Diego Arroyo Gil, autor en Runrun

Diego Arroyo Gil

La importancia de una pausa, por Diego Arroyo Gil

@diegoarroyogil 

Cuenta Petrarca, gran poeta italiano del siglo catorce, que un día, motivado por un espíritu curioso que era propio de su carácter, emprendió una excursión a una montaña que quedaba cerca de donde él vivía, en Provenza. Mont Ventoux se llama, o “Monte Ventoso”, pues es un sitio donde se supone que corre mucho aire. Para allá se fue Petrarca con su hermano y unos criados, dice, “tan solo impulsado por el deseo de ver un lugar célebre por su altura”. Era abril de 1336. El poeta contaba 32 años y estaba en camino de convertirse en uno de los humanistas más importantes de la historia y, para muchos, en uno de los tempranos padres del Renacimiento.

Las incidencias del viaje están recogidas en una carta que Petrarca le escribió a su amigo Dionigi da Borgo Sansepolcro, un monje agustiniano que le servía de confesor. Son incidencias simpáticas; la mayoría, circunstanciales.

Hay una de ellas, sin embargo, que ha convertido esa carta en un testimonio de un valor incalculable para el decurso de la cultura y de la relación del hombre consigo mismo, con la vida, etcétera. Como suele ocurrir con los poetas, se trata de un hecho que, en apariencia azaroso, se convierte en una revelación, en un giro de tuerca para el pensamiento.

Ascendían el monte, cuenta Petrarca, haciendo un esfuerzo supremo –sobre todo él, pues su hermano y los criados eran más resueltos e iban adelante– hasta el punto de que la dificultad le hizo pensar en que lo mismo que aquella ruta montañosa era la ruta del alma. Se dijo a sí mismo: “Igual que te ha ocurrido hoy en la subida de este monte, te ocurre a ti como a tantos en el camino de la vida bienaventurada. La vida que llamamos bienaventurada la encontramos en un lugar alto, y angosta es la senda”.

Así reflexionaba el teólogo que había en él. Buscaba otorgarle un sentido trascendente a una simple excursión a una montaña… Bien, por fin llegaron a la cima más alta y allí, en un pequeño llano, se echaron. Y Petrarca se dio a pensar en sus progresos, en sus imperfecciones, en la inestabilidad del obrar humano, en todo eso a lo que somos dados a pensar los hombres en medio de nuestras faenas.

“El sol ya declinaba y las sombras del monte se alargaban indicando que ya iba siendo hora de volver” cuando, en un gesto súbito pero sin intención secreta, Petrarca sacó de su bolso un libro que había llevado por si tenía la ocasión de leer algo en el camino. Su hermano, que estaba su lado, se puso atento para escuchar, mientras Petrarca abría el libro en una página cualquiera. Y Petrarca leyó: “Se van los hombres a contemplar las cumbres de las montañas, las grandes mareas del mar y el ancho curso de los ríos, la inmensidad del océano y las órbitas de los planetas; y de sí mismos se olvidan”.

Era un fragmento de las Confesiones de San Agustín y, tras decirlo en voz alta, Petrarca guardó silencio. Se había quedado atónito e incluso se irritó. Pidió que nadie le hablara hasta descender del monte. Y mientras descendía, pensaba en la insensatez de los hombres, que los lleva a descuidar la parte más noble de sí mismos y a dispersarse “en especulaciones inútiles para buscar fuera lo que podrían encontrar dentro de sí”.

Recuerdo la primera vez que oí esta historia. Nos la contó, en la universidad, un profesor que estaba enamorado de la belleza y que nos invitó a leer, además de la carta a Dionigi da Borgo, también, juntamente, el Secretum y el Cancionero. Hablaba emocionado de Petrarca y nos transmitió, a muchos, esa emoción. Esa línea valiente, por ejemplo: “Yo sé que voy tras lo que abrasa”, o ese rezo descarnado: “Bendito sea el año, el mes, el día; el tiempo, la estación, la hora; el instante, el rincón y el lugar en donde por tus ojos fue prendida mi alma”. Todo eso, sí, era Petrarca y más, mucho más, pero no podíamos perder de vista el ascenso al Monte Ventoso. “El descenso”, precisaba el profesor. “Porque solo quien se entrega abre una ventana hacia el corazón”. Y aun insistía, con un ímpetu leonino muy convincente: “¡El corazón, carajo, el corazón!”.

En estos días de encierro he pensado, como todos, en muchas cosas, pero creo que ninguna me ha sido tan fértil como esta brevísima memoria que llega hasta Petrarca. En las redes sociales hay mucho empuje. La gente se da ánimo y es de agradecer, pero de pronto comienzas a sentir que es como si estuvieras escalando una montaña, una montaña sin fin, y que no puedes parar, vamos, arriba, vamos, cuando lo cierto es que el mundo está en una tregua y que no está mal si nosotros también lo estamos.

“Apresúrate lentamente”. Tal es una de las lecciones antiguas que recuperaron con mayor esmero precisamente los humanistas del Renacimiento. Festina lente es la locución latina y según Edgar Wind, un erudito del saber clásico, tiene que ver con que la madurez se alcanza si la velocidad y la lentitud están igualmente desarrolladas en nosotros como actitudes posibles, y entrecruzadas, ante lo que nos sucede. Es una paradoja, pero pensar en ella aviva la riqueza de nuestra imaginación.

Se me ha ocurrido que aquel día de 1336, tras llegar a la cima más alta del Monte Ventoso, Petrarca recuperó para todos, tumbado en un llano de un camino sembrado de ansiedades, la importancia de una pausa. O para decirlo como creo que lo diría mi profesor: la importancia de ser echado de pronto, en medio de todo, hacia uno mismo.

A 7 años de la muerte de Simón Alberto Consalvi: “Dichosos los tiempos en que, además de tabaco, había gramática”
El 11 de marzo de 2013, hoy hace siete años, murió Simón Alberto Consalvi. Diego Arroyo Gil, que además de trabajar con él escribió una biografía sobre el gran político, lo recuerda en este texto memorioso en el que Consalvi toma la palabra

 

@diegoarroyogil

 

Es domingo. Simón Alberto Consalvi está sentado en un sillón capitoné de cuero verde oscuro, en su casa, en el Alto Hatillo, en Caracas. Viste guayabera blanca y pantalones color beige. Tiene un Partagás encendido entre los dedos. A sus espaldas cuelgan de la pared al menos cuatro retratos de Juan Vicente Gómez pintados por su amigo Pedro León Zapata, que se los regaló y que en paz descanse. Desde que se inició en la política, a mediados de los años 40 del siglo pasado, Consalvi ha sido casi todo lo que puede aspirar a ser un hombre como él en Venezuela: diputado, embajador, ministro, canciller y presidente encargado de la República. Además, ha dirigido periódicos y revistas y fue el fundador de la Oficina Central de Información y de Monte Ávila Editores. Nacido en Santa Cruz de Mora, Mérida, en 1927, ha pasado a la historia como miembro de excepción de Acción Democrática –un partido del que se alejó durante la segunda presidencia de Carlos Andrés Pérez–, pero, sobre todo, como político ilustrado, cuando no como un intelectual prestado a la función pública. De presencia ininterrumpida en los medios de comunicación durante décadas, Consalvi sin embargo siempre ha estado rodeado de cierta aura de misterio, esto debido a que habla poco de sí mismo y a que se vale de agudezas para zafarse de cualquiera de intente precisarlo demasiado.

