socialismo archivos - Runrun

socialismo

El obsceno cinismo (del socialismo del siglo XXI), por Antonio José Monagas

NO SOLAMENTE EL CINISMO SE HA CONCEBIDO como la exacerbación de lo impúdico con la intención de actuar sin menoscabo de lo que la dignidad, en consonancia con la moralidad, puede instar como comportamiento o actitud de vida. Por eso, bajo esa acepción, el cinismo está emparentado con la ironía desde el mismo momento en que recurre al engaño para lograr groseras maquinaciones. 

Pero también del cinismo, cabe agregarse lo que representó como corriente filosófica cuyo más excelso conductor fue el griego Diógenes de Sinope. Igualmente conocido como Diógenes, el Cínico. Aunque el cinismo que desarrolló esa escuela, no devino en lo que la dinámica social y cultural convirtió luego en actitudes sarcásticas que apuntaban a exhibir la desvergüenza como conducta. De ahí que el reconocido poeta y dramaturgo Oscar Wilde, infiriendo de este cinismo una alusión al desparpajo, llegó a expresar que “un cínico es un hombre que conociendo el precio de todo, no da valor a nada”. Ya Friedrich Nietzsche, en su obra: Más allá del Bien y del Mal, había señalado que “el cinismo es la única forma bajo la cual las almas bajas rozan lo que se llama sinceridad”.

Distinto de lo que la tradición filosófica expuesta por Diógenes de Sinope, cuando exaltaba al cinismo como aquella virtud del ser humano la cual le concedía la voluntad para libarse de los lujos innecesarios y así purificar su espiritualidad ante la frivolidad, del cinismo también puede decirse que bajo su égida reside el ejercicio de la política (ramplona). Pues su praxis rebasa las fronteras de la hipocresía, apostando a asumir una actitud de expresa complicidad con antivalores de toda índole lo cual hace que el cinismo sea acentuadamente perverso y malintencionado.

No cabe la menor duda que la revolución bolivariana, actuando en nombre del “socialismo del siglo XXI”, se maneja con un guión cuyos criterios conducen y animan ese tipo de conducta. Sobre todo, al momento de verse hurgada por la inmediatez, los recursos escasos y al afán de enquistarse en el poder. Todo ello, a sabiendas que su espacio se ha acortado a consecuencia de la torpeza y deshonestidad de quienes se han prestado para actuar como gobernantes de un régimen no sólo usurpador. También, inepto y embaucador. 

El cinismo político es el instrumento mediante el cual, los revolucionarios de mentira y los politiqueros de oficio utilizan como medio para demarcarse de lo que puede ser posible en términos de todo lo que en realidad pone a prueba sus capacidades de gente proba. Por eso, “el socialismo del siglo XXI” se convirtió en mecanismo de especulación cuyo valor de uso y valor de cambio sirvieron para arrollar condiciones democráticas. Y para ello, se valió de la exaltación de la infamia, la malicia y de la obscenidad como recursos del ejercicio de la política en curso. De ahí la importancia que para el funcionario oficialista tiene el hecho de actuar cínicamente al momento de exponer su retórica ante medios de comunicación que favorezcan su imagen de engañosa erudición.

Es cuando en el fragor de tan circunspecta praxis política, surge la figura del cínico politiquero quien, apostando a lo mejor que su talante puede ofrecer, rápidamente cae en su propia trampa. Trampa ésta que si bien le sirvió en algún momento para urdir situaciones o tratar personajes de su misma calaña, no le funcionó para mantener elevada su palabra articulada desde el discurso callejero. Ejemplos de este género de personajes, todos ubicados en los altos niveles del régimen urticante, sobran. 

Cabe decir que este género de cínicos politiqueros, presume de lo que carece. En consecuencia, su actitud raya con la arrogancia y la ridiculez que exhibe cada vez que debe manifestarse públicamente como representante del poder acaparador y fustigante en que se transformó el régimen socialista venezolano. Tales razones lograron accionar, desgraciadamente, una gestión pública que ha sido incapaz de enmendar los errores cometidos (con o sin intención). Tales contra-virtudes sirvieron a todos ellos de excusas para atropellar al venezolano y las legítimas instituciones del Estado. Puede decirse que se desempeñaron como agentes corrosivos que carcomieron y atascaron los mecanismos que, en algunos momentos republicanos le imprimieron sentido, velocidad y dirección a la democracia que -con esfuerzo- había comenzado a activarse.

Sin embargo, más pudo la inercia que descollaba por cuanto resquicio existía, que la dignidad, la moralidad y la conciencia sobre la cual se depara y se arraiga el funcionamiento de un sistema político que busca concebirse como democrático. Lo contrario, dejó verse desde el mismo instante en que desde 1999 el militarismo pretendió adueñarse del país. Y para lo cual se ha servido, siempre acompañado de la corrupción, de lo que puede contenerse bajo el obsceno cinismo (del socialismo del siglo XXI)

El socialismo que acecha, por Víctor Maldonado

DEBEMOS A KANT UNA SENTENCIA terrible: “Con madera tan torcida como de la que está hecho el hombre no se puede construir nada completamente recto”. La historia del hombre es, por lo tanto, la secuencia de caídas y esfuerzos monumentales para volverse a levantar. Nadie quiere decir con esto que no se reconozcan los aportes maravillosos del progreso tecnológico y las inmensas oportunidades que se han hecho disponibles gracias al capitalismo, o si se quiere, la economía de mercado. Entre otras, la idea de libertad y el derecho de propiedad, la exigencia del poder hacer y también el reclamo de que nos dejen hacer con lo que seamos capaces de producir; en boca de Norberto Bobbio, libertad de obrar y libertad de querer. O como lo plantearía Ayn Rand, el compromiso ético de no ser el siervo de nadie ni de exigir la servidumbre de nadie. Cada ser humano con el potencial para ser su propio protagonista y de escribir su propio guión.

Pero en las cercanías siempre ha estado la tentación. La envidia por las realizaciones de los otros, la reelaboración ideológica de la riqueza como un robo, la insólita idea de que los ricos producen pobres, y el uso mediocre de las estadísticas y los promedios para determinar la desigualdad, como si alguna vez en nuestra historia fuimos más iguales que ahora. Con esto perdemos de vista que solo el hombre es capaz de inventar, innovar, crear, producir y pensar que siempre lo puede hacer mejor, siempre y cuando eso que haga, el esfuerzo que invierta le suponga alguna utilidad o ganancia. Cuando la envidia consiguió juglares e ideólogos, rápidamente se propuso que no debía tolerarse, que era inmoral enriquecerse mientras otros no lo lograban. Se inventó la justicia social, mecanismo redistribuidor que pasó a ser una imposición política, y se dejó de lado la ética de la solidaridad, la caridad y la filantropía. Con el socialismo el buen samaritano pasó a ser un impuesto, se olvidó que el hombre progresa desde la construcción creciente y voluntaria de la virtud, la religión dejó de tener sentido orientador y el estado se propuso como el gran gendarme.

