Carlos Dorado, autor en Runrun

Carlos Dorado

¡Éramos felices y no lo sabíamos! por Carlos Dorado

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En el mundo moderno, la felicidad está rodeada de mitos, y la compresión de la misma, así como también el dónde encontrarla están distorsionadas. Generalmente es el pensamiento y no el acontecimiento real, lo que hace o crea la infelicidad, haciendo que  los sufrimientos se perpetúen como una forma de dolor autogenerado. Sin embargo, la felicidad siempre se encuentra en el aspecto positivo de cada evento y concepto, por muy pequeño porcentaje que ésta tenga en ese evento.

Todo esto viene a colación a raíz de una persona que perdió a su hijo, cuando en una intervención quirúrgica le insertaron una jeringa para introducirle dióxido de carbono. Lamentablemente, la aguja entró unos milímetros demasiado lejos y perforó la arteria femoral, uno de los mayores vasos sanguíneos que trasporta sangre desde el corazón. En unas pocas horas el muchacho estaba muerto.

Sin lugar a dudas, que perder un hijo de dieciocho años debe ser una de las experiencias más duras que una persona pueda padecer, sobre todo cuando estaba en la plenitud de su vida, y todo surgió en forma tan inesperada, y debido a un error humano involuntario.

Lo primero que una persona se cuestiona es: ¿Por qué a mi hijo? ¿Por qué a mí? ¿Cómo se puede justificar sin perder la fe? ¿Qué sentido tiene la vida de ahora en adelante? ¿La vida es injusta? Olvidándose incluso de los otros hijos que tiene y para los cuales la vida continúa, y seguramente van a requerir más que nunca del apoyo y la guía de unos padres, ante la ausencia de su hermano.

Éramos felices y no lo sabíamos”, comentó. Mientras transitaba por las etapas lógicas de este tipo de tragedias. No paraba de llorar, el dolor de perder a su hijo era como un cuchillo permanentemente clavado en el corazón. Por momentos creía enloquecer. No tenía sentido seguir viviendo otro día más. Terminando por destruirle su fe en la vida.  

Hasta que un buen día comenzó a desplazar la atención de lo que su hijo había dejado de ser, por lo que fue. De lo que hubieran vivido, por lo que han vivido. De la tristeza de haberlo perdido, por la felicidad de haberlo tenido. Apeló a los buenos recuerdos con su hijo, y al convencimiento de que ya no había nada que hacer para volver a estar con él, y debía buscar su felicidad y la de su familia sin el hijo. Desesperadamente buscó cosas a qué aferrarse para mantener una actitud positiva, y encontrar el equilibrio contrarrestando todo lo negativo.

Es precisamente “ese equilibrio”; el deseable punto intermedio entre el extremo del exceso y el de la carencia, donde las fuerzas opuestas terminan siendo complementarias. Lo que en las antiguas enseñanzas chinas recibían el nombre de “la vía del tao” y el dúo “Yin y Yang”, que esencialmente es lo mismo que los budistas llaman “sendero”, y los griegos llamaban “el medio dorado”, e inclusive en el Islam recibe el nombre de “camino recto”.

Estas enseñanzas recomiendan que cada quien debe dejar que la mayoría de los acontecimientos de nuestras vidas encuentren su propio equilibrio, ya que la sombra no pudiese existir sin la luz o viceversa; y donde inclusive los rasgos más deseados tendrán que encontrar su equilibrio, como por ejemplo: el valor, que aunque sea una virtud, llevada al exceso podría ser una gran temeridad, o en su ausencia una gran cobardía.

El sufrimiento era una opción; pero no la única y decidió volver a vivir, no quizás con la alegría de antaño, pero tampoco con la tristeza del pasado reciente.

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¿Cómo sobrevivir sin Twitter?, por Carlos Dorado

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El otro día me encontraba en una reunión, y se comenzó a hablar de personas del sector político y económico, y cada vez que salía un nombre a relucir, alguien del grupo comentaba: “ese es un vendido”, “ese es un ladrón”, “ese es un bandido”, “ese es un corrupto”. Siempre con calificativos muy insultantes y peyorativos. Otros, más irresponsables decían: “a mí me dijeron que ese señor era…”, “una persona que lo conoce me contó que es…”. Chismes y desprestigio eran los protagonistas de la reunión.

