Anoche vi a Juan Guaidó, por Sebastián de la Nuez - Runrun
Anoche vi a Juan Guaidó, por Sebastián de la Nuez

Anoche vi a Juan Guaidó. De lejos, pero lo vi y escuché en directo, en la plaza de Sol, el área más populosa, emblemática y turística de Madrid, la capital del Reino, de la Madre Patria, como dice el líder del PP, Pablo Casado, que le dicen los venezolanos a España, y es verdad: España es la Madre Patria. Ayer, el connotado diario El País publicó un editorial justo y claro sobre la ambidextra actitud del Ejecutivo de coalición ante el periplo de Guaidó por Europa, detrás del cual no ha podido estar otra persona sino Felipe González —y probablemente Juan Luis Cebrián—, uno de los mejores amigos que tuvo Carlos Andrés Pérez en vida. Los partidos españoles sufren cismas, relevos generacionales, trastabilleos propias del compromiso y el chantaje, remezones del crecimiento, las presiones del poder. El PSOE pudiera ser, quizás, víctima de algún tipo de chantaje en este tema relativo a Venezuela.
Anoche vi a Juan Guaidó, y no hay duda de su energía, de su autenticidad, de que es, como quien dice, “uno de los nuestros” con su padre de taxista en Tenerife y su voz guaireña resonando en los altoparlantes de esta plaza universal. Lo pone todo en su discurso. Pone su talento, pone su formación, pone su sentido de la oportunidad. Puede que Ledezma sea una sombra pavosa, puede que su embajador en Madrid sea un tanto pusilánime, pero Juan Guaidó se ha convertido en una referencia de lucha por la libertad, un símbolo, un río que en algún momento se va a desbordar y ya se sabe que los ríos arrastran de todo, llegada la crecida.
Anoche vi a Juan Guaidó y todos en la plaza, donde no cabía literalmente un alfiler, vieron en él una esperanza concreta de futuro. Eso es lo que anima a la gente: una voz, una ilusión de reencuentro en paz. Un horizonte para un país desahuciado, acogotado hasta la asfixia. No hizo ningún anuncio concreto, habla de valores y asegura que las cosas pronto cambiarán y que todos los venezolanos podrán regresar a su país pero no indica cómo será posible esto. Recalca el apoyo internacional. Asegura que los venezolanos no están solos. Dice que cada quien en el exterior tiene algo por hacer, y es comunicarse en positivo. En fin, su discurso es motivador, reivindica la voluntad de mantenerse en pie, insiste en llamar a la calle y habla de algo que lleva por dentro cada venezolano de la diáspora: no se puede ser tolerante con el chavismo. «Yo les pido que nos paremos firmes por nuestros valores, por la democracia, por lo que podemos ser como sociedad. Ya hemos sufrido demasiado», dijo.
También dijo que su generación no llegó a repartir culpas sino a asumir responsabilidades.
Los momentos conmovedores estuvieron en su homenaje a la diputada de AD, Addy Valero, fallecida recientemente debido a un cáncer, quien se negó a ser extorsionada por el gobierno madurista en la AN, y cuando hizo un recorrido verbal por las ciudades de Venezuela. La nostalgia también moviliza.
Había recibido, poco antes, las llaves de la ciudad (honor solo reservado a jefes de Estado) de manos del alcalde José Luis Martínez-Almeida. El Partido Popular ha sacado provecho de la visita de Guaidó a España, y lo ha hecho con total legitimidad. Si el partido socialista pone al aire sus costuras, nadie más que el partido socialista tiene la culpa de ello. Que vean cómo ponen en regla sus contradicciones. Nadie tiene la culpa de las torpezas del ministro José Luis Ábalos sino el PSOE. Nadie tiene la culpa de arrastrar a Rodríguez Zapatero y su cuate Raúl Morodo sino el PSOE. Pedro Sánchez, en vez de recibir anoche a Guaidó, prefirió irse a Málaga a derrochar físico en la entrega de los premios Goya. La farándula no le salvará de enfrentar las cosas como son, con esa cara de futuro que tienen.
Anoche vi a Juan Guaidó en Puerta del Sol, la foto que acompaña esta nota no es gran cosa pero es mía, con esas dos banderas como foco de atención en el ayuntamiento.
Anoche vi a Juan Guaidó en plena faena. Créeme, Rodríguez Zapatero, es el futuro, no tus 38 viajes a Venezuela (¿a cobrar en efectivo?), que son apenas el pasado ante el cual el país democrático no será tolerante.