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socialismo del siglo xxi

Entre holgazanes, arrogantes y fanfarrones, por Antonio José Monagas

PRETENDER UNA “REVOLUCIÓN”, no es asunto de agazapados, arrogantes o bravucones. Es un proceso que compromete la intelectualidad sobre la cual se yerguen valores de moralidad, justicia y verdad. Es un proceso que, dada su esencia y nivel de subsistencia, traspasa las fronteras de la economía, de la política y de la sociedad donde circunscribe sus acciones. Por eso cuando se habla de “revolución”, debe hacerse con la observancia que su acaecer merece.

De ahí que la historia, aún cuando no siempre ha sabido discernir entre revoluciones folkloristas y de seria envergadura, contempla casos de revoluciones de importancia. Así se tiene, por ejemplo, el caso de la revolución cultural forjada a partir de las tradiciones que hicieron de China, el símbolo de la cultura asiática. O de otras revoluciones que indistintamente del carácter que contuvieran, marcaron hitos que trascendieron los tiempos y acontecimientos.

Pero de eso, a lo que vulgarmente se ha pretendido en Venezuela llamando “revolución”, la brecha luce casi indeterminada. Precisamente, por la desproporción que hay entre una situación engrosada por una narrativa sin contenido, preparada para que sirva de cebo a ilusos, incultos, corruptos, violentos y furibundos, y otra situación concebida en la perspectiva de una realidad definida por libertades, deberes y derechos que encausen la igualdad, la tolerancia y la solidaridad. En un todo con los principios que fundamentan la vida en correspondencia con los estamentos que cimientan el andamiaje de la democracia.

Por eso, para la historia nacional venezolana, termina siendo un acontecimiento de insólita referencia, considerar la “revolución” que ha presumido el manido “socialismo del siglo XXI”, infortunadamente instalada en Venezuela, como el camino expedito, que a decir del discurso político de rojo trazado, ha buscado refundar una República en el contexto de una “(…) sociedad democrática, participativa y protagónica”. Así lo anunciaba la Constitución Nacional la cual para diciembre de 1999, le apostaba al replanteamiento de una Venezuela soportada en un “Estado democrático y social de Derecho y de Justicia” (Del artículo 2).

Sólo que luego de veinte años, los susodichos preceptos constitucionales cayeron en la desidia provocada por el descaro de un gobierno que desperdició groseramente inmensas oportunidades dispensadas por el fabuloso ingreso del mercado petrolero. Así, el país fue convirtiéndose en el terreno apto para el cultivo de las maledicencias, la corrupción, el delito, la venganza, el chantaje, el crimen y el ultraje político. Realidades éstas, animadas por el resentimiento, el odio, las apetencias y la soberbia de sus gobernantes cívico-militares.

Fueron estos los elementos fácticos que estructuraron la política gubernamental. Al extremo, que apagaron buena parte de las libertades, garantías y necesidades que le impregnan sentido a la vida del venezolano. Y además, tales actitudes fijaron el modo de accionar medidas de las cuales se ha valido el régimen para usurpar cualquier función de gobierno posible que conduzca a ganar el mayor espacio político o algún ápice de autoridad que le garantice enquistarse en el poder. A desdén, de las consecuencias que sus torcidas ejecutorias acarrearían y devinieron en trágicas realidades.

De forma que en esta retahíla de incorrecciones y trivialidades, degeneró la política revolucionaria, mal llamada “socialismo del siglo XXI” Razón por la cual, se han valido de aquella parte de la población que, desafortunadamente, cayó en el engaño de la “antipolítica”. Pues así lograron hacerse del poder las huestes que fantasearon en momentos en que la inercia de una historia buchona y bullanguera,  hizo de Venezuela el escenario para deparar sobre sus fauces el mejor espectáculo que en la desidia podía montarse.

Fue así también, como estos funcionarios de mala calaña, se aprovecharon de la gestión gubernamental convirtiéndola en el medio expedito para actuar con la demagogia que el tiempo de la política requirió para afianzar sus atrevimientos.

De esa manera,  el régimen diseñó la estrategia política necesaria para urdir cuantas posibilidades le ha permitido el aprovechamiento de situaciones en beneficio propio. Por tanto, puede inferirse que para haber escalado en su maraña de complicidades, el régimen se valió de una fuerza popular que, sin méritos, se ha prestado para validar  las condiciones necesarias para que el régimen se haya enquistado en el poder. Por eso exalta sin fundamento la presencia de un “pueblo”. Pero no “pueblo” en el sentido antropológico, ni sociológico. Menos, demográfico. Apenas ese tal “pueblo”, ha sido un grupo de vividores de oficio, apertrechados políticamente, carroñeros de camino, preparados para aupar y embrollarse entre quienes han sabido usurpar posturas y posiciones de gobierno. O sea, entre holgazanes, arrogantes y fanfarrones.

 

@ajmonagas

Infierno propio, por Ramón Hernández

EN EL SOCIALISMO DEL SIGLO XXI no hay campos de concentración, hay hospitales. Los resultados son los mismos. Las muertes son diarias y no existe compasión alguna. Los pacientes van cayendo como fichas de dominó y nadie conoce su posición en la cola ni cómo funciona el algoritmo. Es una guerra del Estado contra la población en general en el nombre de la construcción de una sociedad más justa y más libre. Mientras funciona la dialéctica de Hegel, la lucha de los contrarios que generará la irrupción de la síntesis con los mejor de ambos –es los que enseñaba Carlos Marx–, campea la muerte, la destrucción, la inseguridad y el sálvese quien pueda.

La ilegitimidad a la orden del día, por Luis Fuenmayor Toro

 

VENEZUELA, EN MANOS DEL INEFICAZ Y CORRUPTO SOCIALISMO DEL SIGLO XXI y de la oposición macartista de la Asamblea Nacional (AN), ha llegado al peor estado de confusión, ilegalidad y traición de toda su historia republicana. Los poderes públicos nacionales, por una u otra razón, carecen de la legitimidad y el consenso necesarios para poder actuar. Hoy tenemos un Presidente en Miraflores, que controla los hilos nacionales del poder, pero electo en condiciones lamentables que sus adversarios no aceptan y que por tanto consideran ilegítimo. Tenemos otro Presidente, impuesto por fuerzas extranjeras, principalmente de EE.UU., al que se suman la mayoría de los países latinoamericanos y la Unión Europea, por lo que su legitimidad es muy dudosa para cualquiera que analice la situación, sin la carga emocional que todo enfrentamiento conlleva. Serían entonces, para los involucrados en el enfrentamiento, dos presidentes ilegítimos.

