monopolio archivos - Runrun

monopolio

¿Una nueva Guipuzcoana?, por Alejandro Armas

 

Siempre me ha resultado chocante el nacionalismo exagerado de algunos venezolanos que buscan argumentos absurdos para pontificar que este es “el mejor país del mundo”. Un lugar común para alimentar tal pedantería es aquel ligado a las ventajas naturales. Sobre todo, la belleza paisajística y la riqueza agrícola y mineral. En todo caso, ya que estos dotes no se deben a actividades humanas, deberían ser más motivo de agradecimiento que de orgullo. Dios, la suerte o como lo quieran llamar nos bendijo con una extensión de tierra llena de diversos minerales y apta para el cultivo de una muy amplia variedad de productos campestres. Desde la colonia los bienes primarios han sido el principal motor de nuestra economía, comenzando por el cacao. La fuente del chocolate fue nuestro principal producto de exportación hasta el siglo XIX, cuando lo desplazó el café (a su vez sustituido por el petróleo). Hoy Venezuela no figura entre los principales productores de cacao, pero sí destaca en cuanto a calidad. El grano criollo es empleado para elaborar algunos de los chocolates más valorados del orbe. Si la cantidad igualmente se elevara hacia cumbres internacionales, habría entonces una oportunidad de desarrollo de la que sí podríamos enorgullecernos, así como una fuente de prosperidad para regiones empobrecidas como Barlovento y la Península de Paria.

Resulta por lo tanto para nada alentador enterarse, gracias a una investigación del portal periodístico Armando Info firmado por Isabel Guerrero, que en el estado Miranda las nuevas autoridades regionales han tramado un tal “Plan Cacao” que básicamente consiste en monopolizar la distribución dentro y fuera del país. Aunque no se trate de una estatización total y declarada, se está limitando enormemente la libertad de los productores para disponer de sus frutos como deseen. Ellos son obligados a venderle a la gobernación por precios irrisorios: Bs 500.000 por kilo en el caso del cacao de más alta calidad, según el reportaje. Sin embargo, los agricultores deben pagar 20% a las autoridades intermediarias y un 15% adicional a las alcaldías de los municipios donde trabajan (todas en manos del oficialismo), de manera que al final solo reciben Bs 325.000 por kilo.

A manera de compensación, la gobernación y las alcaldías se comprometen a brindar “asistencia y acompañamiento” a los productores. Es decir, a brindarles todo lo que necesiten para optimizar la producción. La realidad es otra, pues los servicios públicos son deficientes, muchas arterias viales están en mal estado y, lo peor, la delincuencia hace de las suyas con impunidad. Barlovento es la región con más homicidios en todo Miranda. Bandas hamponiles se dedican, entre otras cosas, a extorsionar a los productores de cacao, quienes de paso, según ellos mismos denuncian, deben lidiar con la “vacunas” que les cobran los organismos de seguridad para permitirles circular con la mercancía.

Mientras tanto, el cacao obtenido a precio de gallina flaca por la gobernación es vendido en divisas con precios internacionales. Para ello, el ejecutivo regional ha negociado acuerdos con los amigos extranjeros del chavismo en Rusia, China, Irán y Turquía. La cotización internacional del cacao en promedio es de aproximadamente 2,5 dólares por kilo. Este gobierno podría considerar un delito que se exprese aquella cantidad de moneda extranjera en bolívares a la única tasa a la que casi todos los venezolanos tienen acceso. No importa. Cualquiera puede notar la diferencia con respecto a lo que se impone al productor.

Los monopolios, públicos o privados, no suelen ser señal de una economía sana. La falta de competencia fácilmente desalienta la innovación. Son esquemas comerciales que cada vez tienen menos que ver con un mundo dinámico, heterogéneo y globalizado. Al contrario, evocan experiencias históricas que ya se ven muy distantes en el retrovisor.  Cabe recordar que la Corona española prohibió a sus colonias americanas el intercambio de bienes ajeno a Madrid. Los bienes agrícolas y minerales del Nuevo Mundo hispánico solo podían salir rumbo a la metrópoli. En el caso de la Provincia de Venezuela, el monopolio sobre el comercio fue administrado desde La Guaira por la infame Compañía Guipuzcoana.

