Cuando era niño, por Orlando Viera-Blanco - Runrun
Cuando era niño, por Orlando Viera-Blanco
Tuve una infancia de duchas enlodadas. Llegaba cada tarde a casa y mi «primer deber» era aprovechar lo que quedaba de luz para pasear en bicicleta e ir a la montaña

 

@ovierablanco

Boris Cyrulnik profesor de Psicología de la Universidad de Toulouse, especialista en la teoría del apego -la más reconocida en psicología sobre la capacidad de socialización de los niños- nos ofrece una búsqueda del reconocimiento y la autoestima a través del aseguramiento, que es aprender y aprehender desde la infancia. Vivencias -éxitos o fracasos- que nos permiten una línea de expresión e identidad por haber sido el remedio para el sufrimiento y el trauma. Esa herramienta es la resiliencia, que se nutre de ralentizar. ¿Qué es ralentizar? Es contar tu historia, lentamente, suavemente. Buena o mala, pero expresarla…

A partir de ahí liberas dudas y dolor. Recuerdas la alegría por superar los sufrimientos. Y eres feliz. Quiero contar la mía…

Una infancia de tierra, aire y mucha calle…

Cyrulnik nos enseña que la educación de los países nórdicos ha acogido la ralentización. Desde muy pequeños a los niños se les guía compartir, ser creativos, participativos a través del deporte, las artes, el oficio al aire libre. Comparten aulas con espacios para cocinar, dibujar, practicar deportes, cantar, tocar un instrumento. De esta forma comunican mejor compartiendo su experiencia creativa, desarrollando sus habilidades o reconociendo las que no tienen o no les gusta, mientras generan empatía. Frente al revés, no escatiman pedir ayuda. Y aprendiendo lentamente cada proceso (ralentizar) aseguran noblemente su conocimiento.  

De niño tuve una infancia de duchas enlodadas. Llegaba cada tarde a casa regreso de la escuela y mi «primer deber» era aprovechar lo que quedaba de luz para pasear en bicicleta e ir a la montaña. Éramos cinco críos inseparables. Arturo, Pascual, Jorge, Armando y Paul. Apenas con 8 años aprendimos a degustar la arena y las piedras de las nuevas edificaciones de la cuadra.

Cuánta audacia asistida de inocencia. Nos lanzamos hasta de un segundo piso al montículo de arcosa para la mezcla de cemento, y ver quien se sepultaba más. Jugábamos a “los equilibristas” cabalgando delgados muros medianeros. Mamá nunca se enteró y nunca se explicó de dónde salía tanta tierra. Hoy sería un cuento de ficción… De esa audacia aprendimos que temer y prevenir, es bueno…

Un templo llamado béisbol

Pasar el día en casa era imposible. Los espacios no eran generosos y ver TV era un lujo reservado a las telenovelas de mamá o los noticieros más juegos de pelota de papá. Un Caracas-Magallanes en blanco y negro por TV ¡era mágico! Cuando fui por primera vez al Universitario, me impresionaron tres cosas: la velocidad del lanzamiento del pitcher, la inmensidad de la pizarra y Lezama. Otra mágica realidad…

Un terreno baldío muy empedrado -cerca de casa- era nuestro campo de béisbol, y también nuestro campo de los sueños. Tanto aprendíamos a lanzar, batear o atajar como recibir pelotazos del bote pronto de la pelota de spalding (en honor a Albert Spalding, creador de la dura esférica de cuero de caballo y único olor y costuras rojas), descocida de tanto morro (…). Luego, visitar el quiosco de José en la esquina, era un ritual.  Íbamos por sobres de barajitas de cartón [peloteros] o de Kool-Aid (que nos fiaba), terminando en una farmacia por curitas o un tarro de mercurio cromo. Nos defendíamos de la sed, el ocio o las heridas a solas ¡pero en equipo! Pololo, nuestra mascota-cacri (peludo a rabiar) ¡era nuestro guardaespaldas! 

A las duchas

Al llegar a casa después de una tarde muy sudada y mugrienta, el grito de guerra de mamá: «¿Dónde estabas metido que no te he visto hacer la tarea? Prepárate para comer porque a las siete comienza La Usurpadora”. Un poco antes de la telenovela llegaba papá de su consulta… Después de pelear con el portugués de la panadería, Joao (copeyano, calderista y magallanero, siendo papá adeco, romulero y caraquista), llegaba a casa con sus canillas de pan recién horneadas más un maletín de muestras médicas (que obsequiaba a sus pacientes, Joao incluido). La vida transcurría en vivo, pausadamente. Nada de Instagram, nada de Facebook. Ni Nintendo, ni Netflix. Nada fugaz…

Aprendimos a obedecer, a ir y a volver, con desprendimiento. Nunca supe la clave de aquella sana obediencia. Me enteré cuando papá se fue de esta vida. Su imagen llegando a casa bien trajeado, de corbata o bata blanca, con sus manos llenas de ilusión, trabajo, autoridad y tutela, me viene siempre a la cabeza. Y no se marcha, felizmente ¿Cómo no obedecer?

Entre sol, mar y fogatas, de sufrir a ser feliz, había un paso. Boris Cirulnik (por cierto único sobreviviente de su familia en el Holocausto) afirma que lo que alimenta la resiliencia es nuestra capacidad de olvidar lo malo y recordar lo bueno. Cambiar rencores por apegos, que es nostalgia, que es alegría de ir para volver… a esos recuerdos.

Inventaba historias…

Cuando era niño me gustaba correr, saltar o navegar. Un clásico ir de Camurí a Naiguatá empopado en una pequeña veleta en un mar picado y salvaje… Subir el Ávila desde Macuto al “teleférico amarillo”, era perderse entre cascadas, cocadas, uveros de playa, zapote y topo topo.  Al decir de aquella maravillosa canción de Delia (que casi gana el festival OTI 79) “(…) cuando era niño ¡me gustaba corretear con todos mis sueños por la arena de la mar; inventaba historias de una estrella que se hundió dentro de las olas de mis cuentos de ilusión”.

Jamás dejemos de ser niños porque es la historia de todas las alegrías por la que superamos todos los sufrimientos. Así vamos, suavemente, lentamente, ralentizando, atesorando apegos que es arraigo, que es pertenencia, que son cuentos de ilusión, que es resiliencia, ¡que nos hará libres!

Y volveremos…

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