Sebastián de la Nuez, autor en Runrun

Sebastián de la Nuez

Los tres ligaditos, por Sebastián de la Nuez

De izq. a der., Rodríguez Zapatero, Pablo Iglesias y Baltasar Garzón. Fotos de Wikimedia Commons / Composición: Runrun.es

@sdelanuez 

Es posible que tengamos que convivir con la covid-19 durante meses o años, dicen científicos virólogos y otros expertos. Ya hay experiencias previas. La gente tiene que envalentonarse y saber que el enemigo es invisible. El izquierdismo trasnochado se le parece, por cierto: es completamente invisible pero circula. Hay que lavarse las manos a fondo.

¿Cómo saber si el izquierdismo por el cual nos sentimos seducidos (porque apunta a la justicia social y todas esas cosas bonitas) es, en realidad, un izquierdismo ansioso de perpetuarse, ciego de rabia y soberbia?

¿Cómo saber, si es invisible como el coronavirus y no lo vemos echar espuma por la boca? Yo no he visto a Pablo Iglesias echar espuma por la boca, pero tampoco, nunca, vi a Chávez en eso.

En todo caso, hay que estar conscientes: ese tipo de izquierdismo es una patología, una covid-19, un síndrome enquistado en las neuronas de mucha gente, que lo lleva y quizás es asintomática… a menos que se le escape algo en un tuit. Hay venezolanos que añoran su juventud tirapiedras en la tierra de nadie de la UCV. Como diría Bob Dylan, ¡ah!, pero entonces éramos más viejos de lo que somos ahora.

Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio (eso lo ha dicho no Dylan sino Serrat, izquierdista visible y sin rabia).

La verdad es que toda esa ideología revolucionaria, estacionada durante tanto tiempo al borde de la Historia y repleta de resentimiento, sirvió de trampolín al chavismo. El chavismo, o su detritus (usualmente madurismo), es la fase superior y acabada de hornear de la izquierda fracasada.

Una carretera secundaria es el feminismo militante, negado a ver la violencia de manera holística, como fenómeno social y no sectorizado por género, compartimentado. El partido Unidas Podemos, en España, busca su target en la rabia de las mujeres, sea justificada o no. Y el gobierno de Sánchez anda en lo mismo: de allí la burrada que cometieron ambos el 8 de marzo, al promover la expansión del mortífero virus a sabiendas de que la pandemia ya era inminente.

La pubertad es una enfermedad que se cura con el tiempo pero en el entretanto produce fantasmas, empuja a desatinos y aventuras suicidas para salvar al mundo.  Durante mucho tiempo, Venezuela vivió en la pubertad. ¿Lo sigue haciendo?

Allí es donde entronca esta historia con Rodríguez Zapatero, Baltasar Garzón y Pablo Iglesias. Los tres son producto de una España indignada pero también corrupta; los tres son la propia defensa del chavismo en Europa.

La corrupción de estos tres personajes es por revanchismo: España les debe algo. El franquismo les debe algo (por supuesto, a toda España, no solo a ellos). Su vecindario, seguramente, les debe algo. El dueño de Zara o de Repsol les debe algo y ellos van a sacárselo, mediante chantaje o sirviéndole como intermediarios ante gobiernos latinoamericanos. Los tres han hecho política, carrera y dinero haciendo uso del carácter noble, pero también ofuscadamente adolescente, del pueblo español.

Erich Fromm, que sabe de cabellos en la cabeza de cada quien porque es su especialidad, dijo que el carácter es el destino del hombre. A los españoles, sobre todo a seguidores del PSOE y de Izquierda Unida, se les ha caído la baba siempre por la infame satrapía castrista. Lo primero que hizo Sánchez al encaramarse al poder fue viajar a Cuba, departir con Raúl, su pana Raúl.

Una noche estaba Baltasar Garzón en el principal auditorio de Casa de América, en un foro sobre Derechos Humanos en América Latina. Habló bien, habló con datos. No es ningún improvisado. Al final me le acerqué y le propuse una entrevista, le dije que saldría en un portal venezolano, que él podía decir cosas interesantes. Me miró por un instante y me dijo que hablara con Pepito Pérez en su Fundación. Traté de que me diera un teléfono pero ya estaba atendiendo, ágil, a otras personas que requerían su atención.

Conseguí los teléfonos, llamé a «Pepito Pérez» y, como temía, nunca estuvo para mí.

Baltasar tiene una Fundación, okey. En sí mismo él es toda una institución. Pero no tendría por qué temer a ningún periodista venezolano radicado en Madrid, ¿no? Lo hubiese entrevistado con delicadeza y le habría preguntado cosas directas y sencillas como «¿cuánto dinero tiene usted, juez, en su cuenta en Andorra?»

¿Qué es la izquierda, hoy en día? Una consigna, un talismán, un muñequito vudú que hace milagros todavía. El parapeto de una cúpula enquistada en el poder en uno de los países más hermosos y ricos del mundo, cúpula apoyada por gobiernos que una vez fueron comunistas pero hoy no se sabe lo que son, porque su ideología, si la tienen, es pastosa, informe, invisible para las entendederas del resto del mundo.

