Diego Arroyo Gil, autor en Runrun

Diego Arroyo Gil

Fiesta iberoamericana por la poesía de Yolanda Pantin

@diegoarroyogil

 

Uno de los lectores más entusiastas de la poesía de Yolanda Pantin, el también poeta Samuel González-Seijas, ha dicho de su obra que “parece trasladarse de la historia personal y doméstica, a una zona más impersonal, donde se desdibujan los contornos de la crónica particular de una persona y sus límites comienzan a fusionarse con las imágenes más primordiales de la vida colectiva, con sus fuerzas y tonalidades, con sus ritmos”. Es, quizá, de los apuntes más hermosos que puedan hacerse sobre la obra de un escritor, de una escritora en este caso: que su trabajo ha logrado rozar el mito.

El comentario viene a cuento siempre, pero hoy en especial puesto que Yolanda Pantin, nacida en Caracas en 1954, acaba de obtener el Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca, un galardón literario de mucho prestigio en la lengua española, instaurado en 2004 por el Ayuntamiento de Granada y el cual es otorgado por segunda ocasión a un poeta venezolano. El primero fue Rafael Cadenas, en 2015.

Es una fiesta para la cultura, la iberoamericana en todo su alcance, pero sobre todo para la de Venezuela, un país que, como no es un secreto para nadie, atraviesa una zona oscura desde hace demasiado tiempo, pero en el que la voz de los poetas, el hilo de la voz, no ha dejado un segundo de abrir claros para los hallazgos de la interioridad, del alma, vamos. Lo dijo Hölderlin hace siglos y se sabe: “Lo que permanece lo fundan los poetas”, y he aquí una poeta, Yolanda Pantin, que ha hecho y hace lo propio entre nosotros, por lo demás, con una discreción continua y entrañable. Mayor alegría ha sido ver en los periódicos de España, ilustrando la noticia del García Lorca, fotografías en las que Yolanda aparece sonriente como suele estarlo dondequiera que sea. Es la piedad, digamos así, que acompaña desde dentro la sobriedad y la seriedad de su obra. Una obra que, como indica González-Seijas, “señala dónde se abrió la herida”.

La poeta Jacqueline Goldberg se une a la celebración: “Con sus muchos premios e invitaciones a festivales alrededor del mundo, sus muchos libros, su peso en nosotros, Yolanda Pantin es una de las personas más sencillas, accesibles y cálidas que conozco. La suya ha sido una poesía de aliento sostenido, siempre inquieta, anhelante, curiosa, de gran plasticidad. Admiro su capacidad de gustar a todo público, incluso muy joven, y de convocar a la vez un lenguaje hermético, comedido, de sequedades. Pienso, de pronto, en qué poeta venezolano merecería el Premio Federico García Lorca y, que me perdonen amigos y buenos poetas, no se me ocurre nadie más que Yolanda”.

Autora, entre otros libros de poesía, de Casa o lobo, Correo del corazón, El cielo de París, Los bajos sentimientos, La quietud, El hueso pélvico, La épica del padre, País, 21 caballos, Bellas ficciones o Lo que hace el tiempo, a finales de los años setenta Yolanda Pantin asistió al taller Calicanto, de Antonia Palacios, y, a comienzos de los ochenta, fundó y formó parte del grupo Tráfico junto con Armando Rojas Guardia, Igor Barreto, Alberto y Miguel Márquez y Rafael Castillo Zapata. Dice este último: “Desde que conocí a Yolanda en las reuniones de Calicanto, donde surgió la semilla rebelde de Tráfico, sentí y presentí en ella a la poeta, más allá de sus poemas, en su mirada, en su sonrisa, en su perplejidad asombrada, en su manera de escuchar, en su parquedad. Esa actitud, esa presencia, esa manera de estar, se corresponden perfectamente con la naturaleza de su poesía, introspectiva, reflexiva, reticente, oscuramente luminosa, desde Casa o lobo hasta sus más recientes poemas”.

Son características que hacen de la obra de Yolanda Pantin un bien que transmite su vigor y su vigencia, como sugería Jacqueline Goldberg, a las nuevas generaciones. Alejandro Sebastiani Verlezza, un poeta venezolano nacido en 1982 cuyo libro Los hilos subterráneos ha sido recién publicado por Eclepsidra, una editorial a la cual también pertenece Pantin, expresa: “La poesía de Yolanda ha contribuido a darle una dimensión más profunda a la palabra país. Esta palabra, en ella, más allá de unas coordenadas geográficas y políticas, me remite al lugar de las fidelidades, los afectos y las imágenes más entrañables. Lejos de todo sentimentalismo, Yolanda sabe volver a los mundos más personales: la casa, los álbumes familiares, los viajes, los amigos, las lecciones amargas, los poetas leídos. Todo, todo habla para ella y resuena en su voz, presto a pasar al otro lado, allí donde ‘lo que hace el tiempo’ bien sabe obrar”.

Ricardo Ramírez Requena, director de La Poeteca –un espacio dedicado, desde su sede en Caracas, a la promoción de la poesía– suma esta frase: “Yolanda Pantin es una de las voces de la conciencia venezolana”, y asimismo recuerda que su obra ocupa un lugar en el ámbito literario español sobre todo gracias al sello Pre-Textos, de Manuel Borrás, uno de los editores más finos y acertados de Iberoamérica, no en vano gracias a quien, en buena medida, Louise Glück, la Premio Nobel 2020, está publicada en castellano. Borrás, quien en 2011 lanzó una antología de Yolanda Pantin en España –País se titula–, es uno de los mejores amigos de nuestra literatura en Europa. Hoy estará feliz, de eso no hay duda. El Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca ha reconocido una obra que pertenece, no solo a nosotros, sino a toda la lengua española.

Rafael Cadenas sobre sus 90 años: “Es un regalo de la naturaleza, pero me asusta un poco pensar en el tiempo”
El país celebra los 90 años de Rafael Cadenas (Barquisimeto, 1930), autor de una de las obras literarias más sólidas del mundo iberoamericano, reconocida en 2018 con el Premio Reina Sofía de Poesía

@diegoarroyogil / Fotografía: Lisbeth Salas

 

Queríamos entrevistarlo en persona, pero la cuarentena lo impidió. Tuvimos esta idea: enviarle una serie de preguntas para que él las contestara por escrito, y, como siempre, llano y generoso como es, accedió. El puente fue su nieta, Andrea, quien se encargó de transcribir las respuestas manuscritas de su abuelo, que hoy cumple 90 años. Es Rafael Cadenas, como le dicen, el poeta mayor de Venezuela, desde luego no por su edad sino por él, por su obra inmensa, por su presencia como reguladora, transformadora entre nosotros. Hace un tiempo otro gran poeta nuestro, Guillermo Sucre, al ser consultado por el periodista Hugo Prieto sobre cuál era el legado de su generación, dijo: “El legado de mi generación se llama Rafael Cadenas”. No es poca cosa. Es el reconocimiento de un don del arte y de la palabra, de un bien moral o del espíritu, de una entereza ciudadana, de una manera de estar sin herir, acompañando, con palabras que reconcilian; en fin, todo lo que es Cadenas. Nacido en Barquisimeto el 8 de abril de 1930, tiene fama de hombre callado, pero es un conversador estupendo. Más que callado se trata en su caso, me parece, de eso que él mismo escribió sobre Rainer María Rilke:

 

Aunque irresistible en verdad

–dicen–

era el silencio que te circundaba

como otro aire.

 

–Cumple 90 años. ¿Significa eso algo para usted?

–Es un regalo de la naturaleza que agradezco mucho y todavía no sé qué voy a hacer con él, pero me asusta un poco pensar en el tiempo.

–¿Qué hay en el Rafael Cadenas de hoy del Rafael Cadenas de su niñez?

–Hoy trato de ver todo con frescura contemplativamente. De niño pasaba horas montado en los techos de tejas, acostado mirando las nubes, las otras casas, los árboles, vacío sin proponérmelo y lleno de lo que veía. Eso que sugieren algunos pensadores. En mi infancia jugué mucho de todo. Me encantaba subir a los árboles, y ya un poco mayor viajé mucho con mi padre por los pueblos de Lara. Otra influencia fue la de mi abuelo materno al que hoy llamo maestro zen porque me enseñaba a estar alerta, algo que aprendió en la guerra.

–¿En qué ha cambiado usted con el tiempo?