 

Parece que todo el mundo en nuestro país es ladrón, corrupto y vendido, menos por supuesto, el que está hablando o criticando. ¿Por qué nos cuesta tanto reconocer los méritos y valores ajenos? ¿O es que pensamos que reconociendo el de los demás, estamos pisoteando los nuestros, o subimos los nuestros a costa de desprestigiar a los demás?

Pero ahora para insultar, para chismear o para hacer comentarios degradantes, no hace falta ir a una reunión o hablar con un amigo, simplemente con acceder a las redes sociales, ya encontramos una plataforma ideal de difusión masiva. ¿Ustedes han leído los comentarios que le hace la gente a los artículos de prensa, o a un Twitter? La mayoría usan un lenguaje vulgar, resentido, acusador y casi todos tienen un denominador común: una ortografía de niño de primaria (y de los primeros grados). Estoy seguro de que si no permitiesen comentarios con errores ortográficos, quedarían las redes huérfanas de comentarios.

Las redes sociales se han vuelto muy peligrosas, y la prensa rigurosa está siendo sofocada y exterminada por un montón de aficionados, manipuladores, acomplejados y espontáneos que forman un grupo heterogéneo en el que prima la ausencia de rigor, de criterio y de principios básicos de convivencia y respeto al ser humano.

Ese rigor que se le exige al periodista profesional y serio, y que se le debe exigir a toda persona que pueda ser leída por un determinado número de lectores, pierde la batalla frente al populismo, al insulto, a la demagogia, a la noticia sin confirmar y al sensacionalismo fácil de las redes sociales.

En un mundo como éste -inculto, complejo, lleno de ruido, insatisfecho, resentido, con muy poco criterio y sin valores-; las redes sociales son el mejor de los vehículos; porque no tienen reglas, no se filtra nada, y cualquiera puede decir lo que le da la gana, a sabiendas de que ni su identidad estará al descubierto. ¡Dan la oportunidad de hablar a legiones de mediocres!

Al final, la gente termina comportándose y pensando más según lo que le ofrece las redes sociales populistas, irresponsables y degradantes, que a lo ofrecido por el medio riguroso y contrastado. ¡La información veraz ha sido sustituida por el ruido y el rumor de las redes sociales!

Claro, que no se puede negar que son un medio de comunicación muy potente, y en crecimiento exponencial (¡esto me preocupa!), donde fluye muchísima información; pero lamentablemente, no discrimina, no jerarquiza, no filtra, no exige ningún tipo de méritos, principios, investigación o conocimientos. ¡Ni siquiera la identidad de la persona!

“¿Carlos, cómo puedes vivir, sin una cuenta en Twitter, Instagram o Facebook?”, me preguntaron casi al final de la reunión. “Más bien me gustaría preguntarles a ellos cómo pueden vivir con cuentas de Twitter, de Instagram o Facebook”.

Yo definitivamente soy de la vieja guardia, y no me avergüenza. Todavía vale más para mí un buen libro que un Twitter o un Instagram.

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Carlos Dorado Ene 28, 2018 | Actualizado hace 2 años
¡No te rindas! por Carlos Dorado

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Me parece que recién ayer era joven. Sé que los viví, pero todos los días me pregunto: ¿a dónde se fueron los años de mi juventud?; la vejez lo toma a uno de sorpresa. Un buen día la tienes delante y te preguntas. ¿Cómo llegamos tan rápido aquí? Pareciese que el tiempo nos tomó desprevenidos con el paso de los años, y siempre creíamos que la vida era muy larga, y nos estamos dando cuenta que ya comenzamos a visualizar la meta de llegada.

