seguirá o va a caer,

tú conjuras la tierra para que acompase su ritmo

a tu lentitud de lava,

tú reinas en el centro de esta conflagración

y del primero

al séptimo día

tu cuerpo es un arrogante

palacio

donde vive

el

temblor.

 

Del libro Los cuadernos del destierro (1960)

Yo pertenecía a un pueblo de grandes comedores de serpientes, sensuales, vehementes, silenciosos y aptos para enloquecer de amor. Pero mi raza era de distinto linaje. Escrito está y lo saben –o lo suponen– quienes se ocupan en leer signos no expresamente manifestados que su austeridad tenía carácter proverbial. Era dable advertirla, hurgando un poco la historia de los derrumbes humanos, en los portones de sus casas, en sus trajes, en sus vocablos. De ella me viene el gusto por las alcobas sombrías, las puertas a medio cerrar, los muebles primorosamente labrados, los sótanos guarnecidos, las cuevas fatigantes, los naipes donde el rostro de un rey como en exilio se fastidia.

Mis antepasados no habían danzado jamás a la luz de la luna, eran incapaces de leer las señales de las aves en el cielo como oscuros mandamientos de exterminio, desconocían el valor de los eximios fastos terrenales, eran inermes ante las maldiciones e ineptos para comprender las magnas ceremonias que las crónicas de mi pueblo registran con minucia, en rudo pero vigoroso estilo.

¡Ah! Yo descendía de bárbaros que habían robado de naciones adyacentes cierto pulimento de modos, pero mi suerte estaba decidida por sacerdotes semisalvajes que pronosticaban, ataviados de túnicas bermejas, desde unas rocas asombradas por gigantes palmeras.

Pero ellos –mis antepasados– si estaban aherrojados por rigideces inmemoriales en punto a espíritu, eran elásticos, raudos y seguros de cuerpo.

Yo no heredé sus virtudes.

Soy desmañado, camino lentamente y balanceándome por los hombros y adelantando, no torpe, mas sí con moroso movimiento un pie, después otro; la silenciosa locura me guarda de la molicie manteniéndome alerta como el soldado fiel a quien encomiendan la custodia de su destacamento, y como un matiz, sobrevivo en la indecisión.

Sin embargo, creía estar signado para altas empresas que con el tiempo me derribarían.

 

Del libro Falsas maniobras (1966)

 

Fracaso

 

Cuanto he tomado por victoria es sólo humo.

 

Fracaso, lenguaje del fondo, pista de otro espacio más exigente,

difícil de entreleer es tu letra.

 

Cuando ponías tu marca en mi frente, jamás pensé en el mensaje

que traías, más precioso que todos los triunfos.

Tu llameante rostro me ha perseguido y yo no supe que era para

salvarme.

Por mi bien me has relegado a los rincones, me negaste fáciles

éxitos, me has quitado salidas.

Era a mí a quien querías defender no otorgándome brillo.

De puro amor por mí has manejado el vacío que tantas noches

me ha hecho hablar afiebrado a una ausente.

Por protegerme cediste el paso a otros, has hecho que una mujer

prefiera a alguien más resuelto, me desplazaste de oficios suicidas.

 

Tú siempre has venido al quite.

 

Sí, tu cuerpo llagado, escupido, odioso, me ha recibido en mi más

pura forma para entregarme a la nitidez del desierto.

Por locura te maldije, te he maltratado, blasfemé contra ti.

 

Tú no existes.

Has sido inventado por la delirante soberbia.

¡Cuánto te debo!

Me levantaste a un nuevo rango limpiándome con una esponja

áspera, lanzándome a mi verdadero campo de batalla,

cediéndome las armas que el triunfo abandona.

Me has conducido de la mano a la única agua me refleja.

Por ti yo no conozco la angustia de representar un papel,

mantenerme a la fuerza en un escalón, trepar con esfuerzos propios,

reñir por jerarquías, inflarme hasta reventar.

Me has hecho humilde, silencioso y rebelde.

Yo no te canto por lo que eres, sino por lo que no me has dejado ser. Por no darme otra vida. Por haberme ceñido.

 

Me has brindado sólo desnudez.

 

Cierto que me enseñaste con dureza ¡y tú mismo traías el cauterio!,

pero también me diste la alegría de no temerte.

 

Gracias por quitarme espesor a cambio de una letra gruesa.

Gracias a ti, que me has privado de hinchazones.

Gracias por la riqueza a que me has obligado.

Gracias por construir con barro mi morada.

Gracias por apartarme.

Gracias.

 

 

Del libro Intemperie (1977)

 

Es recio haber sido,

sin saberlo, un jugador,

y encontrarse

tocando

como una carta

el destino.

 

Ya no hay más jugadas sino un ponerse

en manos desconocidas.

 

Ars poética

 

Que cada palabra lleve lo que dice.

Que sea como el temblor que la sostiene.

Que se mantenga como un latido.