–Pasé muchos años políticamente activo. La dictadura de Delgado Chalbaud me expulsó de Lara, terminé el bachillerato en Valencia junto con Manuel Caballero. Después la de Pérez Jiménez me tuvo como cinco meses preso y me exiló a Trinidad, donde pasé cuatro años. Luego, en Venezuela, cuando se supo lo que en realidad fue el régimen comunista pude liberarme de esa atadura engañosa. Cuesta pensar que aún hay en el mundo personas que creen en eso. Algunos de los regímenes comunistas que todavía quedan son dinastías. Putin quiere rehacer el imperio zarista. Intelectuales europeos siguen estancados en los mismos temas del siglo XX: que si la izquierda, que si la derecha y la ultraderecha, que si el socialismo. Hasta cuándo. No se aprende. Desde hace 40 años, a partir de una crisis, leo pensadores para quienes la filosofía es más bien un camino a la sabiduría.

–¿Qué es para usted vivir?

–Ahora, siguiendo a mis mentores, valoro mucho la vida cotidiana, no creo que exista otra, pero además pienso que no hay nada insignificante. Una piedra es importante. No establezco diferencias. Walt Whitman dice: “no conozco nada que no sea milagro”. Eso resume lo que trato de decir. Pienso que la naturaleza lo hace todo, desde una brizna hasta un vehículo espacial. Hay una inteligencia superior a la nuestra puesto que nos ha hecho. Un científico puede fabricar una computadora, pero no una pequeña mata, un árbol, una flor, todo eso lo hace la tierra. Voy a escribir sobre todo esto. Lástima que no lo supe cuando tenía 20 o 30 años.

–¿Qué es para usted la poesía?

–Como la vida, está vinculada a todo lo anterior. La encuentro en la mañana cuando llevo sol, rayos de nuestra estrella, o veo a la gata a mi lado o azulejos en la ventana, o bellas mujeres en el automercado, o niños de tres o cuatro años que siempre me conmueven sobre todo cuando me miran o sonríen o me saludan. La poesía como escritura tiene que ver con el intelecto en el sentido antiguo de esta palabra, como traducción de nous, que tiene muchos significados, pero me gusta el de espíritu. Imagínate que el libro de términos griegos en filosofía le dedica dos páginas. Al cabo llegamos a lo que dicen los poetas: la poesía es indefinible como la existencia misma.

–De no haber sido profesor y poeta, ¿hay algún otro oficio al que le hubiera gustado dedicarse?

–Al de dibujante. Estuve en la Escuela de Arte de Barquisimeto. Allí fue mi primer contacto con los dioses griegos, y quien corregía los dibujos que hacíamos era Rafael Monasterios, pero me di cuenta de que no tenía condiciones para ello.

–Un escritor o un poeta sin el cual usted considere inconcebible su propia vida.

–Esa es una pregunta imposible para mí, pero sirve para percatarme de que durante años predominó el número más que el ahondar en las lecturas. Comencé a leer más seriamente a mi regreso de Trinidad, en 1956, pero tampoco me apruebo en ese período. Después de los 30 y tantos años mejoré como lector. De algo sí estoy seguro: me cautivan sobremanera las palabras, aunque distan mucho de la realidad. Esto se lo debo a la lectura de los grandes prosistas de nuestro idioma. La literatura que he frecuentado más asiduamente ha sido la española, desde Cervantes hasta hoy. Tuve que estudiar mucho cuando di clases en la Escuela de Letras.

–Un consejo para los jóvenes.

–A los jóvenes, que estudien nuestro idioma, pues está empobreciéndose mucho me dicen personas que están en contacto con ellos. Les recomiendo un libro que se titula Aprender a vivir, de Luc Ferry.

–Un mensaje para los venezolanos en medio de lo que estamos viviendo.

–A los adultos, que con ocasión de este encierro inesperado, lean bastante a buenos autores, sobre todo aquellos que sean tonificantes. (No me lean a mí). Canto a mí mismo, de Walt Whitman, Los libros en mi vida, de Henry Miller, los Ensayos de Montaigne, La ciudadela interior, de Pierre Hadot, Filosofía y mística, de Salvador Pániker y los libros de Fernando Savater son muy recomendables en estos días. En este momento le ha aparecido un enemigo invisible al mundo y aquí los venezolanos, además de cuidarse, deben pasar lo político a un segundo plano.

–Finalmente, la pregunta de Hölderlin: ¿para qué poetas en tiempos de penuria?

–Hölderlin conocía la indigencia (prefiero esta palabra a penuria) que afectaba al mundo y a eso contrapone la poesía, que según él vuelve sagrado todo. Esa palabra que a veces traducen como santo, lo cual me parece un error, porque él era religioso pero pagano. Lo divino estaba representado en él por los dioses griegos: “la luz, el éter, el mar, siguen dirigiéndose a los mortales en demanda de devoción”, dice José Miguel Mínguez en el prólogo de su traducción a Hölderin, y el no encontrarse respuesta, digo, es parte principal de esa indigencia.

“Cuanto he tomado por victoria es sólo humo”. Con estas fotos y estos poemas celebramos los 90 años de Rafael Cadenas
Esta es una breve selección de poemas suyos que hemos hecho en Runrun.es para celebrar los 90 años de Cadenas  

@diegoarroyogil

Fotografías: Lisbeth Salas, para el libro Rostro y decires, de su autoría, publicado por La cámara escrita: https://issuu.com/labtipccs/docs/rostros_y_decires

Rafael Cadenas (Barquisimeto, 1930) es autor de una obra ampliamente reconocida en el mundo iberoamericano que además ha llegado, gracias a traducciones, a países de habla no hispana sobre todo de Europa. Sus primeros poemas conocidos fueron publicados en 1946, con el título de “Cantos iniciales”, en el Papel Literario de El Nacional, un diario donde por cierto Cadenas trabajó, durante su juventud, como corrector de pruebas de la fuente deportiva. (Beisbolero nato, es hasta hoy en día aficionado de los Cardenales de Lara).

Tras haber sido exilado en Trinidad y Tobago por la dictadura de Marcos Pérez Jiménez –ello debido a su participación en una huelga universitaria en 1952–, de regreso en Venezuela Cadenas escribió Una isla, un poemario que sin embargo no fue publicado hasta la década de los años 90. Más tarde, en 1960, publicó Los cuadernos del destierro, un libro al que siguieron Falsas maniobras, en el 66; Intemperie y Memorial, ambos en el 77; Amante, en el 83; Gestiones, en el 92; Sobre abierto, en 2012 y, finalmente, por lo pronto, En torno a Basho y otros asuntos, en 2016.

La mayoría de estos libros, más los de prosa, están recogidos en su Obra entera, originalmente publicada por el Fondo de Cultura Económica de México el año 2000, y luego, ampliada, por la editorial Pre-Textos, España, en 2007. Rafael Cadenas ha recibido, entre otros, el Premio Nacional de Literatura de Venezuela, en 1985; el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances, en 2009, y el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, en 2018. De este último suele decirse que es el “Nobel” de la poesía en español. Además de escritor y poeta, Cadenas se desempeñó durante varias décadas como profesor de la Escuela de Letras de la UCV, una universidad que lo reconoce –como la de los Andes, la Lisandro Alvarado y la Simón Bolívar– como Doctor Honoris Causa.

Sirva de preámbulo a esta breve selección de poemas suyos que hemos hecho en Runrun.es para celebrar los 90 años de Cadenas una frase suya de Anotaciones, uno de sus libros de prosa. Dice: “La poesía puede acompañar al hombre, que está más solo que nunca, pero no para consolarlo sino para hacerlo más verdadero”. O esta pregunta, también de Anotaciones, en el fondo de la cual hay, más que una duda, una afirmación: “¿Qué se espera de la poesía sino que haga más vivo el vivir?”.

10 poemas de Rafael Cadenas

Del libro Una isla (alrededor de 1956-58)

You

Tú apareces,

tú te desnudas,

tú entras en la luz,

tú despiertas los colores,

tú coronas las aguas,

tú comienzas a recorrer el tiempo como un licor,

tú rematas la más cegadora de las orillas,

tú predices si el mundo seguirá o va a caer,

tú conjuras la tierra para que acompase su ritmo

a tu lentitud de lava,

tú reinas en el centro de esta conflagración

y del primero

al séptimo día

tu cuerpo es un arrogante

palacio

donde vive

el

temblor.

 

Del libro Los cuadernos del destierro (1960)

Yo pertenecía a un pueblo de grandes comedores de serpientes, sensuales, vehementes, silenciosos y aptos para enloquecer de amor. Pero mi raza era de distinto linaje. Escrito está y lo saben –o lo suponen– quienes se ocupan en leer signos no expresamente manifestados que su austeridad tenía carácter proverbial. Era dable advertirla, hurgando un poco la historia de los derrumbes humanos, en los portones de sus casas, en sus trajes, en sus vocablos. De ella me viene el gusto por las alcobas sombrías, las puertas a medio cerrar, los muebles primorosamente labrados, los sótanos guarnecidos, las cuevas fatigantes, los naipes donde el rostro de un rey como en exilio se fastidia.

