Diego Arroyo Gil, autor en Runrun

Diego Arroyo Gil

Exclusivo: Extractos del libro “La sal de ayer. Memorias de Margot Benacerraf”, de Diego Arroyo Gil

 

 
La cineasta venezolana cumple 93 años de edad mientras trabaja con el escritor la publicación de sus memorias

 

MARGOT BENACERRAF, conocida como la dama y la pionera del cine venezolano, ha llegado, este 14 de agosto, a los 93 años de edad. Ha vivido una vida larga y llena de incidencias, pero poco conocida para el gran público. Es como una gran película que se resiste a llegar a las pantallas. Con el objetivo de esclarecer un poco ese misterio hace un par de años el periodista Diego Arroyo Gil fue en busca de la señora Benacerraf para conversar con ella. El resultado de esos encuentros hacen el nuevo libro de Arroyo Gil, titulado La sal de ayer. Memorias de Margot Benacerraf, que está por publicar la editorial Planeta. A propósito de los 93 años de Benacerraf, Runrun.es publica aquí las primeras páginas y la portada del libro de Arroyo Gil, que se estima llegue pronto a las librerías.

 

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La sal de ayer

Memorias de Margot Benacerraf

Por @diegoarroyogil

 

Al fondo de un corredor oscuro, desde una habitación iluminada, se escucha un hilo de voz. Si no supiera a quién pertenece –es una dama–, me preguntaría de qué ser humano procede ese sonido agudo, de una cadencia inconstante, tan peculiar. De pronto un bulto a contraluz (parece una mujer…, sí, es una mujer: pequeña, un poco robusta, dulce) me llama, me dice que pase. Me acerco, la mujer pequeña y un poco robusta se aparta y desde la puerta la veo a ella, a la dama del hilo de voz, con una mano apoyada sobre un escritorio. Me mira, sonríe y viene a mi encuentro, sin prisa. Temo que pierda el equilibrio, pero en un gesto resuelto me toma por los hombros y me saluda como si nos conociéramos de toda la vida: me besa en la mejilla y me dice mi amor. Al corresponderle el abrazo, que ha sido inesperado, me digo: qué flaca, y pienso que, aunque de baja estatura, parece una espiga. Una espiga que remata en un peinado cobrizo perfectamente abombado, echado hacia atrás, de otra época, pero que a ella le va de perlas. De boca muy fina, como sus dedos, lleva los labios de carmín, y detrás se asoman unos dientes como miniaturas japonesas. La nariz es de judía, de eso no cabe duda, lo que le da un carácter sólido y sobrio a un rostro a la vez tan delicado y sugerente. Todo en ella deja ver que es una mujer coqueta, pero la suya es una coquetería sin ambiciones exageradas, algo muy propio de otras mujeres caraqueñas de su tiempo que, como ella, son elegantes sin pose ni artificio y que optan mucho por una blusa blanca o negra, de rayas o ligeramente estampada, siempre a condición de que sea fresca. Margot se llama, Margot Benacerraf, y ahora que la tengo enfrente, sentados ambos a una mesa redonda de cuatro sillas donde dos quedan vacías, me siento extrañado de encontrarme cara a cara, de cuerpo presente, con una mujer que, además de una mujer, es una leyenda, un misterio.

Hace ya muchos años, en 1959, cuando Margot se hizo famosa, era una chica de apenas 32 que se alzaba en el Festival de Cannes con dos premios por su película Araya, la segunda y la última que hizo (la primera fue un cortometraje sobre Armando Reverón, en el 52), la cual le dio una figuración y luego le otorgó una gloria de la que aún goza, tanto después, al margen de quienes le riñen por no haber hecho ninguna otra a pesar de haber tenido la vida entera por delante. La leyenda, el misterio se deben un poco a eso precisamente: a que luego de Araya, que fue un logro tremendo por donde se le mire, Margot “no hizo más nada”, “no hizo más obra”, y que hoy por hoy sea la misma de 1959 pero ya no de 32 sino de más de 90 años, es decir, una mujer casi eterna, una mujer que, para algunos, incluso ya no vive. Yo mismo, antes de venir aquí, lo preguntaba: ¿Está activa? ¿Está lúcida Margot? Porque, como para muchos, para mí Margot Benacerraf era, claro, la mujer de Araya, pero vox pópuli era el nombre de la sala de cine del Ateneo de Caracas, una sala a la que habían bautizado así para honrar la memoria de una artista inconfundible, aunque de historia (casi) desconocida…

¡Cuánto hay siempre por descubrir! Esta tarde el hilo de la voz, el abrazo inesperado, la presencia de Margot me llevan de pronto a observar un cuadro que está en la habitación caraqueña en la que ella me recibe. Es el retrato de una mujer. Solo el rostro.

 

Margot Benacerraf, por Oswaldo Guayasamín

 

–Soy yo –dice Margot, que se ha dado cuenta de mi curiosidad–. Me lo hizo Oswaldo Guayasamín, el pintor ecuatoriano, que fue mi amigo.

–Es bello el cuadro.

–¿Te parece? –se asombra un poco–. A muy poca gente le gusta.

Me parece, sí. Además de que el cuadro es bello, me gusta su decidida rareza. Lo observo y en él reconozco a Margot, pero al mismo tiempo percibo que esa no es Margot o, más bien, se me ocurre, que esa es la otra Margot, la Margot secreta. Percibo que ese es su rostro, sí, pero atravesado… cómo puedo decirlo… atravesado por el teatro de la vida, por el teatro de la vida vivida. Fantaseo: ese cuadro es Margot como personaje de la memoria, el personaje que justamente he venido a buscar… La verdad, ¿estoy aquí para otra cosa? ¿Por qué razón he organizado esta cita si no es porque quiero escudriñar en ese rostro, atestiguar de cerca su belleza, su rareza?

La mujer pequeña, un poco robusta y dulce se llama Milvia y es la asistente de Margot. Ha traído a la mesa una taza de agua caliente y varios sobrecitos de té.

–Supe que te gusta el whisky –me dice Margot–, pero puedo ofrecerte un té, ¿está bien?

Carcajadas de mi parte y una sonrisa hospitalaria de su lado terminan de abrirle paso a la confianza que ya había anunciado el abrazo del saludo, pero no pierdo de vista el retrato del rostro indescifrable.

–También me gusta el té –concedo–, hay que variar.

Margot estudia con cuidado los sobrecitos de té. Escoge uno y se lo lleva a la nariz.

–¡Mariage Frères! El mejor té francés.

Milvia me mira y me hace un gesto como diciendo: “Adelante, no pierdas tiempo, cariño”. La experiencia me aconseja que para acceder mejor a la vida de un personaje casi mítico –Margot Benacerraf en este caso– siempre es mejor recibir antes el santo y seña de un daimon suyo protector. Pues bien, pienso, me ha dado acceso.

–Mariage Frères, entonces –digo, y echo el sobrecito dentro de la taza, desde la cual de inmediato se desprende un aroma a roble oscuro con flores de azahar.

Milvia se retira y quedamos Margot y yo. Y la pintura de Guayasamín.

 

I

 

–¿Le parece que comencemos por el principio?

–Por donde tú quieras.

–Yo quiero empezar como siempre empieza James Lipton sus entrevistas en Inside the Actors Studio, para entrar en ambiente: ¿cuándo y dónde nació usted?

–Yo nací el 14 de agosto de 1926, en Caracas.

Pero su padre nació en Tetuán, en Marruecos.

–Sí, en Tetuán. Mi padre se llamaba Fortunato, Fortunato Benacerraf, y aunque nació allá, en el Marruecos español, alrededor de 1885, era un venezolano absoluto. De 30 y pico de años, en un viaje a la Costa Azul, en el sur de Francia, a orilla de aquellas playas maravillosas decía que las de Carúpano eran mejores y más bellas. (Se ríe). En 1900, siendo un jovencito, un tío suyo de apellido Benzacar lo hizo venirse al estado Sucre para que trabajara con él en el negocio del cacao y el café. Por aquellos días a las costas de Carúpano llegaban barcos de muchas partes de Europa. Sobre todo, de Alemania. Era una época esplendorosa de la ciudad y yo me imagino que mi padre, por más que venía de Tetuán, que es una ciudad preciosa, se fascinó de inmediato con ese escenario que a sus ojos era el Nuevo Mundo. Hay que ver lo que era que un adolescente como él, judío sefardita, se encontrara de pronto en la faena de “hacer la América”, como se le decía a la aventura de cruzar el Atlántico para dedicarse a la conquista de otra vida.

–¿Qué le contaba su padre sobre su niñez y su juventud en Marruecos, antes del viaje a Venezuela?

–Ni papá ni mamá hablaban mucho de sí mismos. Ni de sus historias respectivas ni de su vida en pareja. Lo que sé de ellos antes de yo nacer se lo debo a lecturas que hice luego y a cuentos que otros me echaron. Me he arrepentido tanto de no haberlos puesto a hablar. (Calla). Es que eso no se estilaba, ¿me entiendes?

–Pero usted sabe cómo se conocieron sus padres, ¿o tampoco?

–¡Ah, claro, es una historia divina! Mamá era una mujer muy bella. Tenía los ojos verdes almendrados. Se llamaba Sete Coriat y formaba parte de la aristocracia sefardita de Tetuán. Su padre, mi abuelo, el Sr. Coriat, era nada menos que el cónsul de España en la ciudad. Mamá y papá se conocieron en 1923, durante un viaje que papá hizo a Marruecos para visitar a su familia. Papá entró a comprar algo en una farmacia y allí estaba mamá, buscando remedios para un resfriado. Papá se le acercó para recomendarle un jarabe y ella le respondió. Al cabo de unos días se hicieron novios, papá fue introducido en la familia de mamá y se casaron. La diferencia de edad que había entre ellos, él mayor que ella, no fue un impedimento para nada. Desde luego, papá supo demostrar que era un hombre bien instalado, que podía formar familia, y entonces el hombre que había “hecho la América” se trajo a Venezuela a la hija del cónsul de Tetuán. Papá fue el único de sus hermanos que se casó con una marroquí española. Los demás se casaron con mujeres provenientes de familias del protectorado francés. Gente de Orán, Argelia.

–Cuando sus padres se casaron, ¿su papá ya se había mudado a Caracas?

–Sí. Cuando mis padres se conocieron y se casaron, en Tetuán, en 1923, papá ya se había venido de Carúpano a Caracas. 1918. Sus otros hermanos, mis tíos, vivían aquí desde hacía años y lo habían invitado a que se uniera a ellos, como socio, en el manejo de Hermanos Benacerraf, una compañía de comercio que era propiedad de la familia. Durante unos años vivieron todos juntos, con sus esposas, en una casa entre las esquinas de Puente Yánez y Tracabordo, en el centro, hasta que un día mis tíos decidieron irse a París y dejaron a papá encargado del negocio. Luego, en el verano del 39, vinieron de visita para vernos y revisar cuentas, pero apenas unas semanas después de su llegada, a comienzos de septiembre de ese mismo año, explotó la Segunda Guerra y no les quedó otra opción que quedarse un tiempo en Venezuela. Cuando terminó la guerra, en el 45, se volvieron a ir. Nosotros nos quedamos.

–¿Por qué?

–Porque papá era muy venezolano y no se iba a ir de aquí. De modo que mis hermanos Moisés, el mayor, y Enrique, el menor, y yo, crecimos en Caracas… ¿Tú sabes que yo tuve un primo que se ganó el Nobel de Medicina?

–¿Un primo, primo? ¿Venezolano?

–Esa es la cosa. Baruj Benacerraf, premio Nobel de Medicina 1980, nació en Caracas en 1920 y vivió aquí hasta que sus padres se fueron para Francia. Luego volvió, como todos, en el 39, que fue cuando yo lo conocí, pero más tarde decidió irse para los Estados Unidos, donde estudió e hizo su vida. Cuando ganó el Nobel lo invitaron a Caracas. Miguel Otero Silva, que era mi amigo, me llamó: “Mira, voy a mandar a unos reporteros a recibir a tu primo el Nobel en el aeropuerto. Le voy a dar una página completa en El Nacional”. Pero resulta que cuando Baruj llegó a Maiquetía y lo entrevistaron, lo primero que dijo fue que él había nacido en Venezuela “por accidente”. Los periodistas se quedaron fríos. Después, cuando se enteró de que la comunidad judía quería hacerle un homenaje, dijo que él no creía en Dios. Viendo aquello le recomendamos que lo mejor era que no hablara más. (Se ríe). Baruj era inteligentísimo. Y también lo es Paul, su hermano, que fue decano de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Princeton.

–¿En su familia se fomentaba la búsqueda de una profesión propia, el desarrollo personal?

–No tanto. De hecho, mi tío no estaba de acuerdo con que Baruj estudiara Medicina. Quería que se dedicara al comercio, que siguiera la tradición familiar. Pero Baruj lo engañó y le dijo que se iba para Nueva York a estudiar Business Administration, y estando allá se zafó.

–¿Y usted?

–¿Yo?

–Sí, usted. ¿Tuvo libertad para hacer lo que quería?

–Bueno… (Calla). Yo recuerdo mucho la casa donde transcurrieron mi infancia y mi juventud. “La casa de los tres patios” la llamo yo, que quedaba de Miseria a Pinto 129. El primer patio era el lugar al que daban las habitaciones y el tercero era un corral, pero el mío era el segundo, donde había una mesita a la que yo me iba a escribir y a estar sola, siendo ya una muchacha de universidad. Era lo que me gustaba en aquel tiempo: la escritura. Y mis padres no me comprendían. Eran maravillosos, ambos, mamá una mujer muy dulce, pero no había comunicación alguna entre ellos y ese mundo mío. Mi otro sitio preferido era la cocina, que era como un cascarón donde lo principal era la presencia de Angelina, la cocinera, a quien recuerdo un día llorando a mares por la muerte de Carlos Gardel, a quien amaba. (Se ríe). Yo escribía con sentimiento de culpa. Tenía la sensación de que cometía un pecado. (Calla). Yo debo haber hecho sufrir mucho a mis padres. (Calla).

–¿Por qué?

–Porque sé que ellos hubieran preferido que yo viviera según otros parámetros.

–¿Según cuáles parámetros?

–Que me casara al terminar el bachillerato, que tuviera hijos y siguiera la rutina. Y ya en el bachillerato yo empecé a ser un bicho raro. (Se ríe). Comencé a interesarme por la literatura, por el teatro. Mi papá murió muy pronto y no tuvo tiempo de ver ni siquiera mi película sobre Reverón, pero mamá estuvo en el Festival de Cannes conmigo cuando me dieron el Premio de la Crítica por Araya y eso la hizo feliz, pero hubiera sido más feliz si mi vida hubiese sido distinta desde un principio.

–¿Y alguna vez habló de eso con ella?

–No, no. Había un cariño tremendo entre nosotras, pero nunca hablamos de eso. Yo encuentro que una de las cosas más bellas de hoy en día es que hay una relación más estrecha entre padres e hijos, me parece. Baruj fue una de las pocas personas que trataron de ayudarme. Estando al tanto de mis intereses, le dijo a mi padre que me mandara a estudiar en un colegio en los Estados Unidos, pero papá no quiso.

–Era conservador su padre.

–No sé. Papá tenía fama de haber sido enamoradizo y parrandero durante su juventud, y era un hombre de buen humor, pero como cabeza de familia se ajustó a la costumbre de la vida venezolana de la época, según la cual el lugar de la mujer era el hogar. En eso también influía su origen sefardí. Mamá tenía las virtudes que exigía ese mundo y hacía todo sinceramente y con un gran talento.

–¿Usted se recrimina por no haber encajado en ese molde?

