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Emigrar

Yeannaly Fermín Ago 14, 2019 | Actualizado hace 4 semanas
Emigrar solo es emigrar dos veces
Dos psicólogas, un economista y un chef ofrecen varios consejos a los migrantes venezolanos que viven solos
Una planificación adecuada será determinante en el cumplimiento de las metas y objetivos que se proponga todo aquel que quiera emigrar y le toque vivir solo
 

EL PASADO 12 DE JUNIO, José Guerrero, publicó en su cuenta de Twitter que, después de nueve meses de haber emigrado a Perú, logró mudarse a vivir en una habitación. Se sentía contento y también tenía mucho miedo. “Si tienen consejos para alguien que jamás ha vivido solo lo agradecería en banda, tengo miedo y no quiero regresarme con el rabo entre las piernas”, escribió.

Las reacciones a su publicación no se hicieron esperar. Su Tweet generó más de 172 comentarios, 176 retuits y más de 2 mil likes. Unos lo felicitaban, otros le dejaban mensajes de aliento, y por supuesto, le recomendaron consejos que iban desde limpieza, cocina, finanzas, y hasta bromas como: 

 

José, venezolano de 24 años de edad, era estudiante de Ingeniería en Anaco, estado Anzoátegui cuando la crisis económica hizo que durante un año prácticamente no saliera de su casa. Quería emigrar, pero ni él ni su familia tenían los recursos económicos para hacerlo. Fue una amiga de su madre quien les prestó el dinero para que viajara a Perú y comenzara una nueva vida. José recuerda que Los nueve días más difíciles de su vida los pasó viajando: fue refugiado de Acnur por un día -cosa que agradece porque después de cinco días de viaje le prestaron una cama para que pasara la noche- y otro venezolano “le ganó el descuido” y le robó lo único que llevaba en su cartera: 80 dólares. José pensó en devolverse, pero las personas que viajaban desde Anaco con él le prestaron dinero para continuar.

“Estoy solo pal coño”, fue lo primero que José pensó cuando llegó a Perú. A diferencia de él, Ronny Millán -publicista en Venezuela- tenía a un familiar esperándolo en Argentina y, a la semana de llegar, ya había encontrado trabajo. “Esto es mundo”, dijo en suelo argentino, aunque extrañe el clima venezolano, su zona de confort y a su familia. Sandybell Guevara, periodista de 30 años que migró a Chile, ha debido lidiar con el costo de los servicios, el alquiler y la educación. También su paladar ha debido acostumbrarse a la sencillez de las comidas. 

Las emociones, las finanzas y la alimentación son tres aspectos que afectan cualquier proceso migratorio. Acá algunos consejos de Yorelis Acosta, psicóloga y jefa del área sociopolítica del Centro de Estudios del Desarrollo (CENDES) de la Universidad Central de Venezuela (UCV), y de Elizabeth Cordido también psicóloga y profesora en la Universidad Metropolitana, para emigrar y vivir solo:

 

– Tener un plan concreto y bien estudiado para evitar trastornos de ánimo. 

– Mantener comunicación activa con la familia.

– No emigrar solos o sin tener un apoyo o a alguien que le esté esperando afuera. Es muy importante la compañía de otra persona. 

– Buscar redes o grupos de apoyo por medio de los cuales logren mantener una cercanía con Venezuela. Existen grupos o comunidades de venezolanos que se reúnen para compartir experiencias.

– Mantener una actitud positiva y optimista. 

– Enfocarse en el futuro y enfrentar las situaciones de forma asertiva pensando que todo va a salir bien. 

– Practicar algún deporte, leer y buscar asistencia psicológica en caso de ser necesario. 

 

El aspecto económico uno de los más importantes, este es el factor principal por el cual muchos migrantes que viven solos se sienten frustrados o fracasados. El economista Alberto Abache ofrece varias recomendaciones para que el dinero rinda un poco más:

 

– La legalidad del migrante importante. Que una persona llegue a su destino con sus papeles apostillados y legalizados, hará que pueda encontrar trabajo más rápido y también si es profesional, encontrar empleo en su área. 

– Al principio es recomendable manejarse con un presupuesto con el que solo se cubran las necesidades más básicas (alimentación, vivienda y transporte)

– Comenzar por una vivienda sencilla y económica, y luego, cuando la situación mejore, ir buscando otras opciones. Es importante que a la hora de mudarse se chequee que los servicios de agua, luz, electricidad y telefonía funcionen a la perfección.

– Es importante que el migrante conozca la mecánica y siempre esté atento al mercado cambiario. 

– Recabar información para poder abrir cuentas bancarias y transar en la moneda del país. Es importante que el migrante lea y esté atento a todo (documentos, contratos) que vaya a firmar. 

– Hacer un esfuerzo por conocer el mercado laboral. Es cierto que el profesional venezolano no llega trabajando en lo que se graduó, pero si hace un estudio de los lugares donde puede desempeñarse y conoce cómo se desarrolla su carrera en el país de acogida, es un paso para conseguir empleo en el área. 

– Es pertinente contar con un mínimo de ahorros en divisas por si sucede alguna eventualidad de salud que necesite atención médica.

– No gastar más de lo que se gana. Aunque la economía es distinta en cada país, es importante que el migrante destine un porcentaje de su sueldo para el ahorro. Dependerá de los gastos que tenga, pero se estima que puede ser un 10%.

 

Alimentarse bien es también un reto para los migrantes. Esto es muy importante para evitar enfermedades y mantener el organismo en óptimas condiciones. Para aquellos a los que la cocina les resulta una obligación, el chef Francisco Abenante de Casa Bistró recomienda: 

 

– Hacer una minuciosa planificación del menú porque no solo ayudará a ahorrar dinero sino también tiempo. 

– Si la persona trabaja todo el día, lo ideal es hacer platos con anticipación, así sabrá la cantidad exacta de vegetales y aliños que va a comprar y evitará comprar de más o de menos. 

– Preparar platos que les recuerden costumbres o tradiciones es una manera de sentirse en casa. 

– Buscar mercados populares abiertos donde los productos sean más económicos es otra alternativa para ahorrar dinero. 

 

Abenante también ofrece varias recomendaciones para alimentarse bien, pese a no tener mucho tiempo para preparar los alimentos:  

 

– Los granos son una buena fuente de proteínas que, combinados con arroz, son perfectos y alimentan mucho. 

– Las carnes rojas combinadas con vegetales son muy fáciles de preparar. 

– Para los que no saben cocinar nada, el chef les recomienda que vean tutoriales en Youtube.

 

Migración venezolana
Expertos en psicología coinciden en que emigrar es una de las cosas más difíciles de sobrellevar. Los venezolanos que están en otros países, deben abrir la mente a nuevas costumbres, comidas y estilos de vida que poco se parecen a los que tenía antes de cruzar fronteras, pero que con el tiempo, una actitud positiva y mucha disciplina se aprende a vivir con los nuevos cambios. 

