Brian Fincheltub, autor en Runrun

Brian Fincheltub

Disipando los crímenes de la dictadura madurista, por Brian Fincheltub
El presidente argentino Alberto Fernández debería saber que los crímenes de lesa humanidad ni se ‘disipan’ ni prescriben. Prueba de ello es la investigación de la CPI

 

@BrianFincheltub

El “tema Venezuela” fue durante los últimos años un verdadero lastre para la izquierda latinoamericana. Los líderes socialistas se encontraban en una posición difícil: incapaces de condenar los desmanes del madurismo de manera directa, pero sin poder solidarizarse públicamente con la dictadura que les había dado protección y apoyo económico durante tanto tiempo.

Se trataba de ser pragmáticos. Y, frente a la imposibilidad de negar el drama venezolano, no había otra opción que el silencio. Hubo sin embargo quienes fueron más osados. Por ejemplo, el candidato presidencial colombiano, Gustavo Petro, vino a Venezuela en 2016, en plena hambruna madurista, a desmentir la crisis humanitaria con una foto tomada en un supermercado de una zona acomodada de Caracas. El mismo año en el que Petro aseguraba que la escasez y el hambre eran invento del canal de televisión RCN, los venezolanos perdieron en promedio 8 kilos, según cifras del Observatorio Venezolano de Salud (OVS).

Ni siquiera los contundentes informes de la titular del Alto Comisionado de las Naciones para los Derechos Humanos, Michelle Bachelet, fueron suficientes para hacerlos cambiar de posición. No se trataba ya de las denuncias de la oposición, ni de los medios de comunicación internacionales, sino que era un organismo multilateral, dirigido además por alguien a quien no podían calificar de ser títere de los Estados Unidos, el que concluía que en Venezuela se habían cometido crímenes de lesa humanidad.

Evidentemente, aspirar a un cambio de posición era una total ingenuidad. Y al tiempo que el discurso de la normalización se intenta profundizar a lo interno del país, internacionalmente otra batalla se libra. El anuncio reciente del presidente argentino, Alberto Fernández, de restablecer las relaciones con Maduro forma parte del plan del Grupo de Puebla, organización que reagrupa a los principales cabecillas de la izquierda latinoamericana, de blanquear la imagen del régimen de Nicolás Maduro dándole reconocimiento y legitimidad internacional.

Pero más allá del restablecimiento de relaciones diplomáticas, las declaraciones de Fernández donde aseguraba que los “problemas de Venezuela se han ido disipando” fueron lo verdaderamente graves y una verdadera vergüenza para Argentina, un país con una tradición histórica en materia de defensa de los derechos humanos.

Cuando el presidente Fernández disminuye los atroces crímenes de la dictadura madurista a “problemas” ofende no solamente a las víctimas, sino a millones de venezolanos que reclaman y aspiran a la justicia.

El presidente argentino debería saber que los crímenes de lesa humanidad ni se “disipan” ni prescriben. Prueba de ello es la investigación en curso que encabeza la Corte Penal Internacional.

Que producto de la desmovilización ciudadana y del terror sembrado por la dictadura en los últimos años hoy las violaciones a los derechos humanos no se expresen en represión en las calles, no significa que hayan desaparecido. Los derechos humanos en Venezuela se continúan violando todos los días; y nada de esto será diferente hasta que las víctimas consigan justicia, los culpables paguen por sus crímenes y haya un cambio de régimen en Venezuela que impida que este tipo de desmanes se sigan cometiendo en nuestro país.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

El chavismo-madurismo no es garantía de nada, por Brian Fincheltub
Si aún no hemos entendido que el chavismo/madurismo no es garantía de nada no hemos aprendido la lección

 

@BrianFincheltub

La mejoría de una persona enferma siempre es relativa, un día amanece bien y al otro día puede que se encuentre al filo de la muerte. Evidentemente, para el enfermo y su entorno, los días de mejoría son una bendición, y aunque los mismos no detengan la agonía, significan horas de alivio en medio de tanto sufrimiento. Todo el mundo lo sabe, para que el paciente logre curarse definitivamente y que su recuperación sea duradera no solo hay que arrancar la enfermedad de raíz antes de que entre en fase terminal, sino que el paciente deberá cambiar ciertos hábitos de vida que lo harían más propenso a una recaída.

Venezuela, como todo enfermo, para mejorar definitivamente debe curarse por completo de los síntomas que la aquejan desde hace más de veinte años.