–No. A fin de cuentas, en ese momento hice lo que sentía que tenía que hacer. Y es mi vida. Además, ellos nunca me reclamaron nada.

–Pero usted sí se lo reclamaba a sí misma.

–Yo era muy sensible a todo. (Piensa). Aún lo soy. Por ejemplo, a mí me enferman los días grises. Yo soy muy solar, me gusta la luz. No sé cómo sobreviví a tantos inviernos en Europa.

Por Notre-Dame, regazo del alma, por Diego Arroyo Gil

LAS COMPARACIONES SON ODIOSAS. Cuando se trata de comparar obras de arte de incalculable valor para el mundo, además son estériles. Pero aunque solo sea para tratar de esclarecer un poco más lo que significa el incendio de la Catedral de Notre-Dame, es como si de pronto se perdiera, por efecto de un ácido o del mismo fuego, un pedazo de la Gioconda, o como si un cataclismo imposible hiciera que desaparecieran para siempre, sin posibilidad alguna de recuperación, cuarenta páginas del Quijote o de Hamlet. Estoy extremando el asunto, se comprende… ¿Qué nos ha sido arrebatado en la tragedia de Notre-Dame? Las llamas han devorado partes enteras de uno de los templos más importantes, no solo de la cristiandad, que ya es mucho decir, sino, en general, del espíritu humano. Recuerdo a Mandelstam, el poeta ruso: “Construir significa conquistar el vacío, hipnotizar el espacio. La bella flecha del campanario gótico está furiosa porque su función es apuñalar el cielo, reprocharle su vacío”. Hoy una de esas flechas se ha derrumbado en París. Verla venirse abajo, en una de las escenas más dramáticas y tristes jamás imaginadas, ha sido ver colapsar por un momento el alma entera de Occidente y quedarnos todos sus hijos expuestos, sin aviso, a una inmensidad aterradoramente abierta, sin una mediación que durante mucho tiempo nos había ayudado –nos diéramos o no cuenta de ello– a comerciar con lo invisible sin que lo invisible nos destruyera con su rayo. ¿No es para eso para lo que, entre otras cosas, existe el arte, para que podamos transar con una realidad que, descarnada hasta lo insoportable, nos liquidaría? En ese sentido Notre-Dame era –y estoy seguro de que lo seguirá siendo en lo sucesivo, pese a todo– un lugar excepcional de caluroso resguardo. Bastaba entrar allí para sentir de inmediato, con esa gratuidad que a veces avergüenza al que la recibe, que algo se ajustaba en el cuerpo y lo ennoblecía. Te descubrías acogido, de milagro, en un regazo inmemorial. Era la Virgen, claro, Nuestra Señora, pero también era la Belleza, esa dama entre las damas por la que hace ya tanto se lanzaron, como nos cuentan los clásicos, mil barcos al mar. Una dama, en este caso, llegada a tierra, e incomparablemente bien vestida y bienamada. Con los años quedarán las crónicas de este tiempo lejano en que una diosa de París, de Europa y del mundo estuvo a punto de ser reducida a cenizas. No tengo ninguna duda de que para entonces la flecha estará allí de nuevo conjurando el vacío.

#EstoNoEsNormal | El apagón, la mente y yo, por Diego Arroyo Gil

PREPÁRATE, QUE DENTRO DE POCO va a empezar a oler. ¿Qué? Bueno, la comida que se descompone, la que compraste antier y resiste cada vez menos la falta de electricidad que tiene muerta a la nevera. No había pensado en eso, y es tan obvio. Y también van a oler los baños, porque se te acaba el agua y no vas a poder vaciar la poceta llena de orine y de mierda. Qué horror. Sí, pero la amenaza estaba, ¿o ya se te olvidó? El innombrable juró en público que un día se bañarían en El Guaire, solo que nunca se imaginaron, porque no son tan cerdos, que se refería a que se bañarían en El Guaire dentro de su propia casa. Coño, cállate. Es la verdad. Sí, puede que sea verdad, pero no te adelantes, que me da miedo. Miedo y arrechera. ¿Cómo estarán los de Derwick? ¿Los de Derwick? Ja. ¿Cómo van a estar? En Madrid, en Miami, en Estambul, bañándose en vino, en ginebra, en champaña… Mira, huele, ¿no te llega el tufo? No, ¿de dónde? Mijo, huele. ¡Verga, si soy yo! ¿Será que me lavo? Si te vas a lavar, apúrate, que son las seis y ya se está poniendo oscuro. Ahí en el baño queda un tobo de agua, no lo malgastes. No hace falta que lo digas, yo sé. Por si acaso. [Se lava]. Ya me lavé, ahora voy a prender la vela. ¿Y tú no tienes hambre? Normal, pero me da de todo abrir la nevera. En el mesón hay un mango, y en el estante de arriba, a la izquierda, hay unas galletas de soda. Me provoca una arepa. ¿Y cómo la vas a hacer, si la cocina es eléctrica? Cierto, uno no se acostumbra. [Se come el mango]. ¿Te acuerdas de que Bolívar no comió mango? ¿Ah? Así te contó Fulano, que el mango llegó aquí con Guzmán Blanco, por lo cual es casi imposible que Bolívar haya comido mango, y que si Bolívar hubiera comido mango a lo mejor no se le hubiera ocurrido hacer la Independencia. ¿Por qué me traes esas cosas justo ahora? Bueno, acuéstate, pero antes cierra las ventanas, que vives en el piso uno y en medio de la oscurana cualquiera salta el muro y se mete. [Cierra las ventanas y se acuesta]. Cómo estarán en los hospitales. [Silencio]. Me he dado cuenta de que tú nunca rezas, sería bueno que reconsideraras creer en Dios. [Silencio].

 

@diegoarroyogil

Karina Sainz Borgo: “Mi personalidad tiende a ser exagerada. Irrumpo en las cosas con mucha fuerza, no lo puedo evitar”

FOTOGRAFÍA: LISBETH SALAS

 

@diegoarroyogil

MADRID

 

Es de cuerpo magro, frágil parece, ¿se va a quebrar?, pero cuando te acercas, saludas y ella comienza a hablar te dices: “Adentro hay un peso”. Karina Sainz Borgo (Caracas, 1982) está sentada a la mesa en una cafetería de un hotel de Madrid, junto a un ventanal que da a la Gran Vía, la avenida más famosa de la capital española. Es invierno y a la vuelta de escasos días, el 7 de marzo, llegará a las librerías su primera novela publicada, La hija de la española, que lleva varios meses siendo centro de atención y curiosidad en el mundo literario sobre todo europeo, pero también americano. ¿La razón? En la más reciente Feria de Fráncfort –la cita editorial más importante del mundo– fue contratada para circular en 22 países, que se despacha rápido, pero es una barbaridad, un “pelotazo”, como dicen en España, país en el que Karina reside desde hace más de una década.

Periodista, cronista, escritora, ha publicado previamente dos libros, Caracas hip-hop y Tráfico y Guaire. El país y sus intelectuales, ambos en Venezuela, y la profusión de su trabajo como reportera cultural para periódicos y revistas es de envergadura, tiene un estilo y un peso propios. Trapío, en lengua taurina, porque Karina cultiva el gusto por la fiesta brava, aunque cada vez esté peor visto seguir con ánimo la ruta del toro. Una frase asombrosa sacada de una entrevista reciente que le hizo María José Solano para el portal www.zendalibros.com rinde cuenta de lo que Karina entrega cuando procede en su oficio: “Yo soy de un lugar donde hasta las flores depredan”. Aquí se llama a sí misma exagerada, como se verá, pero es cierto que en sus entrevistas, en sus artículos o en sus crónicas (tiene un blog, http://cronicasbarbituricas.blogspot.com/) Karina siempre trata de poner como un nervio al descubierto, ¡y atrapa! Es decir, ella va por la labor, que es norma en el hombre y en la mujer de prensa, pero introduce algo más, que es finalmente lo que queda una vez que el tiempo desecha el bagazo informativo. ¿Qué? Se diría que una manera muy suya de mirar… Hay que leerla.

Johanna Haegerstrom, editora de Albert Bonniers, en Suecia, se ha expresado de este modo sobre La hija de la española, la novela de Karina: “Es una obra de ficción apasionante y devastadora que te abre los ojos, realista a ultranza”, y Gustavo Guerrero, de Gallimard, el sello rey de Francia: “Es una novela intensa, conmovedora y radical”, y Joan Milá, de HarperCollins: “Es una de las novelas más interesantes que he leído en mucho tiempo”. Se entiende que la inminente salida del libro –que en español publica Lumen– convoque tanto interés. ¿Qué trae Karina Sainz Borgo? ¿De qué se trata la historia que ahora presenta y que será, según el escritor Álvaro Colomer, un “bombazo literario”?

La hija de la española es básicamente una ficción que pretende recrear una situación de supervivencia en el contexto de la Caracas contemporánea –explica la autora–. Su intención no es documentar ni testimoniar el hundimiento venezolano, aunque forme parte de él, sino recrear una situación de supervivencia en general”.

–¿En qué sentido?

–La novela comienza con un funeral. Una mujer está enterrando a su madre. La madre muere a causa de una enfermedad, el país se está cayendo a pedazos, y al mismo tiempo a ella la expulsan de su casa, porque la casa es invadida. Entonces se encuentra en una situación de desesperación total porque la ciudad y el país se la están comiendo viva. Tiene una vecina, que es española, Aurora Peralta, y este personaje va a ser fundamental para que ella sobreviva. Lo que va a hacer Adelaida, la protagonista, es robarle la identidad a Aurora Peralta para venirse a España. La novela se llama La hija de la española porque, en medio de la desesperación, Adelaida va a comenzar una reflexión sobre la identidad, sobre la traición, sobre qué es irse; piensa en cómo va a planificar su muerte civil, cómo va a dejar de ser quién es para asumir la identidad de otra persona.

–¿Son asuntos que te tocan mucho a ti?

–Creo que son asuntos que no son ajenos a ninguna persona que haya interrumpido una vida en un sitio y asumido otra en otro sitio. Si te pones a mirarlo con detenimiento, lo que hace 20 años llamábamos globalización se ha transformado en algo muy agresivo. El migrante es una de las grandes figuras del arranque de siglo. Fíjate en las migraciones por causas de guerra, o en la migración venezolana. Son como caravanas de apátridas. La migración es un asunto de este tiempo y evidentemente forma parte de mi circunstancia biográfica porque, como todos, o me he ido o veo a otros marcharse.

–Sin embargo, en otras entrevistas has hecho hincapié en que La hija de la española no es una novela que pueda entrar dentro de la llamada “ficción autorreferencial”.

–En absoluto. El hijo de Lucia Berlin, una escritora que me gusta mucho cuyos cuentos acaban de ser reeditados, dice: “Mi madre escribió historias verdaderas, no autobiográficas”. Yo quiero pensar que este libro recoge una historia de verdad, que apela a los elementos básicos de lo que yo aspiro a que sea una ficción. Que hable de la desesperación.

–Entiendo que has escrito otras novelas, que permanecen inéditas. ¿Por qué publicar esta y no alguna de las anteriores?

–Porque esta tiene más valor literario. Los otros no son libros con los que yo esté contenta. Quise salir con una obra que se sostuviese.

–¿Cómo surgió la trama de la novela? Los escritores suelen contar que de pronto un día una imagen hizo que se desencadenara algo que estaba allí esperando, y entonces…

–Javier Marías dice que hay escritores-brújula y escritores-mapa, que hay gente que tiene muy planificada la estructura y gente que se deja llevar. Yo hice una mezcla entre las dos cosas. Tenía una estructura planificada, quería que fuera una novela de mujeres, prácticamente protagonizada por mujeres, los hombres suelen ser o fantasmagorías o seres muy débiles… Hay un personaje que es una alegoría de la revolución, que la encarna, que se llama La Mariscala, y termina yéndose… Y están las tías, unas tías que la protagonista tiene en Ocumare de la Costa… Es una novela muy violenta, tremendamente violenta y, claro, no puedes someter al lector a un desierto de violencia porque lo vas a matar, lo vas a ahuyentar.

–Pero ¿cómo surgió la trama?

–Lo que pasa es que yo nunca paro de escribir. No es que me di una pedrada en la cabeza. Venía de trabajar en un libro de crónicas, donde estaba presente el tema de la migración, pero esta vez quise asumirlo como ficción. Es un asunto que yo vengo trabajando desde hace muchísimo tiempo, prácticamente desde que escribo.

–Además de la calidad de tu trabajo, ¿qué crees tú que atrajo a tantos editores de tantos países?

–Casi todos los sellos que abrazaron la novela son literarios. Los informes de lectura de las editoriales decían que es una historia con una impronta latinoamericana muy fuerte, pero que la encontraban universal porque trataba sobre la supervivencia. En La hija de la española el nombre de Venezuela aparece solo cuatro o cinco veces. No más. Tampoco hay alusiones políticas. No existen caracterizaciones políticas. No existen personajes políticos con nombre y apellido. Hay alegorías, y eso es deliberado.

–Los editores deben haber encontrado vasos comunicantes entre la historia de tu novela y lo que ocurre, por ejemplo, en Europa con los inmigrantes, ¿no?

–Sí, porque la protagonista es una mujer que huye y que hasta cierto punto comete un delito, que es la suplantación de identidad. Creo que están todos los ingredientes de la tragedia venezolana pero homologables a otras persecuciones autoritarias.

–Algo que llama la atención es que tú insistes mucho en que siempre te acompañan dos presencias: la furia y el desarraigo. ¿Furia de qué o contra qué?

–Pues no lo sé. Siempre he tenido la tendencia a escribir grandes cataclismos. Me gusta, me llama la atención. Mi personalidad tiende a ser exagerada. Irrumpo en las cosas con mucha fuerza, no lo puedo evitar. Cuando digo que me acompaña la furia es porque suelo tener dentro un torbellino.

–¿Y el desarraigo?

–Porque yo ni siquiera dentro de la propia Venezuela me sentía reflejada por la sociedad. Me sentía expulsada, y eso desde antes del chavismo. Nunca me he sentido del todo una persona de un solo sitio.

–¿Desde niña?

–Sí, o al menos desde que empiezas a elaborar una reflexión consciente sobre ti mismo. Yo crecí en un entorno muy conservador del que nunca me sentí parte. Y cuando comencé a trabajar como periodista seguí siendo vista como una niñita de entorno conservador. Era un permanente outsider. Un outsider perpetuo. Hoy en Venezuela yo me sentiría más desarraigada todavía. Si viviera mi infancia en la Venezuela actual encontraría mucho peor todas las contradicciones.

–Es que el país ha cambiado mucho.

–Con la muerte de la madre, en la novela, yo intento hacer una alegoría de la muerte del país tal y como yo lo conocí. Tuve la fortuna de crecer en una ciudad donde el Teatro Teresa Carreño tenía temporadas, donde el Maccsi [Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Imber] se llamaba Maccsi, donde había planes de publicaciones impresionantes, donde existían la editorial Monte Ávila y el premio Rómulo Gallegos, donde había periodistas como Simón Alberto Consalvi, donde había una aspiración al progreso. Pero el país decidió suicidarse un día. No pudo más y se suicidó.

–¿Lo afirmas así: el país se suicidó?

–Sí, los países se suicidan, y Venezuela tomó la decisión de hacerlo. Todo ha sido un lento proceso. Chávez no es un fenómeno sin explicación. La casa se fue cayendo a pedazos.

¿Y qué hay luego del suicidio?

–¿A qué te refieres?

–¿Los países se suicidan y sin embargo tienen la posibilidad de renacer, o son como el hombre, que se mata y nunca más?

–Yo tengo la sensación de que Venezuela es una tragedia sin catarsis, de que es una perpetua tragedia sin ninguna capacidad de hacer catarsis.