 

No he de proferir adornada falsedad ni poner tinta dudosa ni

añadir brillos a lo que es.

Esto me obliga a oírme. Pero estamos aquí para decir verdad.

Seamos reales.

Quiero exactitudes aterradoras.

Tiemblo cuando creo que me falsifico. Debo llevar en peso mis

palabras. Me poseen tanto como yo a ellas.

 

Si no veo bien, dime tú, tú que me conoces, mi mentira, señálame

la impostura, restriégame la estafa. Te lo agradeceré, en serio.

Enloquezco por corresponderme.

Sé mi ojo, espérame en la noche y divísame, escrútame, sacúdeme.

 

Del libro Memorial (1977)

 

Deseo

Asciende por mi cuerpo como otra sangre

más cálida

que en mi boca se muda,

se vuelve lo que no es

y se extingue

como un rumor más de la noche.

Río

Que repite nombres.

 

*

 

Sigo la ilación

extraña

de la vida.

 

Llama que vuelve novedad

lo que toca.

Como mano de niño.

 

Del libro Amante (1983)

No sé quién es

el que ama

o el que escribe

o el que observa.

A veces

entre ellos

se establece, al borde,

un comercio extraño

que los hace indistinguibles.

Conversación

de sombras

que se intercambian.

Cuchichean,

riñen,

se reconcilian,

y cuando cesa el murmullo

se juntan,

se vacían,

se apagan.

Entonces toda afirmación

termina.

Tal vez

al más pobre

le esté destinado

el don excelente: permitir.

 

Del libro Gestiones (1992)

 

He vivido

cediendo terreno

hasta quedarme con el necesario

–un área invicta,

de nadie,

que un desconocido reclama.

 

 

Del libro Sobre abierto (2012)

 

La búsqueda

 

Nunca encontramos el Grial.

Los relatos no eran verídicos.

Sólo la fatiga de los caminos acompañó

a los que se aventuraron,

pero se esperaban historias,

¿qué sería nuestro vivir

sin ellas?

 

Nada se resolvió,

hubiéramos podido quedarnos en casa.

Es que somos tan inquietos.

Sin embargo, concluido el viaje

sentimos que en nosotros

–ya no rehenes

de la esperanza–

había nacido

otro temple.

La importancia de una pausa, por Diego Arroyo Gil

@diegoarroyogil 

Cuenta Petrarca, gran poeta italiano del siglo catorce, que un día, motivado por un espíritu curioso que era propio de su carácter, emprendió una excursión a una montaña que quedaba cerca de donde él vivía, en Provenza. Mont Ventoux se llama, o “Monte Ventoso”, pues es un sitio donde se supone que corre mucho aire. Para allá se fue Petrarca con su hermano y unos criados, dice, “tan solo impulsado por el deseo de ver un lugar célebre por su altura”. Era abril de 1336. El poeta contaba 32 años y estaba en camino de convertirse en uno de los humanistas más importantes de la historia y, para muchos, en uno de los tempranos padres del Renacimiento.

Las incidencias del viaje están recogidas en una carta que Petrarca le escribió a su amigo Dionigi da Borgo Sansepolcro, un monje agustiniano que le servía de confesor. Son incidencias simpáticas; la mayoría, circunstanciales.

Hay una de ellas, sin embargo, que ha convertido esa carta en un testimonio de un valor incalculable para el decurso de la cultura y de la relación del hombre consigo mismo, con la vida, etcétera. Como suele ocurrir con los poetas, se trata de un hecho que, en apariencia azaroso, se convierte en una revelación, en un giro de tuerca para el pensamiento.

Ascendían el monte, cuenta Petrarca, haciendo un esfuerzo supremo –sobre todo él, pues su hermano y los criados eran más resueltos e iban adelante– hasta el punto de que la dificultad le hizo pensar en que lo mismo que aquella ruta montañosa era la ruta del alma. Se dijo a sí mismo: “Igual que te ha ocurrido hoy en la subida de este monte, te ocurre a ti como a tantos en el camino de la vida bienaventurada. La vida que llamamos bienaventurada la encontramos en un lugar alto, y angosta es la senda”.

Así reflexionaba el teólogo que había en él. Buscaba otorgarle un sentido trascendente a una simple excursión a una montaña… Bien, por fin llegaron a la cima más alta y allí, en un pequeño llano, se echaron. Y Petrarca se dio a pensar en sus progresos, en sus imperfecciones, en la inestabilidad del obrar humano, en todo eso a lo que somos dados a pensar los hombres en medio de nuestras faenas.

“El sol ya declinaba y las sombras del monte se alargaban indicando que ya iba siendo hora de volver” cuando, en un gesto súbito pero sin intención secreta, Petrarca sacó de su bolso un libro que había llevado por si tenía la ocasión de leer algo en el camino. Su hermano, que estaba su lado, se puso atento para escuchar, mientras Petrarca abría el libro en una página cualquiera. Y Petrarca leyó: “Se van los hombres a contemplar las cumbres de las montañas, las grandes mareas del mar y el ancho curso de los ríos, la inmensidad del océano y las órbitas de los planetas; y de sí mismos se olvidan”.