Hobbes lo planteó como una exigencia de vida o muerte. Peor es no tenerlo, porque el hombre, víctima de sus pasiones y ganas, entraba en guerra y provocaba la extinción de cualquier cosa parecida a la humanidad. De nuevo el fuste torcido, la generalización del mal, la confusión entre libertad y libertinaje, el uso de la fuerza y la ausencia de orden social. Y es que libertad y propiedad corresponden a un orden social donde se respeta la vida, se aprecia los resultados de los otros, se respeta lo ajeno y se tiene un gobierno limitado a eso, a garantizar que nadie prevalido por la fuerza usada ilegítimamente viniera a romper los equilibrios naturales.

Adam Smith fue en eso preclaro. A pesar de su optimismo, propio de la escuela de filosofía moral escocesa, también advertía en el ser humano esa tendencia a hacer daño, que por lo tanto había que regularlo; de eso se encargaba la sociedad que definía lo aceptable de lo inaceptable, y también la policía, que administraba la justicia como expresión de los sentimientos de venganza de los ciudadanos. ¿A quién se le ocurrió esa espantosa escalada de totalitarismo, capitalismo de estado y tutoría tiránica de los seres humanos? Llamemos al gran culpable como lo hizo Isaiah Berlin: “el pensamiento progresista” que surgió con el racionalismo del siglo XVII, siguió su fatal argumentación con el empirismo del siglo XVIII, se consolidó en el resentimiento con el marxismo del siglo XIX y, por supuesto, tomó el estado y la política mediante el leninismo del siglo XX. Todos ellos provistos de una inmensa prepotencia intelectual, estaban dispuestos a reorganizar racionalmente la sociedad, superar cualquier tipo de confusión o prejuicio, y llevar a la humanidad a una nueva época de luz, donde “el hombre nuevo” no padecería ningún tipo de necesidad porque ellos habían descubierto la forma de satisfacerlas. Y lo iban a hacer a la fuerza y mediante la revolución si eran necesarias.

Isaiah Berlin nos relata que eso era lo que soñaba el ilustrado Condorcet en su celda de la cárcel en 1794. Decía emocionado que por la vía de la razón iban a ser capaces de “crear el mundo libre, feliz, justo y armonioso que todos deseaban”. ¿Quiénes lo iban a crear y administrar? Obviamente ellos, los progresistas. ¿Cómo lo iban a lograr? Mediante la imposición autoritaria del socialismo que, de suyo implicaba tres cosas: planificación central de la economía, creciente capitalismo de estado, y restricciones progresivas de los derechos de propiedad. Con su natural corolario, la violencia de estado, porque por lo general a la gente no le gusta que la nariceen y mucho menos que le expolien sus activos. Pero ¿qué es eso  en términos de costos si a cambio pasas a un nuevo estadio de humanidad donde todos viven felices, liberados de cualquier mezquindad?

Ya sabemos que todo socialismo real se descompone rápidamente en colapso, represión, violencia y ruina social. Lo que prometen es imposible de lograr porque el hombre es como es, no hay nada semejante al “hombre nuevo” y lo que produce es una escoria que es capaz de cualquier cosa, matar, corromperse o asociarse con cualquier otra expresión del mal, para lograr aferrarse cada vez más precariamente al poder.

A estas alturas cualquier ciudadano medianamente informado debería sospechar de todos aquellos que vienen con intentos de seducción política mediante un plan. Llámese como quiera, “plan de desarrollo económico y social del socialismo” o el “plan país”que también es socialista. Es la misma pretensión progresista de encargarse de las vidas y suerte de los ciudadanos desde el ejercicio tiránico del poder. Todos llegan diciendo más o menos lo mismo, que son ellos los que saben, que deberíamos agradecer tanto talento prestado al servicio público, que en las carpetas que tienen en los maletines están los cálculos, y que ellos, esa clase esclarecida, tienen el inventario de todos los problemas y también todas las soluciones. Recuerdo ahora la famosa canción de Rubén Blades para comentar que incluso tienen “lentes oscuros pa’ que no sepan qué está mirando, y un diente de oro que cuando ríe se ve brillando”. Toda una canallada. Porque luego resulta que no pueden con tanta matriz de insumo-producto, ni quieren, ni tienen el tiempo necesario, ni es real tanto talento. Pura soberbia estructural, y parafraseando a Berlin, una insaciable ansia de poder.

Porque como lo plantea Hayek, la sociedad libre, que existe cuando los individuos tienen libertad y derechos, se organiza de manera espontánea, mediante las decisiones particulares y empresariales que adoptan los individuos sobre parcelas específicas que les preocupan, y que dominan. Los iluminados racionalistas vienen a decir que esas decisiones, que se dan por millones cada minuto, son más imperfectas que su especial talento para recomponer el mundo. Mises dirá al respecto que los que pretenden tamaña hazaña no hacen otra cosa que tantear en la oscuridad, y yo complementaría diciendo, que no hacen otra cosa que sumirnos a todos en la oscuridad y el oscurantismo.

Volvamos al pecado socialista por excelencia cual es la acumulación obsesiva del poder entendido como control crecientemente totalitario. Su fracaso es tan ominoso que no toleran el éxito privado, por pequeño que resulte. De allí las expropiaciones con el mezquino sentido de la destrucción. Millones de hectáreas que se dejan en barbecho, monopolios manufactureros completos que terminan siendo inservibles, bienes inmuebles que se expolian para transformarlos en monumentos a la desidia. Y la corrupción que deja la traza de obras inconclusas que se deben sumar al colapso de las que heredaron como infraestructura de servicios públicos. Mientras transcurre tanto destruccionismo por diseño, la libertad sufre, aplastada, acechada, comprometida por el hambre, la soledad, la enfermedad incurable, la ausencia de medicinas, el aislamiento porque ya no hay cobertura de telefonía, la ausencia de un servicio de energía eléctrica confiable, la falta de agua, o lo que quieran imaginar, porque el colapso se sufre a la medida de las necesidades insatisfechas de cada uno.

