Brian Fincheltub, autor en Runrun

Brian Fincheltub

El ejemplo de El Limón, por Brian Fincheltub

Solidaridad en El Limón. Foto Voluntarios de Aragua.

@BrianFincheltub

En los últimos años es un lugar común escuchar que en Venezuela se han perdido todos los valores; que nuestros mejores ciudadanos se fueron del país y que quienes quedan en Venezuela lo hicieron básicamente porque no tenían otra opción.

No podemos negar que en veinte años de chavismo se ha ido mucha gente valiosa, venezolanos que hoy destacan en muchas partes del mundo con sus talentos y capacidades. Es igualmente cierto que el nivel de destrucción causado por el chavismo ha alcanzado también nuestro sistema de valores.

Pero como la realidad es más que una simple generalización, debemos decir que, aun en la Venezuela devastada por esta ideología de la ruina llamada socialismo, quedan razones para sentirnos orgullosos de nuestro gentilicio. Y lo que pasó en la comunidad de El Limón del estado Aragua esta semana, no es más que un ejemplo.

La reacción de los venezolanos tras la reciente tragedia de El Limón está lejos de asimilarse a la que tendría un pueblo resignado y destruido moralmente.

He podido ver no solo el espíritu de una comunidad profundamente abatida por el drama que significa perderlo todo en Venezuela, levantarse con la gallardía de quien no se rinde y empezar la reconstrucción el día siguiente de que una corriente de piedra y lodo sepultara años de trabajo y esfuerzo. He visto también una inmensa solidaridad de los venezolanos fuera y dentro del país con sus pares. Donar a quién más lo necesita en momentos donde nada sobra, y falta todo, es más que admirable.

Ver eso me hace pensar en el momento en el que todo esto acabe. Habrá quienes no quieran ver ese día, pero sepan que inevitablemente llegará. Ese día todos pondremos lo mejor de nosotros para empezar la reconstrucción; sin duda ese será un trabajo extenuante, difícil y lleno de sacrificios, pero que haremos convencidos de que el futuro será nuestro y que nunca nadie más nos los robará.

Los venezolanos también vamos a limpiar nuestra gran casa. Y construiremos los muros de contención más fuertes que jamás hayamos construido para que NUNCA más el odio y resentimiento entre en nuestros hogares para acabar con todo. Ese muro no será otro que la memoria colectiva de lo vivido; recordar siempre para no volver a repetir lo que se conoció como chavismo.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

La unidad no es un propósito, es una obligación, por Brian Fincheltub

@BrianFincheltub

En una de las tantas manifestaciones a las que me tocó ir en Caracas, vi una pancarta en el distribuidor Altamira en la cual se podía leer la frase “Luchar unidos para que no nos fusilen por separado”. No sé a quién pertenece la frase, pero aplicada a la realidad actual venezolana no pudiera ser más apropiada.

Es verdad que nada garantiza que luchando unidos vayamos a tener éxito. De hecho, muchas veces lo hemos hecho y más allá de victorias puntuales, no hemos podido alcanzar la victoria definitiva, esa que nos libera de una vez por todas del chavismo.

Lo que de algo estamos seguros es que luchando cada quien por su lado no solamente no habrá victorias puntuales, sino que nos aplastarán a todos por igual.

Apartando la frustración que pudiese causar tanta espera, hoy la unidad debe seguir siendo el objetivo. No como una palabra bonita para adornar un discurso o una excusa para el chantaje, sino como una obligación de supervivencia. Si algo hemos aprendido en estos años es lo fácil que es arrasar un país en momentos donde reina la división, la desorganización, la improvisación y la ausencia de objetivos comunes.

En el pasado ha sucedido que hay distintos planteamientos y se ha logrado avanzar más allá de los desacuerdos a una ruta común. Lo que no se puede permitir es que la discusión interna, el debate, el desacuerdo natural entre posiciones y visiones diferentes sea sustituido por la descalificación. Porque más allá de las enemistades circunstanciales, a la conducción política le toca pensar en las necesidades de la gente y la angustia de una espera que se cobra en vidas.