Lejos de buscar esclarecer tramas de la historia contemporánea de Venezuela de las que Consalvi fue testigo o protagonista, esta entrevista recrea un encuentro informal ya lejano con él. Para escribirla he echado mano de notas personales mías (trabajé con él durante seis años y luego escribí una biografía suya) y he sacado una que otra contestación de Contra el olvido, de Ramón Hernández, y de El enigma SAC, de María Teresa Romero, dos libros que bucean en la vida y la personalidad de este hombre inolvidable cuyo ingenio he querido reanimar en este breve texto que publico ahora, cuando se cumplen siete años de su muerte… pero como si Consalvi estuviera vivo…

–¿En esta casa no sirven café? –pregunta él en voz alta, ensayando seriedad, para que lo oigan en la cocina de su casa. Observa el puro–. La vitola de un cigarro es su figura. Así dice don Fernando Ortiz, y es verdad.
–¿Cuántos habanos se fuma al día?
–Nunca menos de dos. El primero, después del desayuno. El segundo, a media tarde, como ahora. Un día ya remoto encendí un tabaco en un hotel de Nueva York y sonaron las alarmas. Je, je –risa fresca pero de voz ronca, andina–. Buena vaina.
–¿Fue cuando vivía en esa ciudad?
–Era embajador de Venezuela en Naciones Unidas, sí. Años setenta, illo témpore.
–No ha olvidado del todo el latín que, según supe, estudió en el colegio.
–Casi todo. Una catástrofe.
–¿Para qué le serviría? Es una lengua muerta.
–A las mujeres las seducen las extravagancias –dice, pícaro.
–En muchas de sus fotos, incluso en las que le hicieron las veces en que fue ministro, aparece usted fumando: puros, cigarrillos, pipa. Antes se fumaba y no pasaba nada. Ahora se mira mal a los que fuman.
–Dichosos los tiempos en que, además de tabaco, había gramática.
–¿Tiene alguna manía cuando fuma?
–La manía soy yo –asoma una sonrisa irónica–, aunque todavía nadie ha escrito un libro que se llame “La importancia de llamarse Simón Alberto Consalvi”. No pierdo la esperanza.
–Se ve que es merecida la fama que tiene usted de ocurrente…
–Mi única ocurrencia es haber regado esa fama –se ríe.
Llega el café.
–Sírvase –ordena, con un usted que suele alternar con el tuteo.
Basta beber un sorbo. Café cerrero.
–Es extraño que siendo usted un diplomático se exprese sin dar muestras de engolamiento, con el perdón de sus colegas que sí lo hacen.
–Soy periodista. La vocación deforma –bromea–. De todos modos, me considero un hombre poco solemne. Mis dos únicas solemnidades son el chofer y los tabacos. Solamente trabajo para pagarme esos dos lujos que me salen caros.
–¿Por qué no maneja?
–Perdí el hábito. Como ministro uno se desacostumbra a tareas fundamentales de la vida porque le solucionan todo. No hay vía más eficaz para hacerse un inútil que ser ministro. Cuando uno deja el Gobierno tiene que volver a manejar, pero para volver a manejar hay que reaprender a manejar. Me sentí inseguro y preferí no hacerlo.
–¿No lo extraña?
–A veces, pero manejar en Caracas es muy agresivo y hay que tener una paciencia muy grande. Se pierde mucho tiempo y hay que ponerle demasiada atención. Mis amigos que manejan tienen que hacer grandes maniobras para resolver dónde estacionar. Tal vez en otras ciudades manejaría. Por ejemplo, en La Habana, donde casi no hay carros y las calles serían para mí solo.
–¿No es paradójico que un hombre que dirigió la política exterior de un país como Venezuela en momentos estelares de la democracia no sepa manejar?
–Manejo con la cabeza, para que no se me atrofie. Perder ese hábito sí sería una tragedia. El hecho de que tenga fama de hombre callado no significa que no piense. Me gusta el diálogo, pero a veces me callo.
–Es bien sabido que usted a veces no habla.
–Cosas de familia.
–O quizás una estrategia diplomática.
Consalvi le da una bocanada al habano. Tumba la colilla con el borde del cenicero.
–Una estrategia política, más bien –dice–. Descreo de los que hablan demasiado.
–Alguna vez usted también habrá hablado de más.
–Puede ser, sí. Puede ser. Pero me ha salvado el diablo. Le rezo a Maquiavelo.
–¿Se considera un hombre hábil, astuto?
–No soy astuto ni hábil. No paso de ser paciente.
–¿Por qué nunca se lanzó a la presidencia de la República?
–No tenía cuerpo para esa guerra. La insensatez, gracias a los dioses y a Baltasar Gracián, tiene sus límites.
–Pero pudo haber llegado al cargo.
–Lo que a mí más me movió fue el compromiso con el servicio público. No quise ser dirigente y estuve en cargos transitorios, pero nunca tuve la vocación de ser un líder político.
–Conoció usted a Fidel Castro.
–Mucho, mucho. Como diplomático contribuí con soluciones a ciertas crisis entre Cuba y Venezuela, con discreción, porque del ejercicio de esta virtud y de su comprensión parten las buenas relaciones permanentes entre los Estados. Ahora no podría saludar al comandante. Las listas protocolares han sido expurgadas, los actores son otros, tan novatos como arrogantes. La discreción ha muerto.
–Y Fidel también ha muerto.
–Es conveniente recordar ese corrido popular mexicano que dice: “Ya mataron a la perra, pero quedan los perritos”.
–En todo caso, de estar vivo Fidel, ¿le habría gustado saludarlo?
–Betancourt me jalaría las patas –larga risa.
–Está siendo esquivo.
–No es esquivez. Soy voluble cuando me siento inseguro y susceptible casi todo el tiempo. Pero, sobre todo, soy entusiasta de lo que hago y de lo que se me confía.
–¿Qué piensa de la situación que vive actualmente Venezuela?
–Que es demencial y que la irresponsabilidad ha sido muy grande, pero como no me gusta ser pesimista me excusaré con una frase de Mariano Picón-Salas según la cual “el pueblo venezolano siempre ha demostrado que es inteligente”.
–¿Siempre?
Consalvi suelta una carcajada pedregosa, rancia, como de buey.
–¡Coño! –dice–, no me joda tanto. ¿Usted no quiere un whisky? Ahí está. Sirva dos.

 

 

Boris Izaguirre: “He regresado del desierto y me he inventado una nueva piel”

@diegoarroyogil | Fotografías: Lisbeth Salas

 

Madrid a finales de febrero. Un viernes a comienzos de la tarde. Afuera, en la calle, hace frío. Aquí, no. Aquí está encendida la calefacción y se está cómodo. El techo es de doble altura y la luz que entra por un par de ventanales cercanos ilumina suavemente el recibidor. Al centro, el protagonista. Su saludo ha sido afectuoso como, en general, todo lo suyo. ¿Persona o personaje? ¿Él es así con todo el mundo o se trata, como en este caso, de que está delante de un periodista? Es todo tan natural que es difícil pensar que no sea así siempre. Es un pez en el agua de la simpatía, como si hubiera nacido contento o, mejor, encantado de la vida. Además, lo acompaña un aire de figura. Paulina Rubio dijo de él una vez que es todo un señor.

–¡El abrigo! Cuelga aquí el abrigo… ¡Ay, pero qué carita! Es que esta ciudad es muy loca, le hace muy bien a la gente.

–A ti te ha hecho muy bien, ¿no?

–¡¿Madrid?! Totalmente. ¡Totalmente! Estaba pensando, mientras te esperaba, que a mí me han dicho que yo soy un alma muy joven. Una vez una persona experta en eso de la reencarnación me dijo que yo he tenido una sola vida pasada. ¡Una sola! ¿No te parece divino? ¿Y sabes qué fui en esa sola, única vida pasada?

–¿Qué?

Boris Izaguirre respira como quien busca aire para un suspiro mientras cierra y abre los ojos. Exhala lento pero breve. Hace un gesto de picardía con la mirada y levanta un poco el hombro derecho. Responde:

–Un alga marina.

–¿Un alga marina?

–¡Sí! ¿No es divino? –Es una de sus palabras favoritas: divino–. Ser un alga y andar de mar en mar, de ola en ola.

De pronto, se pone serio. A voluntad.

–Bueno –dice–, y de esa vida pasada como alga marina reencarné en esta como Boris Izaguirre. ¡Ja, ja! Un salto espectacular… ¡Oh! Está pitando la tetera. ¿Quieres té con limón?

–Muchas gracias.

–¡Qué adorado!

En la cocina, dominada por un suelo aguamarina y un largo mesón blanco (lámpara, lentes de ver y de sol, flores, periódicos, revistas, un montón de correspondencia, el lavaplatos y el escurridor, las estufas), Boris prepara la infusión. A la suya le pone, además de una rodaja de limón, un poco de leche. Nada de azúcar.

–¿No te fastidia dar entrevistas?

–¡Para nada! Es como estar en el psiquiatra, con la diferencia de que ahora estoy yendo al psiquiatra de verdad, verdad… Toma, coge tu taza. ¿Vamos al salón?

Boris va de la cocina al salón de su casa, un apartamento en el muy bello y distinguido barrio de Salamanca. Fuera de la cocina, el suelo es de madera. Ruido de pasos. Como el resto de la residencia, el salón desprende una armonía que recuerda a las boutiques de diseño, pero, a diferencia de estas, aquí se nota que vive gente. Es decir, hay calor de hogar. Es el hogar de Boris y de su marido, Rubén Nogueira, que no en vano es escaparatista: forma parte del grupo encargado de hacer las vitrinas de las tiendas Mango alrededor del mundo. Boris se sienta en un sofá de tres puestos. Está impoluto: bluyín oscuro, camisa blanca, suéter azul índigo y botines de cuero vino tinto. Más tarde se cambiará de ropa para que la fotógrafa Lisbeth Salas le haga los retratos que acompañan esta entrevista, en la terraza del Hotel Wellington, “que es mi sede”. Boris y Rubén tienen por norma no fotografiar su residencia.

