Diego Arroyo Gil, autor en Runrun

Diego Arroyo Gil

Diego Arroyo Gil Sep 19, 2022 | Actualizado hace 1 semana
Isabel II, el triunfo del símbolo
Isabel II fue absorbiendo lo que se proyectaba sobre ella y acabó por transfigurarse en símbolo

Por: @diegoarroyogil

Foto: @RoyalFamily

 

El día que murió la reina una amiga me contó que apenas oyó la noticia en la televisión, en su casa en Caracas, tuvo el gesto de ponerse de pie. Mi amiga vivió en Londres y desde entonces guarda un respeto sincero por Her Majesty, pero tengo otra amiga, también en Caracas, que a pesar de que nunca ha estado ni en Inglaterra ni en Escocia ni en Gales ni en Irlanda del Norte, cuando supo que Isabel II había fallecido le pidió al barman de un restaurante que dirige desde hace tiempo que hiciera sonar una campana. Los comensales prestaron atención y ella informó lo que había ocurrido. Algunos acaban de enterarse a través de Twitter, Instagram o Whatsapp.

Como a veces los venezolanos nos tildamos a nosotros mismos de safriscos, estas anécdotas podrían presentarse como ejemplo, pero aun si lo fueran, sería secundario, y a quienes insisten en descalificar tanto el desconcierto como el sentimiento de pena que ha concitado el cese de la reina, lo mejor es no hacerles caso. Isabel II es una figura de un peso histórico irrefutable, una figura que a lo largo de sus 96 años de vida y sus 70 de reinado logró acumular tal cantidad de valor simbólico que, a la hora de su muerte, era un personaje legendario no solo para el Reino Unido sino también para el resto del mundo.

La escueta pero suficiente notificación pública, más temprano ese día, de que sus médicos estaban “preocupados” por su salud, activó todas las alarmas, y sospecho que no fuimos pocos los que al instante registramos una sensación de asombro y de irrealidad. Yo me mantuve más o menos renuente e incrédulo hasta que los periodistas anclas de la BBC aparecieron todos trajeados de luto. ¡Pero si dos días atrás la reina había recibido, muy sonriente y en su sitio, a Liz Truss, la nueva primera ministra! Todos habíamos visto las fotografías en la prensa y, pese al color violeta de sus manos, sin pensarlo la dábamos por entera. Entera como siempre desde siempre. Entera, invencible, inmortal.

Hay un parlamento en el capítulo final de la tercera temporada de The Crown, la serie de Netflix sobre Isabel II, en el que la princesa Margarita le dice a su hermana: “Nosotros tapamos las grietas. Y si lo que hacemos es potente, grandioso y decisivo, nadie se dará cuenta de que lo demás se desmorona a nuestro alrededor. Esa es nuestra misión. –La princesa hace una pausa y se corrige a sí misma–: Nuestra no. La tuya. Tú no puedes flaquear. Porque si tú muestras una mínima grieta, sabremos que no es una grieta sino un abismo. Y todos caeremos en él. Tú debes mantenerlo todo unido”. Aunque se sabe que estas son frases creadas por los guionistas de la serie, frases de ficción, creo que resumen con acierto el papel que encarnó Isabel Windsor como Isabel Regina. Que sean de ficción no significa que sean frases sin basamento real. Por el contrario, en este caso fue la prueba de la ‘realidad’ la que permitió que fueran escritas con semejante redondez para beneficio de nuestra muy normal necesidad de atribuirle un sentido a la experiencia, aun si se trata de una experiencia de la cual apenas hemos sido espectadores.

Incluso si Isabel Windsor no hubiera cumplido como lo hizo con su rol como reina –y opiniones van y vienen, como es natural–, de todos modos las líneas que he citado suenan lo bastante convincentes como para servir de definición de lo que se espera de una majestad. Esto es: que personifique un ideal y transmita a los hombres su importancia y su vigencia ante lo caedizo que es este mundo. No creo que haya que ser monárquico –ve tú a ver si este es un asunto que de verdad sea un quebradero de cabeza para un ciudadano no británico, no español, no danés, en fin– para reconocer eso. Así como tampoco hay que ser creyente ni católico, apostólico y romano para reconocer la relevancia del Papa, por más que Bergoglio o la propia Iglesia puedan resultar execrables o anacrónicos.

Es justo de anacronismo de lo que, entre otras cosas, se acusa a la monarquía británica no solo por estos días. Con eso se quiere señalar que está fuera de época, que es de otro tiempo, como si eso fuese un defecto per se. ¿No se advierte que esa característica también puede ser una virtud? Por lo menos parece haber sido una de las virtudes de Isabel II, que en el decurso de siete décadas supo incorporar cambios antes inimaginables en la institución de la cual era regente a la vez que su talante confirmaba la inalterabilidad de la Corona. Quince primeros ministros ocuparon el número 10 de Downing Street entre 1952 y 2022, desde Winston Churchill hasta la señora Truss. Quince primeros ministros entre los que hubo tanto conservadores como liberales. Quince maneras de ejercer la jefatura del Gobierno. Y en lo alto: la nada desdeñable confianza en una seguridad. Verdad o ilusión, el caso es que lo “fuera de época” permanecía.

La escritora Allison Pearson lo expresó de este modo en The Telegraph: “Era parte del escenario, un elemento del firmamento, cierta como el sol saliendo por el Este. Nuestra reina. Que cambiaba con los tiempos y era siempre la misma”. Tan pronto como en 1928, el viejo Churchill ya lo había advertido para la posteridad, sin saberlo, luego de conocer a la pequeña Isabel durante una visita al castillo de Balmoral, donde la reina acaba de morir casi un siglo más tarde: “Es un carácter –le comentó el entonces canciller a su esposa–. Tiene un aire de autoridad e introspección asombroso en un infante”.

¿Hay que pertenecer al pueblo británico para ser alcanzado por el influjo de la reina? No hay forma de evadir la presencia de Isabel II. Su vida corrió con el devenir de la última centuria, y entonces un día ella había estado siempre antes. Ella ya estaba antes de la Gran Depresión, ella ya estaba antes de la Guerra Civil Española, ella ya estaba antes de que María Callas apareciera en escena, antes del Holocausto, antes de la Revolución cubana, antes de que mataran a Kennedy, antes de que el hombre llegara a la Luna, antes de la caída del Muro de Berlín, antes de internet, y así hasta el covid, al que también se impuso, invicta. Como las deidades, parecía precedernos en todo y cargar consigo la memoria del mundo. Es comprensible que por ese camino se convirtiera en una suerte de matriarca general, en la anciana venerable de un pueblo metafórico sin fronteras. Que yo sepa, no existe otra persona que suscite hoy, urbi et orbi, un efecto semejante.

Dado que una larga madurez, unida a la principalidad de la cual puede gozar una persona, suele otorgar una índole especialísima, Isabel II fue absorbiendo lo que se proyectaba sobre ella y acabó por transfigurarse en símbolo. Desde luego, no es algo que haya hecho adrede, como tampoco fue adrede que tantos hayamos aliviado con ella parte de nuestro apetito de representación simbólica, un fenómeno bastante mal visto por la sociedad secular, pues, como decía Roberto Calasso, la sociedad secular solo cree en sí misma y desdeña todo lo demás: lo invisible no existe, los rituales sobran y los ídolos a la basura.

Los años dirán si la monarquía británica continúa o se extingue. Por lo pronto, muchos agradecemos que nos haya dado en suerte ver la apoteosis de una reina. Que la palabra apoteosis, que es tan bella, suene hoy tan teatral, la hace más bella todavía. La anterior época isabelina nos dio a Shakespeare. Esta ha concluido con un lamento del gaitero de Isabel II y con una frase de Horacio: “Que bandadas de ángeles canten para tu descanso”.

Las mejores imágenes de la Reina Isabel II con personajes históricos

Leonardo Padrón: “Siempre es muy sabroso que te echen un buen cuento, y si está condimentado con amores de alta intensidad más lo disfrutamos”
Residenciado en Miami desde 2017, el escritor y guionista venezolano estrena este miércoles 20 de abril una serie para Netflix. Se llama Pálpito. Aquí nos habla de ella, de su mundo como autor de telenovelas, de la poesía, del país y del exilio

@diegoarroyogil

 

Miembro de una pléyade que goza en Venezuela de una inmensa popularidad –aunque no todos sus colegas disfruten de una tan extendida como la suya–, Leonardo Padrón (Caracas, 1959) ha construido una carrera ascendente y sólida en la televisión. Poeta y cronista, oficios que igualmente le han merecido reconocimiento público, como autor de telenovelas ha cosechado récords de audiencia a lo largo de los años… Sobre todo a lo largo de los años en los cuales la televisión nacional contaba con la suficiente solvencia como para llevar a las pantallas, con gran éxito, tramas que a él se le ocurrían y que enganchaban, noche a noche, en horario estelar, a millones de personas. 

Desde Gardenia o Amores de fin de siglo hasta La mujer perfecta, pasando por El país de las mujeres, Cosita rica o Ciudad bendita, Padrón cautivó al pueblo venezolano. Luego, en 2017, pasó lo que pasó: el exilio, del que en esta entrevista rinde cuentas. Pero, incluso con ese exilio a cuestas, Padrón ha sabido mantenerse en lo suyo hasta el punto de que, desde entonces, ha hecho tres telenovelas para las empresas internacionales Televisa y Univisión: Si nos dejan, Amar a muerte y Rubí, y hoy está a punto de estrenar una serie para Netflix.

Titulador con buena puntería, la serie en cuestión lleva por nombre Pálpito, y trata, ni más ni menos, de dos parejas atadas por un corazón perdido. Persistente exponente de las urdimbres del amor, Padrón sale de nuevo al ruedo de la tele, ahora en streaming.

Pálpito es una historia de amor en clave de thriller –explica–. Así la defino, en una frase. Pero es también la historia de un crimen que alcanza ribetes de tragedia griega, por la fatalidad que irradia a los personajes involucrados.

–¿Cuál es el argumento? ¿Se puede saber?

–Sí. Camila Duarte necesita un trasplante de corazón urgente. Su esposo, Zacarías Cienfuegos, recurre a una banda de traficantes de órganos para salvarle la vida. La víctima es la esposa de Simón Duque, un hombre que, arrasado de dolor, jura vengar su muerte y se sumerge en el submundo de la banda criminal. Un giro del destino hará que termine enamorándose de la mujer que lleva el corazón de su esposa. El clímax dramático ocurre cuando ambos descubran la verdad. Y entonces se activan varias preguntas cruciales. 

–¿Cómo cuáles?

–Por ejemplo: ¿eres capaz de convertirte en asesino para salvar al amor de tu vida? ¿En qué momento se quebrantan los límites morales de un ser humano? ¿Recibir un corazón donado significa también recibir las emociones y sentimientos que tenía ese corazón? ¿Cómo se lidia con la fatalidad y con el afán de venganza?

–Mientras te escucho recuerdo que, cuando cerraron RCTV, un amigo me contó que oyó en la televisión a una señora que se lamentaba de lo que ese cierre significaba para ella. Un reportero la abordó en la calle y la señora comentó, simplemente: “Yo solo sé que me quitaron mi pobre novela…”. ¿Qué es lo que hay en uno que necesita que le cuenten desde siempre los enredos del amor?

–Creo que todos necesitamos una dosis diaria de ficción. Sustraernos de nuestra propia realidad momentáneamente. Habitar otro mundo, otro universo sensorial, asomarnos a otros conflictos que no sean los nuestros y, en ese sentido, resulta muy gratificante conectarnos con la épica de los amores imposibles, esos que nos resultan tan heroicos como calamitosos y que nos hacen volver a nuestras modestas o terribles realidades con la sensación de no estar tan solos. Necesitamos psicológicamente conmovernos con una mentira que quizás se parezca a nuestra verdad, o que la supere abrumadoramente y nos arroje a la potencia onírica de lo espectacular. Necesitamos identificación, catarsis y ensoñación. Siempre es muy sabroso que te echen un buen cuento, y si está condimentado con amores de alta intensidad, equívocos y obsesiones, más lo disfrutamos.

–¿Cuál consideras tú que ha sido, hasta ahora, tu mejor novela y por qué?

–Pregunta arriesgada. Porque uno suele ser un pésimo espectador de su propio trabajo, por exceso de cercanía. Hay unas que me gustan por la cantidad de riesgo que asumí. Pienso, por ejemplo, en Amores de fin de siglo. O por lo redondo que quedó el cuento, en términos de estructura narrativa: Contra viento y marea. Por la exploración de tantos arquetipos femeninos: El país de las mujeres. Por su conexión con un país entero: Cosita rica. Por ser la más coral de mis historias corales: Ciudad bendita. Por la singularidad del personaje protagónico y la complejidad del tema: La mujer perfecta, que tenía que ver con el síndrome de Asperger. O por la posibilidad de especular sobre los derroteros del alma humana: Amar a muerte. Como ves, me las ingenio para no darte una sola respuesta.

–Volviendo a Pálpito, ¿cómo llegaste a Netflix, o fueron ellos quienes te buscaron? 

–Hace ya casi dos años que recibí la sorpresiva llamada de un ejecutivo de Netflix. Querían reunirse conmigo y nos vimos en Miami. Me dijeron que querían una historia mía para su plataforma. Todavía sin salir del asombro, les pedí tiempo para diseñar un argumento que realmente me emocionara. Estuve barajeando varias opciones mientras recorría las calles de Madrid buscando rentar un apartamento para mis hijos. Quería diseñar un conflicto que arrojara a cada uno de los personajes a una situación límite. Algo que se pareciera a la vida y sus emboscadas más jodidas. Quería buscar una arena dramática no muy socorrida. Al mes y medio les mandé la sinopsis de Pálpito. Para mi sorpresa, a los 15 días recibí una llamada donde me proponían firmar un contrato por la serie. Según sus palabras, lo que más les atrajo de la trama era que no se parecía a ninguna de las otras historias que poblaban su plataforma.

La serie consta de 14 capítulos, ¿qué reto supuso para ti ajustar toda una trama en un espacio tan corto si lo comparamos con el formato de la telenovela?