El socialismo es ese acto de soberbia y prepotencia que termina en crimen de lesa humanidad. Pero también es esas ansias enfermizas de poder que los transforma en tiranías totalitarias que cercenan la libertad y censuran cualquier resquicio de verdad. El fracaso los conduce a la mentira, la mentira los empuja al crimen, y a todos ellos los convierte en secuestradores de cualquier posibilidad de cambio político que pueda ser pactado. El socialismo nunca se va por las buenas.

Frente al socialismo hay solamente dos opciones: colaboración o ruptura. El problema reside en cuanta cultura socialista hay en la dirigencia política. Cuántos de ellos creen que los que pueden intentar el gran salto hacia la sociedad feliz y planificada son ellos. Cuántos asumen la justicia social, cuántos desprecian el mercado, cuántos no conciben el orden extenso como verdadera posibilidad, y cuántos se ven como usufructuarios del poder entendido como capacidad de disponer sobre la vida y bienes de los demás. La ruptura es mercado, libertad, gobierno limitado, pequeño pero eficaz, y un liderazgo de servicio público, poco estruendoso, incluso poco interesante.

Por eso el verdadero peligro es que la alianza que sostiene al gobierno interino del presidente Guaidó es socialista, estatista, populista y clientelar. El discurso de todos ellos, sean de AD, PJ, UNT, o VP es el mismo: tomar por asalto el poder para administrar el estado patrimonialista venezolano. Invertir los escaso recursos en tener empresas públicas, mantener la ficción de una empresa petrolera del estado, y reservarse los recursos del país y sus fuentes de riqueza para que sean “administrados” por esa legión de burócratas sin experiencia alguna que se pasean por el país con programas sectoriales bajo el brazo. Ese plan país, he dicho muchas veces, no es el plan del país, pero ellos insisten en imponerlo porque es el consenso de unos centenares de técnicos y cuenta con el aval de las universidades. Se han convertido en expertos de las puestas en escena y de los hechos cumplidos.

Porque los consensos del país parecen ser otros. No quieren un estado que los aplaste. No están dispuestos a pagar la reposición del saqueo de empresas públicas. No quieren seguir intentando lidiar con una moneda que es manoseada por el populismo y malversada por la demagogia. Están hartos de un estado dadivoso en la miseria, extorsionador a través de sus programas sociales, asqueroso en el uso de la historia, prepotente en la injerencia de su estado docente, y represor brutal de la libertad de hacer y de poder que comentamos al principio. Quieren libertad, seguridad ciudadana y posibilidades.  ¿Van a seguir ofreciendo lo mismo? ¿Van a cambiar las cajas CLAP por las que tienen impresa la cara de Leopoldo? ¿Van a seguir trajinando con las necesidades de la gente sin darles una mínima oportunidad de ser libres? ¿Van a seguir con el festín de la corrupción?

Porque el estado patrimonialista no solamente es delincuente sino corrupto. Y el dinero sucio tiene agenda política, se ceba en el compadrazgo, cultiva las relaciones clientelares, financia políticos y partidos políticos y luego exige favores. Seguir dentro de los márgenes del socialismo garantiza que la corrupción sea la gran ganadora. Y el cinismo, ese que exhiben políticos de vieja y nueva data, que no tienen como explicar su tren de vida, pero retan a que les descubran el cómo. La corrupción y los ilícitos, como hemos visto, tiene sus canales (sus cloacas), sus capilaridades siniestras y clandestinas, y al final, dejan pocas pruebas diferentes a una gran suspicacia, y preguntas sin respuesta: ¿cómo vives así?  ¿cómo vives donde vives? ¿si no recibes sueldo alguno, si tu partido no recauda entre sus militantes. ¿Si no hay transparencia en la rendición de cuentas? Porque ahora resulta que, apostando a la memoria corta del venezolano, todos son ricos de cuna, si no ellos, sus suegros, todos tienen “empresas” o negocios. Todo eso es obviamente una pantalla argumental que no termina de explicar nada.  El “contratismo” podría explicar muchas de esas vidas inexplicablemente infatuadas. Eso también es socialismo esencial. 

Al final uno no termina de saber si tanto izquierdismo vernáculo, dicho con tanta displicencia, solo demuestra la fatal ignorancia de nuestra clase política, así como la innegable responsabilidad de nuestras instituciones generadoras de cultura y educación en el esfuerzo perverso de replicar el pensamiento socialista, incluso en aquellos que estudiaron en las mejores universidades privadas. Me temo que es también el producto de falta de carácter, o de talante, como lo planteaba José Luis López Aranguren. Porque a estas alturas algo es innegable: el socialismo promete, pero no cumple. Es una mula ideológica, estéril, primitivo y devastador. Decir que se es de izquierda es apostar a montarse en esa mula, o terminar siendo una muy especial versión del minotauro mitológico, mitad mula, mitad progresista.

Quedemos al menos advertidos sobre lo que podría venir: la ratificación del fracaso que ya vivimos. El socialismo degradado que hemos descrito acecha y pretende desde ya que no hablemos mal de sus nuevas posibilidades. Porque ya empezaron, si no fuera así, ¿cómo podemos explicar la campaña que exige que no se hable mal de Guaidó? ¿cómo podemos explicar que no quieren debate real sobre el plan que ellos llaman plan país, sino que lo presentan como un hecho cumplido, aduciendo que están preparados porque tienen un plan? Precisamente, porque tienen ese plan no están preparados. En todo caso, los consensos básicos son otros, empeñados en la liberación y la exigencia de libertad (incluida la de expresión), así como también los venezolanos estamos en camino de construir nuevos tabúes políticos. El socialismo es uno de ellos.

 

@vjmc

 

José Guerra presenta su libro: Crónica de un fracaso ideológico que arruinó a Venezuela

LA EDITORIAL DAHBAR lanzó al mercado, “El Mito del socialismo Bolivariano”, el nuevo libro del economista y político José Guerra. 

Con un lenguaje ameno y no menos incisivo, el también diputado a la Asamblea Nacional de Venezuela, discute las bases ideológicas del socialismo del siglo XXI. Y realiza una evaluación sobre el camino recorrido a partir del año 2000. El epílogo disecciona una contradictio in terminis: el socialismo bolivariano, suerte de modalidad extravagante del socialismo del siglo XXI.