Ninguno de estos presidentes se ha juramentado ante la Asamblea Nacional como lo establece la Constitución. Nicolás Maduro acudió al TSJ haciendo uso de una interpretación particular del texto constitucional, lo que no le da legitimidad ante sus adversarios. En el caso de Juan Guaidó, no se entiende por qué no lo ha hecho ante la Asamblea Nacional, que lo juramentaría sin limitaciones. Menos se entiende que los diputados no le exijan juramentarse y que le permitan el exabrupto de ser Presidente de la Asamblea y Presidente de la República, al mismo tiempo. Juramentarse y dejar la Presidencia de la Asamblea no le daría legitimidad ante el gobierno, pero haría mucho más coherente su discurso de respeto a la Constitución.

Tenemos dos tribunales supremos de justicia ilegítimos. El gubernamental por haber incorporado unos magistrados nombrados entre gallos y medianoche en diciembre de 2015, antes de la toma de posesión de la AN electa el 6 de ese mes. El otro, por autoproclamarse TSJ con solamente los magistrados designados por la AN, para sustituir a los nombrados en forma apresurada ya señalados y conocidos como “magistrados express”. Ninguno de estos dos organismos se ajusta a lo ordenado en el texto constitucional. Sus partidarios, sin embargo, no ven lo que es obvio y se limitan a auto engañarse y tratar de engañar al resto de los venezolanos.

Algo similar ocurre con la Fiscalía General de la República. Tenemos dos fiscales: una actuando en el exterior, luego de ser destituida por la Asamblea Nacional Constituyente (ANC) y el otro designado por este organismo. La primera, en opinión del gobierno, actúa ilegítimamente pues no lo hace en el país; el segundo, según la oposición tiene ilegitimidad de origen, al haber sido nombrado por la espuria ANC. Y esto nos lleva a la consideración de la existencia de dos órganos legislativos: la AN y la ANC. La primera con legitimidad de origen, pues fue electa en comicios reconocidos por todos, pero para el gobierno ilegítima desde el inicio de sus actividades, al asumir la destitución del presidente Maduro como objetivo de sus funciones legislativas, algo que no está planteado en la Constitución.

La ANC es considerada ilegítima en su origen y en su funcionamiento supraconstitucional. No fue convocada como lo dice la Constitución por la vía de un referendo popular, sus bases no fueron aprobadas por votación y su elección violentó el principio de “un ciudadano un voto”, a través de un mecanismo corporativo inconstitucional. Se agregan hoy la ilegitimidad de los embajadores: los designados por el gobierno de Nicolás Maduro, ante países que no lo reconocen como Presidente, y los designados por Juan Guaidó, a quien se considera ilegítimo por asumir el cargo sin que la causa de esta decisión esté señalada en el artículo 233 de la Constitución.

El enfrentamiento violento entre ambas facciones es lo que tenemos enfrente. Agravado por la posibilidad de una guerra por invasión extranjera. El pueblo, a pesar de haber expresado su rechazo al gobierno de Maduro, no ha sido consultado sobre las vías para resolver esta pugna. La decisión no puede ser dejada en manos de un grupito al que no le importan los daños provocados. Ésta es una decisión del soberano quien debe señalar el camino. No son Trump, Maduro, Guaidó, ni Cuba, quienes deben decidir. Somos nosotros.

 

@LFuenmayorToro

El falso alquimista, por: Víctor Maldonado C.

 

El régimen está apostando a un milagro que no se va a dar. Los seguidores del régimen están apostando a las destrezas de un mago fraudulento, sin suerte, desprovisto de gracia, y acumulador de fracasos y vergüenzas.  No hay prodigio posible en el plano de la realidad. O se hacen bien las cosas, o cualquier intentona fracasa estruendosamente. Eso es lo que va a ocurrir con las últimas ocurrencias del régimen, aplicadas a una economía maltratada, vejada por años de intervencionismo, expoliación de la propiedad y cepos colocados a la innovación, el mercado y la confianza.

La tragedia del régimen es que la realidad es recalcitrante, desobediente y desafiante. Ellos, que prometieron la máxima felicidad han transformado un país relativamente grato en un infierno de penurias. Por más que insistan en que ellos son los garantes de nuestro bienestar, en carne propia se vive un desmentido sistemático que pesa cada vez más sobre la cordura de los que dirigen este desafuero. Ellos que dijeron amar a los pobres y haberse consustanciado con el pueblo, no pueden rebatir el saqueo que han practicado a los recursos del país. Dijeron, por ejemplo, que PDVSA en sus manos era del pueblo, para luego asaltar el fondo de jubilación, y posteriormente transformar esa empresa en un mecanismo asociado a los peores manejos. Ellos salieron ricos de la charada, y ahora los venezolanos no tienen renta suficiente para sortear todos los obstáculos que suponen vivir en un país desprovisto de los mínimos indispensables para vivir en la modernidad. El pueblo fue para ellos el eufemismo primordial, la excusa perfecta, el aliciente constante para depredar hasta dejar en el hueso los activos y la reputación de la que alguna vez fue modelo y orgullo. Pero lo mismo podríamos decir de cada empresa, servicio o iniciativa que propusieron, y que no pasó de ser propaganda y oportunidad para cobrar una comisión indebida.

¿Qué les salió mal? Que la propaganda te puede engañar un rato, pero al final ocurre una crisis de disonancia. Dicho de otra forma, cada uno comienza a sentir un escozor, una incomodidad, porque no hay correlación entre lo que te dicen en cadena nacional, y lo que perciben tus sentidos. No ves los alimentos que ellos dicen cosechar por toneladas. Tampoco consigues en ningún lado las medicinas que ellos aseguran están disponibles. Si vas a uno de sus “hospitales modelos” consigues escombros y carencias. Si buscas trenes, autopistas, túneles, empresas que dijeron haber inaugurado alguna vez, te confrontas con un vacío que ninguna palabra puede llenar de realidad. Y no hablemos del nauseabundo escándalo de las plantas termoeléctricas y el engendro de “bolichicos” que parió la más pavorosa corrupción. Ellos dicen una cosa, pero la realidad, brutal y descarnada, te hace vivir otra. ¿Dónde quedó el país potencia? ¿Dónde las reservas transformadas en riqueza y progreso? ¿Cuántos planes de seguridad ciudadana dicen haber instrumentado, y sin embargo llevamos a cuestas el dolor por la pérdida de más de 300 mil venezolanos caídos por hechos violentos? ¿Y la paz? ¿Y el amor por el país? ¿Y el lema “eficiencia o nada”?

