Brian Fincheltub, autor en Runrun

Brian Fincheltub

Tanta diplomacia como sea posible, tanta presión como sea necesaria, por Brian Fincheltub

@BrianFincheltub 

La diplomacia europea ha sido blanco de muchas críticas, producto de la posición que han asumido los países de la unión respecto a la crisis venezolana.

Para muchos, sobre todo para los venezolanos que sufren y padecen la dictadura en Venezuela, los tiempos del Viejo Continente se alejan de todo sentido de urgencia. Y, peor aun, se sitúan en el extremo contrario.

Prueba de ello fue el llamado “Grupo de Contacto”. Este protagonizó un sinnúmero de dilaciones que, lejos de favorecer la causa de la libertad y la democracia, le permitieron al régimen chavista ganar tiempo en momentos donde el contexto interno e internacional exigía la máxima presión posible.

Aunque no haya justificación para quienes hemos vivido esta tragedia durante más de veinte años, está situación quizás tenga explicación en la propia naturaleza de la Unión Europea. Resulta extremadamente difícil para veintisiete Estados, con gobiernos de distintas orientaciones políticas, adoptar una posición común. La exigencia del consenso en la toma de decisiones hace que las posiciones más fuertes terminen siendo abandonadas en favor de soluciones intermedias, menos radicales.

Sí, valiosas en términos de apoyo y solidaridad del concierto de naciones para con Venezuela. Pero ineficaces a la hora de obtener lo esperado: salir de la dictadura de una vez por todas.

Este tipo de limitaciones de la diplomacia europea se traduce, lamentablemente, en el debilitamiento del prestigio del bloque de naciones en la escena internacional. Las consecuencias son más que evidentes y tienen en Venezuela un perfecto caso de estudio.

Esta semana, por ejemplo, frente a la decisión de los países miembros de la Unión Europea de implementar un conjunto de sanciones individuales contra funcionarios del chavismo, el dictador se atrevió no solamente a amenazar con expulsar a la embajadora de Bruselas en Caracas, sino que, cual matón, lanzó ataques contra el representante del gobierno español.

Aunque estas medidas finalmente nunca fueron ejecutadas, dejan en una posición muy incómoda a la Unión Europa. Sobre todo en momentos donde algunos rectores del ministerio de votaciones de la dictadura han asomado la posibilidad de invitar como “acompañantes electorales” a una misión de la Unión Europea.

Personalmente no creo que Bruselas considere esa posibilidad. Pero más allá de rechazarla, lo que se espera es una escalada en el cerco a un régimen que le ha negado a su población la posibilidad de una salida pacífica del poder.

Mientras esperamos que se aclare el panorama, no queda más que decirles a los países del Viejo Continente: tanta diplomacia como sea posible, tanta presión como sea necesaria.

Hoy, como nunca, la presión es más que necesaria.

 

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Cárcel para el covid-19, por Brian Fincheltub

@BrianFincheltub 

Mientras Europa y Asia avanzan progresivamente hacia el desconfinamiento, en Venezuela, cuya dictadura hizo alarde durante meses del “mejor” manejo de la pandemia a nivel mundial, la situación empeora cada día más.

Las cifras de contagiados aumenta exponencialmente, sin que nadie sepa cuántos test se realizan diariamente y cuál es la capacidad real de nuestro arrasado sistema de salud para atender una contingencia mayor.

Lo que sí se sabe es que mientras en la televisión oficial vemos a generales con máscaras y equipos de protección dignos de una película futurista, en los hospitales médicos y enfermeros mueren en el noble ejercicio de salvar vidas en un país que no les ofrece la más mínima protección. Pero que sí los amenaza con cárcel si se atreven a denunciar.

Debo decir que hubiese deseado, por primera vez, que el régimen madurista hubiese dicho la verdad. Que en realidad tenían bajo control la pandemia. Y que tener las tasas más bajas de conectividad aérea y turismo del planeta nos había favorecido, paradójicamente, en estos momentos.

Pero es imposible esperar veracidad de una dictadura que hasta cuando dice la verdad miente.

No había nada bajo control. Los más de tres meses que la población venezolana permaneció encerrada no sirvieron para aplanar la curva, sino para aplastar la protesta social, las ganas de cambio y las demandas que día a día se acrecientan en una Venezuela sin gasolina, sin agua, sin luz y sin porvenir.