Guerra trasciende en su análisis la idea de que estamos frente a una simple experiencia fallida. Para él, en el fondo se trata de que “se vea y perciba que, luego del derrumbe de la Unión Soviética, fue Venezuela el país donde se procuró revivir lo que se pensaba muerto y sepultado: el socialismo. Fue Venezuela una especie de laboratorio para ensayar algo ya frustrado’’.

 

José Guerra. Economista graduado en la UCV, con postgrado en la Universidad de Illinois, Urbana Champaing. Profesor asociado de la Escuela de Economía de la UCV. Ha publicado Temas de política cambiaria. Ensayos sobre la inflación. La Política económica 1999-2002, Régimen cambiario e inflación en Venezuela y El legado de Chávez.

 

 

 

No hay capítulo de la historia política contemporánea, que no describa alguna realidad caracterizada por diatribas cuyas consecuencias desfiguraron idearios, programas y propuestas alineadas con objetivos de desarrollo político y crecimiento económico. Los tiempos electorales, han sido aprovechados por quienes intentan maniobrar situaciones a fin de agudizar problemas que -cínicamente- convierten en respuestas incapaces de servir. Pues, escasamente, con ellas configuran una narrativa que solamente alcanza a complicar todo antes de asomar un ápice de respiro ante el problema en cuestión.

La economía es profundamente sensible a estas movidas tácticas cuyas bases muestran una especie de estructura dialéctica que da cuenta de meros paliativos dirigidos a desnaturalizar condiciones y deformar procesos funcionales diseñados con no siempre definidos propósitos de regulación de la dinámica económica. Sin embargo, hasta ahí suelen servir. En lo sucesivo, se transforman en mecanismos de alteración y confusión para usufructo de acomodaticias circunstancias.

De ese modo, la economía comienza a extraviarse del rumbo que la teoría económica traza a nivel doctrinario. Aunque en algo pudiera sorprender, el hecho de reconocer que estas prácticas políticas le han valido a los contubernios dominantes algunas razones para mantener posturas verticales que han permitido “justificar” su arraigo en el poder político.

Los tiempos coloniales no fueron excusa para que alguna nación o provincia, escapara de tales manipulaciones de las cuales se sirvieron esas mismas componendas políticas para enquistarse en el poder. Y al mismo tiempo, para aprovecharse de las susodichas razones con el perverso objetivo de usurpar figuraciones desde donde, muchos personajes exaltados por pírricas historias domésticas, se hicieron de importantes finanzas con intenciones absolutamente mezquinas y egoístas.

Desde el establecimiento de la Primera República, en 1810, hasta la actual, el escamoteo ha sido problema común cuyos efectos siguieron trastocando la política en su ejercicio del poder político. Para ello, buscó apoyarse en una economía que la  brindara las oportunidades necesarias y suficientes para restarle valor a los reacomodos que requería su dinámica para superar los desvaríos que forzosamente devenían en procesos torcidos. Pero que de alguna forma se ajustaban a subterfugios de manera que las coyunturas pudieran compadecerse de las realidades que derivaban de los correspondientes problemas.

Así, la economía se vio distorsionada por razones que no eran propias de lo que la teoría económica le inculcaba. Fueron entonces las maniobras del populismo que arreció entradas las dictaduras civiles y militaristas del siglo XX, lo que acentúa el descalabro de la economía. Así sucedió, a pesar de ciertos logros que ocasionalmente lograron remontar los socavones que políticas gubernamentales diseñaban con el propósito de abrir los surcos dentro de los cuales estarían escondiendo lo extraído de los procesos administrativos contiguos a lo que la dinámica económica podía infundirle a las realidades comerciales.

Los gobiernos no dejaron de comportarse según la tradición que en un principio le marcó la conducta de la economía “timorata”. Propiamente, de lo que se denominó “capitalismo salvaje”.  Así que esos gobiernos, imbuidos en un comportamiento totalmente agorero en términos de sus pretensiones políticas, terminaban cada período gubernamental desenfocando más aún la visión que la teoría económica pautaba sobre su ejercicio. Y es que dicho problema no ha dejado de hacer el daño que la historia política ha dejado ver.

Por consiguiente, cada gobierno, en aras de su despotismo, busca golpear las fuentes de crecimiento de la economía con la absurda excusa de revertir tal situación en el “largo plazo”. Desde luego, esto hace que la inversión pública se trabe. El gasto público, se exacerba al verse inflado por encima de lo proyectado a instancia de cálculos formales y convencionales. El desarreglo administrativo, fiscal y financiero, lo embadurnan a fin de desaparecer sus fuentes. Las reformas tributarias, así como de índole cambiaria o fiscal, terminan oscureciendo la dinámica económica. Pues sólo así es posible justificar cualquier asomo de coartadas válidas en el terreno de la politiquería. Aún peor, cuando a estas alturas del siglo XXI el irascible escenario político se convirtió en una variable más del espectro de la economía dificultándole su desarrollo natural.

De ese modo, la economía se inmuta, se atrofia, hasta que no le es posible crecer por vías expeditas. Es decir, la economía se entrampa en los laberintos de una política “delincuencial” Sobre todo si cohabita con un Estado malogrado, dado su nivel de corrupción y anarquía. El clima político urde con toda la malicia posible creando la desconfianza necesaria para seguir justificando medidas que solamente desvinculan la realidad de las necesidades que clama el desarrollo económico (y social) de una nación. En consecuencia, la economía resulta atrapada. Y es porque habrá que reconocer la aguda crisis que se vive, cuando se tiene a la economía en el laberinto del “socialismo”.

Venezuela S.A. por Armando Martini Pietri

PARA DECIRLO CON CLARIDAD, no es que haya un mal gobierno al cual se enfrenta una oposición acostumbrada que sus ofertas entren al olvido, sacarlas de nuevo, entre una y otra derrota, con palabras y organizaciones recicladas. La realidad es que en Venezuela hay una sociedad entre minorías, que comparten y usufructúan el poder en beneficio de intereses. 

Conjeturemos a Venezuela como una empresa que controla en teoría una asamblea de accionistas -no se sabe cuántos son, millones se han ido a otros sueños-, pero en la práctica hay dos pequeños grupos simulando críticas de la boca para afuera, que comparten directiva por mitad, la que controla el territorio, domina la estructura gerencial, y la otra, que insiste en asumirla sin un proyecto definido; lo que hace poco probable, tomar decisiones importantes sin acuerdos, -de allí la insistencia y justificación de la conversadera siempre fallida, en realidad, no buscan acuerdo, sino tiempo-. Unos mandan otros acompañan silenciosos, haciendo creer que nada reciben sino carencias y, si llegaran a encargarse de las decisiones ejecutivas, otro gallo no comunista cantaría.

