Brian Fincheltub, autor en Runrun

Brian Fincheltub

¿Qué está pasando con las FAES?, por Brian Fincheltub

@BrianFincheltub

Lo que pasa en las FAES todo el mundo lo sabe. Las llamadas Fuerzas de Acciones Especiales son el grupo de exterminio que el régimen de Nicolás Maduro creó en 2016 para llenar de muerte, dolor y terror a miles de familias venezolanas con la excusa de “combatir la inseguridad”.

Todo el mundo lo sabía, menos el fiscal ilegítimo, Tarek William Saab, quien apenas parece haber despertado de un coma de varios años hace algunas horas para darse cuenta de que la policía de la dictadura roba, secuestra, extorsiona, desaparece, siembra y mata con total impunidad. Quizás ese abrir de ojos tenga explicación: Corte Penal Internacional.

Cuesta creer que Saab esté viviendo momentos de lucidez al señalar por primera vez y de manera directa el modus operandi de las FAES. Sobre todo cuando uno analiza con pinzas las frases utilizadas en su declaración. Saab, quien se presenta a sí mismo como nada más y nada menos que la cabeza de la institución que tiene el monopolio de la investigación penal y la protección de las víctimas en Venezuela, dice que no entiende lo que pasa las FAES.

Cuando el fiscal de Maduro se hace el desentendido del origen de estas acciones criminales y violatorias de los DD. HH., busca que la conducta del FAES sea entendida internacionalmente como hechos aislados que en nada tienen que ver con una política de Estado.

Lamentablemente para Saab y la dictadura que él representa, esto no es precisamente lo que han recopilado las organizaciones de defensa de las víctimas en Venezuela. Tampoco lo que han revelado los sendos informes presentados por las Naciones Unidas y la Organización de Estados Americanos.

Las violaciones a los DD. HH. constituyen una política de Estado y califican como crímenes de lesa humanidad. Pero lo que tiene más nervioso a Saab y sus jefes es lo que le dijo la fiscal de la Corte Penal Internacional, Fatou Bensouda, en su visita reciente a La Haya, precisamente que existen  “fundamentos razonables” para creer que esos crímenes son competencia de la Corte.

Las FAES son la obra más tangible del chavismo en 20 años. Del 2015 a la fecha más de diecinueve mil venezolanos murieron violentamente a manos de las fuerzas policiales.

El móvil favorito de los cuerpos de extermino para justificar sus muertes es la llamada “resistencia a la autoridad”. Han sido aplaudidos y apoyados en cadena nacional por el propio Nicolás Maduro, quien ha ordenado en varias ovaciones dar “todo el apoyo” a las FAES.

Con tamaño expediente, es más que difícil la tarea del fiscal de la dictadura limpiar la imagen del régimen que representa y hace parte. Lo único seguro es que les llegará la hora de la justicia, esa que les negaron durante años a sus víctimas y que hoy les pide cuentas.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Carta a la alcaldesa de Bogotá, Claudia Lopez, por Brian Fincheltub

@BrianFincheltub

Señora alcaldesa, usted llegó hace un año a la alcaldía de Bogotá con un mensaje muy poderoso: el mensaje de la inclusión. Su victoria daba cuenta de ello, la prensa tituló aquella noche la proeza que significaba no solamente que una mujer fuese electa por primera vez para un cargo tan importante, sino que esa mujer, usted, también formara parte de una minoría sexual.

Como candidata, usted hizo suyas las banderas de la igualdad y la no discriminación; lo hizo retando incluso a quienes pensaban que Bogotá era una ciudad tradicionalmente conservadora. Su género o condición sexual en nada afectaron sus aspiraciones políticas, como es el deber ser; quizás hasta la hayan podido favorecer. Lamentablemente, no siempre fue así y usted lo sabe. Tomó mucho tiempo y sobre todo muchas víctimas para llegar a ese día de octubre de 2019, donde dándole un beso a su esposa, usted pudiera celebrar ser la alcaldesa de la capital colombiana.

