La contradicción caraqueña de ser joven y no ser malandro, por Nicole Rivas* - Runrun
La contradicción caraqueña de ser joven y no ser malandro, por Nicole Rivas*
Asumir un estereotipo como el de los organismos policiales, que adjudican a los jóvenes que por vivir en pobreza son hampa, equivale a pensar que casi el 40 % de la juventud en Caracas es malandra

 

@miconvive

Nunca soñaron con el asfalto de Casalta, por ende,/ no conocen las canciones de cuna que otorgan las balaceras./ Las avenidas de mi Caracas no son como París, Lisboa o Roma/ son universos donde cualquier cosa te puede suceder/ caballos de apamates y cruces de flores en mayo/ Caracas es más que violencia./  Tomado de Caracas no es solo violencia, Luis Alejandro Indriago.

 

Las bandas y megabandas delictivas en Caracas se distinguen por reclutar niños, adolescentes y adultos jóvenes provenientes de zonas en situación de vulnerabilidad. Niños mayores de diez años se sumergen en las organizaciones y se involucran en actividades delictivas; luego, entre los 16 y 25 años, pueden acceder a un estatus de malandro donde ejercen activamente la violencia armada y, por lo tanto, la fuerza letal (2). Estos hechos sugieren que la juventud se encuentra estrechamente implicada en la problemática de la violencia.

Del otro lado de la moneda, la mayoría de los individuos que mueren a manos de la violencia armada tiene un perfil común: hombres jóvenes y pobres (2). Para el año 2021, el Monitor de Víctimas, MDV (1), registró 544 homicidios; de estos, al menos el 70 % son masculinos en edad productiva, entre los 18 y 37 años, oriundos de barrios y de piel mulata. También, el 35 % de este total de homicidios fueron labrados por el CICPC, las FAES y la PNB, haciendo a esta población el principal blanco de las ejecuciones extrajudiciales (2).

Basándose en estos rasgos, sobre los que se erige el estereotipo de malandro, los cuerpos de seguridad del Estado, como otros sectores ciudadanos, justifican las ejecuciones violentas y discriminatorias hacia esta población, con una lógica de prejuicio y exterminio. No obstante, muchos de los ejecutados no tienen que ver con grupos armados, es decir, son inocentes; haciendo que la dinámica de la violencia resulte en un padecimiento colectivo que también sufre la juventud y sea una de las más afectadas por sus secuelas.

En vista de esto, es imperante replantearnos la imagen del joven malandro y preguntarnos si las características que le atribuimos son generalizables a todos los jóvenes provenientes de barrios caraqueños.

Especialmente, porque estos ajusticiamientos hacen pensar que la población juvenil es culpable de la violencia; y que en ella reside la causa del problema.

El contexto de la mayoría de los jóvenes venezolanos: exclusión y pobreza

“Los problemas de los jóvenes cambiaron radicalmente en menos de una década. De la inseguridad y los vicios… a los problemas económicos” (3).

Según la Encuesta Nacional de Juventudes3 (ENJUVE) del año 2021, al menos el 40 % de los jóvenes venezolanos se concentra en los hogares de menos ingresos, ubicándose en un rango de pobre a pobre extremo. Esto responde, en parte, a que el período 2013-2021 estuvo marcado por la reducción de oportunidades de la población juvenil en cuanto al estudio y el empleo.

Las cifras indican que durante este tiempo aumentó la proporción de jóvenes que ni estudian ni trabajan. Específicamente, el año 2021 se caracterizó por un crecimiento en el rezago escolar en adolescentes entre 12 y 17 años en casi un 20 % y una mayor privación del acceso a la enseñanza universitaria en adultos entre los 18 y 24 años. Además, el grupo de edad que más descendió su actividad económica fue el de los 25 a 35 años (4), lo que lleva a que el desempleo juvenil duplique al resto de la población activa.

Por lo tanto, estamos hablando de una población que sufre doble exclusión: por desescolarización y por desempleo. La mayoría de quienes están en edad de estudio son desertores o no han podido continuar con sus estudios superiores; y a pesar de que lo hacen para cubrir el alto costo de la vida y la escasez de alimentos, no logran encontrar oportunidades de trabajo estables, remuneradas y dignificantes.

Según la ENJUVE, en la percepción de los jóvenes sobre sus condiciones de vida, estos enfatizan la inflación, el desabastecimiento y precariedad de empleo (33 %) por encima de la violencia, el consumo de drogas y la inseguridad personal (14.1 %), priorizando la problemática del sustento e ingreso familiar como principal angustia; y como causa de otros problemas sociales que se desprenden.

Para poder decir que casi la mitad de los jóvenes venezolanos están en situación pobreza, la ENCOVI (Encuesta Nacional de Condiciones de Vida) y la ENJUVE tomaron en cuenta una serie de indicadores como la educación, el empleo, los ingresos económicos, la vivienda y el acceso a servicios; siendo evidente la afectación de esta población en 5 de 5. Es decir, asumir un estereotipo como el de los organismos policiales, que adjudican a los jóvenes que por vivir en pobreza son hampa, equivale a pensar que casi el 40 % de la juventud en Caracas es malandra.

El origen de la violencia no es la pobreza, la edad o la raza

La violencia es producto de la desigualdad social y la exclusión (5); ambas reforzadas por la segregación socioterritorial de la ciudad.