Mis antepasados no habían danzado jamás a la luz de la luna, eran incapaces de leer las señales de las aves en el cielo como oscuros mandamientos de exterminio, desconocían el valor de los eximios fastos terrenales, eran inermes ante las maldiciones e ineptos para comprender las magnas ceremonias que las crónicas de mi pueblo registran con minucia, en rudo pero vigoroso estilo.

¡Ah! Yo descendía de bárbaros que habían robado de naciones adyacentes cierto pulimento de modos, pero mi suerte estaba decidida por sacerdotes semisalvajes que pronosticaban, ataviados de túnicas bermejas, desde unas rocas asombradas por gigantes palmeras.

Pero ellos –mis antepasados– si estaban aherrojados por rigideces inmemoriales en punto a espíritu, eran elásticos, raudos y seguros de cuerpo.

Yo no heredé sus virtudes.

Soy desmañado, camino lentamente y balanceándome por los hombros y adelantando, no torpe, mas sí con moroso movimiento un pie, después otro; la silenciosa locura me guarda de la molicie manteniéndome alerta como el soldado fiel a quien encomiendan la custodia de su destacamento, y como un matiz, sobrevivo en la indecisión.

Sin embargo, creía estar signado para altas empresas que con el tiempo me derribarían.

 

Del libro Falsas maniobras (1966)

 

Fracaso

 

Cuanto he tomado por victoria es sólo humo.

 

Fracaso, lenguaje del fondo, pista de otro espacio más exigente,

difícil de entreleer es tu letra.

 

Cuando ponías tu marca en mi frente, jamás pensé en el mensaje

que traías, más precioso que todos los triunfos.

Tu llameante rostro me ha perseguido y yo no supe que era para

salvarme.

Por mi bien me has relegado a los rincones, me negaste fáciles

éxitos, me has quitado salidas.

Era a mí a quien querías defender no otorgándome brillo.

De puro amor por mí has manejado el vacío que tantas noches

me ha hecho hablar afiebrado a una ausente.

Por protegerme cediste el paso a otros, has hecho que una mujer

prefiera a alguien más resuelto, me desplazaste de oficios suicidas.

 

Tú siempre has venido al quite.

 

Sí, tu cuerpo llagado, escupido, odioso, me ha recibido en mi más

pura forma para entregarme a la nitidez del desierto.

Por locura te maldije, te he maltratado, blasfemé contra ti.

 

Tú no existes.

Has sido inventado por la delirante soberbia.

¡Cuánto te debo!

Me levantaste a un nuevo rango limpiándome con una esponja

áspera, lanzándome a mi verdadero campo de batalla,

cediéndome las armas que el triunfo abandona.

Me has conducido de la mano a la única agua me refleja.

Por ti yo no conozco la angustia de representar un papel,

mantenerme a la fuerza en un escalón, trepar con esfuerzos propios,

reñir por jerarquías, inflarme hasta reventar.

Me has hecho humilde, silencioso y rebelde.

Yo no te canto por lo que eres, sino por lo que no me has dejado ser. Por no darme otra vida. Por haberme ceñido.

 

Me has brindado sólo desnudez.

 

Cierto que me enseñaste con dureza ¡y tú mismo traías el cauterio!,

pero también me diste la alegría de no temerte.

 

Gracias por quitarme espesor a cambio de una letra gruesa.

Gracias a ti, que me has privado de hinchazones.

Gracias por la riqueza a que me has obligado.

Gracias por construir con barro mi morada.

Gracias por apartarme.

Gracias.

 

 

Del libro Intemperie (1977)

 

Es recio haber sido,

sin saberlo, un jugador,

y encontrarse

tocando

como una carta

el destino.

 

Ya no hay más jugadas sino un ponerse

en manos desconocidas.

 

Ars poética

 

Que cada palabra lleve lo que dice.

Que sea como el temblor que la sostiene.

Que se mantenga como un latido.

 

No he de proferir adornada falsedad ni poner tinta dudosa ni

añadir brillos a lo que es.

Esto me obliga a oírme. Pero estamos aquí para decir verdad.

Seamos reales.

Quiero exactitudes aterradoras.

Tiemblo cuando creo que me falsifico. Debo llevar en peso mis

palabras. Me poseen tanto como yo a ellas.

 

Si no veo bien, dime tú, tú que me conoces, mi mentira, señálame

la impostura, restriégame la estafa. Te lo agradeceré, en serio.

Enloquezco por corresponderme.

Sé mi ojo, espérame en la noche y divísame, escrútame, sacúdeme.

 

Del libro Memorial (1977)

 

Deseo

Asciende por mi cuerpo como otra sangre

más cálida

que en mi boca se muda,

se vuelve lo que no es

y se extingue

como un rumor más de la noche.

Río

Que repite nombres.

 

*

 

Sigo la ilación

extraña

de la vida.

 

Llama que vuelve novedad

lo que toca.

Como mano de niño.

 

Del libro Amante (1983)

No sé quién es

el que ama

o el que escribe

o el que observa.

A veces

entre ellos

se establece, al borde,

un comercio extraño

que los hace indistinguibles.

Conversación

de sombras

que se intercambian.

Cuchichean,

riñen,

se reconcilian,

y cuando cesa el murmullo

se juntan,

se vacían,

se apagan.

Entonces toda afirmación

termina.

Tal vez

al más pobre

le esté destinado

el don excelente: permitir.

 

Del libro Gestiones (1992)

 

He vivido

cediendo terreno

hasta quedarme con el necesario

–un área invicta,

de nadie,

que un desconocido reclama.

 

 

Del libro Sobre abierto (2012)

 

La búsqueda

 

Nunca encontramos el Grial.

Los relatos no eran verídicos.

Sólo la fatiga de los caminos acompañó

a los que se aventuraron,

pero se esperaban historias,

¿qué sería nuestro vivir

sin ellas?

 

Nada se resolvió,

hubiéramos podido quedarnos en casa.

Es que somos tan inquietos.

Sin embargo, concluido el viaje

sentimos que en nosotros

–ya no rehenes

de la esperanza–

había nacido

otro temple.

La importancia de una pausa, por Diego Arroyo Gil

@diegoarroyogil 

Cuenta Petrarca, gran poeta italiano del siglo catorce, que un día, motivado por un espíritu curioso que era propio de su carácter, emprendió una excursión a una montaña que quedaba cerca de donde él vivía, en Provenza. Mont Ventoux se llama, o “Monte Ventoso”, pues es un sitio donde se supone que corre mucho aire. Para allá se fue Petrarca con su hermano y unos criados, dice, “tan solo impulsado por el deseo de ver un lugar célebre por su altura”. Era abril de 1336. El poeta contaba 32 años y estaba en camino de convertirse en uno de los humanistas más importantes de la historia y, para muchos, en uno de los tempranos padres del Renacimiento.

Las incidencias del viaje están recogidas en una carta que Petrarca le escribió a su amigo Dionigi da Borgo Sansepolcro, un monje agustiniano que le servía de confesor. Son incidencias simpáticas; la mayoría, circunstanciales.

Hay una de ellas, sin embargo, que ha convertido esa carta en un testimonio de un valor incalculable para el decurso de la cultura y de la relación del hombre consigo mismo, con la vida, etcétera. Como suele ocurrir con los poetas, se trata de un hecho que, en apariencia azaroso, se convierte en una revelación, en un giro de tuerca para el pensamiento.

Ascendían el monte, cuenta Petrarca, haciendo un esfuerzo supremo –sobre todo él, pues su hermano y los criados eran más resueltos e iban adelante– hasta el punto de que la dificultad le hizo pensar en que lo mismo que aquella ruta montañosa era la ruta del alma. Se dijo a sí mismo: “Igual que te ha ocurrido hoy en la subida de este monte, te ocurre a ti como a tantos en el camino de la vida bienaventurada. La vida que llamamos bienaventurada la encontramos en un lugar alto, y angosta es la senda”.

Así reflexionaba el teólogo que había en él. Buscaba otorgarle un sentido trascendente a una simple excursión a una montaña… Bien, por fin llegaron a la cima más alta y allí, en un pequeño llano, se echaron. Y Petrarca se dio a pensar en sus progresos, en sus imperfecciones, en la inestabilidad del obrar humano, en todo eso a lo que somos dados a pensar los hombres en medio de nuestras faenas.

“El sol ya declinaba y las sombras del monte se alargaban indicando que ya iba siendo hora de volver” cuando, en un gesto súbito pero sin intención secreta, Petrarca sacó de su bolso un libro que había llevado por si tenía la ocasión de leer algo en el camino. Su hermano, que estaba su lado, se puso atento para escuchar, mientras Petrarca abría el libro en una página cualquiera. Y Petrarca leyó: “Se van los hombres a contemplar las cumbres de las montañas, las grandes mareas del mar y el ancho curso de los ríos, la inmensidad del océano y las órbitas de los planetas; y de sí mismos se olvidan”.