¿Cuántas veces, a lo largo de su trayectoria por el sistema nacional de educación básica, escucha cada venezolano el relato sobre la institución real con nombre vasco? Tantas que es casi inevitable que en algún momento escuchar sobre ella le provoque bostezos, como ocurre tristemente con casi todo lo que pasa por nuestra reiterativa y exageradamente romántica forma de enseñar historia a niños y adolescentes. Pese al tedio, casi siempre queda al menos grabado en los dominios de Mnemosine la noción de la Guipuzcoana como uno de los factores que preparó el terreno para la independencia. Más precisamente, el orden monopólico encarnado en la Guipuzcoana provocó en el siglo XVIII fuerte indignación entre los hacendados de la provincia, que debían tratar con los agentes reales para que sus bienes se hicieran a la mar. Y como ocurre con prácticamente todas las restricciones al libre comercio, surgió un pujante mercado negro, puesto que era mucho más rentable para la población local vender por debajo de la mesa a los ingleses, franceses y holandeses que regían las Antillas menores.

Los precios impuestos por la Guipuzcoana, así como la persecución a los contrabandistas, generó un creciente descontento entre los habitantes de la provincia. Dado que, como ya se dijo antes, el cacao era el principal producto de exportación en la Venezuela colonial, no sorprende que el mayor hervidero de antipatía hacia los encargados del monopolio haya sido Barlovento. Ahí, el canario Juan Francisco de León se había establecido para dedicarse a la producción y comercio del germen del chocolate. Justo en la mitad del siglo, De León encabezó una rebelión que marchó desde Panaquire, localidad que había fundado, hasta Caracas, para exigir la abolición de la Guipuzcoana. Aunque al principio los alzados pudieron asustar a las autoridades, para 1752 estaban derrotados. Su líder fue hecho prisionero y enviado a la cárcel de La Carraca, en Cádiz, donde murió enfermo al poco tiempo, suerte que más de media centuria después repetiría Francisco de Miranda.

Todo este episodio quedó marcado en monumentos patrios y libros escolares como uno de los primeros “movimientos precursores de la independencia”. Aunque sus banderas no clamaban por cortar los hilos controlados desde el trono, sí hubo un intento por poner fin a un sistema oprobioso y contrario a la libertad individual que a fin de cuentas tenía su fuente en la península.

Es una triste ironía que la autoproclamada Revolución Bolivariana, obsesionada con el proceso independendista e identificada (por sus propios gestores, claro está) como su sucesora, más bien mantenga políticas públicas que recuerden a las prácticas de la Guipuzcoana. Más allá de los chistes de pésimo gusto que a veces produce la historia y de las denuncias de los productores de cacao hoy, es de temer qué ocurrirá con este sector de la economía a partir de ahora. El resultado del control gubernamental sobre la elaboración del café, solo por nombrar uno entre tantos ejemplos, es suficiente razón para sentir inquietud. En realidad, las esperanzas de que cualquier área económica se desarrolle hasta niveles que nos permitan enorgullecernos son nulas mientras el desastre desatado en 1998 se mantenga.

 

@AAAD25

Laureano Márquez Abr 26, 2018 | Actualizado hace 2 años

 

Recuerda uno que en aquellos recreos de primaria, en remotos tiempos en los que -dada la inexistencia de telefonía móvil y por consiguiente de redes sociales, nos veíamos en la “penosa” (se diría hoy, y también: “gracias a Dios, extinta”) obligación de relacionarnos unos con otros, mirándonos a los ojos y hablándonos- usábamos la frase: “dando y dando pajarito volando”, para indicar que estábamos realizando una transacción de intercambio en la que ambas partes entregábamos algo sin vuelta atrás.

Esta semana, hemos escuchado la frase en boca del candidato que va a ganar, insinuándole a sus hambrientos electores que a cambio del voto, obtendrán mayores beneficios. En la Venezuela de hoy, el principal beneficio al que aspiran los ciudadanos es al de la alimentación, de modo, que en el fondo el candidato lo que dice es que el intercambio es de votos por comida.