Cuando la Academia de las Ciencias Físicas, Matemáticas y Naturales alertaron, sobre una base científica, del escenario que se podía vivir en el país, lo único que hicieron fue amenazar a sus miembros con la “operación Tun, Tun”. Una verdadera desvergüenza, propia del régimen de donde proviene.

Hoy, cuando la situación empeora según las propias cifras maquilladas y grandemente subestimadas de la dictadura que muestran un repunte de la pandemia, a los represores del régimen no les queda sino gritar “¡Cárcel para el COVID-19!”. Quizás piensen que solucionando la crisis sanitaria como “solucionan” todos los problemas del país, logren acabar con la pandemia.

Quizás ordenen encerrar al virus en la “Tumba”, mientras la cepa de un virus mucho más mortal sigue en el poder cobrando vidas diariamente.

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Brian Fincheltub Jun 15, 2020 | Actualizado hace 3 semanas
CLAPturado, por Brian Fincheltub

@BrianFincheltub  

Antes de su detención en Cabo Verde, a la mayoría de los venezolanos el nombre de Alex Saab no les decía nada. Muy a pesar de haber estado en el radar del periodismo de investigación desde hace varios años.

Aunque sorprende, se entiende: el régimen chavista se encargó de mantener bajo la sombra al hombre fuerte detrás de las importaciones de alimentos en Venezuela. Para ello se encargó de perseguir al grupo de periodistas que osó investigarlo, al punto de obligarlos a exiliarse y censurar sus sitios web para que ni si quiera su nombre se viera manchado. Lo máximo que llegaron a decir era que se trataba de un pleito privado y que el “empresario” colombiano era víctima de extorsión.

Pero esto cambió radicalmente hace algunas horas. Alex Saab pasó de ser el amigo secreto de la dictadura chavista, a una especie de superhéroe revolucionario, al que el “imperialismo” ha “secuestrado” por haber “desafiado valientemente” el “bloqueo” contra el pueblo venezolano.

Más allá de las consignas y la propaganda a la que nos tiene acostumbrados el régimen, lo que estos acontecimientos han demostrado es el estrecho nexo que existe entre Saab y la élite madurista. Los medios del mundo hablan del detenido como el testaferro de Maduro, el hombre que se enriqueció importando comida de dudosa calidad a sobreprecio para ser vendida a través del sistema de chantaje político y control social llamado CLAP.

Mientras los venezolanos se comían las lentejas con gorgojos y la leche con aspecto de cal que venía en las cajas CLAP, Saab amasaba un enorme fortuna, y no precisamente con harina Maseca, a costa del hambre y la miseria de millones de venezolanos. Sus propiedades incautadas en Colombia superan los diez millones de dólares. Eso es apenas la punta del iceberg, puesto que alrededor del personaje se ha tejido una enorme red de lavado de dinero y corrupción que nadie sabe hasta dónde llega.

Saab llegó a ser tan poderoso que hasta se compró una bancada en la Asamblea Nacional, la llamada bancada CLAP. Reconocida por el régimen madurista como la “verdadera” Asamblea Nacional, es producto de los poderes del empresario todopoderoso. Digamos que se trata de un pago de favores, pues quienes dirigen esa AN ilegítima hasta cartas de buena conducta le llagaron a otorgar al ciudadano de nacionalidad  colombiana.

Al momento que escribo este artículo, el destino de Saab demora incierto desde Cabo Verde, en un proceso de extradición en marcha hacia los Estados Unidos. Pero el dictador y sus aliados harán todo para que eso no pase. Veremos quién termina imponiéndose. Lo cierto es que, por ahora, la revolución ha perdido un superhéroe, ha perdido a SuperCLAP.

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El socialismo no ha fracasado, por Brian Fincheltub

Framento del póster principal del Museo del Comunismo, en Praga. Foto MichaelBueker / Wikimedia Commons 2009.

@BrianFincheltub 

Hay quienes suelen calificar la tragedia venezolana como el fracaso del socialismo. Personalmente no estoy de acuerdo, mi opinión se orienta a un sentido totalmente contrario. Considero que en Venezuela se ha seguido al pie de la letra de la receta socialista, esa misma que se ha aplicado en diferentes partes del mundo en diferentes épocas y que ha conducido a los mismos resultados: ruina, hambre y destrucción.