El primer paso para entendernos es el reconocimiento de todos los liderazgos. Al reconocimiento debe seguirle el respeto y la consideración que en la lucha contra la dictadura cada persona cuenta y que todas las posiciones son complementarias en el objetivo final de alcanzar la libertad de Venezuela. Sería absurdo trasladar el debate a otro plano personal que en nada ayudaría a salir del letargo actual que vive la población venezolana. Está más que demostrado que cuando la gente ve unidad en su liderazgo, pero sobre todo determinación, responde mayoritariamente como lo han hecho de una manera más que estoica durante más de veinte años.

Nosotros siempre hemos sido unos campeones de la unidad y en esta circunstancia no será distinto. Nuestra intención hoy no es asumir posiciones que agraven el conflicto, sino ser voz de quienes no esperamos otra cosa que la libertad de Venezuela. Es la postura que debemos tomar todos los que amamos este país, poner a Venezuela primero.

Más allá de quien tenga razón, aquí todos perdemos cuando nos dividimos y cuando no somos capaces de escuchar al otro con respeto e inclusión.

Todos debemos estar a la altura que pide el país. Ver los puntos de coincidencia y concentrarnos en lo que nos une hasta salir de este cáncer llamado chavismo.

 

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Mientras tanto en la Venezuela profunda…, por Brian Fincheltub

@BrianFincheltub

Josefina se levanta temprano, antes de que los gallos canten. El tiempo no pasa en vano, con los años duerme cada vez menos. Después de las cuatro de la mañana no hay manera de que permanezca atada a la cama. Su rutina comienza temprano y no es para menos, tiene dos pericos, tres loros, un gato y cuatro perros que suelen levantarse con ella. Josefina encontró en los animales refugio y compañía, cuando su única hija tuvo que irse del país buscando mejores oportunidades. Lamentablemente no le ha ido como esperaba en Colombia; aunque ayuda a su mamá, las cosas no han ido bien. Particularmente desde el inicio de la cuarentena.

Pero si de ir mal se trata, Josefina tiene un postgrado. Su jornada comienza encendiendo el fogón; desde hace meses en el pueblo donde vive Josefina no se sabe lo que es cocinar con gas. En su patio, su bombona vacía espera que el camión del gas venga por ella, eso sí, bien asegurada con una cadena y un candado para que no se la roben. Lo que sí parece que se robaron fueron más de sesenta bombonas que en marzo recogió en todo el pueblo un camión de PDVSA gas, entre ellas una de Josefina. Nunca volvieron ni el camión ni mucho menos las bombonas. Hay quienes dicen que fueron revendidas en el mercado negro, donde se pagan bien caras y no precisamente en bolívares.

Varios meses también han pasado desde que Josefina pagó a los llamados comité CLAP para que vinieran por sus bombonas, quienes aparte de controlar quién recibe las famosas cajas, también controlan la distribución del gas doméstico en el pueblo. Ni del gas ni del dinero hay noticias.

Las que sí llegaron luego de tres meses fueron las cajas CLAP, adentro tres sardinas, un aceite, dos kilos de arroz y uno de pasta fue el contenido de esta vez. Tanto ha empeorado la cosa que hay muchos quienes añoran los tiempos cuando hasta leche en polvo traían las cajas, si es que a eso se le puede llamar leche. El pasado parece haber quedado tan atrás que la mayoría olvida esos tiempos donde con un sueldo mínimo una familia podía comprar semanalmente un pote de leche La Campiña.

El pueblo de Josefina no solo se detuvo hace años en el tiempo, como el resto de Venezuela, involuciona siglos cada día.

Solo hay que ver el ejemplo del agua, nunca Josefina se había alegrado tanto por el invierno, pues tiene una canal puede agarrar agua de lluvia cuando llueve y llena sus pipotes. Ustedes pensarán que Josefina está loca por alegrarse por eso, pero hasta no hace mucho el pueblo entero dependía de un jagüey donde tenían que ir con tobos a buscar agua para no morir de sed. Eso de agua por tubería es una utopía, por allí no sale ni aire.