Antes de eso, cualquier signo de mejoría podría revertirse de un día para otro. Pese a eso, hay quienes piensan, quizás agobiados por tantos años de padecimientos, que es posible llevar una vida normal sin necesidad de tratamientos fuertes. Nos plantean de esta manera convivir con la enfermedad, con sus altas y bajas, parte integral de nuestras vidas.

No hay nada más peligroso para Venezuela que dicha posición. Es verdad que el país muestra algunos signos de “recuperación”, pero mientras el chavismo siga en el poder, ningún cambio circunstancial se traducirá en progreso verdadero y bienestar duradero. La recuperación en algunos aspectos de la vida nacional no solo se produce acrecentando la desigualdad que una vez prometieron combatir, sino en detrimento de la producción nacional. Y mientras los bodegones y los conciertos de artistas internacionales se multiplican, en otros ámbitos de fundamental importancia para el desarrollo de un país, la destrucción continúa y con terribles consecuencias sobre nuestro futuro.

Solo hay que ver el estado de la educación y la salud pública en Venezuela. Enfermarse no es cosa de pobres y cada vez más estudiar se vuelve un asunto de ricos, de los hijos de las nuevas castas nacidas en pleno periodo socialista. El desmantelamiento de los servicios públicos a nivel nacional hizo que ese Estado, otrora omnipresente, abandonara su función de protección social cediendo a los amigos del poder la prestación de servicios que por su carácter esencial no deberían estar en manos de privados o al menos no completamente. En la nueva Venezuela, si quieres energía eléctrica, agua, teléfono o internet debes pagar en dólares y a precios que superan ampliamente los precios del mercado internacional.

Valdría también la pena preguntarse ¿qué significa estar mejor? Es que hasta en eso el chavismo es macabro. Para una nación que viene de sobrevivir una hambruna, tener productos importados en los anaqueles es una mejoría, pasar de ganar un dólar al mes a veinte también podría ser visto como una mejoría. Pero mientras esa es la discusión en Venezuela, en otros países hablan de inversiones internacionales, de tratados de libre comercio y libre circulación, de construir escuelas, universidades, autopistas y hospitales.

Si aún no hemos entendido que el chavismo no es garantía de nada no hemos aprendido la lección.

La prosperidad del país es sencillamente incompatible con el proyecto hegemónico del chavismo. Y hace días uno de sus cabecillas lo reconocía al decir textualmente “no vamos a dejar que se vuelvan ricos nuevamente”. Ese es un mensaje que no solo va contra los empresarios, sino contra el venezolano de a pie que ve un respiro luego de tanto tiempo. Una economía pauperizada y unos ciudadanos dependientes del Estado le aseguran al chavismo el control social y político de Venezuela para siempre. Por eso la ecuación es sencilla: mientras ellos sigan en el poder Venezuela no mejorará.

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Democracia y diplomacia petrolera, por Brian Fincheltub
El petróleo les permite a los tiranos comprar aliados y asegurarse silencios

 

@BrianFincheltub

Democracia y petróleo no siempre van de la mano. No es casualidad que una gran parte de los Estados petroleros, salvando las honrosas excepciones, sean dirigidos por regímenes autoritarios. Para que tengan una idea, después de Venezuela, los países con mayores reservas probadas de petróleo en el mundo son Arabia Saudita, Irán, Irak y Kuwait; un top cinco nada compatible con el respeto de las libertades individuales y los derechos fundamentales.

Hay quienes explican este fenómeno a través de la inversión de la pirámide de la dependencia. Cuando el Estado no vive de sus ciudadanos, sino que los ciudadanos viven del Estado, los gobernantes no solo no ven la obligación de rendir cuentas, sino que el abuso de poder es un plato que se sirve todos los días.

Es así como el petróleo, lejos de convertirse en motor de desarrollo, pasa a ser un instrumento de dominación en manos de tiranos y megalómanos.

Un arma de mucha utilidad a lo interno, pero también internacionalmente donde les permite comprar aliados y, sobre todo, asegurarse silencios. Solo hay que recordar cómo mientras oprimían a sus pueblos, Muamar el Gadafi, Sadam Hussein, Mahmoud Ahmadinejad y Hugo Chávez eran recibidos por el mundo como grandes dignatarios. En época de bonanza, eran muy pocas las voces que denunciaban las atrocidades que estos dictadores perpetraban contra sus oponentes, cubriéndolos así durante muchos años con un manto de total impunidad.