Era un fragmento de las Confesiones de San Agustín y, tras decirlo en voz alta, Petrarca guardó silencio. Se había quedado atónito e incluso se irritó. Pidió que nadie le hablara hasta descender del monte. Y mientras descendía, pensaba en la insensatez de los hombres, que los lleva a descuidar la parte más noble de sí mismos y a dispersarse “en especulaciones inútiles para buscar fuera lo que podrían encontrar dentro de sí”.

Recuerdo la primera vez que oí esta historia. Nos la contó, en la universidad, un profesor que estaba enamorado de la belleza y que nos invitó a leer, además de la carta a Dionigi da Borgo, también, juntamente, el Secretum y el Cancionero. Hablaba emocionado de Petrarca y nos transmitió, a muchos, esa emoción. Esa línea valiente, por ejemplo: “Yo sé que voy tras lo que abrasa”, o ese rezo descarnado: “Bendito sea el año, el mes, el día; el tiempo, la estación, la hora; el instante, el rincón y el lugar en donde por tus ojos fue prendida mi alma”. Todo eso, sí, era Petrarca y más, mucho más, pero no podíamos perder de vista el ascenso al Monte Ventoso. “El descenso”, precisaba el profesor. “Porque solo quien se entrega abre una ventana hacia el corazón”. Y aun insistía, con un ímpetu leonino muy convincente: “¡El corazón, carajo, el corazón!”.

En estos días de encierro he pensado, como todos, en muchas cosas, pero creo que ninguna me ha sido tan fértil como esta brevísima memoria que llega hasta Petrarca. En las redes sociales hay mucho empuje. La gente se da ánimo y es de agradecer, pero de pronto comienzas a sentir que es como si estuvieras escalando una montaña, una montaña sin fin, y que no puedes parar, vamos, arriba, vamos, cuando lo cierto es que el mundo está en una tregua y que no está mal si nosotros también lo estamos.

“Apresúrate lentamente”. Tal es una de las lecciones antiguas que recuperaron con mayor esmero precisamente los humanistas del Renacimiento. Festina lente es la locución latina y según Edgar Wind, un erudito del saber clásico, tiene que ver con que la madurez se alcanza si la velocidad y la lentitud están igualmente desarrolladas en nosotros como actitudes posibles, y entrecruzadas, ante lo que nos sucede. Es una paradoja, pero pensar en ella aviva la riqueza de nuestra imaginación.

Se me ha ocurrido que aquel día de 1336, tras llegar a la cima más alta del Monte Ventoso, Petrarca recuperó para todos, tumbado en un llano de un camino sembrado de ansiedades, la importancia de una pausa. O para decirlo como creo que lo diría mi profesor: la importancia de ser echado de pronto, en medio de todo, hacia uno mismo.

A 7 años de la muerte de Simón Alberto Consalvi: “Dichosos los tiempos en que, además de tabaco, había gramática”
El 11 de marzo de 2013, hoy hace siete años, murió Simón Alberto Consalvi. Diego Arroyo Gil, que además de trabajar con él escribió una biografía sobre el gran político, lo recuerda en este texto memorioso en el que Consalvi toma la palabra

 

@diegoarroyogil

 

Es domingo. Simón Alberto Consalvi está sentado en un sillón capitoné de cuero verde oscuro, en su casa, en el Alto Hatillo, en Caracas. Viste guayabera blanca y pantalones color beige. Tiene un Partagás encendido entre los dedos. A sus espaldas cuelgan de la pared al menos cuatro retratos de Juan Vicente Gómez pintados por su amigo Pedro León Zapata, que se los regaló y que en paz descanse. Desde que se inició en la política, a mediados de los años 40 del siglo pasado, Consalvi ha sido casi todo lo que puede aspirar a ser un hombre como él en Venezuela: diputado, embajador, ministro, canciller y presidente encargado de la República. Además, ha dirigido periódicos y revistas y fue el fundador de la Oficina Central de Información y de Monte Ávila Editores. Nacido en Santa Cruz de Mora, Mérida, en 1927, ha pasado a la historia como miembro de excepción de Acción Democrática –un partido del que se alejó durante la segunda presidencia de Carlos Andrés Pérez–, pero, sobre todo, como político ilustrado, cuando no como un intelectual prestado a la función pública. De presencia ininterrumpida en los medios de comunicación durante décadas, Consalvi sin embargo siempre ha estado rodeado de cierta aura de misterio, esto debido a que habla poco de sí mismo y a que se vale de agudezas para zafarse de cualquiera de intente precisarlo demasiado.

Lejos de buscar esclarecer tramas de la historia contemporánea de Venezuela de las que Consalvi fue testigo o protagonista, esta entrevista recrea un encuentro informal ya lejano con él. Para escribirla he echado mano de notas personales mías (trabajé con él durante seis años y luego escribí una biografía suya) y he sacado una que otra contestación de Contra el olvido, de Ramón Hernández, y de El enigma SAC, de María Teresa Romero, dos libros que bucean en la vida y la personalidad de este hombre inolvidable cuyo ingenio he querido reanimar en este breve texto que publico ahora, cuando se cumplen siete años de su muerte… pero como si Consalvi estuviera vivo…

–¿En esta casa no sirven café? –pregunta él en voz alta, ensayando seriedad, para que lo oigan en la cocina de su casa. Observa el puro–. La vitola de un cigarro es su figura. Así dice don Fernando Ortiz, y es verdad.
–¿Cuántos habanos se fuma al día?
–Nunca menos de dos. El primero, después del desayuno. El segundo, a media tarde, como ahora. Un día ya remoto encendí un tabaco en un hotel de Nueva York y sonaron las alarmas. Je, je –risa fresca pero de voz ronca, andina–. Buena vaina.
–¿Fue cuando vivía en esa ciudad?
–Era embajador de Venezuela en Naciones Unidas, sí. Años setenta, illo témpore.
–No ha olvidado del todo el latín que, según supe, estudió en el colegio.
–Casi todo. Una catástrofe.
–¿Para qué le serviría? Es una lengua muerta.
–A las mujeres las seducen las extravagancias –dice, pícaro.
–En muchas de sus fotos, incluso en las que le hicieron las veces en que fue ministro, aparece usted fumando: puros, cigarrillos, pipa. Antes se fumaba y no pasaba nada. Ahora se mira mal a los que fuman.
–Dichosos los tiempos en que, además de tabaco, había gramática.
–¿Tiene alguna manía cuando fuma?
–La manía soy yo –asoma una sonrisa irónica–, aunque todavía nadie ha escrito un libro que se llame “La importancia de llamarse Simón Alberto Consalvi”. No pierdo la esperanza.
–Se ve que es merecida la fama que tiene usted de ocurrente…
–Mi única ocurrencia es haber regado esa fama –se ríe.
Llega el café.
–Sírvase –ordena, con un usted que suele alternar con el tuteo.
Basta beber un sorbo. Café cerrero.
–Es extraño que siendo usted un diplomático se exprese sin dar muestras de engolamiento, con el perdón de sus colegas que sí lo hacen.
–Soy periodista. La vocación deforma –bromea–. De todos modos, me considero un hombre poco solemne. Mis dos únicas solemnidades son el chofer y los tabacos. Solamente trabajo para pagarme esos dos lujos que me salen caros.
–¿Por qué no maneja?
–Perdí el hábito. Como ministro uno se desacostumbra a tareas fundamentales de la vida porque le solucionan todo. No hay vía más eficaz para hacerse un inútil que ser ministro. Cuando uno deja el Gobierno tiene que volver a manejar, pero para volver a manejar hay que reaprender a manejar. Me sentí inseguro y preferí no hacerlo.
–¿No lo extraña?
–A veces, pero manejar en Caracas es muy agresivo y hay que tener una paciencia muy grande. Se pierde mucho tiempo y hay que ponerle demasiada atención. Mis amigos que manejan tienen que hacer grandes maniobras para resolver dónde estacionar. Tal vez en otras ciudades manejaría. Por ejemplo, en La Habana, donde casi no hay carros y las calles serían para mí solo.
–¿No es paradójico que un hombre que dirigió la política exterior de un país como Venezuela en momentos estelares de la democracia no sepa manejar?
–Manejo con la cabeza, para que no se me atrofie. Perder ese hábito sí sería una tragedia. El hecho de que tenga fama de hombre callado no significa que no piense. Me gusta el diálogo, pero a veces me callo.
–Es bien sabido que usted a veces no habla.
–Cosas de familia.
–O quizás una estrategia diplomática.
Consalvi le da una bocanada al habano. Tumba la colilla con el borde del cenicero.
–Una estrategia política, más bien –dice–. Descreo de los que hablan demasiado.
–Alguna vez usted también habrá hablado de más.
–Puede ser, sí. Puede ser. Pero me ha salvado el diablo. Le rezo a Maquiavelo.
–¿Se considera un hombre hábil, astuto?
–No soy astuto ni hábil. No paso de ser paciente.
–¿Por qué nunca se lanzó a la presidencia de la República?
–No tenía cuerpo para esa guerra. La insensatez, gracias a los dioses y a Baltasar Gracián, tiene sus límites.
–Pero pudo haber llegado al cargo.
–Lo que a mí más me movió fue el compromiso con el servicio público. No quise ser dirigente y estuve en cargos transitorios, pero nunca tuve la vocación de ser un líder político.
–Conoció usted a Fidel Castro.
–Mucho, mucho. Como diplomático contribuí con soluciones a ciertas crisis entre Cuba y Venezuela, con discreción, porque del ejercicio de esta virtud y de su comprensión parten las buenas relaciones permanentes entre los Estados. Ahora no podría saludar al comandante. Las listas protocolares han sido expurgadas, los actores son otros, tan novatos como arrogantes. La discreción ha muerto.
–Y Fidel también ha muerto.
–Es conveniente recordar ese corrido popular mexicano que dice: “Ya mataron a la perra, pero quedan los perritos”.
–En todo caso, de estar vivo Fidel, ¿le habría gustado saludarlo?
–Betancourt me jalaría las patas –larga risa.
–Está siendo esquivo.
–No es esquivez. Soy voluble cuando me siento inseguro y susceptible casi todo el tiempo. Pero, sobre todo, soy entusiasta de lo que hago y de lo que se me confía.
–¿Qué piensa de la situación que vive actualmente Venezuela?
–Que es demencial y que la irresponsabilidad ha sido muy grande, pero como no me gusta ser pesimista me excusaré con una frase de Mariano Picón-Salas según la cual “el pueblo venezolano siempre ha demostrado que es inteligente”.
–¿Siempre?
Consalvi suelta una carcajada pedregosa, rancia, como de buey.
–¡Coño! –dice–, no me joda tanto. ¿Usted no quiere un whisky? Ahí está. Sirva dos.

