Amargura pasiva no es resistencia, por Alejandro Armas - Runrun
Amargura pasiva no es resistencia, por Alejandro Armas
No tiene ningún fundamento afirmar que darse un gusto es insensible hacia los pobres. A Maduro y compañía no les inquieta esa amargura pasiva

 

@AAAD25

Vas a un restaurante, no necesariamente de los más costosos. Cuando te sirven el plato, te parece que se ve muy apetitoso y bien presentado. La lengua le da razón a los ojos. Como no perdiste la plata, se te ocurre subir a Instagram la foto que le tomaste a la comida, indicando tu satisfacción y recomendando el lugar. Al cabo de una hora, muchos “me gusta” y comentarios aprobatorios… Pero también imprecaciones airadas. Te tildan de insensible por mostrar que complaciste a tus papilas gustativas, mientras miles de tus compatriotas se irán a la cama con el estómago vacío. Te dicen que el conformismo de personas como tú es la razón por la que el chavismo sigue gobernando. ¡Hasta te señalan de “enchufado”! Porque solo la nueva casta oligárquica es capaz de pagar eso, ¿no?

Esta es una película que he visto ya varias veces, con variaciones de locación y parlamentos. A veces el motivo del encono es una fiesta (sí, antes de la pandemia). A veces el inquisidor alega que el sitio es propiedad de algún jerarca revolucionario (aunque no haya ninguna prueba de ello). Pero el patrón es el de venezolanos indignados porque sus compatriotas en el país tienen la osadía de expresar un disfrute cualquiera. La cosa no se limita a bodegones y restaurantes nuevos. Ya ni siquiera celebrar las experiencias de larga data y que aún son posibles está exento del lanzamiento de dardos. Hasta ir al Ávila puede ser visto como señal de indolencia mediocre de cara a la tragedia venezolana.

Vaya montón de necedades. Parece mentira que haya que decirlo, pero tratar de gozar de lo poco que queda en pie en Venezuela no implica indiferencia hacia nuestra calamidad.

No supone desconocer el autoritarismo, la emergencia humanitaria, la violencia criminal, etc. Ni mucho menos renunciar a los intentos por cambiar el desastre.

La inmensa mayoría de los venezolanos está insatisfecha, incluyendo a los que sin embargo tienen la suerte de poder pasarla bien así sea de vez en cuando. Viven saltando obstáculos solo para ganarse la vida. Lidiando con apagones, falta de gasolina, escasez de efectivo, un internet prehistórico y demás problemas. Quieren un cambio. Les urge. Pero…

Pero no saben cómo lograrlo y ven poco probable que ocurra en el corto o mediano plazo. Porque el régimen, aunque afectado por las sanciones internacionales, no se está derrumbando. Mientras, la dirigencia opositora, la que tiene la responsabilidad de encabezar a los millones de inconformes, desde hace mucho que no presenta un plan concreto para lograr el objetivo.

Mientras tal situación siga, ¿es acaso un pecado que los ciudadanos traten de hacer, a partir de sus iniciativas privadas, que la vida en Venezuela no sea tan dura? Si el barco no se hunde pero está a la deriva, con la tripulación encerrada en camarotes de lujo y desentendida de todo el problema, ¿está mal que los pasajeros, mientras traten de pensar en una solución, hagan algo para que la vida a bordo no sea un infierno ininterrumpido? Obviamente la respuesta es un rotundo “no”.

Sí, hay incontables venezolanos que, empobrecimiento socialista mediante, no tienen dinero para ir ni a una tasca barata. Pero que los que sí pueden se abstengan de hacerlo no los va a ayudar en absoluto. Al contrario, si lo que queda de la industria del esparcimiento en Venezuela cerrara porque su público meta decide de pronto que por “solidaridad” con los demás no va a consumir, el resultado sería que miles de personas perderían sus trabajos. Más personas sin empleo formal y sin ingreso estable. Más hogares precarios. Así que no tiene ningún fundamento afirmar que darse un gusto es insensible hacia los pobres.

Quedarse encerrado en casa a llorar sin cesar por la suerte del país mientras el chavismo gobierne tampoco es una forma de lucha o resistencia. No aporta absolutamente nada a la causa por la restitución de la democracia y el Estado de derecho en Venezuela. A Maduro y compañía no les inquieta esa amargura pasiva. Y digo “pasiva” porque no veo a los denunciantes de la diversión ajena moviendo un dedo en dirección más desafiante al régimen. No están en cafés o galerías de arte (o al menos no lo exhiben), pero tampoco están manifestándose en la calle, ni llamando a la gente a hacerlo.

¿O será que más bien pretenden que la imagen de Venezuela sea de total miseria homogénea para ver si así un salvador extranjero nos libera, y que por tanto todo venezolano que rompa con ese papel es un traidor? Esta sería otra ridiculez. Llevamos siete años padeciendo una verdadera catástrofe socioeconómica, con imágenes dantescas que le han dado la vuelta al planeta entero. Pero la realidad es que eso no ha movido a las democracias del mundo a ir más allá de la presión indirecta.

Está de más decir que tal actitud no solo es absurda, sino además muy hipócrita, en el caso de venezolanos emigrados que ni de broma están dispuestos a regresar a calarse este chaparrón. Los que siguen aquí no están de ninguna manera obligados a ser objeto permanente de las imágenes apocalípticas que un sujeto tuitea desde su apartamento en Sunny Isles Beach etiquetando al senador Marco Rubio.

Mi exhorto a mis conciudadanos sigue siendo el mismo: presionemos a la dirigencia opositora para que desarrolle una estrategia que nos involucre a todos, en vez de estar en un interminable titubeo sobre ir o no ir a mesas de diálogo o a elecciones. Pero mientras eso no ocurra, no se sientan mal invirtiendo parte del fruto de su trabajo honesto en su recreación. Ni dejen que ningún cretino les diga que por ello son corresponsables de la tragedia. Allá él.

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