Chávez y el régimen de los ayatolás fueron incluso más lejos. Usaron los astronómicos ingresos de Venezuela e Irán para financiar el terrorismo y expandir sus proyectos más allá de sus áreas de influencia, amenazando así la paz y la estabilidad de naciones cercanas. El chavismo exportó su proyecto político por toda Latinoamérica, plagando la región de gobiernos satélites enemigos de las libertades individuales y los derechos fundamentales. Se tejieron alianzas con grupos de inconfesables intereses frente a los ojos del mundo que observaba sin decir ni pío para no molestar al temperamental Chávez.

En Venezuela e Irán no han dejado de ser campo de operaciones para el terrorismo internacional y la delincuencia transnacional. En momentos donde los precios del petróleo se acercan a niveles récords producto de la invasión rusa a Ucrania, toca preguntarnos si la comunidad internacional permitirá nuevamente que la renta petrolera sea usada para dinamitar la democracia y la paz. El ejemplo de Rusia debería mostrarnos lo peligroso que es confiar en la palabra de un dictador, sobre todo cuando dicha palabra ha perdido todo valor.

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Amistades peligrosas, por Brian Fincheltub
El apoyo de Maduro a Rusia está lejos de ser una simple solidaridad gremial entre carniceros. Va mucho más allá

 

@BrianFincheltub

Mientras Occidente en pleno se solidariza con Ucrania y condena la invasión rusa, hay quienes prefieren ponerse del lado del invasor. Aunque la lista de naciones que apoyan la agresión militar contra el pueblo ucraniano es minúscula, dichas naciones comparten entre sí una característica común: todas son dirigidas, al igual que la Rusia de Vladímir Putin, por autócratas y dictadores.

Pero el apoyo a Rusia está lejos de ser una simple solidaridad gremial entre carniceros. Va mucho más allá.

La política expansionista de Putin no comenzó la semana pasada y no tiene como solo campo de operaciones las exrepúblicas soviéticas. En Latinoamérica, Rusia está muy presente desde hace años y sin necesidad de disparar una sola arma.

Cuba, Nicaragua y Venezuela se han convertido en los patios traseros del Kremlin en Latinoamérica. El caso venezolano es más que preocupante. La presencia rusa en Venezuela no se limita exclusivamente a la venta de material militar y al auxilio económico que le ha permitido al régimen de Maduro sobrevivir sus peores crisis; la presencia de personal militar ruso en los cuarteles venezolanos es cada vez mayor y hay quienes, con pruebas, denuncian incluso la existencia de bases militares rusas en territorio venezolano.

Para los venezolanos, nada de esto nos sorprende. Sabemos que el chavismo, en su afán de mantenerse en el poder, ha puesto su destino en manos de regímenes interesados en ampliar su influencia en el continente americano e instalar repúblicas satélites a unas pocas millas de los Estados Unidos.

Las alianzas de Maduro con China, Rusia e Irán forman parte de esta estrategia y lejos de ignorarse prácticamente por la comunidad internacional deberían analizarse con la seriedad que merecen.

Lamentablemente, sin acciones eficaces para evitar la influencia de este tipo de regímenes que en nada tienen que ver con nuestra historia y que están lejos de ser aliados naturales de Venezuela, la seguridad y la estabilidad de la región seguirá gravemente amenazada.

No se trata de ver las alianzas de Maduro como simples bravuconadas que solo buscan molestar a los Estados Unidos. Hoy, nuestro país es campo de operaciones de grupos terroristas, autócratas con delirios de grandeza y con claras pretensiones expansionistas. Nuestro territorio, nuestros recursos y sobre todo nuestra posición geográfica privilegiada pudieran estar siendo utilizados para intereses inconfesables.

El caso de Bielorrusia refleja bien el peligro potencial que representa para el hemisferio la llave entre Putin y Maduro, pues el territorio bielorruso es utiliza por las tropas rusas para agredir Ucrania.

Los venezolanos y estoy seguro la gran mayoría de los rusos, no apoyamos ninguna acción que vaya en contra de la paz. Desafortunadamente, nuestros pueblos viven bajo regímenes de terror que encarcelan la disidencia, desaparecen a la verdadera oposición y restringen las libertades más elementales. Nadie quiere un conflicto en nuestra región, pero pocos se preocupan por evitarlo. Solo es posible detener la guerra cuando aún no ha comenzado; una vez que esta inicia, aunque se declare el cese al fuego, la guerra jamás termina para quienes tuvieron que vivirla.