–Ciertamente, mi historial como escritor de televisión remite a tramas de largo aliento: entre 120 y 150 capítulos, pero recuerda que también he escrito guiones de cine y unitarios para la televisión que duran dos horas. Incluso, un par de años atrás hice para Televisa una adaptación de Rubí, un clásico del melodrama latinoamericano, y me tocó contarla en 27 episodios. Pero, sin duda, las series exigen una estructura dramática signada por el vértigo. Es el lenguaje que marca la narrativa audiovisual del siglo XXI. Un desafío fascinante para cualquier escritor. Implica cruzar una frontera estilística, deslastrarse de viejos códigos, aprender nuevos trucos y torcerle el cuello a tu ritmo y tu sintaxis como storyteller [contador de historias]. En mi beneficio tengo que soy un feroz consumidor de series, y obviamente no solo las veo con ojos de audiencia, sino también desde la mirada del hombre que se gana la vida contando historias y observa atentamente cómo los demás ejercen el oficio.

–Uno tiene la impresión de que el poeta es un hombre que va a su aire y que no responde a otro ritmo que el suyo propio. Todo lo contrario al guionista de televisión, que parece obligado a ser bueno y eficiente con rapidez y en función de un proyecto comercial. Más allá de que esto que te digo son convenciones o lugares comunes, ¿cómo conviven en ti ambas figuras: el hombre lento, por llamarlo de alguna manera, y el que debe actuar de inmediato y sin pausa en la escritura?

–Ese ha sido el péndulo en el que se ha desarrollado mi oficio como escritor desde hace casi 40 años. Por una parte, está el hombre lento, como bien lo defines, que busca hasta la exasperación el mejor adjetivo o la frase exacta para terminar un poema, y por la otra está el hombre vertiginoso, que debe entregar 38-40 páginas diarias a la gran maquinaria industrial del entretenimiento. Tengo dos cajas de velocidad distintas en mi interior. Soy Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Soy la calma y el nervio. La morosidad y la enajenación. En todo caso, las series, en promedio, han adquirido los niveles de calidad que tienen porque no están sujetas al tráfago diario de la televisión lineal. Es imposible escribir una serie digna, de 10 o 14 capítulos, sin tener al tiempo como aliado. Esa es una de las mejores noticias que entraña escribir para una plataforma como Netflix. La prisa se queda fuera de la ecuación.

Alguna vez te oí mencionar el desprecio que el mundo literario “más culto” o autoproclamado como tal siente y expresa hacia quienes escriben para la televisión. ¿A qué crees que se deba eso?

–Es una vieja y rancia tradición de la alta cultura. Todo lo que se acerque a la cultura de masas siempre es tratado con recelo, desdén y prurito intelectual. Es una ecuación de un simplismo hilarante: solo lo exquisito, lo elitesco, es digno de entrar dentro del canon cultural. Es un razonamiento que arrastra inmensos lastres de raíces aristocráticas. El desprecio a todo lo que implique masa, multitud. La cultura entendida como un privilegio de clases. Nada encerrado bajo la premisa de un dogma es sano. Ya ha pasado mucho tiempo desde que Umberto Eco, a finales de los 60, en su libro Apocalípticos e integrados, nos recordaba que el error de los defensores de la cultura de masas es creer que la multiplicación de los productos industriales es per se buena, y el error de los apocalípticos aristocráticos es sentenciar que la cultura de masas es negativa por su naturaleza industrial. También es justo agregar que la telenovela se llenó de pésima reputación porque hay mucho acto fallido en su expediente, muchas historias de burda factura y pobre imaginación, atestadas de lugares comunes y peligrosos estereotipos. 

¿Ese prurito sigue existiendo a pesar de todo lo que la televisión ha dado? Pensemos, qué sé yo, en Downton Abbey. A nadie se le ocurriría decir que Julian Fellowes, su creador, no es un gran escritor. Lo mismo que Cabrujas, por dar un ejemplo nuestro ya canónico.

–Recuerdo mucho que Cabrujas un día se hartó de seguir justificando la “herejía” de escribir para televisión. En cierta medida, el prejuicio continúa, aunque siento que hay un cambio de percepción interesante a raíz del boom de las series, que son, desde mi criterio, el proyecto estético narrativo más interesante de este siglo. Son pocos los que no han sucumbido al hechizo de productos estupendamente producidos y con notables resonancias estéticas. Series como Succession, creada por Jesse Armstrong; The Crown, creada por Peter Morgan, el mismo de Frost/Nixon; esa maravilla que es Chernóbil, que es una adaptación del libro Voces de Chernóbil de la sensacional Svetlana Alexiévich, premio Nobel de Literatura; Breaking Bad; Peaky Blinders, una joya de culto; Fleabag; Euphoria o The Handmaid’s Tale, una perturbadora y fantástica serie basada en otra gran escritora como Margaret Atwood…, todas estas series te dan a entender que estamos asistiendo a una era de grandes cambios en la televisión. Es un momento revolucionario, con el perdón del descrédito en el que ha caído el adjetivo.

¿En algún momento te llegaste a sentir contrariado por esa suerte de oposición y malevolencia? Me refiero a la “herejía” de escribir para la tele.

–Sí, por supuesto. La maledicencia y la ojeriza no son sensaciones gratas. Al principio, cuando me permití salir de la sacrosanta burbuja de la poesía y hundir mis manos en las pantanosas aguas de la televisión, para convivir en ambos territorios, percibí el rechazo de algunos de mis compañeros de generación del sistema literario. Sentían que le había vendido el alma al diablo. Por cierto, esa crítica siempre era esgrimida de soslayo, a mis espaldas, pero el eco llegaba nítidamente a mis oídos. En ocasiones, incluso, mi membresía en el club de los “plebeyos” escritores de televisión, para usar un término que solía invocar Cabrujas, ha servido como criterio para juzgar mi obra literaria. Pero a estas alturas, te confieso, ya estoy curado de espantos.

–¿Sigues escribiendo poesía? Desde que, en 2017, Seix Barral reunió la que escribiste entre 1979 y 2011, no hemos tenido más noticias al respecto.

–La poesía está allí, cocinándose a fuego lento, en algún rincón secreto del exilio. Justo desde el 2017, el año en el que me descubrí fuera de mi país sin posibilidades de volver, hasta ahora, me he dedicado con fruición a la recomposición de mi vida ordinaria, a generar algún sentido de pertenencia con este lado del mundo, a lograr nuevos horizontes laborales. Por supuesto, tengo algunos textos, poemas garrapateados en el desasosiego y la incertidumbre. Si en algún momento llegan a adquirir la dignidad de convertirse en libro, tendrán noticias al respecto.

–Esa compilación de Seix Barral trae un prólogo de Armando Rojas Guardia, quien falleció en 2020. No estabas en Venezuela entonces y, según entiendo, aunque hubieras querido no habrías podido venir o hubiera sido una temeridad hacerlo. Me gustaría que contaras las circunstancias por las cuales no vives en el país.

–Ese libro, Poesía reunida, lo iba a presentar el propio Rojas Guardia en los espacios del Teatro Chacao, en mayo del 2017. Ya teníamos la fecha reservada. Pero ocurrió la zancadilla del exilio involuntario. Lo he contado en algún otro lugar. Viajé por 10 días a Miami junto con mi esposa, Mariaca Semprún, para conversar sobre los pasos a seguir para presentar el musical Piaf, voz y delirio en el Colony Theater. En la víspera del regreso a Caracas, justo un día antes, recibí una llamada de un ejecutivo de la línea aérea en la que me alertaba del riesgo de regresar: “El Sebin tiene tres días llamando para saber qué día vuelves y a qué hora. ¡Quédate!”. Ciertamente, hubiera sido una temeridad volver, una torpeza absoluta. Esa llamada me cambió la vida. Ya han pasado cinco años desde entonces. Y todavía me resulta inconcebible que no estemos teniendo esta conversación con el Ávila al fondo. 

–“Una historia de amor en clave de thriller”, precisamente. Así parece a veces la relación de los venezolanos con Venezuela y, como en tu serie, en esta trama también hay un corazón arrebatado. 

–Sí, sin duda, pero lo de Venezuela ya cambió de género narrativo. Esto no es un thriller sino una película de horror, sórdida, intraficable. Nos saquearon el corazón, la vida, la normalidad, sin un átomo de piedad. Se nos ha hecho esquivo el final feliz que necesitamos. Pero sí están claramente definidos los personajes y sus roles. En el régimen hay algunos que opacarían a cualquier estrambótico villano de una serie de Marvel. Por cierto, ya llegará el momento cuando podamos codificar en el lenguaje de la ficción esta travesía por el desierto del chavismo y su inventario de horrores. Creo que resulta imperativo escrutar estos largos y penosos años con los ojos de la creación artística. Ya en la literatura han ido aflorando varias obras importantes. Pero la ficción televisiva y cinematográfica aún esperan las circunstancias adecuadas.

–Son cinco años ya de exilio. ¿Te atreverías a sacar en claro las etapas emocionales que has atravesado desde entonces hasta hoy con respecto a esa situación? ¿Son las mismas que las del duelo, según la teoría de Elisabeth Kübler-Ross: la negación, la ira, la negociación, la depresión y la aceptación?

–Las mismas, aunque no sé si exactamente en ese orden. Al principio, sencillamente no lo aceptaba. Me resistía categóricamente a la posibilidad de no volver. Allá estaba mi historia, mis hijos, mi mamá, mi casa, los amigos, mi biblioteca entera, Caracas, el país todo. Y yo venía los últimos años en un plan muy activo de resistir, de combatir, de enfrentar a la pesadilla, pero sin salirme de ella. Eso, por supuesto, luego desembocó en una rabia tremenda y caí, sin mucho preámbulo, en las arenas movedizas de la depresión. Quizás después fue que empecé a entrar en negociaciones con mi propia realidad, a zanjar estratégicamente algunos problemas neurálgicos y acercarme al clima de aceptación, que ocurre por puro instinto de supervivencia emocional. Si te quedas clavado en la ira o la depresión, pierdes. Avanzar es el único verbo posible.

–Ahora bien, formalmente no tienes prohibición de entrada al país. ¿Es que prefieres no arriesgarte?

–Hace poco averigüé y estoy en la misma situación que hace cinco años. La dictadura tiene excelente memoria y se afana más en cobrar sus facturas –por más viejas que sean– que en hacer algo provechoso para los ciudadanos del país. Recuerda que el principal activo de ellos es el resentimiento.

–Infiero cuál es la respuesta, pero igual pregunto: ¿te imaginas de nuevo aquí o, a pesar de todo, crees que podrías quedarte residenciado para siempre en el extranjero? A voluntad, me refiero.

–Si a mí me garantizan que mañana puedo entrar a mi país sin problema alguno, me compro el pasaje en el acto. En este momento no me devolvería del todo a vivir porque ya tengo una cantidad de nexos laborales por este lado del mundo. Pero, sin duda, me visualizó viviendo en mi país en un futuro que espero no sea muy remoto. A estas alturas, todos sabemos muy bien la fuerza, la carga emocional que tiene ese pronombre posesivo: mi país.

–Pálpito es un proyecto consumado. ¿En qué trabajas ahora?

–No está del todo consumado. Si tiene éxito, Netflix podría solicitarme la escritura de una segunda temporada. Pero eso es especulativo. En todo caso, actualmente estoy escribiendo otra serie, llamada La mujer del diablo, que incluso ya se está grabando y que se estrenará este año, en el lanzamiento oficial de VIX, el nuevo streaming surgido de la alianza entre Televisa, Univisión y Google, y diseñado exclusivamente para la audiencia hispanoparlante. De ese proyecto aún no puedo dar mayores detalles. 

–Si te parece, vamos a terminar esta entrevista como suelen terminar las telenovelas: con un final feliz. A juzgar por lo que se expresan mutuamente a través de las redes sociales, eres un hombre que ama y es amado. Uno los ve, a Mariaca y a ti, y piensa: “Bueno, esta gente encontró el amor”. ¿Cuál es el secreto para mantenerlo vivo, en caso de que haya tal secreto?

–Bueno, tampoco es algo excepcional encontrar el amor, ja, ja, ja. 

–Hombre, pero mantenerlo…

–Sí, el desafío es que no se vuelva trizas ante la propia complejidad de la vida en pareja. Y, en rigor, nadie publica en las redes sus desencuentros o desavenencias. 

–Claro.

–Toda pareja tiene sus mareas internas, sus borrascas. Es lo natural. Los seres humanos somos muy complicados. Pero sí, creo que Mariaca y yo hemos logrado surfear con éxito varios escollos importantes, incluyendo el del exilio, que genera siempre desajustes emocionales. No creo en secretos que se conviertan en dogma o en manual de instrucciones. Cada pareja tiene su dinámica. Nosotros nos acompañamos mucho, hemos aprendido a hacer equipo, nos admiramos mutuamente y respetamos la independencia de cada cual, las zonas creativas del otro. Ya aprendimos que la cotidianidad necesita su dosis de ternura, deseo, humor y ligereza. Pero no hay vacunas contra los pasillos oscuros del amor. Por eso hay que celebrar todo lo que tiene de luminoso y encantatorio.

–Una última pregunta, ahora sí. Imagínate que todo cambia, y que vuelves, y que vuelve también RCTV o que Venevisión resucita. Y que te convocan para escribir una novela que de alguna manera nos narre después de tanta oscuridad. ¿Cómo la llamaría?

–Esa pregunta me la han hecho varias veces. Y nunca tengo la respuesta a mano. Porque para mí ponerle el título a algo –un libro de poesía, una crónica, una telenovela– me resulta siempre muy arduo. Tardo días, semanas enteras pensando el título. Es tan importante saber titular. Pero así, al rompe, le pondría El regreso. Y no para hablar de las millones de personas que volveríamos al país, sino del regreso del propio país a la normalidad, a la vida, a la dignidad.