–Ven, ponte aquí –ordena–. Cerca. Siempre cerca.

 

 

–¿Por qué estás yendo al psiquiatra?

–Ah, porque he tenido unos sueños recurrentes muy espantosos.

–¿Qué sueñas?

–Que no llego a tiempo a los lugares, que estoy mal vestido, que no logro ser coherente –dice y bebe de la infusión–, y he pensado que todo esto tiene que ver con el cambio de ciclo en el que estoy ahora.

–Que consiste en…

–En haber recuperado mi carrera, porque estuve disperso durante bastante tiempo. Pero fue una decisión voluntaria. Cada persona, en cierto momento de su carrera, entra en un desierto, como Jesucristo, que estuvo perdido en el desierto y conoció al diablo allí. A mí siempre me ha impactado mucho ese episodio de la vida de Jesucristo, y una vez que crucé los 40 años pensé que me iba a pasar lo mismo, y que, si no me pasaba, igual tenía que hacer que me pasara y así fue.

–¿Por qué querías atravesar el desierto?

–Porque es algo que hay que hacer. Es difícil de explicar y ahora no es el momento. Lo que sí te puedo decir es que esa fue la razón por la cual viví un tiempo en Londres y escribí una novela allí, Dos monstruos juntos. Y por lo que luego escribí otra novela, Un jardín al norte, y estuve trabajando en la televisión en Miami. Miami fue parte de ese desierto, pero con mar. Yo no tenía mucho de qué aferrarme que no fueran los libros y todo ese dejarme llevar me desubicó completamente. Durante un tiempo yo desaparecí de la agenda de la gente que en España podía pensar: “Boris sería bueno para esto”, “Boris podría funcionar para esto otro”.

–Y el reajuste llegó con tu participación en Masterchef Celebrity, en Televisión Española.

–Totalmente. Macarena Rey, que es la productora, quería que yo participara desde la primera edición, pero yo acababa de instalarme en Miami. Luego, con la segunda, me asusté, porque sentía que era un programa que no iba a hacer bien. Cuando me ofrecieron estar en la tercera edición, Rubén, mi marido, me dijo: “Mira, Boris, ya está, déjate de tonterías, que tampoco estás en situación de escoger”. Entonces acepté, y cuando tomé ese avión en Miami de regreso a Madrid sabía que estaba dejando atrás radicalmente esa etapa del desierto. Lo demás es sabido.

–Que Masterchef fue un éxito. Te relanzó. Participaste en la tercera edición, en 2018 y, además, te llamaron para la cuarta, en 2019.

–Para mí fue una rehabilitación, una rehabilitación que yo necesitaba. Necesitaba decirme: “Ya está, ya has hecho el paseo ese que querías hacer, has probado todo tipo de cosas y de situaciones y tienes que centrarte de nuevo”. Masterchef me hizo ver que las cosas ya no funcionaban con un simple gesto de la mano, con un amaneramiento, con una sola frase. Me di cuenta de que eso había quedado obsoleto. Fue como si me hubieran puesto delante del espejo y me dijeran: “¡Tienes que inventarte una nueva piel ya!”. Y eso he hecho: he regresado del desierto y me he inventado una nueva piel. Las oportunidades en la vida son como trenes, eso es cierto. Hace años pasó un tren y me subieron a él: era Crónicas Marcianas –Boris se refiere al programa que lo hizo famoso, famosísimo en España–. Luego, a este segundo tren, que ha sido Masterchef Celebrity, tuve que subirme yo solo. De manera que estoy en mi segundo tren, y este segundo tren me ha llevado, por ejemplo, a Prodigios.

–Un programa que va por su segunda edición y en el que has repetido como anfitrión.

–Sí, y estoy feliz. Porque es un programa culto, pero de máximo entretenimiento. Y todo esto de la mano de Macarena Rey, la misma productora de Masterchef… ¿No te parece que Macarena Rey es una de las personas más increíbles del mundo? Es impresionante la cabeza y la devoción que tiene para la televisión. Además, es divina.

–Hace unos días dijo que estás escribiendo el guión de una serie biográfica sobre Miguel Bosé.

–Sí. Macarena conoce muy bien a Miguel. No sé si sabes que durante mucho tiempo se ha mantenido el rumor de que “Morena mía”, la canción de Miguel, está inspirada en Macarena.

–¿Y es verdad?

–¡No lo sé! Quienes podrían confirmar esa leyenda siempre sonríen –Boris sonríe–. Miguel ha guardado muy celosamente su intimidad, pero esta vez quiere de alguna manera liberarse un poco de cosas y transmitirlas. Está escribiendo su autobiografía y todos estamos fascinados por la cantidad de cosas que hay en torno a él: él mismo, su carrera, sus padres. Miguel es un pionero, es una persona que abrió puertas y caminos para las generaciones que quedamos deslumbradas por él y que seguimos deslumbradas por él y para las que seguirán deslumbradas por él. La España en la que nació Miguel no es la España en la que Miguel Bosé apareció por primera vez en el escenario para cambiar completamente este país. Primero viene Miguel con sus mallas y con ese concierto en el Florida Park, en el 77, y luego la Transición Española.

–Primero fue ese concierto y luego, en el 78, la Constitución de la democracia.

–¡Te das cuenta! ¡Miguel es anterior a la Constitución! E igual de moderno y liberador. De modo que yo, como el cronista social que soy, estoy encantado.

–Eres amigo de Bosé. ¿Nunca te enamoraste de él?

–Por supuesto, pero él de mí jamás. ¡Ja, ja! Cuando yo lo vi, por Venevisión, en Sábado Sensacional, en el 77, con esa sonrisa, con ese pelo, con ese cuerpo, con ese atuendo…, y Gilberto Correa que nos advertía que era hijo del gran torero Luis Miguel Dominguín, pero distinto… ¡aluciné! Yo tenía 13 años y cuando terminó de actuar me paré delante del televisor en un estado de excitación insólito. No quería besar la pantalla: quería ser él. En ese momento se despertó en mí el hombre de escena. Y luego…, bueno, hemos hecho una amistad tan divertida… Las personas como Miguel son tan suyas, tan propias, que tienen muchos límites. Sabes que hay cosas a las que puedes llegar y otras a las que no, y dices: “Es que no hace falta avanzar más”.

–¿Tú también tienes esas zonas a las que nadie accede?

–Es verdad –piensa–. Sí, las he desarrollado.

–¿Sobre qué no hablas tú?

–Yo nunca hablo de mis ideas, e incluso cuando las escribo me doy cuenta de que uso una especie de barrera. Me cuesta abrirme y creo que eso tiene que cambiar.

–Qué te va a costar abrirte si tú eres una persona absolutamente extrovertida.

–Pero parece que ese no soy yo, que ese es otro yo. Me están explicando que durante muchísimo tiempo yo he construido un súper yo, y que lo que tú conoces es ese súper yo, no el verdadero yo. Y es verdad que llevo tanto, pero tanto tiempo haciendo el súper yo, que ya no sé cuál es el camino para volver al yo. ¡Me he perdido! –Boris baja la voz teatralmente a la manera de quien hace una confesión y dice–: Además, encuentro que el súper yo está tan estupendo en este momento que digo: “Ay, pero para qué regresar al yo, si ese yo debe ser un desastre”. ¡Ja, ja! Porque por lo visto se trata de una persona que está muy desasistida de afecto, escondida por una razón que todavía no sabemos.

–Qué raro, si da la impresión de que tú has sido siempre una persona muy amada.

–Justamente. He sido amado y no me he dado cuenta.

–No es posible.

–¡Te lo prometo! Lo dice todo el mundo. Y lo he visto con Prodigios. Los niños que participan en el programa están muy concentrados porque su talento realmente surja, porque llegue a alguna parte. Son muy exigentes consigo mismos. No son como yo, que toda la vida he estado rodeado de buena suerte y de gente increíble y diciendo: “Esta persona sí; está no”, “Esta persona me gusta; esta no”. Esa es la verdadera historia de mi vida.

 

 

–Tu papá ha dicho mucho, y tu madre también lo decía, que tú fuiste un niño prodigio. Te sentirás muy bien con los chicos que concursan en el programa.