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El cartel de los sapos, por Brian Fincheltub
Al final, Saab sabía que su vida corría más peligro en Venezuela que en EE. UU. Como en toda mafia, lo difícil no es entrar, sino salir

 

@BrianFincheltub

Como si se tratase de una narconovela colombiana, la trama Alex Saab ha tomado un giro dramático e inesperado en las últimas horas. El otrora mártir de la era bodegonera del madurismo, graduado con honores de diplomático, poeta, escritor y “activista de la causa venezolana” por la dictadura, terminó siendo un simple y vulgar sapo de la Administración de Control de Drogas (DEA) o, como diría Diosdado Cabello, un “patriota cooperante” más; pero no uno de esos que trabajan para su programa de chismes de los miércoles, sino al servicio del mismísimo “imperio”.

Digo inesperado porque, de haberlo sospechado, los principales cabecillas de la revolución chavista no habrían salido a moco tendido y chequera suelta a mover cielo y tierra para liberar al empresario colombiano.

No es secreto para nadie, si de viudas se trata, la que botó más lágrimas tras la detención de Saab no fue precisamente su esposa, sino el propio Nicolás Maduro. Lo vimos en televisión nacional lleno de ira armando tremenda pataleta; y no es para menos, pues la prensa internacional no ha dudado en calificar a Saab como el testaferro del dictador. Fue precisamente este nexo tan estrecho con el régimen venezolano que le permitió amasar una inmensa fortuna, la misma fortuna que intentó conservar al decidir colaborar con las autoridades estadounidenses desde 2018.

Eran muchos los incentivos para hacerlo. Saab sabía que, cooperando, podría resultar favorecido de los beneficios que ofrece la DEA a sus más grandes tenores.

Al final, Saab sabía que su vida corría más peligro en Venezuela que en manos de los Estados Unidos. Como en toda organización criminal, lo difícil no es entrar, sino salir. El chavismo se termina comiendo a sus hijos y eso lo sabía bien Saab; por eso negoció cuando aún estaba en libertad, cuando el chavismo confiaba más en él. Esa era su carta de salvación, su salvoconducto para garantizar su vida.

Tras hacerse pública la noticia, el madurismo no puede hacer otra cosa que negarla. Eso no es más que el discurso para su auditorio, pero sobre todo dirigido a todos aquellos que, como Saab, pudieran verse tentados a hacer lo mismo. ¿Se trata del último de los sapos dentro del chavismo? la respuesta evidentemente es no. Allí adentro, quizás entre los más radicales, deben seguir otros; prestos y dispuestos a afinar sus cuerdas vocales cuando les toque cantar. Mientras tanto, nadie confía en nadie y al dictador lo persigue hasta su propia sombra.

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Dolarización: ¿hasta cuándo?, por Brian Fincheltub
¿Dolarización irreversible? Recuerden lo peligroso que puede ser para una dictadura totalitaria que cada vez menos ciudadanos dependan del Estado

 

@BrianFincheltub

Es indudable. La dolarización de facto en la economía venezolana ha representado un verdadero respiro para muchos sectores del país. Aunque desordenada y desigual al dejar al margen a una gran parte de los venezolanos que no han logrado transformar sus ingresos en divisa extranjera, sin la dolarización no hubiese sido posible, por ejemplo, que los anaqueles de supermercados se abastecieran nuevamente; en gran parte con productos importados, pero también con producción de empresas venezolanas que vieron en esta «nueva etapa» de la economía nacional una oportunidad para producir sin las pérdidas que los controles de precios y las políticas inquisidoras del Estado les habían ocasionado durante años.

Pero también fue precisamente la dolarización la que obligó a otra gran parte del país a salir del sistema de empleo formal. Algunos llaman a esta estampida “reinvención”. Pero para la mayoría este proceso está lejos de representar un paso bien pensado o planificado, sino puro instinto de supervivencia.

De acuerdo a cifras del Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales (IIES) de la UCAB, ocho de cada diez trabajadores se encontraban en el sector informal en 2021. Una situación que lejos de ser motivo de orgullo, debería generar profunda preocupación, no solo por el estado de vulnerabilidad actual de millones de trabajadores, sino también por lo que representa para un país que al menos el 80 % de su población activa no pueda cotizar a un sistema de previsión social que les permita vivir, una vez decidan pasar a retiro, una vejez dignamente. 