 

 

Boris Izaguirre: “He regresado del desierto y me he inventado una nueva piel”

@diegoarroyogil | Fotografías: Lisbeth Salas

 

Madrid a finales de febrero. Un viernes a comienzos de la tarde. Afuera, en la calle, hace frío. Aquí, no. Aquí está encendida la calefacción y se está cómodo. El techo es de doble altura y la luz que entra por un par de ventanales cercanos ilumina suavemente el recibidor. Al centro, el protagonista. Su saludo ha sido afectuoso como, en general, todo lo suyo. ¿Persona o personaje? ¿Él es así con todo el mundo o se trata, como en este caso, de que está delante de un periodista? Es todo tan natural que es difícil pensar que no sea así siempre. Es un pez en el agua de la simpatía, como si hubiera nacido contento o, mejor, encantado de la vida. Además, lo acompaña un aire de figura. Paulina Rubio dijo de él una vez que es todo un señor.

–¡El abrigo! Cuelga aquí el abrigo… ¡Ay, pero qué carita! Es que esta ciudad es muy loca, le hace muy bien a la gente.

–A ti te ha hecho muy bien, ¿no?

–¡¿Madrid?! Totalmente. ¡Totalmente! Estaba pensando, mientras te esperaba, que a mí me han dicho que yo soy un alma muy joven. Una vez una persona experta en eso de la reencarnación me dijo que yo he tenido una sola vida pasada. ¡Una sola! ¿No te parece divino? ¿Y sabes qué fui en esa sola, única vida pasada?

–¿Qué?

Boris Izaguirre respira como quien busca aire para un suspiro mientras cierra y abre los ojos. Exhala lento pero breve. Hace un gesto de picardía con la mirada y levanta un poco el hombro derecho. Responde:

–Un alga marina.

–¿Un alga marina?

–¡Sí! ¿No es divino? –Es una de sus palabras favoritas: divino–. Ser un alga y andar de mar en mar, de ola en ola.

De pronto, se pone serio. A voluntad.

–Bueno –dice–, y de esa vida pasada como alga marina reencarné en esta como Boris Izaguirre. ¡Ja, ja! Un salto espectacular… ¡Oh! Está pitando la tetera. ¿Quieres té con limón?

–Muchas gracias.

–¡Qué adorado!

En la cocina, dominada por un suelo aguamarina y un largo mesón blanco (lámpara, lentes de ver y de sol, flores, periódicos, revistas, un montón de correspondencia, el lavaplatos y el escurridor, las estufas), Boris prepara la infusión. A la suya le pone, además de una rodaja de limón, un poco de leche. Nada de azúcar.

–¿No te fastidia dar entrevistas?

–¡Para nada! Es como estar en el psiquiatra, con la diferencia de que ahora estoy yendo al psiquiatra de verdad, verdad… Toma, coge tu taza. ¿Vamos al salón?

Boris va de la cocina al salón de su casa, un apartamento en el muy bello y distinguido barrio de Salamanca. Fuera de la cocina, el suelo es de madera. Ruido de pasos. Como el resto de la residencia, el salón desprende una armonía que recuerda a las boutiques de diseño, pero, a diferencia de estas, aquí se nota que vive gente. Es decir, hay calor de hogar. Es el hogar de Boris y de su marido, Rubén Nogueira, que no en vano es escaparatista: forma parte del grupo encargado de hacer las vitrinas de las tiendas Mango alrededor del mundo. Boris se sienta en un sofá de tres puestos. Está impoluto: bluyín oscuro, camisa blanca, suéter azul índigo y botines de cuero vino tinto. Más tarde se cambiará de ropa para que la fotógrafa Lisbeth Salas le haga los retratos que acompañan esta entrevista, en la terraza del Hotel Wellington, “que es mi sede”. Boris y Rubén tienen por norma no fotografiar su residencia.

–Ven, ponte aquí –ordena–. Cerca. Siempre cerca.

 

 

–¿Por qué estás yendo al psiquiatra?

–Ah, porque he tenido unos sueños recurrentes muy espantosos.

–¿Qué sueñas?

–Que no llego a tiempo a los lugares, que estoy mal vestido, que no logro ser coherente –dice y bebe de la infusión–, y he pensado que todo esto tiene que ver con el cambio de ciclo en el que estoy ahora.

–Que consiste en…

–En haber recuperado mi carrera, porque estuve disperso durante bastante tiempo. Pero fue una decisión voluntaria. Cada persona, en cierto momento de su carrera, entra en un desierto, como Jesucristo, que estuvo perdido en el desierto y conoció al diablo allí. A mí siempre me ha impactado mucho ese episodio de la vida de Jesucristo, y una vez que crucé los 40 años pensé que me iba a pasar lo mismo, y que, si no me pasaba, igual tenía que hacer que me pasara y así fue.

–¿Por qué querías atravesar el desierto?

–Porque es algo que hay que hacer. Es difícil de explicar y ahora no es el momento. Lo que sí te puedo decir es que esa fue la razón por la cual viví un tiempo en Londres y escribí una novela allí, Dos monstruos juntos. Y por lo que luego escribí otra novela, Un jardín al norte, y estuve trabajando en la televisión en Miami. Miami fue parte de ese desierto, pero con mar. Yo no tenía mucho de qué aferrarme que no fueran los libros y todo ese dejarme llevar me desubicó completamente. Durante un tiempo yo desaparecí de la agenda de la gente que en España podía pensar: “Boris sería bueno para esto”, “Boris podría funcionar para esto otro”.

–Y el reajuste llegó con tu participación en Masterchef Celebrity, en Televisión Española.

–Totalmente. Macarena Rey, que es la productora, quería que yo participara desde la primera edición, pero yo acababa de instalarme en Miami. Luego, con la segunda, me asusté, porque sentía que era un programa que no iba a hacer bien. Cuando me ofrecieron estar en la tercera edición, Rubén, mi marido, me dijo: “Mira, Boris, ya está, déjate de tonterías, que tampoco estás en situación de escoger”. Entonces acepté, y cuando tomé ese avión en Miami de regreso a Madrid sabía que estaba dejando atrás radicalmente esa etapa del desierto. Lo demás es sabido.

–Que Masterchef fue un éxito. Te relanzó. Participaste en la tercera edición, en 2018 y, además, te llamaron para la cuarta, en 2019.