–Sí, pero yo no tenía esa disciplina. Y como mis papás me amaban mucho pero, en el fondo, me temían, eran un poquito incapaces de exigirme esa disciplina.

–¿Por qué te temían?

–Porque yo era una bola de fuego. Pero una buena bola de fuego.

–¿Cuál es tu gran talento?

–Que yo soy encantador. Y el encanto se retroalimenta. Yo puedo ser encantador por horas y en situaciones realmente dramáticas. Ese es mi verdadero talento… No. Mi verdadero talento es el diálogo, y por eso quiero volver a él.

–¿Cómo es eso?

–Yo siempre quise escribir teatro. Lo hice y no funcionó. Pero eso sirvió para que Cabrujas me invitara a ser libretista de telenovelas. Y aunque yo hacía muy bien la diagramación, cuando me ponía a hacer diálogos me salía muy bien.

–Cuando dices que quieres volver al diálogo te refieres al diálogo como escritor.

–Sí, me refiero a hacer guiones. Como el que estoy haciendo sobre Miguel Bosé.

–Si le damos la vuelta a lo que has dicho la conclusión es que tu gran talento es que eres un conversador encantador.

–Ujum… Es probable… ¿Sabes que me miran mucho? Yo antes pensaba que la gente me miraba para ver si me había operado. Luego me he dado cuando de que me miran para ver si soy de verdad o no. Entonces yo capto ese interés e intento seducir, pero me está pasando algo nuevo cuando seduzco. Y es que, cuando me canso, me voy. Cuando veo que no estoy trabajando como seductor, aunque haya sido yo el que ha empezado, me aparto y adiós. ¿No es increíble? Es una nueva faceta de mi vida.

–Hablemos de tu libro más reciente, Tiempo de tormentas. Has dicho que es una autobiografía novelada. ¿Por qué escribiste una autobiografía novelada y no, directamente, una autobiografía?

–Lo que yo quería era hablar sobre Venezuela –Boris pasa de ser gracioso a estar serio con rapidez–, pero cuando estaba escribiendo me di cuenta de que Villa Diamante es toda sobre Venezuela, y Azul petróleo también. Venezuela es uno de mis grandes conflictos: lo que dejé atrás, en lo que se ha convertido el país, lo que representa hoy en España, porque Venezuela es como una tormenta dentro de España, etcétera. Yo asocié la muerte de mi mamá con la muerte de la Venezuela que mi mamá conoció, de la Venezuela que mi mamá quiso hacer y que vio desvanecerse. Y esa era la novela que yo quería escribir. Quizás mi error fue no saber hacer una novela sobre mi mamá en vez de una novela sobre mi mamá y yo. Porque también es cierto que ella y yo tuvimos una relación muy especial. Pero no quise asumir totalmente lo autobiográfico porque una novela siempre llega más lejos. Ese es el poder de las novelas.

–¿Escribir ese libro cambió tu relación con Venezuela?

–Sí, la hizo más distante… Para luego tener de nuevo a Venezuela en la esquina de mi casa. Es decir, no ha habido distancia… Yo espero que algún día Tiempo de tormentas se lea como el retrato de un país que consiguió ser algo y que dejó de serlo para convertirse en otra cosa. Eso está muy bien contado en esa novela, y escribirla me ha dejado un poco en plan: “Ya está, tengo que descansar de la narrativa”. Y en ese descanso he retomado el guion. –Boris se gira en el sofá y mira de frente–: ¡Ves para qué sirven las entrevistas! Hemos sacado una verdad muy profunda.

–Si fuera posible que se hiciera una película sobre tu vida, tú, que eres cinéfilo, ¿qué actor de antes o de ahora te gustaría que te interpretara?

–¡Cary Grant! Cuando Cary Grant iba a hacer la película sobre Cole Porter, que era muy amanerado y tenía una doble vida, la esposa de Cole Porter le dijo a Cole Porter: “Pero, Cole, ¡te va a hacer Cary Grant!”. Y Cole Porter le respondió: “Claro, quién más podría hacerme”. Me encanta esa historia.

–¿Te acuerdas de la entrevista que le hizo Capote a Marilyn?

–Por supuesto, “Una adorable criatura”.

–Al final, Capote le dice a Marilyn: “Recuerda que me habías ofrecido champaña”. Y ella le contesta: “Es que no llevo dinero”.

–¡Qué maravilla Capote! –interrumpe Boris–. Uno de los grandes descubrimientos de mi vida fue leer Breakfast at Tiffany’s en inglés y emocionarme con cada página. Pensé que yo quería escribir así, vivir así, ser así.

–Como Capote.

–No solo como Capote: ¡como Capote y como sus personajes! Toda mi vida he hecho un gran esfuerzo para conseguir eso completamente. Es el poder de la literatura.

–Te refería lo de Marilyn y el dinero porque no te imagino manejando dinero.

–Es cierto. Lo tengo todo encima. Un día mi papá me dijo: “Es que no sabes qué hacer con el dinero”. Una frase que me encantó. Y Rubén dice que yo me creo millonario porque lo parezco, pero que no lo soy. Mi hermana sí cree que soy millonario. Y tacaño. Como todos los millonarios.

–¿Cuántos años tienen juntos Rubén y tú?

–28.

–¿Y cuál es el secreto de un buen matrimonio?

–Este –Boris abre los brazos para señalar el salón de su apartamento–. Mira la casa: está perfecta. Y aquí estoy yo, sentado, ocupando mi lugar. Yo soy un mueble más. Yo soy el mueble que se mueve… ¡Oh! –se peina el pelo hacia atrás con las manos.

–¿Estás cansado?

–¡Para nada! Una vez fui a un desfile de Carolina Herrera y al final le pregunté: “Carolina, ¿estás cansada?”. Y me dijo: “NO”. Una persona que ha trabajado mucho no puede decir que está cansada. Además, estamos hablando del secreto de un buen matrimonio, y el secreto de un buen matrimonio, de verdad, es volverse a enamorar.

–¿Cada cuánto?

–Cuando Rubén y yo nos conocimos, yo le dije que hiciéramos un contrato renovable cada cinco años. Ahora estamos en la mitad del quinto lustro. El gran secreto del amor es ganar y no perder el respeto. Equivocarte y poder regresar a la casa. Hay que hablarlo todo, pero es cierto que puedes hablarlo todo de una manera encantadora. No disfrazar las cosas, no mentir, pero tampoco ser totalmente de verdad.

George Steiner, hijo de Europa. Por Diego Arroyo Gil

@diegoarroyogil

Luego de la muerte de Harold Bloom en octubre de 2019, la muerte de George Steiner, ocurrida apenas cuatro meses después, este 3 de febrero, deja al mundo sin el que era considerado por muchos el mayor crítico literario vivo. Pero Steiner no era solo un crítico literario. Nacido en París en una familia judía de origen vienés en 1929, atravesó el siglo XX como una inteligencia sensible a todas sus imágenes. Las más horrendas, como las del Holocausto o el genocidio de Ruanda, y las más bellas, desde Proust hasta Eliot o Paul Celan. Sobre Celan, a quien consideraba la cima de la poesía de su tiempo, decía algo asombroso: que había salvado a la lengua alemana de la perversión a la que Hitler la había sometido. Esto es lo mismo a decir que un poeta había salvado la integridad del alma europea, que es la madre de todas las almas posibles de Occidente.

En su primer gran libro, Tolstói o Dostoievski, publicado cuando tan solo contaba 30 años de edad, Steiner dejó establecido el que sería su arte de vivir como escritor: “La crítica literaria debería surgir de una deuda de amor”. Dispuesto a penetrar en el misterio de “los dos novelistas más grandes del mundo” (llegó a afirmar, apoyado en el filósofo ruso Berdáiev, que solo existen dos tipos de seres humanos: los que se inclinan hacia el espíritu de Tolstói y los que se inclinan hacia el de Dostoievski), Steiner inició en este libro la empresa de su vida: la de intermediario entre el “gran linaje” espiritual de la humanidad y sus contemporáneos. Porque “si Homero, Dante, Shakespeare y Racine ya no son los más grandes poetas del mundo entero –el mundo se ha hecho demasiado grande para la supremacía–, son todavía los supremos poetas de aquel mundo del que nuestra civilización saca su fuerza vital y en cuya defensa debe arriesgarse”.