Ambos se mueven entre la colectividad recabando voluntades. El chavismo, madurismo, socialismo, comunismo o como se quiera llamar al castrismo nacional, fue más original, eficiente al principio y consiguió en tiempos mejores votos suficientes para controlar la directiva, entonces concibió dos situaciones al mismo tiempo: se extendió conversando con la mayoría de pequeños accionistas ofreciendo dividendos maravillosos, consientes que jamás cumplirían, pero haciéndolos sentir eran ellos quienes manejaban la compañía, sólo hacían lo que esa mayoría crecida en número y bajaba en ganancias quería; y al fortalecerse, se instaló en la puerta de la sala de junta, guardias armados dispuestos a cualquier violencia para que nadie pudiera entrar, y en el salón de accionistas, para que no se atrevieran a realizar preguntas incómodas. Y quienes las hacían, eran reprimidos, duramente castigados.

Por la puerta de atrás y en secreto, entraban los miembros del otro grupo, que no sólo arreglan acuerdos en su favor e intereses que representan, sino que tienen como tarea la importante labor de distraer y apaciguar a los demás, ofreciendo algún día serán directores.

Los socios al mando no han sabido manejar la empresa, malbarataron haberes, sustrajeron la caja, la destruyeron, arruinaron, y para mantenerla en aparente prosperidad venden, sin consultar, validos de posición, activos de Venezuela S.A. que se agotan por su incompetencia gerencial, sin lograr producir alternativas, ni siquiera mantener productivo lo poco que quedan.

Los integrantes públicos y ocultos de la directiva son amigos, se conocen, acuerdan, se reúnen a diario, tienen años en el juego, algunos advierten sobre errores, pero nada hacen para evitarlos porque de los escasos aciertos y muchas equivocaciones sacan tajada.

Reunirse en la sede empresarial o en cualquier otra parte, no es más que montar un templete carnavalesco, lleno de papelillo y megáfonos para tratar de dar ánimos, distraer a los vecinos para que continúen pendientes, aunque no tengan música para bailar, los disfraces sean los menos y estén apretujados. Desde abajo es difícil conocer las máscaras y los rostros verdaderos, se parecen tanto.

Los directores notorios y disimulados de esta arruinada compañía nunca pierden, siempre ganan, aunque la empresa está quebrada. Por hablar que no quede, ya se sabe que hablando se entiende la gente, aunque sea sólo una minoría devastadora. Los demás que se sigan marchando, serán menos gastos para la gerencia incapaz de producir beneficios y el problema que lo resuelvan otros. 

Sin embargo, la empresa y sus directivos llegaron al límite, están en situación de insolvencia, desconfianza, legitimidad, representatividad, y requieren con urgencia abrirse a inversionistas que aporten capital social, credibilidad, profesionalismo, plan elaborado de recuperación, pero quienes hoy aun manejan la sociedad, pretenden tercos continuar al mando y se resisten cambiar al personal directivo, administradores y gerentes fracasos de siempre, no quieren modificar el plan estratégico, por el contrario, la intención es mantenerlo. El que venga no lo hará sólo por solidaridad, exigirá una ruta distinta, estrategia institucional confiable, con garantías, por supuesto, apartar a los fracasados, solicitando que el destino de los incompetentes, sea asumir sus errores.

 

@ArmandoMartini 

El socialismo no es lo que promete, por Víctor Maldonado

BASTA PASEARSE POR EL MILLÓN DE KILÓMETROS CUADRADOS DE DEVASTACIÓN en que se ha convertido Venezuela para sacar buenas cuentas. En veinte años de revolución lo único que han logrado sus gestores es un país somalizado, violentado, destruido en sus capacidades productivas, que ha estado veinte años encarando las arremetidas de un socialismo radical, perfeccionado en su capacidad destructiva por la psicopatía castrista, además inmerso en una cultura amoral, de saqueadores trogloditas que coinciden en el botín, y que se dan por bien pagados si reciben al menos unas migajas de la renta convertida en expoliación.

Eso si, como cabe esperar del fracaso, nadie se hace responsable. De hecho, ni siquiera lo reconocen. El socialismo es una excusa tras otra, una negación serial, una evasión sistemática. Y en el caso de que la realidad los acose, cualquiera puede ser culpable, pero ellos no, y la ideología tampoco. Ellos, cuando mucho podrán decir que no han puesto suficiente empeño, o que no han sido suficientemente radicales. Incluso que no han logrado instaurar el socialismo. Pero nunca, óigase bien, nunca van a reconocer que el socialismo es un total y absoluto fraude.

Vamos a estar claros. La oferta socialista es engañosa. Promete una reivindicación imposible, y dice que lo va a hacer sin importar los cómo. Plantea una mayor prosperidad y justicia, incluso tienen la desfachatez de ofrecer libertad “verdadera”, pero en realidad lo que termina ocurriendo es la imposición de un régimen de servidumbre y miseria.

Reconocer la trama es esencial. Los regímenes socialistas se apoyan en un discurso que descalifica de entrada al sistema de mercado y repudia el rol del empresario. Por eso no hay régimen de izquierda que no tome medidas enérgicas de intervención y confiscación de los derechos de propiedad. Ellos, los cultores del fraude del “hombre nuevo” se auto proponen como la clase esclarecida que tiene todas las virtudes y ninguno de los vicios propios de la humanidad. Ellos dicen tener, además, más conocimiento, más criterio, más integridad, y por lo tanto, los recursos y las riquezas del país, a su cargo, están en las mejores manos posibles. Ellos cometen el crimen de apropiarse indebidamente de la voluntad del pueblo, se presentan como la encarnación del pueblo, a quienes ellos dicen personificar. Por lo tanto, si ellos deciden, decide el pueblo. Obviamente eso ni es posible ni deja de ser uno de los muchos abusos autoritarios que practican con total desfachatez.

Y en boca de ellos, el pueblo decide allanar la propiedad privada, descartar el libre mercado, convertir a la libre empresa y a los empresarios en enemigos de la patria esclarecida, y al capitalismo transformarlo en la gran enseña del mal mundial, al qué hay que combatir por todos los medios. El problema de este enfoque lo advirtió Hayek en su “Camino a la Servidumbre”: No hay libertad personal y política sin libertad económica. No hay libertad sin el respeto por el individuo y sus capacidades de emprendimiento. Por eso, más temprano que tarde, las experiencias de izquierda terminan por convertir al ciudadano en un ser sin alternativas, sin posibilidad de futuro, dependiente de la arbitrariedad del estado, un esclavo sin otra opción que la desbandada o el silencio.