El socialismo es como las papas fritas de McDonalds: no importa en qué país te las comas, siempre sabrán igual.

Hablar del fracaso del socialismo es peligroso. Pudiera interpretarse como la absolución de una ideología de muerte que ha dejado millones de víctimas a nivel mundial. En este sentido, no se trata entonces de un simple problema de aplicación, eso sería el equivalente a decir que si se aplicara bien, el modelo socialista pudiera funcionar a las mil maravillas, cosa que es absolutamente falsa y la experiencia histórica así lo demuestra.

Ese socialismo sin apellidos es el que están viviendo hoy los venezolanos, los cubanos y que antes vivió la Europa del Este, Camboya, algunos países de África.

Negar esa realidad significa también subestimar al chavismo, quienes están lejos de ser una banda de incompetentes. Todo lo contrario. Me explico, en veinte años el chavismo no solo han logrado su objetivo de reducir al venezolano al eslabón más bajo de la vida humana, sino que a través del chantaje, la represión y el terror lo han despojado de toda aspiración a querer subir. Son los mejores haciendo el mal, eso hay que reconocérselos. No llegaron al poder para transformar la democracia, sino para destruirla y lo han hecho con gran éxito.

Como alternativa a eso, nosotros no podemos seguir errando en el diagnóstico, pues como un médico que prescribe a su paciente una medicina equivocada con base a un diagnóstico errado, si seguimos equivocándonos en el diagnóstico, en lugar de ofrecer soluciones para salvar a Venezuela, pudiéramos contribuir, sin quererlo, a agravar su situación.

El estado actual de nuestro país no acepta improvisaciones, sino las acciones correctas y certeras para salir de la dictadura socialista. Equivocarse es perpetuarla.

 

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Venezuela no ha entrado al siglo XXI, por Brian Fincheltub

@BrianFincheltub 

Cuando el dictador Juan Vicente Gómez murió, la gente decía que el país entraba al siglo XX con treinta y cinco años de retraso. Venezuela era una nación eminentemente rural, diezmada por las enfermedades y la pobreza endémica. Había sido manejada como una finca, cuyo único dueño era Gómez. Ni la propia Caracas lucía como una capital latinoamericana, pues la consentida del general andino era Maracay, desde donde gobernaba.

Si pocas personas pensaron que un día era posible repetir algo parecido, sin duda nadie imaginó que pudiésemos vivir algo peor. Porque hay que decirlo: a diferencia del chavismo, hasta el régimen gomecista tiene cosas que rescatar. Fundamentalmente institucionalizó la Fuerza Armada Nacional y acabó con las montoneras dirigidas por caudillos regionales.

Cien años después, podemos decir: Venezuela no ha entrado al siglo XXI. Pero más trágico aun, hemos retrocedido. Y no al siglo XIX, sino a los tiempos de las cavernas.

Es triste el nivel de atraso al que está sometido el pueblo venezolano. En todos los ámbitos de la sociedad hemos vuelto al primitivismo, no hay nada que el chavismo no haya destruido, como si se tratara del poder de arrase de un tsunami, no han dejado piedra sobre piedra.

Los servicios públicos en Venezuela se han convertido en una verdadera pesadilla. En pleno año 2020 ver venezolanos peleándose para llenar un tobo de agua es un verdadero crimen de Estado. Pero si hay algo que me preocupa, y mucho, es el abandono de la educación, un sector del país golpeado por los sueldos de hambre de maestros y profesores, pero también por la migración forzada. Los maestros, cuyo salario es de dos dólares al mes, se van a otros países así sea a hacer otros oficios con tal de sobrevivir.

Aunque muchos de los efectos de la destrucción de la educación no siempre son tangibles inmediatamente, por el futuro estos se acumulan y representarán un verdadero reto en todo proyecto de recuperación del país. Son cada vez más los niños que deben dejar las aulas de clases para ir a trabajar, abandonando incluso sus hogares.

La otra vez leí, de quien se dice llamar ministro de Educación Universitaria, que antes del chavismo no había becas, sino créditos. No solo había becas, sino que era posible para todo estudiante, cuyos méritos así lo permitieran, estudiar en las mejores universidades del mundo. El programa Gran Mariscal de Ayacucho fue creado en democracia; el chavismo lo desmanteló, al punto de que hoy sus becas, si acaso, alcanzarán para una empanada.