La transacción es cruel. Se pone uno en el lugar en lugar de la gente que tiene a sus hijos pasando hambre, necesidades y que se encuentra al borde de la desesperación y a la que no le queda otra que creer que votando por una opción que solo le garantiza más hambre, podrá mitigar el hambre. Someter a un pueblo por el estómago, obligándole a vender su apoyo político por un plato de lentejas es la degradación de toda idea de ciudadanía, de democracia y de libertad. Es la perversión total de la política, es la esclavitud del ser humano.

La idea de política que nos viene de la Ilustración se fundamenta en el principio de que la soberanía reside en el pueblo. Los gobiernos están, entonces, al servicio de los ciudadanos y no al revés. Un buen gobierno, como decía Bolívar, es aquel que produce la mayor suma de felicidad posible.

Un pueblo feliz, bien alimentado piensa mejor, elige mejores gobiernos y actúa conforme a principios más elevados. Esto genera lo que se llama un círculo virtuoso: a mejor gobierno mejor pueblo y viceversa

La perversión de este principio es lo que vive hoy Venezuela, es decir, el “dando y dando”: un gobierno que embrutece y hunde a un pueblo en la miseria con sus políticas absurdas produciendo niveles crecientes de infelicidad y haciéndole dependiente del suministro monopólico de alimentos que solo él ofrece, de manera que rebelarse o mostrar desacuerdo conduzca inevitablemente a la inanición y la muerte. De esta forma, solo la sumisión incondicional permite la supervivencia y si quieres subsistir -qué paradójica elección- tendrás que escoger la opción que a la larga (más bien a la corta) significa tu aniquilamiento total.

Este “dando y dando” le lleva a uno a la angustia fundacional de nuestra nacionalidad cuando, justamente Bolívar, en su discurso de Angostura, vislumbraba la tragedia de edificar repúblicas que tenían poca o ninguna noción de ciudadanía, por no contar con pueblos educados para ser libres y virtuosos, lo que las hacía tierra fértil de tiranías. Como redactando nuestra partida de nacimiento dice: “Por el engaño se nos ha dominado más que por la fuerza, y por el vicio se nos ha degradado más bien que por la Superstición.

La esclavitud es la hija de las tinieblas, un pueblo ignorante es un instrumento ciego de su propia destrucción; la ambición, la intriga, abusan de la credulidad y de la inexperiencia de hombres ajenos de todo conocimiento político, económico o civil: adoptan como realidades las que son puras ilusiones; toman la licencia por la Libertad, la traición por el patriotismo, la venganza por la Justicia”… La Libertad, dice Rousseau, es un alimento suculento, pero de difícil digestión. Nuestros débiles conciudadanos tendrán que enrobustecer su espíritu mucho antes que logren digerir el saludable nutritivo de la Libertad”

Qué difícil en la Venezuela bolivariana actual, a casi 200 años de aquel preclaro discurso, pensar en el alimento de la libertad, agobiados como estamos, persiguiendo un kilo de harina de maíz, dando y dando, pajarito volando.

 

@laureanomar

Brevísimo manual de economía por Laureano Márquez

BolívaresF-

 

Introducción:

    Leo dos titulares, uno le sigue al otro:

* “Maduro: Productores deben controlar y gobernar el precio del petróleo”.

* “Vamos a apretar las tuercas en la Ley de Precios Justos, dice Maduro”.

    Pareciera, a primera vista haber una ligera contradicción entre ambas declaraciones, realizadas -aparentemente- en un mismo acto.  En este brevísimo manual me propongo demostrar por qué.

Cap. I: de la producción.

  Veamos: todo el que produce algo quisiera que aquello que produce se vendiera al más alto precio posible, un precio que produzca un buen excedente. Este excedente debería cubrir los costos de producción (para seguir produciendo) y una cantidad adicional para que el productor siga con vida (la vida de los productores es cara), es decir una ganancia. Los productores son gente mala y egoísta, en esto tiene razón el gobierno: a un productor le gustaría ser el único productor de un bien, porque así puede poner el precio que le dé la gana porque todo el mundo está obligado a comprarle. Eso se llama monopolio. Se considera que el monopolio es algo malo, porque distorsiona el precio de un producto, lo vuelve mucho más caro de lo que tendría que estar.