Un estudio sobre la migración venezolana que llevó a cabo en el Departamento de Ciencias del Comportamiento y en la Escuela de Psicología de la Universidad Metropolitana con jóvenes venezolanos que emigraron entre 2012 y 2017 determinó que la decisión de emigrar -según exponen los entrevistados- genera una gran cantidad de sentimientos como rabia, tristeza, dolor y miedo, que se pueden presentar o no de forma conjunta e incluso ser opuestos, pero que pueden cambiar drásticamente de acuerdo al momento y a la situación. En el momento de la llegada al país de acogida la tristeza se transforma en un sentimiento de añoranza por todo lo que se quedó atrás, la familia, las amistades construidas a lo largo de la vida,  la comida, el clima y la zona de confort. 

Según el estudio de la Universidad Metropolitana, los jóvenes venezolanos que no han regresado lograron la reconstrucción de sus vidas y con una mejor calidad. Han podido superar dificultades y estereotipos encontrados cuando dicen o los identifican como venezolanos.  

Según cifras de Organización Internacional para las Migraciones (OIM) y la Agencia de Refugiados de las Naciones Unidas (ACNUR), más de cuatro millones de venezolanos han abandonado su país. Siendo Colombia el país que ha albergado a aproximadamente 1.3 millones de personas desplazadas de Venezuela, seguido por Perú, Chile y Ecuador.  “El ritmo de salidas de Venezuela ha sido asombroso. Unos 695 000 a finales de 2015, la cantidad de refugiados y emigrantes de Venezuela se ha disparado a más de 4 millones a mediados de 2019”, señalaron las organizaciones. 

 

Cecodap: 79% de los padres dejan a sus hijos con familiares por emigrar

LA MIGRACIÓN FORZADA ha obligado a 79% de los padres a dejar a sus hijos a cargo de los abuelos, quienes se han convertido en sus principales cuidadores, reveló un estudio presentado este lunes 10 de diciembre por Cecodap, organización de derechos humanos que previene la violencia y promueve el buen trato a la niñez y adolescencia.

Durante la presentación de los resultados del informe, el psicólogo Abel Saraiba señaló que 31% de la población ha considerado irse del país. Indicó que la migración ha aumentado sostenidamente: de 1,4% en 2014 a 47,6% en 2018, de acuerdo con los datos recabados con apoyo de la encuestadora Datanálisis.

La investigación calcula que entre 2013 y 2018 han emigrado 4.225.517 venezolanos, lo que significa que 13,5% de la población se ha ido en los últimos cinco años. “La condición del país ha sido expulsora de los ciudadanos”, dijo Saraiba.

Al respecto, Carlos Trapani, abogado de Cecodap, señaló que los niños y adolescentes que migran con sus familias son víctimas de la discriminación y no tienen acceso a la protección social. Señaló limitaciones en el acceso a los alimentos, vivienda y servicios de salud. “Los niños tampoco cuentan con documentos de identidad ni pueden solicitar documentos. Les cuesta, incluso, ubicar a sus familias en el país de destino”, dijo.

 

*Vea la nota completa en El Pitazo

Venezuela implosiona: Estos ciudadanos tuvieron que huir desesperados

VenezolanosenValencia

Tamara Taraciuk Broner | The Washington Post

Los problemas de Anacelis Alfaro empezaron a fin del año pasado en la plaza principal de Barquisimeto, la apacible capital del estado de Lara, en Venezuela, a orillas del río Turbio. Alfaro, de 51 años, se dedicaba a organizar eventos para una universidad privada y era además activista del partido político Voluntad Popular. Un día soleado, en diciembre pasado, el partido festejó su aniversario en la plaza de esa localidad. Alfaro fue la oradora principal del evento, y en su discurso destacó el rol de las mujeres en la política, mencionó el encarcelamiento arbitrario del líder opositor Leopoldo López e instó a mantener la esperanza en períodos de adversidad. Disfrutó de la jornada, se puso al día con activistas de otros estados y luego se fue a su casa sin saber que su vida, como la conocía hasta entonces, había terminado.

Al día siguiente, un tribunal penal dictó órdenes para allanar las viviendas de dos activistas del partido en busca de “carteles y pancartas” y “cualquier otra evidencia de interés criminalístico”. Sin saber que su apartamento figuraba en la lista, ese fin de semana Alfaro viajó al estado vecino de Carabobo para visitar a unos amigos. Por ello, cuando la policía apareció en el pequeño departamento que compartía con su madre, de 79 años, sólo esta última estaba allí para presenciar la requisa y responder a las preguntas sobre dónde se encontraba Alfaro.

Aunque la orden judicial no especificaba el delito que se le atribuía, un amigo con contactos en el gobierno le advirtió a Alfaro que no regresara a su hogar. Los agentes que habían interrogado a la otra activista durante dos días le preguntaron insistentemente dónde se encontraba Alfaro. Pasó una semana escondida en casa de amigos, hasta que la convencieron de huir del país. Un amigo fue a buscar su pasaporte, y Alfaro tomó un vuelo a Buenos Aires donde, tras meses de trámites para regularizar su documentación y buscar empleo, encontró trabajo en un restorán de comida rápida en la capital argentina, exiliada por el delito de disentir. “Me sentí una cobarde”, dijo Alfaro cuando me reuní con ella en un café. Pero, añadió, “presa no serviría de nada”.

Mientras Venezuela se transforma en un Estado policial, cientos de miles de personas huyen de las enormes dificultades económicas y la persecución. Venezuela fue históricamente un lugar que acogió a inmigrantes, incluidos muchos que escaparon de las dictaduras latinoamericanas de las décadas de 1960 y 1970. (Las llegadas desde Argentina, Chile y Uruguay aumentaron un 800 % durante ese período, y en esta ola estuvieron también mis padres, que huyeron de Buenos Aires días antes del golpe militar de 1976). Ahora el flujo circula en la dirección contraria, y los países de la región están viendo cómo devolverles el favor.

En los últimos meses, he entrevistado a decenas de personas de la nueva diáspora venezolana, incluidos profesionales, estudiantes y miembros de comunidades indígenas que se fueron del país en avión, como Alfaro, o que lo hicieron viajando varios días en autobús, o incluso a pie. Se fueron en busca de alimentos o tratamiento médico, o intentando protegerse de la persecución política. La cantidad de permisos de residencia temporaria otorgados a venezolanos en Argentina ha aumentado en más del doble desde 2014, y llegó a 35.600 en mayo de 2017, según las autoridades inmigratorias argentinas. Chile aumentó más de cuatro veces las visas otorgadas a venezolanos en los últimos años, de 1.463 en 2013 a 8.381 en 2015. En lo que va de 2017, Perú ha recibido más de 10.000 solicitudes de venezolanos que piden permanecer en el país, según dijeron autoridades inmigratorias a Human Rights Watch.

En 2014 Venezuela ocupaba el sexto lugar en la lista de países cuyos ciudadanos solicitaban permisos legales para permanecer en Uruguay, pero trepó súbitamente al primer puesto este año, según dijeron las autoridades a Human Rights Watch. Brasil todavía debe procesar miles de solicitudes de asilo de ciudadanos venezolanos, y el año pasado llegaron a Estados Unidos más solicitantes de asilo procedentes de Venezuela que de ningún otro país (cerca de 18.000, según informes de prensa).

Cada una de las personas que entrevisté permite entender mejor la magnitud del colapso político y económico del país.

