“Cuanto he tomado por victoria es sólo humo”. Con estas fotos y estos poemas celebramos los 90 años de Rafael Cadenas - Runrun
“Cuanto he tomado por victoria es sólo humo”. Con estas fotos y estos poemas celebramos los 90 años de Rafael Cadenas
Esta es una breve selección de poemas suyos que hemos hecho en Runrun.es para celebrar los 90 años de Cadenas  

@diegoarroyogil

Fotografías: Lisbeth Salas, para el libro Rostro y decires, de su autoría, publicado por La cámara escrita: https://issuu.com/labtipccs/docs/rostros_y_decires

Rafael Cadenas (Barquisimeto, 1930) es autor de una obra ampliamente reconocida en el mundo iberoamericano que además ha llegado, gracias a traducciones, a países de habla no hispana sobre todo de Europa. Sus primeros poemas conocidos fueron publicados en 1946, con el título de “Cantos iniciales”, en el Papel Literario de El Nacional, un diario donde por cierto Cadenas trabajó, durante su juventud, como corrector de pruebas de la fuente deportiva. (Beisbolero nato, es hasta hoy en día aficionado de los Cardenales de Lara).

Tras haber sido exilado en Trinidad y Tobago por la dictadura de Marcos Pérez Jiménez –ello debido a su participación en una huelga universitaria en 1952–, de regreso en Venezuela Cadenas escribió Una isla, un poemario que sin embargo no fue publicado hasta la década de los años 90. Más tarde, en 1960, publicó Los cuadernos del destierro, un libro al que siguieron Falsas maniobras, en el 66; Intemperie y Memorial, ambos en el 77; Amante, en el 83; Gestiones, en el 92; Sobre abierto, en 2012 y, finalmente, por lo pronto, En torno a Basho y otros asuntos, en 2016.

La mayoría de estos libros, más los de prosa, están recogidos en su Obra entera, originalmente publicada por el Fondo de Cultura Económica de México el año 2000, y luego, ampliada, por la editorial Pre-Textos, España, en 2007. Rafael Cadenas ha recibido, entre otros, el Premio Nacional de Literatura de Venezuela, en 1985; el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances, en 2009, y el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, en 2018. De este último suele decirse que es el “Nobel” de la poesía en español. Además de escritor y poeta, Cadenas se desempeñó durante varias décadas como profesor de la Escuela de Letras de la UCV, una universidad que lo reconoce –como la de los Andes, la Lisandro Alvarado y la Simón Bolívar– como Doctor Honoris Causa.

Sirva de preámbulo a esta breve selección de poemas suyos que hemos hecho en Runrun.es para celebrar los 90 años de Cadenas una frase suya de Anotaciones, uno de sus libros de prosa. Dice: “La poesía puede acompañar al hombre, que está más solo que nunca, pero no para consolarlo sino para hacerlo más verdadero”. O esta pregunta, también de Anotaciones, en el fondo de la cual hay, más que una duda, una afirmación: “¿Qué se espera de la poesía sino que haga más vivo el vivir?”.

10 poemas de Rafael Cadenas

Del libro Una isla (alrededor de 1956-58)

You

Tú apareces,

tú te desnudas,

tú entras en la luz,

tú despiertas los colores,

tú coronas las aguas,

tú comienzas a recorrer el tiempo como un licor,

tú rematas la más cegadora de las orillas,

tú predices si el mundo seguirá o va a caer,

tú conjuras la tierra para que acompase su ritmo

a tu lentitud de lava,

tú reinas en el centro de esta conflagración

y del primero

al séptimo día

tu cuerpo es un arrogante

palacio

donde vive

el

temblor.

 

Del libro Los cuadernos del destierro (1960)

Yo pertenecía a un pueblo de grandes comedores de serpientes, sensuales, vehementes, silenciosos y aptos para enloquecer de amor. Pero mi raza era de distinto linaje. Escrito está y lo saben –o lo suponen– quienes se ocupan en leer signos no expresamente manifestados que su austeridad tenía carácter proverbial. Era dable advertirla, hurgando un poco la historia de los derrumbes humanos, en los portones de sus casas, en sus trajes, en sus vocablos. De ella me viene el gusto por las alcobas sombrías, las puertas a medio cerrar, los muebles primorosamente labrados, los sótanos guarnecidos, las cuevas fatigantes, los naipes donde el rostro de un rey como en exilio se fastidia.

Mis antepasados no habían danzado jamás a la luz de la luna, eran incapaces de leer las señales de las aves en el cielo como oscuros mandamientos de exterminio, desconocían el valor de los eximios fastos terrenales, eran inermes ante las maldiciones e ineptos para comprender las magnas ceremonias que las crónicas de mi pueblo registran con minucia, en rudo pero vigoroso estilo.

¡Ah! Yo descendía de bárbaros que habían robado de naciones adyacentes cierto pulimento de modos, pero mi suerte estaba decidida por sacerdotes semisalvajes que pronosticaban, ataviados de túnicas bermejas, desde unas rocas asombradas por gigantes palmeras.

Pero ellos –mis antepasados– si estaban aherrojados por rigideces inmemoriales en punto a espíritu, eran elásticos, raudos y seguros de cuerpo.

Yo no heredé sus virtudes.