Por ese camino, el de la mediación, Steiner hizo suyo un oficio que quizá lo defina mejor que el de crítico literario: el oficio de educador. Un oficio que ejerció con una principalidad en la que era reconocible la excelencia clásica: Sócrates pervivía en él. Si el maestro, como él mismo decía, debe “abrir Delfos” a sus alumnos (es decir, darles acceso a la imaginación del mundo), a través de sus libros, de sus artículos y de sus entrevistas para la prensa, Steiner hizo lo propio con todos aquellos que, igualmente afortunados, no podían asistir a sus clases en la universidad (Princeton, Oxford, Cambridge, etc.), legendarias debido a la presencia de un hombre que, siendo un erudito, era un conversador de café, a la manera de los cafés de Europa, los cuales él defendía como una de las instituciones mantenedoras del diálogo platónico.

Políglota y partidario del multilingüismo en una época tendiente a la intolerancia racial, religiosa y cultural, Steiner dedicaba un rato, todas las mañanas, a traducir algún fragmento de la Biblia o de algún poeta o filósofo de la Antigüedad, ¡a la vez!, al francés, el inglés, el alemán y el italiano, a los que llamaba “mis cuatro idiomas”, aunque también sabía latín, griego antiguo y hebreo. Aprovechaba ese hábito para aprenderse de memoria esos fragmentos o para repasarlos y confirmar que no los había olvidado, pues “a las cosas que amamos nos gusta llevarlas dentro de nosotros para vivir con ellas”. Una de las críticas más frecuentes que hacía a la educación actual es que no valora e incluso desprecia el aprendizaje de memoria, cuando la memoria es una garantía de la pervivencia de la sensibilidad humana.

Durante un encuentro con António Lobo Antunes en 2011, Steiner le decía al novelista portugués que “nuestro gran crimen es no dejarles suficiente esperanza a los jóvenes”. Hablaba allí el educador, pero también el testigo del siglo XX. “¿Qué les dejamos como visión?”, preguntaba. “Un fascista convencido tiene una visión. Es una visión infernal, pero esa visión es un programa. E igual pasa con un comunista, incluso con un nazi. Vislumbran algo mayor que ellos mismos; es algo terrible, es cierto, pero la vida tiene un sentido para ellos. ¿Qué les dejamos nosotros a los jóvenes de hoy?”. Acto seguido, Lobo Antunes acompaña la reflexión de Steiner con un comentario personal. Dice que él ha tendido mucho a la autodestrucción. Steiner, amable y sonriente, le contesta que ha descubierto que, en momentos de oscuridad, una buena manera de conservar el interés por la vida es leer periódicos, apasionarse por “el movimiento de la realidad”. Esta suerte de optimismo, que se asomaba mucho en sus entrevistas, no desconocía las tragedias de la historia ni los desconciertos del vivir. (Steiner hablaba, por ejemplo, de la “paradoja horripilante” de que un hombre pueda ser culto y un monstruo a la vez). Era un optimismo desengañado que está muy bien resumido en una frase suya en la que dice que hay que cometer, pese a todo, “ese gran error que es la esperanza”.

Si bien es cierto que Steiner nunca se consideró un escritor a carta cabal –le habría gustado serlo, decía, pero no tenía el talento que él admiraba en los demás–, sí que lo era. Fernando Savater lo ha llamado “cronista cultural de alta gama”, pero no era solo eso. Su obra es un mundo hecho por propia mano, portador de una índole admirable, con rasgos distintivos que nadie puede repetir; es una obra que inauguró una manera de decir que es la manera de decir de George Steiner. Al igual que en Tolstói o Dostoievski, hay páginas memorables en La muerte de la tragedia, Lenguaje y silencio, Después de Babel, Presencias reales, Pasión intacta, Gramáticas de la creación, Lecciones de los maestros. Incluso libros suyos más discretos como Nostalgia del absoluto, La idea de Europa o Diez razones para la tristeza del pensamiento son recámaras de esa fascinante catedral que era su inteligencia, desde la que leía el mundo con unas claves que hacía accesibles a todos los que se ponían en situación de dejarse educar por él y así escuchaban por su voz las voces de la tradición.

Es usual que cuando se mueren hombres como Steiner se hagan afirmaciones del tipo: “era el último humanista”, “era el último europeo”, o, como al comienzo de este artículo, “el mayor crítico literario vivo”. Ocurre cuando quien se muere marcó una época. Pero Steiner encarnaba toda una cultura y su vida estuvo consagrada a que esa cultura sobreviviera: también a él. Un día, preguntado por la razón que le había hecho quedarse en Europa en vez de hacer carrera en los Estados Unidos –que era una posibilidad nada descabellada tras el horror de la Segunda Guerra Mundial–, Steiner explicó que irse hubiera significado traicionar la palabra de su padre, quien le dijo que, si se marchaba, quería decir que Hitler había triunfado. “Escogí permanecer en Europa porque no hay que dejar que se extinga una cierta presencia del pasado”, agregó.

Era el mismo padre, el banquero Frederick Steiner, que quiso que su pequeño hijo George aprendiera griego antiguo para que pudiera leer a Homero en su lengua original. Eran los años 30 y lo peor estaba por llegar, pero si el mundo no se deshizo luego del todo fue, en buena medida, gracias a padres como aquel y a hijos como el suyo, ese hijo de Europa al que despedimos hoy.

Una onda venezolana en París, por Diego Arroyo Gil

@diegoarroyogil

 

Hacía buen clima en París pese al invierno, que allí siempre moja o hiela o ambas cosas a la vez. Eran pasadas las seis de la tarde y había oscurecido lo suficiente como para sentirse sobre las diez de la noche o aun más tarde. Afuera, alrededor de la pirámide de cristal del Louvre, filas de gente aguardaban para acceder al museo más concurrido del mundo –recibe cerca de 10 millones de visitas al año–, mientras adentro, ovillado por una multitud un poco más discreta pero igualmente fiel y emocionada, el artista Elías Crespín (Caracas, 1965) inauguraba L’Onde du Midi, una obra de su autoría que desde esa tarde, la tarde del 24 de enero de 2020, se expone de manera permanente en el ala sureste de un área del palacio del Louvre conocido como Cour Carrée, que alberga, de ese lado, una muestra de la descomunal colección egipcia del museo.

De hecho, para llegar a la obra –cuyo nombre en español es La onda del mediodía– había ese día que atravesar primero una serie de salas desde las cuales figuras ancestrales de la civilización del Nilo echaban un vistazo lleno de enigma a unos visitantes muy modernos. Todo lo cual correspondía, por demás, con el contraste que la pieza cinética de Elías Crespín introduce en el espacio “clásico” donde está instalada. No en vano, su creación le fue comisionada a Crespín por el propio museo del Louvre con ocasión de celebrar los 30 años de la pirámide de cristal con la que, en 1989, el arquitecto chino Ioeh Ming Pei alteró para siempre el paisaje del palacio. Amada y odiada a partes iguales en su hora, a pesar de que se mantienen algunas opiniones adversas sobre su existencia, hoy en día el Louvre es inimaginable sin la pirámide de cristal, que protagoniza uno de los espectáculos arquitectónicos más bellos de París, sobre todo de noche. Quiero decir: el Louvre está acostumbrado a los contrastes.

La obra de Crespín consiste en 128 tubos de metal que, sujetados por hilos invisibles manejados por un motor, llevan a cabo coreografías derivadas de secuencias algorítmicas. En cristiano: los 128 tubos ondean en el aire a la manera de una ola o de una alfombra mágica. También pueden dar la impresión de ser un animal marino que viaja, ligero, a ras de la superficie, pero como La onda… está más bien cerca del techo, sumerge al espectador en un fondo desde el que se observa el desafío de la gravedad. Mientras en las salas contiguas el Antiguo Egipto conquista el mundo con su rigor sagrado de piedra, L’Onde du Midi recupera el gesto suave y vivo. “Teatro de un ballet silencioso”, así es descrita la obra en el catálogo del museo. Vale decir, la primera obra de un artista latinoamericano vivo que ingresa para ser expuesta “perennemente” –es la palabra que los curadores de la institución han empleado– en el Louvre.

 

 

Es un hecho histórico, en efecto: para el continente, para Venezuela y para Elías Crespín, quien la tarde del 24 de enero logró reunir, no solo a grandes personalidades (como el artista argentino Julio Le Parc), sino también a amigos suyos de la escuela primaria que viajaron a París solo para verlo, viejos alumnos del Colegio Montecarmelo de Caracas, célebre en su tiempo debido a la cantidad de hijos de escritores e intelectuales que estudiaban allí. Entre ellos, Boris Izaguirre, que hizo reír al comentar que la formación que habían recibido en el Montecarmelo –a veces vista con sospecha por “progresista”– había sido tan buena y tan eficaz que les había permitido llegar a estar representados “en el mismísimo Louvre. ¡Bravo!”.