El socialista cree que sus opiniones tienen el rango de “verdades científicas”. La verdad es que nada más lejos del rigor epistemológico que este dogmatismo barbárico, incapaz de lidiar con la realidad. Los socialistas son fundamentalistas de una falsa religión cuyo panteón está rebosado de dioses falsos. Sus resultados se cuentan por millones de muertos, oportunidades perdidas, éxodos dolorosos y generaciones completas llenas de decepción y fracaso.

No hay socialismo que se lleve bien con el hombre libre. De allí que se solace en la censura y cultive el silencio de los demás. No tolera la alusión a la realidad ni soporta la disidencia. Lo de ellos es el temerario juego cerrado de los fanáticos que se convalidan mutuamente. La mentira es su código de honor. La violencia su único recurso. Odian la independencia, repudian los arrebatos de libertad y militan en las filas de la intolerancia radical. En eso consiste el estado totalitario que es un atributo potencial en cada una de las experiencias socialistas y que, dadas las circunstancias apropiadas, a veces se transforma en una pavorosa realidad.

La izquierda odia al emprendedurismo. Ellos son los inventores del eufemismo de que “lo pequeño es hermoso”. Si les corresponde transarse, prefieren pequeñas y medianas iniciativas que cultivan como bonsáis, debidamente acotadas a cierto tamaño que no les ofrezca el peligro de un masivo efecto demostración. Desde los inicios su némesis ha sido el comerciante, el arquetipo del ser humano que rompe con el conformismo y que se arriesga a regir sobre su propio destino. Ellos no pueden convalidar la ética libertaria que propone a un hombre capaz de sortear obstáculos y que puede canalizar su ambición para lograr el éxito. De hecho, son palabras vetadas para uso personal. El éxito es colectivo, y la ambición es solamente una desviación peligrosa que niega el dogma del estatismo como esfuerzo de una totalidad para que prevalezcan las premisas del socialismo. En el catecismo socialista la ambición es mala y la riqueza personal siempre es un robo.

El socialismo es el sistema político de la opresión. Hayek le confiere a Alexis de Tocqueville el honor de haberlo visto de primero. Para fundamentar su opinión cita el discurso que el pensador francés pronunció ante la Asamblea Constituyente el 12 de diciembre de 1848 y que versó sobre el derecho al trabajo. Vale la pena reproducir la cita completa porque nos ayuda a comprender la dicotomía entre democracia y socialismo:

“La democracia extiende la esfera de la libertad individual, el socialismo la restringe. La democracia atribuye todo valor posible al individuo; el socialismo hace de cada hombre un simple agente, un simple número. La democracia y el socialismo sólo tienen en común una palabra: igualdad. Pero adviértase la diferencia: mientras la democracia aspira a la igualdad en la libertad, el socialismo aspira a la igualdad en la coerción y la servidumbre”.

Es conveniente abundar en el tema de la igualdad. La propuesta socialista se funda en la envidia activa. Ellos argumentan que no es válido el que unos tengan más éxito que los demás. Por lo tanto, es legítimo que el estado aplique el rasero y favorezca a los que tienen menos en desmedro de los que tienen más. Así ellos implantan la justicia expoliadora que termina por ahuyentar la empresarialidad y acaban transformando el pais en tierra yerma. Porque el funcionario carece del incentivo que permite que florezcan las empresas. Ese incentivo es el lucro, que favorece a los más competitivos. ¿Quieren un ejemplo? Las empresas públicas, siempre arruinadas, permanentemente saqueadas, mantenidas por la fuerza de los impuestos o del colapso monetario y la inflación.

La igualdad democrática es de otro tipo y tiene otros supuestos. Se fundamenta en el estado de derecho como sistema de normas y valores que son de aplicación universal, sin privilegios indebidos, y teniendo el mérito personal como atributo indeleble y diferencial de los individuos. La norma universal aporta racionalidad y previsibilidad al orden social, no arbitrario y regido por medios legítimos y fines valiosos para el ser humano. Es igualdad para competir, no para ser asimilados por un régimen que insiste en “pensar y hacer por uno”, y que al final tiene como resultado la esclavitud del colectivismo.

La experiencia de los socialismos reales es terrorífica. El Libro Negro del Comunismo coordinado por Stéphane Courtois, director de investigaciones del Centre National de la Recherche Scientifique, sumó más de 120 millones de muertos. En la China de Mao cerca de 82 millones. En la URSS aproximadamente 22 millones. Y así, cada vez que el comunismo se hace presente, se hace acompañar de siete plagas contemporáneas: La muerte, la persecución, la cárcel injusta, el hambre, la ruina, la censura y el despojo de la propiedad. Toda esta aniquilación porque unos pocos “esclarecidos” decidieron planificar la libertad de todos, haciéndonos a todos iguales en el sufrimiento y la miseria. Personas concretas quisieron obligar a todos a creer en una falsa utopia, o morir. O se plegaban o caían víctimas del terror. ¿Alguien puede sentirse feliz con eso? La felicidad es la gran ausente, porque no se puede ser feliz si primero no se es libre.

¿Qué valores albergará el alma de quien prefiere defender su revolución antes que salvar vidas? ¿Qué moral tiene aquel que, consciente del colapso del país, grita con desespero “pero tenemos patria”? ¿Cuál patria es esa que niega derechos, asola a sus habitantes, y los somete a una penuria tras otra hasta hacerlos claudicar? Hay respuesta: La gran patria socialista.

Detrás de tantos malos resultados hay una falsa premisa. Que se puede ser exitoso planificando centralizadamente la economía para optimizar la justicia social. Además, que puede hacerse economía sin competencia. Con esto afectan el mercado, castran los incentivos del emprendedor y cercenan las libertades individuales. Porque eso que los socialistas llaman justicia social es un eufemismo para hacer transferencias indebidas entre los grupos mas competitivos de la sociedad hacia una burocracia que dice hacer redistribuciones perfectas, cuando lo cierto es que son una instancia corrupta y violenta que comienza rápidamente a ser un fin en sí mismo.