Al menos, antes el mundo sabía a qué atenerse.

***

Ha habido gente en el Twitter burlándose de los venezolanos que creyeron (y siguen creyendo) ver en Trump un salvador, alguien que con poder bélico le dé una lección definitiva al narcogobierno. Pero he aquí que a Trump, fiel a su naturaleza atrabiliaria, se le salió alguna barrabasada sobre Guaidó y enseguida salieron los nostálgicos de la izquierda fracasada con un «qué, ¿van a seguir creyendo?, ahí lo tienen al Trump, ¿qué dicen ahora, ah?»

Resulta que es una ingenuidad y una bobería pretender que los venezolanos, ese pueblo que padece lo indecible, no cifren sus esperanzas en quien sea. Es una crueldad de los que no saben empatizar, ni tienen agallas para ponerse en los zapatos de los más desdichados, los que permanecen.

Los venezolanos creen en Trump porque no tienen otro remedio sino asirse de cualquier clavo ardiendo, no importa qué clase de clavo, para conservar alguna esperanza de cambio.

En fin. No se puede destruir al virus SARS-CoV-2, que ha penetrado en las paredes celulares, bebiendo galones de agua caliente. Con eso no haces nada. Solo irás al baño con más frecuencia. Lo que debes hacer es estar bien claro en que si el periódico El País es amigo de Sánchez y de Zapatero y les hace la pelota a ambos (como se dice vulgarmente en España), y Sánchez gobierna con Iglesias, e Iglesias y Baltasar tienen el mismo carácter revanchista y saqueador, ¿qué demonios más necesitas para saber el resultado de esa ecuación?

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Los traidores, por Sebastián de la Nuez

@sdelanuez 

Esta semana se derrumbó otro pedazo de la UCV, Tibisay Lucena se marchó del CNE más gorda de lo que entró, los vestigios de la democracia recibieron varios mordiscos del Tribunal Supremo de Justicia y ubicuos operadores políticos del MAS (de lo que queda del MAS) fueron colocados donde hay, para que ellos también arañen del botín (de lo que queda del botín).

También apareció el cadáver de un caballo en el sector La Gloria, en alguna parte del estado Apure.

Esto último ya se convierte en un ritornello, otra pista del país de ahora, donde suelen aparecer restos de animales asesinados (o sacrificados, como quieran) en zonas rurales, pero también urbanas. ¿Qué tal sabrá la carne de caballo, de perro, de gato, de zamuro? No son tristes las noticias que vienen desde Venezuela; son dramáticas.

Por primera vez en 60 años, Eduardo Fernández no votará por la tarjeta verde de Copei, y no lo hará más nunca, dice en un tuit, mientras permanezca secuestrada por el TSJ. Henri Ramos Allup, por su parte, dice que lo que le están haciendo a Acción Democrática ya se ha visto antes en la Historia y que el partido de Betancourt siempre sobrevivió, aun en las épocas más oscuras.

Otras tarjetas con unos símbolos y colores inequívocos, otros partidos, han sufrido la ocupación forzada vía exprés gracias a los buenos oficios de los delincuentes del TSJ.

Su sala Constitucional ha dictado, según constata una ONG especializada en el tema judicial, al menos 132 sentencias contra el poder legislativo desde diciembre de 2015. Esta organización calcula que la sala Constitucional dicta, en promedio, un fallo cada doce días contra la Asamblea Nacional legítima, por cierto, producto de las últimas elecciones justas (aun realizadas en condiciones abusivas y ventajistas a favor del régimen) que hubo en Venezuela.

Pero estos sucesos de los últimos días, contra los partidos sobrevivientes, no serían posibles sin los traidores, esos bichitos con hocico y pezuñas que han medrado siempre de la política y lo seguirán haciendo eternamente. Bichitos con consistencia de correveidile. ¿Verdad, Felipe Mujica?

Hay traidores en las cloacas y en las directivas de los partidos, nunca se sabe cuándo se van a quitar la máscara.

Y hay traiciones sin traidores, o sea, traiciones que han crecido en el inconsciente colectivo desde lo aceptado tácitamente por la sociedad y el sistema educativo.

Como las lecturas que se hacen de la Historia.

Los historiadores venezolanos tienen, hoy en día, como quien dice, la película completa en su cabeza. Saben bien cuáles son las consejas repetidas una y otra vez a lo largo del tiempo, hasta el hartazgo —incluso— en las aulas de cada escuela o en la televisión, los discursos y en los libros; han producido daños irreversibles, virulentos.

Carole Leal Curiel, una de las más acuciosas y equilibradas historiadoras con que cuenta Venezuela, está harta del entorno político, se ha encerrado en su casa a estudiar y escribir sobre los inicios de la Independencia en Venezuela. Los acontecimientos actuales la sobrepasan en su condición de persona alerta y vulnerable ante la tragedia colectiva.