Los amigos ya están comenzando a retirarse, y están teniendo más canas, más barriga y menos pelos. Ya nos movemos más lento, y salimos caminando, cuando antes lo hacíamos corriendo.  Algunos están en mejor forma, otros peor, pero todos hemos cambiado.  La edad comienza a sentirse y a notarse. Ya somos aquellas personas mayores, que nunca pensamos que algún día lo seríamos.  

¡Parece mentira! Parece que fue ayer, pero ya estamos en la fase de observación. Observando las viejas pasiones  que se alejan, observando como los viejos impulsos ya no nos zarandean, observando lo que antes ni siquiera veíamos. Observando el final.

Hemos entrado en esta nueva etapa de la vida, sin preparación alguna para sufrir los dolores y achaques que comienzan a asomarse, y ya notamos la pérdida de fuerza o habilidad para ir y hacer las cosas que de nuevo quisiéramos hacer.

Ya comenzamos con cada día que pasa, a parecernos más a nuestros padres. Ya comenzamos a ser repetitivos, a hablar más del pasado que del futuro. Ya no somos curiosos como antes, y ya no queremos sorpresas ni que nos sorprendan. Ya la soledad comienza a acompañarnos con mayor frecuencia cada día. Ya no aprendemos, vivimos de lo aprendido. Ya no miramos, sólo observamos. Ya no vivimos de la esperanza, sino del recuerdo. Ya no entendemos a los jóvenes, pero no nos damos cuenta que ellos tampoco nos entienden a nosotros. Ya cambiamos el entusiasmo por la pasividad.

Llegamos a esta etapa de nuestras vidas, donde tenemos mucho que decir, pero a nadie le interesa. Tenemos mucha experiencia, pero poca creatividad. Donde el entusiasmo lo sustituimos por la indiferencia. Donde el sueño de creer en imposibles, se convierte en el despertar de no lograr ni lo posible. Donde, de esa lista tan larga de creencias, cada año se va borrando inexorablemente cada creencia, hasta dejarnos prácticamente sin lista.

La vejez, es ese enemigo que irremediablemente siempre terminará ganándote la batalla. ¡Sólo es una cuestión de tiempo! Sin embargo, todos soñamos con llegar a viejos, porque entendemos que es el único medio para vivir más tiempo.

Hemos tenido mucha suerte al haber llegado hasta aquí. Pero la nostalgia, los recuerdos, la tristeza nos van invadiendo poco a poco, al saber que la fiesta se está terminando, a pesar de que hace tiempo que hemos dejado de bailar. Recordamos dónde hemos ido, qué hemos hecho; pero sabemos que no volveremos a ir, y no lo volveremos a hacer.

Y quizás más de una tarde en nuestra soledad, leyendo en ese sofá que ya forma parte de tu vida, tratando de “pasar el día”,  tal vez nos volvamos a quedar dormidos, mientras leemos un poema de Mario Benedetti:” No te rindas, por favor no cedas, aunque el río queme, aunque el miedo muerda, aunque el sol se esconda y se calle el viento, aún hay fuego en tu alma, aún hay vida en tus sueños”.

Despertamos, lo leemos de nuevo, y nos quedamos pensando: ¿a dónde se fueron los años de mi juventud?, ¿Cómo llegamos tan rápido aquí? Mientras te repites a ti mismo: ¡No te rindas! ¡No te rindas!

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¿De quién es la culpa? por Carlos Dorado

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Somalia es uno de los cuatro países del mundo en los que la hambruna se extiende a mayor velocidad. La situación es parecida en Sudán del Sur, en Yemen y en el noreste de Nigeria. En estos cuatro países, más de 20 millones de personas pueden morir de hambre, y no en un futuro próximo, sino ya.

Pero estos 20 millones de personas que pueden morir de hambre en semanas, sólo son la parte más visible del problema. La parte más importante del drama se resume en una cifra: 800 millones de personas siguen pasando hambre en la Tierra. Es decir, uno de cada nueve habitantes del planeta hoy en día pasa hambre. El coordinador de la ayuda de emergencia de la ONU, Stephen O’Brien, declaró que: “el mundo se encuentra ante la mayor crisis humanitaria, desde la Segunda Guerra Mundial”.