En esta ola de liberalización también se montaron quienes, teniendo fondos de dudosa procedencia, al verse impedidos de disfrutar ese dinero en el exterior tras el efecto de sanciones de la comunidad internacional, decidieron blanquear sus millones en Venezuela. Vemos entonces cómo una nueva clase económica ha emergido de la nada en los últimos años, abriendo bodegones, tiendas por departamentos, supermercados, restaurantes y hasta falsas franquicias piratas internacionales.

Algunos pudieran pensar al constatar este estado de cosas que el proceso de dolarización en Venezuela es irreversible. Que es imposible retroceder a niveles de control de cambio y de precios equiparables a esos que nos trajeron a la crisis actual. Lamentablemente, no estaría tan seguro de tal afirmación. Al final, un respiro no deja de ser algo muy fugaz, como será fugaz cualquier proceso de reforma económica que no se apoye sobre un marco jurídico claro y estable. Para que haya crecimiento y prosperidad económica, lo hemos dicho muchas veces, se necesita seguridad jurídica; y eso solo se logra en un Estado de derecho sólido, algo que jamás podrá garantizar una dictadura.

Las últimas medidas adoptadas por la Asamblea Nacional chavista son prueba de ello. No hay certeza para nadie en una dictadura. El chavismo sabe que, al mantener la dolarización en las actuales condiciones, se juega su permanencia en el poder.

Necesitan beneficiarse de la burbuja económica y ya no solo a través de sus testaferros, sino imponiendo un impuesto a las transacciones que le permita al Estado todopoderoso recuperar su capacidad de gasto público. Hoy mermada producto de la destrucción de la industria petrolera.

Quienes no entienden nada, quizás lo hagan recordando lo peligroso que puede ser para una dictadura totalitaria que cada vez menos ciudadanos dependan del Estado; que haya empresas prósperas capaces de ofrecer salarios dignos; que el trabajo sea el motor de desarrollo de un país y no la mano del Estado “benefactor”. Sin posibilidad de chantaje, el chavismo terminará desapareciendo; ellos lo saben, por eso revertirán todo aquello que ponga en riesgo su hegemonía. Ya lo saben, guerra avisada no quiebra bodegón.

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El socialismo salvaje, por Brian Fincheltub
No podemos permitir que algunos quieran cambiarle de nombre a nuestro desastre, esto sigue siendo socialismo, puro socialismo salvaje. Que nadie se equivoque

 

@BrianFincheltub

No sé si lo recuerdan, pero hubo un tiempo donde el chavismo despotricaba del sistema económico mundial tildándolo de “neoliberalismo salvaje”. Entre las críticas que se lanzaban contra el capitalismo figuraban que se trataba de un modelo que perpetuaba las desigualdades de clases y donde la rentabilidad se imponía sobre los derechos de los trabajadores. Así fue como le vendieron a una inmensa mayoría de los venezolanos que era necesaria una transformación radical del país que pusiera por encima al ser humano, inventándose el denominado “socialismo del siglo XXI” cuyo resultado fue la peor crisis humanitaria de nuestra historia.

Las consecuencias del experimento socialista en Venezuela aún no han sido totalmente contabilizadas. Eso solo será posible cuando, recuperada la democracia, se pueda investigar de manera independiente el impacto real sobre la vida de la gente del modelo de ruina que impera en Venezuela desde hace más de veintidós años.

Algunas marcas son más visibles que otras, por ejemplo, para una gran parte de los venezolanos y sobre todo para las nuevas generaciones que sufrirán secuelas permanentes, la hambruna del 2016-2017 será algo imposible de olvidar. De acuerdo con cifras de organizaciones no gubernamentales, tan solo en 2017 seis de cada diez venezolanos perdió un promedio 11 kilos. Fue lo que popularmente se conoció como “la dieta de Maduro”, pero que no tiene nada que envidiarles a las hambrunas que también causadas por el comunismo en Ucrania y Camboya. La sola diferencia es que nosotros aún no conocemos con exactitud el número de víctimas.

El llamado socialismo del siglo XXI también llevó al desmembramiento de la familia venezolana. Más de seis millones de venezolanos tuvieron que huir del país buscando no solo un futuro mejor, sino la supervivencia. Así fue cómo las carreteras de América Latina se llenaron de caminantes, mujeres y hombres con suelas desgastadas cuya sola pertenencia era muchas veces un bolso tricolor que le mostraba a quienes los veían recorrer miles de kilómetros de dónde venían. 

Hoy, cuando algunos afirman que el chavismo ha abandonado el dogmatismo propio de los años de expropiaciones y controles en la economía, todo aquello que una vez se criticó y que los llevó al poder se ha multiplicado.