Hace algún tiempo escribió una monografía, «La primera revolución de Caracas, 1808-1812: juntismo, elecciones e independencia absoluta», donde estudia la revuelta del 19 de abril de 1810 y la declaración de Independencia del 5 de julio. En buena medida, la condena bolivariana al sistema federal y a los «excesos liberales» explica el fracaso político de esa primera revolución. Apoyándose en los estudios de Germán Carrera Damas y Luis Castro Leiva, apunta Leal Curiel en una dirección: la reconstrucción histórica de la época emancipadora —es decir, la reconstrucción que se ha hecho el propio venezolano de su Historia— gravita en torno a la figura de Simón Bolívar y, por extensión, sobre todo lo militar que hay o hubo en cada héroe o supuesto héroe.

Sin embargo, la narrativa histórica escamotea aspectos decisivos en esa primera república, como el largo proceso de negociación política que significó conformar juntas en las provincias que formaban parte de la Capitanía General, el desarrollo de las elecciones para diputados al Congreso General Conservador de los Derechos de Fernando VII y el debate teórico-político que condujo a la declaración de la independencia absoluta.

O sea, se prefirió enaltecer la inmediatez y capacidad decisoria de las armas, dejando en la sombra la posibilidad de negociar, la importancia de las elecciones y la herramienta inestimable del debate de ideas, aquel que finalmente pueda conducir a un cambio.

¿Hay en Venezuela una “conciencia histórica nacional” (la expresión la toma Leal Curiel de Carrera Damas)? No, no la hay. No hay sentido de república ni de la cosa cívica sino culto a lo militar, culto al revanchismo, culto a Bolívar.

¿Cuál es el sentido mismo de la república? Hay dos países, uno grande, sufriente y desparramado por el mundo que conoce, o al menos intuye, ese sentido de lo republicano; el otro, mínimo pero poderoso, es el paisito que está expropiando ahora partidos políticos, animando la traición a esa escala. Ese paisito no sabe lo que es república, pero sí sabe lo que es feudo. Es el país, por cierto, del colombiano Alex Saab (y del traidor que lo elevó y le dio las llaves), embajador plenipotenciario del régimen madurista en asuntos de alimentación, entre otros.

En su autoencierro, que no es para nada improductivo ni significa laxitud de espíritu, Leal Curiel busca, en el fondo de todo su trabajo, quizás, una respuesta en la Historia, la respuesta a una pregunta que suena un poco vulgar pero que ya se la han hecho otros intelectuales latinoamericanos en relación a sus propios países, por lo general zarandeados por su propia Historia o por la brutalidad de sus líderes: ¿en qué momento se jodió Venezuela?

En el momento en que nació Chávez, dirán algunos.

Pero no. Esa no es suficiente respuesta. Chávez es un traidor más, uno vil y artero, desde luego; pero ni siquiera merece tanta importancia.

Hace falta escuchar a los historiadores. Hace falta rescatar los valores y quitar de su sitio unas cuantas estatuas o bustos del Libertador. No destruirlas ni echarlas a un río, tampoco es cuestión de alentar más barbarie. Simplemente, mudar esos trastos a la esquina de la plaza y dejar en el centro a un médico, a un literato, a un profesor.

Hace falta quitarle el remoquete “bolivariana” a la república de Venezuela. El culto a Bolívar, y al énfasis que se le ha dado a sus acciones sobre las de venezolanos ilustres del lado civil de la acción humana, ha sido y es una forma de traición a la patria.

 

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Hugo Chávez, nuestro Chernóbil, por Sebastián de la Nuez

Соломуха. Chernobil. La piese bleu. Mona Lisa de Antonio Maria (Antonmaria (2009). Foto en Wikimedia Commons.

@sdelanuez 

La catástrofe de Chernóbil fue en abril de 1986 y ya hacia finales de mayo empezaron a llegar al Instituto de Energía Nuclear de la Academia de Ciencias de Belarús (o Bielorrusia) productos del “área de los treinta kilómetros” para su examen. Marat Kojánov, ex ingeniero jefe de ese Instituto, le da su testimonio a la periodista Svetlana Alexiévich, premio Nobel de Literatura, que ella recoge, entre muchos otros, en el libro Voces de Chernóbil.

Era la única institución en la república capacitada, por sus profesionales y por sus equipos, para realizar ese trabajo. Les llevaban vísceras de animales salvajes y domésticos; los científicos, desde los primeros momentos, se dieron cuenta de que lo que les llegaba no era carne sino residuos radiactivos. Pero en la zona seguían pastando rebaños y las fábricas lecheras continuaban produciendo leche. No era leche sino veneno radiactivo; se vendía en las tiendas bajo la marca Rogachov como si nada, y cuando la gente se dio cuenta del contenido, dejó de comprarla. Luego apareció la misma leche en botes sin etiqueta. “Se engañaba a la gente, y la engañaba el Estado”, cuenta Marat. El Instituto funcionaba bajo un esquema militar, sus profesionales escribían informes sin parar (“sin parar”, recalca Marat) pero sus resultados no se podían divulgar “para no provocar el pánico”. Si lo hacían, les podían privar de su título e, incluso, del carné del partido, lo que al parecer era aun más grave.