   Los que saben de economía dicen que si hay muchos productores de un producto, ellos van a competir entre sí para vender más y eso hará que el precio del producto se acerque lo más posible al costo de producción. Parece que es una regla que los costos de producción no pueden estar por debajo de los costos de producción. Es decir, produciendo a perdida, hasta el papa Francisco quebraría y por muy bondadosa que sea su alma, en algún momento tendría que cerrar su fábrica.

Cap.II: de los precios justos.

   ¿Qué es el precio justo?

      A- una programa de la TVE.

      B- regalado es caro.

      C- lo más barato que pueda conseguir.

      D- todas las anteriores.

    Vamos a ver: cuando compro quiero lo más barato, cuando vendo quiero vender lo más caro posible. En el primer mundo, hacer mercado es una tortura: cien marcas de leche, cien precios diferentes. Si en Caracas perdemos dos horas en la cola de la leche, en el primer mundo pierden al menos una averiguando cuál es el producto que más conviene, comparando precios y calidades.

    Sería razonable que el “precio justo” lo estableciese un juez, que sabe de justicia, pero la justicia del precio es de otra naturaleza, porque entran en juego muchos factores, entre otros: cuántos lo quieren, cuántos lo producen, cuánto cuesta producirlo. Un producto puede ser muy bueno, pero si nadie lo quiere, su precio justo está por debajo de cero, es decir, “regalado es caro”.

     Si el gobierno regula un producto por debajo de los costos de producción, crea un precio “artificialmente justo”, es decir injusto para el que produce. Los consumidores son gente mala y egoísta, en esto tienen razón los neoliberales: si yo veo que algo tiene un precio “demasiado justo” voy a querer ese producto, aunque no lo necesite. Como sé que se va a agotar pronto, porque todos somos malos, entonces lo compro y lo guardo y cuando los bolsas que no pudieron comprar lo quieran, se los vendo no al precio justo, sino a un precio requetejusto para mí: tres veces más  el precio que lo compré. De allí el llamado bachaqueo.

Cap. III: del petróleo y otras siembras.

     Según las últimas cifras oficiales (2013) producir un barril de petróleo costaba 11 dólares. Digamos que este año sean 15. Si se vende a 40 (40-15= 25). La “ganancia” es 62,5 %. Cuando estaba a 100$ , la ganancia era de 909%, casi el 1000% que se establece usualmente como de usura dantesca. ¿Era un precio justo? Totalmente: ¿gasolina gratis con el petróleo a 100? No creo que pueda haber algo más justo, para nosotros en nuestra historia. Sin embargo, los costos de producción barril de petroleo en Arabia Saudita están entra 4 y 5 dólares. Por mala suerte, ellos son nuestros competidores y son gente muy mala, quieren quedarse con el negocio, porque les gusta vivir muy bien, de donde viene el adjetivo “saudita”.

Conclusiones:

   Hay y mucho petróleo en el mercado y pocos pollos. Se llama ley de la oferta y la demanda, presidente, y no la puede derogar el Tribunal Supremo.

 

@laureanomar

El Acta de Supremacía por Víctor Maldonado C.

TomasMoro

 

Venezuela está escaldada de listas y del mal uso que de ellas ha hecho el gobierno. Baste recordar los efectos perversos de la que propuso el diputado Luis Tascon en el 2003, que luego se transformó en la lista Maisanta, base de datos que llegó a ser un best-seller del comercio informal. Las consecuencias duran hasta hoy para los que allí aparecen, venezolanos convertidos en parias dentro de su propio país, sin oportunidad de obtener un empleo en el sector público y en aquellas empresas privadas contratistas del Estado. Esa lista es el cedazo que ha filtrado en los últimos doce años la lealtad al proceso. Ha funcionado como la frontera entre los traidores y los que nunca han osado ir contra la línea revolucionaria, dividiendo a los venezolanos entre “puros rojos-rojitos” y los que andan por allí manchados por algún pecado de traición.