Era un fragmento de las Confesiones de San Agustín y, tras decirlo en voz alta, Petrarca guardó silencio. Se había quedado atónito e incluso se irritó. Pidió que nadie le hablara hasta descender del monte. Y mientras descendía, pensaba en la insensatez de los hombres, que los lleva a descuidar la parte más noble de sí mismos y a dispersarse “en especulaciones inútiles para buscar fuera lo que podrían encontrar dentro de sí”.

Recuerdo la primera vez que oí esta historia. Nos la contó, en la universidad, un profesor que estaba enamorado de la belleza y que nos invitó a leer, además de la carta a Dionigi da Borgo, también, juntamente, el Secretum y el Cancionero. Hablaba emocionado de Petrarca y nos transmitió, a muchos, esa emoción. Esa línea valiente, por ejemplo: “Yo sé que voy tras lo que abrasa”, o ese rezo descarnado: “Bendito sea el año, el mes, el día; el tiempo, la estación, la hora; el instante, el rincón y el lugar en donde por tus ojos fue prendida mi alma”. Todo eso, sí, era Petrarca y más, mucho más, pero no podíamos perder de vista el ascenso al Monte Ventoso. “El descenso”, precisaba el profesor. “Porque solo quien se entrega abre una ventana hacia el corazón”. Y aun insistía, con un ímpetu leonino muy convincente: “¡El corazón, carajo, el corazón!”.

En estos días de encierro he pensado, como todos, en muchas cosas, pero creo que ninguna me ha sido tan fértil como esta brevísima memoria que llega hasta Petrarca. En las redes sociales hay mucho empuje. La gente se da ánimo y es de agradecer, pero de pronto comienzas a sentir que es como si estuvieras escalando una montaña, una montaña sin fin, y que no puedes parar, vamos, arriba, vamos, cuando lo cierto es que el mundo está en una tregua y que no está mal si nosotros también lo estamos.

“Apresúrate lentamente”. Tal es una de las lecciones antiguas que recuperaron con mayor esmero precisamente los humanistas del Renacimiento. Festina lente es la locución latina y según Edgar Wind, un erudito del saber clásico, tiene que ver con que la madurez se alcanza si la velocidad y la lentitud están igualmente desarrolladas en nosotros como actitudes posibles, y entrecruzadas, ante lo que nos sucede. Es una paradoja, pero pensar en ella aviva la riqueza de nuestra imaginación.

Se me ha ocurrido que aquel día de 1336, tras llegar a la cima más alta del Monte Ventoso, Petrarca recuperó para todos, tumbado en un llano de un camino sembrado de ansiedades, la importancia de una pausa. O para decirlo como creo que lo diría mi profesor: la importancia de ser echado de pronto, en medio de todo, hacia uno mismo.

A 7 años de la muerte de Simón Alberto Consalvi: “Dichosos los tiempos en que, además de tabaco, había gramática”
El 11 de marzo de 2013, hoy hace siete años, murió Simón Alberto Consalvi. Diego Arroyo Gil, que además de trabajar con él escribió una biografía sobre el gran político, lo recuerda en este texto memorioso en el que Consalvi toma la palabra

 

@diegoarroyogil

 

Es domingo. Simón Alberto Consalvi está sentado en un sillón capitoné de cuero verde oscuro, en su casa, en el Alto Hatillo, en Caracas. Viste guayabera blanca y pantalones color beige. Tiene un Partagás encendido entre los dedos. A sus espaldas cuelgan de la pared al menos cuatro retratos de Juan Vicente Gómez pintados por su amigo Pedro León Zapata, que se los regaló y que en paz descanse. Desde que se inició en la política, a mediados de los años 40 del siglo pasado, Consalvi ha sido casi todo lo que puede aspirar a ser un hombre como él en Venezuela: diputado, embajador, ministro, canciller y presidente encargado de la República. Además, ha dirigido periódicos y revistas y fue el fundador de la Oficina Central de Información y de Monte Ávila Editores. Nacido en Santa Cruz de Mora, Mérida, en 1927, ha pasado a la historia como miembro de excepción de Acción Democrática –un partido del que se alejó durante la segunda presidencia de Carlos Andrés Pérez–, pero, sobre todo, como político ilustrado, cuando no como un intelectual prestado a la función pública. De presencia ininterrumpida en los medios de comunicación durante décadas, Consalvi sin embargo siempre ha estado rodeado de cierta aura de misterio, esto debido a que habla poco de sí mismo y a que se vale de agudezas para zafarse de cualquiera de intente precisarlo demasiado.