Pablo López, de 23 años, miembro de la comunidad indígena venezolana Warao, se vio obligado a cruzar la frontera hacia Brasil por el hambre que sufría en Venezuela. Cuando lo entrevisté en febrero, dormía en las calles de una ciudad fronteriza brasileña junto con otros 100 miembros de su comunidad. Hombres, mujeres y niños vivían, cocinaban y comían en condiciones absolutamente insalubres. López ganaba USD 1,40 por hora cargando camiones. Otros miembros de su comunidad vendían artesanías o mendigaban en la calle. Todos aquellos con quienes hablé afirmaron que su situación en Brasil era mejor que en Venezuela.

Ludiskel Mass, una maestra de escuela quien fue activista estudiantil del partido opositor Un Nuevo Tiempo, de 32 años, se vio obligada a dejar el país para tratarse por cáncer. En 2015, en su ciudad de origen, Maracaibo, los médicos le dijeron que el sangrado vaginal que sufría probablemente se debía a un quiste, pero que no tenían los insumos para brindarle un diagnóstico adecuado. Dos amigos le pagaron el viaje en autobús a Lima, donde, según me dijo, llegó luego de un viaje de seis días. En Perú, los médicos pudieron diagnosticarla y someterla a una cirugía exitosa para extirpar un cáncer uterino. Un año después, logró llevar a sus hijos de 11 y 12 años a Lima.

Alfaro no duda de que estaría presa si no hubiera huido. Muchos activistas —los poderosos y conocidos, así como también otros de bajo perfil— han sido perseguidos, detenidos o amenazados con ser encarcelados desde que ella huyó. El Foro Penal Venezolano, una organización sin fines de lucro, estima que hay cerca de 400 presos políticos y afirma que, desde abril, la justicia militar ha procesado a más de 460 civiles, sobre los cuales no tiene competencia.

El 16 de julio, más de siete millones de venezolanos participaron en un plebiscito informal organizado por la oposición con el apoyo de organizaciones de la sociedad civil, universidades y cientos de voluntarios. Al participar, manifestaron que se oponían a la propuesta del presidente Nicolás Maduro de formar una Asamblea Constituyente con partidarios del gobierno. Cerca del 10 % lo hizo desde el exterior. (Dos semanas después, Maduro avanzó igualmente con su plan, y conformó una Asamblea Constituyente que tendría poderes de una amplitud alarmante, definidos de manera muy imprecisa, por tiempo indeterminado).

Ya sea porque huyen de la escasez más terrible, o porque temen ser encarceladas, ninguna de las personas que entrevisté sentía que tenía alguna opción que no fuera irse del país. En la Venezuela de hoy, no quedan instituciones independientes en pie para controlar al poder ejecutivo. El Tribunal Supremo de Justicia, que se convirtió en un anexo del Palacio de Miraflores cuando, en 2004, el entonces Presidente Hugo Chávez copó esta institución con adeptos, desde entonces ha validado una y otra vez medidas que socavan la democracia venezolana y vulneran derechos fundamentales. Recientemente, el Tribunal despojó a la Asamblea Nacional de sus facultades legislativas, y en vez de insistir en que Maduro observara la constitución, el tribunal apoyó su propuesta de reescribirla. También desestimó todos los recursos presentados por la Fiscal General Luisa Ortega, que anteriormente fue leal al régimen y ahora ha empezado a hablar abiertamente contra el gobierno. A su vez, el Consejo Nacional Electoral no celebró las elecciones regionales que, por mandato constitucional, debían realizarse en 2016, y postergó un referéndum revocatorio contra Maduro, hasta que la justicia canceló la iniciativa definitivamente.

El gobierno de Maduro ha usado su monopolio del poder para detener y perseguir penalmente a críticos, inhabilitar a opositores para postularse a cargos públicos —y de paso también encarcelarlos—, detener o expulsar a periodistas y sacar del aire a canales de televisión. Miembros de las fuerzas de seguridad venezolanas, junto con grupos armados partidarios del régimen, han reprimido brutalmente manifestaciones masivas contra el gobierno, provocando decenas de muertos y cientos de heridos, y deteniendo a miles de personas.

Hernán González, de 40 años, me dijo poco tiempo atrás en Montevideo que huyó de Venezuela cuando la Guardia Nacional mató a su hermano Pablo. Durante años, él y su familia habían sido chavistas incondicionales, pero habían dejado de apoyar al régimen por las largas filas para conseguir alimentos y la malnutrición, y en las elecciones legislativas de 2015 votaron por la oposición. Una noche en noviembre de 2016, según contaron testigos a González (no es su nombre verdadero), mientras Pablo jugaba al dominó con amigos en la acera cerca de su casa, fue detenido por miembros de la Guardia Nacional. Más tarde esa noche, el cuerpo de Pablo apareció en un hospital, y miembros de la Guardia Nacional dijeron a González que su hermano había muerto en un “enfrentamiento”. El cuerpo estaba cubierto de contusiones y tenía un orificio de bala en el pecho.

El gobierno también ha negado la crisis humanitaria, producto en gran medida de la crisis económica, y no ha permitido que llegue asistencia internacional que se encuentra disponible. La escasez de medicamentos, insumos médicos y alimentos es tan severa que cada vez más personas como López y Mass, que no pueden alimentar a sus familias o recibir atención médica básica, se ven obligadas a irse del país. Y el ciclo de represión y negación gubernamental continúa. La ministra de salud fue despedida días después de que anunciara un drástico aumento, durante 2016, en las estadísticas de mortalidad materna, mortalidad infantil y malaria.

Los países de la región que acogen a venezolanos han abierto una válvula de escape —aunque pequeña— en medio de la crisis. Pero el exilio no es una solución permanente. El problema son las políticas y las prácticas abusivas del gobierno de Maduro. Desde que miles de venezolanos salieron a las calles a principios de abril en protesta por el autoritarismo creciente, el régimen ha respondido con represión feroz. Miembros de las fuerzas de seguridad han disparado municiones antidisturbios a quemarropa contra manifestantes, han arrollado con vehículo blindado a manifestantes, han golpeado brutalmente a personas que no mostraron resistencia y han irrumpido en las viviendas de presuntos opositores. Las fuerzas de seguridad también han detenido arbitrariamente a cientos de manifestantes, transeúntes y críticos.

Los líderes de la región deben redoblar la presión para que Maduro fije una fecha en la cual se celebren elecciones libres y justas, bajo una rigurosa supervisión internacional. Deben seguir exigiendo a Maduro que termine con la represión, libere a todos los presos políticos, juzgue crímenes que constituyen violaciones de derechos humanos, restablezca la independencia judicial, devuelva a la Asamblea Nacional sus potestades y permita la llegada de asistencia humanitaria internacional. Deben imponer sanciones dirigidas contra funcionarios clave y transmitir elocuentemente el mensaje de que quienes cometan abusos serán indefectiblemente llevados ante la justicia, cuando se restablezca la independencia judicial en Venezuela.

Las personas que están encarceladas por disentir, aquellas que vuelven a sus casas de las filas para comprar pan con las manos vacías y quienes ven como deteriora su estado de salud a causa de enfermedades prevenibles merecen que así sea. También lo merecen los exiliados que ansían regresar a su país.