–Por lo tanto, falla como tragedia propiamente dicha.

–Es un desenlace que no tiene desenlace. Es un poco un tópico, pero es la sensación que yo tengo del país. Una de las cosas curiosas del proceso político es que la revolución como instrumento se valió de las diferencias: el que tiene, el que no tiene, etcétera. Pero la revolución tiene la capacidad de seguir generando más grietas: el que se queda, el que se va, el que tiene dólares, el que no tiene dólares, el que tiene huevos y el que no, el que tiene pan y el que no. Es una perpetua balcanización. Están balcanizando las relaciones ciudadanas. Todo el mundo es un potencial enemigo, aunque no sé si enemigo sea la palabra correcta.

 

 

 

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–Pero la catarsis, a fin de cuentas, quizá sí exista, ¿no? Para muestra, la literatura. Ahí está tu novela. Tú escribes, generas imágenes. La literatura entra para tratar de mediar un poco entre nosotros y la realidad, y allí puede haber un resquicio para…

–La literatura no resuelve problemas ni reconcilia países ni tiene ninguna obligación moral al respecto. La literatura crea problemas, incomoda. Y cuanto más incomode, mejor. Y cuanto más desagrade, mejor. Pero entiendo lo que planteas.

–Lo que quiero decir es que la literatura nos da distancias para tener imágenes.

–La literatura nos confronta con las cosas para tratar de que podamos tener una idea clara sobre ellas. Lo que no significa que sea optimista ni redentora.

–En una entrevista de 2014 dijiste que tu escritura no es ni periodística ni literaria sino “una mezcla algo estrambótica entre ambas”. ¿Cómo es eso?

–Sí, lo creo. Normalmente una prosa periodística debería ser más sobria, y yo creo que mi prosa periodística no es sobria. Puede incluso estar cargada. A mí nunca me ha gustado la distinción entre periodismo y literatura porque considero que ambas disciplinas exigen respeto por la palabra y que su uso sea con aspiración a la belleza. Si yo entrevisto a alguien no voy a inventar nada, pero procuro que mi prosa periodística y mi prosa literaria se alimenten de la misma sustancia.

–¿Nunca te creó dilemas eso de sentirte periodista o escritora?

–Yo me siento escribidor. He estado permanentemente escribiendo periodismo y permanentemente escribiendo ficción. No puedo disociar el periodismo de la actividad literaria porque lo considero en sí mismo una actividad literaria.

–¿Desde cuándo escribes?

–Desde muy pequeña… Hombre, si te dijera que desde que aprendí a escribir sería un poco petulante e inexacta, pero antes de los 10 ya escribía.

–¿Te imaginas dedicada en algún momento solo al periodismo o solo a la ficción?

–No. Es que las cosas ahora son diferentes. Los géneros se prestan cosas y el proceso es demasiado largo como para que yo diga que voy a encerrarme en la habitación de la novela, como si me creyera Thomas Mann. El aprendizaje de la escritura es enorme, y el periodismo está constantemente produciendo episodios de aprendizaje. Además, la prosa se te puede entumecer si no la confrontas con otras cosas.

–Quiero preguntarte sobre dos escritoras venezolanas que siempre mencionas. Elisa Lerner es una. Has dicho que eres mucho de lo que eres por ella.

–Elisa fue fundamental en mis lecturas. Por cierto, explica muy bien la concepción que yo tengo de la literatura y del periodismo. Elisa ha sido siempre escritora. Sintetiza lo que yo considero que es una escritora. Ha escrito crónica, teatro, novela. Es una de las grandes, grandísimas escritoras latinoamericanas. Creo que deberíamos hacer más por divulgar su obra. Está a la altura de cualquier escritora de su tiempo. Tiene la dureza de una Silvia Plath, tiene la lucidez de una Clarice Lispector.

–¿Te sientes cómoda si se dice que eres una escritora venezolana?

–¿Y qué más voy a ser?

–Una escritora, a secas.

–Pero yo tengo una impronta, unas memorias, una forma de hablar. Eso no se elige. Otra cosa es que me considero un lector, no un lector venezolano.

–La otra escritora nuestra que mencionas con frecuencia es Yolanda Pantin.

La hija de la española abre con un epígrafe de El hueso pélvico, un libro de Yolanda. Yolanda tiene un universo poético que es importante para mí. A la que más fuertemente me he sujetado es a la Yolanda política, la de La épica del padre, El hueso pélvico. Creo que Yolanda es lo suficientemente joven y lo suficientemente sólida literariamente como para seguir dando que hablar y tener más presencia.

–¿Eres de leer más algún género que otros?

–Soy más de autores que de géneros: Flaubert, Coetzee, Mann, Cervantes. Les robo cosas cuando los estoy leyendo.

–Una pregunta de programa de televisión: ¿por qué escribes tú?

–Porque es como la risa. Es inevitable. Es un acto reflejo.

–Vienen semanas y meses muy movidos con la publicación de la novela. ¿Te causa angustia que te tengan el ojo puesto?

–No. De aquí en adelante todo es ganancia. Yo nunca pensé que esto iba a ocurrir. No tengo miedo no porque no tema, sino porque el aprendizaje va a ser tan grande que, pase lo que pase, no voy a ser la misma.

–Tu editora va a estar muy pendiente de qué vas a escribir ahora.

–Ya estoy escribiendo –dice Karina–. Mi editora no lo sabe todavía, pero mi agente literario sí. Es otra novela. Una historia sobre la insatisfacción. No sé si se mantendrá el título, pero por lo pronto se llama Los comedores de arsénico.

 

* VózPopuli, un medio español donde Karina Sainz Borgo escribe desde hace varios años, ha adelantado el primer capítulo de La hija de la española. Puede leerlo aquí: https://www.vozpopuli.com/altavoz/cultura/hija-espanola-karina-sainz-borgo-primer-capitulo_0_1222978900.html

Rafael Cadenas, despertador de almas: Los escritores celebran al poeta

Foto: Vasco Szinetar

 

@diegoarroyogil

El martes 23 de octubre Rafael Cadenas (Barquisimeto, 1930) se convirtió en el primer venezolano en recibir el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, el más importante galardón en su ámbito. Lo llaman el Nobel de poesía en español y portugués, dado el prestigio que se ha labrado a lo largo de las, hasta ahora, 27 ediciones en que se ha otorgado, desde su establecimiento en 1992. Gonzalo Rojas, José Ángel Valente, Nicanor Parra, Blanca Varela, José Emilio Pacheco, Fina García Marruz e Ida Vitale son algunos de los poetas que lo han recibido, o que lo recibieron. A ellos se suma ahora Cadenas, autor de una obra “sencilla y, sin embargo, terriblemente honda”. Así lo afirmaba el profesor Juan Pablo Gómez la semana pasada, en el Teatro Real de Madrid, en la presentación de No es mi rostro, la antología de la poesía de Cadenas que se ha publicado a propósito del Premio Reina Sofía.

Tradicionalmente, el acto en que se entrega el galardón se celebra en la Universidad de Salamanca. De camino a esa ciudad, un enclave mítico para la cultura hispana, Cadenas pasó por la capital española. La editora y escritora Sandra Caula estuvo con él en casa de la poeta Verónica Jaffé. “Fue una pequeña reunión con familiares y amigos –cuenta Sandra–. Rafael estaba como siempre: dulce, sensato, auténtico, atento y hasta gracioso. Ninguna estridencia, ningún entusiasmo fuera de lugar. ‘Esto te hace bien, ¿verdad, papá?’, le preguntó Paula, su hija. Rafael perdió a Milena, su esposa, hace poco. ‘Te hace bien ver gente, salir, estar con tus amigos, ¿verdad?’, Paula tuvo que repetir la pregunta. Y no porque Cadenas no la oyera sino porque estaba pensando en la respuesta: ‘Eso espero’, le dijo, y sonrió con su sano escepticismo de siempre. Pero sobre todo fue conmovedor sentir, en ese momento tan suyo, su preocupación constante por Venezuela, por la debacle que vivimos y que quizás ya se anunciaba en ese magnífico libro suyo titulado En torno al lenguaje”.

Siguió el poeta su camino a Salamanca, donde lo esperaban otros amigos, entre ellos el historiador Elías Pino Iturrieta. “La noche anterior a la entrega del premio un grupete se reunió con el poeta –dice Pino–. Familiares y gente de la UCV. Fue en Las Caballerizas, un modesto bar de estudiantes. Sin que nadie se lo propusiera estuvimos presentes tres decanos de la Facultad de Humanidades: Roberto Ruiz, José María Cadenas y yo. También estaba Irma Chumaceiro, quien fue directora de la Escuela de Letras. El Alma Mater con uno de sus hijos más ilustres. Al rato llegaron varios muchachos de Salamanca para saludar al poeta. Todo fue muy entrañable, colmado de alegría. Al día siguiente, al mediodía, venezolanos venidos de otras partes de España caminaban por la Rua Mayor a la espera del acto”.

El momento se acercaba, más bien, había llegado, y allí estaba Cadenas, el invitado de honor de la reina Sofía, en el paraninfo de la universidad más antigua de España y una de las más antiguas de Europa. Ricardo Rivero Ortega, el rector, fue el primero en tomar la palabra para recibir al poeta, a quien llamó “artesano del lenguaje y crítico de la barbarie civilizada”. Luego fue el turno de Alfredo Pérez de Armiñán, el presidente del Patrimonio Nacional de España, quien insistió en que, con este reconocimiento a Cadenas, “Venezuela se incorpora a la geografía transcontinental del premio, después de que la candidatura del ahora galardonado fuera presentada por numerosas universidades, entre ellas la Central de Venezuela”, donde Cadenas “ha enseñado durante 40 años”. Fue una mención afortunada y justa de la UCV, que, como ha apuntado en otras ocasiones el mismo poeta, “es más vieja que el país”, pues fue fundada en 1721, prácticamente un siglo antes de la Independencia.

Luego de Rivero y de Pérez de Armiñán, y tras recibir el premio de manos de la reina, siguieron las palabras de Cadenas. “Señora”, se dirigió a doña Sofía, y la apelación y la manera de expresarse, con su inconfundible cadencia, traían el eco de algunos poemas suyos donde Ella es la vida, la lengua, la poesía: “Señora”. Dio las gracias, como hace siempre de primero, por el “bien recibido”. Y se refirió a la política. Dijo que hay palabras principales, “por ejemplo, libertad, justicia, democracia, civismo, honestidad, las cuales, cuando se ausentan de un país, tornan muy difícil para sus ciudadanos el hecho de vivir realmente. Esas palabras, además, deben corresponder a lo que designan, si no habría que recurrir a lo que Confucio llamaba ‘rectificación de los nombres”. Agregó: “Es que en Venezuela nos urge instaurar la normalidad, que solo puede ser democrática. Pero no voy a adentrarme hoy en este punto porque no es la ocasión de hacerlo. Quisiera, sí, señalar la importancia del lenguaje en el ejercicio de la política. Tiene la enorme tarea de enfrentarse a la neolengua de todo totalitarismo”.

Dicho esto, Cadenas pasó a referir sus vínculos con España. El primero, claro: la lengua, “pero sobre esta relación no es necesario insistir”. Y luego, la literatura: Rafael Alberti, García Lorca, Pedro Salinas, Miguel Hernández, León Felipe, Luis Cernuda, Antonio Machado. Un viaje por autores y lecturas. Mencionó especialmente a Miguel de Unamuno. Lo llamó “despertador de almas”, en alusión a la frase de Giordano Bruno que Unamuno cita en Del sentimiento trágico de la vida: “despertador de las almas que duermen”. De esa manera, de paso, sin quererlo, Cadenas se autorretrataba.

Se refirió asimismo a la llegada a Venezuela de los exilados españoles durante y después de la Guerra Civil. “Fueron miles –recordó–, y entre ellos vinieron profesores, científicos, escritores, que contribuyeron decisivamente con nuestra cultura, como Juan David García Bacca, Pedro Grases, Manuel García Pelayo, Marco Aurelio Vila, Juan Nuño, Federico Riu, Manuel Granell, Guillermo Pérez Enciso, Mateo Alonso, Santiago Mariño y muchos otros. Todos dejaron su impronta perdurable en nosotros”. Cadenas aportó un dato de vuelta: “En el 2015 apareció el libro Humanistas españoles en Venezuela, compilado por el escritor Tulio Hernández, hoy exiliado de Venezuela”.

Y cerró de la siguiente manera: “En una entrevista dije que la palabra crisis, aplicada a Venezuela, es un eufemismo. Nuestra situación es algo que va más allá de la crisis. Es de salida muy difícil. Termino con una observación tal vez oportuna. Creo que los nacionalismos son abominables. Traen odios, conflicto, guerra. Ojalá aprendamos y optemos por la amistad entre las naciones, por eso he evocado la que existe entre Venezuela y España, no sin recordarles a los que atacan este país que lo hacen en español”.

Concluido el acto, se celebró una recepción, de la cual la escritora Marina Gasparini, que estaba allí, rescata, entre otras cosas, la calidez y la cercanía de la reina Sofía, “una mujer de verdad muy ‘real’, en todas las acepciones del término”. Marina comparte esta anécdota: “La reina, que hablaba con Rafael, le dijo que él está joven todavía. Rafael se sonrió, y la miró con esa mirada y con esa sonrisa suyas que conocemos, y le dijo en voz baja, con la cabeza un poco ladeada: ‘Tengo 88 años’. Ella lo tomó del brazo y, también en voz baja y con otra sonrisa, le respondió: ‘El 2 de noviembre yo cumplo 80, somos jóvenes’. Se acercó y besó a Rafael”.

“Tuvimos mucha suerte –reflexiona Sandra Caula–. Los venezolanos que crecimos en la Venezuela democrática tuvimos mucha suerte. Eso he pensado varias veces esta semana, sintiéndome siempre muy orgullosa de la riqueza de nuestra cultura y de cómo sigue viva mientras el país se derrumba. Porque es increíble cómo da frutos, uno tras otro, y resiste los embates de la maldad y de la nada que intentan devorarla”.

Hay un poema muy citado de Cadenas, sobre todo durante los últimos años. Dice así:

 

País mío, quisiera

llevarte

una flor sorprendente.

 

La presencia de Rafael Cadenas entre nosotros nos ha revelado, desde siempre y finalmente, que esa flor sorprendente era su poesía, que esa flor era, incluso, él, despertador de almas. Los testimonios de escritores que, sobre el poeta, hemos recogido en Runrun.es para este artículo acompañan, tal vez, ese sentir.

 

TESTIMONIOS

 

Foto: Vasco Szinetar

Alejandro Sebastiani Verlezza

Cuando yo tenía un poco más de 20 años, conocí a Rafael Cadenas. Él me enseñó el valor del silencio, su tremenda y misteriosa elocuencia. Cuando se abre el a veces tenso arco de su duración, justo ahí, aparece la palabra que repara y la que mueve. Apenas ahora comienzo a interiorizar ese don que Cadenas me pasó. Agrego que ahí encuentro la raíz de su poesía, la que surge en el andar de “un corazón/ que observa y acoge” (Keats). Gracias, maestro.

Foto: Miguel Hurtado – Contrapunto

Ana Teresa Torres

Si entro en una librería, al fondo, seguro veré a Rafael Cadenas.

Si pienso en las derrotas, las falsas maniobras o en el destierro, pienso en Rafael Cadenas.

Si creo en la palabra y en el silencio, creo en Rafael Cadenas.

Si quiero sentirme segura de levantar la cabeza y permanecer en pie, quiero sentirme como Rafael Cadenas.

Si a veces me avergüenzo de mi patria, debo enorgullecerme de que la comparto con Rafael Cadenas.