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Oscar Ettedgui, el cantante venezolano que despega en España: “Mi vida ha sido una montaña rusa, y estoy agradecido”

Foto: Francisco Ferrer Bahri/ @zimavisuals

 

Exparticipante de la edición española del programa de concursos La Voz, el venezolano Oscar Ettedgui se prepara para lanzar una canción que Luis Fonsi ha producido para él. Nacido en Caracas en 1994, en esta entrevista habla sobre cómo ha llegado hasta aquí y de la vida que lo acompaña

@diegoarroyogil/ Valencia, España

 

El conductor del autobús recibió una llamada telefónica en la que le decían que tenía que dar la vuelta y coger rumbo de regreso al canal de televisión, Antena 3. Había partido de allí 15 o 20 minutos atrás y se dirigía a la estación de trenes más concurrida de Madrid, la estación de Atocha. Trasladaba a participantes que ese día, luego de una jornada larga y estresante, habían dado todo su talento para continuar en La Voz España, un exitoso programa de televisión en el cual cantantes prácticamente anónimos buscan ocupar un espacio de reconocimiento ante una audiencia de varios millones de personas.

Apenas pudo y como pudo, mientras daba la vuelta en una salida de la autopista, el conductor se giró y señaló a uno de los concursantes: un concursante que, luego de varias semanas invicto, esa noche acababa de ser eliminado y se iba para su casa, en la ciudad de Valencia, a una hora y media en tren desde Madrid. El conductor se giró y le dijo: «Nos devolvemos porque Fonsi quiere hablar contigo».

Fonsi: el conductor se refería a Luis Fonsi, uno de los miembros del jurado de La Voz España. Fonsi: cantante puertorriqueño, originalmente baladista y ahora famoso en todo el planeta gracias a su archiconocida “Despacito”, una canción que acumula, a día de hoy, casi ocho mil millones de reproducciones en Youtube.

–¿Qué pensaste cuando el conductor se volteó y te dijo eso?

Es común que en España se tome un vermouth para hacer estómago antes de almorzar. Oscar Ettedgui, el chico en cuestión de toda esta historia, escucha la pregunta mientras pide un vermouth para él. Nació en Caracas y tiene 27 años de edad.

–Fue rarísimo, man. –A veces Oscar se dirige a sus interlocutores como man o papi, en plan sabor caribe–. Yo estaba molesto porque me habían eliminado, estaba seguro de que lo había hecho bien. Además, cuando te eliminan te hacen una entrevista y te vas y ya. Se acabó. Y entonces ahora Fonsi quería hablar conmigo. La gran incógnita era para qué, pero eran demasiadas emociones juntas y yo no podía pensar con claridad.

–¿Qué pasó cuando regresaste al canal?
–Me senté a esperar a que Fonsi terminara de grabar mientras me comía un bocadillo con una Coca Cola y tenía la cabeza loca. Pasaron como dos horas y llegó. Entró al lugar donde yo estaba y pidió que lo dejaran solo conmigo para hablar en privado. Me dijo que a pesar de la eliminación él confiaba en mi talento y me quería ayudar. En eso llegaron David Bisbal, Malú, Alejandro Sanz y Pablo Alborán, los otros jueces, y me abrazaron y me animaron. Fonsi y yo intercambiamos nuestros números de teléfono y quedamos en volver a hablar, y me fui. Yo no podía creer lo que me estaba pasando, que Fonsi me estuviera apoyando así, pero como todo ha sido tan incierto en mi vida, en ese momento preferí no dar nada por sentado.

–Pero era verdad: el resultado es que acabas de grabar una canción con él.
–¡Sí! Qué locura, ¿no? No tengo palabras para agradecerle todo lo que está haciendo por mí. Sin pedirme nada, ha tenido la generosidad de producir una canción para mí. Pero todavía no ha salido y no puedo hablar mucho de ella.

–¿Nada de nada?
–Solo que es una canción producida por Fonsi. Lo demás, top secret. Cuando salga, que estimo será pronto, ya verás.

–Decías que todo ha sido incierto en tu vida, ¿qué tanto? Tienes 27 años y estás viviendo un sueño que es imposible para millones de personas.
–Es que mi vida ha sido una montaña rusa. En ocasiones anteriores me ha parecido que va a pasar algo increíble y no pasa, así que he aprendido a administrar mis expectativas. No porque no aspire a lo mejor, sino porque quiero tener los pies sobre la tierra. Así, si las cosas no pasan, no me pegan tan duro.

–¿Has pasado por cosas muy duras?
–Por algunas, sí. Un secuestro en Caracas. Emigrar no una sino varias veces, a distintos países, por circunstancias difíciles. Tener que cantar en la calle. Y luego asuntos más personales. Llegar aquí no ha sido fácil, pero esta es mi vida y no quiero dar la impresión de que me estoy quejando. Todo lo contrario, estoy muy agradecido. Yo nunca creí que era bueno, pensaba que no cantaba bien, pero me esforcé en corregir lo que no me gustaba. Yo me siento destinado a esto.

–¿Hay otros músicos en tu familia?
–Sí. Mis padres son pastores evangélicos y mi mamá cantaba en la iglesia. Tiene buen oído, pero nunca se ha dedicado a la música profesionalmente. Además, mis dos hermanas también cantan y mi hermano toca la batería y la guitarra. Por otro lado, soy sobrino de Marco Antonio Ettedgui, una persona a la que no conocí porque murió antes de que yo naciera. Era un gran artista, un gran actor de teatro en Venezuela, y toda la gente que me ha hablado de él ha hecho que lo sienta cerca.

–¿Tus padres estuvieron de acuerdo con que hicieras una carrera musical?
–Al principio les daba miedo, porque esta es una profesión muy inestable. Querían que primero estudiara otra cosa, pero yo me negué. Recibí clases de canto en Caracas y después, sin que mis padres supieran, de loco apliqué a Berklee, el college de música de Boston, y me aceptaron.

–¿Optaste a Berklee sin que tus padres supieran, tú solo, adolescente, desde Caracas?
–Sí –se ríe con orgullo, como quien dice: Si no te arriesgas, ni ganas ni pierdes.

–¿Y qué hicieron cuando se enteraron?
–¿Mis padres? No les quedó más remedio que apoyarme y gracias a Cadivi pude ir a estudiar allá. Si no, imposible, porque es carísimo. En cierto momento, Berklee me dio la oportunidad de hacer un semestre fuera de los Estados Unidos y como tienen una sede en Valencia, me vine para acá y me quedé. Tengo la nacionalidad europea y esta ciudad es mucho más barata. Un día, ya estando aquí, un profesor de Berklee escuchó una grabación mía y me puso en contacto con Juan Luis Giménez, el cantante, guitarrista y productor de Presuntos Implicados, la banda española, y trabajé un tiempo con él, a quien le debo y de quien aprendí muchísimo. Fue como un mentor para mí. Luego pasé un tiempo en Londres, donde pagan muy bien por cantar en bares y en fiestas, pero no aguanté. En medio de todo eso hay detalles que no te cuento porque estaríamos aquí varios días. ¿Viste que mi vida es una montaña rusa?

–¿Por qué no aguantaste Londres?
–Porque se atravesó la pandemia y porque Londres es muy gris, papi. Cuando sale el sol, sale por 15 minutos. Todos mis amigos estaban siempre deprimidos, incluso aquellos a los que les iba bien. Además, con el dinero que había ahorrado podía vivir unos pocos meses allá, en cambio en Valencia me iba a rendir más y tenía a Daniel, mi hermano, que está instalado aquí y que ha sido uno de los soportes más importantes de mi vida.

–Leí que aunque tocas bien el piano y la guitarra y te consideras “más músico que cantante”, lo que quieres es cantar. ¿No es contradictorio?
–Es que cantar es lo que me hace feliz. Si eres cantante, el instrumento está dentro de ti, el instrumento eres tú, y eso te permite sacar todo lo que sientes. No hay nada más único que la voz. Hay voces muy parecidas, pero igual son distintas: el tono, el timbre, la textura de la voz son solo tuyos. Por eso yo quiero cantar hasta que me muera, ¡pero tampoco quiero entrar en El Club de los 27! –Con El Club de los 27 Oscar se refiere a un grupo de intérpretes así conocidos popularmente que, por coincidencia o por caídas del destino, se han muerto a esa edad: Brian Jones, Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison, Kurt Cobain, Amy Winehouse–. No me estoy comparando, ojo. Amy Winehouse es mi cantante favorita. Cuando haces música con tu propio cuerpo, como lo hacía ella y como trato de hacerlo yo, no solo salen notas: salen emociones. Y eso es sanador tanto para el que canta como para el que te está escuchando.

–De hecho fue gracias a “Back to black”, la canción de Amy, que fuiste aceptado como concursante oficial de La Voz
–Exacto. Regresé de Londres y estando otra vez en Valencia un día me salió en Instagram una publicidad de las audiciones de La Voz. Yo no estoy en contra de ese tipo de programas, aunque tampoco es que me gusten demasiado. Yo quiero ser conocido por mi voz, no por mi cara ni por mi personalidad ni por nada que se preste a que uno haga un show en el mal sentido. Pero como no tenía nada que perder, mandé un video y les gustó mi trabajo. Superé las etapas de preselección y finalmente llegué al programa. Cuando me llamaron para decirme que iba a aparecer en televisión abierta en España pegué un grito, te imaginarás. Para mí fue como una nueva señal de que sí tengo algo que ofrecer. Me presenté en el programa, canté “Back to black” delante de los jueces y entré.

–Has dicho que tus padres son pastores evangélicos. ¿Eres creyente como ellos?
–Nadie es creyente como otra persona. Cada quien cree a su modo y según su sentir. Pero sí, amo a mis padres y creo firmemente en Dios y estoy convencido de que él me ha llevado de la mano en cada paso de mi vida. Uf. –Se emociona un poco–. Cada tropiezo ha sido un aprendizaje y cada cosa buena una consecuencia de ese aprendizaje. Yo le hablo y le canto a Dios como si fuera mi amigo, pero lo hago a mi manera, no a la manera de nadie más.

–Tú eres medio rebelde, ¿no?
–Ja, ja, ja. Qué risa, man… ¿Sabes qué pasa? Que durante un tiempo yo sentí que me decían lo que tenía que ser o cómo tenía que ser. Hasta que me di cuenta de que eso es algo que solo decido yo.

–Y sientes que hay algo dentro de ti que necesita un canal de expresión.
–Sí, por eso hago lo que hago. Cantar no es más que hablar afinado, es llorar afinado, es gritar afinado. Literalmente a veces estoy gritando, pero bonito. Cuando canto yo quiero sacar el alma. No creo que haya ningún artista que no tenga un océano por dentro.

–Ahora viajas a México, según supe, para cantar en Puerto Vallarta.
–Sí, me contrataron en un complejo turístico para dar conciertos diarios hasta mediados de 2022. Y de aquí allá habrá salido también la canción que hice con Fonsi.

–¿Cuántos meses faltan para que salgas del peligro de El Club de los 27?

Oscar suelta una carcajada:

–En octubre cumplo los 28. Pero no te preocupes: yo no me voy para ningún lado.

–¿Cómo que para ningún lado?
–De la tierra –dice, y sonríe.

 

Armando Scannone: “Hay que estar siempre venciendo el desafío que es vivir”

Foto: Ricardo Torres

@diegoarroyogil

ARMANDO SCANNONE VIVE EN EL COUNTRY CLUB, pero apenas entrar a su casa y sentarse a conversar con él, en una orilla de salida hacia su jardín, “El Country”, como todos le llamamos, adquiere de inmediato ese aire rural de solera caraqueña que hay, por ejemplo, en las novelas de Teresa de la Parra. Deja de ser nada más que una urbanización de ricos y famosos y evoca postales donde un grupo de personas aparecen en el porche de una casa de Altagracia o temperando en Los Chorros, pasando un rato de lo más sencillo, grato y casual. Sin poses, “a la manera de Caracas”, como bien reza el subtítulo de Mi cocina, el recetario que convirtió a Scannone en un personaje entrañable de la mitología criolla venezolana y que selló su vínculo con un oficio que don Armando práctica como si se hubiera creado para él: el oficio de gastrónomo. No contento con haber reeditado Mi cocina varias decenas de veces desde que se publicó en 1982 (es, posiblemente, el libro más vendido en Venezuela en toda su historia después de la Biblia, por la que nadie come) y de haber hecho recetarios de comida light, comida de menú, entre otros, ahora prepara Mi cocina para embarazadas. Él explica: “Es un libro con comida corriente venezolana pero sometida a cantidades de calorías por día de acuerdo con el progreso del embarazo. En realidad, más que para las embarazadas, es un recetario que puede funcionar como una herramienta para que el médico tratante controle la alimentación de la mujer”.

–¿No sé cansa, don Armando?

–¿Por?

–Trabaja y trabaja y trabaja. Tiene 93 años y está haciendo otro libro.

–¿Y tú no sabes que la vida es un reto permanente? La vida es un reto que tienes que vencer cada momento. Si no, es un fastidio. No significa que haya que “librar una batalla” ni mucho menos. Puedes acostarte un rato a hacer una siesta o pasar una mañana sentado en un sillón sin hacer nada. Pero mentalmente hay que estar siempre venciendo el desafío que es vivir. Vivir es un desafío con uno mismo. Tampoco es el reto de subir el Everest sino de estar activo y despierto. La reflexión nadie la prohíbe. Una de las cosas que hago naturalmente, sin obsesiones porque no tengo obsesiones de ninguna clase, es reflexionar sobre cualquier cosa, hecho o circunstancia. El que tiene la mente en off no es un ser viviente.

–Voy a cometer una indiscreción. Me dicen que usted está enfermo. ¿Qué tiene?

–Mi médula necesita estímulo para producir glóbulos rojos y glóbulos blancos. Me bajan los glóbulos rojos, la hemoglobina, los leucocitos, y necesito un tratamiento permanente. Es un síndrome mielodisplásico. Creo que no es tan grave. Tiene una cierta relación de origen con la leucemia, pero lejana. No tengo leucemia ni me voy a morir de esto. Puede que me muera mañana, pero me siento hábil para vivir. Si camino con andadera es por problemas en la columna, nada más.