Alfaro se está habituando a Buenos Aires. Disfruta de caminar por la ciudad, algo que no podía hacer en su país, donde hay altísimos índices de criminalidad. Se hizo amiga de muchos venezolanos que han migrado a Argentina, y si bien se sentía agradecida de haber aprendido un oficio en el rubro gastronómico a esta altura de la vida, está más contenta ahora que encontró un empleo que le permite usar su encanto caribeño vendiendo joyas en una tienda de Buenos Aires. Colabora con miembros de la oposición venezolana que viajan a Argentina y coordinó uno de los centros en Buenos Aires donde el 16 de julio se celebró el plebiscito de la oposición, y por eso sabe que está contribuyendo a restablecer la democracia en Venezuela. Pero, muy en el fondo de su corazón, extraña su país y se siente privada de ejercer sus derechos. “Eventualmente voy a volver a mi país para ayudar a reconstruirlo”, me dijo Alfaro mientras juntábamos nuestras cosas para irnos del café.

¡Carta a un hijo que emigró! por Carlos Dorado

Emigraciónvenezolana

Hijo, recibí la carta que me escribiste (ver articulo domingo 30 de Abril del 2017), y no quisiera pasar más tiempo sin respondértela. Para mí también es muy duro tenerte en el corazón, y no entre mis brazos, y soñar contigo pero despertarme sin ti. Sólo ahora que tomaste la decisión de irte del país, es que entiendo claramente esa felicidad que teníamos cuando estábamos juntos.

Pero los hijos no nos pertenecen. Hay que disfrutarlos mientras se tienen al lado, y dejarlos ir cuando lo requieran, aunque ello sea muy triste. Tú tomaste una importante decisión en tu vida: Emigrar, y para eso se necesita ser muy valiente, ya que es muy duro apartarte de tu país, tu familia, tus amigos, tus lugares; y por eso te admiro profundamente. ¡Hasta el día que decidiste irte te di el presente, pero ahora tú vas a darte el futuro!

Tú te mereces más, y no debes conformarte con menos, a pesar de que estás asumiendo un gran riesgo. Pero déjame darte un consejo: El mayor riesgo en la vida es no asumir precisamente riesgos. El haberte ido a otro país no te garantiza el éxito; pero si trabajas duro, con honradez, perseverancia, constancia, y determinación; independientemente de que seas exitoso, estarás dando lo mejor de ti mismo, y esto es también una de las mejores definiciones del éxito.

A veces, el universo pareciera que conspirase en contra nuestra, pero no debemos olvidar que muchos países han sido construidos por los emigrantes (Europa, quizás no sobreviviría sin inmigración), que “algún día” -como tú ahora-, decidieron soltar las amarras, y comenzar a navegar buscando puertos mejores. ¡Nunca se puede cruzar el océano hasta que se tenga el coraje de perder de vista la costa de la que uno sale!

“Algún día” es una enfermedad que ha llevado muchos sueños a la tumba. Las condiciones nunca son perfectas. Las listas de pros y contras son igual de malas. Pero la vida es una pequeña parte de lo que pasa, pues lo más importante es cómo se reacciona a lo que pasa. Estoy seguro de que si no hubieras hecho esto, dentro de veinte o treinta años, estarías más decepcionado por las cosas no hechas, que por las que decidiste hacer.

¡Explora! ¡Sueña! Mantente alejado de aquellas personas que tratan de menospreciar tus ambiciones. Las personas “pequeñas” siempre lo hacen. No importa lo lento que vayas, siempre y cuando no te detengas, y acuérdate que siempre hay una salida para los que tienen la inteligencia de encontrarla.

No te sientas un exiliado, ya que estos siempre miran hacia el pasado, lamiéndose las heridas. Sé un emigrante de esos que miran hacia el futuro, dispuesto a aprovechar las oportunidades que vayan presentándose. Emigrar es parecido a morir poco a poco; pero también vas reviviendo poco a poco. Puedes arrancarle al hombre del país donde nació, pero nunca arrancarle el país a ese hombre.

Hijo, estoy seguro que tienes miedo, pero es desde el miedo donde se forjan los grandes corajes. Estoy seguro que estás lleno de dudas, pero recuerda que sólo teniendo el coraje de atravesar la noche, es que logras poder ver la mañana.

 

Decía tu abuela que la felicidad de envejecer es el arte de conservar alguna esperanza. Yo estoy ya viejo para buscar nuevas montañas a escalar; además me ha llevado muchos años, sacrificio y trabajo llegar hasta aquí. Ahora me toca la serenidad de contemplar cómo subes las tuyas, con la esperanza de que llegues más arriba que yo.

¡Quizás, esa sea mi mayor contribución a ti y al mundo. Y mi mayor felicidad!

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panama

Panamá reducirá el tiempo de estadía de turistas de Colombia, Venezuela y Nicaragua en medio de llamados a poner un mayor control ante el masivo flujo inmigratorio de los últimos años.

El presidente Juan Carlos Varela dijo el viernes que esta decisión es parte de una serie de medidas migratorias que implementará en los próximos días. Refirió que se acortará la estadía de 180 a 90 días que se les otorga a los turistas de esos tres países y se buscará verificar que cuenten con los ingresos necesarios para entrar con ese estatus.

Aunque tradicionalmente la inmigración a Panamá ha venido principalmente de la vecina Colombia, en los últimos tiempos el torrente migratorio se ha generado más que todo de Venezuela a medida que se agrava la crisis política y económica en ese país.

 

 

Críticos a esa ola inmigratoria afirman que muchos extranjeros ingresan con facilidad como turistas para luego quedarse trabajando al margen de la ley y hay sectores que exigen que se les soliciten visas.

Las autoridades migratorias admiten que el país no estaba preparado para recibir semejante aluvión de extranjeros pero consideran que se tiene que andar con cuidado al momento de establecer mayores controles para no afectar la economía y el turismo, cuyo auge en los últimos años en un país dolarizado y de servicios incentivó la inmigración laboral.

De acuerdo con el Servicio Nacional de Migración, solo en 2016 ingresaron más de 700.000 extranjeros entre colombianos y venezolanos, una cifra que casi duplica la de 2010 (404.905 entre esas dos nacionalidades). No se tiene un informe preciso de cuánto de esa gente regresó a su país o permaneció en Panamá, un país de 3,5 millones de habitantes.

Según estadísticas oficiales, más de un cuarto de millón de extranjeros, mayormente de Colombia, Venezuela y Nicaragua —en ese orden— fueron legalizados entre 2010-2016, pero no se tiene informes sobre el número de inmigrantes sin documentos al día.

El involucramiento de extranjeros en actos de delincuencia y crimen, como la reciente captura de una banda de colombianos y venezolanos que clonaban tarjetas de crédito, también arrecia el malestar local ante la ola inmigratoria.

 

#Opinión Residencia para los Estados Unidos, por Carlos Dorado

visa

 

Por Carlos Dorado

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A raíz del artículo que escribí el domingo pasado: “Carta de un emigrante”; esta semana recibí un email que  merece la pena compartirlo con Ustedes, tanto por su contenido tan real, como por el hecho de que lo escribe un venezolano que vive en USA; quien se casó con una americana por amor, y debe  ir a la entrevista  para obtener la residencia. A continuación reproduzco el mensaje:

“Esta semana mi novia americana de varias generaciones y yo, tenemos la entrevista  para obtener la residencia; en la cual, un Agente del Gobierno que jamás en su vida ha cruzado palabras con ninguno de nosotros, va a intentar descifrar si nuestra relación está basada en amor o en conveniencia.