Costó mucho deslastrarse del discurso machista y homofóbico que durante mucho tiempo estuvo tan enraizado en nuestras sociedades latinoamericanas. Si alcaldesa, dije el discurso. Las palabras suelen tener una fuerza que resulta difícil de contener una vez que estas son lanzadas. Como feminista, seguro usted habrá escuchado sobre el discurso dominante y cómo una idea se instala en la consciencia colectiva al punto de que la gente comienza a naturalizarla, a rechazar todo lo que se aleje de eso que es considerado “natural” o “normal”. La mayoría, aunque numéricamente sin razones reales para temer, comienza a construir etiquetas para diferenciarse de las minorías, cada vez más señaladas, cada vez más acorraladas, cada vez más perseguidas.

Muchos demagogos en la historia de la humanidad se han montado en la ola de profundizar las diferencias y las divisiones entre los seres humanos para ganar rédito político.

Generalmente, este tipo de dirigentes buscan en las minorías un enemigo al cual culpar de su incapacidad e incompetencia.

Es más fácil culpar a otro que rendir cuentas. Así siempre ha sido y, para desdicha de nuestros tiempos, continúa siendo así.

Enhorabuena, usted se hace llamar progresista y jamás utilizaría ese tipo de estrategias para hacer recaer sobre otros, generalmente en posición de debilidad, las dificultades que pudiera tener su gestión. Difícil sería imaginar que alguien que sufrió en carne propia la discriminación, por ser parte de una minoría, discrimine o incite a que se haga lo propio contra, por ejemplo, venezolanos que han tenido que dejar su país para establecerse en Colombia. Eso, sin duda, derrumbaría la imagen que usted le ha querido vender a los bogotanos y al mundo.

Es cierto, en todo grupo social hay personas de bien y otras cuya conducta deja mucho que desear. Quienes llegan a otra nación a delinquir deben ser castigados, tengan la nacionalidad que tengan, sean católicos, protestantes, ricos, pobres, blancos o negros. La ley se aplica para todos. Lo que es inaceptable es que se trate de criminalizar a todo un gentilicio por culpa de unos pocos; que haya connacionales que tengan miedo a decir que son venezolanos por temor a ser discriminados; que sean tratados como un problema cuando la mayoría se esfuerza por convertirse todos los días en una solución para Colombia. Qué suerte tenerla en Bogotá, imagine si llegara alguien a ese cargo xenófobo e incapaz. Solo imaginarlo avergüenza.

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¿Cuáles navidades?, por Brian Fincheltub

@BrianFincheltub

El venezolano siempre fue un pueblo alegre. Un pueblo al que le encantaban las festividades y que las vivía como ningún otro. Carnaval, fiestas patronales, puentes y ni hablar cuando llegaba diciembre. Sin duda la Navidad era una de las épocas preferidas por todos. No importaba a qué religión pertenecieras, todos esperamos diciembre con ansias, al punto de que desde que entraba septiembre ya nos sentíamos en Navidad. Comenzaban a sonar las gaitas, tanto los empleadores públicos como privados empezaban a pagar los llamados aguinaldos y la gente podía decidir qué hacer con sus reales. Algunos los utilizaban para renovaciones en la casa, otros para la inicial de un carro, otros para viajar; lo cierto es que nadie se quedaba sin comprar los llamados “estrenos” para el 24 y 31 de diciembre.

Eran otros tiempos, tiempos para el reencuentro en familia, para comer nuestros tradicionales platos y sobre todo para armar la rumba. Quienes estamos fuera de Venezuela extrañamos esas navidades de nuestra infancia, pero también quienes están dentro del país añoran lo que una vez vivimos y fuimos como nación.

Si algo hizo bien el chavismo en veinte años fue saber entender la naturaleza e idiosincrasia del venezolano. Sabían que nos encantaba la fiesta como a ningún otro pueblo y que no importaba lo que pasaba alrededor, la fiesta seguía. De allí que las decisiones más polémicas del chavismo siempre eran lanzadas un viernes en la noche, en carnaval o en diciembre.

Solo recuerden en qué fecha anunció el fallecido presidente, Hugo Chávez Frías, el cierre de RCTV: un 28 de diciembre de 2006. Como era de esperarse, nadie le paró a dicho anuncio y algunos hasta lo tomaron como una broma del Día de los Inocentes. Si no había fiesta, la creaban, si faltaban algunos meses para su inicio, la adelantaban. La estrategia no era nada novedosa: “pan y circo”, al mejor estilo de la Roma antigua.

Nicolás Maduro ha pretendido hacer lo mismo y, en medio del estupor de propios y extraños, anunció el adelanto de las “navidades felices” en Venezuela.