Cuando termina de cocinar la comida del día en leña, Josefina ve televisión nacional, pero no para enterarse de lo que pasa en el país. Josefina ha perdido la fe en la política y no porque quiera, simplemente no quiere ilusionarse otra vez, ilusionarse en que verá a su hija y que su ilusión se desvanezca de nuevo. Ella prefiere ver otra cosa, así sean las telenovelas repetidas que han inundado la pantalla de los canales venezolanos.

La realidad de Josefina es la de millones de venezolanos, quienes hoy no esperan nada de los políticos, pero que no pierden la fe de poder abrazar a los suyos, de recuperar la dignidad, de volver a dormir en paz y soñar con un país que se nos hace cada vez más lejos.

De todos depende que este anhelo de país no se nos siga alejando, que nuestras esperanzas no se sigan desvaneciendo. Depende de todos decidir si seguimos luchando, sobre todo si luchamos juntos o divididos. Estoy seguro de que Josefina elegiría la primera opción…

 

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Polo patriótico a la medida, por Brian Fincheltub

@BrianFincheltub

Como si se tratase de la ejemplificación del poema Vinieron por mí, del pastor de origen alemán Martin Niemöller, la realidad venezolana no deja de sorprendernos.

Esta vez, les tocó a quienes durante años fueron los aliados incondicionales del chavismo.

Les tocó a los partidos políticos del llamado “Polo Patriótico”, cuyos miembros no solo no dijeron nada cuando la dictadura intervino todos los partidos de la oposición, sino que aplaudieron cada medida, como ha sido su costumbre durante más de veinte años.

La moraleja de la historia es que cuando les tocó a ellos, no hubo nadie que saliera en su defensa, cosa natural.

Todo esto demuestra una cosa: se equivocan quienes dicen que Maduro no es bueno para nada. Resultó ser un excelente sastre, capaz no solo de confeccionar una oposición a su medida, sino un “polo patriótico” con las mismas características.

Imaginen cuán desesperado debe estar el madurismo para tener que lanzarse medidas de semejante talante, aun teniendo a los aliados más rastreros y complacientes que gobernante alguno tuvo en la historia de Venezuela.

Debe de ser muy endeble la base de un dictador para que desconfíe hasta de sus bien adiestrados compañeros de bando.

Debe ser muy imperiosa la necesidad de demostrar cohesión interna, no frente a sus oponentes, sino muy dentro de sus propias filas… o formaciones, llámele usted como mejor le parezca.

Hasta los comunistas salieron a denunciar persecución. Habrá que explicarles que son víctimas de lo que siempre han propulsado como ideología política.

Son víctimas de la dictadura, solo que esta banda de delincuentes está lejos de representar al proletariado, quienes en teoría encarnan a la clase trabajadora. Pues de todos los integrantes de esa red de maleantes el que más trabajó quizás fue Maduro y todos sabemos que de 365 días que tiene el año, al menos 350 los pedía en reposo, de allí que fue conocido como el gran reposero en sus tiempos de sindicalista del Metro de Caracas.

No queda más que esperar en qué terminan las luchas intestinas dentro del madurismo. Por cierto, nunca antes la analogía referente al intestino tuvo tanto pertinencia y precisión terminológica. El tiempo nos dirá si tras una nueva patada donde no llega el sol, los aliados del chavismo vuelven a donde nunca se han ido o deciden experimentar lo que significa ser oposición en dictadura. Amanecerá y veremos.

 

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Los muertos que sí duelen, por Brian Fincheltub

Monumento funerario del Cementerio Bella Vista, Barquisimeto-Lara. Foto cortesía de @edicksonduran, publicada inicialmente en el diario El Impulso, 2016.

@BrianFincheltub

La muerte de cualquier ser humano es siempre un hecho lamentable. Algunos, sin embargo, no estarán de acuerdo conmigo y dirán más bien “casi siempre“. Personalmente considero que incluso aquellos seres humanos cuya existencia no estuvo dedicada a hacer el bien sobre la tierra merecen vivir, pues que se vayan de manera repentina sin pagar por todo lo que hicieron en vida es demasiada impunidad.

Yo hubiese querido, por ejemplo, otro final para el fallecido presidente Hugo Chávez Frías. Habría preferido verlo presenciar, en primera instancia, el derrumbe de su proyecto político y económico, obra de la cual fue el principal artífice. Pero sobre todo, quería verlo pagar sus enormes cuentas con la justicia terrenal.