Hace 34 años, 1 mes, 2 semanas, 3 días (al día de hoy 12 de junio) de ese doloroso hito. 

En estos días, un equipo de Televisión Española fue enviado a Pekín para hacer un reportaje sobre los 31 años de la masacre de Tiananmén, la plaza de las manifestaciones estudiantiles que se ensangrentó, pidiendo democracia, en la noche entre el 3 y el 4 de junio de 1989. La reportera y su camarógrafo fueron aventados por guardias. No les dejaron fotografiar ni hacer tomas del sitio… ¡31 años después!

Así pueden registrarse ocultamientos, borrones, omisiones, silenciamientos en regímenes que se han parecido históricamente y continúan pareciéndose entre sí. Si uno se pone a buscar testimonios de cubanos en el exilio, tendrá mucho material que sigue el camino de Chernóbil y Tiananmén.

Los pueblos no pueden olvidar, deben preservar su memoria y actuar en consecuencia de ella. Los pueblos deben mantenerse en pie, nunca acostumbrarse a la anormalidad de una tiranía.

En 2020, en diciembre, se cumplen 22 años desde que el pueblo venezolano cometió el terrible error de votar, en las penúltimas elecciones democráticas que hubo en el país, por Hugo Chávez. Ejercitar la memoria mantiene la visión clara, los pueblos olvidadizos son pueblos fracasados, viven dándose golpes contra la misma piedra. Venezuela no debe olvidar el fenómeno Hugo Chávez, “un sentimiento nacional”, como rezaba su eslogan de campaña en 1998. Su huella sigue y domina, pero cuando esa huella termine de esfumarse o quemarse en alguna pira, más todavía deberá ejercitarse la memoria. Que la gente recuerde, piense y hable, que se transmita de generación en generación: Chávez asesinó no solo por omisión, por inercia, por abrir las puertas de la impunidad y esperar, tranquilo, a que una buena parte de la sociedad se aterrorizara; sino porque se lo propuso con premeditación y alevosía.

Falta escribir un epitafio allá en el tinglado que montaron en el Museo Histórico Militar, algo así: “Aquí yace nuestro Chernóbil caribeño, quien hizo lo que hizo con el solo apoyo de un micrófono, su herramienta principal de poder. Desde que lo tuvo delante, en mala hora, tuvo a la vez la intuición para manipularlo. No fue comunista ni fascista, sino un micrófono con radiactividad. Delante del micrófono, más un café y unos apuntes en el escritorio, quizás un dulce de lechosa, enviaba, payaso irresponsable y resentido, partículas contaminantes en forma de palabras. Los contadores Geiger no alertaron, no lo suficiente al menos”.

Suficiente.

La mescolanza de sus peroratas lo define y retrata. Un ejemplo: en una alocución maratónica de 2001, desde Margarita, habló en el término de una hora (es decir, apenas un segmento de su monólogo) de Chile, Andrés Bello, Páez, Miranda, Bolívar, el Cabito, Cristo, los curas, Aristóbulo Istúriz candidato a la CTV,  los adecos buenos y los adecos malos… Con Miranda se comparaba. “Miranda terminó traicionado luego de la derrota de San Mateo; capituló en San Mateo pero era un por ahora, yo también tuve que decirlo porque, si no, era responsable de la muerte de doscientos o quién sabe cuántos muchachos”, dijo. Es decir, dejaba de ser responsable de esas muertes del 4F al darles un sentido superior, de compromiso con la “revolución” que vendría tarde o temprano, a las víctimas que le habían seguido en la asonada. Comparó su voluntad con la del precursor pues, como a él, se le presentaba cada día de su vida un obstáculo, una prueba, para hacerlo desistir de su idea (revolucionaria, por supuesto), para tratar de derrotarlo. “Eso tiene que ver con el fuego sagrado”, dijo, pletórico.

Uno escucha ahora eso, de hace 19 años, y es una ridiculez hueca, un batiburrillo de alucinado charlatán; es increíble que ese discurso haya sido exitoso.

Y de repente exclamó, en medio de todo: “¡Tengan cuidado con las sotanas…!”, riéndose de su propia gracia, divertido, sabiendo que el país entero lo escuchaba (y si no lo escuchaba, ya se enteraría); con él, rieron quienes estaban cerca, su séquito de focas. Agregó, acto seguido, que respetaba mucho a los curas, porque saben ustedes, ¿ah?, ¡hay muchos curas revolucionarios!

Y esta perla:

—Si Cristo, o Crista, estuviera hoy aquí, y no sentado, sino hablando, alentando, andaría con una antorcha por todos lados.

Como Cristo no estaba exactamente en el lugar, sino él, él era quien llevaba la bendita antorcha por todos lados. Solo había que sumar dos más dos.

Todo eso, toda esa catarata mitómana, ridícula y revanchista en sus cápsulas de odio, ocultando los casos de corrupción que saltaban ya por todas partes en 2001, incluso de su propio padre en Barinas, cuando fue gobernador. Ocultamiento, opacidad, “para no provocar el pánico”, como dirían los jefes de Marat.

Eso fue Chávez, el Chernóbil con una verruga en la sien: una catástrofe para Venezuela, una que no cede todavía.