Es la misma estrategia, la única diferencia con su predecesor es que hoy solo hay circo, porque el pan, la gasolina, el gas, el agua, la luz y hasta las ganas de celebrar faltan desde hace mucho tiempo. Sin duda que lo únicos que quieren seguir la fiesta son ellos, la élite corrupta y narcocriminal. Pues han construido una burbuja de privilegios que les permite darse los gustos y lujos que antes se daban en los EE. UU. o en Europa, solo que sin poder pisar territorio americano o europeo.

Estas son las navidades que nos adelanta la dictadura y así serán mientras cada uno de los miembros de mafia roja siga en el poder. No habrá de nuevo motivos para celebrar si no nos libramos de la puesta chavista. Solo ese día podremos decir que tendremos navidades felices.

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Derecho a la identidad en la Venezuela madurista, por Brian Fincheltub

@BrianFincheltub

Los venezolanos dentro y fuera del país hemos perdido el último de los derechos que la dictadura madurista podía robarnos: el derecho a la identidad. Hoy, sacar una cédula o un pasaporte es misión imposible, no solo por los precios astronómicos que tienen dichos documentos en un país cuyo sueldo mínimo es menos de un dólar al mes, sino porque desde hace más de veinte años es política oficial del régimen complicarle la vida al venezolano. Y eso sin importar dónde nos encontremos.

En la Venezuela madurista y socialista, donde el SENIAT nunca ha dejado de cobrar impuestos a causa de la pandemia, hay una institución que se fue de cuarentena antes que todas las otras y que siete meses después sigue sin ofrecerle respuestas a quienes la necesitan; hablamos por supuesto del SAIME.

El llamado Servicio Administrativo de Identificación y Extranjería hacía rato que parecía de vacaciones, pero el nivel de abandono y desatención que viven los venezolanos en la actualidad, sobre todo quienes se encuentran en Venezuela, nunca antes se había visto.

Yo recuerdo cuando me tocó sacar mi primera cédula en tiempos de mal llamada “cuarta República”. Aunque es cierto que las cosas no eran perfectas, sacarse una cédula era tan fácil como ir a una oficina de la extinta DIEX y salir con tu cédula en mano. Lo mismo pasó cuando tuve mi primer pasaporte. Lo que sí no recuerdo es a mis padres pagando vacunas, ni altas sumas de dinero en dólares para que yo tuviera mi primera cédula o mi primer pasaporte.

Sencillamente estos documentos antes no eran un privilegio de unos pocos, sino un derecho constitucional.

No quiero imaginar el desastre que deben ser los registros civiles. Prácticamente pudiéramos hablar de una generación de venezolanos que legalmente no existe, porque no tiene ningún tipo de documentos que pruebe su existencia. Eso sin contar que la otra parte del país, aunque tenga identificación, tampoco existe de facto.

Atrás quedó la promesa que hizo una vez el difunto expresidente Chávez de dotar al país de la cédula más moderna del mundo; un instrumento que reuniría en un microchip toda nuestra información y que sería puesta gracias a la “̈cooperación” cubana. Varios años después de esa promesa no tenemos cédula. Lo que sí tenemos, y por millones, son carnés de la patria cuyo código QR suplanta nuestro número de identidad y que el régimen convirtió en el instrumento más macabro de control social que haya existido en el mundo: el control de la gente a través del hambre. Quizás era de eso de lo que hablaba el difunto cuando lanzó su promesa. Quizás por primera vez cumplió su palabra.

Mientras, el régimen de Maduro juega con la necesidad de quienes dentro y fuera del país tienen que pagar hasta 1800 dólares para obtener un pasaporte con la esperanza de reencontrarse con sus familiares.

Desde el gobierno interino seguimos buscando soluciones concretas a la crisis de los pasaportes e identidad. Hemos planteado una ruta de 3 pasos para restituir el derecho a la identidad de los venezolanos:

 Primer paso

Ya la primera etapa entró en vigencia con el decreto No 006, que extiende automáticamente la vigencia de todos los pasaportes venezolanos por 5 años después de la fecha de expiración. Los resultados están a la vista: hoy son diez países que han extendido y adoptado el decreto, dando validez a nuestros documentos de viaje. Sin robo, sin chantaje, sin vacunas. Nuestra meta es acabar con el juego macabro y criminal que mantiene la dictadura al negarles el derecho a la identidad a millones de venezolanos, mientras les entrega pasaportes diplomáticos a terroristas y corruptos.