–Para mí fue una rehabilitación, una rehabilitación que yo necesitaba. Necesitaba decirme: “Ya está, ya has hecho el paseo ese que querías hacer, has probado todo tipo de cosas y de situaciones y tienes que centrarte de nuevo”. Masterchef me hizo ver que las cosas ya no funcionaban con un simple gesto de la mano, con un amaneramiento, con una sola frase. Me di cuenta de que eso había quedado obsoleto. Fue como si me hubieran puesto delante del espejo y me dijeran: “¡Tienes que inventarte una nueva piel ya!”. Y eso he hecho: he regresado del desierto y me he inventado una nueva piel. Las oportunidades en la vida son como trenes, eso es cierto. Hace años pasó un tren y me subieron a él: era Crónicas Marcianas –Boris se refiere al programa que lo hizo famoso, famosísimo en España–. Luego, a este segundo tren, que ha sido Masterchef Celebrity, tuve que subirme yo solo. De manera que estoy en mi segundo tren, y este segundo tren me ha llevado, por ejemplo, a Prodigios.

–Un programa que va por su segunda edición y en el que has repetido como anfitrión.

–Sí, y estoy feliz. Porque es un programa culto, pero de máximo entretenimiento. Y todo esto de la mano de Macarena Rey, la misma productora de Masterchef… ¿No te parece que Macarena Rey es una de las personas más increíbles del mundo? Es impresionante la cabeza y la devoción que tiene para la televisión. Además, es divina.

–Hace unos días dijo que estás escribiendo el guión de una serie biográfica sobre Miguel Bosé.

–Sí. Macarena conoce muy bien a Miguel. No sé si sabes que durante mucho tiempo se ha mantenido el rumor de que “Morena mía”, la canción de Miguel, está inspirada en Macarena.

–¿Y es verdad?

–¡No lo sé! Quienes podrían confirmar esa leyenda siempre sonríen –Boris sonríe–. Miguel ha guardado muy celosamente su intimidad, pero esta vez quiere de alguna manera liberarse un poco de cosas y transmitirlas. Está escribiendo su autobiografía y todos estamos fascinados por la cantidad de cosas que hay en torno a él: él mismo, su carrera, sus padres. Miguel es un pionero, es una persona que abrió puertas y caminos para las generaciones que quedamos deslumbradas por él y que seguimos deslumbradas por él y para las que seguirán deslumbradas por él. La España en la que nació Miguel no es la España en la que Miguel Bosé apareció por primera vez en el escenario para cambiar completamente este país. Primero viene Miguel con sus mallas y con ese concierto en el Florida Park, en el 77, y luego la Transición Española.

–Primero fue ese concierto y luego, en el 78, la Constitución de la democracia.

–¡Te das cuenta! ¡Miguel es anterior a la Constitución! E igual de moderno y liberador. De modo que yo, como el cronista social que soy, estoy encantado.

–Eres amigo de Bosé. ¿Nunca te enamoraste de él?

–Por supuesto, pero él de mí jamás. ¡Ja, ja! Cuando yo lo vi, por Venevisión, en Sábado Sensacional, en el 77, con esa sonrisa, con ese pelo, con ese cuerpo, con ese atuendo…, y Gilberto Correa que nos advertía que era hijo del gran torero Luis Miguel Dominguín, pero distinto… ¡aluciné! Yo tenía 13 años y cuando terminó de actuar me paré delante del televisor en un estado de excitación insólito. No quería besar la pantalla: quería ser él. En ese momento se despertó en mí el hombre de escena. Y luego…, bueno, hemos hecho una amistad tan divertida… Las personas como Miguel son tan suyas, tan propias, que tienen muchos límites. Sabes que hay cosas a las que puedes llegar y otras a las que no, y dices: “Es que no hace falta avanzar más”.

–¿Tú también tienes esas zonas a las que nadie accede?

–Es verdad –piensa–. Sí, las he desarrollado.

–¿Sobre qué no hablas tú?

–Yo nunca hablo de mis ideas, e incluso cuando las escribo me doy cuenta de que uso una especie de barrera. Me cuesta abrirme y creo que eso tiene que cambiar.

–Qué te va a costar abrirte si tú eres una persona absolutamente extrovertida.

–Pero parece que ese no soy yo, que ese es otro yo. Me están explicando que durante muchísimo tiempo yo he construido un súper yo, y que lo que tú conoces es ese súper yo, no el verdadero yo. Y es verdad que llevo tanto, pero tanto tiempo haciendo el súper yo, que ya no sé cuál es el camino para volver al yo. ¡Me he perdido! –Boris baja la voz teatralmente a la manera de quien hace una confesión y dice–: Además, encuentro que el súper yo está tan estupendo en este momento que digo: “Ay, pero para qué regresar al yo, si ese yo debe ser un desastre”. ¡Ja, ja! Porque por lo visto se trata de una persona que está muy desasistida de afecto, escondida por una razón que todavía no sabemos.

–Qué raro, si da la impresión de que tú has sido siempre una persona muy amada.

–Justamente. He sido amado y no me he dado cuenta.

–No es posible.

–¡Te lo prometo! Lo dice todo el mundo. Y lo he visto con Prodigios. Los niños que participan en el programa están muy concentrados porque su talento realmente surja, porque llegue a alguna parte. Son muy exigentes consigo mismos. No son como yo, que toda la vida he estado rodeado de buena suerte y de gente increíble y diciendo: “Esta persona sí; está no”, “Esta persona me gusta; esta no”. Esa es la verdadera historia de mi vida.

 

 

–Tu papá ha dicho mucho, y tu madre también lo decía, que tú fuiste un niño prodigio. Te sentirás muy bien con los chicos que concursan en el programa.

–Sí, pero yo no tenía esa disciplina. Y como mis papás me amaban mucho pero, en el fondo, me temían, eran un poquito incapaces de exigirme esa disciplina.

–¿Por qué te temían?

–Porque yo era una bola de fuego. Pero una buena bola de fuego.

–¿Cuál es tu gran talento?

–Que yo soy encantador. Y el encanto se retroalimenta. Yo puedo ser encantador por horas y en situaciones realmente dramáticas. Ese es mi verdadero talento… No. Mi verdadero talento es el diálogo, y por eso quiero volver a él.

–¿Cómo es eso?

–Yo siempre quise escribir teatro. Lo hice y no funcionó. Pero eso sirvió para que Cabrujas me invitara a ser libretista de telenovelas. Y aunque yo hacía muy bien la diagramación, cuando me ponía a hacer diálogos me salía muy bien.

–Cuando dices que quieres volver al diálogo te refieres al diálogo como escritor.

–Sí, me refiero a hacer guiones. Como el que estoy haciendo sobre Miguel Bosé.

–Si le damos la vuelta a lo que has dicho la conclusión es que tu gran talento es que eres un conversador encantador.

–Ujum… Es probable… ¿Sabes que me miran mucho? Yo antes pensaba que la gente me miraba para ver si me había operado. Luego me he dado cuando de que me miran para ver si soy de verdad o no. Entonces yo capto ese interés e intento seducir, pero me está pasando algo nuevo cuando seduzco. Y es que, cuando me canso, me voy. Cuando veo que no estoy trabajando como seductor, aunque haya sido yo el que ha empezado, me aparto y adiós. ¿No es increíble? Es una nueva faceta de mi vida.

–Hablemos de tu libro más reciente, Tiempo de tormentas. Has dicho que es una autobiografía novelada. ¿Por qué escribiste una autobiografía novelada y no, directamente, una autobiografía?

–Lo que yo quería era hablar sobre Venezuela –Boris pasa de ser gracioso a estar serio con rapidez–, pero cuando estaba escribiendo me di cuenta de que Villa Diamante es toda sobre Venezuela, y Azul petróleo también. Venezuela es uno de mis grandes conflictos: lo que dejé atrás, en lo que se ha convertido el país, lo que representa hoy en España, porque Venezuela es como una tormenta dentro de España, etcétera. Yo asocié la muerte de mi mamá con la muerte de la Venezuela que mi mamá conoció, de la Venezuela que mi mamá quiso hacer y que vio desvanecerse. Y esa era la novela que yo quería escribir. Quizás mi error fue no saber hacer una novela sobre mi mamá en vez de una novela sobre mi mamá y yo. Porque también es cierto que ella y yo tuvimos una relación muy especial. Pero no quise asumir totalmente lo autobiográfico porque una novela siempre llega más lejos. Ese es el poder de las novelas.

–¿Escribir ese libro cambió tu relación con Venezuela?

–Sí, la hizo más distante… Para luego tener de nuevo a Venezuela en la esquina de mi casa. Es decir, no ha habido distancia… Yo espero que algún día Tiempo de tormentas se lea como el retrato de un país que consiguió ser algo y que dejó de serlo para convertirse en otra cosa. Eso está muy bien contado en esa novela, y escribirla me ha dejado un poco en plan: “Ya está, tengo que descansar de la narrativa”. Y en ese descanso he retomado el guion. –Boris se gira en el sofá y mira de frente–: ¡Ves para qué sirven las entrevistas! Hemos sacado una verdad muy profunda.

–Si fuera posible que se hiciera una película sobre tu vida, tú, que eres cinéfilo, ¿qué actor de antes o de ahora te gustaría que te interpretara?