Tomando en cuenta que los pobres del mundo dedican el 70 por ciento de sus ingresos a comprar alimentos. Una subida de los precios del arroz, el trigo o el maíz, representa una rápida amenaza de muerte para millones de personas.

Durante siglos, los agricultores vendían sus cosechas en los diferentes mercados, a un precio fijado de acuerdo a la oferta y la demanda real de los mismos. Hasta que llegaron los “futuros y opciones”, unos instrumentos financieros, los cuales son acuerdos sobre el precio de compra y venta de los alimentos a una determinada fecha en el futuro.

Fue en los años noventa, cuando a los bancos se les permitió mantener grandes posiciones en el mercado de futuros de los alimentos. No contentos con esto, se crearon los “fondos indexados”, que agrupan contratos para diferentes productos alimentarios, como: maíz, arroz, trigo, etc.

De ese modo, los grandes inversores y fondos dispuestos a enriquecerse con la comida del planeta, se abalanzaron sobre estos productos financieros, y alteraron el comportamiento normal de los precios de los alimentos. ¿Consecuencias? Sólo en el 2010 las subidas de los precios, como resultado de la especulación financiera llevaron a que 44 millones de personas cayeran por debajo del umbral de la pobreza.

Numerosas organizaciones humanitarias, a las que se ha unido el Papa, exigen que se ponga fin a la especulación financiera con los alimentos. En 2014, la Unión Europea trató de quedar bien y sacó una normativa; pero que resultó ser una pantomima “influenciada por el lobby financiero internacional” al establecer, que un inversor individual puede tener hasta el 35 por ciento de las posiciones de los productos alimentarios, lo que significa que, en teoría tres inversores podrían controlar todo el mercado bursátil de los alimentos a nivel mundial.

Las autoridades reguladoras de los países desarrollados, son las únicas que pueden parar esto. Si no lo hacen, los necesitados del mundo quedarán indefensos, a merced de los especuladores, que tienen en sus manos una de las armas de destrucción masivas más eficientes; pero también más rentables.

Es verdad, que hay países, que por la ineficiencia de sus gobernantes, no logran desarrollar políticas económicas que les garanticen a sus ciudadanos cubrir la necesidad más básica de cualquier ser humano: comer; pero no es menos cierto que el hambre a nivel mundial, se debe en buena parte a la falta de voluntad política de los países desarrollados al permitir que se especule con lo más sagrado: la alimentación.

¿De quién es la culpa? Mientras tanto, los pobres son las víctimas de un juego global con el que otros se enriquecen: la especulación alimentaria en Bolsa.

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Carlos Dorado Ene 14, 2018 | Actualizado hace 2 años
¡Sin comentarios! por Carlos Dorado

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Durante estos recientes días navideños y de año nuevo, tuve la oportunidad de leer algunos libros. Uno que me gustó fue: “La sonrisa de Mandela”, de John Carlin, corresponsal en Sudáfrica del periódico inglés “Independent” durante los años 1990-1995.

Me hizo recordar la imagen de Nelson Mandela saliendo de la cárcel, el domingo 11 de febrero de 1990, con su puño en alto, tras 26 años en la prisión. Fue una foto que marcó el principio del fin de una de las tiranías más abominables de la historia contemporánea de la humanidad.

El último discurso que había pronunciado había sido en 1964, durante un juicio en el que se enfrentaba a una posible condena a muerte. En ese momento dijo:” He luchado contra la dominación blanca y la dominación negra, he acariciado el ideal de una sociedad democrática y libre donde todos los hombres convivan en armonía e igualdad de oportunidades. Se trata de un ideal por el que espero vivir y que aspiro ver hecho realidad”.

Desde el mismo momento en que salió de la cárcel, entendió que la solución de Sudáfrica tenía que pasar por la paz, por la reconciliación y por la tolerancia política; a sabiendas de que la responsabilidad final de la violencia no era únicamente del gobierno, la policía o el ejército, sino también de los blancos y de los negros.