Lejos de buscar esclarecer tramas de la historia contemporánea de Venezuela de las que Consalvi fue testigo o protagonista, esta entrevista recrea un encuentro informal ya lejano con él. Para escribirla he echado mano de notas personales mías (trabajé con él durante seis años y luego escribí una biografía suya) y he sacado una que otra contestación de Contra el olvido, de Ramón Hernández, y de El enigma SAC, de María Teresa Romero, dos libros que bucean en la vida y la personalidad de este hombre inolvidable cuyo ingenio he querido reanimar en este breve texto que publico ahora, cuando se cumplen siete años de su muerte… pero como si Consalvi estuviera vivo…

–¿En esta casa no sirven café? –pregunta él en voz alta, ensayando seriedad, para que lo oigan en la cocina de su casa. Observa el puro–. La vitola de un cigarro es su figura. Así dice don Fernando Ortiz, y es verdad.
–¿Cuántos habanos se fuma al día?
–Nunca menos de dos. El primero, después del desayuno. El segundo, a media tarde, como ahora. Un día ya remoto encendí un tabaco en un hotel de Nueva York y sonaron las alarmas. Je, je –risa fresca pero de voz ronca, andina–. Buena vaina.
–¿Fue cuando vivía en esa ciudad?
–Era embajador de Venezuela en Naciones Unidas, sí. Años setenta, illo témpore.
–No ha olvidado del todo el latín que, según supe, estudió en el colegio.
–Casi todo. Una catástrofe.
–¿Para qué le serviría? Es una lengua muerta.
–A las mujeres las seducen las extravagancias –dice, pícaro.
–En muchas de sus fotos, incluso en las que le hicieron las veces en que fue ministro, aparece usted fumando: puros, cigarrillos, pipa. Antes se fumaba y no pasaba nada. Ahora se mira mal a los que fuman.
–Dichosos los tiempos en que, además de tabaco, había gramática.
–¿Tiene alguna manía cuando fuma?
–La manía soy yo –asoma una sonrisa irónica–, aunque todavía nadie ha escrito un libro que se llame “La importancia de llamarse Simón Alberto Consalvi”. No pierdo la esperanza.
–Se ve que es merecida la fama que tiene usted de ocurrente…
–Mi única ocurrencia es haber regado esa fama –se ríe.
Llega el café.
–Sírvase –ordena, con un usted que suele alternar con el tuteo.
Basta beber un sorbo. Café cerrero.
–Es extraño que siendo usted un diplomático se exprese sin dar muestras de engolamiento, con el perdón de sus colegas que sí lo hacen.
–Soy periodista. La vocación deforma –bromea–. De todos modos, me considero un hombre poco solemne. Mis dos únicas solemnidades son el chofer y los tabacos. Solamente trabajo para pagarme esos dos lujos que me salen caros.
–¿Por qué no maneja?
–Perdí el hábito. Como ministro uno se desacostumbra a tareas fundamentales de la vida porque le solucionan todo. No hay vía más eficaz para hacerse un inútil que ser ministro. Cuando uno deja el Gobierno tiene que volver a manejar, pero para volver a manejar hay que reaprender a manejar. Me sentí inseguro y preferí no hacerlo.
–¿No lo extraña?
–A veces, pero manejar en Caracas es muy agresivo y hay que tener una paciencia muy grande. Se pierde mucho tiempo y hay que ponerle demasiada atención. Mis amigos que manejan tienen que hacer grandes maniobras para resolver dónde estacionar. Tal vez en otras ciudades manejaría. Por ejemplo, en La Habana, donde casi no hay carros y las calles serían para mí solo.
–¿No es paradójico que un hombre que dirigió la política exterior de un país como Venezuela en momentos estelares de la democracia no sepa manejar?
–Manejo con la cabeza, para que no se me atrofie. Perder ese hábito sí sería una tragedia. El hecho de que tenga fama de hombre callado no significa que no piense. Me gusta el diálogo, pero a veces me callo.
–Es bien sabido que usted a veces no habla.
–Cosas de familia.
–O quizás una estrategia diplomática.
Consalvi le da una bocanada al habano. Tumba la colilla con el borde del cenicero.
–Una estrategia política, más bien –dice–. Descreo de los que hablan demasiado.
–Alguna vez usted también habrá hablado de más.
–Puede ser, sí. Puede ser. Pero me ha salvado el diablo. Le rezo a Maquiavelo.
–¿Se considera un hombre hábil, astuto?
–No soy astuto ni hábil. No paso de ser paciente.
–¿Por qué nunca se lanzó a la presidencia de la República?
–No tenía cuerpo para esa guerra. La insensatez, gracias a los dioses y a Baltasar Gracián, tiene sus límites.
–Pero pudo haber llegado al cargo.
–Lo que a mí más me movió fue el compromiso con el servicio público. No quise ser dirigente y estuve en cargos transitorios, pero nunca tuve la vocación de ser un líder político.
–Conoció usted a Fidel Castro.
–Mucho, mucho. Como diplomático contribuí con soluciones a ciertas crisis entre Cuba y Venezuela, con discreción, porque del ejercicio de esta virtud y de su comprensión parten las buenas relaciones permanentes entre los Estados. Ahora no podría saludar al comandante. Las listas protocolares han sido expurgadas, los actores son otros, tan novatos como arrogantes. La discreción ha muerto.
–Y Fidel también ha muerto.
–Es conveniente recordar ese corrido popular mexicano que dice: “Ya mataron a la perra, pero quedan los perritos”.
–En todo caso, de estar vivo Fidel, ¿le habría gustado saludarlo?
–Betancourt me jalaría las patas –larga risa.
–Está siendo esquivo.
–No es esquivez. Soy voluble cuando me siento inseguro y susceptible casi todo el tiempo. Pero, sobre todo, soy entusiasta de lo que hago y de lo que se me confía.
–¿Qué piensa de la situación que vive actualmente Venezuela?
–Que es demencial y que la irresponsabilidad ha sido muy grande, pero como no me gusta ser pesimista me excusaré con una frase de Mariano Picón-Salas según la cual “el pueblo venezolano siempre ha demostrado que es inteligente”.
–¿Siempre?
Consalvi suelta una carcajada pedregosa, rancia, como de buey.
–¡Coño! –dice–, no me joda tanto. ¿Usted no quiere un whisky? Ahí está. Sirva dos.