En estos 22 años de chavismo es mucho lo que hubiese podido lograr Venezuela en materia de educación, no solo por lo que significa haber tenido el poder durante más de dos décadas (y no cualquier tipo de poder, el poder absoluto), sino también por haber manejado los mayores ingresos de nuestra historia republicana.

Para que tengan una ilustración, la Europa devastada por la Segunda Guerra Mundial necesitó de unos trece mil millones de dólares para ser reconstruida a través del Plan Marshall; Venezuela entre 1999 y 2014 recibió en sus arcas más de 900.000 millones de dólares. Lo que significa un promedio de 56.000 millones anuales durante 17 años. Montos astronómicos e incalculables, como es incalculable el desfalco al que fue sometida la nación.

Con esa cifra ¿qué no se hubiese hecho? Yo pienso, por ejemplo, que centros de estudios con la misma o hasta mejor infraestructura que la Universidad Central de Venezuela en cada estado. Pero otras fueron las prioridades, muy alejadas del interés de todos los venezolanos.

Y aunque quieran hacerle creer al país que son para toda la vida, el chavismo es pasado. Una vez más nos tocará trabajar como nuestros antepasados para recuperar el tiempo perdido, formar a las nuevas generaciones y, sobre todo, instaurar en la memoria colectiva lo que significó esta etapa para todos.

 

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Los buques de la vergüenza, por Brian Fincheltub

@BrianFincheltub 

Hace días publicaba en Twitter un mensaje donde hablaba del peligro que una alianza política entre Venezuela e Irán representaba para los venezolanos y para la región. Me referí específicamente a la llegada de cinco buques iraníes cargados con gasolina y el costo que esa transacción implicaba para el país.

El mensaje tuvo todo tipo de reacciones. Unos se mostraron de acuerdo con mi punto de vista, otros no tanto, al punto de que algunos me tildaron incluso de “antivenezolano”  por “oponerme a que llegara la gasolina para el pueblo”.

Estas respuestas me llamaron particularmente la atención no porque no pensaran como yo, sino porque no eran precisamente chavistas quienes me escribieron eso. Fue gente que se define como opositora.

En Venezuela quienes leen Twitter son generalmente personas que están, en promedio, mejor informadas que el resto de la población, no porque los demás no quieran informarse, sino porque no tienen acceso a internet o a un plan de datos que les permita ir más allá de la propaganda oficial y acceder a información sin censura.

Pero entonces ¿cómo es posible que alguna gente piense que una alianza con Irán pueda ser positiva  para el país? Aunque no me atrevería a ir tan lejos y afirmar eso, una gran parte simplemente piensa desde un punto de vista utilitario y en medio de inmensas penurias, ven cualquier medida, por insuficiente que esta pueda parecer, como un alivio a sus necesidades.

Eso es lo que pasa con la gasolina. Hay quienes piensan que, llegados los cinco buques iraníes al país, un poquito de ese millón y medio de barriles de gasolina que traen esas embarcaciones irá a parar a sus tanques y así podrán desplazarse al menos unos días.

Es posible que algunos lo logren tras hacer maratónicas colas. Pero la mayor parte de esa gasolina no viene a satisfacer las necesidades del venezolano de a pie, sino los privilegios de la élite en el poder y los negocios de unos pocos. Se calcula que el margen de ganancias por la venta de la gasolina, a un promedio de dos dólares por litro, pueda superar fácilmente los 400 millones de dólares.

Pero la discusión va más allá del destino que tendrá esta carga, toda esta situación debe ser analizada desde la condición que tiene Venezuela como país petrolero. Hablamos de la nación con las reservas de petróleo más grandes del mundo, de la nación que llegó a producir más de un millón de barriles de gasolina diario. El país cuya empresa estatal (PDVSA) era ejemplo de gerencia y eficiencia entre sus pares.

Ese es el debate que hay que dar, la desvergüenza que significa que la dictadura celebre lo que debería ser motivo de deshonra y será sin duda motivo de responsabilidad criminal en un futuro no muy lejano: la destrucción y el saqueo de nuestra industria petrolera.