El régimen se convirtió en un mentiroso patológico. Y en un mitómano. Dice muchas cosas, promete incesantemente, pero no hace. Es como el fatal adicto incapaz de regenerarse, y que cae una y otra vez en el vicio que hace solo un rato prometió dejar. Mentira, mitomanía e inconstancia son parte de un síndrome fatal que se llama “socialismo del siglo XXI”. Pero ojalá el diagnóstico fuera suficiente. No es así. El régimen se consiguió con dos herramientas tenebrosas que no ha dejado de usar con obsesión extrema. La represión de la disidencia, sin escrúpulos ni peso de conciencia. Todo vale a la hora de silenciar a todo aquel que sea capaz de develar la farsa. La segunda es el gasto público irresponsable, “inorgánico”, fantasioso, y por supuesto, fraudulento. Decidió escindir la renta petrolera del ingreso de los venezolanos. Ellos se quedaron con los dólares hasta dejarnos sin reservas, y para el resto dispusieron de una moneda que ni es canjeable, ni tiene capacidad adquisitiva alguna. En otras palabras, a la represión se le sumó la condena a una feroz pobreza. Acabadas las reservas, destrozada la industria petrolera, se enfocaron en saltear el oro y otras riquezas minerales, aprovechando también para cometer el crimen ecológico más doloroso en nuestra Amazonía, y de paso conceder indebidamente la soberanía territorial al consorcio de los peores, que ahora asesinan y asedian a los que allá viven. Si se hacen mal las cosas, no hay magia posible, los resultados siempre van a ser funestos.

¿Qué efectos puede tener una dictadura económica? Me refiero a las secuelas de decretar la viabilidad de una tenaz contradicción. Amentar más que desproporcionadamente el salario mínimo, pero controlando costos y precios, aumentando los impuestos y para colmo, exigiendo su entrega diaria. ¿A quién se le puede ocurrir que un incremento en los factores de producción pueda dejar indemne el precio de los productos?  Solamente a los comunistas, que se solazan en sus utopías alucinógenas, y que terminan convencidos que la realidad nace de los fusiles. Ellos pretenden hacer una realidad a tiros. Con la misma aprehensión quieren convencernos de que el Petro existe (o crees o mueres) y que su “anclaje” a reservas petroleras tiene algún sentido. Todo el mundo recuerda la fábula de Esopo que habla del tesoro escondido. La moraleja es precisa: No hay tesoro sin esfuerzo y sin trabajo. Así que querer explotar ese imaginario colectivo cuyo origen es la afanosa búsqueda de El Dorado, tratar de invalidarnos por nuestra raigambre de minero y las quimeras rentistas que hemos ideado en el último siglo, tal vez resultaran vanas, porque nadie va a creer que el valor del trabajo “fluctuará” entre las aguas de dos entelequias. La realidad apunta en otro sentido: el valor del trabajo es su productividad. De todos los artilugios presentados el viernes, este es el más burdo, el que tiene menos sentido.

Las leyes que rigen la realidad plantean relaciones más simples y tajantes: mas intervención en el sistema de mercado provocan menos empresarialidad. Y sin empresas no hay empleos, y obviamente, sin empleos no tiene sentido el hablar de aumentos de salarios. La devastación continuará su curso. Hasta ahora han desaparecido más de tres cuartos de la empresa nacional. Y millones de empleos se han evaporado. Porque no es casual que los venezolanos todos los días consigan razones para irse del país, y tampoco es un espejismo el notar que las zonas comerciales son ahora menos abundantes, que las zonas industriales luzcan desoladas, y que la gente tenga que comer basura para alejar el hambre y pedirle un breve plazo a la muerte. Si ha habido alguna magia ella debe haber sido negra, asociada al mal, invocada para la destrucción, entreverada de oscuridad y malos presagios.

Porque Venezuela es un sistema en crisis terminal. El régimen luce incapaz de mantener el sistema eléctrico interconectado nacional. Incapaz de buscar honestamente soluciones a esa crisis. Incapaz de suministrar agua potable. Incapaz de garantizar el abastecimiento alimentario. Incapaz de reactivar la industria nacional. Incapaz de poner orden en sus empresas públicas. Incapaz de reducir el tamaño del gasto público. Incapaz de practicar la fatal arrogancia socialista. Incapaz de resolver la hiperinflación. Incapaz de abatir su corrupción. Incapaz de no hacer trampa. Incapaz de parar la represión. Incapaz de no pervertir la justicia. Incapaz de mostrar compasión. Y muy incapaz de volver al decoro constitucional.

Entonces ¿Tiene sentido enfocarnos en las medidas? ¡No! Porque lo importante es no perder de vista quienes las parieron. El problema sigue siendo el régimen, su comunismo intemperante, su fatal totalitarismo, su trágica jactancia, y la imposibilidad de resolver sin costos un hecho de fuerza que se nos impone como desafío histórico.

¿Queda alguien que pueda siquiera darle el beneficio de la duda a este falso alquimista?

@vjmc

 

Con furia al pasado, pero recordando, por Armando Martini Pietri

 

Enfrentamos una tiranía inútil e incompetente, vacía por dentro, en abandono, anticuada y rancia; que ha llevado a Venezuela hacia una situación desastrosa nunca experimentada en nuestra historia. Tienen razón los antagonistas en oponerse al estilo y acciones de Maduro, con la obediencia dócil y complicidad fiel de funcionarios militares y civiles que llevan la ejecución de un programa que, aunque con nefastos resultados para la ciudadanía, no es improvisación.

Para entender un poco observemos con atención lo sucedido en los últimos años, porque estamos chapoteando en lodos de arenas movedizas que empezaron a sumarse desde entonces, e incluso antes.