Pero en eso tampoco hemos sido los primeros. El poder perverso se alimenta de acatamiento perruno. Los poderosos no soportan que les lleven la contraria o que haya algún espacio de autonomía que les reste esa cobertura total a la que aspiran los enfoques totalitarios. Es muy propia del despotismo esa advertencia crucial de que “si no estás conmigo –llámese el proceso, la revolución,  el socialismo, el comunismo- estas definitiva e inexorablemente contra mí. Sólo que yo tengo más poder –se vanagloria del déspota- y por lo tanto el que estés en mi contra te puede resultar tan pesado como cargar cuesta arriba una piedra de molino atada al cuello. O estás a mi favor, y compras como buenos mis argumentos y mis ganas, o la lanza dura y filosa de mi venganza te alcanzará para callar tus dudas por las malas ya que no quisiste plegarte por las buenas. Enrique VIII, en la lejana Inglaterra del siglo XVI tuvo esa misma tentación, y como siempre, la sangre de la disidencia fue derramada sin ninguna otra justificación que no aceptar de nadie alguna contradicción con la voluntad del soberano.

“Ten, pues, buen ánimo, hija mía, y no te preocupes por mí, sea lo que sea que me pase en este mundo. Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que él quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor”.  Con papel de desecho el autor escribió una carta que concluye con esta frase. Estaba dirigida a su hija más querida, que como muchas otras mujeres después y antes, tuvo que ser espectadora obligada de la tragedia que siempre acompaña a la disidencia.  Tomas Moro, el más destacado intelectual del reino, humanista y político, juez y leal cristiano, pasaba por los momentos más difíciles de su vida. Era un preso político. El más importante reo de conciencia, y se sabía muerto. Había sido despojado de sus libros y de la posibilidad de escribir. El maltrato se había incrementado para afectar los detalles. Antes habían sido confiscadas sus tierras y posesiones. Ahora solo le quedaba uno que otro trozo de carbón que guardaba celosamente para que su hija supiera que él seguía con serenidad el curso de los acontecimientos.

El que había sido por tres años Lord Canciller del reino de Enrique VIII había preferido terminar en la Torre de Londres y morir ejecutado antes que traicionar sus convicciones. Había renunciado al cargo y a todos sus privilegios al saber que el Parlamento había aprobado el Acta de Supremacía por la que se declaraba al rey “la suprema y única cabeza en la tierra de la iglesia de Inglaterra”. Ese era el camino más tortuoso que habían encontrado los asesores del monarca para evadir todo el trauma de una anulación matrimonial que le sería negada a un rey que poco antes gritaba ser el defensor de la fe cristiana. Sabía que todo lo demás era infatuación y pase de factura de una época en donde la política contendía con la religión los espacios de poder terrenal. Pero aun con todo lo previsible que podía ser su inmolación, mantenía firme la certeza de que él no iba a subordinar sus convicciones a los caprichos de un monarca enamorado. Esa es una de las características de todos los libretos del despotismo universal: siempre hay razones reales, las más viles y obscenas detrás de todas esas alegaciones leguleyas. En el fondo todo lo que se debate es pasión,  deseo y miedo que se confabulan contra la razón y los alcances efímeros de la sensatez.

El dilema se planteaba entre jurar el respaldo a la nueva condición absoluta –más totalitaria que nunca- del Leviathan, o caer en los supuestos de una ley complementaria, el Acta de Traición, que condenaba a muerte a todos aquellos que negaban el apoyo. De nuevo el “o crees o mueres” que se presenta como una daga alevosa y traicionera contra la autonomía y la dignidad de las personas.  Sin embargo no dudó. Moro dimitió porque estaba en desacuerdo con la idea del Rey que quería subordinar la vida eclesiástica a los intereses del Estado. Pero sobre todo porque sabía que toda esa movida encubría la peor debilidad posible: el cuerpo de una mujer deseada que exigía su pago. Las ganas más elementales frente a las cuales el rey de los ingleses subordinaba el bien común de sus súbditos y su relación con Dios. No era teología, solo sexo demandante y enceguecedor. Y el resultado iba a ser el desbalance del país. Demasiado poder concentrado en una instancia caprichosa y arbitraria y demasiado evidente que por la misma razón se perdían muchos  grados de libertad. Poco antes Enrique VIII se había apropiado las rentas eclesiásticas, logrado que el clero renunciase a su poder legislativo, y suprimido, por ley, el recurso de apelación a Roma que, jurídicamente, era un límite último del poder real cuya tendencia era a crecer. La directriz era hacia el monopolio y la concentración de la hegemonía en la misma medida que se negaban otros espacios.