El hecho de que dos personas de distintas nacionalidades se encuentren, se gusten y decidan tratar de pasar el resto de la vida juntos, parece que es un escenario  extraño en un mundo supuestamente globalizado. A pesar de que  la mayoría de las relaciones exitosas que conozco, están formadas por dos personas de distintos entornos. Lo diferente siempre llama la atención, y los polos opuestos se atraen.

Pero independientemente de esto, para poder vivir juntos en Estados Unidos, una autoridad debe decidir si hay amor o no, por el hecho de que  según el Departamento de Inmigración; actualmente aproximadamente un 30% de los casamientos anuales son para conseguir el deseado estatus legal, creando así una nube de sospechas sobre todos los demás, y  poniendo en duda el verdadero amor e intenciones  del otro 70% que sí están enamorados. ¡Como siempre la inmoralidad de algunos termina castigando a la mayoría!

Quizás la culpable de todo esto no sea otra que la misma sociedad moderna, que decidió dejar los valores a un lado, y donde el fin justifica los medios, y si hay que casarse para después divorciarse, y así poder quedarse en esta tierra; el 30% están dispuestos a hacerlo, y existe toda una estructura legal que ayuda y vive de estos procesos ilegales.

Qué tremenda responsabilidad para ese funcionario que en una entrevista debe determinar si estamos enamorados o no. Necesitaría ser psicólogo, justo y ecuánime. Variables difíciles de conseguir en la mayoría de los ciudadanos. 

Hemos preparado todos los documentos: fotos, cuentas en conjunto, viajes que hemos hecho, y cualquier tipo de documento que le pueda demostrar que nos une un gran  amor.       

 Pero te confieso que estoy muy nervioso, porque si fuese por conveniencia quizás el abogado nos prepararía: qué decir, cómo responder, y cómo comportarnos. Algo así como el actuar en una película, que dura el tiempo de la entrevista, mientras nosotros tenemos que ser nosotros mismos. ¡Rezamos para que nos toque una mujer! ya que dicen que ellas tienen un sexto sentido, e intuyen mejor que los hombres, cuando están en presencia de un verdadero amor.

 Si nos la niegan, no sé qué vamos a hacer: ¿Separarnos? ¿Obligarla a ella a venir a  Venezuela, cuando nos conocimos y nuestra vida está aquí? ¿Irnos a otro país? ¿Quedarme ilegal? Estamos nerviosos, estamos durmiendo mal, y tratamos de prepararnos para lo peor, mientras  estamos escuchando más de lo habitual  la canción de nuestra boda “Home is wherever I’m with You”. (El hogar es en cualquier sitio que esté contigo).

Por favor deséame suerte, ya que encontré aquí un amor, un hogar, y como tú dices en tu artículo, sólo me faltaría encontrar un país; pero dependo de una tercera persona que determine que estamos enamorados para encontrarlo”

 

¡Bendición mamá, me voy, no llores! Por Armando Martini Pietri

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Impensable, que fuera común en hogares venezolanos observar una madre inundada en lágrimas e inconsolable llanto exclamar: “¡Pobrecito, mi muchachito!” ¿Por qué? ¿Qué pasó? Pasa que su hijo se va en busca de mejor futuro y calidad de vida. Son muchas las interrogantes ante lo desconocido, no saber lo que sucederá en tierras extrañas a quienes han sido paridos con esfuerzo y dolor. Pero así es esta vida que no conocíamos, por el contrario, éramos nosotros quienes recibíamos con los brazos abiertos, cordialidad y generosidad, a chilenos, uruguayos, argentinos, ecuatorianos y colombianos, sólo para recordar a quienes encontraron amparo contra crueles dictaduras y desaciertos económicos.

En esta Venezuela desvalijada que nos deja la revolución, lo triste y lamentable es que no todos los que deciden huir y buscar futuro, tienen la suerte de poseer dinero para estar cómodos al menos por un tiempo. Por ello, es posible y no debe causar asombro, encontrarse coterráneos desempeñando labores por debajo de sus capacidades, que nunca imaginaron ejecutar.

La mayoría no tienen la costumbre de barrer o pasar coleto, jamás cocinaron, mucho menos lavar su ropa o zurcir una media. Cuando iban a algún restaurant, miraban con amable supremacía al mesonero, veían con suspicaz descortesía al que cuidaba el carro, y ni hablar de la cajera del abasto o recepcionista de algún consultorio u oficina. Eran menos que ellos.

Estudiantes en universidades venezolanas se gradúan con buen e incluso magnifico nivel académico. Su calidad profesional es apreciada y reconocida en los países. Alumnos de buenas universidades, recién graduados con pasantías, profesionales que surgen sobresalientes en sus disciplinas, ahora son empleados domésticos, parqueros, cuidan perros y gatos, lavan carros o limpian jardines y piscinas para ganarse la vida, tras haberse preparado para un camino hacia el éxito.

La tradición y situación cambiaron, Venezuela se arrugó, se hizo estropajo, la volvieron caca y ni siquiera es capaz de producir suficiente papel higiénico. Se nos hizo polvo el futuro, y a nuestros hijos les tocó migrar, salir corriendo -huyendo- de un país descuartizado donde se mueren de hambre, falta de medicinas, o los mata la delincuencia.

Existimos esparcidos por Panamá, Canadá, Francia, España, Estados Unidos, México, Australia, Perú, Inglaterra, Italia, Costa Rica, República Dominicana y pare de contar, estamos por todas partes, el mundo que era una inmensidad, se hace pequeño para ciudadanos venezolanos. Está tan mal la Venezuela revolucionaria, que hasta coletear en otro país es mejor que vivir aquí. Eso sí, nunca olvidando y siempre recordando nuestros orígenes. Pero una cosa es recordar y otra estar.

Es frecuente, ya habitual, encontrar ingenieros de mesoneros, arquitectos como cocineros, abogados conduciendo un taxi, químicos cuidando bebes, publicistas lavando baños y vidrios, diseñadores pintando uñas o dibujando caricaturas en plazas, verbenas o circos, médicos haciendo de recepcionistas o dando clases de anatomía básica o puericultura en algún colegio de primaria, psicólogas atendiendo tiendas boutique, periodistas cargando cajas en un almacén o despachando comida rápida, administradores haciendo empanadas y arepas vendiéndolas en mercados. Lo importante, ninguno se queja, no critican, hacen lo que tienen que hacer, lo que nunca pensaron hacer, pero están contentos, nunca arrepentidos, sus familias están mejor, con papeles o sin ellos son parte de Estados dignos de confianza.

Luego de un arduo día y sus complicaciones, un bien merecido rato de esparcimiento y descanso, cocinan sin angustias, toman una cerveza, colocan música -sin molestar al vecino-, comparten con amigos. Crean lazos. Imaginan a su madre y llaman por whatsapp, presentarán novias, novios, pretendientes, quizás se casen y lo harán, entonces enseñarán sus nietos y así sucesivamente, hasta que Venezuela vuelva a ser un país decente, con valores éticos y morales, con buenas costumbres ciudadanas y la inseguridad sea minimizada a cifras tolerables de convivencia.