Error garrafal es pensar que el fallecido Hugo Chávez, y el heredero, son simples golpistas con suerte. Aquél estilo dicharachero del difunto que poco a poco fue recuperando su vestimenta militar, caudillo impulsivo, original, y los aparentes alardes, de quien ahora manda porque lo nombró sucesor, no son casualidades. Formas de expresarse sí, albures nunca. Es una tontería creer que Chávez se hizo fidelista y por consecuencia comunista, aquél fatídico día cuando todavía sin mando, fue recibido con honores por Fidel y luego conducido a una estruendosa aclamación en la Universidad de La Habana. Estaba calculado y premeditado.

No existen dudas sobre la veneración del comandante venezolano hacia el dictador cubano, pero tuvo iniciativas propias le gustasen o no a Castro. El revolucionario isleño no inventó al insurrecto, entendió cuando tuvo que hacerlo, era la oportunidad en su aspiración a las riquezas venezolanas. Pensar en la formación de la amplia conspiración y en un programa a desarrollar, para asegurarse el petróleo y en lo político la llamada “patria grande”, transformación de Latinoamérica en un comunismo con Fidel a la cabeza, aunque sus pupilos se sentían, cada uno en lo suyo, regentes.

En Venezuela Chávez, Argentina los Kirchner, Brasil “Lula” Da Silva, Bolivia Evo Morales, Uruguay José “Pepe” Mujica, Chile Michelle Bachelet, Ecuador Rafael Correa, y muchos otros, con formas diferentes de pensar y actuar, pero fidelistas de corazón, admiración y pensamiento. Entendían cercano el sueño la patria grande, estaban claros en el peso específico de sus naciones.

Chávez dejó con audacia y picardía que trasnochados pro-castristas endógenos y La Habana lo entendieran como uno de ellos, pero siempre actuó para ser él. Se convenció que mejor era el poder a través de elecciones democráticas y no mediante la subversión. Esa fue su carrera, trayectoria y logro. La corrupción y sus dificultades vinieron después. Fue instruido en los principios comunistas, desde tiempos barinenses, cultivó con entusiasmo la poesía emocional y los cantares llaneros, se apasionó con aquella “Venezuela Heroica”, obra del escritor venezolano Eduardo Blanco, que narra en forma romántica las batallas más importantes de la Independencia de Venezuela. Aspiró y se propuso conquistar el poder, pero sobre una base primordialmente militar: golpe, nuevo Gobierno integrado por una Junta cívico-militar y el absoluto control de una fuerza armada filtrada. Después vendría la anulación de los poderes públicos, Asamblea Constituyente todopoderosa, elecciones y, con ayuda de especialistas electorales sumisos y comprometidos, resultar cómoda y constitucionalmente electo.

Reforma de la Constitución, reelección indefinida, en lo económico programación social creada y ejecutada por el Estado. Todo eso y más se hizo, la situación de protestas, el vacío de poder para algunos, golpe de estado para otros en 2002; huelga petrolera de técnicos y profesionales en 2003, fueron sólo accidentes en el camino.

Lo astuto y malicioso de Chávez, infiltrado como otros jóvenes marxistas en el sector militar, fue seguir las instrucciones de acallar su orientación comunista, incluso negarla y sumar voluntades sembrando la idea de tomar el poder para frenar la corrupción y desigualdad, promover la inclusión y otorgar los beneficios del petróleo al pueblo, según un tergiversado pensamiento bolivariano, adueñándose de la frase inventada por Heinz Dieterich “socialismo del siglo XXI”, término que adquirió difusión mundial cuando fue mencionado en un discurso del presidente Chávez, en el Foro Social Mundial -2005- y que sirvió para cubrir cualquier sospecha extremista.

Adolescentes liceístas adoctrinados que a posterior serian chavistas, fueron conducidos a la Academia Militar. Ya dentro y de forma clandestina, prosiguió el adoctrinamiento. Sus mentores civiles, comunistas y exguerrilleros fidelistas, fueron escuchados, pero mantenidos a distancia, sin que sospecharan que no eran controladores de los moceríos castrenses.

Maduro fue ubicado al lado de Chávez, ficha castrista poco original, pero adoctrinado. No llegó al sindicato del Metro porque estuviera buscando trabajo, fue puesto ahí, para desarrollar labores políticas. No fue obra de la casualidad sino el desarrollo de un plan para infiltrar el entorno social elaborado por comunistas.

Chávez no fue el típico político. Practicaba béisbol, entonaba y canturreaba temas llaneros, recitaba, habilidad natural que, sumada a la oratoria y su capacidad de expositor y animador, lo hicieron protagonista desde sus tiempos en la Escuela Militar. Además, ayudaron contradicciones y errores entre el Presidente Pérez y sus altos jefes militares, el fracasado golpe del 4F y su “por ahora”, lo proyectó como nuevo caudillo, adicional al creciente y evidente desprestigio de los partidos políticos. Su candidatura electoral fue una clara victoria.

Lo que no pudieron pronosticar Fidel ni otros gestores del chavismo, fue la muerte prematura con el planteamiento socialista iniciado, pero no profundizado. Maduro un emergente propuesto por los Castro, siempre fue su ficha, limitado y gris, pero fiel y obediente.

El gran error de Chávez, que insiste porfiado Maduro en cometer, fue seleccionar sus funcionarios sólo por subordinación y observancia absoluta sin considerar el conocimiento. Hoy ese socialismo del siglo XXI está roído por la incompetencia y corrupción.

El régimen se sostiene sobre fuerza y represión, ha cumplido con la sed insaciable de petróleo y recursos para Cuba, pero han sido tan poco eficientes que lograron un milagro: desvalijaron y arruinaron una de las más importantes industrias petroleras del mundo y saquearon un país rico.

Continúan los programas -migajas y dadivas- sociales, pero faltan recursos. Han caído en la peor trampa de la economía, la hiperinflación. Y claramente no saben qué hacer. Aquellas arenas de engaño e hipocresía y comunismo disimulado se les ha convertido en fango pestilente en el cual se hunden sin posibilidad ni remedio.

@ArmandoMartini

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¿Quieres vivir en un país donde un grupito de personas decide cómo, cuándo y dónde vas a ser y hacer? ¿En un país donde disentir sea razón para que te persigan, criticar sea un crimen y militar en un partido político distinto al del status quo una traición a la patria?