–¡Cary Grant! Cuando Cary Grant iba a hacer la película sobre Cole Porter, que era muy amanerado y tenía una doble vida, la esposa de Cole Porter le dijo a Cole Porter: “Pero, Cole, ¡te va a hacer Cary Grant!”. Y Cole Porter le respondió: “Claro, quién más podría hacerme”. Me encanta esa historia.

–¿Te acuerdas de la entrevista que le hizo Capote a Marilyn?

–Por supuesto, “Una adorable criatura”.

–Al final, Capote le dice a Marilyn: “Recuerda que me habías ofrecido champaña”. Y ella le contesta: “Es que no llevo dinero”.

–¡Qué maravilla Capote! –interrumpe Boris–. Uno de los grandes descubrimientos de mi vida fue leer Breakfast at Tiffany’s en inglés y emocionarme con cada página. Pensé que yo quería escribir así, vivir así, ser así.

–Como Capote.

–No solo como Capote: ¡como Capote y como sus personajes! Toda mi vida he hecho un gran esfuerzo para conseguir eso completamente. Es el poder de la literatura.

–Te refería lo de Marilyn y el dinero porque no te imagino manejando dinero.

–Es cierto. Lo tengo todo encima. Un día mi papá me dijo: “Es que no sabes qué hacer con el dinero”. Una frase que me encantó. Y Rubén dice que yo me creo millonario porque lo parezco, pero que no lo soy. Mi hermana sí cree que soy millonario. Y tacaño. Como todos los millonarios.

–¿Cuántos años tienen juntos Rubén y tú?

–28.

–¿Y cuál es el secreto de un buen matrimonio?

–Este –Boris abre los brazos para señalar el salón de su apartamento–. Mira la casa: está perfecta. Y aquí estoy yo, sentado, ocupando mi lugar. Yo soy un mueble más. Yo soy el mueble que se mueve… ¡Oh! –se peina el pelo hacia atrás con las manos.

–¿Estás cansado?

–¡Para nada! Una vez fui a un desfile de Carolina Herrera y al final le pregunté: “Carolina, ¿estás cansada?”. Y me dijo: “NO”. Una persona que ha trabajado mucho no puede decir que está cansada. Además, estamos hablando del secreto de un buen matrimonio, y el secreto de un buen matrimonio, de verdad, es volverse a enamorar.

–¿Cada cuánto?

–Cuando Rubén y yo nos conocimos, yo le dije que hiciéramos un contrato renovable cada cinco años. Ahora estamos en la mitad del quinto lustro. El gran secreto del amor es ganar y no perder el respeto. Equivocarte y poder regresar a la casa. Hay que hablarlo todo, pero es cierto que puedes hablarlo todo de una manera encantadora. No disfrazar las cosas, no mentir, pero tampoco ser totalmente de verdad.

George Steiner, hijo de Europa. Por Diego Arroyo Gil

@diegoarroyogil

Luego de la muerte de Harold Bloom en octubre de 2019, la muerte de George Steiner, ocurrida apenas cuatro meses después, este 3 de febrero, deja al mundo sin el que era considerado por muchos el mayor crítico literario vivo. Pero Steiner no era solo un crítico literario. Nacido en París en una familia judía de origen vienés en 1929, atravesó el siglo XX como una inteligencia sensible a todas sus imágenes. Las más horrendas, como las del Holocausto o el genocidio de Ruanda, y las más bellas, desde Proust hasta Eliot o Paul Celan. Sobre Celan, a quien consideraba la cima de la poesía de su tiempo, decía algo asombroso: que había salvado a la lengua alemana de la perversión a la que Hitler la había sometido. Esto es lo mismo a decir que un poeta había salvado la integridad del alma europea, que es la madre de todas las almas posibles de Occidente.

En su primer gran libro, Tolstói o Dostoievski, publicado cuando tan solo contaba 30 años de edad, Steiner dejó establecido el que sería su arte de vivir como escritor: “La crítica literaria debería surgir de una deuda de amor”. Dispuesto a penetrar en el misterio de “los dos novelistas más grandes del mundo” (llegó a afirmar, apoyado en el filósofo ruso Berdáiev, que solo existen dos tipos de seres humanos: los que se inclinan hacia el espíritu de Tolstói y los que se inclinan hacia el de Dostoievski), Steiner inició en este libro la empresa de su vida: la de intermediario entre el “gran linaje” espiritual de la humanidad y sus contemporáneos. Porque “si Homero, Dante, Shakespeare y Racine ya no son los más grandes poetas del mundo entero –el mundo se ha hecho demasiado grande para la supremacía–, son todavía los supremos poetas de aquel mundo del que nuestra civilización saca su fuerza vital y en cuya defensa debe arriesgarse”.

Por ese camino, el de la mediación, Steiner hizo suyo un oficio que quizá lo defina mejor que el de crítico literario: el oficio de educador. Un oficio que ejerció con una principalidad en la que era reconocible la excelencia clásica: Sócrates pervivía en él. Si el maestro, como él mismo decía, debe “abrir Delfos” a sus alumnos (es decir, darles acceso a la imaginación del mundo), a través de sus libros, de sus artículos y de sus entrevistas para la prensa, Steiner hizo lo propio con todos aquellos que, igualmente afortunados, no podían asistir a sus clases en la universidad (Princeton, Oxford, Cambridge, etc.), legendarias debido a la presencia de un hombre que, siendo un erudito, era un conversador de café, a la manera de los cafés de Europa, los cuales él defendía como una de las instituciones mantenedoras del diálogo platónico.

Políglota y partidario del multilingüismo en una época tendiente a la intolerancia racial, religiosa y cultural, Steiner dedicaba un rato, todas las mañanas, a traducir algún fragmento de la Biblia o de algún poeta o filósofo de la Antigüedad, ¡a la vez!, al francés, el inglés, el alemán y el italiano, a los que llamaba “mis cuatro idiomas”, aunque también sabía latín, griego antiguo y hebreo. Aprovechaba ese hábito para aprenderse de memoria esos fragmentos o para repasarlos y confirmar que no los había olvidado, pues “a las cosas que amamos nos gusta llevarlas dentro de nosotros para vivir con ellas”. Una de las críticas más frecuentes que hacía a la educación actual es que no valora e incluso desprecia el aprendizaje de memoria, cuando la memoria es una garantía de la pervivencia de la sensibilidad humana.

Durante un encuentro con António Lobo Antunes en 2011, Steiner le decía al novelista portugués que “nuestro gran crimen es no dejarles suficiente esperanza a los jóvenes”. Hablaba allí el educador, pero también el testigo del siglo XX. “¿Qué les dejamos como visión?”, preguntaba. “Un fascista convencido tiene una visión. Es una visión infernal, pero esa visión es un programa. E igual pasa con un comunista, incluso con un nazi. Vislumbran algo mayor que ellos mismos; es algo terrible, es cierto, pero la vida tiene un sentido para ellos. ¿Qué les dejamos nosotros a los jóvenes de hoy?”. Acto seguido, Lobo Antunes acompaña la reflexión de Steiner con un comentario personal. Dice que él ha tendido mucho a la autodestrucción. Steiner, amable y sonriente, le contesta que ha descubierto que, en momentos de oscuridad, una buena manera de conservar el interés por la vida es leer periódicos, apasionarse por “el movimiento de la realidad”. Esta suerte de optimismo, que se asomaba mucho en sus entrevistas, no desconocía las tragedias de la historia ni los desconciertos del vivir. (Steiner hablaba, por ejemplo, de la “paradoja horripilante” de que un hombre pueda ser culto y un monstruo a la vez). Era un optimismo desengañado que está muy bien resumido en una frase suya en la que dice que hay que cometer, pese a todo, “ese gran error que es la esperanza”.

Si bien es cierto que Steiner nunca se consideró un escritor a carta cabal –le habría gustado serlo, decía, pero no tenía el talento que él admiraba en los demás–, sí que lo era. Fernando Savater lo ha llamado “cronista cultural de alta gama”, pero no era solo eso. Su obra es un mundo hecho por propia mano, portador de una índole admirable, con rasgos distintivos que nadie puede repetir; es una obra que inauguró una manera de decir que es la manera de decir de George Steiner. Al igual que en Tolstói o Dostoievski, hay páginas memorables en La muerte de la tragedia, Lenguaje y silencio, Después de Babel, Presencias reales, Pasión intacta, Gramáticas de la creación, Lecciones de los maestros. Incluso libros suyos más discretos como Nostalgia del absoluto, La idea de Europa o Diez razones para la tristeza del pensamiento son recámaras de esa fascinante catedral que era su inteligencia, desde la que leía el mundo con unas claves que hacía accesibles a todos los que se ponían en situación de dejarse educar por él y así escuchaban por su voz las voces de la tradición.