Cuando no se respeta la lógica del sistema de mercado, y se pretende implantar la preponderancia de una arrogancia que termina siendo fatal, se afecta una condición esencial para la creación de riqueza. Hayek lo plantea mejor que nadie: “la principal condición en que descansa la utilidad del sistema de la competencia y de la propiedad privada consiste en que el propietario se beneficie de todos los servicios útiles rendidos por su propiedad y sufra todos los perjuicios que de su uso resulten a otros”. El que arriesga es responsable y se lucrará o se perjudicará dependiendo de cuan exitoso sea su emprendimiento. Lo que no tiene sentido es el socialismo interventor, y tampoco el falso capitalismo de compinches que protege a los perdedores y persigue extinguir el éxito de los que hacen buenas empresas.

George Orwell lo especificó bastante bien en su libro Rebelión en la Granja. Muy pronto el cerdo Napoleón terminó enmendando el famoso decálogo de su igualdad para determinar qué ellos, los que controlaban el poder y ejercían la violencia, eran más iguales que los demás. Y, por lo tanto, merecedores de privilegios y reconocimientos. La imposible e inexistente justicia social es una excusa para ejercer el resentimiento y terminar por arruinar a los países. Porque no hay excedentes que antes no se deban producir. Porque nadie produce nada si no tiene expectativas de lucro. Y porque la mentalidad burocrática, fundamentalista en la lealtad al partido, no tiene cómo sustituir o encajar en la personalidad emprendedora, arriesgada y tenaz.

Los resultados están a la vista. Venezuela es la última de sus vidrieras. Los enemigos de la competencia terminan siendo los valedores de la servidumbre colectiva. Esa es la verdadera cara de los socialismos, independientemente de cómo quieran llamarse. Algunos ilusos pretenden decir que esto no es socialismo. Que es otra cosa. Pregúntense ustedes cómo debemos llamar a un regimen si practica la planificación central, estatismo, intervención del mercado, persecución a los empresarios, obsesión por la igualdad, desapego por el bienestar de los ciudadanos, y todo esto escondido bajo el manto de un encendido discurso revolucionario y una devoción impúdica por todo el santoral comunista. Todos son castristas, todos alguna vez fueron erotizados por Fidel, el Che, Mao, Stalin, Lula, Chavez, Evo o los comandantes Sandinistas. Todos dicen ser orgullosamente izquierdistas. Todos se conmueven al designarse progresistas. Todos son ciegos ante los desmanes de sus ídolos.

Toda esa intelectualidad cursi, los que ejercen el perdonavidismo militante, que preferirían mantener al país esclavizado antes que pedir ayuda a Estados Unidos, remendadores del crimen, apaciguadores a disposición de la infamia, prefieren sentarse a negociar con el régimen antes que reconocer el reiterado y fatal fracaso del socialismo.

Algunos todavía piensan que todas esas promesas de redención son posibles y que el socialismo es el camino para alcanzar la felicidad de los pueblos. Piensan entonces que el Foro de São Paulo es un punto de encuentro, y ven con gentileza las imposturas contra el imperialismo a la vez que aplauden a rabiar el respaldo a las tiranías. Allí respaldan a Lula a pesar de ser un vulgar ladrón y corruptor conspicuo de la política latinoamericana. Allí aplauden la falsa integridad de la Bachelet, y se alegran con la siguiente teoría conspiparanoica que los exime de cualquier responsabilidad sobre los desmanes que ellos, y solo ellos, han provocado.

Allí, en el Foro de São Paulo, respaldan al socialismo del siglo XXI y advierten contra el retroceso del progresismo en el continente. Les asusta la libertad, se llevan mal con la verdad y están buscando un nuevo proxeneta que les permita vivir un episodio tras otro de la misma psicodelia. Por supuesto, vienen a reunirse en Caracas, una ciudad que ve morir a sus niños, que no puede defenderse de la violencia, donde ancianos han quedado solos gracias a la desbandada y el éxodo de sus hijos. Sin luz, sin agua, sin servicios, sin felicidad. Y vienen ellos a ratificar que el socialismo es el camino. Este socialismo, que como ya dijimos es el único posible, a pesar, insisto, de la cursilería de ciertos intelectuales que quisieran ser ellos junto a una nueva camada de líderes quienes intenten reivindicar una idea tan loca.

Lo cierto es que el socialismo no resiste el mínimo análisis de viabilidad. Venezuela es la última de las desgracias que han provocado los enemigos de la libertad. Porque el socialismo no termina siendo lo que promete. No nos hace iguales, nos reduce a la servidumbre. No nos hace felices, nos reduce al miedo. No nos da bienestar, nos reduce al hambre, la enfermedad y la muerte. Es la traición de Leviatán, es su verdadera cara, la que obliga a la lucha por la supervivencia y transforma nuestras vidas en sórdidas, pobres, breves y brutales.

Por mi parte, deploro las alucinaciones intelectualosas, la obligada confusión entre pueblo y turba, y las congregaciones de la mentira. El tener que tolerar el Foro de São Paulo sesionando sus farsas, celebrando nuestro derrumbe, respaldando a la tiranía, aplaudiendo sus ocurrencias, convalidando sus falacias, es una demostración más de qué hay que ser más disciplinados en el sentido de realidad y mucho más preocupados por las lecciones que nos da la historia. La experiencia de la libertad siempre es precaria. Hay que defenderla y reafirmarla constantemente.

Porque esta revolución de los esclarecidos tiene en su ADN una predisposición por las medidas extremas. Ellos creen que el exterminio es absolutamente necesario para refundar la humanidad y darle espacio al hombre nuevo. Empero, la experiencia indica que lo único que ocurre es un intento brutal de exterminio de todo aquel que no se somete. Ese hombre nuevo que ellos dicen ser es monstruoso y trágico, porque tarde o temprano cae víctima de sus propios errores. En ese momento, la libertad, aun maltratada, lucha de nuevo por florecer. Vivimos precisamente esta época y esta posibilidad. Ya el sistema no resiste más manipulación del lenguaje. No hay forma de soportar un abismo mayor entre lo que prometen y la realidad que provocan. Entonces, ese darse cuenta favorece el coraje para impulsar el cambio, sí y solo si, tenemos la claridad para intentar el contraste.

@vjmc

Peor de lo pensado, por Ramón Hernández

NO HAY ESTADÍSTICAS, SOLO CIFRAS AL AZAR, lo cierto es que cada día circulan menos vehículos, aunque las colas por gasolina en las estaciones de servicio sean enormes. Las ciudades se han ido quedando solas y a oscuras. Pocos se arriesgan a salir de noche, a menos que sea una emergencia médica o a buscar una medicina. Un país de fantasmas con pueblos fantasmas, sin agua, sin electricidad y sin nada que hacer. Es el socialismo del siglo XXI azuzado con un retrato falso de Simón Bolívar en cada anuncio oficial.