Las palabras de Boris, entre tantos otros comentarios igualmente afectuosos hacia Elías Crespín, fueron la contraparte familiar de lo que se dijo en el momento protocolar del acto –la bienvenida oficial al artista por parte de las autoridades del museo–, y coincidieron con el espíritu general que había esa tarde, cada vez más noche, en la que, para orgullo de muchos, un venezolano interpretaba un papel estelar para la cultura del país lejos del país. El mismo país donde la abuela de Crespín, la gran artista Gertrud Goldschmidt, mejor conocida por todos simplemente como Gego, nacida en Alemania, desarrolló una obra de primer orden, hoy objeto de admiración y estudio y portadora de una fuerza creadora que llega hasta su nieto. El mismo país donde Gerd Leufert, el segundo esposo de Gego y, por tanto, abuelo político de Elías Crespín, igualmente construyó un patrimonio artístico de indudable solidez.

Mucha gente se pregunta qué sería de Venezuela si no se hubiese atravesado en el camino de los venezolanos la inmensa tragedia histórica de las últimas décadas. Para saberlo habría que poder verlo y eso no es posible, pero lo cierto es que fuera del país –y también dentro, por supuesto– pequeñas grandes conquistas dejan entrever que lo que Venezuela “pudo haber sido” de hecho ya lo es o lo está siendo a su manera.

En varias oportunidades, Elías Crespín ha referido el impacto que provocó en él “un cubo de nylon” de Jesús Soto que vio en el Museo de Bellas Artes de Caracas durante una visita a una exhibición retrospectiva de Gego, su abuela. Es una de las revelaciones que ha impulsado su propia búsqueda como creador. Pues bien, al 24 de enero en el Louvre siguió la apertura, la noche del 25, de una exposición de la obra de Crespín en la Galería Denise René, en el corazón del barrio latino de París. Misma multitud del día anterior en el museo: familiares, amigos y allegados del artista, periodistas, socialités, etcétera. Mismo clima: la ciudad invernal, pero sin lluvia. Espíritu festivo. Imposible no recordar entonces que fue precisamente Denise René quien en 1955 presentó en su galería la exposición Le Mouvement, “El Movimiento”, y de esa manera contribuyó como pocos a ubicar al cinetismo dentro de las nuevas tendencias del arte. Un artista venezolano poco conocido formó parte de esa exposición: Jesús Soto. La culebra se muerde la cola: 65 años después, un artista venezolano de otra generación devuelve el saludo a Soto desde la galería donde Soto saludó al mundo por primera vez.

 

 

Uno podría leer esta curiosidad como una confirmación de lo que otro enamorado de París, el escritor José Balza, ha dicho alguna vez. Palabras más, palabras menos, que por debajo de todas las interrupciones y de todas las fracturas de nuestra historia, hay una continuidad, una coherencia de la personalidad venezolana. Una “onda” como La onda del mediodía que ahora se muestra en el Museo del Louvre. “¿Con qué más podría soñar un artista?”, se pregunta Elías Crespín. Informático de profesión, ha logrado fusionar sus investigaciones en programación con las artes plásticas para crear esta suerte de coreografía geométrica del aire, esculturas en movimiento que, como se lee en un texto de presentación del Louvre, tienen un efecto hipnotizante.

A punto de finalizar la vernissage en la Galería Denise René el 25 de enero, a Elías Crespín aún le espera una cena en la Maison de l’Amérique latine. Mientras él termina de saludar a quienes han acudido a la galería, uno de los invitados a esa cena, que es privada, propone ir a esperarlo a un bar cercano y, como siempre, aquello termina siendo una fiesta andante. El mesonero encargado de la terraza del bar, un francés de los de antes –malhumorado a rabiar, mal encarado, impaciente sin remedio– no entiende nada cuando de pronto se ve invadido por un grupo de gente que no para de hablar y que ha decidido pasarla bien. De la onda del mediodía a la onda de la noche, todo indica que en mucho tiempo no se olvidarán esas risas en esa calle de París.

Exclusivo: Extractos del libro “La sal de ayer. Memorias de Margot Benacerraf”, de Diego Arroyo Gil

 

 
La cineasta venezolana cumple 93 años de edad mientras trabaja con el escritor la publicación de sus memorias

 

MARGOT BENACERRAF, conocida como la dama y la pionera del cine venezolano, ha llegado, este 14 de agosto, a los 93 años de edad. Ha vivido una vida larga y llena de incidencias, pero poco conocida para el gran público. Es como una gran película que se resiste a llegar a las pantallas. Con el objetivo de esclarecer un poco ese misterio hace un par de años el periodista Diego Arroyo Gil fue en busca de la señora Benacerraf para conversar con ella. El resultado de esos encuentros hacen el nuevo libro de Arroyo Gil, titulado La sal de ayer. Memorias de Margot Benacerraf, que está por publicar la editorial Planeta. A propósito de los 93 años de Benacerraf, Runrun.es publica aquí las primeras páginas y la portada del libro de Arroyo Gil, que se estima llegue pronto a las librerías.

 

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La sal de ayer

Memorias de Margot Benacerraf

Por @diegoarroyogil

 

Al fondo de un corredor oscuro, desde una habitación iluminada, se escucha un hilo de voz. Si no supiera a quién pertenece –es una dama–, me preguntaría de qué ser humano procede ese sonido agudo, de una cadencia inconstante, tan peculiar. De pronto un bulto a contraluz (parece una mujer…, sí, es una mujer: pequeña, un poco robusta, dulce) me llama, me dice que pase. Me acerco, la mujer pequeña y un poco robusta se aparta y desde la puerta la veo a ella, a la dama del hilo de voz, con una mano apoyada sobre un escritorio. Me mira, sonríe y viene a mi encuentro, sin prisa. Temo que pierda el equilibrio, pero en un gesto resuelto me toma por los hombros y me saluda como si nos conociéramos de toda la vida: me besa en la mejilla y me dice mi amor. Al corresponderle el abrazo, que ha sido inesperado, me digo: qué flaca, y pienso que, aunque de baja estatura, parece una espiga. Una espiga que remata en un peinado cobrizo perfectamente abombado, echado hacia atrás, de otra época, pero que a ella le va de perlas. De boca muy fina, como sus dedos, lleva los labios de carmín, y detrás se asoman unos dientes como miniaturas japonesas. La nariz es de judía, de eso no cabe duda, lo que le da un carácter sólido y sobrio a un rostro a la vez tan delicado y sugerente. Todo en ella deja ver que es una mujer coqueta, pero la suya es una coquetería sin ambiciones exageradas, algo muy propio de otras mujeres caraqueñas de su tiempo que, como ella, son elegantes sin pose ni artificio y que optan mucho por una blusa blanca o negra, de rayas o ligeramente estampada, siempre a condición de que sea fresca. Margot se llama, Margot Benacerraf, y ahora que la tengo enfrente, sentados ambos a una mesa redonda de cuatro sillas donde dos quedan vacías, me siento extrañado de encontrarme cara a cara, de cuerpo presente, con una mujer que, además de una mujer, es una leyenda, un misterio.

Hace ya muchos años, en 1959, cuando Margot se hizo famosa, era una chica de apenas 32 que se alzaba en el Festival de Cannes con dos premios por su película Araya, la segunda y la última que hizo (la primera fue un cortometraje sobre Armando Reverón, en el 52), la cual le dio una figuración y luego le otorgó una gloria de la que aún goza, tanto después, al margen de quienes le riñen por no haber hecho ninguna otra a pesar de haber tenido la vida entera por delante. La leyenda, el misterio se deben un poco a eso precisamente: a que luego de Araya, que fue un logro tremendo por donde se le mire, Margot “no hizo más nada”, “no hizo más obra”, y que hoy por hoy sea la misma de 1959 pero ya no de 32 sino de más de 90 años, es decir, una mujer casi eterna, una mujer que, para algunos, incluso ya no vive. Yo mismo, antes de venir aquí, lo preguntaba: ¿Está activa? ¿Está lúcida Margot? Porque, como para muchos, para mí Margot Benacerraf era, claro, la mujer de Araya, pero vox pópuli era el nombre de la sala de cine del Ateneo de Caracas, una sala a la que habían bautizado así para honrar la memoria de una artista inconfundible, aunque de historia (casi) desconocida…

¡Cuánto hay siempre por descubrir! Esta tarde el hilo de la voz, el abrazo inesperado, la presencia de Margot me llevan de pronto a observar un cuadro que está en la habitación caraqueña en la que ella me recibe. Es el retrato de una mujer. Solo el rostro.