¿Quieres vivir en un país donde sea una hazaña conseguir alimentos que aún en los países más pobres es algo normal? ¿Quieres vivir dejando tu sueldo de miseria en manos de bachaqueros y funcionarios corruptos o dependiendo de los CLAPS? ¿Quieres vivir en un país como la extinta Unión Soviética, donde te decían que las papas costaban sólo un rublo, pero el problema era que no había papas? ¿Quieres vivir en un país donde cada día hay más personas hurgando los basureros para comer las sobras de otros?

¿Quieres vivir en un país donde en los hospitales no hay ni alcohol, donde en las farmacias no hay remedios y donde enfermarse es una vía segura a una gravedad o la muerte? ¿En un país donde el régimen no ha querido declarar la emergencia humanitaria, a pesar de los miles de muertos que ha habido? ¿Quieres vivir en un país donde los médicos que atienden a los más pobres estudiaron tres años en vez de nueve, como deben estudiar todos los médicos?

¿Quieres vivir en un país donde la educación cada día es peor porque nadie quiere ser maestro, porque ser maestro es un pasaporte a la ruina? ¿Donde los muchachos que se gradúan de bachilleres lo hacen sin haber cursado las materias científicas porque no hay profesores? ¿Donde unos programas llamados misiones te preparan para ser burócrata, pero no profesional? ¿Quieres vivir en un país donde quienes te obligan a creer en ellos tienen a sus hijos viviendo en países capitalistas del primer mundo, estudiando en los mejores colegios y universidades y gastando a manos llenas el dinero que sus padres le robaron al país?

¿Quieres vivir en un país donde la posibilidad de que te maten es una probabilidad cierta? ¿Quieres vivir en un país donde todos tenemos muy cerca alguien que ha sido asesinado y el gobierno no ha hecho nada por remediarlo? ¿En un país donde hay fuerzas paramilitares que hacen lo que les da la gana bajo la mirada complaciente y cómplice de las autoridades que deberían arrestarlos? ¿En un país donde los presos salen de vacaciones y la gente honesta vive encerrada?

¿Quieres vivir en un país cuyo gobierno es cómplice de la escoria del mundo, donde se exalta a los asesinos y a los déspotas y se denigra de los demócratas? ¿Quieres vivir en un país donde el mismísimo poder electoral es el que te roba las elecciones, pero que está presto y diligente para montar elecciones que no existen en la Constitución?

¿Quieres vivir en un país donde esas fuerzas de seguridad te atacan con armas mortales sólo por protestar, no importa si vas desarmado? ¿En un país donde los jóvenes se quieren ir porque no ven futuro porque no hay trabajo, ni retos, ni oportunidades?…

¿Quieres vivir en un país donde los gobernantes se burlan a diario de sus habitantes, donde los ciudadanos son vistos como instrumentos para lograr sus fines?

Ese país lo conoces, se llama Venezuela. Y cuando Venezuela se convierta en la U.R.C.S.B., la Unión Revolucionaria de Comunas Socialistas Bolivarianas esto se va a poner peor, mucho peor… ¿Te imaginas la monstruosidad? ¿Es que crees que no mereces algo distinto? ¡Por ese país que podemos llegar a ser es que estamos en la calle! Por ti, por mí, por todos. Por los que vendrán. Por los que se han ido. Actívate antes de que sea demasiado tarde.

@cjaimesb

De los bolcheviques a los bolichicos: 100 años de la Revolución Rusa
El Gobierno dio inicio formal a la celebración del centenario de la Revolución de Octubre de 1917. Según los organizadores, la línea que marcará el curso del año de jubileo socialista será: De Lenin a Chávez, de la Revolución Bolchevique a la Revolución Bolivariana. Sin embargo, desde el Partido Comunista de Venezuela afirman que tras 18 años de brega, la revolución socialista en Venezuela sigue siendo un tema pendiente. Siendo así, ¿qué legado reivindica entonces el Gobierno?

 

@GitiW

HABÍA UNAS 100 PERSONAS CONGREGADAS en el sala de lectura del Archivo General de la Nación, ubicado en el Ministerio de Cultura, el jueves 23 de marzo a eso de las 10:30 a.m. Estaban allí para dar inicio a los eventos que durante todo el año, marcarán las conmemoraciones organizadas por la Comisión Presidencial para la Conmemoración del Centenario de la Revolución Rusa, creada por el presidente Nicolás Maduro en noviembre de 2016.

Comisión centenario revolución rusa

Los asistentes se dispusieron a abrir el acto en el que celebraban la vida y obra de Gustavo Machado, símbolo del comunismo venezolano del siglo XX, entonando el himno de la Internacional Socialista. “No tenemos el audio, ¿cantamos a capela?”, dijo Pedro Calzadilla, presidente del Centro Nacional de la Historia y secretario de la Comisión. Hubo risas, mas nadie cantó.

 

Homenaje a Gustavo Machado AGN

 

Calzadilla aprovechó entonces para informar que la Comisión fue creada para “impulsar las acciones del gobierno bolivariano durante 2017 para conmemorar tan importante evento, uno que significó la ruptura del siglo XX en dos y marcó la entrada a una nueva etapa. La línea de esta conmemoración es De Lenin a Chávez, de la Revolución Bolchevique a la Revolución Bolivariana”. Explicó, además, que los festejos incluyen la realización mensual de eventos culturales, científicos y políticos para exaltar a las figuras clave del comunismo venezolano. Los actos concluirán en noviembre con un “gran encuentro internacional”.

La socióloga María Elena Lovera Machado, nieta del homenajeado, fue la oradora de orden y en una disquisición que la llevó a repasar durante más de una hora los 100 años que separan la revolución rusa de su par venezolana, soltó una frase que llevó a los presentes a asentir en unanimidad: “Nos estamos quedando solos”. Luego argumentó que debían asumir la responsabilidad de formar a la generación de relevo, a los camaradas del futuro.