Un país destruido, una nación a la deriva, un Estado carcelero. En el sur, en la zona más indefensa y vulnerable, donde se guardaba la fábrica de agua para el futuro y se protegía la biodiversidad, que es la vida de todos y no solo de los que detentan el poder, mandan la codicia y la ignorancia. El Arco Minero ha sido la legalización del genocidio y la destrucción. Unos pocos se hacen muy ricos mientras condenan a la indigencia más miserable al resto de la población. Los diamantes, el oro, el uranio y el coltán que ofrecen a rusos, bielorrusos, iraníes y chinos deja sin futuro a los nacionales, a los verdaderos dueños de esas riquezas naturales.

En noviembre de 1998, en el extinto Gran Salón del Caracas Hilton, el candidato que lideraba las encuestas y que se había ganado el respaldo de los ambientalistas porque rechazaba el aprovechamiento minero de la reserva forestal de Imataca y que un tendido eléctrico atravesara zona sagrada pemón en la Gran Sabana profirió la mayor mentira de todos los tiempos, que prefería un vaso de agua fresca que todo el oro que se pudiera extraer de las selvas al sur del Orinoco. El enorme aplauso que le dieron todavía retumba en la conciencia de la mayoría de los engañados.

No solo se desdijo sobre el tendido eléctrico, sino que no le importó la muerte a mano de la represión militar, sus hombres, de doce indígenas que se oponían a la construcción de las torres. Al decreto que le entregaba a la minería lo que dejaban los explotadores forestales de Imataca solo le cambió el número, el palabrerío siguió apuntando contra la conservación de los bosques y sus habitantes. Veinte años después se agudizó la corrupción y se multiplicó la destrucción irreversible de la naturaleza. La minería ilegal –gambusinos con fusil al hombro y respaldo del hamponato internacional– extrae metales preciosos de los parques sin consecuencias legales y con grandes ganancias que no declaran al fisco, apenas al jefe militar que los cuida y alienta.

Nadie habla ahora de especies en peligro de extinción. Todas corren el riesgo de desvanecerse para siempre. El jardín botánico se quedó sin agua y sin dolientes. Desaparecieron, se carbonizaron, colecciones completas, y del herbario que era el orgullo de Tobías Lasser y Leandro Aristeguieta apenas quedan dos macetas de plástico y una de arcilla. El Museo de la Estación Biológica de Rancho Grande agoniza con la misma prontitud que lo hacen los museos de arte y desaparece el mobiliario urbano de las ciudades que se quedan sin alumbrado, sin plazas y sin bancos dónde sentarse. El país en su totalidad se transforma en polvo cósmico, en vacío, en un indetectable hueco negro en el cual reverberan las consignas y amenazas de los personeros de la revolución y sus matones de sueños.

Nadie se hace responsable ni en el alto ni el bajo gobierno. No explican, decretan; no hablan, ordenan; no disienten, matan; no gobiernan, usurpan para salvar la cartera y los dineros mal habidos. Parecen estatuas de sal con los ojos fijos en la nada. Tampoco hay dónde quejarse ni nadie que escuche los reclamos. Los lamentos se multiplican y el ay, mi madre se repite de boca en boca. Ha sido mucho peor que lo advertido y de lo esperado, pero las esperanzas no ceden aunque carezcan de fundamento. Vendo callejón de milagros inéditos y alegrías por inventar.

@ramonhernandezg

El Nacional

B. BFincheltub May 12, 2019 | Actualizado hace 6 meses
Code Pink, go home, por Brian Fincheltub

HOY LES HABLAREMOS DE LO QUE SIGNIFICA ser socialista a distancia, una “ocupación” muy común en los Estados Unidos y Europa, pero que viene expandiéndose a otras partes del mundo. Es como estudiar una carrera universitaria a distancia pero sin leer, tampoco hace falta saber escribir, basta solo repetir cuatro o cinco consignas, ponerte una franela del Ché Guevara, manifestar contra el capitalismo y eso sí, para obtener tu diploma, hay una pasantía obligatoria: un fin de semana en Cuba, donde tras unas pocas horas en hotel cinco estrellas y un paseo en autos de lujo por  la Habana estarás en condiciones de considerarte un verdadero socialista.

A los socialistas a distancia los caracteriza una cosa fundamental: Se creen absolutamente dueños de la verdad. No te atrevas a cuestionarlos, sobre todo si vives en un país socialista y consideras que el socialismo es lo peor que le pudo haber pasado a la humanidad. Si lo haces, te acusarán de estar manipulado por los medios y el “imperialismo”. Además, ellos intentarán “informarte” de lo que “realmente” pasa en TÚ país. No pierdas tiempo diciéndole que tú experiencia de vida durante veinte años es suficiente para saber que ese modelo que ellos defienden es un fracaso, te dirán que estás equivocado y que sus países están peor que el tuyo.

Un ejemplo de lo que significa ser socialista a distancia son las “activistas”, por no decir otra cosa, del denominado grupo “Code Pink”, quienes desde los Estados Unidos se han convertido en el brazo defensor de la dictadura venezolana. Son un ejemplo clásico de lo que significa ser socialista de Starbucks, se levantan, no estoy seguro si se cepillan y se bañan, toman su Uber y se van al Starbucks más cercano a criticar por las redes sociales, creadas en Silicon Valley, al capitalismo. Mientras se toman su latte espresso insultan a un venezolano que tras levantarse sin agua y sin luz, debe tomar una perrera para llegar a trabajar por escasos 6 dólares al mes. Sí, al mes. Lo mismo que paga un socialista a distancia por su café en la mañana.

Esta gente de Code Pink no solo defiende al régimen asesino de Nicolás Maduro, sino que, violando el derecho internacional, han invadido una instalación diplomática en Washington del legítimo gobierno de Venezuela, trasgrediendo lo establecido en la Convención de Viena sobre relaciones diplomáticas. Acción que ha generado un profundo malestar en la comunidad venezolana. Las invasoras dicen seguir “resistiendo”, pero los venezolanos no daremos nuestro brazo a torcer. Los activos de la república serán protegidos y tarde o temprano tendrán que salir, como también saldrá la dictadura y ese día se abrirán las puertas de nuestras embajadas y consulados para que miles comencemos a tramitar nuestro regreso a casa, una Venezuela democrática y libre.

[email protected]
@Brianfincheltub