 

 

Boris Izaguirre: “He regresado del desierto y me he inventado una nueva piel”

@diegoarroyogil | Fotografías: Lisbeth Salas

 

Madrid a finales de febrero. Un viernes a comienzos de la tarde. Afuera, en la calle, hace frío. Aquí, no. Aquí está encendida la calefacción y se está cómodo. El techo es de doble altura y la luz que entra por un par de ventanales cercanos ilumina suavemente el recibidor. Al centro, el protagonista. Su saludo ha sido afectuoso como, en general, todo lo suyo. ¿Persona o personaje? ¿Él es así con todo el mundo o se trata, como en este caso, de que está delante de un periodista? Es todo tan natural que es difícil pensar que no sea así siempre. Es un pez en el agua de la simpatía, como si hubiera nacido contento o, mejor, encantado de la vida. Además, lo acompaña un aire de figura. Paulina Rubio dijo de él una vez que es todo un señor.

–¡El abrigo! Cuelga aquí el abrigo… ¡Ay, pero qué carita! Es que esta ciudad es muy loca, le hace muy bien a la gente.

–A ti te ha hecho muy bien, ¿no?

–¡¿Madrid?! Totalmente. ¡Totalmente! Estaba pensando, mientras te esperaba, que a mí me han dicho que yo soy un alma muy joven. Una vez una persona experta en eso de la reencarnación me dijo que yo he tenido una sola vida pasada. ¡Una sola! ¿No te parece divino? ¿Y sabes qué fui en esa sola, única vida pasada?

–¿Qué?

Boris Izaguirre respira como quien busca aire para un suspiro mientras cierra y abre los ojos. Exhala lento pero breve. Hace un gesto de picardía con la mirada y levanta un poco el hombro derecho. Responde:

–Un alga marina.

–¿Un alga marina?

–¡Sí! ¿No es divino? –Es una de sus palabras favoritas: divino–. Ser un alga y andar de mar en mar, de ola en ola.

De pronto, se pone serio. A voluntad.

–Bueno –dice–, y de esa vida pasada como alga marina reencarné en esta como Boris Izaguirre. ¡Ja, ja! Un salto espectacular… ¡Oh! Está pitando la tetera. ¿Quieres té con limón?

–Muchas gracias.

–¡Qué adorado!

En la cocina, dominada por un suelo aguamarina y un largo mesón blanco (lámpara, lentes de ver y de sol, flores, periódicos, revistas, un montón de correspondencia, el lavaplatos y el escurridor, las estufas), Boris prepara la infusión. A la suya le pone, además de una rodaja de limón, un poco de leche. Nada de azúcar.

–¿No te fastidia dar entrevistas?

–¡Para nada! Es como estar en el psiquiatra, con la diferencia de que ahora estoy yendo al psiquiatra de verdad, verdad… Toma, coge tu taza. ¿Vamos al salón?

Boris va de la cocina al salón de su casa, un apartamento en el muy bello y distinguido barrio de Salamanca. Fuera de la cocina, el suelo es de madera. Ruido de pasos. Como el resto de la residencia, el salón desprende una armonía que recuerda a las boutiques de diseño, pero, a diferencia de estas, aquí se nota que vive gente. Es decir, hay calor de hogar. Es el hogar de Boris y de su marido, Rubén Nogueira, que no en vano es escaparatista: forma parte del grupo encargado de hacer las vitrinas de las tiendas Mango alrededor del mundo. Boris se sienta en un sofá de tres puestos. Está impoluto: bluyín oscuro, camisa blanca, suéter azul índigo y botines de cuero vino tinto. Más tarde se cambiará de ropa para que la fotógrafa Lisbeth Salas le haga los retratos que acompañan esta entrevista, en la terraza del Hotel Wellington, “que es mi sede”. Boris y Rubén tienen por norma no fotografiar su residencia.