 

Archivo General de la Nación 2

De izquierda a derecha: El director del diario Últimas Noticias, Eleazar Díaz Rangel, el expresidente de la Asamblea Nacional, Fernando Soto Rojas, la socióloga María Elena Lovera Machado, la exdiputada María León y el presidente del Archivo General de la Nación, Pedro Calzadilla | Foto cortesía de la página del Archivo General de la Nación

 

Tras 18 años de prédica socialista, cabe preguntarse cuál es el legado de la primera revolución proletaria del mundo y qué reivindicaciones puede acreditarse la versión bolivariana. Runrunes entrevistó a tres dirigentes políticos afines a partidos de izquierda, a saber, Carlos Aquino, Américo Martín y Pompeyo Márquez, para dar respuesta a las interrogantes. A continuación, presentamos sus reflexiones.   

Carlos Aquino: “En Venezuela no se ha producido ninguna revolución socialista”

El miembro del buró político del Partido Comunista de Venezuela sostiene que hay muchísimo que reivindicar de aquella Revolución de Octubre de 1917. “Todas las fuerzas revolucionarias del mundo conmemoramos este centenario. En primer lugar, hay que recordar que se trata de la primera revolución de carácter socialista en el mundo, eso ya justifica la celebración. Marcó una nueva era histórica de la humanidad, el tránsito del capitalismo al socialismo. Además, la experiencia de esos 70 años de revolución socialista deja mucho que reivindicar, por ejemplo, en cuanto al derecho de las mujeres y de los trabajadores. Consideramos que el gobierno, que levanta aunque sea discursivamente banderas de solidaridad y vocación social, tiene que sentirse reflejado en los principios de la revolución rusa”.

—¿A qué se refiere con “solo discursivamente”?

—Porque no siempre el discurso que ha habido durante estos 18 años se ha correspondido con la práctica concreta y real del comunismo. Muchas veces se ha expresado que este es un gobierno obrerista pero en la práctica ha habido muchas acciones que han afectado directamente a los trabajadores y no se les ha respaldado es aspectos que aunque estén en la ley, no se cumplen en la práctica. Por ejemplo, desde instancias como el Ministerio del Trabajo. La revolución socialista de octubre de 1917 fue una revolución genuina que derrocó el régimen por la fuerza y la insurrección del pueblo. Eso no es lo que ha ocurrido en Venezuela, por eso nosotros no empleamos la denominación de “revolución” para lo que ha ocurrido aquí.

—¿Y qué es lo que ha ocurrido aquí?

 Se clarifica por algunos aspectos, en primer lugar, el problema del poder, que para los comunistas en un tema fundamental, no ha sido resuelto en Venezuela. Lo que ocurrió en 1999 es que llegó un hombre progresista, demócrata, de avanzada, a la presidencia, se llegó al gobierno, pero no se conquistó el poder porque se llegó dentro de todas las estructuras del estado burgués, es decir, no hubo una ruptura revolucionaria. ¿Ha habido cambios y avances políticos? Sí, pero dentro de los límites que permite el estado burgués capitalista. Lo que se precisa para seguir avanzando es una ruptura con ese sistema. Hoy en Venezuela, con la crisis del sistema dependiente de la renta petrolera, se pone en evidencia que no se ha roto con el sistema capitalista y por ende tenemos esta crisis. Reconocemos que a partir de 1999 ha habido importantes avances, pero el problema central de fondo persiste. La revolución socialista en Venezuela sigue siendo un tema pendiente.

—¿Por qué tras 18 años no se ha avanzado?

—Ha tenido que ver con dos aspectos, el primero, que el máximo liderazgo del proceso bolivariano no ha tenido claridad conceptual ideológica de hacia dónde y cómo debía avanzar. Tenían la concepción de ir avanzando paulatinamente con reformas sociales que llevarían eventualmente al socialismo. El segundo aspecto tiene que ver con la debilidad desde los sectores revolucionarios, con su falta de organización y unidad con la clase obrera. Los trabajadores no han logrado estar a la vanguardia del proceso. Nosotros, como fuerza revolucionaria, no hemos podido dar ese salto.

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—¿Será que el interés no era hacer la revolución sino enriquecerse?

— Justamente, como el proceso ha estado a cargo de sectores medios que no son verdaderamente revolucionarios, al manejarse dentro de las estructuras corruptas y corruptoras del sistema capitalista, muchos han sucumbido a las mieles del sistema y del poder. Así, han ido divorciándose de la vida que tenían y del común, les fue gustando esa vida y se fue constituyendo un nuevo estamento de la burguesía (Aquino prefiere no llamarla boliburguesía), la cual pasó a competir con las viejas clases. ¿Eso quiere decir que todos los que participaron en ese proceso entraron en esa tónica? Pensamos que no, nosotros no concebimos que la idea de Chávez era llegar al gobierno para enriquecerse, pero había un conjunto de sectores en torno a él que tenían indudablemente otra concepción.

Américo Martín: “Es muy típico del Gobierno celebrar fracasos”

Quien fuera expulsado de las filas de Acción Democrática por su postura radical, situación que lo llevó a fundar el Movimiento de Izquierda Revolucionaria, dice de entrada que “es muy típico del Gobierno celebrar fracasos”, de allí que no le sorprenda que se haya creado una comisión presidencial para organizar el año del jubileo socialista. El abogado y coautor del libro Socialismo del Siglo XXI ¿Huída en el laberinto? argumenta que sí hay paralelismos entre ambas revoluciones, pero no precisamente en cuanto a reivindicaciones a la clase trabajadora, sino en la noción de sacrificio del pueblo para sostener las banderas de la revolución.

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—¿Qué significó la Revolución Rusa?

— Si algo puede decirse de la Revolución Rusa de 1917 es que terminó siendo un fracaso monumental desde el punto de vista económico, social y político, amén de un retroceso en el orden de la creatividad democrática. Casi todos los líderes europeos han declarado, luego de la caída del Muro de Berlín, que aquello nunca tuvo ningún sentido. El triunfo de la Revolución Rusa se debió a condiciones especialísimas, una de ellas, el resultado de la Primera Guerra Mundial, tras lo cual el pueblo ruso clamaba por regresar a la paz y poner fin a las privaciones propias de la guerra.