–¿Le teme a la muerte?

–¡No, en absoluto! Y espero morir tranquilo, conversando. No le tengo ningún temor a la muerte. Lo cual más que una virtud es una ventaja. Yo hablo de la muerte como hablo de aquella mata de mango –dice, y señala un árbol del jardín.

–¿Le viene de familia?

–A lo mejor. Yo soy hijo de una familia de inmigrantes. Éramos 9 hermanos, yo era el octavo. Soy el que queda. Y nuestra casa era muy feliz. Mis padres tenían dos preocupaciones importantes: buena y variada alimentación de comida criolla y que todos estudiáramos una profesión que nos permitiera tener medios para vivir e independencia económica.

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–¿Cómo es que en una casa de italianos tenían ustedes una alimentación criolla? Aquí es común que en casa de italianos se coma comida italiana.

–Por una razón: el hecho de ser 9 hijos y que todos estudiaran a la vez, obligaba a tener gente de servicio…

–…y era gente criolla.

–Gente criolla, sí. Gente que venía del Tuy, de Barlovento, de los Andes. La cocinera era de Paracotos. De modo que íbamos conociendo comidas de todas partes de Venezuela. Llegó un momento que en casa teníamos un repertorio de platos amplísimo. Tan amplio que hoy parece mentira. Hoy en día una familia venezolana tiene un repertorio de 15 o 20 platos distintos, no más. Nosotros teníamos 40, 50 platos.

–A pesar de ser usted un hombre plenamente venezolano, querido y respetado por el país, ¿no tiene nada, nada de italiano?

–No sé. Yo soy muy criollo. A mis amigos que más me conocen les extraña esta manera mía de ser. Si tengo algo de italiano es la sensibilidad por las artes, por la música. Soy bastante sensible a la cultura.

–¿Qué almorzó usted hoy?

–Primero, una crema de calabacín. Después, costillas de cochino guisadas, con papas. Arroz. Plátano. Y ensalada de lechuga. Luego, frutas. Y café.

–¿Y había pan?

–Lo que había era pan Bimbo. No había pan de panadería. Algo inusual porque en nuestra mesa siempre hubo pan, el pan francés, maravilloso. Un pan de magnífica costra y buena masa interior, con huecos.

–Es de suponer que el menú de su casa es de lo más variado, ¿cómo hace para abastecerse en medio de la escasez?

–En general nos surtimos en el Mercado de Chacao. Una ventaja porque se consigue más que en otros lugares. Una desventaja porque es más caro.

–¿Qué pierde un pueblo cuando se reduce su repertorio de platos?

–Lo básico: calidad en su alimentación. La variedad permite comer nutricionalmente completo. Pero hoy en día se come lo que hay cuando lo hay. Es la realidad.

–¿Es cierto que usted es un hombre de un gran pragmatismo?

–¿Qué quiere decir eso?

–Que es práctico en el vivir.

–Creo que sí. Yo no me hago ideas imposibles. Vivo la vida que puedo vivir. Sin obsesiones ni manías. Trato de estar en paz conmigo mismo, como todo el mundo. Eso no significa que no tengamos el derecho a soñar, incluso estando despiertos. Pero no tenemos por qué vivir sometidos a unos parámetros a los que haya que ajustarse obligatoriamente.

–Usted confía en la vida.

–¡Ah, claro! ¡Por supuesto! Y eso no quiere decir que no me preocupe, por ejemplo, la política, que me afecta muchísimo. Nos afecta a todos. No podemos abstraernos de lo que pasa. Vivir en este país te obliga a hacerlo de acuerdo con las circunstancias que se presentan. De más está decir que yo tengo una posición política.

–Hace dos semanas le escuché decir que todo esto empezó porque había que destruir al país…

–¡Sí, y lo mantengo!

–¿…pero a qué se refería exactamente?

–El comienzo de todo esto estuvo en el Foro de São Paulo, donde los señores Fidel Castro y Lula tuvieron la idea de “convertir” políticamente a este continente. Socialismo, comunismo duro, qué sé yo. Pero hacía falta dinero para lograr el resultado, y allí estaba Venezuela, un país con una riqueza del Estado excesiva, que era mal usada. Y para poder controlar a Venezuela, primero había que destruirla. Destruirla para tenerla agarrada por el pescuezo. Eso no lo podemos olvidar nunca. Ahora estamos arruinados, desgraciadamente. Porque Fidel y Lula se encontraron con un señor ignorante, infantil en cierto modo, el señor Chávez, a quien le llenaron la cabeza de cucarachas sencillamente para poder cogerse los reales, entre otras cosas. En fin. Harina de otro costal.

–Volvamos a usted. ¿La edad ayuda en algo?

–Yo no sé. La experiencia es nueva cada día. Por ejemplo, tú no aprendes a morirte. Uno se enfrenta a situaciones nuevas a cada rato. De modo que la experiencia es relativa. ¡Sí!, ayuda en algo, pero cada día surge algo distinto.

–Cuando mira su propia vida en retrospectiva, ¿qué balance hace?

–No lo hago. Pero si me pones en ese trance, diría que mi vida ha sido fructífera. Yo me gradué, trabajé como ingeniero e intervine en la construcción de obras importantes en el país, como la represa del Guárico, por ejemplo. Desde el punto de vista profesional tuve una actuación exitosa. Y mi contribución a la gastronomía ha dado frutos. El venezolano siempre ha considerado que su cocina es barata, ordinaria, fea, vulgar. Se supone que es una cocina que no se puede llevar al restaurant porque no se puede presentar. ¡Claro que se puede presentar! La cocina venezolana es extraordinaria y es digna de estar con éxito en cualquier situación. Creo que mis libros contribuyeron a que el venezolano se diera cuenta de eso. Mis libros contribuyeron a que el venezolano tuviera fe y confianza en su cocina.

–Habla usted de su vida profesional, pero ¿no le hubiera gustado estar rodeado de nietos, por ejemplo?

–Me hubiera gustado muchísimo. Y tú me preguntarás por qué no me casé. No lo sé.

–¿No se enamoró nunca?

–Sí, cómo no. Me enamoré y aunque no llegué a compromisos formales, sí establecí relaciones o, mejor dicho, acercamientos. Quizá lo que me pasó fue que me dediqué con mucho empeño a mi trabajo.

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–El mundo profesional abarcó de tal manera su vida que no hubo para más.

–En buena parte, sí, pero esa no es la única razón. Si tú te enamoras, vences cualquier obstáculo… No sé. No sé qué pasó conmigo. Yo soy un hombre absolutamente normal, digamos así, con respecto a su sexo. A lo mejor es que no me enamoré suficientemente. Quizás sea esa la razón. Si me hubiera enamorado suficientemente, como un loco, como es… quién sabe. Enamorarse, comprometerse, decidir hacer el resto de la vida con otra persona, de alguna manera es un acto de locura. Estás comprometiéndote con un futuro del cual no tienes salida, al menos aparente (risas).

–Sin embargo usted ha dicho mucho que nunca ha padecido la soledad.

–No, nunca la he sentido.

–¿Y cuál es el secreto para no sentirse solo?

–Estar conforme, satisfecho con uno mismo y no pensar en pajaritos preñados. Yo vivo mi vida de la mejor manera posible. Tú no planeas tu vida. La vida va pasando. Y uno contribuye haciendo cosas.

–¡Pero usted siempre ha tenido planes!

–Desde luego, pero dejo que ellos mismos se desarrollen.

–A ver, ¿lo que quiere decir es que la vida no está enteramente en nuestras manos?

–¡Sí! Porque la vida depende de muchas circunstancias. Para vivir hay que tener ilusiones, claro, pero no se puede ser iluso. Hay que tener los pies en el suelo y vivir en función de las posibilidades.

–Usted ha sido, en definitiva, un hombre feliz, don Armando.

–Absolutamente. Fui feliz el tiempo que viví con mis padres y con mis hermanos.

–¿Y hoy?

–Hoy lo sigo siendo. Sería más feliz si hubiese tenido hijos, pero tampoco me pongo a llorar porque eso no pasó. No pasó y ya está.

–De cierta manera, esa felicidad suya está en sus libros.

–Ojalá… –dice, y se incorpora–. ¡Chico!, he hablado este rato tan a gusto de mis cosas que se me olvidó pedir café… ¿No quieres un cafecito?

Son las 5 de la tarde y chillan unas guacharacas en El Country.

Juan Pablo Dos Santos: “Perdí las piernas, pero no la sonrisa”
Con más de medio millón de seguidores en Instagram, Juan Pablo Dos Santos (@juanpablo2santos) es un atleta de la voluntad. Tras sufrir un accidente de tránsito aparatoso en 2019 que casi acaba con su vida, hoy es modelo publicitario y dirige una fundación que ayuda a personas que, como él, han sido amputadas

@diegoarroyogil

 

En 2016, cuando tenía 17 años, en pleno juego, se fracturó la rodilla derecha. Trasladado a la clínica, le daba golpes a las paredes porque no podía creer que su sueño de convertirse en un futbolista profesional se viera truncado por el percance. Tres años después, en septiembre de 2019, ya alejado del fútbol como único objetivo pero con una vida igualmente activa como amante de los deportes y como estudiante universitario, Juan Pablo Dos Santos tuvo un accidente de tránsito y perdió las dos piernas.

Ahora está aquí, 2021, sentado a la mesa de una cafetería, en Caracas. Alza la vista y se levanta para saludar. Le cuesta un poco, pero es ágil. Qué alto. Debe medir, al ojo, un metro ochenta y pico, pero él se apresura en aclarar que mide un metro noventa y que antes era aún más alto: “Perdí dos centímetros por las prótesis”, dice. Las prótesis: un par de aparatos que se articulan como sendas piernas mecánicas que le permiten erguirse y andar.

–¿Te duele?

–¿Qué cosa?

–Usar las prótesis.

–A veces. Cada prótesis encaja en lo que me quedó de cada pierna y los muñones sudan, se irritan, se maltratan.

–¿Cuánto te quedó de cada pierna?

–De la izquierda solo ocho centímetros. De la derecha tengo la rodilla y siete centímetros más. Yo antes llamaba a la rodilla derecha “la rodilla mala”, porque cuando tenía 17 años me la fracturé jugando fútbol. Mira… –Lleva short y se da una palmada justo donde calza la prótesis con la rodilla derecha.

–Ya no es tan mala, ¿no?

–No –se ríe–. Ahora es la buena porque es la única que tengo. Si no tuviera esta rodilla me sería muchísimo más difícil caminar. Si además tuviera la izquierda, te aseguro que estaría haciendo el maratón de Nueva York.

Juan Pablo nació el 14 de junio de 1999. Cuando Teresa, su madre, estaba en el sexto mes de embarazo, a su esposo, el padre de Juan, le dio una meningitis y falleció de un día para el otro. Antes había nacido Moisés, el hermano mayor. Juan Pablo creció con él y con su madre, quien además de encargarse de los hijos siguió adelante con el negocio que había dejado su marido: una venta de pescado al mayor. No hay persona en el mundo a la que Juan Pablo quiera más que a su madre, y por eso cuando habla de sus miedos asegura que su mayor miedo es perderla.

–Mi mayor miedo es perder a mi madre, y el segundo, pues no poder salir corriendo. –Se alza de hombros y hace un gesto con la cara que sugiere que bromea sobre sí mismo. Explica–: Imagínate que ahorita hubiera un incendio en esta cafetería. Tendríamos que salir corriendo y yo no podría. Las prótesis me permiten caminar, pero no puedo correr. A la gente le da risa la manera como lo digo, pero es verdad.

–Eres una persona con buen sentido del humor.

–Es que perdí las piernas, no la sonrisa. Aunque, más que buen humor, soy muy burlista: me burlo de los demás y de mí mismo. Un día, en la clínica, un enfermero no entendió un comentario mío y sin querer lo hice llorar. 

–¿Qué le dijiste?

–Yo ya estaba amputado y él estaba tratando de agarrarme una vía en el cuello porque tenía el cuerpo lleno de agujas. Como uno no está acostumbrado a eso, me explicó que a veces hay que agarrar vías “hasta en los pies”. Yo le dije: “¿Y en cuál de los dos pies podrías agarrarme una vía a mí?”. Él se impresionó y salió de la habitación para llorar en el pasillo. Mi mamá lo fue a buscar y le explicó que era un chiste, que yo sabía que él no había dicho eso con mala intención. Me dio un poco de pena y me disculpé.

–¿Cuántos días habían pasado desde la amputación?

–No me acuerdo, pero yo empecé a reírme otra vez como una semana o diez días después del accidente. 

El accidente: la noche del 7 de septiembre de 2019, Juan Pablo fue a casa de Cristina, su novia, para la celebración del cumpleaños de su suegra. La suegra cumple ese día y su esposo, el suegro, al día siguiente, de manera que todos los años suelen empatar un cumpleaños con el otro. Era sábado y el sábado dio entrada al domingo. Pasada la una de la mañana, Juan Pablo, su novia y su cuñado se despiden de la familia y se marchan a otro sitio para encontrarse con unos amigos. Van en un mismo carro, un Volkswagen Fox que es propiedad de Juan Pablo, quien conduce. Cristina va de copiloto y Gabriele, el cuñado, va en el asiento de atrás. Han salido de la urbanización Miranda, en el este de Caracas, y el Volkswagen Fox se ha incorporado a la autopista Francisco Fajardo. Unos minutos más tarde, a la altura de otra urbanización, La Urbina, Cristina se percata de que hay tres motorizados merodeando a baja velocidad en un tramo oscuro de la vía. “Cuidado”, alerta. Juan Pablo, temeroso de que los motorizados le estén tendiendo una trampa para obligarlo a bajar la marcha y asaltarlos, se pasa del canal del medio al canal rápido para esquivar a uno de los motorizados, pero en el canal rápido se encuentra con otro. En momentos de urgencia el pensamiento se embota y el cuerpo es puro instinto. La reacción de Juan Pablo es tratar de esquivar también al segundo motorizado, pero la maniobra que ensaya le hace perder el control del carro, que se lleva por delante la defensa de la autopista y comienza a dar vueltas como un tobo que cae por un barranco, pero en terreno horizontal.