Claro que las catástrofes no son comparables entre sí, cada cual encierra una tragedia específica, algunas resultarán a la postre más letales para la humanidad que otras. Sin embargo, el daño que causan es siempre comparable, puesto que pertenecen al mismo género de la desdicha humana: aquel cuyas consecuencias resultan imprevisibles aunque su desencadenamiento sí pueda ser vislumbrado. La de Chávez se vio venir, claramente. Cualquier científico de la URSS que se tomase en serio su trabajo debió haberse imaginado, al menos, algo cercano a Chernóbil. Chernóbil y Chávez comparten ese anunciamiento previo y, además, una misma actitud del poder, o de los poderes internos y externos, al desatarse: el silencio cómplice que permitirá más muerte, más destrucción. El silencio despiadado, muchas veces encerrado en formas diplomáticas.  

Una vez le pregunté al profesor Juan Carlos Rey por qué Chávez habría dejado a Maduro en el trono. “Eso mismo me lo pregunto yo”, contestó. Y luego aventuró que tal vez lo eligió al no poder confiar en nadie más; por ser, simplemente, el menos peligroso. Maduro nunca le haría sombra ni conspiraría contra él. O puede que haya sido una sugerencia cubana, ya que se había formado políticamente allí.

Como sea que haya sido, Chávez es Chernóbil, y Maduro, la leche marca Rogachov.

 

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La flaca Cayetana, por Sebastián de la Nuez

Cayetana Álvarez de Toledo. Foto PP Comunidad de Madrid / Wikimedia Commons, 2019.

@sdelanuez 

Cayetana Álvarez de Toledo es la vocera del Partido Popular con el estilete en la boca cada vez que se para frente al micrófono del Congreso de los Diputados, en Madrid. Cayetana, flaca y desenvuelta, elegante y soberbia en cada gesto, le ha dicho, con mejor claridad que nadie, al ministro José Luis Ábalos, del PSOE, “cómplice de la tiranía de Nicolás Maduro”. En estos días está empeñada en que dimita otro ministro, Fernando Grande-Marlaska, encargado de la cartera del Interior.

El Partido Popular mantiene un férreo cerco de oposición, incluso de obstrucción, al gobierno actual de Pedro Sánchez, que está plagado de buenas intenciones aunque no sepa muy bien cómo canalizarlas. Avanza a trompicones con sus contradicciones de nacimiento y su staff ministerial muy femenino (a la moda) cuya portavoz, la andaluza María Jesús Montero, parece que fuera a echarse a cantar “Sevilla tiene un color especial…” en cualquier momento, acompañada por Los Del Río. No es un gobierno muy de fiar, desde el principio ha sonado poco consistente, un tanto incoherente. Sánchez dice que el PP lo que no le perdona es haber perdido cinco elecciones al hilo (se refiere a las presidenciales, que hubo que repetir, y a las municipales y autonómicas), pero en realidad lo que no le perdona el partido de Aznar es la moción de censura contra Mariano Rajoy que prosperó hace exactamente dos años. Una cosa semejante, salvando las distancias, a la de Carlos Andrés Pérez en el año 92 por el manejo de la partida secreta y su consiguiente defenestración.

¿Contradicciones de nacimiento? Por supuesto. La primera de ellas tiene nombre y apellido, Pablo Iglesias: por ello es uno de los blancos preferidos de la flaca Cayetana. Ella, desde las alturas de su estampa escapada de la revista Hola, le ha dicho de todo. Todo lo que a un venezolano le gustaría decirle al señor Iglesias si lo tuviera enfrente. La flaca Cayetana, además de endilgarle el calificativo de “terrorista” al padre de Pablo, a cada momento le saca en cara su tumbaíto bolivariano, del cual jamás se ha desdicho.

Iglesias es una mácula demasiado fácil de batear en el gobierno socialista; por añadidura, al hombre no le gusta pasar inadvertido sino, por el contrario, ponerse de bulto, llamar la atención, hacerse el estoico en su sillón de diputado mientras fragua su próxima aventura contra el Poder Judicial o los grandes empresarios españoles. Al líder sempiterno de Unidas Podemos le encanta aparecer en los medios a cualquier precio. Iglesias es un provocador nato, un rebelde sin causa pero con casa (“casoplón”, le llaman aquí), un caso típico de izquierda de aula universitaria, caviar, cultivada.