En ese momento se hizo una pregunta: ¿Por qué nos peleamos? Y su respuesta fue: “Intentemos la reconciliación”. No era un fanático, ni siquiera un romántico, era una persona pragmática y sagaz que
estaba consciente de cuáles eran las alternativas. Sólo por citar la zona de Johannesburgo, más de diez mil personas murieron allí como resultado de la violencia política durante los cuatro años posteriores a su liberación.

Si no se le ponía fin, su pueblo se vería arrastrado a una espiral de guerra y venganza, y todo estaría perdido. Inició así, la cruzada del diálogo y la reconciliación, basado en que ninguno de los
que eran enemigos podía vencer al otro. Evitó una cruenta guerra civil, y construyó una democracia que permanece tan estable como sana en su esencia.

Hoy Sudáfrica es un país en el que se respetan las instituciones, donde hay libertad de expresión y prensa, un poder judicial independiente, unas elecciones libres, y una vida política que  no se define por la raza. ¡La alejó del abismo!

Quizás a él, le hubiese resultado más fácil soltar los perros de la guerra; pero logró a través del diálogo, que los blancos y los negros abandonaran sus impulsos de venganza y sus miedos. Le hizo pensar de forma diferente, se basó en su integridad, y en su coherencia entre los valores que exponía y su comportamiento en la vida.

Avalado por muchos años de cárcel sufrimientos y trabajos forzosos, Mandela poseía unos valores fijos: La justicia, la igualdad, y el respeto por todos. ¡El más pragmático de los idealistas!

Supo ser tan inteligente como virtuoso, tan astuto como audaz. Una victoria ganada a pulso, venciendo a sus demonios personales, a sus vengativos seguidores negros, al gobierno del apartheid instalado durante tres siglos, y a la belicosa y dictatorial extrema derecha.

Una vez que llegó a presidente, y aquí es donde radica su mayor grandeza, llegando a la cima de su vida, cubierto de gloria y grandeza y admirado por todo el mundo, concedió el regalo del perdón y logró la reconciliación, mientras insistía en que nunca se había visto a sí mismo como un Dios, y que su mayor virtud era que estaba consciente de sus muchos defectos.

¡Sin comentarios!

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¿Candidato presidencial? ¿Como para qué?, por Carlos Blanco

EleccionesMunicipales_2017

 

La compulsión por repetir los errores es una neurosis establecida en varios sectores de la oposición. Eso de escoger un candidato presidencial para unas elecciones, que si Maduro todavía está allí hará a su medida, suena extemporáneo y contradictorio con la actual tragedia de hambre y muerte.

Si sigue entronizado en Miraflores, con un Alto Mando Militar de vergüenza, un suprapoder en la constituyente y los del CNE controlados –sean estos o los otros, los de la “negociación” –, cualquier elección de cualquier tipo será “ganada” por el régimen imperante, especialmente si es presidencial. Se ha demostrado de manera inclemente en 2017: hicieron su constituyente en la sastrería cubana, realizaron sus elecciones de gobernadores para ganarlas con los propios y los cuatro prestados, llamaron a elecciones de alcaldes y se quedaron con lo que les dio la gana. Todas esas elecciones eran para instituciones en las que no había problemas en repartir un poco de aquí y de allá, para disimular; pero, nada. Se quedaron con el lomito, el solomo, el lagarto, el bofe y el pellejo.

Son hechos. Hay unos tontones que estiman que, dado el descontento que llega hasta la alcoba de los nuevos empolvados, ahora Maduro sí entregaría el cetro de su podrido reinado. No habría sino que escoger al candidato unitario de una MUD que solo sobrevive en sus lánguidos y acanémicos comunicados. Candidato que sería machacado, triturado en esas elecciones, pero que pretendería crear una suerte de nueva esperanza por aquello de que “yo solo tengo el arma del voto”, “los que se oponen al voto que tomen Miraflores con fusiles” y otras idioteces al uso.