 Segundo paso

En una segunda etapa, que es la que actualmente estamos transitando, aspiramos a que desde las embajadas y oficinas consulares podamos emitir de stickers de prórrogas, ya que según la ley “cualquier autoridad consular debidamente acreditada en otro país, tiene la potestad de extender la vigencia de los documentos de identidad siempre y cuando no se vulneren los elementos de seguridad del mismo”.

 Tercera etapa

En esta etapa final aspiramos a poder emitir documentos de identidad. La presión debe conducirnos a exigir nuestros derechos sin parar, la sola manera de conquistarlos es nunca desistiendo.

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La rebelión de las regiones, por Brian Fincheltub

@BrianFincheltub

Solo hay que tomar la autopista regional del centro y salir de Caracas para comenzar a entender el infierno que viven todos y cada los pueblos y ciudades del interior del país. Digo salir de Caracas, porque aunque sé que la capital del país vive también las calamidades diarias que trajo el socialismo a Venezuela, ninguna se compara con el drama y el estado de destrucción que viven la totalidad de las regiones. Y no porque al régimen de Nicolás Maduro le importen más los caraqueños, simplemente Caracas se convirtió en una especie de gran búnker donde los cabecillas de la banda criminal llamada madurismo se han enconchado escapando a las sanciones y a la justicia internacional. Esto hace que algunas zonas de Caracas gocen, por retruque, de algunos servicios que para el común de mortales del interior del país son sencillamente un privilegio.

No hay nada que escriba en este artículo que se acerque a describir con exactitud lo que han traducido la vida de millones de venezolanos en la actualidad. Solo quienes tienen la oportunidad de leerme desde Venezuela lo saben, los demás solo podemos imaginarlo y déjenme decirle que frente al poder arrasador del chavismo, hasta la imaginación tiene sus límites.

Cuando la gente dice que Venezuela retrocedió en el tiempo no se trata en modo alguno de una exageración, en lo que habríamos que ponernos de acuerdo es a qué tiempos. Hay quienes dicen que al siglo XIX; personalmente no estoy de acuerdo, yo hablaría que estamos más cerca de los tiempos de las cavernas.

El atraso y la ruina de una nación que hace dos décadas figuraba entre las más prósperas de la región solo puede compararse con las épocas de mayor atraso de la humanidad.

Hoy no hablamos ni siquiera de seguridad, salarios justos y políticas públicas adecuadas. Las exigencias del venezolano común se trasladaron a lo más elemental, como elemental se ha hecho la vida en socialismo. Se lucha para sobrevivir, para no enloquecer en un país que agota no solo físicamente, sino mentalmente. La gente hoy clama por agua, por comida, por gas, por energía eléctrica, por gasolina. Esas son nuestras exigencias como sociedad hoy, en otras latitudes lo son las paridad de género o la protección del ambiente; aquí ocurren derrames de petróleo prácticamente todas los meses y la mayoría ni se entera, la tarea diaria es sobrevivir y esa tarea se hace cada vez más difícil.

Al ver las protestas en las regiones no me pregunto por qué protesta la gente, me pregunto por qué no lo había hecho antes, teniendo claro que el costo de protestar se paga en Venezuela con la vida, pero entiendo que no hacerlo también.

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Inmovilizarle es dejarse arrastrar por la ola destructora del chavismo, que no se detiene, que no tocará fondo más allá de poner fin a nuestra propia existencia como individuos, como nación, como país viable. Levantarse entonces no es solo una responsabilidad, sino una obligación de supervivencia, porque vivir resignados y con miedo es lo más alejado de lo que significa la vida.

 

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El ejemplo de El Limón, por Brian Fincheltub

Solidaridad en El Limón. Foto Voluntarios de Aragua.

@BrianFincheltub

En los últimos años es un lugar común escuchar que en Venezuela se han perdido todos los valores; que nuestros mejores ciudadanos se fueron del país y que quienes quedan en Venezuela lo hicieron básicamente porque no tenían otra opción.