–Yo nunca vi una pistola ni oí un “¡Párate!”, y hasta hoy no sé si nos querían robar o no. Tres días después, cuando me desperté en la clínica y me vi sin piernas, una de las primeras cosas que pregunté, desesperado, era cómo estaban Cristina, Gabriele y los motorizados. Si yo estaba en esa situación, me preocupaba haber matado a alguien.

Pero no: nadie murió a raíz del accidente. Los motorizados se perdieron en la noche, como murciélagos. Y Cristina y Gabriele quedaron ilesos. Gracias a ellos Juan Pablo está vivo. Cuando el Volkswagen Fox dejó de dar vueltas, la novia y el cuñado lograron salir de él como dos milagros y, haciendo un gran esfuerzo, sacaron a Juan de la maraña metálica que lo había envuelto a medias. Mientras Cristina llamaba a sus padres para pedir ayuda, Gabriele se quitó la correa y la camisa y le hizo a Juan un torniquete en las piernas para evitar que se desangrara. Las piernas: el colapso. La pierna derecha, de la rodilla para abajo, fue amputada por la defensa de la autopista durante el impacto. A la izquierda tendrán que amputarla luego los médicos, ante el escenario prácticamente imposible de conservarla sin poner en riesgo la supervivencia de Juan Pablo.

–Mis suegros llegaron rápido, porque estábamos cerca de su casa, y me llevaron a la Clínica Metropolitana. Me acuerdo de que en el camino mi cuñado me daba cachetadas para que no me quedara dormido. Yo le decía que me dejara tranquilo, que tenía mucho sueño. Ya en la clínica sé que yo mismo me quité el reloj y que hablé un poco con la enfermera. Después de eso, no supe más nada.

–¿Pensaste en la muerte?

–No, y tampoco me di cuenta de que ya había perdido la pierna derecha. Pasé ese día muy grave y el martes me amputaron la izquierda. Mi mamá tuvo que tomar la decisión. Los médicos le explicaron que de seguir intentando salvar esa pierna, que de todos modos iba a quedar inservible, me podía morir. Y entre la pierna y mi vida, mi mamá escogió mi vida.

Juan Pablo cuenta esto sin que se le asome ni una sola lágrima. Habla sereno y con un orgullo evidente ante la determinación y la fortaleza de su madre, que si ya lo había traído al mundo una vez ahora se aseguraba de que regresara a él a toda costa.

–El mayor temor de mi mamá era que cuando yo me despertara estuviera solo.

–¿Y eso fue lo que pasó?

–Sí, me desperté el miércoles, en terapia intensiva, a las tres de la mañana, solo.

–¿Y…?

–No hizo falta ni que levantara la cobija, me di cuenta de inmediato. Y llamé a la enfermera para que buscara a mi mamá, pero la enfermera me dijo que había que esperar hasta las seis. Fueron las tres horas más horribles de mi vida. Me vinieron a la cabeza unas palabras que mi hermano me había dicho cuando yo estaba inconsciente, pero las recordaba: “No te preocupes, Juan, todo está bien”. Me dio una arrechera. “¡Cómo coño es que todo está bien si no tengo piernas!”. Lloré y empecé a pelear con Dios. Le decía: “¡Pero por qué a mí, si yo soy una buena persona, si yo soy un buen muchacho, si yo soy trabajador, si yo ayudo a mi mamá, si hay tanta gente que sale a la calle para hacer el mal, por qué a mí!”. Y con la rabia estaba la preocupación por Cristina, Gabriele y los motorizados. A las seis, entró mi mamá. Nos abrazamos y lloramos juntos. Yo lloraba como un bebé.

–¿Cuántos días estuviste en la clínica?

–Cuarenta. Al principio estaba abrumado. Soñaba una y otra vez con el accidente. Soñaba que todo volvía a pasar. Pero también hubo algo… y es que aun estando despierto, si cerraba los ojos sentía que había una silueta flotando encima de mí. Yo pensé: “Debe ser mi papá, que está aquí conmigo y no quiere que me vaya”. Para mí nunca ha sido un trauma no haber conocido a mi papá, porque cuando nací él ya se había muerto, pero lo más lógico es pensar que esa silueta que me acompañaba era él, quién más.

Juan Pablo se levanta para contestar una llamada y camina por la cafetería mientras conversa. La gente se voltea para mirarlo. Él ni cuenta se da. Vuelve, se sienta.

–¿Te incomoda que te miren?

–¿Quién?

–La gente.

–Ah no, para nada. Es normal. Yo haría lo mismo. No todos los días uno se encuentra con una persona amputada de las dos piernas.

Pero a Juan Pablo no solo lo miran por eso. Además tiene el aire de un David: del David de Miguel Ángel. No contento con ser alto, lleva rostro, porte y figura. Tras el accidente ganó peso y, luego de obtener las prótesis, decidió ponerse en forma. Dos pisos más arriba de la cafetería está el gimnasio donde entrena. Lo asiste un instructor que lo ha ayudado a labrarse un cuerpo griego –“un medio cuerpo”, repone él– que incluso le ha permitido participar en un certamen de belleza, en una competencia de fisicoculturismo y ser contratado como talento publicitario. Pero su meta no es ser ni míster ni modelo.

–¿Cuál es tu meta?

–Retarme, romper mis propias barreras y demostrar que no hay límites. Lo único imposible es lo que no te atreves a intentar. En la medida en que yo pueda ser un ejemplo puedo motivar a los demás. Eso es lo único que me interesa. Un día dejé de preguntarme “por qué” me había pasado lo que me había pasado y empecé a preguntarme “para qué”. Ese día todo cambió para mí.

–¿Qué pasó ese día?

–Que vi un video de Daniel Habif, el motivador, y fue como si se me ordenara el ajedrez de la cabeza, mi mente hizo clic. Yo había llegado al egoísmo de preguntarme por qué había perdido las dos piernas cuando ni a mi cuñado ni a mi novia les había pasado nada.

–Siguen juntos Cristina y tú.

–Sí, y eso que se lo advertí. Ya amputado le dije: “Mi amor, el Juan Pablo del que tú te enamoraste ahora es otro, así que yo comprendo si no quieres seguir”. Y Cristina, que es una mujer espectacular, me contestó que se quedaba conmigo.

–Has dicho en alguna parte que ahora eres más feliz que antes del accidente.

–Es verdad. Hoy tengo un propósito en la vida. Antes no estaba tan claro. Tampoco es que estaba perdido, yo estudiaba y trabajaba, todavía estudio, me falta poco para graduarme como administrador en la Universidad Nueva Esparta, pero ahora tengo un foco. Yo quiero retribuirle a la vida lo que me ha dado, ayudar a otros como otros me han ayudado a mí. Los gastos de la clínica, que fueron 117 mil dólares, los pagamos gracias al apoyo de la gente, y las prótesis me las donó una persona que todavía no sé quién es. Esa persona supo de mi caso por un story que publicó Luis Olavarrieta en Instagram, lo contactó a él y le pidió que sirviera de intermediario, porque no quería que nadie supiera su nombre, solo quería colaborar. Le dijo a Luis que me preguntara a qué clínica del mundo quería ir a comprar las prótesis y a hacer el tratamiento para volver a caminar.

–¿No te da curiosidad saber quién es esa persona?

–Durante un tiempo estuve obsesionado, pero ya no. ¿Sabes lo arrecho que es donarle a alguien unas piernas, ayudarlo a que camine otra vez y no esperar nada a cambio, ni las gracias, ni un abrazo? Para mí ha sido una gran lección.

Exhaustiva pesquisa mediante, Juan Pablo escogió ir al IPO, al Instituto de Prótese e Órtese, en Brasil, donde, a lo largo de casi tres meses, de diciembre de 2019 a febrero de 2020, el doctor Fabrício Daniel lo irguió y lo hizo alto y caminante otra vez. El donante pagó los pasajes y la estadía de Juan Pablo y de su mamá, y todos los gastos médicos.

–El 11 de diciembre fue la primera consulta –recuerda Juan–, el 12 me hicieron el encaje de las prótesis y el 13, agarrado de unas barandas, caminé. El doctor Fabrício me dijo: “En todo el tiempo que tengo como médico, nunca había conocido a nadie con una determinación como la tuya, te felicito”. Después vino lo duro: aprender a caminar solo, sin apoyo. Yo le mentaba la madre al doctor, porque me dolía, pero lo logré.

 

Hoy en día, Juan Pablo Dos Santos da pasos en firme como director de una fundación que lleva su nombre: @fundacionjuanpablo2santos en su cuenta en Instagram. A mediados de 2020, Juan conoció la historia de Edwin Chacón, un chiquillo cumanense de 10 años de edad a quien tuvieron que amputarle ambas piernas cuando apenas contaba ocho meses de nacido, por una bacteria. La familia de Edwin no había tenido, hasta entonces, la posibilidad de sufragar el costo del tratamiento: la adquisición de las prótesis y el proceso de habilitación motriz. Pero resulta que Juan Pablo publicó un story en Instagram, alguien se comunicó con él y le pidió que sirviera de intermediario para que Edwin Chacón volviera a caminar… Con una condición: que nadie supiera quién era el donante, que ni Edwin ni su familia ni nadie supieran nunca cuál es la identidad del donante. A este respecto, Juan Pablo no suelta la menor prenda. Mantiene el secreto en caja fuerte. Dice:

–A mí me estaba pasando con Edwin lo que a Luis Olavarrieta le había pasado conmigo.

–Como si fueran cosas de Dios.

–Tal cual, y yo pensé: “Esto hay que hacerlo más serio”, y decidí crear la fundación. Porque las redes sociales son buenísimas, un story puede cambiar una vida, pero una fundación es mucho mejor: hay un objetivo preciso y puedes reunir esfuerzos. Ya Edwin tiene sus prótesis y cada vez camina mejor. Es un guerrero ese chamo.

Juan Pablo sonríe y se queda como a la espera de saber si hay más preguntas. No da la impresión de estar apurado; por el contrario, da la impresión de tener todo el tiempo por delante, pero le echa un vistazo al reloj. Es obvio que tiene agenda, y está convencido, porque lo ha dicho en otras entrevistas, que “hoy estás vivo, pero mañana quién sabe”.

–Una última duda y terminamos: ¿tú ya no lloras nunca?

–Depende. El otro día me desperté en la noche y me puse a llorar. Pero no por lo que me pasó a mí. Es que me pongo ansioso porque quiero lograr todo muy rápido.

–¿Qué es todo?

–Hacer hasta lo imposible para que otras personas amputadas logren sus sueños.

 

 

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Unas palabras para despedir a Guillermo Sucre
Poeta y ensayista, Guillermo Sucre obtuvo el Premio Nacional de Literatura en 1976. Nació en Tumeremo, estado Bolívar, en 1933, y acaba de morir, en Caracas. Miembro del Grupo Sardio, forma parte de una pléyade de escritores que hicieron una obra perdurable. La máscara, la transparencia es uno de los mejores libros de crítica publicados en Iberoamérica en todo el siglo XX. Su poesía, reunida por la editorial española Pre-Textos en 2019, es un bien incomparable. Estuvo casado con dos escritoras igualmente destacadas: Julieta Fombona y María Fernanda Palacios. Diego Arroyo Gil lo despide con este texto.

 

@diegoarroyogil / Fotografía: Lisbeth Salas

 

Un escritor es una voz, pero esa voz está llena de voces. El escritor sabe que su voz es un convite entre distintas formas de la lengua –formas que son presencias– y que toda escritura viva es el resultado de un acuerdo más o menos afortunado entre ellas. No se trata de una técnica de imitación sino de compartir una pasión, una misma inquietud esencial, la luz de un fuego. No es un proyecto: es un camino que se presenta como viático a una necesidad expresiva, a una necesidad vital. El escritor es un ser en situación de fidelidad –la que comparten su voz y las voces que en ella resuenan– y se supone que esa fidelidad le da una certidumbre.

Certidumbre: es esta la palabra que quiero traer aquí para referirme a Guillermo Sucre, el poeta, el ensayista, el articulista, el intelectual. Es honda la deuda que tenemos con él, que nos enseñó a ser firmes en la franqueza y francos en la firmeza, a la manera de un roble que se anticipó a las ráfagas de turno y que, luego de haber resistido él mismo las que soplaron durante su juventud –la dictadura, la cárcel, el exilio–, se aprestó a ofrecernos, no las frutas del consuelo, pero la savia del carácter.

En un texto publicado en Vuelta, la revista de Octavio Paz, en 1993, viendo la anuencia con que algunos intelectuales consideraban el golpe de Estado perpetrado contra la democracia venezolana el año anterior, Sucre afirmó: “Hemos perdido el sentido viril de las palabras”. Era el mismo sentido viril que había hecho decir a Albert Camus, en 1957, que el escritor “no puede ponerse al servicio de los que hacen la historia; está al servicio de los que la sufren”. Al igual que para Camus, para Sucre el oficio de escribir obliga, “y obliga no sólo a escribir”.

El escritor se forma “en una perpetua ida y vuelta de sí a los demás, a medio camino entre la belleza, de la que no puede prescindir, y la comunidad, de la que no puede extirparse”, de lo que resulta que su responsabilidad sea servir a la verdad y a la libertad, aunque la una sea huidiza y la otra “tan apasionante como difícil de vivir”. Por supuesto, insiste Camus, no se trata de que el escritor se erija en un predicador de la verdad, pero que mantenga el honor de su oficio, que no se preste a la opresión ni a la mentira. Para decirlo con Étienne de La Boétie, que no ponga su conciencia ni su palabra bajo el yugo de la servidumbre. O con Spinoza: que aprecie la fidelidad y no la adulación.