En Rusia, en condiciones más o menos normales, nunca hubiesen podido cuajar los postulados de Lenin, quien en efecto era un gran líder, pero también era un hombre dramáticamente equivocado. Él asumió el marxismo con un dogmatismo que ningún ser racional lo hubiera hecho, y al hacer eso se enfrentó a los marxistas más inteligentes de su época. Él rompió con la socialdemocracia y a punta de medidas de fuego se eternizó el comunismo en el poder durante 70 años. Al final el modelo reveló su debilidad: la URSS cayó sin disparos, sin misiles y a manos de sus propios líderes.

—¿Qué paralelismos, si alguno, pueden verse entre la revolución bolchevique y la bolivariana?

— Desde el punto teórico el chavismo no es nada, es un errar constante, pero Chávez se dio el lujo de contar con ingentes recursos económicos que le permitieron hacer ensayos. Aquí no ha habido comunismo, políticamente esto es una dictadura con un partido único, económicamente es un sistema estatista de controles donde el Estado predomina sobre el mercado. ¿Qué tienen en común? El fracaso que recayó sobre la gente.

La lista de fracasos se pierde de vista. La idea de las cooperativas para reemplazar la producción capitalista fracasó; la idea de las comunas para reemplazar el ordenamiento geográfico territorial también fracasó; las expropiaciones fracasaron; las empresas de producción social fracasaron porque en el fondo no partían de un modelo socialista sino de un modelo estatista de controles. Tanto allá como acá, el gobierno trabajaba en función del muy corto plazo y por eso acabaron con todo. Los huevos, el pan, la gasolina…

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Paralelismos hay muchos, entre ellos, la necesidad de ambos por exportar la revolución más allá de sus fronteras. Los comunistas parten de la premisa de que la revolución no puede hacerse en un solo país. El desarrollo de la industria pesada sacrificando los bienes de consumo, es decir, tener cañones en lugar de mantequilla, es otro punto en común. El comunismo se apoya en el sacrificio del pueblo. También están las paranoias. Stalin vivía con el terror de que lo iban a matar y eso lo llevó a desterrar y matar disidentes. El fortalecimiento del estado vigilante es otra coincidencia. Stalin acabó con la crítica por la vía de la censura y la amenaza, procuró lavarle el cerebro a la gente y aquí también buscan controlar lo que los venezolanos piensan y dicen de Chávez.

Otro punto importante es la pérdida de alianzas externas. En la URSS se produjeron rebeliones como la de Los Tulipanes y la de Terciopelo, y en el caso venezolano, el predominio de los derechos humanos ha cohesionado a la comunidad internacional a favor del retorno a la democracia.

—¿Qué legado celebran entonces?

— Dos cosas: el fracaso de aquel modelo, que no quieren admitir, y el monumental fracaso del chavismo. Claro, está la tesis de que el modelo no fracasó porque esto no ha sido realmente comunismo. Naturalmente que ese argumento nunca podrá rebatirse del todo, pero el socialismo, que en términos prácticos se aplicó desde 1917 y lleva más de 100 años aplicándose con cientos de variantes en muchos países, ha sido un fracaso en todas las versiones. En ninguna parte del mundo ha funcionado en más de 100 años.

Pompeyo Márquez: “Se ha intentado convertir un vulgar capitalismo de Estado en una revolución socialista”

De los 100 años que separan la revolución Bolchevique de la Bolivariana, Pompeyo Márquez ha vivido 95. Político, militante comunista durante buena parte de su vida, defendió los ideales del marxismo desde diversas instancias, entre ellas, el Congreso de la República. Fundó el partido Movimiento al Socialismo y ejerció funciones diplomáticas. Su oposición al gobierno de Chávez y ahora al del Maduro la hace manifiesta a través de la columna que mantiene en el diario Tal Cual.

—¿Le parece pertinente realizar esta conmemoración, dado el contexto económico que vive el país?

— Desde el punto de vista histórico es pertinente hacer el balance de lo que se consideró la primera revolución proletaria del mundo en octubre de 1917. Lo que no sería pertinente es invertir los menguados recursos del Estado, azotados por el despilfarro, la ineficiencia y la corrupción por parte de esta cúpula militar, que intenta aplicar un modelo fracasado.

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Esa revolución trataba de derrocar una dictadura sangrienta y un imperio como el zarista. Ese movimiento había tenido un antecedente en el intento fallido de revolución el año 1905. Sin embargo, a quien se le consideró como uno de los genios del siglo XX, Vladimir Ulianov Lenin, después de la derrota escribió su obra “¿Qué hacer?” y se planteó crear una maquinaria revolucionaria, el partido bolchevique que luego tomaría el poder.

Sin lugar a dudas, como escribió el periodista norteamericano John Reed (1887-1920) en su obra Diez días que estremecieron al mundo, esa revolución dividió radicalmente al mundo de entonces entre las revoluciones llamadas proletarias y el tipo de revolución con inspiración norteamericana. La trascendencia de aquel movimiento, que no tenía precedente en la historia, radica en que tenía una característica muy especial: se trataba de un movimiento que por vez primera se planteaba en los términos clasistas, la revolución proletaria, a diferencia de las revoluciones que se hacían en aquel mundo naciente y ya en desarrollo como era el capitalismo.

—¿Cuál es el legado y reivindicaciones de la Revolución Rusa que valdría la pena celebrar en Venezuela?

— Cien años después lo que tenemos que balancear son los efectos de ese tipo de revoluciones que ya se dieron en otras partes del mundo, por ejemplo en China y en Cuba, las cuales vinieron a completar el llamado “mundo comunista” enfrentado al “mundo capitalista”.

Cito el libro del profesor estadounidense Grover Furr, titulado Kruschev mintió, referido a las denuncias del líder del Partido Comunista de la Unión Soviética durante el XX Congreso de esa organización, realizado en febrero del 1956, y que versó sobre los llamados “crímenes de Stalin”.

Salí clandestino del país en enero de ese año para asistir a ese evento en representación del PCV y allá me encontré con el camarada Luis Emiro Arrieta, quien estaba en el exilio. Una de las mayores conmociones en mí, después del informe de Kruschev, fue conocer las Memorias de Gorbachov donde reivindica a Kruschev. En ellas estampa una frase, que para una persona como yo que comenzó a leer marxismo a los 16 años, fue devastadora: “En la Unión Soviética nunca hubo socialismo”.