Hay quien ha dicho que al pueblo español lo mueve o bien la fe, o bien la obediencia o bien el odio (gracias a su obediencia, debe decirse, se ha resuelto en buena medida el acoso del coronavirus). Hace unos meses, antes de la pandemia, por un trabajo que estoy haciendo recorrí parte de Casa de Campo, un escenario histórico pues allí se desarrolló, en buena medida, el asedio de los franquistas a la capital del Reino en tiempos de la Guerra Civil. El recorrido lo hicimos, un  grupo, de la mano de un guía que ha estudiado esa historia durante años. Nos llevó al cerro donde tuvo lugar la Operación Garabitas. Nos contó todo, con detalles. Le pregunté por qué, siendo ese paraje tan importante desde el punto de vista histórico, ese en especial donde hubo un ataque republicano contra los alzados entre los días 9 y 14 de abril de 1937, no había allí un monumento, un pilar o monolito, aunque fuese un letrero, que le dijera al paseante, al turista, al españolito de hoy, en síntesis, lo que allí había sucedido. No lo hay, por cierto, en cualquiera de los otros lugares de Casa de Campo donde sucedieron escaramuzas, o donde hubo una iglesia que los alzados volaron para que no sirviese de refugio a los rojos. En fin, no lo hay, me explicó el guía con toda la verdad de su experiencia, porque sería inútil intentar poner de acuerdo “a unos y otros” en lo que debería decir el letrerito o monumento.

En otras palabras, los hechos del pasado no han sido superados por el liderazgo español. Nada más y nada menos.

Se han escrito en España más de 22.000 libros sobre la Guerra Civil, a favor o en contra de Franco o del Frente Popular, y muchos otros perfectamente equidistantes, entre estos últimos los de hispanistas ingleses y norteamericanos, los mejores entre el cúmulo de tan vasta bibliografía. Sin embargo, la universalidad y liberación de la palabra escrita no parece haber llegado a la calle, al menos no a Casa de Campo. Ni a otros lugares de la civilidad. En Brunete, donde sucedió una de las batallas más cruentas de la Guerra Civil, no hay un sitio oficial que la explique; ni uno.

El temor puede que sea difícil de entender o, en todo caso, resulta absurdo: abrirle las puertas, con tanto afán pedagógico al aire libre, al resurgimiento de discusiones que se conviertan en encono irreversible, resucitando al volcán fratricida que ha permanecido aletargado desde 1939.

Tanto la flaca Cayetana como el estoico Iglesias parecen entrenados en el odio, si uno se atiene a lo que dicen el uno de la otra, o la otra del huno (valga la hache).

El venezolano de la diáspora piensa que “viene del futuro” y que por eso puede alertar a los españoles sobre ciertas tendencias que podrían dar lugar a un régimen indeseable. ¿No será al revés? ¿Podría ser posible que dentro de 80 años no se pudiese poner una placa, una señal, en la esquina de la calle Élice, de Chacao, que testimoniara y explicara sucintamente que fue allí donde un salvaje chavista asesinó el 12-02-2014 a un estudiante inocente que solo deseaba protestar?

 

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¿Para qué sirve un asesor político?, por Sebastián de la Nuez
Esta es una historia que protagonizó John Wayne hace años, el guion ha vuelto a repetirse y el resultado ha sido la llamada Operación Gedeón. Detrás del tinglado aparece el verbo directo y sagaz del ahora exasesor político de la oposición venezolana, JJ Rendón. Por cierto, ¿qué lección quedará de todo esto?

@sdelanuez 

 

El sistema que implantó Chávez y que Maduro ha profundizado se fundamenta en el miedo y en la muerte. Es un sistema hecho a imagen y semejanza del castrismo, que a su vez lo aprendió del estalinismo. El gran sueño que albergaron las clases media y popular en Venezuela en 1998 venía enfermo de muerte desde el 92 pero no se dieron cuenta o le pasaron por encima a ese dato. Votaron las masas con liviandad suicida, haciendo bueno el eslogan más ponzoñoso en la historia del país: “Chávez, un sentimiento nacional”. Mañana, ninguna estadística podrá contar las víctimas del chavismo porque esa cifra será infinita.

Todos estos regímenes caen, como dice Margarita López Maya. No pueden mantenerse indefinidamente, entre otras razones porque más pronto que tarde ya no habrá nada que destruir, misión cumplida. Y cuando esté a punto de caer, el régimen necesitará negociar, al fin, y para ello hay que estar preparados.

Pero el líder Juan Guaidó y su plana mayor deben entender que con la asesoría de un cantamañanas no va a caer el régimen más temprano. ¿Saben lo que es un cantamañanas? Según el diccionario, alguien irresponsable, que no merece crédito. Los morfemas “cantamañanas” y “consejero político” son sinónimos aunque el diccionario de la Academia no consagre esta realidad comprobable en la práctica. En España, los asesores de marketing político acaban de derribarle la carrera a un buen chico que prometía, dándole consejos bobos. Se trata de Albert Rivera y de un tirón bajó cuarenta puntos entre dos elecciones que no distaron sino tres o cuatro meses entre sí.

Todo consejero político es un hablador de pistoladas a menos que se llame Henry Kissinger y recién se haya levantado de la tumba para empaparse de la situación.