–Ven, ponte aquí –ordena–. Cerca. Siempre cerca.

 

 

–¿Por qué estás yendo al psiquiatra?

–Ah, porque he tenido unos sueños recurrentes muy espantosos.

–¿Qué sueñas?

–Que no llego a tiempo a los lugares, que estoy mal vestido, que no logro ser coherente –dice y bebe de la infusión–, y he pensado que todo esto tiene que ver con el cambio de ciclo en el que estoy ahora.

–Que consiste en…

–En haber recuperado mi carrera, porque estuve disperso durante bastante tiempo. Pero fue una decisión voluntaria. Cada persona, en cierto momento de su carrera, entra en un desierto, como Jesucristo, que estuvo perdido en el desierto y conoció al diablo allí. A mí siempre me ha impactado mucho ese episodio de la vida de Jesucristo, y una vez que crucé los 40 años pensé que me iba a pasar lo mismo, y que, si no me pasaba, igual tenía que hacer que me pasara y así fue.

–¿Por qué querías atravesar el desierto?

–Porque es algo que hay que hacer. Es difícil de explicar y ahora no es el momento. Lo que sí te puedo decir es que esa fue la razón por la cual viví un tiempo en Londres y escribí una novela allí, Dos monstruos juntos. Y por lo que luego escribí otra novela, Un jardín al norte, y estuve trabajando en la televisión en Miami. Miami fue parte de ese desierto, pero con mar. Yo no tenía mucho de qué aferrarme que no fueran los libros y todo ese dejarme llevar me desubicó completamente. Durante un tiempo yo desaparecí de la agenda de la gente que en España podía pensar: “Boris sería bueno para esto”, “Boris podría funcionar para esto otro”.

–Y el reajuste llegó con tu participación en Masterchef Celebrity, en Televisión Española.

–Totalmente. Macarena Rey, que es la productora, quería que yo participara desde la primera edición, pero yo acababa de instalarme en Miami. Luego, con la segunda, me asusté, porque sentía que era un programa que no iba a hacer bien. Cuando me ofrecieron estar en la tercera edición, Rubén, mi marido, me dijo: “Mira, Boris, ya está, déjate de tonterías, que tampoco estás en situación de escoger”. Entonces acepté, y cuando tomé ese avión en Miami de regreso a Madrid sabía que estaba dejando atrás radicalmente esa etapa del desierto. Lo demás es sabido.

–Que Masterchef fue un éxito. Te relanzó. Participaste en la tercera edición, en 2018 y, además, te llamaron para la cuarta, en 2019.

–Para mí fue una rehabilitación, una rehabilitación que yo necesitaba. Necesitaba decirme: “Ya está, ya has hecho el paseo ese que querías hacer, has probado todo tipo de cosas y de situaciones y tienes que centrarte de nuevo”. Masterchef me hizo ver que las cosas ya no funcionaban con un simple gesto de la mano, con un amaneramiento, con una sola frase. Me di cuenta de que eso había quedado obsoleto. Fue como si me hubieran puesto delante del espejo y me dijeran: “¡Tienes que inventarte una nueva piel ya!”. Y eso he hecho: he regresado del desierto y me he inventado una nueva piel. Las oportunidades en la vida son como trenes, eso es cierto. Hace años pasó un tren y me subieron a él: era Crónicas Marcianas –Boris se refiere al programa que lo hizo famoso, famosísimo en España–. Luego, a este segundo tren, que ha sido Masterchef Celebrity, tuve que subirme yo solo. De manera que estoy en mi segundo tren, y este segundo tren me ha llevado, por ejemplo, a Prodigios.

–Un programa que va por su segunda edición y en el que has repetido como anfitrión.

–Sí, y estoy feliz. Porque es un programa culto, pero de máximo entretenimiento. Y todo esto de la mano de Macarena Rey, la misma productora de Masterchef… ¿No te parece que Macarena Rey es una de las personas más increíbles del mundo? Es impresionante la cabeza y la devoción que tiene para la televisión. Además, es divina.

–Hace unos días dijo que estás escribiendo el guión de una serie biográfica sobre Miguel Bosé.

–Sí. Macarena conoce muy bien a Miguel. No sé si sabes que durante mucho tiempo se ha mantenido el rumor de que “Morena mía”, la canción de Miguel, está inspirada en Macarena.

–¿Y es verdad?

–¡No lo sé! Quienes podrían confirmar esa leyenda siempre sonríen –Boris sonríe–. Miguel ha guardado muy celosamente su intimidad, pero esta vez quiere de alguna manera liberarse un poco de cosas y transmitirlas. Está escribiendo su autobiografía y todos estamos fascinados por la cantidad de cosas que hay en torno a él: él mismo, su carrera, sus padres. Miguel es un pionero, es una persona que abrió puertas y caminos para las generaciones que quedamos deslumbradas por él y que seguimos deslumbradas por él y para las que seguirán deslumbradas por él. La España en la que nació Miguel no es la España en la que Miguel Bosé apareció por primera vez en el escenario para cambiar completamente este país. Primero viene Miguel con sus mallas y con ese concierto en el Florida Park, en el 77, y luego la Transición Española.