Está claro que me refiero indistintamente a Guillermo como escritor y como intelectual, dos figuras que en su caso se complementaban, se superponían, eran una sola. ¿Es necesario inquirir por qué? Apenas decir que la lectura de su obra hace evidente que el oficio de escribir es indisociable del de practicar una ética de la palabra. Y una ética de la palabra es una ética política, aquí donde política no se reduce al ejercicio del poder, sino que se ensancha hasta implicar un vivir en comunidad y en obstinado combate contra los embates del totalitarismo, del fanatismo, del sectarismo, en fin, de todos esos brazos de la muerte, de todas esas tabulas rasas que quieren uniformar a la gente y la palabra.

Esa postura ética que siempre vimos en Guillermo Sucre tuvo, además, otra característica: fue una mezcla entre la observación de la actualidad y la conciencia de la tradición a la cual esa actualidad confirma o traiciona. Y es que la actualidad solo puede hacerse conciencia (la palabra solo puede mantener su sentido viril) si se la valora sobre el trasfondo de la tradición, esa memoria siempre vigente de las cosas. Cuando eso no ocurre, cuando la tradición no concursa, la actualidad se muestra como mera contingencia y lo que deriva de allí es opinión ligera, si no disparate. No era el caso de Sucre. En él nunca dejamos de advertir la pasión del que reconocía en los hechos de la vida pasajera la presencia de lo permanente. Para él, las palabras tenían una historia y una dignidad.

No solo en sus artículos y sus ensayos, también en su poesía la mirada del lector percibía, percibe esa historia, esa dignidad. En el escritor que era él, en su voz, resonaban así otras voces: Montaigne, Cervantes, Spinoza, Camus. Con ellos compartió siempre, además del oficio de pensar y de escribir, el de vivir atento a eso que Mariano Picón-Salas –otra de sus presencias tutelares– llamó “una pedagogía de la Libertad”. Casi diría una psicagogía. Después de todo, ¿no es la pasión de la libertad un psicagogo precioso –guía del alma– para la vida?

En La libertad, Sancho –libro suyo publicado en 2013–, Sucre dice: “Hacerse libres, saber conquistar y saber ejercer la libertad ha sido el ideal de los hombres y de los pueblos desde el principio mismo de la Cultura Occidental”. Este modesto recordatorio, que podría pasar por demasiado obvio, era sin embargo en Guillermo un compromiso hondo y verdadero. Y era también, acaso si involuntariamente,  una tácita invitación a seguir en el camino, pues, como escribió el mismo Picón-Salas, la libertad no es solo “una dádiva lejana que nos ofrezca un régimen o un momento de la Historia”, sino “más bien terrible aventura afanosa, tan frágil como la vida, que es necesario salir a ganarse cada día”.

El bien que es la obra de Guillermo Sucre pertenece al esplendor de esa conciencia. Volver a sus palabras cada vez que la sombra o la luz acechan es reencontrar la fidelidad que las asiste: su certidumbre. Pero certidumbre no es mera convicción. Tampoco una actitud o una creencia. Mucho menos la puede dar una ideología. La certidumbre que nos ofrecía Guillermo se parece a ese momento de dichosa constatación en que uno asiente porque ha visto un rostro hermoso. Era un hombre difícil, y en él había un niño que amaba el mundo.

 

***

 

Un jardín, un monte

 

GUILLERMO SUCRE

 

La última vez que me bañé en el mar fue como

un sacramento, pero sé que ya no volveré al mar.

Sólo vivo entre un monte y un jardín.

 

Me paseo bajo los impasibles ficus religiosos

y me confío al amor que una vez me dieron.

En la abrazada sombra de las quisandas

encuentro la pasión de la paciencia.

Aún espero y –última delicadeza– veo

las jacarandas florecer.

A mi lado pasea rauda la ciudad como si escapara

de su destino.

La he contemplado en el dorado velamen de un

atardecer,

reñida con la hormigueante luz de sus cerros,

avenidos con la pobreza, el desamparo,

solos ante la Gracia.

 

Ahora ha cesado la tormenta: la lluvia y el viento

ya no derrumbarán los árboles

ni el ventanal de mi estudio.

Bajó la niebla y en la espesura despunta la cima

del monte; su trazo fuerte se recorta, limpio,

contra el cielo que oscurece,

como una persistencia de lo que no debemos

olvidar.

Como el cuchillo que abre nuestras vísceras

y al salir nos deja un resto de vida,

sólo sentimos ese alto filo en vilo.

Pero también es hermoso empezar a morir.

Paulina Gamus: “Yo no me dediqué a la política para hacerme rica sino para que me reconocieran”
Abogada graduada en la Universidad Central de Venezuela, Paulina Gamus se dedicó a la política activa durante más de 30 años desde Acción Democrática. Fue concejal, parlamentaria y ministra. Hoy, a sus 84 y sobreviviente del covid, nos recibe en su casa, un apartamento sobrio y discreto en Caracas, para esta conversación en que repasamos momentos de su vida y del país

@diegoarroyogil

 

Un mar de elocuencia y de carácter. Cruza el umbral de la puerta que conecta las habitaciones con la sala de su apartamento y pregunta “¿Ya llegaste?”, como si estuviera acostumbrada a recibir a un invitado que sin embargo está en su casa por primera vez y que nunca, hasta ahora, ha conversado con ella en persona. Saludo de pandemia: codo con codo. “Siéntate donde tú quieras –dice–, puede ser en cualquiera de esas dos sillas, que son cómodas”. Aunque prefirió que no se le hicieran fotos para ilustrar esta entrevista porque, según ella, no anda de buen look, tres horas antes, con ocasión de reconfirmar este encuentro, la llamada telefónica la pilla en la peluquería. El afán no es nuevo: quien la recuerda sabe que siempre, estuviera en el Congreso de la República, en una rueda de prensa en Miraflores o en un estudio de televisión, Paulina Gamus lucía, como hoy, impoluta. Lleva pantalón negro, suéter de rayas blanquinegras, labios de carmín, un collar, aretes, pulseras, un reloj discreto pero regio y el pelo corto de señora recién hecho.

Concejal, parlamentaria, ministra y dirigente de Acción Democrática durante la democracia, se retiró de la política activa en 1998 porque se dio cuenta de dos cosas: la primera, que había cumplido un ciclo “y estaba cansada de oírme a mí misma”, y la segunda, que, dado su ascendiente, se sintió corresponsable de los errores que habían derivado en la llegada de Hugo Chávez al poder, una derrota histórica que le recomendó pasar a la retaguardia y ejercer, desde allí, una especie de senaduría simplemente ciudadana que la terminó de fijar como una articulista de verbo directo y preciso. Nunca fue de medias tintas y tiene talento para escribir. Sus memorias, Permítanme contarles, publicadas por Libros Marcados (2012) y reeditadas por Dahbar Ediciones (2017), está aún en librerías.

Cruza el umbral de la puerta y pregunta “¿Ya llegaste?”, mientras camina ayudada por un bastoncito que usa para no esforzarse más de lo debido tras haber superado el covid. Deja el bastoncito a un lado, se sienta y explica:

–Si estoy tranquila o en reposo no pasa nada, pero si camino mucho se me baja la saturación de oxígeno en la sangre y tengo que ponerme el respirador. Son las secuelas del covid, que me tuvo una semana hospitalizada. Ahora resulta que el síndrome post-covid puede hacer que se me caiga el pelo, como les pasó a dos amigas, y estoy aterrada, pero les agradezco a Dios y a la vida que me hayan permitido sobrevivir. Tengo 84, mucha gente mucho más joven que yo se ha muerto y yo no me morí.

–¿Se siente joven?

–No me trates de usted. Trátame de tú y de Paulina.

–Bueno… ¿Te sientes joven?

–Me siento joven de mente. No “demente”, o sea, loca, sino “de mente”. ¿Sabes por qué? Porque me adapto mucho a las cosas juveniles. No me visto de joven ni hago tonterías de joven, pero creo que entiendo bien a los jóvenes. Sobre todo después del covid he estado débil, pero en cuanto a mi parte mental y espiritual y a mi manera de reaccionar ante la vida, me siento joven. Trato de vivir sin amarguras, trato de apartarlas. Si hay un artículo de prensa que empieza diciendo que Venezuela se hunde, que Venezuela se desintegra, que Venezuela se acabó y tal, no lo leo. No porque crea que eso no está pasando, sino porque no quiero agregarle una carga depresiva a mi estado de ánimo. Yo estoy en modo avestruz, con la cabeza enterrada. Una amiga me dijo: “A las personas que están en modo avestruz puede que las ideas les salgan por el fundillo”. Pero no usó la palabra fundillo sino la otra. Me molesté mucho y le respondí que no fuera irrespetuosa, que creo que mis ideas todavía funcionan. Estar en modo avestruz es no estar todo el día… tú sabes. Yo leo la prensa nacional e internacional, pero rechazo todo lo que sean tragedias innecesarias: que si un tipo descuartizó a mil mujeres en México. Yo no voy a leer eso. –Señala la mesita de la sala y dice–: Ahí tienes unos dulcitos, no te vayas a comer uno solo, al menos dos, y los que queden te los puedes llevar, son para ti.

–Gracias. Me he dado cuenta de que las señoras judías, en general, ofrecen dulcitos. Son muy “idishe mame”, como dicen ustedes: muy madres.

–¿Ah sí? Fíjate que cuando los judíos de Marruecos regalan un dulce, suelen decir: “Dulce lo vivas”. Me parece muy bonito.

–Aunque usted…, aunque tú no eres una judía de Marruecos.

–No, yo nací en Caracas, en 1937. Mi padre era un judío de Alepo, Siria. Los judíos árabes se conocen como mizrajim. No es verdad, como dijo Ben-Gurión –ex primer ministro de Israel–, que solo hay judíos sefarditas y askenazíes. Nuestro apellido original en árabe es “Djamous”, pero aquí era más fácil Gamus. Mi madre era de Salónica, Grecia, era judía sefardita. Mis dos familias llegaron a Venezuela entre 1927 y 1929, cada una por su lado, por razones personales y económicas. Querían ir a los Estados Unidos, pero las visas eran costosas, en cambio las visas venezolanas no costaban nada. Mis padres se conocieron y se casaron aquí en Caracas.

–Con esa mezcla: Siria, Grecia, Venezuela, ¿cuando eras niña te preguntabas de dónde eras?

–No, nunca me lo pregunté, pero hace unos 15 años les escribí a mis nietos una historia que llamé “¿De dónde venimos?”. Todos mis nietos nacieron en Venezuela, aunque ahorita no viven aquí. Por mi parte tienen Siria y Grecia; por parte de su abuelo materno, Marruecos; y por parte de sus otros abuelos, Rumania, Yemen y Palestina. Quiero que mis nietos tengan ese recuerdo, que sepan que sus antepasados no llegaron a Venezuela ni en un avión ni en un crucero sino en la tercera clase de un barco, que pasaron trabajo, que la vida de nuestros ancestros no fue para nada fácil, que nunca fueron ricos pero que tenían principios. Ahora, cuando estuve hospitalizada por el covid, les grabé a mis seis bisnietos, con mi voz ya no tan sonora, las canciones infantiles que aprendí en mi escuela primaria, para que tengan alguna conexión con las raíces venezolanas de sus padres, abuelos y bisabuelos. De mis seis bisnietos, cuatro son colombianos y dos norteamericanos.

–Vista la vida en perspectiva, desde sus 84, ¿dirías que uno cambia con los años? Hay quien dice que el carácter, aunque sume matices, en el fondo es inalterable.

–A mí me hizo cambiar mucho dejar la política activa. Yo leo sobre política y escribo sobre política. Quien ha estado en la política no se aleja de ella. Pero cuando dejé la política activa, cuando dejé de estar preocupada por lo que iban a decir de mí, por lo que iban a hacerme, que si los adecos me iban a clavar un puñal por la espalda…

–¿Los adecos? Pero si tú eras adeca.

–Mis mejores amigos estaban en Copei. De eso puedes estar seguro –dice, en clara referencia a que el mundo partidista está lleno de acuerdos pero también de rencillas.

–Ya.

–Dejé la política activa y me hice más tolerante, menos agresiva. Ahora recibo mejor las cosas negativas. Antes era más sensible.

–¿Y en qué no has cambiado?

–En mi sentido del humor. Siempre trato de buscarle el lado divertido a la dificultad. Me da pena decirlo, pero en el velorio de mi papá no hice más que reírme. Las mujeres árabes amigas de mi casa se daban golpes en el pecho y en la cabeza, y a mí eso me hacía reír porque me parecía insólito. En mi familia tenemos mucho humor.

–Siempre has parecido una persona fuerte, ¿cuál es tu debilidad?

–Mi familia.

–Me refiero a una debilidad tuya personal.

–¿Mía? –Piensa–. ¿Qué será? –Piensa–. No voy a ser tan inmodesta como para decir que no tengo debilidades. –Piensa–. Tampoco soy muy fuerte. Es la imagen que doy, quizá.

 –Concejal, parlamentaria, ministra, dirigente de AD, si volvieras a tu juventud, ¿volverías a dedicarte a la política?

–No lo sé. Yo quería ser cantante y un día me invitaron a cantar en Radio Continente, pero al llegar me encontré con Amador Bendayán, que era hermano de una tía política mía, y Amador me preguntó: “Mi amor, ¿qué haces aquí?”. Yo le dije una mentira y me fui ‘espepitada’ de ahí. Tenía 14 años, estaba escapada de la escuela y si mis padres se enteraban… Los políticos tenemos necesidad de reconocimiento, igual que los artistas. Un poco fue eso en mi caso, no sé si en el de los demás. Por eso me cuidé muchísimo de la corrupción. Cualquiera podría decir que yo fui corrupta, pero no, he sido una persona correcta, la gente lo sabe y me siento muy orgullosa de eso. Yo no me dediqué a la política para hacerme rica sino para que me reconocieran.

–¿Era muy fácil ser corrupto siendo político?

–Sí, porque no faltaba quien te ofreciera cosas, aunque los que ofrecían sabían a quién ofrecerle, y como yo no tenía un gran poder, no podía favorecer a nadie y no me molestaban. Además, aunque hubiera sido así, nunca en la vida.

–El día que el doctor Ramón Velásquez se despidió de la presidencia de la República dijo que, en Venezuela, “para estar con la conciencia tranquila hay que hacer lo que se debe y dejar de decir lo que se quiere”. ¿Estás de acuerdo?