La cuestión que eluden quienes quieren tener candidato presidencial ya es que no habrá elecciones competitivas sino hasta que Maduro salga del poder, y cuando este acontecimiento ocurra ha de venir un período de transición que ponga cierto orden en la moña, que reorganice el sistema electoral y ponga sobre sus pies la economía. En ese proceso se reorganizarán los actores políticos, surgirán unos nuevos, se eclipsarán otros, y unos cuantos se transformarán. El país que asistirá a unas elecciones presidenciales en el marco de la transición será distinto y carece de sentido volver a poner la carreta delante de los bueyes.

Lo primero es lo primero: la salida de Maduro del poder. Y si no sale no hay ninguna posibilidad electoral real. Cuando se restablezca la república habrá elecciones democráticas; no antes.

Candidatos desesperados colectando recursos para su gloria, tranquilidad, por favor.

 

@carlosblancog

El Nacional

Carlos Dorado Ene 07, 2018 | Actualizado hace 2 años
La piedra y el hombre, por Carlos Dorado

2018

 

Entre todos los mensajes de felicitación que recibí por el año nuevo, hay uno que me llamó la atención. Su título: “La piedra y el hombre”, y decía: “El distraído tropezó con ella, el violento la utilizó como proyectil. El emprendedor construyó con ella. El campesino cansado la utilizó de asiento. Drummond, la poetizó. David la utilizó para derrotar a Goliat, y Michelangelo le sacó la más bella de las esculturas. En todos los casos la diferencia no estuvo en la piedra, sino en el hombre. Este nuevo año es el mismo para todos; pero depende de nosotros lo que hagamos con él”.

Mi madre, solía decirme: “Carlos ayúdate, que Dios te ayudará”. Como aquel que quería ganar la lotería, pero nunca la compró. Todos tenemos un potencial y una fuerza creadora que nos puede llevar a lo mejor de nuestro mundo, pero también a lo peor. Buscar lo mejor de cada uno, y alejar lo peor, deberían ser lecciones a aprender desde nuestros primeros pasos.

El ser humano tiene un cerebro distribuido en partes; una de ellas es la parte consciente que utilizamos constantemente a través del uso de los sentidos, y es la que hace una “lectura” sobre la realidad que nos rodea, y nos lleva a tomar decisiones de lo que queremos y lo que no queremos.

Pero hay otra parte de nosotros: El subconsciente. Esa parte que realiza funciones que no se ven, no se tocan, pero que están ahí; como el sueño, el flujo sanguíneo, los sentimientos, las emociones, la influencia de los alimentos en nuestra salud, etc. Este subconsciente realiza funciones seguramente más complejas que las dictadas por el consciente. El hecho de que no podamos verlas o palparlas, no significa que no existan.

Lamentablemente, nadie nos enseña a tener una actitud positiva, a creer en nuestros sueños, a perseguirlos utilizando lo mejor de nosotros mismos. Más bien los medios de comunicación nos bombardean por un lado, con noticias nefastas y violentas, crisis, ataques terroristas, corrupción; y a la vez nos sobrecargan con publicidades de carros, teléfonos, lujos, vacaciones.

Nos llevan a un sentimiento de pesimismo, donde el futuro siempre va a ser peor que el presente, y donde le destruyen la autoestima a la mayoría que no puede lograr todos esos bienes materiales que supuestamente todo triunfador debería tener. ¡Inducen a la hostilidad, en un mundo per se muy hostil!

Cada uno es arquitecto de su propia vida, y lo primero es estar preparado y creer en uno mismo, para poder construir una buena vida. Tenemos que comenzar por conocernos, y descubrir dónde están nuestros problemas para mejorar (sin engañarnos), y así sacar todo el potencial que tenemos, con mucha autodisciplina, trabajo y pasión. ¡Así, sólo será una cuestión de tiempo!

Pero también debemos buscar el buen ambiente, y a la gente positiva que también lucha y cree en lo mejor de sí misma. Que tengan sueños y que crean en un futuro mejor. Pero sobre todo, la persona adecuada a tu lado que te ayude, que te impulse, que crea en tus sueños como algo posible, y no esas personas tóxicas, envidiosas, que no dejan que sueñes, y menos aún que los logres. ¡Esas personas que todo el tiempo te están llevando al desánimo y apostando a tu fracaso!