–Primero fue ese concierto y luego, en el 78, la Constitución de la democracia.

–¡Te das cuenta! ¡Miguel es anterior a la Constitución! E igual de moderno y liberador. De modo que yo, como el cronista social que soy, estoy encantado.

–Eres amigo de Bosé. ¿Nunca te enamoraste de él?

–Por supuesto, pero él de mí jamás. ¡Ja, ja! Cuando yo lo vi, por Venevisión, en Sábado Sensacional, en el 77, con esa sonrisa, con ese pelo, con ese cuerpo, con ese atuendo…, y Gilberto Correa que nos advertía que era hijo del gran torero Luis Miguel Dominguín, pero distinto… ¡aluciné! Yo tenía 13 años y cuando terminó de actuar me paré delante del televisor en un estado de excitación insólito. No quería besar la pantalla: quería ser él. En ese momento se despertó en mí el hombre de escena. Y luego…, bueno, hemos hecho una amistad tan divertida… Las personas como Miguel son tan suyas, tan propias, que tienen muchos límites. Sabes que hay cosas a las que puedes llegar y otras a las que no, y dices: “Es que no hace falta avanzar más”.

–¿Tú también tienes esas zonas a las que nadie accede?

–Es verdad –piensa–. Sí, las he desarrollado.

–¿Sobre qué no hablas tú?

–Yo nunca hablo de mis ideas, e incluso cuando las escribo me doy cuenta de que uso una especie de barrera. Me cuesta abrirme y creo que eso tiene que cambiar.

–Qué te va a costar abrirte si tú eres una persona absolutamente extrovertida.

–Pero parece que ese no soy yo, que ese es otro yo. Me están explicando que durante muchísimo tiempo yo he construido un súper yo, y que lo que tú conoces es ese súper yo, no el verdadero yo. Y es verdad que llevo tanto, pero tanto tiempo haciendo el súper yo, que ya no sé cuál es el camino para volver al yo. ¡Me he perdido! –Boris baja la voz teatralmente a la manera de quien hace una confesión y dice–: Además, encuentro que el súper yo está tan estupendo en este momento que digo: “Ay, pero para qué regresar al yo, si ese yo debe ser un desastre”. ¡Ja, ja! Porque por lo visto se trata de una persona que está muy desasistida de afecto, escondida por una razón que todavía no sabemos.

–Qué raro, si da la impresión de que tú has sido siempre una persona muy amada.

–Justamente. He sido amado y no me he dado cuenta.

–No es posible.

–¡Te lo prometo! Lo dice todo el mundo. Y lo he visto con Prodigios. Los niños que participan en el programa están muy concentrados porque su talento realmente surja, porque llegue a alguna parte. Son muy exigentes consigo mismos. No son como yo, que toda la vida he estado rodeado de buena suerte y de gente increíble y diciendo: “Esta persona sí; está no”, “Esta persona me gusta; esta no”. Esa es la verdadera historia de mi vida.

 

 

–Tu papá ha dicho mucho, y tu madre también lo decía, que tú fuiste un niño prodigio. Te sentirás muy bien con los chicos que concursan en el programa.

–Sí, pero yo no tenía esa disciplina. Y como mis papás me amaban mucho pero, en el fondo, me temían, eran un poquito incapaces de exigirme esa disciplina.

–¿Por qué te temían?

–Porque yo era una bola de fuego. Pero una buena bola de fuego.

–¿Cuál es tu gran talento?

–Que yo soy encantador. Y el encanto se retroalimenta. Yo puedo ser encantador por horas y en situaciones realmente dramáticas. Ese es mi verdadero talento… No. Mi verdadero talento es el diálogo, y por eso quiero volver a él.

–¿Cómo es eso?

–Yo siempre quise escribir teatro. Lo hice y no funcionó. Pero eso sirvió para que Cabrujas me invitara a ser libretista de telenovelas. Y aunque yo hacía muy bien la diagramación, cuando me ponía a hacer diálogos me salía muy bien.

–Cuando dices que quieres volver al diálogo te refieres al diálogo como escritor.

–Sí, me refiero a hacer guiones. Como el que estoy haciendo sobre Miguel Bosé.

–Si le damos la vuelta a lo que has dicho la conclusión es que tu gran talento es que eres un conversador encantador.

–Ujum… Es probable… ¿Sabes que me miran mucho? Yo antes pensaba que la gente me miraba para ver si me había operado. Luego me he dado cuando de que me miran para ver si soy de verdad o no. Entonces yo capto ese interés e intento seducir, pero me está pasando algo nuevo cuando seduzco. Y es que, cuando me canso, me voy. Cuando veo que no estoy trabajando como seductor, aunque haya sido yo el que ha empezado, me aparto y adiós. ¿No es increíble? Es una nueva faceta de mi vida.