Fotos: Anthony Ascer Aparicio

Antonio López Ortega

El país que en cuanto a esfuerzo colectivo ya no está, al menos sobrevive, con otras claves, con otras señas, en obras como la de Cadenas. Hablar de islas, de destierros, de derrotas, de falsas maniobras, de intemperies, de memoriales, de amantes, de gestiones, de dichos o de sobres abiertos da para una cartografía, da para un país minúsculo pero autosuficiente. En ese país nos refugiamos, aunque sea a la intemperie, en espera quizás de que el otro país, el originario, resucite de las sombras. La obra de Cadenas, afortunadamente, ya no le pertenece: es una isla puesta a flotar, que deriva por múltiples corrientes, pero en la que vamos todos, apelmazados sí, pero felices. Cuando el país mayor que le hace falta al poeta reaparezca, tendremos tierra para saltar a la tierra, tendremos agua para bañarnos en los ríos, tendremos palabras para hablarnos los unos a los otros.

Foto: Lisbeth Salas

Armando Rojas Guardia

Todo venezolano culto sabe de memoria el primer texto poético de Los cuadernos del destierro. Yo haría de “Fracaso” una lectura obligatoria en todas las escuelas y liceos del país, para que nos sirviera de revulsivo y de antídoto desde la niñez: nos señala la ruta, no épica ni heroica, de un reencuentro con el fracaso civilizatorio que somos y una manera de transmutarlo en “kairós”, en oportunidad histórica, en resurrección de nuestra creatividad espiritual. Ese poema, y “Derrota”, hacen más que demostrar, es decir muestran que Cadenas comparte con Franz Kafka lo que puede llamarse “el genio del fracaso”: la conciencia del fracaso como aprendizaje de los límites, como paladeo de la precariedad y menesterosidad de la condición humana, como supremo arte de la verdad. Rafael es un patrimonio moral. No es solo nuestro mayor poeta vivo, sino también nuestro santo laico: el eslabón perfecto que une su entera existencia y su obra literaria es uno de los grandes valores éticos vinculados a la historia literaria de nuestro país. Su silencio incólume, casi monástico, en medio de la cháchara frívola en la que se proyecta la inmensa pantalla publicitaria que es nuestra rentista y vocinglera cultura petrolera, constituye una interpelación y un llamado a la vergüenza. Nuestros hijos, y los hijos de nuestros hijos, lo seguirán leyendo con fervor, con gratitud, con entrega asombrada y afectuosa.

Foto: Manuel Reverón

Carmen Verde Arocha

La palabra de Cadenas es vida, austeridad y espíritu. En esta Venezuela despojada de su verbo, afónica, el premio otorgado a uno de nuestros poetas fundamentales ha venido a restituir la voz del país, a protegernos de tanto desamparo. En Cadenas conviven el ciudadano, el demócrata y el poeta. Lo que dice corresponde con cada uno de sus actos. Su única verdad han sido la fuerza y la honestidad de su palabra.

Foto: QuéLeer

Edda Armas

A esta hora celebratoria en torno al fuego alto de la obra poética de Rafael Cadenas, una le agradece al poeta haberle dedicado su vida a la iluminación. Sobrio, despojado de artificio y egos, inteligente y sagaz al formular la sentencia crítica, modesto en su andar terrenal, atento al entorno social y a los otros, solidario con el joven que se inicia en el oficio de la palabra, erigió un templo de cobijo con paciencia y silencios de monje donde una y tantos acudimos a palpar la savia y el misterio de instantes desde siempre. Gracias Rafael, la soledad no existe, tu poesía nos salva en toda intemperie.

Foto: Efrén Hernández – Climax

Elisa Lerner

Los poemas “Derrota” y “Fracaso”, tan populosos en la difusión de la poesía de Rafael Cadenas, solo han sido prefiguraciones o afirmaciones sobre el largo dolor histórico de un país. Ese intelectual silencioso, en nuestros recuerdos, en peregrinación eterna por la librería Suma. Un silencio en que, paradójicamente, chirrían fantasmas polvosos de provincia, las piedras taciturnas de la que, en apariencia, ha sido una más. Porque, también, en Rafael Cadenas está la jovial palmera que en la isla de Trinidad saludó en inglés al joven y solitario exiliado veinteañero. Ahora más que nunca la bella contundencia de sus poemas breves, algunos con cierta pátina de sorna reflexiva, nos mantienen alerta para no sucumbir.

Foto: Lisbeth Salas – Climax

Gisela Kozak

Una palabra para Rafael, una sola: gratitud. 

Foto: El País ES.

Gustavo Guerrero

Rafael Cadenas y su poesía son como una de las formas de la esperanza que aún nos queda. Hoy representa como el otro horizonte ético y social de una Venezuela que no ha desaparecido del todo y en la que se valora el esfuerzo, la dedicación, la modestia, el respeto, el silencio y el buen uso del lenguaje.

Foto: Efren Hernandez Arias

Gustavo Valle

Tuve el privilegio de tener como profesor a Rafael Cadenas en la Escuela de Letras de la UCV y estudiar con él a los poetas españoles de la Generación del 27. Nunca fuimos amigos, creo haberlo saludado dos o tres veces en mi vida. Pero me acerqué a su poesía desde muy temprano. Cuando vivía en Madrid, hace casi 20 años, leía en voz alta sus poemas a mis amigos extranjeros, junto a los de Eugenio Montejo. Me gustaba leer en los bares madrileños los versos de quien fuera mi profesor de literatura española. Más que versos eran líneas cortas, huesudas y desaliñadas, sin más condimentos que su propia verdad, siempre inestable. Hoy, su obcecada sencillez, su desgarbo, su alergia a toda seducción es una ética a seguir en un país (y una época) adicta a la exhibición y los lucimientos. Ahora que recibió en España el Premio Reina Sofía, me gusta pensar que no fue una reina quien se lo otorgó, sino que lo recibió de manos de Lorca, Guillén, Salinas, Cernuda, Aleixandre, Alberti, Diego, Altolaguirre y Prados, esa corte de poetas magníficos a los que leí gracias a sus clases.

Foto: ABC de la semana

Leonardo Padrón

Rafael Cadenas siempre ha convocado la unanimidad inmediata de los lectores de poesía. Hay que decirlo con el debido énfasis: su poesía no pasa impunemente por los ojos de quien la consume. Su discurso poético propone una sola ambición: recuperar la nitidez de ser humanos. A Cadenas hay que leerlo muchas veces: en la juventud, en la soledad, en la consecuencia, en la maravilla y en la devoción. En su poesía, la vida es la gran protagonista. Sus libros han marcado a varias generaciones de lectores. Su obra está destinada a permanecer en los dilatados pasillos del tiempo. Como un tesoro inacabable.

Foto: Nicola Rocco

María Antonieta Flores

El silencio antecede al poema: esa gran lección la podemos ver encarnada en Rafael Cadenas. Su presencia discreta, la vigilia de su mirada, su cada vez más decantada escritura se oponen a la cultura del ruido, a la exigencia del parloteo, al ejercicio de la ironía como muestra de inteligencia. Es un hombre bueno y este hombre ha andado por su propio camino. Nos ofrece su palabra, esa que ha encontrado en su interior. En el sentido amplio y actual del término, Cadenas es un rock star de la poesía, aunque yo lo escuché cantar boleros en Viena.

Foto: Ucabista

María del Pilar Puig

Nunca me he sentido tentada a repetir el lugar común que ve a Cadenas como una persona “humilde”, aunque seguramente lo sea. Lo que no es en manera alguna es vanidoso. Pero prefiero afiliarlo a una virtud que hoy parece no estar de moda: la mansedumbre, que consiste en responder a las cualidades de docilidad, suavidad, sosiego, tranquilidad y benignidad en el carácter y el buen trato, según informa el Diccionario de la Real Academia. Estas virtudes encierran un gran logro vital, una gran fortaleza de espíritu y de carácter, eso que Cadenas transmitía, ahora, ya en su vejez, al momento de recibir el premio de manos de la reina doña Sofía, o cuando dio su discurso, o cuando habló en la presentación de la antología preparada por nuestro querido Juan Pablo Gómez y la profesora Carmen Ruiz Barrionuevo, tan amiga de Venezuela. En esos discursos habló también de la universidad venezolana, y dijo cosas que a otro seguramente lo avergonzarían, como por ejemplo que la UCV “está en el suelo” o que él, profesor “en el segundo lugar” (es decir, Asociado, segundo escalafón en importancia en la universidad venezolana) gana apenas, según le dijeron, 4 dólares mensuales y debe completarse con la pensión de vejez. Lo que hizo Cadenas al decir eso fue una profunda crítica al poder venezolano, y a la vez transmitió una inmensa dignidad que nos arropa a todos.

Foto: Twitter

Moraima Guanipa

La entrega del Premio Reina Sofía al maestro Cadenas fue un bálsamo para estos días y estos tiempos tormentosos, tan llenos de bajeza y miseria del poder que nos asfixia. Lloré conmovida al ver la transmisión del acto de entrega del premio. Verlo tan frágil y, al mismo tiempo, tan gallardo y entero me emocionó mucho. Ver cómo se inclinaba, caballeroso, ante la reina Sofía fue una lección de donaire de su parte. Pensé mucho en Milena, su esposa recientemente fallecida, que en paz descanse, y en lo mucho que habría disfrutado un momento como ese. También me conmoví cuando me comentaron que en el juego de Caracas-Magallanes uno de los locutores rindió homenaje a Cadenas leyendo uno de sus versos. Creo que, para muchos de nosotros, castigados como estamos en nuestra autoestima nacional, el premio a Cadenas es un airecito de orgullo del bueno.

Foto: conexo.org

Nidia Hernández Brizuela

Rafael Cadenas nos regala su aura de poeta, en la que queremos estar y en donde nos sentimos resguardados, nos da su sombra como el árbol maravilloso que es.

Foto: EFE

Rodolfo Izaguirre

Muchos aseguran que Rafael Cadenas habla poco. ¡No es verdad! Conmigo habla mucho y nos reímos. Lo que ocurre es que habla desde su silencio y al hacerlo esparce tolerancia, sensibilidad y un conocimiento del ser humano que él descubre y revela desde sus profundidades. Y ese, para mí, ¡es el mejor conversador!

Foto: El Nacional

Samuel González-Seijas

La obra de Rafael Cadenas nos ha pasado algo que parecería hoy incontestable: la vida puede recuperarse, puede retomarse desde su raíz. Sus seis décadas de escritura fueron tensando un arco que hoy entra en la lengua con puntería de material acerado en la vigilia, la insistencia y el cultivado amor. Cadenas le ha dado a este país un hilo y un espejo, y un silencio de arroyo que solo podrán escuchar los que se han hastiado de engañar, de mentirse. Es y será regio como un árbol, crudo y concreto. Siempre veraz.

Foto: La Maja Desnuda

Verónica Jaffé

Me gustaría compartir un “apunte” que me escribió Cadenas una vez. Creo que es un retrato perfecto de él mismo, y casualmente muy pertinente con este premio Reina Sofía. Escribió Cadenas: “Hölderlin, cuando vivía en casa del carpintero que lo albergó, solía inclinarse ante cualquier visitante y decirle: su excelencia, majestad, etc. Me niego a creer que sea necesario estar loco para tratar con esa misma reverencia, sin ningún distingo, a todo ser humano”.

Foto: Martha Viaña

Victoria De Stefano

Conocí a Cadenas en la universidad. Corrían los primeros sesenta, Rafael estudiaba Letras y yo Filosofía, en aquella época compartíamos varias clases en los primeros años de la carrera. Rafael y el profesor de Filosofía Guillent Pérez, el filósofo del grupo de los Disidentes [grupo de vanguardia artística] recién llegado de París, mantenían una vieja amistad. En esa época Rafael era muy silencioso, varias veces se sentó en el cafetín con mi condiscípulo y amigo Guillent y conmigo, pero permanecía callado, a lo sumo pronunciaba uno que otro monosílabo. Apenas Rafael se levantaba y se iba con su caminar lentísimo, Guillent, que era más bien locuaz, me hablaba de Cadenas como un gran poeta en la línea de la poesía, usó la palabra filosófico existencial, de Hölderlin y Rilke. Guillent me hizo leer Los cuadernos del destierro, al principio me desconcertó su lectura. “Derrota”, un poco posterior, es un poema muy duro y yo era muy joven, sin embargo había en él una poesía potente y desbordante de imágenes que me fascinó. Poco después ambos nos graduamos y entramos a enseñar en nuestras respectivas escuelas. Para Rafael fue importante dar clases, sentirse rodeado del afecto y la siempre renovada devoción, creo que esa es la palabra adecuada, de sus alumnos. Más tarde su encuentro con Milena, que fue su cable a tierra, le dio más seguridad y libertad. Ya el Rafael de los setenta y ochenta era mucho más desenvuelto, más conversador, incluso hacía gala de un fino sentido del humor. Pero su sobriedad, su insobornable relación con la poesía y la vida, como nuestra amistad y mi incuestionable admiración por él como poeta y como persona, desde esos tiempos hasta ahora no han cambiado ni un ápice.

Foto: Vasco Szinetar

Violeta Rojo

Rafael Cadenas no sólo es un gran poeta, es también un gran maestro. Maestro por buen profesor, porque en sus clases aparentemente calladas en la Escuela de Letras de la UCV nos enseñó mucho sobre el respeto a la literatura. Maestro por su decidida oposición a la dictadura y su respeto a la democracia. Maestro porque ese señor silencioso y discreto nunca ha dejado de decir lo que piensa de los que destruyen Venezuela. Maestro de civilidad y civismo. Maestro por su disfrute de los nuevos escritores, por acudir a todos los eventos a los que lo convocan, por la devoción e interés con que revisa libros en una librería caraqueña, por su lejanía a toda prosopopeya. Maestro, en fin, porque tiene la sencillez de los grandes y porque no deja de escribir una magnífica poesía y de decir en voz alta y clara que la democracia nos falta.

Foto: Lisbeth Salas

Yolanda Pantin

En mi libro 21 caballos hay un poema llamado “La frase” donde hago un retrato de Rafael a propósito de una frase suya. Esa frase es: “Cuiden su democracia”, y el poema dice así:

 

No se escucharon

bravos en la sala

cuando nos advirtió

acerca de aquello

que veía venir

en el mar de fondo.

 

La frase

en su parquedad

fue enunciada

como una línea cualquiera

de los poemas

meditados y necesarios

que leyó sin énfasis.