Esa maravillosa generación que crece, se prepara, pasa trabajo, llora, ríe, se enferma, está “echándole bolas a la vida”, y tendrá una gran descendencia. Tienen la formación profesional, pero a la vez aprenden una lección de vida, de humildad, respeto al dinero, ponerse en el lugar del otro, entender el valor del trabajo, que nuestros derechos terminan cuando empieza el del otro. Están asimilando diferentes culturas, nuevos idiomas, distintas costumbres y haciendo bueno el refrán bíblico y popular de: “ganarse el pan con el sudor de la frente”.

No hay duda que esa generación será más fuerte, astuta, audaz, prudente, menos confiada y bondadosa. Soñarán con una Venezuela renovada, emprendedora, libre, a la cual se sientan deseosos de regresar, y más importante, de quedarse.

¡Madre no llores, dales tu bendición! Sé feliz, tus hijos están mejor, construyendo vida que en la Venezuela donde tú los esperas, no se les permite. Cuando regresen quizás algunas madres ya no estén, pero su angustia y abnegación conforman la base de la resistencia de esos hijos triunfantes, y nietos, que serán la recompensa de un pueblo golpeado pero que no se deja vencer.

Retornarán saludables, repletos de ánimos, ilusionados, esperanzados, atiborrados de ideas, listos para la reconstrucción, con fortaleza de gladiadores, sabiduría e inteligencia; el sacrificio y esfuerzo enseñan lo que en Venezuela a veces se olvida, el valor del otro, el compromiso con la ciudadanía, para nunca más permitir que fantoches, ladrones y bufones vuelvan a tener oportunidad de engañar, de hacerse con el poder y arruinar el país que es de nuestros hijos, aunque estén en otras tierras, que hoy es nuestro y que no supimos defender.

Han aprendido a valorar lo suyo desde la distancia. ¡No se sabe lo que se tiene hasta que se pierde! Pero habrán ganado mucho, serán mejores, nunca perderán sus vínculos y menos la gratitud con el país que les dio la bienvenida.

Ese coraje que han recibido quienes siguen aquí y los que han tenido el valor de irse, que no es sencillo y merece respeto, una decisión que exige bravura y valentía. Nuestros hijos no nos han abandonado, han salido a prepararse con excelencia para un nuevo país, ser mejores personas, óptimos venezolanos e insuperables ciudadanos del mundo. Nosotros sostenemos la resistencia mientras ellos se rearman mental y espiritualmente; esa Venezuela que se está forjando en el mundo es también presión y ejemplo, con renovados ímpetus volverán. Tardará un poco, aun hay creídos, ególatras, bandidos y sinvergüenzas, pero mientras los que aquí estamos, hagamos lo que tenemos que hacer, resistir, más temprano que tarde llegarán y todos juntos reconstruiremos la patria con nuevas, mejores experiencias y tecnologías.

Irse no es abandonar, es para volver mejor. ¡Que Dios bendiga los hijos de Venezuela!

 

@ArmandoMartini

El destino de los jóvenes venezolanos: los que se quedan, los que se van y los que se lleva la violencia

jovenes

Por Paola Martínez, Ronna Rísquez y Francisco Zambrano

¿QUÉ OPORTUNIDADES, OPCIONES Y PORVENIR tienen los jóvenes venezolanos? En el Día de la Juventud y después de 18 años del gobiernos chavistas, Runrun.es describe los tres destinos visibles que tiene este sector de la población que constituye el futuro del país: los jóvenes.

Los que se quedan

Existe un tipo de jóvenes cuyo futuro, a pesar de la inseguridad, la crisis económica y la incertidumbre política, lo continúan viendo en Venezuela. Son jóvenes que estudian y trabajan en un contexto que jamás imaginaron vivir, uno que coarta sus posibilidades e incluso pone en peligro sus vidas. Un país en el que muchos de ellos deben sobrevivir hasta conseguir los medios para emigrar, o hasta que acaben las pesadillas en la tierra en que sus padres cumplieron sus sueños.

Daniel Salazar es uno de ellos. Un estudiante de ingeniería de 23 años a la espera del título universitario que le podrá dar un mejor nivel de vida en otra nación, donde espera hacer una vida sin el peligro constante de entrar a las lista de víctimas del hampa. “Uno de los mayores problemas que afecta a todos es la inseguridad. Todos nos vemos afectados y corremos el riesgo de que nos pase algo en cualquier momento, como al salir a tomar el bus para ir a clases”.

Mientras tanto, Daniel debe trabajar en sus tiempos libres para pagar sus gastos universitarios. Junto a su hermana, emprendió un negocio de comida a domicilio que le permite estudiar en dos universidades, una pública con interminables problemas y paros como protestas, y una privada de la que espera graduarse pronto. Sin embargo, el doble esfuerzo no se le hace fácil, y a pesar de que gana dinero por su cuenta, está consciente de que no podrá independizarse económicamente en esta Venezuela. “Uno se ve afectado por la inflación todos los días cuando vas a sacar copias, comprar guías o cuando te da hambre y debes gastar una cantidad considerable de dinero en solo un desayuno, y a veces puede que no tengas suficiente”.

Por lo mismo, su vida social se ha relegado a pasar los fines de semana en su casa, y de vez en cuando en casa de sus amigos, acompañados de la botella más económica que puedan comprar. Las cenas en restaurantes, las noches en discotecas, los viajes de fines de semana, que representan un gasto económico que un sueldo mínimo no permite, han quedado en un lejano pasado, en otra Venezuela, que para él a veces es mejor no recordar.

Por otro lado están los jóvenes como José. Él dejó su carrera para empezar a trabajar en la empresa familiar hace tres años, cuando el prospecto de aprender el oficio, ayudar a sus padres y ganar dinero lucía más atractivo que esperar a que el gobierno resolviera los problemas de las universidades, que estaban en paros intermitentes.

Hoy José puede vivir cómodo con lo que gana. Frecuentemente se permite lujos que no todos sus amigos pueden –viajes al extranjero, ropa de marca, uno de los últimos Iphones– aunque considera que debe trabajar mucho más duro que la mayoría de ellos. De igual forma, José acepta su vida como es, con la suerte que le ha garantizado un buen trabajo, pero con la certeza de que su tierra natal no tiene esa dicha, y de que es una cuestión de tiempo para que los problemas del país lo alcancen él también.

La libertad económica que José goza resulta bastante codiciada en la calle. Comenta que debe elegir la ropa que se pondrá de acuerdo a donde vaya a ir, ya que usar ropa de marca puede marcarlo como un objetivo. “Para ir al trabajo, que queda cerca de una zona popular no muy segura, no puedo usar un buen reloj, y en ocasiones debo dejar mi celular en la casa, para no arriesgarme a que me roben, o algo peor”. Aunque su día a día no se ve limitado por los problemas que afectan a la gente de su edad –la inflación, la escasez o la incertidumbre política– el temor a la inseguridad lo persigue igual que a los demás venezolanos.

Y de noche, todo se complica. En el camino entre su casa y el lugar en que sus amigos lo esperan puede depararle incontables peligros, por lo que José debe tomar todas las previsiones necesarias para evitarlos. La paranoia vive consigo, y el miedo a ser robado o secuestrado lo mantiene en casa muchos fines de semana. Aún así, él espera que algún día todo esto cambie, y esa esperanza lo mantiene en Venezuela.