En unas de sus últimas transmisiones, el difunto Hugo Chávez, el mismo que le destruyó la existencia a millones de venezolanos, rogó ante Dios por más vida. Sus plegarias no fueron escuchadas, tampoco las de muchos venezolanos que pedían verlo sin su poder y rindiéndole cuentas a la justicia nacional e internacional.

Tras aquella partida el chavismo no se conformó con decretar duelo. Quisieron también imponer el dolor a quienes, sin necesidad de celebrar la muerte, no tenían por qué sentir tristeza o rendir homenajes a quien destruyó sus vidas. Fueron semanas de actos fúnebres y programación continúa en todos los canales bajo el control del régimen con un solo objetivo: decirle al mundo que Venezuela lloraba a Hugo Chávez. Y cual funeral norcoreano, las imágenes de multitudes en llanto le daban la vuelta al mundo.

Al parecer, al chavismo le gustó la fórmula, pues desde aquella fecha a cada muerte de un funcionario rojo le sigue la misma perorata necrofílica en los medios del Estado.

Cada quien tiene derecho a llorar a sus difuntos, a lo que no tienen derecho es a imponernos su duelo a todos. A lo que no tienen derecho es a valorar unas vidas más que otras.

Son miles de miles los venezolanos que han sido asesinados en manos de la dictadura durante estos más de veinte años. Y frente a eso, no solo es que no ha existido duelo alguno, lo que sí ha existido y de manera sistemática es celebración.

Solo hay que recordar cómo cada vez que un manifestante era asesinado por las bandas armadas del régimen, el dictador montaba un templete y bailaba con la mal llamada “primera combatiente” sobre la memoria de las víctimas y el dolor de sus familiares.

No contentos con eso, al asesinato físico le seguía el asesinato moral. La propaganda oficial presentaba a cada caído como un delincuente, olvidándose de que ni para los delincuentes hay pena de muerte en Venezuela.

Frente a la difícil coyuntura que vive el mundo en la actualidad, y en especial Venezuela, hay vidas que siguen valiendo más que otras. Sino solo veamos el caso de Darío Vivas, por quien la élite chavista ha decretado duelo y consternación, mientras que por los 71 médicos venezolanos que han entregado sus vidas hasta la fecha, cumpliendo con su deber de salvar las de sus pacientes, no hay ni siquiera unas palabras de pésame.

Esta doble moral no es más que el reflejo de la Venezuela que vivimos desde hace mucho tiempo; una Venezuela donde no podemos hablar ni siquiera de ciudadanos de primera y de segunda, sino que hay una élite que trata como súbditos al resto del país. Súbditos cuyas vidas parecieran pertenecerles y de las cuales están dispuestos a disponer cuando sea con el solo objetivo de conservar el poder.

No nos queda más que decir desde aquí “justicia para nuestros muertos, paz para las víctimas de los suyos”.

 

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No están solos, por Brian Fincheltub

 Foto en presidenciave.com

@BrianFincheltub

Según cifras ofrecidas por el Foro Penal el pasado 4 de agosto de 2020, en las cárceles de la dictadura chavista permanecen en cautiverio al menos 382 personas, de las cuales 126 son militares.

Hombres y mujeres cuyo único delito fue oponerse a la destrucción y el saqueo del país, haciendo lo que podían desde sus posiciones para tratar de evitarlo.

Yo me niego a que estos venezolanos caigan en el olvido, a que sus causas sean enterradas más hondo que la peor de las celdas de tortura del régimen.

Me niego a que sus familias carguen solas con el peso que significa tener a un ser querido secuestrado sin posibilidad de rescate. Es más que sabido que la mayor condena que puede recibir un preso político es el olvido; de allí que, hoy más que nunca, nuestra obligación sea hacerles saber, por todos los medios posibles, que NO se encuentran solos.

No están solos porque pese a la persecución, las muertes y el exilio de millones de venezolanos, la dictadura no ha podido atemorizar a la inmensa mayoría que se le sigue oponiendo. Y que los desprecia por haberles destruido sus vidas, sus sueños y su país.