Foto: Costa del Sol FM

Jaime López-Sanz

¿Decir de Rafael en breves líneas? Imposible, no sabría dónde detenerme. ¿El ciudadano, el conversador, el poeta, el profesor, el amigo, el insobornable hombre de a pie, el regulador del alma de tantos de nosotros cuando aparece en la súbita verdad de nuestros sueños o cuando lo leemos o escuchamos, que es lo mismo? Hace muchos años salió de mí decirle en una postseminarial mesa de amigos –él, un asistente como el resto– que él es la voz de la tribu, pero no solo de la mallarmeana sino la de un innumerable e inconquistable gentilicio, eso –me parece– que Mari Montes acaba de expresar: hoy somos mejores, hoy somos todos Rafael Cadenas. Ese hoy no es coyuntural, es ya el perenne, viejo y fresco hoy en que tantas memorias y tantas aperturas venezolanas al mañana vienen a confluir y a renovarse, tantas aguas profundas clarificadas en una fuente sin Leteo que a todos nos tiene y a nadie pertenece. Rafael nos limpia a todos. Pues no es de ideas, no es de estéticas, no es de militancias fantasmáticas ni de fantásticas ansiedades de trofeo de lo que se trata junto a Rafael. Mal dicho, se trata de transposición de nuestras vidas, las vividas y las por vivir, a días comunes bastante más vivientes por esa trasposición. Supongo que es eso lo que con la palabra poiesis querían discernir los antiguos griegos, el cambio de la pequeña vasija personal a la grande y bullente de la poesía en el vivir y desvivirse como ofrenda a lo impersonal, a lo que nos alza y empina, a la realidad real del cuerpo despierto y voluptuoso. Me he atrevido también a decir en clases que Rafael es el más sostenidamente sensual y voluptuoso de nuestros poetas. Un entrañable amigo mutuo, médico y narrador, me dio una vez la clave suya, la mejor: yo no puedo concebir mi vida sin Rafael Cadenas. ¿A qué obliga de modo tan persuasivo, tan desasosegante, esa voz tan franca en tantos planos a la vez, una voz, no descuidemos eso, obsesionante y perversamente cohesionada con la pena, la suya y la de todos? Allí se trata ya de un probado misterio al que solo corresponden lágrimas de alegría. Las mismas que vierte la Dama Generosidad cuando escuchamos a Rafael discurrir con tino sobre la poesía de Montejo, Sucre, Silva Estrada, por ejemplo, o sobre los soliloquios de Marco Aurelio o sobre los místicos españoles o los clásicos de la lengua o la negative capability de Keats. La misma que no encuentra traductor para el barquisimetano vocablo ayera en uno de sus poemas o a la que no le cuesta decir, sin confesionalismo oportunista, que tal libro suyo resultó de una honda crisis personal o que un tirano le hizo un favor al expulsarlo del país. La misma voz que no deja hoy de soñar con la Escuela de Letras y allí, en el mismo sueño, hablar en pupitre como un alumno más, atento al profesor. La que a poetas jóvenes estimula y dice mucho al respaldarlos públicamente. Cuánto no dice esa voz aun con su silencio acompañante, como si un pequeño y tolerable rayo de claridad se nos hiciera dentro. El misterio es esa voz de campo abierto, con sobria dulzura. ¿Sabes, Mari, que Rafael fue pelotero de la selección juvenil de Lara cuando en el país se comía, como tú hoy, en la mesa franca del beisbol nuestro de cada día? ¿Lo viste alguna vez correr de home a primera, en campo abierto? Yo sí, aunque mucho tiempo después. Y también esa imagen me acompaña como la voz de sus poemas cuando a veces necesito socorro de la vasija grande.

Exclusivo: Extractos del libro
¿Quién es Osmel Sousa? El enigmático “zar de la belleza” publica su primera biografía junto con el periodista Diego Arroyo Gil , autor de los libros de Nelson Bocaranda y Sofía Ímber. Aquí varios fragmentos de edición de Planeta

 

YO NACÍ EN CUBA, EN EL PUEBLO DE RODAS, PROVINCIA DE CIENFUEGOS, no voy a decir en qué año, el que quiera saber que vaya y lo averigüe. Toda la vida me he sentido joven y a estas alturas no pienso estropearlo. Soy, eso sí, del 26 de septiembre, signo Libra, que no sé qué significa. Mi nombre es Osmel Sousa, pero también soy conocido entre la gente como el Zar de la Belleza y el Hacedor de Reinas. Desde que me inicié en el mundo de las misses, a mediados de los años sesenta, hasta el día en que abandoné la presidencia del Miss Venezuela, llevé a siete mujeres hasta la corona del Miss Universo, a cinco a la corona del Miss Mundo y a siete a la corona del Miss International. Un récord para el Libro Guinness. Las recuerdo muy bien a todas. Viví grandes momentos junto a cada una de ellas, y sin embargo hoy muy pocas de ellas me llaman en mi cumpleaños, en Navidad y el día de Año Nuevo. Cuando se encuentran conmigo, me saludan con cariño. Yo sé que me quieren, y yo a ellas, pero no somos amigos íntimos y, la verdad, eso no me quita el sueño. Me basta con haberlas visto conquistar el triunfo. Me basta con haber presenciado, desde la primera fila, cómo la perfección que habíamos alcanzado juntos, ellas y yo, era premiada con la corona, pues de esa manera la corona también se hacía mía. El poder de la belleza tiene pocos sustitutos y yo he consagrado mi vida a conseguirlo.

 

***

 

El rostro de mujer más bello que yo he visto nunca es el de María Félix, María Bonita. Así sería de poderoso que yo ya lo dibujaba, de niño, antes de que se me pusiera por primera vez delante de los ojos. Yo no había tenido todavía el placer de saber que María Félix existía en la vida real y sin embargo su rostro era una realidad de mi imaginación. Fue cuando estaba en el colegio y no servía para nada. Ni para Castellano ni para Historia y mucho menos para Matemáticas. Yo no servía para nada sino para dibujar, y dibujaba el rostro de María Félix. Cuando la conocí en persona, en los años setenta, durante un viaje que hizo a Caracas, el encuentro me sirvió para confirmar que esa era la mujer que me había obsesionado cuando yo era un pésimo estudiante y me pasaba todas las horas de clase haciendo bocetos de sus rasgos maravillosos. La fascinación que ella me ha causado me ha hecho decir incluso que, si la reencarnación existe, a mí me encantaría reencarnar en María Félix.

Lo de que yo era un incapaz para los estudios no es una exageración. Yo era brutísimo, o por lo menos así pensábamos todos. Luego supe, muchos años más tarde, adulto e independizado, que padezco déficit de atención en el mayor grado posible, tanto que cuando se revelaron los resultados del examen que determinó esa condición, la doctora que me atendía me dijo, asombrada: «Yo no sé cómo usted se acuerda de su propio nombre…». Un diagnóstico así de especializado era imposible en Rodas en mi época. Allá sencillamente yo era medio burro, cuando menos un torpe, un muchacho al que nadie sabía qué le pasaba por la cabeza. Mis padres me pusieron profesores particulares para ver si mejoraba, pero fue inútil. Llegué a sexto grado por puro milagro, y para pasar al bachillerato hubo que convencer al director del colegio de que me hiciera el favor.

 

***

 

Las mujeres son mucho más interesantes que los hombres, de eso no cabe duda. Como ser, la mujer es divina, y como cuerpo, mucho más armoniosa. Mencioné a María Félix, que es como la cumbre, pero yo me pongo a pensar, por ejemplo, en Lupita Ferrer, la gran actriz venezolana y también diva de América Latina, y me parece evidente que es un personaje de un magnetismo que yo, por ejemplo, no tengo. Así sería que Lupita tenía una abuela, terrible, que cuando salía a la calle con ella se llevaba un bate de béisbol por si algún hombre se acercaba y trataba de propasarse con su nieta. Cuando yo la conocí, a Lupita, en Maracaibo, me di cuenta de que tenía esa cosa de que despertaba pasiones y, desde luego, de que las vivía ella misma con gran intensidad.

Lupita fue una de mis primeras amigas en Venezuela. La conocí gracias a Waldo, de cuyo grupo de teatro ella formaba parte. Aquella obra del Club Creole fue protagonizada por Lupita. Me acuerdo de que estaba basada en Gigi, una novela de Colette, la escritora francesa. Años antes se había hecho, en Hollywood, con mucho éxito, una película con la misma historia, y estos amigos míos la llevaron al teatro. La destreza que Waldo demostraba en todo lo que hacía era increíble. Era capaz de una cosa como esa, tan difícil: montar una obra, y a la vez ser decorador y dibujante profesional. Lo mejor que a mí me pudo pasar cuando vivía en Corito fue caer en su entorno, porque eso me permitía estar cerca de personas interesantes, gente del teatro y de la cultura en general. Los amigos de Waldo eran escritores, pintores, músicos, y así.

 

 

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A finales de los años sesenta yo incluso fui modelo. Como era delgadito, toda la ropa me quedaba bien y me veía impecable. La gente me echaba muchos menos años de los que en verdad tenía. Álvaro Clement era el nombre de uno de los sastres principales de Caracas. Tenía una boutique en la urbanización Chacaíto, y allí mismo presentaba sus colecciones una o dos veces al año. Chacaíto estaba en boga porque recién habían inaugurado en esa zona el primer centro comercial de la ciudad, un lugar adonde ibas y te sentías en la civilización. Ahí conseguías lo que querías. Había ropa y zapatos de todas las grandes marcas del mundo. Yo me dediqué al modelaje en pleno auge de Chacaíto. Una época inolvidable. Recuerdo que un día Clement, a quien conocí en mis andanzas de dibujante publicitario que no se perdía una sola fiesta, me hizo salir a la pasarela acompañado de una niña muy bella y divertida, Margarita Zingg, que luego se hizo diseñadora y trabajó conmigo en el Miss Venezuela. Desde que yo la conocí ya Margarita llamaba la atención por su elegancia y su buen gusto. Atraía a los fotógrafos sociales como una estrella. Estaba siempre perfecta y era simpatiquísima. ¡Todavía!

 

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Hoy hay gente que me critica porque yo tengo amistades en el Gobierno venezolano. Pues esas amistades no son nada nuevo y además no perjudican a nadie. Trabajar para el concurso de belleza más importante del país me puso en contacto, desde el principio, con todo tipo de personas, muchas de ellas con poder, desde actrices y animadores de televisión, hasta ministros, magistrados y presidentes de la República.

Mi primera incursión en las esferas de la política ocurrió gracias a «Polvo de estrellas», aquella columna mía de la revista Páginas. Muñeca de Morales Bello, la esposa de un dirigente muy influyente del partido Acción Democrática, era una mujer que se vestía bastante bien, siempre estaba arregladita, y se me ocurrió dibujarla y hablar bien de ella en mi columna. En la página opuesta, sin ofensas, pero con cierto atrevimiento, dibujé a Blanca de Pérez, la esposa de Carlos Andrés, y comenté que estaba gordita y que debía cuidar un poco más su aspecto. Es decir, Muñeca era la bella y Blanca era la fea.

Al cabo de unos días estoy en mi oficina, en Últimas Noticias, y me avisan que hay una señora de Acción Democrática que quiere que la reciba. «Ya está. Les cayó mal la columna a las adecas», me dije yo. Cuando veo, aparece en la puerta la propia Muñeca de Morales Bello, simpatiquísima. «¡Esas páginas te quedaron perfectas!», comentó. «Tanto que vengo a pedirte que asesores a Blanca para la campaña electoral». Muñeca se refería a la campaña de Carlos Andrés, el candidato de Acción Democrática para la presidencia. Agregó: «Blanca va a ser la Primera Dama y debe verse perfecta». La propuesta era tan inesperada que la acepté, a lo que Muñeca se detuvo para hacer hincapié en que nadie podía enterarse de aquello. Blanca me exigía discreción total.

Jaime López-Sanz: “Los lados oscuros de la historia están más presentes en el psiquismo moderno de lo que creemos”

@diegoarroyogil

JAIME LÓPEZ-SANZ ES PROFESOR DE LITERATURA Y PSICOTERAPEUTA. Su actividad docente se ha desarrollado, principalmente, durante varias décadas, en la Escuela de Letras de la Universidad Central, pero también ha dado clases en el Centro de Estudios Junguianos, en Caracas, y en otras instituciones. Renuente a conceder entrevistas para la prensa, el profesor López-Sanz es un conversador excepcional.

Gracias a una manera muy suya de proceder, en la que a veces hay bajones de voz inesperados, o, por el contrario, énfasis que ponen en alerta, el intercambio con él resulta bastante animado en tanto que siempre está presente la guía de una emoción. Lo fundamental, en todo caso, es que López-Sanz habla asomando imágenes o relatos que, a primera vista, pueden hacer preguntarse al interlocutor “¿A dónde va esto?”, pero que luego se revelan como dadoras de otro suelo para la reflexión y, por descontado, para la vida. (Cuestión de profesor de literatura y de psicoterapeuta, se supone). Es quizá por esto, por el valor que él atribuye a las indirecciones en la conversación, que al plantearle la posibilidad, ¡a quemarropa!, de explorar “la relación entre historia y psicología”, a ver si la psicología nos ayuda a comprender un poco más asuntos que competen al venezolano (dada la crisis en que estamos, que por momentos parece inabordable y nos lleva a la psique o al alma), López-Sanz diera inicio a la entrevista con una salvedad: “La invitación que me haces me suena demasiado académica. Hablas de ‘Historia’ y de ‘Psicología’, dos grandes disciplinas, pero el tipo de psicología que a mí me interesa es la que procura acercarse a lo que nos ocurre de la manera más espontánea y natural posible con lo que sentimos”.

–Comprendo, pero para ubicarnos permítame una pregunta que creo ineludible: ¿puede la psicología abordar la historia de un pueblo?

–Bueno. Sí, y la palabra crucial en ese abordaje es la palabra complejo. Los complejos históricos son importantes. En Venezuela, por ejemplo, la Independencia es un complejo muy tenaz en el laberinto de la psique venezolana. Todos sabemos de qué se trata la Independencia como episodio histórico que damos por obvio desde que estudiamos en la escuela primaria, pero entrar en el complejo ya es otra cosa. Tal vez una de las acepciones de “enterarse” sea “haber entrado”.

–¿Qué es un complejo?

–Pero ¿esto es una entrevista o una clase de psicología?

–Hay que poner en claro ciertos términos para entendernos mejor, para tratar de despejar.

–Claro… Un complejo es un núcleo de energía vital, del que estamos poco o nada conscientes, que compromete el funcionamiento de la psique personal o colectiva. En el caso de nuestra psique colectiva, la Independencia es una barrera que nos dificulta entrarle a lo que hay detrás de la propia Independencia desde un punto de vista histórico y humano… Pienso en todo lo que heredamos de la Colonia: los afectos familiares, de todo tipo; la relación viva con la tierra y con el paisaje, asuntos que con el complejo independentista se volvieron un lío y, desde entonces, el venezolano lo que quiere es libertad, pero no sabe libertad de qué, ni frente a qué, ni con qué elementos cuenta para ser libre. Pero eso habría que concretarlo más. Yo he insistido, durante años, mediante la literatura, la venezolana y la europea, en la necesidad que tenemos de explorar el complejo heroico venezolano, que está asociado con la Independencia.

–Es un asunto que usted ha estudiado y, precisamente, quería tocarlo: nuestra relación con el heroísmo…

–Discutir sobre eso es difícil. Una vez la profesora María Fernanda Palacios me dijo: “Yo no sé si se trata de heroísmo o de titanismo lo que nos pasa a nosotros”. Pero es que una cosa está muy cerca de la otra, aunque parte de la tarea consista justamente en diferenciarlas, siempre con la ayuda básica de la literatura. Fíjate que una vez un médico con cierto prestigio en Venezuela fue interrogado en un programa de televisión sobre la diferencia entre un héroe y un psicópata… Déjame apuntar que titanismo y psicopatía, según los estudios de la psique que siento más cercanos, se vuelven muy afines… La respuesta de este médico, quien fungía de consejero del gobernante de turno, fue que “un héroe es un psicópata que la pegó”. Para mí era obvio que, sin darse cuenta, se estaba refiriendo a su paciente. Yo sentí indignación, pues me cuesta creer que aquel médico desconociera la Ilíada, cuyo gran planteamiento es la conciencia del destino heroico, o siquiera al Cid Campeador, que cualquier estudiante sabe que es todo menos un psicópata. Debo añadir, sin embargo, que cuando yo llegué a estudiar en el Instituto Jung, en Zúrich, hace años, uno de los asuntos del que más oía hablar, en conversaciones fuera de clases, era por qué, en la psique moderna, el héroe no aparece sin que enseguida se deslice hacia la psicopatía. Tenía yo frescos episodios muy recientes y dolorosos de mi formación, de mi adolescencia y primera juventud.

–¿Cuál es el problema con el heroísmo entre nosotros?