Yhoger Contreras solía ser uno de esos venezolanos que ponía buena cara al mal tiempo. Ya no más. “En mi mente todavía está apostar por el país, pero llega un punto en que estás tan atado de manos que no hay manera de surgir”. Ahora es uno más de esos jóvenes que sueña con el día en que pise otra tierra, el día en que sus derechos sean respetados y pueda hacer todo lo que aquí no puede.

“Muchas personas nos hemos cansado de luchar, de dar la guerra desde nuestra trinchera sin ver resultados”, dice Yhoger con trazos de desesperanza en su voz. Lamenta que, a pesar de que tiene toda la vida por delante y está a meses de ser un profesional de la comunicación, sus oportunidades laborales son limitadas, y las pocas que puede conseguir no satisfarán las necesidades básicas que necesita cubrir. Su idea de ser un periodista y trabajar por el país se ha difuminado, y en su lugar la búsqueda de una vida segura ha tomado su lugar.

A sus 23 años, Yhoger no ha podido comprar carros, terrenos y casas como sus padres a su edad ya lo habían hecho. Su papá a los 19 años pudo comprar dos terrenos que más tarde le permitieron adquirir su primer carro, explica él, resaltando la facilidad con que su padre lo logró y lo imposible que ello resulta en la actualidad. “Ya por los menos mis padres vivieron y tuvieron su etapa, y ahora viene la nuestra. Es bastante difícil aceptar que nuestro futuro está truncado por un sistema político”.

Sus padres le cuentan como de jóvenes solían salir con unos pocos billetes que les alcanzaban para comer, disfrutar y comprar toda la ropa y cosas que se les antojaran, sin que el gasto hiciera mella en sus bolsillos, “cosa que yo no puedo hacer”, añade resignado. Sin embargo, si él hubiese vivido en la Venezuela de sus padres, no cree que habría gastado el dinero en eso. “A mi me hubiese gustado tener dinero para poder viajar, pero no lo he podido hacer”.

El consejo que da a sus amigos, y el que espera seguir pronto, es emigrar. “No me he ido no porqué no quiera, porque las ganas están, sino porque no hay economía, porque no tengo sustento y es difícil irse como aventurero”. Es por eso que sus resoluciones del 2017 ya no se enfocan en ayudar a salvar a Venezuela desde el periodismo. Ahora, él se puso a sí mismo primero. “Ese es mi plan de este año, ahorrar y buscar dinero, terminar mis estudios y poder emigrar”.

Diferentes a la mayoría de jóvenes venezolanos, unos pocos están obligados a permanecer en Venezuela, exactamente tras las barras de una prisión, por haber continuado creyendo en el futuro que muchos han olvidado, o se han resignado a perder. Al menos 27 jóvenes se encuentran privados de libertad por causas políticas, denunció otra joven, Ana Karina García, quien funge como activista del Comité de Liberación de Voluntad Popular. Según ella, estos 27 muchachos están hoy, 12 de febrero –día de la juventud–, encarcelados por haber defendido los mismos ideales, la libertad y la independencia, que los jóvenes de 1814 defendieron un día como este.

Los que están por irse y los que se fueron

Orlando Zamora es un periodista de 27 años, todavía no ha tomado el vuelo en Maiquetía que lo lleve fuera de Venezuela, pero está en proceso. Orlando como miles de jóvenes nacidos en la tierra de Bolívar planea salir casi corriendo de la tragedia de país que se ha convertido su terruño. Al igual que sus contemporáneos siente que el oxigeno se le está acabando, que esa compuerta llamada libertad y calidad de vida se cierra poco a poco, como a Indiana Jones cuando escapa del Templo de La Perdición no quiere que la roca gigante rodante lo golpee o que el muro de concreto caiga y no le de tiempo de recoger su sombrero.

A Orlando le ha tocado lo mismo que a miles en el pasado reciente, correr de aquí para allá de Registro a un Ministerio en busca de un expediente, volver al lugar donde estudió para solicitar notas certificadas y pensum académico, llevarlos a que los legalicen y luego apostillen, todo un proceso largo y burocrático que ha pasado a ser parte de la cotidianidad de la juventud venezolana.

Lo normal por estos días es ver a personas regularmente menores de 30 años con títulos, pergaminos y carpetas deambulando por las oficinas del Ministerio de Educación Superior y del de Relaciones Exteriores en el centro de Caracas. Las colas largas no solo se hacen frente a mercados, farmacias y panaderías, también a las puertas de instituciones del Estado. La pregunta que ronda en el ambiente es: ¿Para donde te vas? La incertidumbre está a la orden del día, pero también la convicción de que se está haciendo lo correcto. El “aquí no hay futuro” ya es el lema de esta generación castigada con 18 años de chavismo. “Tengo pensado irme a Argentina como la mayoría de los que emigran ahorita me atrevería a decir”, dijo Orlando. “La razón es bastante lógica, es el país cuyos tramites son más fáciles. Debido a que Venezuela pertenece al Mercosur, puedes viajar sin pasaporte para allá”, agregó.

“Comencé a arreglar mis papeles en noviembre del año pasado, en diciembre los introduje en el GTU, pero me perdieron el pensum y el programa de estudio, el oficial con quien traté no sé hizo responsable y me dijo que los sacara de nuevo”. A Orlando este percance, posiblemente habitual en las instituciones gubernamentales locales no le paralizó en su afán de irse. La cólera del principio se transformó en una fuerza abrumadora, esa que se desprende del comentario mundano. “Por estas vainas es que me debo ir”.

“Así que nuevamente los saque en enero y debo esperar por ellos. Conseguí cita para apostillar relativamente fácil para finales de marzo”.

Dichas citas se han convertido en una especie de migraña para muchos, debido a la cantidad de solicitudes, la insuficiente modalidad de atención ministerial, los días feriados que cada año inventa el gobierno y hasta el ahorro energético, el tiempo entre solicitarlas y asistir al ente puede ser de meses, cuestión que ha hecho frotar las manos de los nuevos ejecutivos públicos: los gestores.

“Son muchos los problemas burocráticos, para lograr salir legal debes tener puestas las pilas”, recomendó Orlando.

Orlando nunca ha ido a Argentina, pero su hermano está allá desde hace un año, lo que podría facilitarle la adaptación. La motivación de este joven para dar un paso tan importante en su vida no es diferente a la del resto. “Solo busco calidad de vida, en Venezuela es cuesta arriba ahorrar dinero, mucho menos independizarte”, arrojó. “En un punto como la profesión te sientes estancado porque no puedes seguir creciendo y la inseguridad es una preocupación diaria”.

Asegura que regresar a Venezuela en un futuro, cuando el río vuelva a su cauce (si es que eso sucede) no es un planteamiento vago y retórico. “Claro, nunca he descartado esa opción”.

Jorge siempre tuvo la vena de inmigrante en su cuerpo, pero la llegada de Nicolás Maduro al poder aceleró su deseo de salir de Venezuela.