 

Margot Benacerraf, por Oswaldo Guayasamín

 

–Soy yo –dice Margot, que se ha dado cuenta de mi curiosidad–. Me lo hizo Oswaldo Guayasamín, el pintor ecuatoriano, que fue mi amigo.

–Es bello el cuadro.

–¿Te parece? –se asombra un poco–. A muy poca gente le gusta.

Me parece, sí. Además de que el cuadro es bello, me gusta su decidida rareza. Lo observo y en él reconozco a Margot, pero al mismo tiempo percibo que esa no es Margot o, más bien, se me ocurre, que esa es la otra Margot, la Margot secreta. Percibo que ese es su rostro, sí, pero atravesado… cómo puedo decirlo… atravesado por el teatro de la vida, por el teatro de la vida vivida. Fantaseo: ese cuadro es Margot como personaje de la memoria, el personaje que justamente he venido a buscar… La verdad, ¿estoy aquí para otra cosa? ¿Por qué razón he organizado esta cita si no es porque quiero escudriñar en ese rostro, atestiguar de cerca su belleza, su rareza?

La mujer pequeña, un poco robusta y dulce se llama Milvia y es la asistente de Margot. Ha traído a la mesa una taza de agua caliente y varios sobrecitos de té.

–Supe que te gusta el whisky –me dice Margot–, pero puedo ofrecerte un té, ¿está bien?

Carcajadas de mi parte y una sonrisa hospitalaria de su lado terminan de abrirle paso a la confianza que ya había anunciado el abrazo del saludo, pero no pierdo de vista el retrato del rostro indescifrable.

–También me gusta el té –concedo–, hay que variar.

Margot estudia con cuidado los sobrecitos de té. Escoge uno y se lo lleva a la nariz.

–¡Mariage Frères! El mejor té francés.

Milvia me mira y me hace un gesto como diciendo: “Adelante, no pierdas tiempo, cariño”. La experiencia me aconseja que para acceder mejor a la vida de un personaje casi mítico –Margot Benacerraf en este caso– siempre es mejor recibir antes el santo y seña de un daimon suyo protector. Pues bien, pienso, me ha dado acceso.

–Mariage Frères, entonces –digo, y echo el sobrecito dentro de la taza, desde la cual de inmediato se desprende un aroma a roble oscuro con flores de azahar.

Milvia se retira y quedamos Margot y yo. Y la pintura de Guayasamín.

 

I

 

–¿Le parece que comencemos por el principio?

–Por donde tú quieras.

–Yo quiero empezar como siempre empieza James Lipton sus entrevistas en Inside the Actors Studio, para entrar en ambiente: ¿cuándo y dónde nació usted?

–Yo nací el 14 de agosto de 1926, en Caracas.

Pero su padre nació en Tetuán, en Marruecos.

–Sí, en Tetuán. Mi padre se llamaba Fortunato, Fortunato Benacerraf, y aunque nació allá, en el Marruecos español, alrededor de 1885, era un venezolano absoluto. De 30 y pico de años, en un viaje a la Costa Azul, en el sur de Francia, a orilla de aquellas playas maravillosas decía que las de Carúpano eran mejores y más bellas. (Se ríe). En 1900, siendo un jovencito, un tío suyo de apellido Benzacar lo hizo venirse al estado Sucre para que trabajara con él en el negocio del cacao y el café. Por aquellos días a las costas de Carúpano llegaban barcos de muchas partes de Europa. Sobre todo, de Alemania. Era una época esplendorosa de la ciudad y yo me imagino que mi padre, por más que venía de Tetuán, que es una ciudad preciosa, se fascinó de inmediato con ese escenario que a sus ojos era el Nuevo Mundo. Hay que ver lo que era que un adolescente como él, judío sefardita, se encontrara de pronto en la faena de “hacer la América”, como se le decía a la aventura de cruzar el Atlántico para dedicarse a la conquista de otra vida.

–¿Qué le contaba su padre sobre su niñez y su juventud en Marruecos, antes del viaje a Venezuela?

–Ni papá ni mamá hablaban mucho de sí mismos. Ni de sus historias respectivas ni de su vida en pareja. Lo que sé de ellos antes de yo nacer se lo debo a lecturas que hice luego y a cuentos que otros me echaron. Me he arrepentido tanto de no haberlos puesto a hablar. (Calla). Es que eso no se estilaba, ¿me entiendes?

–Pero usted sabe cómo se conocieron sus padres, ¿o tampoco?

–¡Ah, claro, es una historia divina! Mamá era una mujer muy bella. Tenía los ojos verdes almendrados. Se llamaba Sete Coriat y formaba parte de la aristocracia sefardita de Tetuán. Su padre, mi abuelo, el Sr. Coriat, era nada menos que el cónsul de España en la ciudad. Mamá y papá se conocieron en 1923, durante un viaje que papá hizo a Marruecos para visitar a su familia. Papá entró a comprar algo en una farmacia y allí estaba mamá, buscando remedios para un resfriado. Papá se le acercó para recomendarle un jarabe y ella le respondió. Al cabo de unos días se hicieron novios, papá fue introducido en la familia de mamá y se casaron. La diferencia de edad que había entre ellos, él mayor que ella, no fue un impedimento para nada. Desde luego, papá supo demostrar que era un hombre bien instalado, que podía formar familia, y entonces el hombre que había “hecho la América” se trajo a Venezuela a la hija del cónsul de Tetuán. Papá fue el único de sus hermanos que se casó con una marroquí española. Los demás se casaron con mujeres provenientes de familias del protectorado francés. Gente de Orán, Argelia.

–Cuando sus padres se casaron, ¿su papá ya se había mudado a Caracas?

–Sí. Cuando mis padres se conocieron y se casaron, en Tetuán, en 1923, papá ya se había venido de Carúpano a Caracas. 1918. Sus otros hermanos, mis tíos, vivían aquí desde hacía años y lo habían invitado a que se uniera a ellos, como socio, en el manejo de Hermanos Benacerraf, una compañía de comercio que era propiedad de la familia. Durante unos años vivieron todos juntos, con sus esposas, en una casa entre las esquinas de Puente Yánez y Tracabordo, en el centro, hasta que un día mis tíos decidieron irse a París y dejaron a papá encargado del negocio. Luego, en el verano del 39, vinieron de visita para vernos y revisar cuentas, pero apenas unas semanas después de su llegada, a comienzos de septiembre de ese mismo año, explotó la Segunda Guerra y no les quedó otra opción que quedarse un tiempo en Venezuela. Cuando terminó la guerra, en el 45, se volvieron a ir. Nosotros nos quedamos.

–¿Por qué?

–Porque papá era muy venezolano y no se iba a ir de aquí. De modo que mis hermanos Moisés, el mayor, y Enrique, el menor, y yo, crecimos en Caracas… ¿Tú sabes que yo tuve un primo que se ganó el Nobel de Medicina?

–¿Un primo, primo? ¿Venezolano?

–Esa es la cosa. Baruj Benacerraf, premio Nobel de Medicina 1980, nació en Caracas en 1920 y vivió aquí hasta que sus padres se fueron para Francia. Luego volvió, como todos, en el 39, que fue cuando yo lo conocí, pero más tarde decidió irse para los Estados Unidos, donde estudió e hizo su vida. Cuando ganó el Nobel lo invitaron a Caracas. Miguel Otero Silva, que era mi amigo, me llamó: “Mira, voy a mandar a unos reporteros a recibir a tu primo el Nobel en el aeropuerto. Le voy a dar una página completa en El Nacional”. Pero resulta que cuando Baruj llegó a Maiquetía y lo entrevistaron, lo primero que dijo fue que él había nacido en Venezuela “por accidente”. Los periodistas se quedaron fríos. Después, cuando se enteró de que la comunidad judía quería hacerle un homenaje, dijo que él no creía en Dios. Viendo aquello le recomendamos que lo mejor era que no hablara más. (Se ríe). Baruj era inteligentísimo. Y también lo es Paul, su hermano, que fue decano de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Princeton.

–¿En su familia se fomentaba la búsqueda de una profesión propia, el desarrollo personal?

–No tanto. De hecho, mi tío no estaba de acuerdo con que Baruj estudiara Medicina. Quería que se dedicara al comercio, que siguiera la tradición familiar. Pero Baruj lo engañó y le dijo que se iba para Nueva York a estudiar Business Administration, y estando allá se zafó.