El debate que también debe darse es cómo pasamos de ser un país que tenía excelentes relaciones con todo el mundo, a convertirnos en zona de influencia y campo de operaciones de grupos irregulares y terroristas. En ese tablero de intereses inconfesables entra Irán, para quien aliarse con Venezuela en estos momentos no se trata de un simple acto de solidaridad ideológica o de la cooperación entre dos miembros de la OPEP, como algunos me decían en Twitter. El régimen de los ayatolas ve en Venezuela la amenaza creíble para sus enemigos estadounidenses y eso lo saben muy bien en los Estados Unidos.

Yo me niego a creer que este sea el futuro de Venezuela y que todo pase frente a la inacción del mundo. La dictadura sabe que los están observando. Aunque desafían públicamente, en secreto siguen tratando de tender puentes con quienes califican como enemigos, no porque muestren disposición de apertura, sino porque saben que están rodeados.

Los venezolanos vamos a recuperar todo lo que nos han quitado y vamos a trabajar para nunca jamás las próximas generaciones vuelvan a vivir algo parecido. Evitarlo pasa por recordarlo siempre, pero también por no dejarnos arrastrar por la inmediatez y las manipulaciones de la crisis que hace la dictadura.

 

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Que no se le llame ingenio a la normalización de la tragedia venezolana, por Brian Fincheltub

@BrianFincheltub 

Recuerdo que cuando era niño escuchaba historias de cómo los cubanos se las “ingeniaban” para tener acceso a productos y servicios que el comunismo les había arrebatado.

En los tiempos del llamado “período especial” se hablaba, por ejemplo, de las “bicilavadoras”, que básicamente consistía en una bicicleta a la cual se le adaptaba un motor de lavadora rusa con la finalidad de aumentar su velocidad y así paliar un poco el grave problema de transporte público de la isla.

También de las planchas sin electricidad, de los calentadores autóctonos y hasta cámaras fotográficas, que eran improvisadas “made in cuba”. La “inventiva” cubana se extendía sobre todo al campo de la alimentación, donde la escasez de comida obligaba a hacer literalmente de tripas corazones. Se producía pasta dental con bicarbonato, carne con concha de plátano y refresco a base de hierbas.

Todo bien hasta aquí, nadie podría criticar a un pueblo que, sorteando todo tipo de obstáculos, es capaz seguir adelante. Pero una cosa es tener voluntad de continuar y otra muy distinta es acostumbrarse a vivir en semejantes condiciones.

Lamentablemente para los pueblos que viven sometidos a la miseria, el tiempo es su peor enemigo. Se pierde la brújula, la gente se olvida de que no es normal vivir sin servicios públicos, que no es normal ir de mercado en mercado buscando productos o medicinas que escasean, que no es normal que debamos readoptar procedimientos abandonados hace siglos y que a eso se le llame “ingenio”.

Quizás mi opinión sea impopular, pero mientras en Cuba se “inventaba” el helado de arroz, en otras naciones del mundo, y no hablo solo de naciones desarrolladas, sino de la propia Latinoamérica, había científicos trabajando en nuevas vacunas, estudiantes desarrollando softwares para la agricultura y escuelas formando ciudadanos con derechos. Cuando vives en comunismo se te olvida que eres un ciudadano con derechos, porque lo importante para ti es resolver tu día a día.

Es así como cuando el Estado dueño de todo no es capaz de proveer los servicios más básicos, lo esencial para el ciudadano domesticado en comunismo no es exigirle a ese Estado rendición de cuentas, sino “resolver”.

Es esa cultura del resuelve la que se ha instalado en Venezuela desde hace años, una tendencia que aumenta a medida que la situación se hace más crítica.

Personalmente no me siento orgulloso de eso, lo podría entender como parte de un mecanismo de supervivencia, pero cuando se instala como parte de la “normalidad” no hace sino preocuparme.

Veía esta semana en redes sociales a una abuela que mostraba cómo con una botella de agua de plástico era capaz de improvisar un dispensador de agua. También cómo las bicicletas se hacen populares frente a la escasez de gasolina. Ni hablar de lo que sentí al leer que la sangre de res pasaba a formar parte de la dieta diaria del venezolano como sustituto de la proteína, carne o pollo.

Aunque sentía alivio por la abuela y orgullo por los profesionales que van a sus empleos así sea en bicicleta, no dejo de pensar que detrás de la cultura del resuelve hay derechos que desaparecen, que se dejan de exigir, como desaparecieron el derecho a la salud, a una educación de calidad, a la paz y la tranquilidad.