Imaginen lo que significa para una banda de matones con poder que la gente les deje de temer. Pierden todo aunque parezcan controlar el más mínimo reducto de la sociedad. La dictadura se equivoca cuando interpreta el cálculo de supervivencia de los venezolanos como una simple rendición.

Prudencia no significa miedo. Los venezolanos han entendido que para enfrentar a un régimen asesino se necesita de inteligencia y táctica, en una carrera contra el tiempo donde lo más importante es mantenerse vivos. Estoy seguro de que en el momento que sea necesario los venezolanos saldrán de nuevo, pero ese momento deberá ser determinante y no una nueva oportunidad para marchar en masa camino al exterminio. Eso sería facilitarles el trabajo de deshacerse de nosotros.

La dictadura tampoco ha podido doblegar ni quebrarle el espíritu a ninguno de los presos políticos.

Por eso los mantiene tras las rejas bajo tortura; por eso los chantajea con el dolor de sus familias. En algunos escenarios la dictadura hace un análisis de costo político, fundamentalmente del costo político internacional. Aunque suene paradójico, en ocasiones para el régimen es menos costoso comprar conciencias con millones de dólares, que tener las cárceles repletas de disidentes. En otros escenarios el costo político no es lo que importa, sino la necesidad de tener monedas de canje para poder negociar con la comunidad internacional. Nada extraño si consideramos que el chavismo es un grupo criminal cuyas prácticas no tienen nada que envidiarle a las que aplicaría un grupo de secuestradores.

Hoy, cuando sus vidas corren más peligro que nunca, pienso en todos los presos políticos; pienso en particular en nuestro hermano Juan Requesens, quien la semana pasada cumplió dos años secuestrado por ser parte de una nueva generación cuyo mensaje principal fue y sigue siendo no rendirse.

La integridad de Juan nos inspira a todos a seguir luchando desde donde estemos hasta acabar con esta tragedia, que mantiene también en cautiverio de país por cárcel a millones de venezolanos. No han podido ni podrán, hagan lo que hagan, detener el curso de los tiempos. Que lejos de favorecerlos como ellos piensan, agota la paciencia de quienes nos negamos a vivir para siempre bajo esta desgracia disfrazada de ideología.

 

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Megasis, hecho en terrorismo, por Brian Fincheltub

En el fondo, el emblema del Ejército de los Guardianes de la Revolución Islámica. Foto en Wikipedia 

@BrianFincheltub

Con mermelada de dátil, champú de ajo, crema de canela y otras cositas más, inició sus operaciones en Caracas el primer supermercado iraní en Latinoamérica. Megasis, como se llama la cadena que ahora ocupa el espacio de la expropiada Éxito, promete impulsar la cooperación antiimperialista entre Venezuela e Irán a través de la comercialización de productos en nada más y nada menos que la mismísima moneda yanqui, dólar americano puro y duro y no a tasa del Banco Central, déjense de eso, a tasa del “dólar criminal”.

Es así como a la algarabía de la inauguración le siguieron caras largas y decepción de los primeros visitantes, quienes luego de calarse horas y horas de colas esperando las mismas megaofertas que antes se encontraban en los extintos abastos Bicentenarios, salieron aterrorizados y no precisamente tras enterarse de quiénes son los dueños del supermercado, sino por los precios megaastronómicos.

Entre las mismas integrantes de los comités CLAP que habían llevado para hacer bulto, se escuchaba “atrás quedaron los tiempos de lo regalado”. Y es que Megasis no es más que una especie de bodegón caraqueño, pero propiedad (del Ejército) de los Guardianes de la Revolucionaria Islámica, CGRI, cosa que por cierto, lo hace mucho más que un bodegón.

Sí, como lee, los Guardianes de la Revolución. El mismo grupo que ha sido declarado recientemente como organización terrorista por los EE. UU., y no precisamente por ser vendedores de alimentos.

El vínculo de los Guardianes de la Revolución Islámica con Megasis no es un invento mío.

Así fue revelado en una investigación hecha por el diario estadounidense The Wall Street Journal, la cual identificó como cabeza del conglomerado al empresario iraní Issa Rezaie, quien, por cierto, debe de haber visto en la Venezuela en ruinas algo más que no vio en ninguna otra parte del planeta: una oportunidad de oro ¿o uranio? para expandirse. ¿Un verdadero visionario no?