–¿Y usted?

–¿Yo?

–Sí, usted. ¿Tuvo libertad para hacer lo que quería?

–Bueno… (Calla). Yo recuerdo mucho la casa donde transcurrieron mi infancia y mi juventud. “La casa de los tres patios” la llamo yo, que quedaba de Miseria a Pinto 129. El primer patio era el lugar al que daban las habitaciones y el tercero era un corral, pero el mío era el segundo, donde había una mesita a la que yo me iba a escribir y a estar sola, siendo ya una muchacha de universidad. Era lo que me gustaba en aquel tiempo: la escritura. Y mis padres no me comprendían. Eran maravillosos, ambos, mamá una mujer muy dulce, pero no había comunicación alguna entre ellos y ese mundo mío. Mi otro sitio preferido era la cocina, que era como un cascarón donde lo principal era la presencia de Angelina, la cocinera, a quien recuerdo un día llorando a mares por la muerte de Carlos Gardel, a quien amaba. (Se ríe). Yo escribía con sentimiento de culpa. Tenía la sensación de que cometía un pecado. (Calla). Yo debo haber hecho sufrir mucho a mis padres. (Calla).

–¿Por qué?

–Porque sé que ellos hubieran preferido que yo viviera según otros parámetros.

–¿Según cuáles parámetros?

–Que me casara al terminar el bachillerato, que tuviera hijos y siguiera la rutina. Y ya en el bachillerato yo empecé a ser un bicho raro. (Se ríe). Comencé a interesarme por la literatura, por el teatro. Mi papá murió muy pronto y no tuvo tiempo de ver ni siquiera mi película sobre Reverón, pero mamá estuvo en el Festival de Cannes conmigo cuando me dieron el Premio de la Crítica por Araya y eso la hizo feliz, pero hubiera sido más feliz si mi vida hubiese sido distinta desde un principio.

–¿Y alguna vez habló de eso con ella?

–No, no. Había un cariño tremendo entre nosotras, pero nunca hablamos de eso. Yo encuentro que una de las cosas más bellas de hoy en día es que hay una relación más estrecha entre padres e hijos, me parece. Baruj fue una de las pocas personas que trataron de ayudarme. Estando al tanto de mis intereses, le dijo a mi padre que me mandara a estudiar en un colegio en los Estados Unidos, pero papá no quiso.

–Era conservador su padre.

–No sé. Papá tenía fama de haber sido enamoradizo y parrandero durante su juventud, y era un hombre de buen humor, pero como cabeza de familia se ajustó a la costumbre de la vida venezolana de la época, según la cual el lugar de la mujer era el hogar. En eso también influía su origen sefardí. Mamá tenía las virtudes que exigía ese mundo y hacía todo sinceramente y con un gran talento.

–¿Usted se recrimina por no haber encajado en ese molde?

–No. A fin de cuentas, en ese momento hice lo que sentía que tenía que hacer. Y es mi vida. Además, ellos nunca me reclamaron nada.

–Pero usted sí se lo reclamaba a sí misma.

–Yo era muy sensible a todo. (Piensa). Aún lo soy. Por ejemplo, a mí me enferman los días grises. Yo soy muy solar, me gusta la luz. No sé cómo sobreviví a tantos inviernos en Europa.

Por Notre-Dame, regazo del alma, por Diego Arroyo Gil

LAS COMPARACIONES SON ODIOSAS. Cuando se trata de comparar obras de arte de incalculable valor para el mundo, además son estériles. Pero aunque solo sea para tratar de esclarecer un poco más lo que significa el incendio de la Catedral de Notre-Dame, es como si de pronto se perdiera, por efecto de un ácido o del mismo fuego, un pedazo de la Gioconda, o como si un cataclismo imposible hiciera que desaparecieran para siempre, sin posibilidad alguna de recuperación, cuarenta páginas del Quijote o de Hamlet. Estoy extremando el asunto, se comprende… ¿Qué nos ha sido arrebatado en la tragedia de Notre-Dame? Las llamas han devorado partes enteras de uno de los templos más importantes, no solo de la cristiandad, que ya es mucho decir, sino, en general, del espíritu humano. Recuerdo a Mandelstam, el poeta ruso: “Construir significa conquistar el vacío, hipnotizar el espacio. La bella flecha del campanario gótico está furiosa porque su función es apuñalar el cielo, reprocharle su vacío”. Hoy una de esas flechas se ha derrumbado en París. Verla venirse abajo, en una de las escenas más dramáticas y tristes jamás imaginadas, ha sido ver colapsar por un momento el alma entera de Occidente y quedarnos todos sus hijos expuestos, sin aviso, a una inmensidad aterradoramente abierta, sin una mediación que durante mucho tiempo nos había ayudado –nos diéramos o no cuenta de ello– a comerciar con lo invisible sin que lo invisible nos destruyera con su rayo. ¿No es para eso para lo que, entre otras cosas, existe el arte, para que podamos transar con una realidad que, descarnada hasta lo insoportable, nos liquidaría? En ese sentido Notre-Dame era –y estoy seguro de que lo seguirá siendo en lo sucesivo, pese a todo– un lugar excepcional de caluroso resguardo. Bastaba entrar allí para sentir de inmediato, con esa gratuidad que a veces avergüenza al que la recibe, que algo se ajustaba en el cuerpo y lo ennoblecía. Te descubrías acogido, de milagro, en un regazo inmemorial. Era la Virgen, claro, Nuestra Señora, pero también era la Belleza, esa dama entre las damas por la que hace ya tanto se lanzaron, como nos cuentan los clásicos, mil barcos al mar. Una dama, en este caso, llegada a tierra, e incomparablemente bien vestida y bienamada. Con los años quedarán las crónicas de este tiempo lejano en que una diosa de París, de Europa y del mundo estuvo a punto de ser reducida a cenizas. No tengo ninguna duda de que para entonces la flecha estará allí de nuevo conjurando el vacío.

#EstoNoEsNormal | El apagón, la mente y yo, por Diego Arroyo Gil

PREPÁRATE, QUE DENTRO DE POCO va a empezar a oler. ¿Qué? Bueno, la comida que se descompone, la que compraste antier y resiste cada vez menos la falta de electricidad que tiene muerta a la nevera. No había pensado en eso, y es tan obvio. Y también van a oler los baños, porque se te acaba el agua y no vas a poder vaciar la poceta llena de orine y de mierda. Qué horror. Sí, pero la amenaza estaba, ¿o ya se te olvidó? El innombrable juró en público que un día se bañarían en El Guaire, solo que nunca se imaginaron, porque no son tan cerdos, que se refería a que se bañarían en El Guaire dentro de su propia casa. Coño, cállate. Es la verdad. Sí, puede que sea verdad, pero no te adelantes, que me da miedo. Miedo y arrechera. ¿Cómo estarán los de Derwick? ¿Los de Derwick? Ja. ¿Cómo van a estar? En Madrid, en Miami, en Estambul, bañándose en vino, en ginebra, en champaña… Mira, huele, ¿no te llega el tufo? No, ¿de dónde? Mijo, huele. ¡Verga, si soy yo! ¿Será que me lavo? Si te vas a lavar, apúrate, que son las seis y ya se está poniendo oscuro. Ahí en el baño queda un tobo de agua, no lo malgastes. No hace falta que lo digas, yo sé. Por si acaso. [Se lava]. Ya me lavé, ahora voy a prender la vela. ¿Y tú no tienes hambre? Normal, pero me da de todo abrir la nevera. En el mesón hay un mango, y en el estante de arriba, a la izquierda, hay unas galletas de soda. Me provoca una arepa. ¿Y cómo la vas a hacer, si la cocina es eléctrica? Cierto, uno no se acostumbra. [Se come el mango]. ¿Te acuerdas de que Bolívar no comió mango? ¿Ah? Así te contó Fulano, que el mango llegó aquí con Guzmán Blanco, por lo cual es casi imposible que Bolívar haya comido mango, y que si Bolívar hubiera comido mango a lo mejor no se le hubiera ocurrido hacer la Independencia. ¿Por qué me traes esas cosas justo ahora? Bueno, acuéstate, pero antes cierra las ventanas, que vives en el piso uno y en medio de la oscurana cualquiera salta el muro y se mete. [Cierra las ventanas y se acuesta]. Cómo estarán en los hospitales. [Silencio]. Me he dado cuenta de que tú nunca rezas, sería bueno que reconsideraras creer en Dios. [Silencio].

 

@diegoarroyogil