Renunciar a trabajar para el rey y evitar por todos los medios la apostasía que suponía aceptar los términos del Acta de Supremacía lo colocaron en una condición de crítica indefensión. El Duque de Norfolk, uno de esos “amigos” que se bambolean,  le advirtió que “la indignación del príncipe podía resultarle mortal”. Él estaba al tanto, pero también sabía que no valía la pena poner en el altar del capricho sus principios y valores. Una vez que el soberano haya probado el elixir del poder absoluto nadie estará seguro. Simplemente habrá que esperar el momento que corresponda caer a cada uno. Por eso respondió escuetamente a las buenas intenciones del amigo: “Si eso es todo, mi lord, entonces de buena fe, entre su gracia y yo, hay sólo una diferencia, que yo moriré hoy, y usted mañana”.

Y esa fue su decisión. Morir perdido en un laberinto irresoluble, vivir la indefensión del inocente al que se le inventan delitos y testimonios; morir con integridad, sin haber vendido lo que le dictaba su conciencia como bueno y verdadero, pese a ser lo opuesto de lo que, con opresora violencia, se había querido imponer desde el Estado como materia de juramento.  El 6 de julio de 1535, antes de las nueve en punto, el que fue Lord Canciller de Enrique VIII moría decapitado en Tower Hill.

Juan Pablo II lo declaró Patrono de gobernantes y políticos. Una decisión controversial porque él fue asesinado por un Rey. Y tal vez por eso mismo, porque es una advertencia de hasta donde se puede llegar en el camino a la locura, pero también cuales deben ser las virtudes de todos aquellos que se resisten al manejo arbitrario y caprichoso del poder, a su envilecimiento, al caer en la tentación de la mirada artera y asesina que se siente capaz del exterminio de cualquiera que se resiste a transitar las trochas de la veleidad y del desvarío. Enrique VIII es solo una de las mascaradas de la misma cara que detrás se encubre.

Estamos condenados a repetirnos. La desmesura del poder se expresa en un torbellino de variaciones de la misma tónica. Todos confunden sus ambiciones y miedos con el sentir nacional. Todos se sienten igualmente investidos con la misma pretensión de ser la esencia de la historia y por lo tanto merecedores de respaldos y solidaridades automáticas que, en caso de negárselas, transforman al objetor en reo de alta traición. Lo patético es la degradación de la actualidad. Lo verdaderamente insólito es tener que soportar las mismas exigencias de quienes no pueden demostrar haber acumulado algún mérito como para invocar el beneficio de la duda. La desgracia es trastocar la culpa de un septeto en la suerte de un país. Y obligar al país entero a trajinar un sainete insensato de eufemismos y propagandas que no tienen basamento alguno. El signo trágico es que estos de ahora allanaron la historia sin antecedentes justificatorios. Ni siquiera pueden invocar el viejo y anacrónico derecho divino para hacer lo que les viene en gana. Pero igual vienen a exigir lealtad y obediencia debida sin que se pueda avizorar alternativa. O firmas, o quién sabe cuáles serán las consecuencias de la traición.

Dicen que hay algunos que han bajado la cerviz. El cargo se les ha montado por sobre las conciencias y dado de baja los principios. Otros son su propio Leviathan y no pueden con la mezquindad, la envidia y el resentimiento que les provoca el que otros sean más libres. Otros simplemente se encontraron con su propio destino al saltar hacia el basurero de la historia en una sola imagen. Pero hay otros que no. Leopoldo está preso. Ledezma está preso. Ceballos está preso. Rodolfo prefirió volar lejos antes que sufrir una derrota más. Y sería muy largo nombrar hasta el último héroe anónimo que se resiste. Hay muchos que emulan con heroísmo la vieja lección del santo inglés.

Tomas Moro vivió su historia y pasó la prueba. “Hasta ahora –escribió a su hija-  la gracia de Dios me ha dado fuerzas para postergarlo todo: las riquezas, las ganancias y la misma vida, antes de prestar juramento en contra de mi conciencia”. Vivió una época donde solo tenían sentido los héroes y los que se inmolaban en el altar de su propia integridad. Dicen que Enrique, su verdugo, lloró amargamente su muerte. Tarde piaste, diríamos ahora. El patrono de los políticos y gobernantes fue proclamado santo y mártir en 1935.

 

 @vjmc