Los venezolanos nos merecemos más que simplemente sobrevivir y con trabajo lo podemos lograr. No nos acostumbremos a esto o ellos habrán ganado; si no, veámonos en espejo de los cubanos, quienes tienen 60 años “ingeniándoselas”.

 

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Petare y el Estado que no existe, por Brian Fincheltub

Panorámica de Petare, 10 de julio de 2016. Foto Andrés Gerlotti / Wikimedia Commons.

@BrianFincheltub 

A Petare no lo conozco porque me lo contaron o lo vi de la autopista a lo lejos. A Petare lo conozco porque allí comencé, crecí y me formé como profesional, servidor público y persona. Es la escuela que cualquier servidor público quisiera tener. Con desafíos enormes, pero de oportunidades inigualables para innovar y aprender.

Mi amor por Petare comenzó mucho antes de llegar a la alcaldía de Sucre, donde tuvimos la oportunidad de hacer gestión después de años de una desastrosa administración en la que el municipio y en particular Petare habían sido sumidos en el olvido y la desidia más absoluta.

Les cuento más sobre mi experiencia: es cierto que muchas de las cosas que pudimos lograr en Petare fueron gracias a la conducción de un equipo encabezado por el alcalde Carlos Ocariz, pero la mayoría de los proyectos allí concretados no hubiesen sido posibles, y estoy seguro de que Carlos me dará la razón, sin la voluntad, el trabajo y la determinación de los petareños.

No he visto un nivel de organización semejante. Una organización que no partía de la alcaldía, sino de las comunidades. Eso permitió que en cada rincón de ese mosaico lleno de laberintos que es Petare, nuestra acción llegara y lo hiciera muchas veces para cambiar vidas.

Debo reconocerlo, hubo enormes dificultades el camino, pero siempre había un líder en cada sector, calle o escalera dispuesto a advertirnos y ayudarnos a buscar soluciones. Esos líderes no desaparecieron con el fin de nuestra gestión, quedaron allí en sus comunidades, haciendo lo que siempre han hecho: servir, denunciar y combatir.

El Petare que siempre buscamos impulsar fue el que saliera en las noticias por las canchas inauguradas, por los espacios recreativos recuperados, por el número de jóvenes becados en las mejores universidades del país. No el Petare que hoy vemos en las redes sociales, ese donde el Estado entrega voluntariamente el monopolio de la violencia legítima a manos de grupos al margen de la ley, y cuando esos grupos se les vuelven incómodos deciden imponerse llevándose todo a su paso. Y, vaya casualidad, a los primeros que intentan llevarse por el medio son a esos líderes de los cuales les hablábamos, quienes han hecho posible que las comunidades no mueran en silencio, siendo los únicos que se atreven a levantar su voz en medio del control social impuesto por la dictadura.

En su razia, el régimen madurista también se lleva por delante la vida de inocentes, jóvenes que son sacados de sus casas y asesinados por los órganos de exterminio de la dictadura solo porque “parecían malandros”.

Quizás mi opinión sea impopular, pero en Venezuela no hay pena de muerte aunque no es lo que la mayoría desee; el peor de los delincuentes debe ser sometido a la ley y creo que está suficientemente claro que el FAES están muy lejos de encarnar la ley. No lo digo yo, lo ha dicho el Consejo de DD. HH. de la ONU.

También entiendo lo que sucede en la Venezuela madurista, donde más valor tiene el bolívar que el respeto de la ley, y la gente harta de la impunidad apoya cualquier tipo de medida que se parezca a “mano dura”, sin darse cuenta de que al legitimar hoy el asesinato extrajudicial del malandro, justificamos mañana indirectamente el asesinato del estudiante, del que protesta, del periodista, del sindicalista.

Los hechos de Petare tienen como únicas víctimas a la inmensa mayoría de quienes allí habitan, quienes, me consta, son en su gran su mayoría gente trabajadora, servicial y con enormes ganas de progresar. No es nuestro deber ni ser jueces, ni condenar a las personas por el lugar en el que nacen, eso es otro de los males que nos ha dejado el chavismo.

Vendrán mejores tiempos para Petare y para Venezuela, de eso no tengo dudas. Mejores tiempos en paz. A mi gente de Petare les doy mi palabra de que pronto estaremos junto con ustedes reconstruyendo todo lo que el madurismo y la oscuridad han destruido. ¡Fuerza mi Petare!

 

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