–Hablemos de tu libro más reciente, Tiempo de tormentas. Has dicho que es una autobiografía novelada. ¿Por qué escribiste una autobiografía novelada y no, directamente, una autobiografía?

–Lo que yo quería era hablar sobre Venezuela –Boris pasa de ser gracioso a estar serio con rapidez–, pero cuando estaba escribiendo me di cuenta de que Villa Diamante es toda sobre Venezuela, y Azul petróleo también. Venezuela es uno de mis grandes conflictos: lo que dejé atrás, en lo que se ha convertido el país, lo que representa hoy en España, porque Venezuela es como una tormenta dentro de España, etcétera. Yo asocié la muerte de mi mamá con la muerte de la Venezuela que mi mamá conoció, de la Venezuela que mi mamá quiso hacer y que vio desvanecerse. Y esa era la novela que yo quería escribir. Quizás mi error fue no saber hacer una novela sobre mi mamá en vez de una novela sobre mi mamá y yo. Porque también es cierto que ella y yo tuvimos una relación muy especial. Pero no quise asumir totalmente lo autobiográfico porque una novela siempre llega más lejos. Ese es el poder de las novelas.

–¿Escribir ese libro cambió tu relación con Venezuela?

–Sí, la hizo más distante… Para luego tener de nuevo a Venezuela en la esquina de mi casa. Es decir, no ha habido distancia… Yo espero que algún día Tiempo de tormentas se lea como el retrato de un país que consiguió ser algo y que dejó de serlo para convertirse en otra cosa. Eso está muy bien contado en esa novela, y escribirla me ha dejado un poco en plan: “Ya está, tengo que descansar de la narrativa”. Y en ese descanso he retomado el guion. –Boris se gira en el sofá y mira de frente–: ¡Ves para qué sirven las entrevistas! Hemos sacado una verdad muy profunda.

–Si fuera posible que se hiciera una película sobre tu vida, tú, que eres cinéfilo, ¿qué actor de antes o de ahora te gustaría que te interpretara?

–¡Cary Grant! Cuando Cary Grant iba a hacer la película sobre Cole Porter, que era muy amanerado y tenía una doble vida, la esposa de Cole Porter le dijo a Cole Porter: “Pero, Cole, ¡te va a hacer Cary Grant!”. Y Cole Porter le respondió: “Claro, quién más podría hacerme”. Me encanta esa historia.

–¿Te acuerdas de la entrevista que le hizo Capote a Marilyn?

–Por supuesto, “Una adorable criatura”.

–Al final, Capote le dice a Marilyn: “Recuerda que me habías ofrecido champaña”. Y ella le contesta: “Es que no llevo dinero”.

–¡Qué maravilla Capote! –interrumpe Boris–. Uno de los grandes descubrimientos de mi vida fue leer Breakfast at Tiffany’s en inglés y emocionarme con cada página. Pensé que yo quería escribir así, vivir así, ser así.

–Como Capote.

–No solo como Capote: ¡como Capote y como sus personajes! Toda mi vida he hecho un gran esfuerzo para conseguir eso completamente. Es el poder de la literatura.

–Te refería lo de Marilyn y el dinero porque no te imagino manejando dinero.

–Es cierto. Lo tengo todo encima. Un día mi papá me dijo: “Es que no sabes qué hacer con el dinero”. Una frase que me encantó. Y Rubén dice que yo me creo millonario porque lo parezco, pero que no lo soy. Mi hermana sí cree que soy millonario. Y tacaño. Como todos los millonarios.

–¿Cuántos años tienen juntos Rubén y tú?

–28.

–¿Y cuál es el secreto de un buen matrimonio?

–Este –Boris abre los brazos para señalar el salón de su apartamento–. Mira la casa: está perfecta. Y aquí estoy yo, sentado, ocupando mi lugar. Yo soy un mueble más. Yo soy el mueble que se mueve… ¡Oh! –se peina el pelo hacia atrás con las manos.

–¿Estás cansado?

–¡Para nada! Una vez fui a un desfile de Carolina Herrera y al final le pregunté: “Carolina, ¿estás cansada?”. Y me dijo: “NO”. Una persona que ha trabajado mucho no puede decir que está cansada. Además, estamos hablando del secreto de un buen matrimonio, y el secreto de un buen matrimonio, de verdad, es volverse a enamorar.

–¿Cada cuánto?

–Cuando Rubén y yo nos conocimos, yo le dije que hiciéramos un contrato renovable cada cinco años. Ahora estamos en la mitad del quinto lustro. El gran secreto del amor es ganar y no perder el respeto. Equivocarte y poder regresar a la casa. Hay que hablarlo todo, pero es cierto que puedes hablarlo todo de una manera encantadora. No disfrazar las cosas, no mentir, pero tampoco ser totalmente de verdad.