–Me estás planteando una cuestión que me cuesta abordar así nomás. En todo caso, creo que el problema con el héroe y con lo heroico entre nosotros, los venezolanos, es que el héroe y lo heroico se disparan mucho hacia el mundo paradisíaco del poder mágico de las ideas. El héroe hace abstracción de donde está él como cuerpo: se abstrae del lugar en el que se encuentra. Entonces toda esa zona, cuerpo y lugar, abandonada a su suerte, se le hace un monstruo: la tierra convertida en una furia, o bien en un paraíso. El ejemplo más evidente, o más a mano, en nuestra literatura, es el caso de Santos Luzardo y Doña Bárbara. Las ideas de Santos Luzardo son de una virtuosidad sin savia vital, es decir, decadente. O, al menos, esa es la impresión que tengo.

–Es paradójico, porque desde el colegio se nos enseña que Santos Luzardo es el ideal de hombre al que debemos aspirar. Santos Luzardo es el hombre llamado a acabar con Doña Bárbara, con la barbarie que no nos permite avanzar.

–Es parte del asunto. Es obvio que Rómulo Gallegos está parcializado por Santos Luzardo, lo cual, desde el punto de vista novelesco, es un gran delito. Quiero decir, identificarse totalmente el escritor con sus personajes. Todo el mundo sabe que hay mucho de Cervantes en Don Quijote, pero uno no puede decir que Don Quijote sea enteramente Cervantes, o viceversa. Gallegos se le monta encima al personaje y no lo deja en libertad, en libertad incluso de que se estrelle, porque toda novela se supone que tiene un toque de “adiós al héroe”. Novelar es bajar al héroe del pedestal. No se trata de ignorar al héroe, ni de olvidarlo, sino de darle su lugar adecuado en la memoria sin identificarse con él. El héroe es una fuente de identificaciones literales del Yo.

–¿Y eso es peligroso?

–¿Cómo que si es peligroso? ¡Es terrible! Terrible para el vivir, para lo que Ortega y Gasset llamaba “el quehacer”. Julio César, en la obra de Shakespeare, dice que los cobardes mueren muchas veces antes de morir y que los valientes mueren una sola vez. El valiente es el héroe, claro. La muerte del héroe es una muerte única y sola, algo que inspira un enorme respeto, respeto que empieza por no permitir la identificación con él. El héroe muere una vez, sí, pero en la novela como género literario el personaje tiene que aprender a morir varias veces y, en ese sentido, a pasar por cobarde, incluso y sobre todo ante sí mismo. En toda novela auténtica el héroe se humaniza, es a lo que me refiero. Odiseo, que viene de la guerra de Troya, va aprendiendo poco a poco que él ya no puede sacar la tarjeta de presentación para cualquier cosa y decir: “Yo fui quien tomó Troya”. Es eso lo que nos cuenta la Odisea. Porque al terminar la guerra de Troya, Odiseo tiene que ir entrando en límites, aprender con dolor a dejar atrás la luminosidad heroica, y a vivir en una tonalidad más mediada por sus propias oscuridades.

–A ver si entiendo: ¿lo que usted plantea es que a los venezolanos nos cuesta pasar, psíquicamente, de la épica a la novela?

–¡Sí, eso! Pasar de lo luminoso heroico furioso, o bien lo paradisíaco, que en nosotros está puesto en la Independencia y en la palabra mágica “revolución”, al mundo cada vez más gradualmente humano, con sus límites. Porque el héroe es una criatura sobrehumana, una criatura que no está hecha para la vida común, que es la del presente inmediato, sino para el pasado fundacional, que en efecto ocurre una sola vez. Identificarse con el héroe es vivir en permanente actitud inflada y belicosa con los demás. Ve solamente lo que ocurre hoy, en Venezuela, en las redes sociales.

–¿Qué es lo que se frustra cuando aparece el complejo heroico?

–Las oportunidades de movimiento hacia algo más humano, más democrático, más abierto y más prudente e incluso piadoso… Ahora, tampoco es que lo que nos pasa a los venezolanos sea tan único nuestro. ¿Qué está pasando en Estados Unidos con Trump y su supuesta mayoría blanca original y olvidada? ¿Por qué Putin se embolsilla a los rusos? ¿Qué está pasando en España, en Italia, en Alemania? Los lados oscuros de la historia están en el psiquismo moderno más presentes y en la superficie de lo que creemos. No nos han bastado los horrores del siglo XX. Pensemos, por ejemplo, en la ideología nazi. Bueno, no podemos perder de vista que la “ideología” nazi no fue sino el constructo más simplista de complejos muy oscuros del alma alemana y, por lo tanto, esos complejos rebasan los límites del nazismo histórico. En ese caso específico hay que leer a Thomas Mann, quien, de paso, también nos puede ayudar a nosotros con lo nuestro.

–Eso da mucho miedo.

–¿Y no es esa la pregunta que Lorenzo Barquero le hace a Santos Luzardo en un momento crucial de la novela de Gallegos?

–¿Cuál?

–Acuérdate. Lorenzo Barquero, ese personaje que es un degredo humano, que tiene un conocimiento de la miseria muy verdadero porque la vive, le pregunta a Santos Luzardo: “¿No te das miedo, Santos Luzardo?”. La pregunta toca tanto lo vivo que hay ediciones de la novela donde ha sido alterada: “¿No te da miedo, Santos Luzardo?”. Santos replica: “Miedo ¿por qué?”. Y Barquero le responde: “¡No! No te pregunto para que contestes”, y le dice que aquel Lorenzo Barquero de la juventud que Santos admiraba, un hombre que había sido aparentemente genial, era una mentira, y que la verdad era la que veía ahora: un hombre reducido a la miseria. Barquero remata con algo muy duro: “Tú también eres una mentira que se desvanecerá pronto, Santos Luzardo. Esta tierra no perdona. Tú también has oído ya la llamada de la devoradora de hombres”. Lorenzo Barquero le dice a Santos todo eso que es tan importante y, sin embargo, Santos no oye. Piensa que Barquero está borracho.

–¿Qué es lo que esa conversación con Barquero pudo haberle dado a Santos?

–Ese es el punto. Le pudo haber dado una incipiente curiosidad por lo que podría convertirse en Santos Luzardo, más adelante, en conciencia de fracaso. Tomo la expresión “conciencia de fracaso” del título de un ensayo de Rafael López Pedraza que conviene releer periódicamente y que, no por nada, se basa en “Fracaso”, un poema de Rafael Cadenas.

–¿En qué consiste esa conciencia de fracaso?

–Te voy a responder con una historia. Hay un momento, en la Odisea, en que Odiseo desciende al inframundo, al Hades, la región de los muertos. A pesar de haber sido un combatiente de la guerra de Troya, va con pánico. Odiseo baja al inframundo no porque haya muerto, de hecho, está vivo, sino porque, por alguna misteriosa razón, dado que anda errante en los mares, sin hallar el regreso a su tierra, debe ir. Entre las figuras que se encuentra allá abajo está, nada menos, Aquiles, el máximo héroe épico de la guerra. Homero pone Aquiles en el Hades. Al verlo, Odiseo le dice: “Ningún hombre es más feliz que tú, Aquiles, pues antes, cuando vivo, te honrábamos igual que a los dioses, y ahora imperas sobre los muertos aquí abajo”, y Aquiles le responde: “No intentes consolarme de la muerte, noble Odiseo. Preferiría estar sobre la tierra y servir en casa de un hombre pobre, aunque no tuviera gran hacienda, que ser el soberano de los muertos”.

–Es lo que usted llama pasar de lo heroico a lo humano.

–Conciencia de fracaso, es decir, sentido de límites. Aquiles dice que prefiere ser un campesino, pero estar vivo, que ser un héroe entre los muertos. De allí que Lorenzo Barquero, quien a su manera está ya, también, en el inframundo, le recomiende a Santos que tenga una actitud más cautelosa con Doña Bárbara, que es como la tierra que te traga.

–El problema, a fin de cuentas, es que Santos Luzardo se enreda al querer luchar, con actitud heroica, contra eso que es oscuro y que, por esa misma actitud heroica, se lo lleva por delante. ¿Es eso?

–Eso es. Pero esa lucha, en Gallegos, no adquiere la forma de la guerra, del combate bélico. La lucha tiene que ser ahora de otro modo, a través de la imposición de la ley, porque el Gallegos novelista sigue siendo civil y abogado al escribir, y Venezuela está harta de rencillas armadas. La rectitud y la obediencia a la ley, a rajatabla, sin transición, allí se convierte, no obstante, en otro acto de violencia heroica… El título de la novela, Doña Bárbara, lo dice todo: lo da Ella, no él. Digo Ella con E mayúscula.

–Pero qué lío, profesor.

–Por eso te hablaba de la dificultad de hablar sobre este asunto para un medio de comunicación… Bien, hay otro diálogo muy importante en la novela, que se da entre Santos y un llanero ayudante suyo, un hombre leal. Un día él se acerca al patrón, a Santos Luzardo, y le pregunta si es verdad que él piensa ponerle una cerca al Llano. Esa es la cosa: cómo ponerle límites a la madre tierra. La empresa civilizadora, para Gallegos, consiste en cercar, alambrar, ese poder desmesurado. Es lo que yo siento que está detrás, como tema profundo, mítico, en Doña Bárbara. La traba, digamos, es que el método, la fórmula que plantea Gallegos obedece al mismo esquema de la tierra devoradora, y entonces nos quedamos dando vueltas, atrapados en ese cercado. Y ahí andamos. Que cada uno de nosotros vea a su alrededor: vivimos cercados. Nuestro complejo independentista, en el fondo, toma así el aspecto de una obediencia a la madre tierra salvaje, bárbara, de unos hombres que, como hijos suyos, fabricados por ella misma, se sienten también con poderes ilimitados, incluso al necesitar limitar los de ella.

–A propósito de este asunto se dice mucho en Venezuela que hay que “salir del héroe”, ¿usted está de acuerdo con eso, dicho así?

–No, no, no. ¡No! Cuidado. Lo que hay que hacer es escuchar la pregunta que nos fue propuesta a todos por boca de Lorenzo Barquero, quien no quiere respuestas precipitadas, sino que estamos atentos al miedo. Dejar que nuestro cuerpo hable, sin porqués, sin precipitación con el habla y las ideas. Eso de que “hay que salir del héroe” responde al mismo lenguaje de la tierra devoradora, es parte de su retórica. Odiseo no olvida a Aquiles, tal como, literariamente, la Odisea no sería posible sin el recuerdo vivo de la Ilíada. La memoria heroica necesita un lugar. Ese lugar se llamó siempre, entre nosotros, el Panteón Nacional, por ponerlo afuera, porque eso debería equivaler a un lugar interior en el que están sepultados nuestros héroes y siendo objeto de un ritual específico, periódico, que es el culto a los héroes. Eso siempre existió en Grecia y en el mundo occidental en general gracias a Grecia. Sin ese culto cívico los héroes muertos realizan una de sus tendencias más inquietantes, según los griegos, la tendencia a salir de sus tumbas. Y hay que recordar que todos nuestros muertos, nuestros ancestros, se “heroizan” en nuestros recuerdos. A los héroes se los rememora con mucho respeto y la población se educa, para la vida cívica, en ese culto. Eso es lo único que puede permitir que los héroes no anden por ahí saboteándonos la vida. El Panteón Nacional lo construyó Guzmán Blanco, y para mí Gómez dio otro paso en ese sentido. A pesar de todo su salvajismo, Gómez sembró el país con plazas con el nombre de Bolívar y con el busto del prócer. Una manera de darle al héroe, en cada pequeña población, un sitio, un culto urbano, un lugar de convivencia transeúnte. Ahí está el héroe: honrado y tranquilo… ¿Por qué yo discrepo de algunos historiadores que se refieren al culto a los héroes como algo nefasto e incluso se burlan de la palabra liturgia? Porque no se dan cuenta de que todo pueblo necesita de ese culto, y lo necesita porque en él toma forma un instinto legítimo de protección de la psique colectiva. Tú no le puedes quitar al pueblo el sueño heroico, ¿qué es eso? Ese sueño reaparece en períodos de vida colectiva agotada. Como personaje novelesco, Don Quijote está loco, pero como arquetipo del alma española, es un héroe al que Cervantes, gradualmente, va llevando a la humildad de su muerte, a la conciencia de su fracaso. Lo que nos queda, indeleble, a sus lectores, es la paradójica idealidad, no idea, de la emoción caballeresca.

–Me parece que los historiadores llaman “culto” a lo que no es un culto.

–Desde luego. No se puede prescindir del culto al héroe. Otra cosa es que se eduque el pueblo en darle un lugar debido a la figura psíquica del héroe. No se trata de prescindir racionalmente del héroe, sino de ir constituyendo el culto al héroe como la única manera de dejarlo en paz, de que se transforme en una figura si se quiere totémica de la cual no tengamos necesidad de hablar tanto, como si en realidad lo odiáramos. Decía López Pedraza que el culto a los héroes sigue el patrón del culto a los muertos, porque el héroe es el ancestro del colectivo. Los héroes son figuras protectoras que están en el Hades, pero que si son maltratadas porque el culto se equivoca o se plantea mal, se hacen destructoras. Sacar al muerto de su tumba: lo que se hizo aquí literalmente hace poco y que deshizo los dos momentos históricos en que, tengo la impresión, se iba elaborando en Venezuela ese culto.

–En esa acción de sacar los huesos de Bolívar, ¿no hubo culto al héroe?

–No, en absoluto. Eso fue un atentado contra lo sagrado en un grado extremo. Barbarie pura. Se respondía de esa manera a una visión totalmente regresiva de lo heroico. Con la exhumación de Bolívar se tocaron niveles muy profundos y oscuros que hicieron aparecer, incluso, lo supersticioso. Quien no sintió eso en ese momento estaba desatinando completamente, no tenía psique. A un alto funcionario le escuché decir, hace poco, que cuando él vio aquello sintió un estremecimiento como si estuviera ocurriendo algo tremendo… ¡Claro que estaba ocurriendo algo tremendo! Él lo refería como una maravilla, y resulta que era algo terrible, algo posesivo… “¿No te das miedo, Santos Luzardo?”. Cuando se desentierran arbitrariamente los muertos, los muertos se vengan, y no me refiero a nada esotérico sino a un hecho psicológico efectivo. De allí que la gente sienta que ese acto fue pavoso, como se decía antes en Venezuela. Ahí se incurrió públicamente en un trato irreligioso a los muertos, a todos.

–Entiendo que la diferencia entre las plazas Bolívar y la reciente exhumación de los huesos del héroe es la misma que existiría entre tener un portarretrato del abuelo fallecido o ir al cementerio, abrir la tumba y sacar su esqueleto.

–Bueno, bueno, espera…, es que hablar así ya es pavoso… Pero sí: sacar el esqueleto y llevártelo para tu casa para hablar con él. Comprenderás que eso lanza sobre cualquiera una fuerza psicológicamente nefasta. Sentir la emoción de lo religioso es lo que le pone un freno a lo sagrado. Lo sagrado por sí mismo es tanto dador de fuerzas extraordinarias como destructivo. A la humanidad le costó mucho darle imágenes a lo sagrado. Y cuantas más pudiera haber, mejor. Porque de esa manera el hombre se pone a salvo de lo que puede, desde su propio interior, acabar con él y, entonces, construye un espacio humano… No sé si nos damos cuenta de que estamos hablando del culmen del horror, de algo que la psique no puede procesar y que, por eso, la manda al territorio de la superstición. Aquí se cometió un sacrilegio, en el sentido original de esa palabra: una intromisión en el territorio destructivo de lo sagrado.

–¿Qué reacciones causa algo así en una psique colectiva?