Son como los del “coaching” en las redes o la aleta de tiburón para curar los males del cáncer. Se disfrazan de pitonisa pero apenas llegan a mala imitación de Adriana Azzi, más honesta que cualquiera de ellos. Cuando uno busca en Twitter a JJ Rendón y lo sigue, enseguida sale en la casilla “A quién seguir” la señora Patricia Poleo: el algoritmo sabe lo que hace. La virtud mediática de este nuevo Jota Jota (el otro en la historia reciente de Venezuela fue González Gorrondona) es comerse vivo al educado Fernando del Rincón cuando este trata de repreguntarle, en su programa de CNN, sobre la firma de Guaidó en el documento de Silvercorp de ocho páginas pero del cual, ahora, solo aparecen siete. Rendón, tajante y muy dueño de sus verdades, le dice que no sabe de dónde salió esa firma de Guaidó pero que, en efecto, la propia de él desde luego la puso pues buscan, él y los demás de la “comisión”, todos los escenarios posibles para el cese de la usurpación; pero que ese documento nunca tuvo validez porque no fue “perfeccionado” y punto.

Un piquito de loro con respuestas rápidas, poniendo el punto donde le conviene: eso es Rendón. Nada parece generarle una duda interna. A estas alturas, uno prefiere a la gente que duda de muchas cosas, con inseguridades, que admite sus limitaciones. La gente muy pagada de sí misma no es de fiar.

Uno no debe apelar a las muletillas. Sin embargo, aquí cabe una excepción. Si yo fuera Juan Guaidó pondría tierra de por medio entre cualquier asesor político y mi persona. Los asesores políticos están pendientes del librito pero jamás han estado en Carapita o José Félix Ribas.

Cuando tuvieron la oportunidad de estar, quizás prefirieron ir al cine a ver películas de Rambo antes que mojarse un poco en el cerro. Si les llega algo de lo que se cuece en los barrios, es por alguna encuesta hecha en medio de terribles dificultades. Incluso el Latinobarómetro (lo último que sale en Internet es de 2018, a ver si se ponen al día) siempre sale con aquello de que a los venezolanos no les interesa tanto la democracia como ganarse el pan de cada día. Lógico, ¿qué querían, que les preocupara esa entelequia?

El reto de la oposición en este momento es mirar al barrio, no a Miami. La sociedad venezolana no es un adorno en esta historia. Al buscar un asesor, amigo Guaidó, vea primero sobre cuántas personas simples, de la calle, ha impactado su trabajo; no mire sus posgrados o si asesoró al hoy gobernador de Carolina del Norte o cosa semejante. A usted no le interesa saber cómo demonios funciona la cabeza de los votantes de Carolina del Norte (es solo un ejemplo arbitrario).

“Jordan Goudreau, el exsoldado estadounidense que intentó derrocar a Maduro”. Eso es el primer titular que aparece en internet sobre la aventura del 3 de mayo. El gobierno ha dicho que murieron ocho rebeldes. Vaya usted a saber qué pasó y cómo pasó en realidad. En cualquier caso, aquel titular es un motivo de vanagloria para Nicolás Maduro, el hombre que bailaba en los vídeos que circulaban en las redes en 2017 mientras sus guardias asesinaban a muchachos desarmados en Táchira, Carabobo o Caracas.

Ese es el resultado del trabajo de JJ Rendón.

Si yo fuera Juan Guaidó consultaría a un armador de redes de buena voluntad, dentro y fuera del país. Se llama Feliciano Reyna y ha sabido convertir lo que una vez parecía imposible en algo que sí es posible, sobre todo en materia de acopio y distribución de medicinas.

Consultaría a un poeta, porque te hará ver los días por venir y el color de su cielo mientras los demás se conforman con ver en sus móviles la hora exacta. De preferencia, que sea Rafael Cadenas.

Y consultaría a Katherine Martínez porque todo lo que ella hace por los niños, desde que se levanta hasta que se acuesta, tendrá que convertirse alguna vez en política de Estado, de un Estado preocupado por sus ciudadanos, que es el que merece Venezuela, y no la basura que hoy padece.

 

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Anoche vi a Juan Guaidó, por Sebastián de la Nuez

