¡No te rindas! por Carlos Dorado

¡No te rindas! por Carlos Dorado

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Me parece que recién ayer era joven. Sé que los viví, pero todos los días me pregunto: ¿a dónde se fueron los años de mi juventud?; la vejez lo toma a uno de sorpresa. Un buen día la tienes delante y te preguntas. ¿Cómo llegamos tan rápido aquí? Pareciese que el tiempo nos tomó desprevenidos con el paso de los años, y siempre creíamos que la vida era muy larga, y nos estamos dando cuenta que ya comenzamos a visualizar la meta de llegada.

Los amigos ya están comenzando a retirarse, y están teniendo más canas, más barriga y menos pelos. Ya nos movemos más lento, y salimos caminando, cuando antes lo hacíamos corriendo.  Algunos están en mejor forma, otros peor, pero todos hemos cambiado.  La edad comienza a sentirse y a notarse. Ya somos aquellas personas mayores, que nunca pensamos que algún día lo seríamos.  

¡Parece mentira! Parece que fue ayer, pero ya estamos en la fase de observación. Observando las viejas pasiones  que se alejan, observando como los viejos impulsos ya no nos zarandean, observando lo que antes ni siquiera veíamos. Observando el final.

Hemos entrado en esta nueva etapa de la vida, sin preparación alguna para sufrir los dolores y achaques que comienzan a asomarse, y ya notamos la pérdida de fuerza o habilidad para ir y hacer las cosas que de nuevo quisiéramos hacer.

Ya comenzamos con cada día que pasa, a parecernos más a nuestros padres. Ya comenzamos a ser repetitivos, a hablar más del pasado que del futuro. Ya no somos curiosos como antes, y ya no queremos sorpresas ni que nos sorprendan. Ya la soledad comienza a acompañarnos con mayor frecuencia cada día. Ya no aprendemos, vivimos de lo aprendido. Ya no miramos, sólo observamos. Ya no vivimos de la esperanza, sino del recuerdo. Ya no entendemos a los jóvenes, pero no nos damos cuenta que ellos tampoco nos entienden a nosotros. Ya cambiamos el entusiasmo por la pasividad.

Llegamos a esta etapa de nuestras vidas, donde tenemos mucho que decir, pero a nadie le interesa. Tenemos mucha experiencia, pero poca creatividad. Donde el entusiasmo lo sustituimos por la indiferencia. Donde el sueño de creer en imposibles, se convierte en el despertar de no lograr ni lo posible. Donde, de esa lista tan larga de creencias, cada año se va borrando inexorablemente cada creencia, hasta dejarnos prácticamente sin lista.

La vejez, es ese enemigo que irremediablemente siempre terminará ganándote la batalla. ¡Sólo es una cuestión de tiempo! Sin embargo, todos soñamos con llegar a viejos, porque entendemos que es el único medio para vivir más tiempo.

Hemos tenido mucha suerte al haber llegado hasta aquí. Pero la nostalgia, los recuerdos, la tristeza nos van invadiendo poco a poco, al saber que la fiesta se está terminando, a pesar de que hace tiempo que hemos dejado de bailar. Recordamos dónde hemos ido, qué hemos hecho; pero sabemos que no volveremos a ir, y no lo volveremos a hacer.

Y quizás más de una tarde en nuestra soledad, leyendo en ese sofá que ya forma parte de tu vida, tratando de “pasar el día”,  tal vez nos volvamos a quedar dormidos, mientras leemos un poema de Mario Benedetti:” No te rindas, por favor no cedas, aunque el río queme, aunque el miedo muerda, aunque el sol se esconda y se calle el viento, aún hay fuego en tu alma, aún hay vida en tus sueños”.

Despertamos, lo leemos de nuevo, y nos quedamos pensando: ¿a dónde se fueron los años de mi juventud?, ¿Cómo llegamos tan rápido aquí? Mientras te repites a ti mismo: ¡No te rindas! ¡No te rindas!

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