Por eso la actitud con que trabajemos esa “piedra” en este 2018 será la que determine nuestro éxito, sin olvidar en todo momento, que hay  muchas variables jugando al mismo tiempo, y cada vez que una de ellas tenga un peso exagerado en la ecuación, terminará por destruir el resultado.

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Derechos humanos, ¿para humanos derechos?, por Carlos Dorado

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La violencia en cualquiera de sus formas y expresiones es siempre un fracaso de las sociedades que la viven, y debe ser castigada; ya que la finalidad del castigo es asegurar que el culpable no reincida en el delito y lograr que los demás se abstengan de cometerlo.

Aquellas sociedades que no logran lo anterior, están enviándoles un mensaje de impunidad, pues premian al violento y castigan al pacífico impulsándolo a la violencia. ¡Misericordia sin justicia es una gran crueldad hacia la víctima!

Una mezcla de la situación económica, influencia mediática para que la violencia sea un tema común en casi todas las películas, y la falta de principios y valores en el hogar; son algunos de los ingredientes que llevan a las sociedades, sobre todo en  Latinoamérica, a tener la violencia a flor de piel, y donde la vida de un ser humano termina valiendo muy poco o casi nada.

Una persona que le quita la vida a otra, por un par de zapatos, por robarle un celular, e inclusive en algunas ocasiones sin motivo alguno, simplemente por el  placer de hacerlo; ¿Merece vivir?, ¿Qué castigo debería aplicársele? Muchos son los activistas, pacifistas y organizaciones que apelan a los derechos humanos del que mata. ¿Pero quién le devuelve los derechos humanos que tenía la víctima? ¿Quién le devuelve su vida? ¿Quién paga los sufrimientos de sus seres queridos?

Todo esto viene a colación, porque me impresionó y me hizo reflexionar una carta que le escribió una madre a otra madre, y que dice lo siguiente:

“Vi tu enérgica protesta delante de las cámaras de televisión. Vi cómo te quejabas de la distancia que te separa de tu hijo, y de lo que supone económicamente para ti el ir a visitarlo como consecuencia de esa distancia.

Vi también, toda la cobertura mediática que le dedicaron a dicha manifestación, así como el soporte que tuviste de otras madres en la misma situación, y de otras personas que querían ser solidarias contigo; y que contabas con el apoyo de otras organizaciones y sindicatos populistas, comisiones pastorales, entidades en defensa de los derechos humanos, ONGs, etc.

Yo también soy madre y puedo comprender tu  protesta e indignación.

Enorme es la distancia que me separa de mi hijo. Trabajando mucho y ganando poco, e idénticas son las dificultades y los gastos que tengo para visitarlo. Con mucho sacrificio sólo puedo visitarlo los domingos. Porque trabajo inclusive los sábados, para el sustento y educación del resto de la familia.

Felizmente también cuento con el apoyo de amigos, familia, etc. Si aún no me reconoces, yo soy la madre de aquel joven que se dirigía al trabajo, con cuyo salario me ayudaba a criar y mandar a la escuela a sus hermanos menores, y que fue asaltado y herido mortalmente a balazos disparados por tu hijo.

En la próxima visita cuando tú estés abrazando y besando a tu hijo en la cárcel, yo estaré visitando al mío y depositándole unas flores en su tumba, en el cementerio.

¡Ah! Se me olvidaba: ganando poco y sosteniendo la economía de mi casa, a través de los impuestos que pago, tu hijo seguirá durmiendo en un colchón y comiendo todos los días. O dicho de otro modo: seguiré manteniendo a tu hijo malhechor.

Ni a mi casa, ni al cementerio, vino nunca ningún representante de esas entidades (ONGs) que son tan solidarias contigo para darme apoyo, o dedicarme unas palabras de aliento. Ni siquiera para decirme cuáles son mis derechos”

¡Los derechos humanos deberían ser para los humanos derechos!

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