No podemos negar que en veinte años de chavismo se ha ido mucha gente valiosa, venezolanos que hoy destacan en muchas partes del mundo con sus talentos y capacidades. Es igualmente cierto que el nivel de destrucción causado por el chavismo ha alcanzado también nuestro sistema de valores.

Pero como la realidad es más que una simple generalización, debemos decir que, aun en la Venezuela devastada por esta ideología de la ruina llamada socialismo, quedan razones para sentirnos orgullosos de nuestro gentilicio. Y lo que pasó en la comunidad de El Limón del estado Aragua esta semana, no es más que un ejemplo.

La reacción de los venezolanos tras la reciente tragedia de El Limón está lejos de asimilarse a la que tendría un pueblo resignado y destruido moralmente.

He podido ver no solo el espíritu de una comunidad profundamente abatida por el drama que significa perderlo todo en Venezuela, levantarse con la gallardía de quien no se rinde y empezar la reconstrucción el día siguiente de que una corriente de piedra y lodo sepultara años de trabajo y esfuerzo. He visto también una inmensa solidaridad de los venezolanos fuera y dentro del país con sus pares. Donar a quién más lo necesita en momentos donde nada sobra, y falta todo, es más que admirable.

Ver eso me hace pensar en el momento en el que todo esto acabe. Habrá quienes no quieran ver ese día, pero sepan que inevitablemente llegará. Ese día todos pondremos lo mejor de nosotros para empezar la reconstrucción; sin duda ese será un trabajo extenuante, difícil y lleno de sacrificios, pero que haremos convencidos de que el futuro será nuestro y que nunca nadie más nos los robará.

Los venezolanos también vamos a limpiar nuestra gran casa. Y construiremos los muros de contención más fuertes que jamás hayamos construido para que NUNCA más el odio y resentimiento entre en nuestros hogares para acabar con todo. Ese muro no será otro que la memoria colectiva de lo vivido; recordar siempre para no volver a repetir lo que se conoció como chavismo.

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La unidad no es un propósito, es una obligación, por Brian Fincheltub

@BrianFincheltub

En una de las tantas manifestaciones a las que me tocó ir en Caracas, vi una pancarta en el distribuidor Altamira en la cual se podía leer la frase “Luchar unidos para que no nos fusilen por separado”. No sé a quién pertenece la frase, pero aplicada a la realidad actual venezolana no pudiera ser más apropiada.

Es verdad que nada garantiza que luchando unidos vayamos a tener éxito. De hecho, muchas veces lo hemos hecho y más allá de victorias puntuales, no hemos podido alcanzar la victoria definitiva, esa que nos libera de una vez por todas del chavismo.

Lo que de algo estamos seguros es que luchando cada quien por su lado no solamente no habrá victorias puntuales, sino que nos aplastarán a todos por igual.

Apartando la frustración que pudiese causar tanta espera, hoy la unidad debe seguir siendo el objetivo. No como una palabra bonita para adornar un discurso o una excusa para el chantaje, sino como una obligación de supervivencia. Si algo hemos aprendido en estos años es lo fácil que es arrasar un país en momentos donde reina la división, la desorganización, la improvisación y la ausencia de objetivos comunes.

En el pasado ha sucedido que hay distintos planteamientos y se ha logrado avanzar más allá de los desacuerdos a una ruta común. Lo que no se puede permitir es que la discusión interna, el debate, el desacuerdo natural entre posiciones y visiones diferentes sea sustituido por la descalificación. Porque más allá de las enemistades circunstanciales, a la conducción política le toca pensar en las necesidades de la gente y la angustia de una espera que se cobra en vidas.

El primer paso para entendernos es el reconocimiento de todos los liderazgos. Al reconocimiento debe seguirle el respeto y la consideración que en la lucha contra la dictadura cada persona cuenta y que todas las posiciones son complementarias en el objetivo final de alcanzar la libertad de Venezuela. Sería absurdo trasladar el debate a otro plano personal que en nada ayudaría a salir del letargo actual que vive la población venezolana. Está más que demostrado que cuando la gente ve unidad en su liderazgo, pero sobre todo determinación, responde mayoritariamente como lo han hecho de una manera más que estoica durante más de veinte años.