Esa conclusión del propio Gorbachov con respecto a la Unión Soviética podríamos extrapolarla a estos casi 18 años de “socialismo del siglo XXI” en Venezuela donde tampoco ha habido ni el asomo de socialismo. Aquí se ha intentado convertir un vulgar capitalismo de Estado en una “revolución socialista”  donde unas “misiones” y una “nueva institucionalidad” desbaratan la institucionalidad “capitalista” reduciendo todos los poderes al Ejecutivo. En definitiva estamos en una reproducción del viejo caudillismo del siglo XIX con otro ropaje.

—Historiadores, entre ellos Courtois y Werth, en El libro negro del comunismo, hablan de que el comunismo dejó más de 20 millones de muertes en la Unión Soviética, además dan cuenta de la destrucción económica que dejó ese modelo. ¿Hay algo que podamos aprender de ese legado?

— No se trata de hacer una comparación meramente aritmética entre ambos fenómenos sociales. A fin de cuentas, tras el derrumbe del muro de Berlín en 1989, el desplome de la Unión Soviética y el fracaso del modelo cubano en la isla y en Venezuela, quedó evidenciado que el sistema democrático es la vía para alcanzar el progreso de la humanidad. En el caso venezolano, con todas sus imperfecciones, ese sistema democrático permitió durante 40 años los avances de nuestra Patria, hoy sumida en la mayor de las crisis por una cúpula militar con un ropaje civil que ha cometido toda clase de tropelías contra el pueblo y sus derechos civiles, políticos, sociales y económicos.

libro negro del comunismo1997 giti-01-01

INFOGRAFÍA | Cleptocracia: de la utopía revolucionaria a la miseria del Socialismo del Siglo XXI
Cuando se cumplen cuatro años de la muerte del presidente Hugo Chávez, creador del Socialismo del Siglo XXI, es evidente que pese a la promesa de que la riqueza petrolera pasaría a manos “de todos los venezolanos”, el diseño de dicho modelo no estuvo pensado para tal fin. Expertos argumentan que la versión chavista del socialismo, plena de controles económicos e incentivos a la corrupción, se asemeja más a una cleptocracia, es decir, a un sistema de gobierno en el que prima el interés por el enriquecimiento propio a costa de los bienes públicos. Advierten, además, que los últimos eslabones de la tragedia socialista son la hambruna y el control de los partidos políticos por parte del Gobierno

 

@GitiW

“EL SOCIALISMO SALVARÁ A LOS PUEBLOS del mundo de la miseria, de la pobreza, del hambre y de la desigualdad”, expresó Chávez en 2011. El caso venezolano demuestra que tal afirmación no solo fue utópica, sino diametralmente opuesta a la realidad. Y no fue por falta de recursos pues entre 1999 y 2015 el Estado recibió poco más de 2 billones de dólares por cuatro vías: exportaciones petroleras; tributos directos e indirectos, dividendos de Pdvsa y utilidades del BCV; emisiones de bonos y créditos diversos al Estado y sus entes, así como la emisión inorgánica de dinero del BCV.

“Nunca hubo tanta abundancia y tanto deterioro social. No hay manera de explicar en qué se tradujo el ingreso de casi un billón de dólares nada más por concepto de la renta petrolera y los fondos parafiscales”, apunta Fernando Fernández, abogado consultor en Derecho Penal Económico.

Quizás sí hay una manera de explicar cómo pasamos de recibir tal abundancia de recursos al actual estado de indigencia que se ve en las calles venezolanas. Fernández, quien preside la Asociación Venezolana de Derecho Penal Económico, argumenta que desde el principio, el socialismo del siglo XXI fomentó la construcción de un “estado dual” caracterizado por la llegada al poder de “personas leales, complacientes y obedientes al gobierno (…) con el deseo tácito o expreso de enriquecerse o de tener poder”, en otras palabras, creó las bases de una cleptocracia.

Esa construcción dio pie al “estado criminógeno”, en el cual todas las condiciones estimulan la corrupción incluso entre quienes no tenían la intención de hacerlo. “Se puede afirmar que se trata de la ejecución de un plan preconcebido. La corrupción se contagia pues en una madeja corrupta todos quieren su tajada. Este nivel de corrupción necesita de una estructura que lleva a todos los ciudadanos a formar parte de la cleptocracia de una forma u otra”, explica Fernández.

El Índice de Percepción de Corrupción 2016 ubicó a Venezuela como el último país del continente en transparencia gubernamental. Ese factor es justamente el que favorece la cleptocracia, pues su existencia requiere de una estructura amparada en la más completa opacidad.

 

Índice de Corrupción 2016

 

El director de la ONG Paz Activa, Luis Cedeño, enumera cuáles son los indicadores que demuestran la presencia de la cleptocracia en Venezuela:

1.- Maximización el endeudamiento del país

2.- Monopolio los actos de corrupción de gran volumen. Ej. Nepotismo

3.- Uso de fondos del Estado para pagar coimas a cambio de apoyos de políticos, diputados, medios y jueces

4.- Capitalismo de Estado e ideología totalitaria.

5.- Cooptación de Poderes

6.- Reducción de los servicios públicos

7.- Control de todos los partidos

 

El experto en Derecho Penal Económico alerta que aunque la cara más trágica de la debacle es la búsqueda de comida en los basureros públicos, situación que él estima evolucionará hacia un fenómeno de hambruna, el socialismo del siglo XXI buscará a continuación socavar completamente las bases de la democracia a través del control de los partidos políticos.

 

VENEZUELA-CRISIS

Venezolanos buscando comida en la basura | Foto: AP

¿Cómo se acaba con las cleptocracias? “Nadie lo sabe con certeza”, apuntó Fernández.  “El mejor escenario es que se disuelvan al estilo de Rusia, tras lo cual hay que hacer una cantidad de reformas legales y estructurales para sanear el Estado. Para que eso ocurra es indispensable un pacto entre todos los factores: económicos, políticos, sociales, militares y religiosos para refundar el país. Luego hay que recuperar los activos perdidos, tal y como lo hizo Brasil y Perú”. ¿Cuál sería el peor escenario? “Un cambio abrupto cuyo destino no se conoce”, agregó.

La siguiente infografía, basada en una investigación de Fernández, permite conocer cómo evolucionó la cleptocracia en Venezuela, desde su inicio como un sueño de igualdad social, al actual panorama de menesterosidad.

 

 

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