Es usual que cuando se mueren hombres como Steiner se hagan afirmaciones del tipo: “era el último humanista”, “era el último europeo”, o, como al comienzo de este artículo, “el mayor crítico literario vivo”. Ocurre cuando quien se muere marcó una época. Pero Steiner encarnaba toda una cultura y su vida estuvo consagrada a que esa cultura sobreviviera: también a él. Un día, preguntado por la razón que le había hecho quedarse en Europa en vez de hacer carrera en los Estados Unidos –que era una posibilidad nada descabellada tras el horror de la Segunda Guerra Mundial–, Steiner explicó que irse hubiera significado traicionar la palabra de su padre, quien le dijo que, si se marchaba, quería decir que Hitler había triunfado. “Escogí permanecer en Europa porque no hay que dejar que se extinga una cierta presencia del pasado”, agregó.

Era el mismo padre, el banquero Frederick Steiner, que quiso que su pequeño hijo George aprendiera griego antiguo para que pudiera leer a Homero en su lengua original. Eran los años 30 y lo peor estaba por llegar, pero si el mundo no se deshizo luego del todo fue, en buena medida, gracias a padres como aquel y a hijos como el suyo, ese hijo de Europa al que despedimos hoy.

Una onda venezolana en París, por Diego Arroyo Gil

@diegoarroyogil

 

Hacía buen clima en París pese al invierno, que allí siempre moja o hiela o ambas cosas a la vez. Eran pasadas las seis de la tarde y había oscurecido lo suficiente como para sentirse sobre las diez de la noche o aun más tarde. Afuera, alrededor de la pirámide de cristal del Louvre, filas de gente aguardaban para acceder al museo más concurrido del mundo –recibe cerca de 10 millones de visitas al año–, mientras adentro, ovillado por una multitud un poco más discreta pero igualmente fiel y emocionada, el artista Elías Crespín (Caracas, 1965) inauguraba L’Onde du Midi, una obra de su autoría que desde esa tarde, la tarde del 24 de enero de 2020, se expone de manera permanente en el ala sureste de un área del palacio del Louvre conocido como Cour Carrée, que alberga, de ese lado, una muestra de la descomunal colección egipcia del museo.

De hecho, para llegar a la obra –cuyo nombre en español es La onda del mediodía– había ese día que atravesar primero una serie de salas desde las cuales figuras ancestrales de la civilización del Nilo echaban un vistazo lleno de enigma a unos visitantes muy modernos. Todo lo cual correspondía, por demás, con el contraste que la pieza cinética de Elías Crespín introduce en el espacio “clásico” donde está instalada. No en vano, su creación le fue comisionada a Crespín por el propio museo del Louvre con ocasión de celebrar los 30 años de la pirámide de cristal con la que, en 1989, el arquitecto chino Ioeh Ming Pei alteró para siempre el paisaje del palacio. Amada y odiada a partes iguales en su hora, a pesar de que se mantienen algunas opiniones adversas sobre su existencia, hoy en día el Louvre es inimaginable sin la pirámide de cristal, que protagoniza uno de los espectáculos arquitectónicos más bellos de París, sobre todo de noche. Quiero decir: el Louvre está acostumbrado a los contrastes.

La obra de Crespín consiste en 128 tubos de metal que, sujetados por hilos invisibles manejados por un motor, llevan a cabo coreografías derivadas de secuencias algorítmicas. En cristiano: los 128 tubos ondean en el aire a la manera de una ola o de una alfombra mágica. También pueden dar la impresión de ser un animal marino que viaja, ligero, a ras de la superficie, pero como La onda… está más bien cerca del techo, sumerge al espectador en un fondo desde el que se observa el desafío de la gravedad. Mientras en las salas contiguas el Antiguo Egipto conquista el mundo con su rigor sagrado de piedra, L’Onde du Midi recupera el gesto suave y vivo. “Teatro de un ballet silencioso”, así es descrita la obra en el catálogo del museo. Vale decir, la primera obra de un artista latinoamericano vivo que ingresa para ser expuesta “perennemente” –es la palabra que los curadores de la institución han empleado– en el Louvre.

 

 

Es un hecho histórico, en efecto: para el continente, para Venezuela y para Elías Crespín, quien la tarde del 24 de enero logró reunir, no solo a grandes personalidades (como el artista argentino Julio Le Parc), sino también a amigos suyos de la escuela primaria que viajaron a París solo para verlo, viejos alumnos del Colegio Montecarmelo de Caracas, célebre en su tiempo debido a la cantidad de hijos de escritores e intelectuales que estudiaban allí. Entre ellos, Boris Izaguirre, que hizo reír al comentar que la formación que habían recibido en el Montecarmelo –a veces vista con sospecha por “progresista”– había sido tan buena y tan eficaz que les había permitido llegar a estar representados “en el mismísimo Louvre. ¡Bravo!”.

Las palabras de Boris, entre tantos otros comentarios igualmente afectuosos hacia Elías Crespín, fueron la contraparte familiar de lo que se dijo en el momento protocolar del acto –la bienvenida oficial al artista por parte de las autoridades del museo–, y coincidieron con el espíritu general que había esa tarde, cada vez más noche, en la que, para orgullo de muchos, un venezolano interpretaba un papel estelar para la cultura del país lejos del país. El mismo país donde la abuela de Crespín, la gran artista Gertrud Goldschmidt, mejor conocida por todos simplemente como Gego, nacida en Alemania, desarrolló una obra de primer orden, hoy objeto de admiración y estudio y portadora de una fuerza creadora que llega hasta su nieto. El mismo país donde Gerd Leufert, el segundo esposo de Gego y, por tanto, abuelo político de Elías Crespín, igualmente construyó un patrimonio artístico de indudable solidez.

Mucha gente se pregunta qué sería de Venezuela si no se hubiese atravesado en el camino de los venezolanos la inmensa tragedia histórica de las últimas décadas. Para saberlo habría que poder verlo y eso no es posible, pero lo cierto es que fuera del país –y también dentro, por supuesto– pequeñas grandes conquistas dejan entrever que lo que Venezuela “pudo haber sido” de hecho ya lo es o lo está siendo a su manera.

En varias oportunidades, Elías Crespín ha referido el impacto que provocó en él “un cubo de nylon” de Jesús Soto que vio en el Museo de Bellas Artes de Caracas durante una visita a una exhibición retrospectiva de Gego, su abuela. Es una de las revelaciones que ha impulsado su propia búsqueda como creador. Pues bien, al 24 de enero en el Louvre siguió la apertura, la noche del 25, de una exposición de la obra de Crespín en la Galería Denise René, en el corazón del barrio latino de París. Misma multitud del día anterior en el museo: familiares, amigos y allegados del artista, periodistas, socialités, etcétera. Mismo clima: la ciudad invernal, pero sin lluvia. Espíritu festivo. Imposible no recordar entonces que fue precisamente Denise René quien en 1955 presentó en su galería la exposición Le Mouvement, “El Movimiento”, y de esa manera contribuyó como pocos a ubicar al cinetismo dentro de las nuevas tendencias del arte. Un artista venezolano poco conocido formó parte de esa exposición: Jesús Soto. La culebra se muerde la cola: 65 años después, un artista venezolano de otra generación devuelve el saludo a Soto desde la galería donde Soto saludó al mundo por primera vez.

 

 

Uno podría leer esta curiosidad como una confirmación de lo que otro enamorado de París, el escritor José Balza, ha dicho alguna vez. Palabras más, palabras menos, que por debajo de todas las interrupciones y de todas las fracturas de nuestra historia, hay una continuidad, una coherencia de la personalidad venezolana. Una “onda” como La onda del mediodía que ahora se muestra en el Museo del Louvre. “¿Con qué más podría soñar un artista?”, se pregunta Elías Crespín. Informático de profesión, ha logrado fusionar sus investigaciones en programación con las artes plásticas para crear esta suerte de coreografía geométrica del aire, esculturas en movimiento que, como se lee en un texto de presentación del Louvre, tienen un efecto hipnotizante.

A punto de finalizar la vernissage en la Galería Denise René el 25 de enero, a Elías Crespín aún le espera una cena en la Maison de l’Amérique latine. Mientras él termina de saludar a quienes han acudido a la galería, uno de los invitados a esa cena, que es privada, propone ir a esperarlo a un bar cercano y, como siempre, aquello termina siendo una fiesta andante. El mesonero encargado de la terraza del bar, un francés de los de antes –malhumorado a rabiar, mal encarado, impaciente sin remedio– no entiende nada cuando de pronto se ve invadido por un grupo de gente que no para de hablar y que ha decidido pasarla bien. De la onda del mediodía a la onda de la noche, todo indica que en mucho tiempo no se olvidarán esas risas en esa calle de París.