Por mi parte, desconocía que había tantos caraqueños que les encantara el champú de ajo o leer en persa. Todos lo sabemos, lejos de venir a suplir la enorme necesidad en materia de alimentación que viven los venezolanos, la llegada de Megasis al país tiene otras intenciones muy distintas.

Se trata de un mensaje claro que el régimen de los ayatolás le envía al continente: estamos cerca y vinimos para quedarnos. Lo hacen en plena pandemia, donde los países de la región están sumergidos en enormes crisis internas y no hay tiempo para la agenda internacional. Ese es quizás el problema de nuestros gobiernos, no entienden que los enemigos de la democracia y la paz jamás descansan. Mientras los iraníes avanzan, el régimen madurista abandona su vieja consigna “hecho en socialismo” y adopta una nueva: hecho en terrorismo. ¡Sálvese quien pueda!

 

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Un minuto de aplausos para los médicos, una eternidad de repudio para la dictadura, por Brian Fincheltub

@BrianFincheltub   

Si en algún país del mundo los profesionales de salud necesitan de todo y no precisamente aplausos es en Venezuela. Nunca antes en historia nacional nuestros médicos habían sido tan maltratados, tan humillados y tan menospreciados por gobierno alguno como lo son ahora y como lo han sido durante estos largos veintidós años.

Maltratos y humillaciones que al principio no eran más que puro resentimiento, pero que luego se transformaron en maldad pura y desdén de quienes jamás les ha importado la vida de los venezolanos. Esta banda de resentidos desde su propia llegada al poder lo hizo detestando todo lo que oliera a conocimiento, esfuerzo y ciencia.

Qué mejor objetivo para un comunista fracasado, que un médico exitoso.

Así fueron construyendo un discurso muy fértil en una Venezuela con profundas desigualdades: si el médico triunfaba y el camillero fracasaba, la culpa era del médico que explotaba al camillero. Si  la salud privada funcionaba y la pública era un fracaso, la culpa era de las clínicas privadas que mercantilizaban un derecho.

A través de generalizaciones y etiquetas a las que recurren siempre los totalitarismos, el chavismo creó alrededor  de la figura del médico venezolano y del sistema de salud heredado de la democracia una serie de mitos y medias verdades que usaron para destruir todo lo que funcionaba. Evidentemente con defectos, pero que funcionaba al fin.

A este modelo lo suplantaron por un sistema paralelo sostenido por la ideologización de un derecho fundamental y copiado a papel carbón del sistema cubano. En la entrega de Venezuela al castrismo, la salud fue quizás una de las primeras víctimas. De hecho, cuando el chavismo todavía cuidaba las formas, la fachada para traer los primeros represores al país fueron las misiones de cooperación en materia de salud Cuba-Venezuela.

Tanto despreciaba el difunto presidente a los médicos venezolanos, que prefirió poner su vida en manos de médicos cubanos que confiarse a nacionales.

Quiero aclarar que no se trata de atacar a quienes son, en su mayoría, víctimas de una red de trata de personas y esclavitud moderna ideada por el castrismo; sino de reivindicar a los médicos venezolanos, profesionales como pocos, humanos y cercanos como ninguno. 

No lo digo yo como venezolano, lo dicen afuera, allí donde nuestros connacionales con mucho esfuerzo han logrado mantenerse en el ejercicio de su profesión. Allí todos coinciden en que esa cercanía, ese sentido de escucha, esa comprensión de entender que frente a ellos tienen un paciente y no un número más, pocas veces se encuentra en los consultorios de médicos extranjeros.

Nuestros médicos siguen salvando vidas en tiempos de pandemia y socialismo. Lo siguen haciendo exponiendo las suyas propias, no solo porque su juramento hipócratico así se los ordena, sino porque su vocación así se los demanda. Más que aplausos, merecen que se les reconozca, merecen que se les escuche, que no se les persiga, que se les valore, que se les proteja. Merecen que se les trate con dignidad, como merecemos ser tratados todos los venezolanos.

 

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