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#MonitorDeVíctimas | El dolor despierta el activismo comunitario, por Gabriela Caveda y Guillermo Sardi
Las historias cambian vidas: Jorge y Fernando son un ejemplo de lo que se logra al trabajar desde la “paz positiva”. Ellos y otros muchos líderes sociales demuestran que el trabajo comunitario es la más robusta tabla de salvación con la que pueda contar un país destruido.

 

@miconvive 

Jorge, hoy líder del activismo comunitario de Caracas Mi Convive, perdió a su hijo mayor en manos de la violencia. Un grupo armado de jóvenes de la misma zona donde él reside, en el oeste de la ciudad, segó la vida de su primogénito. Después del asesinato de su hijo, fue invitado por algunas personas de su comunidad a tomar venganza a través de las armas.

Convivencia vs venganza

Jorge eligió tomar otro rumbo, a pesar del dolor irreparable que implica perder a un hijo. Decidió dedicar su vida al activismo comunitario y la promoción de la no-violencia, ayudando a jóvenes de su comunidad a recibir acompañamiento psicológico y mentoría para la inserción laboral. Así como liderar la recuperación de espacios públicos tomados por la violencia en su barriada.

De esta manera, nos cuenta cómo decidió no tomar represalias a pesar del dolor que todavía siente:

Yo estoy preocupado es por mis otros dos hijos y mi esposa; yo voy y mato a los hermanos de ese chamo, entonces la mamá y ellos lo que van a buscar es de matar a los míos también, que no tienen nada que ver con esto. Y entonces vamos a vivir en una lucha constante… ¿a ti te gustaría que te mataran a tu hijo así como me mataron al mío?”.

El cariño por sus hijos y esposa fue el motivador más grande para convertirse en activista en nombre de la paz y la convivencia, con apoyo de los programas de Caracas Mi Convive.

La “paz” de la parca

Desde que Monitor de Víctimas comenzó a recabar datos en la principal morgue de la ciudad , en mayo de 2017, se han registrado 3634 muertes violentas. La suma incluye tanto homicidios entre civiles como aquellas muertes perpetradas por las fuerzas de seguridad del Estado.

De acuerdo a las cifras de 2019, se calcula que el 38 % de las muertes violentas fueron realizados por los organismos de seguridad del Estado.

Estas cifras revelan que se está intentando imponer una paz desde el conflicto, desde el uso excesivo de la fuerza, con la excusa de que algún día no habrá más violencia. Habría que preguntarnos ¿nos sentimos seguros siendo testigos o estando en el medio de enfrentamientos entre fuerzas de seguridad del Estado y grupos armados?

Jorge apuesta por la vida

El sociólogo noruego Johan Galtung propone conceptualizar la paz de dos formas:

La “paz negativa”

Que hace referencia a la ausencia de conflicto. Es el caso de la que se busca lograr con la violencia, a través de quitarle la vida a los presuntos generadores de la violencia.

La “paz positiva”

Orientada a abordar la violencia desde sus causas y no desde sus consecuencias.

Aquí, la historia de Jorge es especialmente valiosa para ejemplificarla. Porque no solo él mismo decidió no continuar con los ciclos de violencia y venganza, sino que eligió dedicar su vida a abordar dos de los factores que propician la violencia: el aislamiento de los jóvenes en comunidades con altos niveles de homicidios, y el abandono de los espacios públicos como lugares de encuentro. Su activismo comunitario es una lección de vida, realizable en otras barriadas del país. 

Galtung advierte que el abordaje de la violencia exclusivamente desde el polo negativo reduce el conflicto por cortos períodos de tiempo. Pero siempre vuelve a resurgir si no se desarrollan las garantías para una paz positiva.

Décadas que gotean sangre

Si vemos las cifras históricas del uso de la fuerza policial para reducir la violencia, desde el año 2000, la tasa de muertes por “resistencia a la autoridad” a nivel nacional (la única medida de letalidad policial oficial), no ha bajado de 3,87 muertes violentas por cada 100 000 habitantes, con un aumento progresivo hasta llegar, en el año de 2017, a una tasa  de 17,61.