Nosotros siempre hemos sido unos campeones de la unidad y en esta circunstancia no será distinto. Nuestra intención hoy no es asumir posiciones que agraven el conflicto, sino ser voz de quienes no esperamos otra cosa que la libertad de Venezuela. Es la postura que debemos tomar todos los que amamos este país, poner a Venezuela primero.

Más allá de quien tenga razón, aquí todos perdemos cuando nos dividimos y cuando no somos capaces de escuchar al otro con respeto e inclusión.

Todos debemos estar a la altura que pide el país. Ver los puntos de coincidencia y concentrarnos en lo que nos une hasta salir de este cáncer llamado chavismo.

 

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Mientras tanto en la Venezuela profunda…, por Brian Fincheltub

@BrianFincheltub

Josefina se levanta temprano, antes de que los gallos canten. El tiempo no pasa en vano, con los años duerme cada vez menos. Después de las cuatro de la mañana no hay manera de que permanezca atada a la cama. Su rutina comienza temprano y no es para menos, tiene dos pericos, tres loros, un gato y cuatro perros que suelen levantarse con ella. Josefina encontró en los animales refugio y compañía, cuando su única hija tuvo que irse del país buscando mejores oportunidades. Lamentablemente no le ha ido como esperaba en Colombia; aunque ayuda a su mamá, las cosas no han ido bien. Particularmente desde el inicio de la cuarentena.

Pero si de ir mal se trata, Josefina tiene un postgrado. Su jornada comienza encendiendo el fogón; desde hace meses en el pueblo donde vive Josefina no se sabe lo que es cocinar con gas. En su patio, su bombona vacía espera que el camión del gas venga por ella, eso sí, bien asegurada con una cadena y un candado para que no se la roben. Lo que sí parece que se robaron fueron más de sesenta bombonas que en marzo recogió en todo el pueblo un camión de PDVSA gas, entre ellas una de Josefina. Nunca volvieron ni el camión ni mucho menos las bombonas. Hay quienes dicen que fueron revendidas en el mercado negro, donde se pagan bien caras y no precisamente en bolívares.

Varios meses también han pasado desde que Josefina pagó a los llamados comité CLAP para que vinieran por sus bombonas, quienes aparte de controlar quién recibe las famosas cajas, también controlan la distribución del gas doméstico en el pueblo. Ni del gas ni del dinero hay noticias.

Las que sí llegaron luego de tres meses fueron las cajas CLAP, adentro tres sardinas, un aceite, dos kilos de arroz y uno de pasta fue el contenido de esta vez. Tanto ha empeorado la cosa que hay muchos quienes añoran los tiempos cuando hasta leche en polvo traían las cajas, si es que a eso se le puede llamar leche. El pasado parece haber quedado tan atrás que la mayoría olvida esos tiempos donde con un sueldo mínimo una familia podía comprar semanalmente un pote de leche La Campiña.

El pueblo de Josefina no solo se detuvo hace años en el tiempo, como el resto de Venezuela, involuciona siglos cada día.

Solo hay que ver el ejemplo del agua, nunca Josefina se había alegrado tanto por el invierno, pues tiene una canal puede agarrar agua de lluvia cuando llueve y llena sus pipotes. Ustedes pensarán que Josefina está loca por alegrarse por eso, pero hasta no hace mucho el pueblo entero dependía de un jagüey donde tenían que ir con tobos a buscar agua para no morir de sed. Eso de agua por tubería es una utopía, por allí no sale ni aire.

Cuando termina de cocinar la comida del día en leña, Josefina ve televisión nacional, pero no para enterarse de lo que pasa en el país. Josefina ha perdido la fe en la política y no porque quiera, simplemente no quiere ilusionarse otra vez, ilusionarse en que verá a su hija y que su ilusión se desvanezca de nuevo. Ella prefiere ver otra cosa, así sean las telenovelas repetidas que han inundado la pantalla de los canales venezolanos.

La realidad de Josefina es la de millones de venezolanos, quienes hoy no esperan nada de los políticos, pero que no pierden la fe de poder abrazar a los suyos, de recuperar la dignidad, de volver a dormir en paz y soñar con un país que se nos hace cada vez más lejos.

De todos depende que este anhelo de país no se nos siga alejando, que nuestras esperanzas no se sigan desvaneciendo. Depende de todos decidir si seguimos luchando, sobre todo si luchamos juntos o divididos. Estoy seguro de que Josefina elegiría la primera opción…

 

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