La segregación socioterritorial consiste en las desigualdades sociales producto del aislamiento espacial. Sucede porque, dentro de un colectivo urbano, los sujetos se agrupan en aglomerados iguales entre sí por razones físicas y establecen fronteras simbólicas que diferencian unos grupos de otros. Se crean además esquemas cognitivos que separan entre ellos y nosotros.

Este concepto es importante porque Caracas es una metrópoli fragmentada que acentúa la desigualdad entre barrio y ciudad debido a la marginación que distancia las clases sociales.

Y consolida la división por el acceso diferencial de la población a beneficios como la educación, vivienda e ingresos. Esto discrimina entre quienes ejercen su derecho como caraqueños y quienes se les dificulta hacerlo.

Al nombrar a alguien marginal estamos aceptando que no es merecedora de integrarse a la sociedad de la misma manera en que tampoco lo es en la ciudad. Así, admitimos su posición de no participación como ciudadano e impedimos problematizar su limitación de acceso tanto a recursos como a la red de decisiones sociales e individuales que le competen. Esto conlleva a la creencia errónea de que no forma parte, ni debe, de las tareas y responsabilidades a emprenderse para la solución de sus problemas.

No obstante, poblaciones que enfrentan este tipo de situaciones están en la capacidad de superarlas, siempre que puedan dirigir sus recursos personales y sociales para cuestionar, afrontar su realidad y visualizar mejores posibilidades para ellos y quienes los rodean.

Un riesgo real: marginación y estigma social

Lo que sin dudas pone en riesgo a los jóvenes que hacen vida en las comunidades de Caracas tiene que ver con una problemática que afecta a la mayoría de la población venezolana: inseguridad alimentaria y dificultades para estudiar y conseguir trabajo; aunado a la violencia en distintos niveles. A esto se le suma el tener que lidiar con el estigma social de ser malandro, independientemente de si lleva a cabo actividades ilícitas o no (esto último, en la mayoría de los casos).

Un malandro es un miembro de una banda que comete delitos relacionados con extorsión, secuestro, tráfico de drogas y robo de vehículos a través del uso de armas de fuego. Al hacer referencia a ellos de esta forma, se les carga con una serie de rasgos y comportamientos desfavorables que consienten que se les vea como inaceptables o inferiores, lo que justifica conductas de exclusión al concebirlos como seres que renuncian a la ética del ciudadano común para hacer daño.

De esta manera, se les condena al punto de que diferentes actores institucionales y ciudadanos propongan como solución a la violencia, la eliminación de esta población. Para Zubillaga, estas formas de reparación implican la expansión de la incapacidad para reconocernos como humanos, multiplicar las muertes y fortalecer la letalidad de la violencia actual en Venezuela.

Para accionar dentro de este contexto, es necesario evaluar con qué cuenta el joven para hacerle frente al entorno en el que hace vida y lograr resultados exitosos. No buscamos cuestionar y cambiar aspectos de su identidad, sus valores o cultura, sino que más bien se trata de que los jóvenes actúen y asuman responsabilidades con respecto a su situación, entendiendo que sí tienen capacidades poderosas para modificar el rumbo de su historia.

Es clave intervenir en sus factores de riesgo y protección, construir junto con ellos alternativas para contrarrestar los padecimientos impuestos por el ambiente y contribuir a su resiliencia. Esto no pueden lograrlo individualmente sino como un colectivo; en un sistema de interacción sujeto y entorno. Si internalizan la percepción de ser un grupo social incompetente, cancelarán su capacidad de agencia y aceptarán destinos determinados por los estigmas a pesar de que sí puedan hacer algo al respecto.

Para reconstruir el significado de ser un adolescente o adulto joven en una zona popular de Caracas, es necesario que estos cuenten con un tejido social sólido que les ayude a alcanzar un ajuste psicológico y social óptimo a pesar de las adversidades. Es aquí como ciudadanos, sociedad civil e instituciones en general jugamos un papel fundamental para que puedan interpretar su vida fuera de las etiquetas de malandro o marginal y explorar su identidad desde una connotación diferente: como la de un joven caraqueño.

*Especialista en formación y acompañamiento en el programa “Vamos Convive” – Mi Convive.

Fuentes:

  1. Monitor de Víctimas (2021). Fuego Cruzado en Venezuela. Runrunes.
  2. CECODAP (2022). Reclutamiento de Niños, Niñas y Adolescentes por el Crimen Organizado en Venezuela.
  3. Encuesta Nacional sobre Juventud (2021). Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales. Universidad Católica Andrés Bello, Caracas-Venezuela.
  4. Encuesta Nacional sobre Condiciones de Vida (2021). Condiciones de vida de los venezolanos: entre emergencia humanitaria y pandemia. Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales. Universidad Católica Andrés Bello, Caracas-Venezuela.
  5. Zubillaga, V. (2013). Menos desigualdad, más violencia: la paradoja de Caracas. Nueva Sociedad, (243), 104.
  6. Cariola, C., & Lacabana, M. (2004). Caracas metropolitana: exclusión social, pobreza y nueva pobreza en el contexto de las políticas neoliberales. Cuadernos del CENDES, 21(56), 145-153.