En relación a los homicidios entre civiles, para el año 2000, la tasa de homicidios en Venezuela fue de 33 por cada 100 000 habitantes. En cambio, para el año 2017, la tasa aumentó a 51 homicidios por cada cien mil habitantes. E

El año más grave fue el 2014, cuando la tasa de homicidios alcanzó los 63 por cada 100.000 habitantes[1]. Es decir, si consideramos las cifras de entes oficiales entre el 2000 y el 2018, aumentaron tanto los homicidios entre civiles como las muertes violentas perpetradas por fuerzas de seguridad.

Puede afirmarse que más vidas se pierden cuando la policía también utiliza la fuerza letal para actuar. Por lo que la construcción de una paz positiva constituye una línea prioritaria de intervención si queremos reducir las muertes violentas en nuestro país.

Desde la experiencia de Caracas Mi Convive en comunidades con altos niveles de homicidios, hemos observado que los operativos policiales -que incluyen enfrentamientos- generan miedo, profundizando el estrés postraumático en sus residentes. Basándonos en estas observaciones, desarrollamos herramientas de acompañamiento psicosocial que las visibilizan para construir las bases de una paz positiva y alentar el activismo comunitario en el que Jorge y miles de líderes vecinales militan tras experiencias personales dolorosas.

Del dolor al activismo social

La Red de Atención a la Víctima (RAV) se enfoca justamente en trabajar las secuelas psicológicas que genera la violencia en las personas. El proyecto se basa en la formación de espacios de confianza para expresar y elaborar las emociones y creencias que han surgido de los sucesos violentos, con el fin de que cada persona pueda contactar con esa parte de sí que quizás no había sido hablada en un espacio seguro.

También, para que grupalmente puedan ver que las emociones son compartidas y que juntos pueden hacer algo para cambiar su entorno; que no están solos y son agentes de cambio en sus propias comunidades.

Esta transición del dolor al activismo comunitario la pudimos presenciar con Jorge, así como en muchas otras historias a lo largo de los años de trabajo en las comunidades. Por ejemplo, a principios del 2020 hicimos un trabajo en conjunto para recuperar una cancha en San Andrés, El Valle. Durante el taller que se hizo resaltaron las historias de violencia, en su mayoría contadas por Fernando.

Fernando es un hombre que da clases de fútbol en la cancha en recuperación ya mencionada. Es una persona excepcional dentro de su comunidad y a través de su trabajo, de largos años, ha podido conocer y formar parte de muchas historias de la misma.

Recuerdos (tristes) que salvan

Una de las anécdotas más llamativas fue la de un niño a quien le dio clases y quien luego, siendo joven, entró a una banda. Al poco tiempo fue asesinado. Fernando contaba que todos los días tenía presente a este joven, no solo por el dolor, sino porque hizo de su recuerdo el motor para seguir siendo profesor de fútbol y trabajar por un futuro diferente para su comunidad.

En la comunidad de San Andrés, en el Valle, expresar y reunir estas historias en un espacio seguro permitió que cada quien viviese el beneficio de poner en palabras el dolor. También, de conectar con la persona que tenían al lado y reconocerse en sus anécdotas, aprendiendo en el proceso que combatir la violencia con violencia no trae beneficios duraderos y que, como no están solos, pueden trabajar para que su comunidad tenga un futuro diferente.

Las historias cambian vidas. Jorge y Fernando son un ejemplo, pero también el grupo que estuvo ese día lo demuestra al trabajar desde la paz positiva de la que hablaba Galtung. El activismo comunitario es la más robusta tabla de salvación con la que pueda contar un país destruido.

[1] Cálculos realizados por la unidad de Conocimiento de Caracas Mi Convive a través de cifras oficiales.