La desigualdad entre ricos y pobres hoy se expresa entre quienes ganan en dólares y quienes no logran transformar su salario en alguna moneda que tenga valor. En ese gran segmento de la población se encuentran los jubilados y pensionados, quienes tras dedicar años de vida productiva a la nación tienen que sobrevivir con menos de dos dólares al mes. Pero también están médicos, enfermeras, maestros y profesores universitarios.

No es que no les provoque expropiar, sencillamente no les hace falta, se encargaron de quebrar a sus competidores para comprarlos a precios de gallina flaca. Ellos integran la nueva y muy “pujante” casta económica capaz de abrir comercios en todo el país en medio de una economía arrasada y una pandemia que va para tres años. Una prosperidad que contrasta con el salario de hambre de sus trabajadores, incapaces de defender sus derechos y de organizarse, puesto que el sindicalismo también desapareció con el dictador “obrero”.

Mientras instalan el discurso que Venezuela “mejoró”, mucha gente sigue sufriendo, muriendo de mengua y escapando a la miseria chavista. Lo que no podemos permitir es que algunos quieran cambiarle de nombre a nuestro desastre; esto sigue siendo socialismo, puro socialismo salvaje. Que nadie se equivoque.

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Se reserva el derecho de admisión, por Brian Fincheltub
Los que gritaron una vez igualdad le pusieron al mapa nacional un cartel que dice “se reserva el derecho de admisión”.

 

@BrianFincheltub

La desigualdad siempre ha representado un gran reto para los gobiernos del mundo y fundamentalmente los gobiernos de la región. Las sociedades con mayor desigualdad son generalmente suelo fértil para el auge de proyectos populistas y la caída en desgracia de los sistemas tradicionales, incapaces de responder a las crecientes demandas de la población. Es así como las grandes mayorías, históricamente excluidas, apuestan a quien se presenta como semejantes y les prometen “igualdad”.

Lamentablemente para quienes depositan su confianza en este tipo de liderazgos, la igualdad no existe y el populismo igualitario lejos de corregir las enormes diferencias sociales, las perpetúa haciéndolas incluso más grotescas.

El mejor ejemplo de ello es Venezuela. El chavismo llegó al poder prometiendo acabar con la desigualdad de la llamada “cuarta república”; y veintitrés años más tarde, nuestro país marcha a paso acelerado hacia un sistema de castas, donde tu lugar en la pirámide lo determina el tipo de moneda al que tienes acceso. En la base de pirámide se encuentran todos aquellos venezolanos que siguen ganando en bolívares en una economía completamente dolarizada; en este grupo se encuentran, aunque usted no lo crea, los maestros, los profesores universitarios, los médicos, enfermeras, empleados públicos y quienes le dedicaron su vida productiva al país y hoy el país les paga con el equivalente a dos dólares mensuales: hablamos de los pensionados y jubilados.

Aquel “dólar criminal” que una vez prometieron volver “polvo cósmico”, terminó suplantando, de facto, nuestra moneda nacional y todavía tienen el descaro de llamarse “bolivarianistas”. No me imagino a la rancia izquierda venezolana si, en tiempos de AD o COPEI, algún presidente democrático se hubiese atrevido a algo parecido. Hoy, con su lengua bien guardada en el bolsillo, aplauden que todo se facture en verdes, al punto de que ya hay lugares donde rechazan recibir bolívares. Y no es para menos. El chavismo hizo que un puñado de papel higiénico tuviese más valor que el billete de mayor denominación nacional.

Si en tiempos del general Gómez se decía que Venezuela era gobernada como una finca, la Venezuela bajo el dominio de esta variante del chavismo llamada madurismo se asemeja cada vez más a un bodegón. Uno de esos que jamás estará a tu alcance si eres de los venezolanos que sigue sobreviviendo en bolívares.

Los que gritaron una vez igualdad le pusieron al mapa nacional un cartel que dice “se reserva el derecho de admisión”. En la nueva normalidad, mientras tengas dólares eres bienvenido; de lo contrario la realidad te expulsa, te obliga a buscar suerte lejos para ayudar a sobrevivir a los tuyos que aún viven en Venezuela. Pero también con la esperanza de volver y disfrutar de ese país que extrañas y que sabes es mucho más que el restaurante del hotel Humboldt o la posada de moda del parque nacional Canaima, sino esa tierra de oportunidades que el chavismo destruyó y que solo será posible reconstruir en democracia.

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