Soy desmañado, camino lentamente y balanceándome por los hombros y adelantando, no torpe, mas sí con moroso movimiento un pie, después otro; la silenciosa locura me guarda de la molicie manteniéndome alerta como el soldado fiel a quien encomiendan la custodia de su destacamento, y como un matiz, sobrevivo en la indecisión.

Sin embargo, creía estar signado para altas empresas que con el tiempo me derribarían.

 

Del libro Falsas maniobras (1966)

 

Fracaso

 

Cuanto he tomado por victoria es sólo humo.

 

Fracaso, lenguaje del fondo, pista de otro espacio más exigente,

difícil de entreleer es tu letra.

 

Cuando ponías tu marca en mi frente, jamás pensé en el mensaje

que traías, más precioso que todos los triunfos.

Tu llameante rostro me ha perseguido y yo no supe que era para

salvarme.

Por mi bien me has relegado a los rincones, me negaste fáciles

éxitos, me has quitado salidas.

Era a mí a quien querías defender no otorgándome brillo.

De puro amor por mí has manejado el vacío que tantas noches

me ha hecho hablar afiebrado a una ausente.

Por protegerme cediste el paso a otros, has hecho que una mujer

prefiera a alguien más resuelto, me desplazaste de oficios suicidas.

 

Tú siempre has venido al quite.

 

Sí, tu cuerpo llagado, escupido, odioso, me ha recibido en mi más

pura forma para entregarme a la nitidez del desierto.

Por locura te maldije, te he maltratado, blasfemé contra ti.

 

Tú no existes.

Has sido inventado por la delirante soberbia.

¡Cuánto te debo!

Me levantaste a un nuevo rango limpiándome con una esponja

áspera, lanzándome a mi verdadero campo de batalla,

cediéndome las armas que el triunfo abandona.

Me has conducido de la mano a la única agua me refleja.

Por ti yo no conozco la angustia de representar un papel,

mantenerme a la fuerza en un escalón, trepar con esfuerzos propios,

reñir por jerarquías, inflarme hasta reventar.

Me has hecho humilde, silencioso y rebelde.

Yo no te canto por lo que eres, sino por lo que no me has dejado ser. Por no darme otra vida. Por haberme ceñido.

 

Me has brindado sólo desnudez.

 

Cierto que me enseñaste con dureza ¡y tú mismo traías el cauterio!,

pero también me diste la alegría de no temerte.

 

Gracias por quitarme espesor a cambio de una letra gruesa.

Gracias a ti, que me has privado de hinchazones.

Gracias por la riqueza a que me has obligado.

Gracias por construir con barro mi morada.

Gracias por apartarme.

Gracias.

 

 

Del libro Intemperie (1977)

 

Es recio haber sido,

sin saberlo, un jugador,

y encontrarse

tocando

como una carta

el destino.

 

Ya no hay más jugadas sino un ponerse

en manos desconocidas.

 

Ars poética

 

Que cada palabra lleve lo que dice.

Que sea como el temblor que la sostiene.

Que se mantenga como un latido.

 

No he de proferir adornada falsedad ni poner tinta dudosa ni

añadir brillos a lo que es.

Esto me obliga a oírme. Pero estamos aquí para decir verdad.

Seamos reales.

Quiero exactitudes aterradoras.

Tiemblo cuando creo que me falsifico. Debo llevar en peso mis

palabras. Me poseen tanto como yo a ellas.

 

Si no veo bien, dime tú, tú que me conoces, mi mentira, señálame

la impostura, restriégame la estafa. Te lo agradeceré, en serio.

Enloquezco por corresponderme.

Sé mi ojo, espérame en la noche y divísame, escrútame, sacúdeme.

 

Del libro Memorial (1977)

 

Deseo

Asciende por mi cuerpo como otra sangre

más cálida

que en mi boca se muda,

se vuelve lo que no es

y se extingue

como un rumor más de la noche.

Río

Que repite nombres.

 

*

 

Sigo la ilación

extraña

de la vida.

 

Llama que vuelve novedad

lo que toca.

Como mano de niño.

 

Del libro Amante (1983)

No sé quién es

el que ama

o el que escribe

o el que observa.

A veces

entre ellos

se establece, al borde,

un comercio extraño

que los hace indistinguibles.

Conversación

de sombras

que se intercambian.

Cuchichean,

riñen,

se reconcilian,

y cuando cesa el murmullo

se juntan,

se vacían,

se apagan.

Entonces toda afirmación

termina.

Tal vez

al más pobre

le esté destinado

el don excelente: permitir.

 

Del libro Gestiones (1992)

 

He vivido

cediendo terreno

hasta quedarme con el necesario

–un área invicta,

de nadie,

que un desconocido reclama.

 

 

Del libro Sobre abierto (2012)

 

La búsqueda

 

Nunca encontramos el Grial.

Los relatos no eran verídicos.

Sólo la fatiga de los caminos acompañó

a los que se aventuraron,

pero se esperaban historias,

¿qué sería nuestro vivir

sin ellas?

 

Nada se resolvió,

hubiéramos podido quedarnos en casa.

Es que somos tan inquietos.

Sin embargo, concluido el viaje

sentimos que en nosotros

–ya no rehenes

de la esperanza–

había nacido

otro temple.