–Para empezar, el shock de estar encantados por la mirada de la Gorgona, que mitológicamente es la señora del horror. ¿Tú crees que esos ojos que están pintados por todas partes en el país son accidentales? Esa mirada significa: “Te atreviste a abrir lo que debe permanecer oculto. Has visto lo que no se debe ver”. Esa mirada, que se pretende políticamente eficiente para controlar a la ciudadanía, a quien controló de una manera literal y definitiva fue a quien tuvo el atrevimiento de ver lo que no debía verse. El culto adecuado a los héroes, a nuestros ancestros, reside en el hecho de mantenerlos en el plano de lo que no debe exponerse a la vista pública. El culto a los muertos en Grecia consistía en lo que se ha llamado rituales de aversión, porque en ellos no se les daba la cara frontalmente, sino de un modo oblicuo. Y lo hacía un individuo en soledad. Otra manera de incurrir en esa insolencia salvaje consiste en pretender acabar con el apego a los ancestros de una manera solo racional. Ahora bien, ese colmo de nuestros excesos históricos en relación con el complejo del héroe no puede limitarse, entre nosotros, a una determinada persona o gobernante, que a fin de cuentas sería un instrumento inconsciente de lo que todos llevamos dentro, como riesgo, sin que podamos oír la pregunta de Lorenzo Barquero. A lo largo de estos años he mantenido la inquietud de qué fue lo que hizo con su paciente aquel médico que interpretaba el heroísmo como un azar psicopático.

–¿La mirada del horror nos puede llevar también a todos nosotros?

–¿A ti no te da temor hacer preguntas tan tajantes? No te olvides de que estamos hablando de algo tan frágil y delicado, a la vez tan fuerte, como la psique.

–Tiene razón. La cuestión, de solo plantearla, lo pone a uno un poco raro.

–Como cuando leemos una buena novela o un buen poema, ¿no? El caso es que, para un público culto medio de hoy, el horror es solamente una metáfora, y no es así. Una metáfora de cualquier cosa social, económica, política, y no es así, repito. No entendemos que el horror es una fuerza capaz de mover el psiquismo de un individuo y de un colectivo, pero también de paralizarlo. Por lo demás, no estoy inventado nada. Eso lo han dicho siempre los escritores y los artistas: el horror es algo vivo y actuante, y ellos lo saben porque se baten con eso, tomando más o menos precauciones, aun a riesgo de enloquecer. El horror es contaminante justo porque afecta a un nivel psicofísico. No creas que al responder a tus preguntas como lo estoy haciendo lo hago sin ese temor que te menciono.

–Se ha referido a los artistas. Uno es dado a pensar que están sufriendo de una manera tremenda.

–Tremenda es poco. A los artistas les toca lidiar con todo esto. Lo que, de paso, no es ningún privilegio. Sufriendo estamos todos.

–¿Qué pueden darnos los artistas?

–La conexión imaginal con los hechos. Digo “imaginal”, no imaginaria, porque no es una conexión caprichosa, ni fantástica, ni subjetiva. Es que la imaginación del artista da con certezas profundas y con objetividades que por otra vía no alcanzaríamos. Aristóteles decía que la poesía es más verdadera que la historia. Creo que aludía a esto de lo que estoy hablando… Mira, Enrique Bernardo Núñez escribió una vez que nuestra historia, en punto a lo que se llama “escribir historia”, está bastante bien elaborada, y que las lagunas y los vacíos que persisten no puede llenarlos el historiador: quien debe llenar esas lagunas y esos vacíos es el novelista. Solo el artista puede dar la conexión imaginal, y esa conexión no tiene que consistir, literalmente, en narrar sobre hechos históricos. Tampoco, necesariamente, sobre nuestras familias. También allí, con harta frecuencia, se han estrellado tantos escritores latinoamericanos, al querer hacer novela histórica. No se puede decir que todos, desde luego.

–¿El artista es una psique al servicio de los otros?

–Se puede decir así, pero no olvidemos que el artista trabaja, en primer lugar, en el saneamiento de su propia psique, trabajo en el cual van a aparecer los demás. Si no los vemos dentro de nosotros, esos que llamas “los otros” no van a ser abrazados o antagonizados, sanamente, afuera. La función del artista es ser mediador y servidor, y tener ojo para el peligro, conciencia del miedo. Los artistas son, pero no los únicos, sacerdotes de esa religión sin ortodoxias ni iglesias que es el trato habitual con las imágenes del alma. Les toca ir a lo hondo y regresar, para traernos nuevas imágenes, y así se nos educa el alma. Joseph Conrad dice, en el prólogo de una de sus novelas, que el escritor y el lector deben “sumergirse en el elemento destructivo”, el mar en el caso de esa novela, como en la Odisea. A nosotros se nos quiso sumergir en “el mar de la felicidad”, y mira donde estamos… Cuidado. No es que tenemos que hacer lo que dice Conrad en nuestra vida cotidiana, no se trata de una tarea en la agenda del Yo, sino en tanto lectores, es decir, como aprendices con el artista. El artista sabe, como dice James Hillman, que sin la fealdad no veríamos a los dioses. Al artista le toca hacerlo casi a diario por todos nosotros. Se entiende que no me refiero solamente al nivel de lo que a todos nos afecta: la carestía de la vida, los graves riesgos de salud, las colas para el pan, la inseguridad, etcétera. Ningún pueblo merece ser obligado a vivir en el horror o en el encantamiento cotidiano, sean cuales hayan sido sus errores.

–Según su experiencia como psicoterapeuta, ¿los sueños de los venezolanos deberían estar arrojando imágenes muy fuertes? Lo pregunto por la importancia que la psicoterapia atribuye a los sueños en la vida psíquica.

–Muy fuertes, sí. Y yo mismo, si “profesionalizo” el trato con esas imágenes, arriesgo perder aquel miedo del que hablaba Lorenzo Barquero.

–Disculpe. No le entiendo.

–Es muy importante que la psique elabore, y la psique siempre elabora porque la psique, en realidad, es muy noble. Al presentarnos imágenes terribles en los sueños está manteniendo vivo el miedo a la vez que conformándolo en imágenes. Es decir, la psique nos ayuda a que esas fuerzas que nos sacuden pasen a imágenes con las que podamos vivir. Porque resulta que esas fuerzas nos buscan para que les pongamos límites acogiéndolas conscientemente y pese, o gracias, al mismo miedo.

–¿Cómo nos ayuda la psique además de con los sueños?

–Con la estampida, que es el cuerpo básico defendiéndose, el instinto de huida física, corporal. La reacción animal ante lo repelente.

–Lo que no significa necesariamente huir del país, ¿o sí?

–Puede consistir en irse del país, y las terribles imágenes del éxodo que hemos visto últimamente nos hablan del asunto. Pero también puede consistir en eso que, en una conversación, Rafael Cadenas llamó “insilio”, que es otra forma en que el dios del cuerpo básico, el cuerpo más rústico, el dios Pan, nos protege del encantamiento del horror mediante el pánico. Pan no vive en el Olimpo sino encuevado. Esa huida hacia el exterior o hacia el interior hay que diferenciarla de las exageraciones histéricas, pues Pan es el dios en el que el cuerpo primordial actúa, por decirlo así, en legítima defensa. En cambio, encantamiento es estar privados de la conexión con nuestro cuerpo: lo que hace la Gorgona. No en vano es la cabeza de la Gorgona la que encanta, porque es la cabeza despegada del cuerpo. Es decir, es una cabeza consistente solamente, por ejemplo, en ideas, sin conciencia del cuerpo y del lugar que este ocupa, como lo sugerí al comienzo.

–Pero quiero insistir en esto: hay salida.

–Sí, claro que la hay. Y el cuerpo es el “religante”. El cuerpo es el único capaz de hacer del horror de lo sagrado algo religioso. La psique asimila un hecho crudo y devuelve una gestualidad, una imagen, haciendo con ese hecho lo que llamamos, normalmente, cultura. Y por eso es tan hermoso que en los sueños aparezcan imágenes incluso horrendas, porque es la psique tratando de expulsar el núcleo enfermo en un momento dado, como si nos dijera: “Esta es tu materia prima en este momento, ocúpate en esto, transforma esto en tu propio lugar y cuerpo”. Todos recordamos que los griegos antiguos llamaron a eso catarsis, un término médico, es decir, del arte de curarse, que por cierto no consiste meramente en una descarga ocasional sino en una elaboración artística, o sea, que requiere de un trabajo del lado consciente de la psique.

–Es importante, porque la gente necesita oír que hay salida.

–Sí, pero solo podemos oír eso bien y, en consecuencia, responder adecuadamente a las circunstancias, en defensa de la vida, si primero vemos la dimensión del horror en el que estamos. Si nos sentimos desesperados por una salida es porque todavía no hemos tomado suficiente conciencia de ese horror, y es la misma ansiedad por hallar una salida la que cierra las puertas. No me estoy refiriendo a una salida política, que sería, en última instancia, la consecuencia imprevisible de la otra a la que sí me estoy refiriendo, a la que entendí que aludía tu pregunta.

–Sí, cuando hablo de una salida quiero decir salida a una crisis psíquica.

–Ya… La psique también nos puede ayudar haciendo que nos demos cuenta de que la palabra crisis es un comodín vacío del lenguaje. La psique siempre vive en crisis, es un reiterado llamado a no olvidar el trasfondo de horror sobre el que se mueve el vivir… ¿Sabes que Atenea, la diosa de la polis, de la ciudad, lleva la imagen de la Gorgona en su escudo? Hay un vínculo entre el horror y la polis, entre el horror y la vida organizada de la ciudad. De todas las divinidades que ayudan a Perseo, que es quien le corta la cabeza a la Gorgona, Atenea es la principal, y ella se queda con el trofeo. Ella, no el héroe que llevó a cabo la tarea. De manera que Atenea es la Gorgona transformada en un poder benéfico. Ese es el meollo de la psicología profunda: trata sobre procesos de transformación de lo mismo en otra cosa que era su posibilidad oculta sana. Un remanente de aquel horror permanece, y entonces la ciudad, la polis, cuando tiene que protegerse, asoma su lado horrendo, que provoca prudencia, la mayor de las virtudes en momentos en que se nos proponen aventuras desmesuradas.

–Esas fuerzas actuantes, que se transforman en poderes benéficos, ¿funcionan igual tanto a escala personal como a escala colectiva?

–Nada que ocurre en una psique individual deja de ocurrir en una psique colectiva, y viceversa: lo que le ocurre a la polis le ocurre al individuo. Nada de lo que existe, como dice Jung, ha dejado de estar antes en el alma. Entre el alma del individuo y el alma colectiva hay, como ya dije a propósito del artista, un continuo subterráneo eficaz: eso que algunos llaman Ánima Mundi, el Alma del Mundo. Necesitaríamos más tiempo para entrar en eso y ahondar un poco más, pero podemos ver esa conexión entre lo individual y lo colectivo en las imágenes de horror de que venimos hablando y que propone la psique mediante los sueños… Una mujer de edad mediana sueña que, sobre la ciudad de Caracas, la polis, camina una gigantesca araña, y que todo el mundo huye corriendo. Ella misma entre todos, aterrada. Su huida la dirige hacia una antigua colina de Caracas, de una Caracas de hace muchos años, donde está un viejo hospital psiquiátrico… Bien, en la discusión sobre ese sueño la mujer recordó que, por motivos profesionales, ella trabajó intensamente una vez, tiempo atrás, en ese hospital. Es decir, la misma pesadilla le daba, como salvación del monstruo, una conexión entre su memoria personal, la memoria de la ciudad y el trabajo. A eso me refiero cuando hablo de la nobleza de la psique. Es bueno apuntar que historia es como hacer memoria mediante la imaginación.

–Ese sueño con la araña es un sueño que podría tener hoy cualquier venezolano.

–Sí, ese sueño no le concierne solamente a la persona que lo tuvo. Es el sueño de lo que estamos viviendo todos, pero fíjate que el mismo sueño orienta a una salida tanto en la historia personal como en la historia colectiva, salida que a su vez tiene la consistencia de un lugar preciso y perenne: un cuerpo urbano.

Osmel Sousa: “Yo no llevo ninguna red de prostitución. Si yo fuera celestino, sería millonarísimo”

Foto: Ricardo Torres

@diegoarroyogil

MIAMI, FLORIDA – ESTÁ EN MIAMI, adonde vino a pagar los impuestos del año fiscal vencido. Mucha gente cree que vive aquí, pero no, vive en Caracas. Pasa temporadas en esta ciudad del sur de la Florida porque es empleado de la cadena Univisión, donde figura como protagonista del programa Nuestra Belleza Latina, en el que interpreta a un juez implacable en la evaluación de chicas que desean convertirse en misses y modelos. Es Osmel Sousa, y desde que existe como personaje en los medios de comunicación, es decir, desde los años setenta, es un hombre controversial. Excéntrico, si al principio se mantenía la mayor parte del tiempo detrás de cámaras, a medida que creció su fama como presidente del Miss Venezuela su presencia fue ocupando el escenario. Y un día Osmel Sousa ya estaba ahí, como un animal exótico a la vista de todo el mundo.

La familia Cisneros, propietaria del canal Venevisión, lo encargó de la dirección del certamen en 1981, luego del triunfo de Irene Sáez (a quien él preparó) en el Miss Universo. Debido a sus múltiples éxitos a lo largo de tantos años, todo el mundo pensaba que Osmel Sousa ocuparía el cargo hasta el día de su muerte, rey y señor como era de un dominio donde siempre tuvo la última palabra. No ha sido así. En un gesto inesperado, el 6 de febrero de 2018 anunció que renunciaba a la presidencia del Miss Venezuela. No dio explicaciones, y se desataron los rumores, porque a su renuncia siguió un trueno: de inmediato comenzaron a ventilarse trapos sucios que ponen en tela de juicio el funcionamiento de uno de los concursos de belleza más famosos del continente. La acusación principal señala que el Miss Venezuela está penetrado por el negocio de la prostitución. Sousa, que asegura que renunció a su cargo por razones que nada tienen que ver con este señalamiento, niega la información y se defiende.

Más temprano en la mañana en que transcurre esta entrevista, Osmel Sousa ha asistido a Despierta América, el magacín matutino de Univisión, donde ha dicho que no tiene nada que ocultar. No había aparecido en televisión desde que todo explotó. La cita es en un café. Justo antes de comenzar, se acerca una señora. Lo saluda. Le pide que se hagan una foto. Él acepta. Se hacen la foto. Ella se va. “¿Te fijas? –comenta–. Esto me pasa a mí a diario. A lo mejor esa señora es dueña de un burdel, esta tarde aparezco yo con ella en las redes sociales y la gente empieza a decir que soy un cabrón”.

–Pero usted está muy tranquilo.

–Sí, estoy tranquilo. Tranquilísimo.

–Hay gente que piensa que no debería estarlo tanto.

–Estoy completamente tranquilo porque cuando uno está con la conciencia limpia no tiene por qué estar inquieto ni preocupado. Todos los que me conocen saben quién soy yo y qué es lo que hago.

–¿Qué es lo que usted hace?

–Hacer el concurso Miss Venezuela, que las mujeres tengan éxito y trabajar por la belleza.

–Pero usted ya no es el presidente del Miss Venezuela.

–Me retiré porque llevaba casi 40 años dirigiéndolo y últimamente empecé a sentir que ya no era necesario que yo estuviera ahí. Todo ha cambiado allí dentro, donde han puesto a ejecutivos que manejan el concurso a su manera.

–“A su manera”, ¿que no es la suya?

–Que no es la mía, exactamente. Ahora hay personas que se involucran en todos los detalles, hasta en el color de los vestidos. Y eso es algo que nunca había ocurrido.

–Usted sintió que le quitaron poder.