Graduado hace un año de abogado en la Universidad Católica del Táchira, el oriundo de San Cristóbal vive desde hace ocho meses en Buenos Aires, representa la nueva generación de venezolanos autoexiliados, su misión de vida hoy en día es procurarse un futuro óptimo, objetivo que en su tierra natal es prácticamente imposible de conseguir.

“Desde más pequeño siempre quise salir del país, irme de intercambio o algo así, pero siempre lo vi como una manera de conocer y poder formarme por fuera. Ya en los últimos tres años de la universidad fue que confirmé que la única manera de poder crecer profesional y personalmente era saliendo del país”, dijo desde Argentina.

A Jorge le tenía perturbado desde hace rato el hecho de no poder adquirir un carro y mucho menos una vivienda, pero más que eso la imposibilidad de avanzar en su profesión.

“Es imposible pensar en que ejerciendo normalmente una carrera y sin trampas o vueltas pueda llegarse a tener comodidades normales como en cualquier lado del mundo. No caer en la maquinaria de la corrupción es imposible ya en el país, y así no puede hacerse un profesional íntegro”.

Jorge sabía que no iba a ser fácil la adaptación, entiende que en otra latitud no te están esperando con los brazos abiertos con una oferta laboral. Pero ante eso y la realidad de hacer cola para comprar comida, no conseguir medicamentos y ser presionado para sacar el Carnet de la Patria, prefirió montarse en un avión. Una decisión que han tomado miles de jóvenes venezolanos desde que el chavismo se instaló en Miraflores.

“A mi me ha ido bien. No trabajo en mi área pero tengo un buen empleo y un buen lugar para vivir. Al principio si cuesta un poco, estar nuevo y no conocer absolutamente nada ni a nadie, pero ya luego uno se va amoldando a la situación y puede conseguir buenos resultados. Lo más seguro es que no sean inmediatos, pero a la larga los proyectos se construyen con paciencia”.

A Jorge le costó llevar a cabo todos los trámites burocráticos para obtener un permiso laboral en el extranjero, desde ingresar a páginas webs con amplio tráfico en la madrugada hasta hacer una cola kilométrica en el Ministerio de Relaciones Exteriores, pero lo más duro fue decir adiós en Maiquetía.

“Lo más difícil es despedirse de la familia, los amigos y la casa, pero eso es parte del proceso de crecer. El tema papeles se complicó, la página del Ministerio nunca cargaba para solicitar los antecedentes”, confesó.

Si bien los padres asumen regularmente la partida de sus hijos con tristeza, Jorge advierte que la situación país de alguna manera preparó a los suyos para el desenlace de hoy en día.

“En mi familia lo aceptaron muy bien realmente, ya varios primos se habían ido del país desde hace tiempo, primero a España y otros a Estados Unidos luego, así que ya en la casa sabían que era un paso necesario. Siempre estoy en contacto con ellos por WhatsApp y Skype, que es lo que deben hacer como al 80% de las familias venezolanas ahora”.

Jorge no ha tenido experiencias xenofóbicas en Argentina y tampoco cree que se presenten. “De rechazo nada. Este es un país de inmigrantes, mucha gente sabe que sus abuelos vinieron de otro lugar a establecerse acá, y la aceptación cultural es buena”. Dice que la mayoría siente curiosidad por conocer el fenómeno venezolano y algunos creen que lo informado en los medios de comunicación es una exageración.

“¿Está tan jodida Venezuela como dicen las noticias?, me preguntan en la calle. Trato siempre de responder eso con la mayor paciencia”.

Contrario a lo que podría pensar la mayoría de la gente acerca de un joven acabado de partir de un país con un futuro incierto, Jorge no solo aspira regresar para una eventual reconstrucción de la República, sino que desea iniciar esa recuperación desde ya. “El país no se va a arreglar cuando cambie el gobierno y la estructura que dejó. Mi idea no es regresar cuando todo mejore, sino ser parte del grupo de gente que quiere reconstruir al país desde mi área, poder representar a Venezuela mucho mejor que este gobierno, el cual realmente deja una mala imagen”.

Los que se lleva la violencia

Además de los jóvenes que siguen en el país con la esperanza de forjar un futuro aquí, y de los que tiraron la toalla para tomar un avión que los sacara de la pesadilla revolucionaria, queda un grupo de venezolanos menores de 25 años de edad que, por decisión o por accidente, corren el riesgo de tener el peor de los destinos que puede ofrecer el país más violento del mundo: la muerte o la delincuencia.

Este grupo está expuesto cada 18 minutos a entrar en la nefasta estadística que lo puede convertir en uno de los 78 venezolanos que son asesinados cada día en el territorio gobernado por Nicolás Maduro. “La gran mayoría de las víctimas de la violencia en Venezuela son jóvenes. De las 28.479 muertes violentas del año 2016, nuestras estimaciones indican que 21.643 personas tenían menos de 35 años de edad, es decir, un 76% del total de fallecidos. En el año 2016  fallecieron 9.967 jóvenes menores de 21 años,  como resultado de la violencia. Fueron 27 fallecidos cada día del año. De ellos, 854 tenían menos de 15 años”, dice un informe realizado por el Observatorio Venezolano de Violencia.

Según está organización, 40% de las víctimas de muertes violentes en 2016 (homicidios, resistencia a la autoridad y averiguación muerte) tenían menos de 19 años de edad. Algunas de estas víctimas forman parte de ese grupo que, por deseo o necesidad, permanece en el país trabajando, estudiando y abogando por un cambio.

Profesionales, estudiantes, prospectos del deporte, artistas han caído a manos de la delincuencia. Ya no están y todo lo que podían ofrecer a sus familias y al país -en la etapa más productiva de sus vidas- se lo llevó la violencia.

En su análisis el OVV agrega que: “Los jóvenes, además de ser el sector más vulnerable a ser víctima de la violencia, también son los más propensos a delinquir y convertirse en potenciales victimarios. Según nuestros registros de monitoreo de prensa, un 72% de los victimarios tiene menos de 35 años, y casi la mitad de este grupo posee entre 20 y 24 años, representando el 32%”.

Hay un sector de jóvenes que eligen la vía de la violencia, estimulados por la idealización de la figura del “pran”, y ven el camino de criminalidad como un alternativa de ascenso social. Pero también influyen otros factores. “Las dos grandes fuentes de integración de la juventud a la sociedad: la educación y el trabajo, se han visto debilitadas como mecanismos de esperanza en el futuro. Una parte importante de la juventud abandona el sistema escolar entre los 11 y los 15 años de edad, 2 de cada 5 jóvenes no asisten regularmente a un centro de educación”, explica el documento del OVV.

La edad de incorporación de los niños venezolanos al mundo delictivo se ubica entre los 12 y 14 años de edad. A los 19 años muchos ya han pisado una cárcel y a los 25 años suman una lista de prisiones entre sus últimos sitios de residencia, además ya se han convertido “en una máquina de matar”, según refiere el padre Alejandro Moreno en un reportaje publicado por el diario El Tiempo de Anzoátegui, en 2014.

Adicionalmente los que se encuentran en libertad, luego de haber cumplido una condena, ya han contraído nuevas deudas con la justicia: siguen presos en sus barrios, sin mucho que perder, porque están “solicitados” por algún delito. Saben, además, que su futuro es corto.

*Foto: ellugardedalia.blogspot.com