–Es una buena frase, sí. Como político uno tiene que cuidarse de lo que dice. No se puede ser falso ni mentiroso con la gente.

–Ese mismo día, Velásquez también dijo que este “es un país implacable”.

–¿Implacable? Todo lo contrario. ¿Le cobramos algo a Chávez, el culpable de muchas de nuestras desgracias, aunque no el único culpable? Aquí olvidamos con una facilidad enorme, tal vez porque como los escándalos se suceden con tanta rapidez, no hay tiempo para ser implacable con uno cuando ya viene el otro. No sé. Velásquez era un historiador y yo no lo soy. A lo mejor él no solo veía el siglo XX sino también los anteriores.

–¿Cuáles fueron los errores de tu generación que permitieron el ascenso de Chávez al poder?

–El conformismo. Nos bastaba con ganar elecciones y tener mayoría parlamentaria para evitarnos el duro trabajo de hacernos una autocrítica y entender por qué crecía y tenía tanto éxito la antipolítica, cómo y por qué se iba desmoronando la ilusión democrática.

–¿Te persiguen esos fantasmas?

–Nunca dejo de recordarlo: Chávez ganó las elecciones un domingo, el 6 de diciembre de 1998, y al día siguiente, en la reunión de todos los lunes de la dirección nacional de Acción Democrática –Paulina Gamus era la segunda vicepresidente del partido–, Lewis Pérez, el secretario general, lo que planteó como discusión fue qué íbamos a hacer para la campaña de la Asamblea Constituyente [de 1999]. Ni una sola palabra para referirse al resultado de las elecciones ni a lo que nos había pasado. Ni una sola autocrítica. Pero la desgracia venía de antes. Chávez fue quizá la consecuencia de otro caso: cuando ganó Caldera, con el ‘chiripero’, en diciembre del 93. Como Acción Democrática y Copei hacían mayoría parlamentaria, no consideramos que teníamos que sentarnos a ver de dónde había salido la votación de la Causa R, que de tener tres diputados pasó a 40 y pico.

–Tal vez mi generación es demasiado cruel con la tuya. La cree culpable del origen. Pero ustedes también podrían decirnos a nosotros que no hemos sabido detener el avance de lo que comenzó antes.

–No, no. Los jóvenes no tienen ninguna responsabilidad.

–¿Cómo que no? Éramos adolescentes en 1998 y hoy somos unos hombres. Han pasado más de 20 años y…

–Está bien, está bien –ataja Paulina–, pero no puedes analizarlo así. ¿Cuáles han sido las condiciones? Los jóvenes han marchado, a los jóvenes los han perseguido, los han torturado, los han botado del país, los han matado, pero nosotros… Como te dije: primero, los partidos perdieron la conexión con la gente, se burocratizaron, y por otro lado estaba la antipolítica, auspiciada por intelectuales de renombre y por dueños de grandes medios de comunicación.

–¿Pero cómo es posible que Acción Democrática apostara por Luis Alfaro Ucero como candidato sabiendo que no iba a llegar a ninguna parte?

–Eso fue una tragedia… Mira, yo estoy convencida de que cuando a alguien le dicen que es una maravilla y que debe ser presidente, la persona se lo cree. Yo misma me lo creí cuando me propusieron ser precandidata de Acción Democrática para las presidenciales del 93. Me lo creí y me lancé, y estando en campaña me di cuenta de que aquello era un absurdo y comencé a burlarme de mí misma. Alfaro Ucero era el hombre más poderoso de Venezuela durante la segunda presidencia de Caldera. Los ministros iban a casa de Alfaro para consultarle las decisiones del Gobierno, para que Acción Democrática les aprobara las decisiones en el Congreso. Entonces pasó eso: a Alfaro le dijeron que era una maravilla y que tenía que ser presidente y él se lo creyó.

–¿Y nadie en el partido le dijo que estaba equivocado?

–Dos personas: Arístides Hospedales y yo, que éramos muy cercanos a él.

–¿Y qué les dijo?

–Que no, que él creía que era su oportunidad. Después, en plena campaña, cuando se decidió que Acción Democrática apoyara a Salas Römer como candidato unitario contra Chávez y Alfaro se negó, tanto Arístides como yo y casi todo el mundo votamos por su expulsión del partido. Luego, en enero, yo lo llamé para darle el feliz año y su hija no me dejó hablar con él. Lo lamenté, porque yo le tenía cariño a Alfaro.

–Perdóname que te haga esta pregunta: ¿te agobia pensar que podrías morirte sin haber visto la salida del chavismo del poder?

–No me agobia porque sé que me va a ocurrir. Yo espero que lo vean mi hija y mis sobrinos, que todavía viven aquí. Mis nietos, como te digo, están fuera. ¿Volverán? A lo mejor el mayor, que adora Venezuela. Esto está muy difícil, aunque yo voy a votar –se refiere a las elecciones regionales pautadas para noviembre de 2021–. Aun si no están dadas todas las condiciones, si hay un acuerdo masivo de la oposición, yo voy. Eso sí: la gente tiene que convencerse de que ir a votar por alcaldes y gobernadores no significa sacar a Maduro. Quien piense que eso es así está equivocado. Ni las negociaciones son para eso.

–¿Para qué son?

–Para tratar de flexibilizar algunas cosas de tipo político y económico, pero Maduro no va a negociar su salida, olvídate. Al menos yo no lo creo, quisiera estar equivocada.

–¿Y entonces?

–Bueno, ellos piensan en una especie de gobierno a la China, un capitalismo comunista. Y el país está anestesiado. Primero, hay seis millones de venezolanos que se fueron: quítale esa cantidad de gente a la población de Venezuela. Segundo, hay un porcentaje de los que no se han ido que viven en la burbuja de los dólares y están tranquilos con esa vida falsa. Y tercero, están los que tampoco se han ido y están pasando hambre, y quien está pasando hambre, qué va a hacer, si precisamente está pasando hambre. Ese es uno de los métodos de este tipo de regímenes: poner a la gente a buscar comida para que no pueda hacer más nada. Fue lo que hicieron Stalin y Mao con las hambrunas. Aquí hay manifestaciones, pero aisladas, y además son reprimidas de una manera brutal. Piensa en el Zulia. Todos los gobiernos de Venezuela adulaban al Zulia. Ser gobernador del Zulia era casi ser presidente de Venezuela. ¿Y qué le han hecho al Zulia? Lo han aplastado quitándole todo, todo.

–Mucha gente de oposición hoy en Venezuela, sobre todo jóvenes, creen que es imposible ser de izquierda nunca más, porque entienden izquierda como chavismo de un modo acrítico.

–Para mí los términos derecha e izquierda están totalmente demodé. Y además este régimen no tiene ninguna ideología. Estos son unos tipos que decidieron atornillarse en el poder y enriquecerse, eso es todo. Y como no tienen para dónde irse. ¿Para dónde se van a ir? A ellos les encantaría ir para los Estados Unidos, para Inglaterra, para Francia, qué sé yo. ¡Pero si no hablan ningún idioma, de milagro el español! No, no. No tiene sentido hablar de izquierda y de derecha, aunque les guste en España y en Europa en general. El mundo se mueve hacia algo verdaderamente terrorífico.

–¿Qué podrían oponer los demócratas, digamos, ante una situación como esa?

–Es que la democracia en el mundo está como apagada, está un poco como estamos los venezolanos: anestesiada, sin instrumentos. Hay un vuelco hacia el radicalismo.

–Tú has sido una mujer defensora de las mujeres, ¿cómo vives el feminismo actual?

–Si se trata del feminismo de “miembros y miembras”, me parece detestable. El feminismo que me interesa es el que promociona a las mujeres, el que hace algo para que las mujeres mejoren, no el que se basa en odiar a los hombres y en saltar para hacer con el feminismo lo que hace el machismo.

–¿Estás de acuerdo con la legalización del aborto?

–Sí.

–¿Y con el matrimonio igualitario?

–También.

–¿Siempre has pensado así o es algo que te ha dado el tiempo?

–He cambiado… No te has comido ni un dulcito.

–¿Cuál es el momento más importante de tu carrera política?

–Me sentí muy realizada cuando dije el discurso oficial del 5 de Julio en el Congreso, en 1992. Todo lo que yo pensaba que había que decir sobre lo que venía sucediendo en el país lo dije ahí. Para mí, la verdadera ruptura de Venezuela no comenzó con el golpe de Chávez sino con el Caracazo. Fui presidenta de la comisión parlamentaria que investigó lo que pasó ese día tan doloroso y tan vergonzoso.

–¿Por qué el Caracazo fue la verdadera ruptura?

–Porque fue a partir del Caracazo que comenzó la guerra contra la democracia y que Carlos Andrés Pérez comenzó a dar traspiés.

–¿Crees que el Caracazo fue organizado?

–Al principio lo pensé, pero en la investigación que hicimos en el Congreso no encontramos nada que demuestre que fue organizado. Creo que el Caracazo fue espontáneo en sus comienzos y aprovechado después. Chávez no se hubiera atrevido a dar el golpe sin el ambiente que se formó después del Caracazo. Ese fue el plomo en el ala de Carlos Andrés y de Venezuela. Desde entonces nada fue igual.

–¿Y de aquellos polvos vienen estos lodos, como dice el refrán?

–Ya sabemos.

–¿Salvaría a hoy a algún político de oposición?

–He optado por no hablar mal de ninguno. Aquí es necesaria la unidad opositora, aunque sea pegada con chicle. Siempre admiré a Capriles, y de verdad que le tengo admiración a Juan Guaidó: se habrá desinflado, habrá perdido su popularidad, pero ha sido un muchacho perseverante y valiente. Lamentablemente, la política es así.

–¿Hay alguna figura del Gobierno que respetes?

–Me estás pidiendo demasiado.

–Para terminar, me robo una pregunta que Leonardo Padrón inventó para la radio: ¿una frase que se te parezca a lo que piensas de Venezuela?

–Un águila majestuosa que volaba muy alto… y le cortaron las alas.

Helena Ibarra: “Tú le sirves a un francés una buena yuca venezolana y se desmaya”

Helena Ibarra nació en Caracas, pero vivió buena parte de su niñez y de su adolescencia en Francia, donde fue alumna de Gérard Vié, un chef con estrellas Michelin, la máxima distinción posible en la cocina mundial. Tras regresar a Venezuela por decisión propia, Helena se labró un nombre que hoy en día es referencial para la gastronomía criolla: fue cocinera privada de grandes figuras de la sociedad y regentó restaurantes que elevó al tope de los topes, como Palms, en el Hotel Altamira Suites. Tiene una hija, Samantha Dagnino, de su matrimonio con Pablo Dagnino, vocalista del grupo de rock Sentimiento Muerto, del cual Helena fue mánager, pero esa es otra historia… A modo de bocadillo, esta entrevista indaga en el origen de una chef que dice que su próxima meta es conseguir una estrella Michelin para Venezuela. Una chef que, la verdad, merecería un libro entero en el cual dejar registro de una historia y de una personalidad que, a fuerza de novelescas, hacen que Helena Ibarra sea una mujer que no pasa nunca desapercibida.

 

@diegoarroyogil

 

–Cuando yo nací, mi madre no me dio pecho porque en aquella época eso era mal visto, pero como era una extraordinaria cocinera, comenzó dándome teteros de leche y de ahí pasó a la bouillabaise licuada, una sopa de pescado. Mi mamá consideraba que había que dar el golpe desde que uno nace: quería que hiciera estómago y que tuviera sabores. Dicen que la gente iba a verme en la cuna mientras comía porque yo gemía. 

–¿Cómo que gemía?

Helena Ibarra suelta una carcajada que se oye a cuatro cuadras, como todas las suyas, y de inmediato ensaya una escena de actriz cómica imbatible:

–¡Sí! Hacía “¡UMMM, UMMM!” –gime.

–¿Tan chiquita?

–No te digo, pues… ¡Recién nacida! 

–Usted nació el 28 de octu…

–¡Ya va! –interrumpe–, que yo ya estoy como Elizabeth Taylor: prefiero que no se sepa mi año de nacimiento. Hasta lo mandé a borrar de mi página web: helenaibarra.com. Antes siempre decía la fecha completa porque me sentía orgullosísima de ser joven. Ahora tendré que ganar bastante plata para ponerme el botox parejo.

–Pero si está perfecta.

–Y eso que jamás me he hecho nada, porque lo que tengo es para mantener este palacio y para llenar la nevera. –Con “este palacio” se refiere al apartamento donde vive, un amplio y luminoso penthouse de un edificio al noreste de Caracas que se alza en las faldas del Ávila como un árbol de cemento desde cuya cima se ve la ciudad casi completa. El apartamento era de su padre, el escritor y diplomático Vicente Ibarra, ya fallecido, miembro de una familia de prosapia colonial en Venezuela.

–Ha mencionado a su madre como buena cocinera, pero he leído que su primera influencia en la cocina fue su abuela paterna.

–Sí. María Luisa Casanova de Ibarra.

–Un prejuicio me hacía creer que las señoras de la alta sociedad no cocinan.

–Mi abuela sabía cocinar, pero tenía una cocinera. Todas las mañanas, cuando se despertaba, con aquel casco de pelo plateado que tenía, levantaba el teléfono y decía: “Rosa, venga para acá”, y llegaba Rosa, la cocinera, y se sentaba con ella para que hablaran sobre lo que se iba a comer ese día en la casa. Mi abuela y mi mamá me enseñaron a comer. Me enseñaron a tener un paladar que habría que asegurar como el culo de Jennifer López, perdón por la palabra. Tú puedes decir: “No me gusta cómo cocina Helena Ibarra, no me gusta cómo presenta los platos”, lo que tú quieras, pero es imposible negar lo que yo detecto con esta lengua. –De repente, agrega–: Mi abuela era maravillosa, pero también malísima, ¡terrible! Si mi abuelo quería que le sirvieran más arroz del que le habían servido, ella no lo permitía.

–¿Y eso por qué?