–Sentí que me estaban quitando poder. Yo creo que los altos directivos no saben cómo se hace el concurso Miss Venezuela. Es un concurso de belleza y para que tenga éxito hace falta dinero.

–¿No estaban dando el dinero suficiente para hacer el concurso?

–No como antes. Ahora la restricción es demasiado fuerte. Después de 30 y pico de años haciendo esto, con tanto éxito, ¿es posible que yo haya tenido que pedirle dinero a unos amigos míos para poder ir al último Miss Universo, que fue en Las Vegas? Uno me pagó el pasaje, otro me pagó el hotel, y así.

–¿Por qué Venevisión no le pagó el viaje para ir al Miss Universo?

–Hace tres años eliminaron mis viajes a los concursos. Para recortar el presupuesto.

–¿Y por qué usted acude a sus amigos? ¿No tiene dinero para pagarse esos viajes usted mismo?

–No.

–Eso es difícil de creer.

–Pues que lo crean. ¿Tú sabes cuánto ganaba yo por ser el presidente del Miss Venezuela? 600 mil bolívares.

–¿600 mil o 600 millones de bolívares?

–No, no. 600 mil bolívares, es decir, 3 dólares mensuales. Eso a duras penas me alcanza para pagar el condominio.

–¿Cómo usted permitía eso? ¿Por qué no exigió que le pagaran un sueldo justo?

–Siempre me decían que lo que me pagaban era lo que se ajustaba al presupuesto, y como a mí me gustaba tanto lo que hacía, lo aceptaba.

–¿Eso siempre fue así? ¿A usted siempre le pagaron mal?

–Siempre, y esa es una de las cosas que Joaquín Riviera, mi gran amigo, me reclamaba. Me decía que yo tenía que hablar con los jefes para que me pagaran más y no una miseria.

–Si usted ganaba tan mal, ¿con qué dinero ha mantenido esa vida que a los ojos del público da la impresión de ser muy cara?

–Por varias vías. Lo primero, porque durante años he tenido un trabajo en Miami, he sido juez en el programa Nuestra Belleza Latina, que es muy popular, tiene mucho éxito y me pagan bien. Segundo, porque era imagen de las tiendas Traki, que por cierto hay gente que critica mucho mi relación con los dueños, no sé por qué, son amigos míos. Soy padrino de bautismo de dos hijos del dueño. Tercero, porque hago muchos tigritos, por ejemplo, tengo un stand en el Dutty Free del aeropuerto de Maiquetía, etcétera.

–Hay quien afirma que usted tiene dinero porque lleva una red de prostitución.

–Yo no llevo ninguna red de prostitución. Si yo fuera celestino, sería millonarísimo, porque te aseguro que lo haría muy bien.

–¿Por qué lo haría muy bien?

–Estoy siendo irónico. Esa es una acusación delicadísima y peligrosa. Todas las muchachas que han pasado por el Miss Venezuela saben muy bien que yo soy un hombre distante y de carácter severo, que trato de no demostrar preferencias por ninguna, que no soy amigo de ninguna, de modo que nunca he sido cómplice de marramucias.

–¿Alguna vez usted ha recibido favores o dinero por presentarle una muchacha a algún hombre?

–Nunca he presentado a nadie en ese plan. Y los que creen que yo le presenté a Maikel Moreno, el presidente del Tribunal Supremo de Justicia, a su actual esposa, Débora Menicucci, no conocen la historia. Débora Menicucci ya era novia de Maikel Moreno cuando participó en el Miss Venezuela, adonde llegó porque me la llevó Luisa Lucchi. Yo conocí a Débora en Italia, cuando ella tenía 13 años. Su papá era diseñador de zapatos y me estaba ayudando a hacer una colección para Lucchi. Cuando Débora creció, Luisa me la llevó. Débora es una muchacha muy seria y muy correcta, e hice una bonita amistad con ella después de que participó en el concurso. No veo cuál es el problema con eso. Desde que yo comencé a trabajar en el Miss Venezuela, hace muchísimos años, ha habido muchachas que llegan y resultan ser amigas o parientes de empresarios, políticos, periodistas, etcétera. Y mi regla siempre fue la misma: si la muchacha funciona, se acepta. Si no, no.

–Y así como usted es amigo de Menicucci, es amigo Moreno…

–Sí, desde hace muchos años, cuando él era profesor de la universidad. Teníamos un amigo en común y comencé a verlo en reuniones, almuerzos, esas cosas. Si yo tengo que echar el cuento de toda la gente a la que conozco, habrá que escribir 10 tomos, porque yo conozco a un gentío en todas partes. Siempre he tenido amigos y conocidos en el gobierno y en la oposición. No es distinto ahora. Lo que ellos hagan en política no es asunto mío, y no diré más.

–¿Usted cree que le están cobrando sus amistades con chavistas?

–No sé. Yo siempre he tenido amistades con gente que está en el poder, pero antes más que ahora. Antes todos los presidentes de la República recibían a la Miss Venezuela de cada año en Miraflores porque yo llamaba para pedirlo: Carlos Andrés, Caldera, Luis Herrera, Lusinchi. En cambio, Chávez no lo hizo, y Maduro tampoco lo hace. ¿Entonces? ¿Cuáles amistades?

–Hace unos días, en un programa en Telemundo, la ex Miss Venezuela Migbelis Castellanos dijo que, cuando ganó el concurso, usted le buscó a un patrocinante que le comprara la ropa que iba a necesitar para asistir a todos sus compromisos como reina de belleza, pero que ella se negó, porque no estaba dispuesta a entablar una “relación” con esta persona. ¿Qué responde usted ante eso?

–Eso no es verdad. Yo nunca he mandado a nadie a casa de nadie para que haga nada. Toda la ropa de Migbelis la consiguió ella misma. Cuando ganó el Miss Venezuela, me dijo que se venía unos meses para los Estados Unidos a estudiar inglés, y se vino. Su familia la mandó. Si tenía dinero para estudiar inglés en los Estados Unidos, ¿tiene sentido que yo haya tenido que buscarle a un patrocinante para que le compara ropa? El problema de Migbelis es que tiene un reconcomio ingenuo, tonto, conmigo.

–¿Debido a qué?

–A que cuando regresó de los Estados Unidos, a Venezuela, para prepararse para el Miss Universo, tenía 12 kilos de más. Ella es muy simpática, y llegó así: “¡Holaaa, aquí estoyyy!”, pero cuando yo la vi me dio un desmayo. “¡Muchacha!, ¿y tú qué hiciste?”. Para rebajar fue una tragedia, y yo estaba furioso. Si se quitó 5 kilos fue mucho. Fue gordita al Miss Universo, y los organizadores de los concursos de otros países se metían conmigo porque la Miss Venezuela parecía una embarazada.

–Usted la trató mal.

–Fui hostil, porque estaba bravo, y desde entonces ella me tiene reconcomio. Porque para colmo yo empecé a decir en público que Colombia iba a ser la ganadora, cosa que ocurrió. Qué lástima que Migbelis esté hablando tantas tonterías, cuando es tan bonita.

–No es la única que ha hecho afirmaciones duras. Vivian Sleiman, una chica que estuvo a punto de entrar en el Miss Venezuela en 2001, ha asegurado que en cierto momento alguien le dijo: “Tienes que ir adonde Fulano, uno de los patrocinadores más duros del concurso. Él tiene que verte y llévate el traje de baño, pues donde él pone el ojo pone la bala”. Sleiman dice que se preguntó por qué debía pasar por eso si usted ya la había visto y la había aprobado.

–Primero, ni siquiera recuerdo a esa muchacha, que no participó en el Miss Venezuela, y segundo, ella dice “me dijeron”, ¿quién le dijo? En este tipo de cosas no sirve “dar a entender”. Cuando las cosas se dicen, se dicen claro y raspao: “Fulano me mandó a que yo fuera a casa de Mengano a hacer tal cosa”, con nombre y apellido. ¿Tú sabes que en Venezuela hay gente que yo ni conozco que organiza “castings” con niñas y las engañan diciéndoles que yo voy a ir? Yo no tengo control sobre esas cosas.

–Pero, ante las denuncias, ¿usted está de acuerdo con que se investigue todo lo que se dice o no?

–Por supuesto. Que se investigue, y que se investigue de verdad, que se presenten pruebas, no chismes. Luego de casi 40 años, ¿tú crees que si el Miss Venezuela mantuviera una red de prostitución, Venevisión no se hubiera dado cuenta? Ahora bien, si hay alguna niña que luego de que sale del concurso hace una vida irregular, eso no es responsabilidad mia ni del Miss Venezuela ni de Venevisión.

–¿Esto lo dice por lo de la Fundación Diego Salazar, donde trabajaron varias ex misses?

–¿Y qué de malo tiene trabajar y que te paguen? Si a mí me llaman de un trabajo donde me van a pagar 2000 dólares, yo voy.

–Lo que sucede es que Diego Salazar está señalado como desfalcador de PDVSA.

–¿Y qué tiene que ver eso con prostitución?

–Es prostitución del dinero público.

–Sí, muy bien, pero el hecho de que unas ex misses hayan trabajado en su fundación no significa que sean prostitutas. Además, eso ocurrió después de que concursaron en el Miss Venezuela.

–Otro de los señalamientos que se hacen es que existen “patrocinantes” que año tras año están allí, dispuestos a “financiar” a concursantes del Miss Venezuela que no tienen dinero suficiente para costear los gastos de ser miss.

–Toda la vida ha habido tipos dando vueltas. Siempre. Y sabiendo perfectamente que eso es así, lo primero que yo les digo a las niñas que entran al concurso es que no cedan ante ofrecimientos. De esto pueden dar fe todas, porque todas me han escuchado dar el mismo discurso. Mientras ellas están en la Quinta Miss Venezuela, están trabajando en lo que les corresponde, se están preparando. Si alguna, a espaldas de nosotros, hace cosas indebidas, escapa de nuestras manos. Siempre existe la posibilidad de que se cuele una loca. Eso es inevitable, pero no siempre te das cuenta.

–¿Pero no hay ningún tipo de control?

–Claro que los hay, desde el comienzo. Cuando se tiene a un grupo considerable de muchachas que son aptas para concursar, esa lista se pasa al departamento de Seguridad de Venevisión. Ellos chequean a las muchachas y dicen: “Esta sí”, “Esta no”, “Esta sí”, “Esta no”.

–¿En función de qué?

–De averiguaciones que ellos hacen en las que yo no intervengo. Desde que comenzó a hablarse de los fulanos “patrocinantes”, en el Miss Venezuela tomamos la decisión de que estaba terminantemente prohibido que las concursantes fueran a la Quinta vestidas de marca, peinadas y maquilladas. El uniforme era un blue jean y una camisa que yo le pedí a un amigo que tiene una fábrica que me hiciera. Y él me las regaló. Así se vestían las muchachas, todas igualitas.

–¿Por qué usted tiene amigos que le regalan cosas?

–Ay, eso es así de toda la vida, desde que yo era cronista social. Yo pido y me dan. ¿Sabes cómo conseguí la ropa de Keysi Sayago, la Miss Venezuela 2016? Fui a comer con el dueño de la franquicia de Carolina Herrera en Caracas, y le pregunté si podía pasar por la tienda a buscar una chemise que yo quería para mí. Me dijo que sí y fui. No encontré la chemise para mí, pero fui al área de mujeres y agarré dos vestidos, cuatro blusas, una cartera y unos zapatos para Keysi. Este amigo mío después me llamó para decirme que me había llevado muchas cosas, pero yo lo convencí de que era una colaboración que nos hacía falta porque no teníamos dinero, y se quedó tranquilo. Eso no quiere decir que luego Keysi le “pagó” el favor. Ni siquiera lo conoció.

–En un comunicado que usted publicó en Instagram hace unos días, en que se defiende de la acusación de lucrarse de manera indebida a costa del Miss Venezuela, reconoce haber cometido algunas fallas. ¿Cuáles son esas fallas?

–Yo no me he lucrado de manera indebida a costa de nada. Todo lo que tengo, lo tengo porque he trabajado. En cuanto a las fallas, me refería al trato que les daba a ciertas muchachas, sobre todo a las que eran indisciplinadas. Reconozco que las trataba muy mal. He sido muy fuerte reclamando. Esa es la razón por la que algunas no me quieren.

–¿Está enterado de que la periodista Ibéyise Pachecho escribió una novela, Las muñecas de la corona, donde denuncia todo esto de lo que hablamos?

–Sí, tú lo has dicho bien, la periodista escribió una novela. Me pregunto por qué no escribió un reportaje.

–Pacheco también estuvo en el programa de Telemundo donde habló Migbelis Castellanos, y ante la pregunta de si ella creía que usted realmente había renunciado o si, por el contrario, lo habían botado, dijo que se inclinaba más por la segunda opción. ¿Usted renunció o a usted lo despidieron del Miss Venezuela?

–Yo renuncié. Pueden llamar a Venevisión y confirmarlo. Ellos fueron los primeros sorprendidos. No se lo esperaban. Todo el mundo pensaba que yo iba a estar ahí hasta que me muriera, por eso cuesta creer que haya decidido irme por mi propia voluntad, pero me da igual.

–¿Qué hay de cierto en que hay una lucha por la franquicia del Miss Universo? La información es que Venevisión cayó en deuda con el pago y que la franquicia podría pasar a manos de Globovisión.

–Yo supe que la gente del Miss Universo no estaba contenta con Venevisión y que estaban hablando con un canal de cable, Sun Channel, para darle los derechos, todo eso con la condición de que yo siguiera organizando el concurso. A mí eso me cayó como una bomba atómica y pensé: “Eso no va a pasar nunca”. Me quedé callado la boca y no dije nada.

–¿No se lo dijo ni siquiera a sus jefes de Venevisión?

–No.

–¿Por qué?

–Porque no, y ya está.

–Si llegan a darle la franquicia del Miss Universo a otro canal, ¿usted aceptaría irse a trabajar a ese otro canal?

–Lo tendría que estudiar. Yo estoy un poco cansado.

–¿Cansado de qué?

–Ya no es lo mismo que antes, cuando yo podía ir a Nueva York a comprar telas para los vestidos de las concursantes. Hubo una época en que incluso se operaba a niñas que luego no competían por múltiples razones, y no había problema. Quiero decir, había dinero para hacer bien el concurso, como lo quiere el público. Ahora ya no se puede hacer nada y surge todo este lío innecesario que me desagrada.

–¿Qué le parece a usted que Venevisión haya decidido suspender el Miss Venezuela hasta nuevo aviso? Dicen que van a someter el concurso a revisión.

–Me parece que los dueños del certamen tienen todo el derecho de hacer lo que crean conveniente.

–¿Tiene miedo?

–¿Yo? Ninguno. Pongo a la orden mis cuentas de banco.

–Usted era amigo de Gustavo Cisneros, ¿ha hablado con él en estos días?

–Yo no era amigo de Gustavo Cisneros, yo soy amigo de Gustavo Cisneros. Y no, no he hablado con él. En la actualidad es su hija la encargada de la empresa.

–¿Qué va hacer usted ahora?

–Ahora duermo hasta las 10. Después, ya veremos. Algo saldrá. Me queda tiempo todavía.

–¿Es verdad que usted no quiere llegar a los 80 años?

–Sí, pero cuando era chiquito decía que no quería llegar a los 40. Siempre le he tenido miedo a la vejez.

–¿Qué edad tiene usted?

–Eso es un secreto sumarial. Me siento de 30. Eso sí, el día que me vea en el espejo y esté muy anciano, hasta ahí llegué.

–¿Qué? ¿Se quitaría de en medio por su propia mano?

–No, se lo pediría a Dios y él me lo concedería. Y ya no quiero hablar más.