–Porque mi abuelo le había montado los cuernos con una bailarina rusa. Entonces mi abuelo, en la mesa, decía: “Más arroz”, y salía mi abuela: “El-señor-no-quiere-más-arroz”. Por eso cuando a mí me nombran a una bailarina yo me estreso. Pienso: “¡Ahí viene el peligro!”. ¡Les tengo pavor! Yo soy difícil no por cualquier cosa, sino porque vengo de una familia muy exigente y muy severa. Soy la última de una familia en la que ha habido rectores de universidad, arzobispos de Caracas, edecanes y primos de Bolívar. Llevo una carga histórica muy brava, y como me decía un amigo en estos días: “Tú no te permites la posibilidad de no destacar”. Lo cual, en ciertos momentos, me ha llevado a un desbordamiento. De pequeña, mi papá me corregía las comas y yo, para rebelarme, hacía escritura automática y no ponía las comas. Hace poco estaba conversando con Samantha –su hija, actriz y cantante residenciada en Nueva York– sobre la inseguridad que le da a uno el hecho de no ejercer el afecto. A mí mi padre no me acariciaba ni por error, y mi madre era una comandanta ante la que uno sentía que tenía que erguirse. Eso hace que uno se desconecte de la conciencia del cuerpo, de la gestualidad, de esa energía que fluye con el baile. A mí me ponían la mano en la cintura para bailar y la tensión nerviosa era impresionante. –Helena disminuye ligeramente el tono de voz para hacer una salvedad graciosa–: En el ámbito íntimo es muy distinto todo, obvio. –Prosigue–: Por eso ahora tengo un profesor de Tai Chi, para mejorar la canalización de la energía, y me ha ayudado mucho. El vigilante del edificio me ve y me dice: “¡Pero usted está muy feliz!”, y es verdad. Muevo los brazos con soltura, cada vez siento menos los pesos muertos.

Yo soy difícil no por cualquier cosa, sino porque vengo de una familia muy exigente y muy severa.

–El Tai Chi le permite trabajar asuntos que arrastra desde hace mucho.

–Sí, y además es favorable para el temblor esencial, que es una cosa mía de nacimiento.

En efecto, Helena tiembla. La medicina explica el “temblor esencial”, que así se llama técnicamente, como un trastorno de movimiento que afecta las manos y a veces otras partes del cuerpo. A simple vista parece Párkinson, pero no lo es: el temblor esencial no compromete el funcionamiento normal del organismo. Dificulta, por ejemplo, para escribir con una letra limpia, recta, sin saltos. Cosas por el estilo. Helena se levanta de la silla y va hacia las habitaciones de su casa mientras dice que está yendo a buscar un cuaderno de cuando era estudiante. Cuando vuelve, abre el cuaderno y aparece una escritura pulcra, geométrica, sin el menor rastro que indique que quien la ejecutó pudiera tener, ni de lejos, una mano vacilante, mucho menos las dos.

–Pero si parece escritura cuneiforme. Es muy bella.

–Así tomaba yo mis notas de clase. Afincaba tanto sobre la hoja al escribir que dejaba las marcas en las cuatro páginas siguientes.

–Para controlar el temblor.

–Para que la letra me quedara derechita. Imagínate lo que es para mí hacer un plato con esta tembladera. Pero por otro lado eso me permite ser perfecta sistematizando procesos en la cocina, porque puedo pensar rápidamente en varias cosas al mismo tiempo.

–Volviendo a sus influencias, ¿cómo conoció usted a Gérard Vié, su maestro?

–Lo conocí el día que mi padre me llevó a comer por primera vez en Le Potager du Roy, el restaurante que tuvo Gérard antes de Les Trois Marches. Yo tenía diez y pico de años, era una muchachita. Mi padre ya se había divorciado de mi madre y fui con él y con mi madrastra, Diane Gaye, una mujer altísima, delgada y pelo rubio que había sido modelo de Jacques Griffe, el diseñador. En cierto momento de la cena, yo, que puedo ser tímida para muchas cosas pero no para la comida, pedí que llamaran al chef. Llegó Gérard y le dije lo estupenda que le había quedado la terrine, que su terrine era una obra de arquitectura, que qué maravilla cómo estallaba el tomate en la boca y no sé cuántas cosas más. Él miraba para abajo y solo daba las gracias. Estaba como asombrado, porque en Francia a los restaurantes la gente lleva a los perros, pero no a los niños. Esa noche, cuando regresé a casa de mi madre, que también vivía en París, le conté lo bien que habíamos comido, y como ella competía con mi padre, se antojó de que al día siguiente fuéramos a comer al restaurante de Gérard. Fuimos, Gérard se enteró de que yo había vuelto y, a la hora del postre, salió a servirnos unas peras al vino. Las probé y le comenté: “¿No encuentra usted que se pasó un poquito de mantequilla?”. ¡Ah –grita Helena–, ese hombre se puso…! “¡Yo sabía, yo sabía que me había equivocado con la mantequilla!”.

Helena Ibarra

–Y ahí fue el flechazo.

–¡No, no, espérate! Un par de años después, siendo mi padre embajador de Venezuela en Bélgica, debía ir a París para encontrarse con el presidente Caldera, que estaba de gira. Y papá me pregunta: “Helena, ¿adónde llevamos a comer a Caldera?”. Y yo le digo: “¿Dónde más? A Les Trois Marches, el nuevo restaurante de Gérard Vié”. Oh sorpresa, aquella noche Gérard no estaba y la comida fue un desastre. El pescado estaba malo, el conejo estaba seco… ¡Yo me puse como una fiera turca!, y contra la voluntad de mi padre, que me pedía que me quedara tranquila, le escribí a Gérard una carta horrorosa y se la mandé al restaurante. A la semana, me respondió: “Señorita Helena Ibarra, la invito a que almuerce conmigo tal día”. Desde luego, fui, y Gérard me dijo: “Mire, yo guardo una carta que Yves Saint Laurent me escribió una vez criticando mi comida. ¡Quiero que sepa que la de usted es peor! Usted no se va a salvar de ser cocinera. La invito a formarse en mi restaurante”.

–Y usted aceptó al invitación.

–No, yo me eché a reír y dejé eso así. Pero un tiempo después, mientras estudiaba Ecología en la Universidad de Tours, una ciudad muy bella de Francia, llena de palacios, tuve un accidente de tránsito muy fuerte, y en vez de irme para el psiquiatra para recuperarme de aquel susto, me fui a trabajar con Gérard. Yo nunca había estudiado nada de cocina, pero cocinaba muy bien, por lo cual mi papá me hacía que le preparara las grandes cenas de la embajada de Venezuela en Bélgica, adonde yo me iba en tren desde Tours cuando era necesario. Parecía la esclava Isaura.

–¿Cuánto tiempo trabajó con Vié?

–Como seis meses. Y cuando terminé la pasantía, me regresé a Venezuela, de donde me había ido a los cuatro años, aunque pasaba temporadas más o menos largas en Caracas.

–¿Por qué no se quedó en Francia?

–Yo llegué a pensar en montar un restaurante en París con el apoyo de Gérard y de mi familia, pero me di cuenta de que lo que realmente quería era volver a las calidades venezolanas, a los sabores de mi país, a lo que llevo en la sangre: la parchita, la batata rosada, la yuca. Llegué a Caracas y me dediqué a hacer catering para reuniones de no más de 12 personas. No tenía la habilidad para negociar inversiones yo solita, y además era mujer. Aquí todavía no había la tradición de ver a la mujer como una cocinera de verdad, nos veían como “cachifas”. Pero a mí los retos no me paralizan. Trabajé casi fijo para Oscar García Mendoza, el banquero, y sobre todo para Alfredo Boulton. E hice cenas para Alejandro Otero, para Arturo Uslar Pietri, para Carolina Herrera, para Marisol Escobar, para Gustavo Cisneros, para Guy Meliet, para Lorenzo Mendoza. A Carlos Cruz-Diez le inventé un plato que llamé “Las persianas del mar”, inspirado en el cinetismo. Era una vieira del Japón con una joulé de pescado y juliana de vegetales. El maestro Cruz-Diez me dijo una belleza que nunca olvido: “Es la primera vez que yo como pintura”.

No tenía la habilidad para negociar inversiones yo solita, y además era mujer.

–Usted ha asegurado que tiene la estructura de la gastronomía francesa y la dignidad de las calidades criollas, ¿qué significa eso?

–La gastronomía francesa inventó el orden, la metodología en la cocina. Los franceses pusieron en claro las ideas primarias y secundarias, las bases de las preparaciones. Yo parto de allí gracias a Gérard y a todos los demás chefs franceses a cuyos restaurantes fui con mi padre, a muchos de los cuales conocí, con quienes hablé y de los que me hice y soy amiga. ¡Por cierto! –exclama Helena–, todos los periodistas dicen que yo estudié con Joël Robuchon, a quien admiro, pero eso no es verdad, por favor, lo he desmentido un millón de veces. –Hecha la aclaratoria, continúa–: El gran regalo que me ofreció la vida para mi formación fue que mi padre me llevara adonde esos grandes chefs para que yo viera, probara y reprodujera. Nadie inventa nada, ni en arte ni en cocina. Uno simplemente propone nuevas asociaciones o recompone. Eso es lo que yo hago, a partir de la tradición francesa, con las calidades venezolanas.

–¿Cuál diría usted que es el aporte del sabor criollo a la cocina mundial?

–Un nivel de calidades y de perfumes que ninguno de nosotros está dispuesto todavía a reconocer. El venezolano no se da cuenta de la maravilla de la yuca que aquí se pone como acompañante del pollo en brasa, por ejemplo. Tú le sirves a un francés una buena yuca venezolana y se desmaya. Esa yuca es de un nivel de sutileza que nadie se imagina. Es una yuca que se entrega, que no opone fibra ni dureza. ¿Y las batatas? ¡En Venezuela las batatas son para morirse! ¿Y las papas? En Mérida hay 80 tipos de papa, ¡80! Yo reto a cualquier chef de este país a que lleve a sus alumnos a ordenar esas papas según su tipo. Chef es una persona que es capaz de definir los usos de mercado de los productos. Es el que dice: “Con esta papa se puede hacer esto, y con esta se puede hacer esto otro”, y así.

Tú le sirves a un francés una buena yuca venezolana y se desmaya. Esa yuca es de un nivel de sutileza que nadie se imagina. Es una yuca que se entrega, que no opone fibra ni dureza.

–¿En qué momento usted se convirtió en una chef de ley, digamos así?

–Cuando dirigí mis restaurantes, sobre todo Palms, porque el Altamira Suites era un hotel cinco estrellas y Palms tenía que funcionar perfectamente.

–Se ha dicho que su cocina es muy aromática. ¿Para usted es más importante el sentido del olfato que el del gusto?

–Lo bonito de la gastronomía es que es un concierto. Hasta el oído es importante: captar cómo estalla el sofrito mientras se hace. El olfato es esencial porque los olores tocan directamente el rinencéfalo, que es el centro del placer. Si tú le entras por la nariz a alguien, le entras por donde es. El perfume es el arma mortal de la seducción, y la cocina es seducción. Para saber más sobre eso hay que leer el libro Les Aphrodisiaques, de Tran Ky y François Drouard, que le explican a uno el origen de las especias y cómo influyen en el organismo. Yo siempre he dicho que las cocineras somos peores que las madamas de los burdeles. Las madamas venden cuerpos, pero las cocineras penetran en la boca de la gente y, a menos que escupas, tienes que tragar.

–¿La cocina es femenina?

–Siempre.

–¿Aunque la practique un varón?

–No es que “aunque” la practique un varón. Es que todo viene de la madre naturaleza, que es la que da los frutos que uno transforma. Durante mucho tiempo muchas mujeres, por ser feministas a juro, prefirieron ser abogadas que ser cocineras. ¡Pero por qué! No se trata de competir. La naturaleza de la cocina es femenina, así como la naturaleza de otras profesiones es masculina. Da igual quien las ejerza.

–No es usted feminista.

–Hay gente a la que le gusta decir que yo soy feminista. Para nada. Al menos no como muchas entienden ser feminista hoy en día. Yo me arrodillo ante un hombre sin ningún problema. ¡No me toques esa tecla porque empiezo a hervir! Vivo horrorizada ante esta andanada de radicalismo. Me parece terrible que hayamos llegado a este grado de individualismo y de confusión en que se usan las redes sociales para ventilar la vida íntima en nombre de la causa que sea. Señalar una experiencia personal no puede ser producto de una gimnasia automática. Eso es una vulgaridad. Vivimos una época hija del reguetón. Yo ni loca expondría mi vida íntima por nada, porque mi vida es mía.

–Helena con hache, como Helena de Troya…

–Sí, Helena, que al revés es “aneléh” –extiende la mano como para saludar y dice, pícara e histriónica–: Anhelé tanto conocerlo.

–Digo, Helena como la de Troya… Más de una guerra habrá desatado usted.

–He vivido, pero no me gusta la guerra porque no me gusta la violencia. El amor tiene un lenguaje, y yo soy una mujer de menú de degustación: después del chocolate siempre viene el café, y después la infusión, y después el desayuno. Los cocineros y los chefs nos encargamos de que puedas comerte un conejo sin que veas cómo se le corta la cabeza. Hacemos sutil esa cadena atroz que todos atravesamos para alimentarnos, para que el pescadito no salte en el plato y en cambio veas su bella blancura. Psicológicamente eso es muy importante: para la cocina y para todo.

–¿Para cuándo un nuevo restaurante de Helena Ibarra?

–Pronto. Pero ahora no puedo hablar de eso. Y mi reto, clarísimo, es conseguir una estrella Michelin para Venezuela. Tengo tiempo para lograrlo. Tampoco estoy tan vieja, ¿no? –Sale expulsada del asiento como un cohete–: ¡AYYY! ¡Pero si no te he servido la merienda! Te hice helado de caramelo, torta de pan y una mousse de auyama.

–¡Pero eso es mucho!

–Qué mucho nada, chico. ¿Estás a dieta? ¡Porque igualito te lo vas a comer! –Y se ríe.

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