Anoche vi a Juan Guaidó. De lejos, pero lo vi y escuché en directo, en la plaza de Sol, el área más populosa, emblemática y turística de Madrid, la capital del Reino, de la Madre Patria, como dice el líder del PP, Pablo Casado, que le dicen los venezolanos a España, y es verdad: España es la Madre Patria. Ayer, el connotado diario El País publicó un editorial justo y claro sobre la ambidextra actitud del Ejecutivo de coalición ante el periplo de Guaidó por Europa, detrás del cual no ha podido estar otra persona sino Felipe González —y probablemente Juan Luis Cebrián—, uno de los mejores amigos que tuvo Carlos Andrés Pérez en vida. Los partidos españoles sufren cismas, relevos generacionales, trastabilleos propias del compromiso y el chantaje, remezones del crecimiento, las presiones del poder. El PSOE pudiera ser, quizás, víctima de algún tipo de chantaje en este tema relativo a Venezuela.
Anoche vi a Juan Guaidó, y no hay duda de su energía, de su autenticidad, de que es, como quien dice, “uno de los nuestros” con su padre de taxista en Tenerife y su voz guaireña resonando en los altoparlantes de esta plaza universal. Lo pone todo en su discurso. Pone su talento, pone su formación, pone su sentido de la oportunidad. Puede que Ledezma sea una sombra pavosa, puede que su embajador en Madrid sea un tanto pusilánime, pero Juan Guaidó se ha convertido en una referencia de lucha por la libertad, un símbolo, un río que en algún momento se va a desbordar y ya se sabe que los ríos arrastran de todo, llegada la crecida.
Anoche vi a Juan Guaidó y todos en la plaza, donde no cabía literalmente un alfiler, vieron en él una esperanza concreta de futuro. Eso es lo que anima a la gente: una voz, una ilusión de reencuentro en paz. Un horizonte para un país desahuciado, acogotado hasta la asfixia. No hizo ningún anuncio concreto, habla de valores y asegura que las cosas pronto cambiarán y que todos los venezolanos podrán regresar a su país pero no indica cómo será posible esto. Recalca el apoyo internacional. Asegura que los venezolanos no están solos. Dice que cada quien en el exterior tiene algo por hacer, y es comunicarse en positivo. En fin, su discurso es motivador, reivindica la voluntad de mantenerse en pie, insiste en llamar a la calle y habla de algo que lleva por dentro cada venezolano de la diáspora: no se puede ser tolerante con el chavismo. «Yo les pido que nos paremos firmes por nuestros valores, por la democracia, por lo que podemos ser como sociedad. Ya hemos sufrido demasiado», dijo.
También dijo que su generación no llegó a repartir culpas sino a asumir responsabilidades.
Los momentos conmovedores estuvieron en su homenaje a la diputada de AD, Addy Valero, fallecida recientemente debido a un cáncer, quien se negó a ser extorsionada por el gobierno madurista en la AN, y cuando hizo un recorrido verbal por las ciudades de Venezuela. La nostalgia también moviliza.
Había recibido, poco antes, las llaves de la ciudad (honor solo reservado a jefes de Estado) de manos del alcalde José Luis Martínez-Almeida. El Partido Popular ha sacado provecho de la visita de Guaidó a España, y lo ha hecho con total legitimidad. Si el partido socialista pone al aire sus costuras, nadie más que el partido socialista tiene la culpa de ello. Que vean cómo ponen en regla sus contradicciones. Nadie tiene la culpa de las torpezas del ministro José Luis Ábalos sino el PSOE. Nadie tiene la culpa de arrastrar a Rodríguez Zapatero y su cuate Raúl Morodo sino el PSOE. Pedro Sánchez, en vez de recibir anoche a Guaidó, prefirió irse a Málaga a derrochar físico en la entrega de los premios Goya. La farándula no le salvará de enfrentar las cosas como son, con esa cara de futuro que tienen.
Anoche vi a Juan Guaidó en Puerta del Sol, la foto que acompaña esta nota no es gran cosa pero es mía, con esas dos banderas como foco de atención en el ayuntamiento.
Anoche vi a Juan Guaidó en plena faena. Créeme, Rodríguez Zapatero, es el futuro, no tus 38 viajes a Venezuela (¿a cobrar en efectivo?), que son apenas el pasado ante el cual el país democrático no será tolerante.

Defensa de Guaidó, por Sebastián de la Nuez
Hay que apoyar a Juan Guaidó sin tanta escatología tuitera. Las redes son el vacío de Lipovetsky, una algarabía estentórea donde priva el radicalismo ramplón. La movilización convocada para este sábado 16 fue un éxito y confirma un liderazgo nacional más allá de la oposición a la oposición

Fue un éxito y en verdad no se debería llamar “oposición” al conglomerado de ciudadanos venezolanos que desea sacudirse la pesadilla madurista. Es el país completo, un país escarnecido, no una parcialidad o sector. Guaidó es líder, por tanto, no de la oposición sino del país. Hasta nuevo aviso, un aviso que no debería producirse —en todo caso— antes del tercer paso marcado, el de las elecciones libres. Si no, la anomia tendrá más cancha.

Una notable movilización en 22 estados: la ilusión ha vuelto y canta el Himno Nacional una vez más en plena calle y ante las infames fuerzas de la represión adiestradas por el castrismo. Sin embargo, las circunstancias internacionales no son un camino de rosas. Tiene razón Laureano Márquez en su artículo cuando dice que el rol de vicepresidente del gobierno español en manos del podemita Pablo Iglesias no augura nada de solidaridad con el pueblo venezolano. Iglesias, y otros de la izquierda caviar española, tienen la cabeza como un ladrillo al que no le entran balas, no saben qué decir respecto al caso Evo Morales y ocultan el hecho fehaciente de que un organismo continental certificó que había hecho trampa en unas elecciones.

Luego sale la bestia de Nicaragua diciendo que las elecciones están muy bien siempre y cuando lo favorezcan pero que, cuando no, los pueblos han de tomar las armas revolucionarias. Claro, es que la bestia encarna al pueblo. Una tautología chavista para quienes ni de lejos creen en el principio de la alternabilidad.

De domingo a domingo

El domingo 5 fue sangriento. Cayó Evo Morales víctima de su propio laberinto. El asesoramiento de los rusos en manipulación de redes sociales no fue, al parecer, un buen auspicio. Los rusos no deben ser muy buenos en la materia o es que los bolivianos en el altiplano y tirando de una llama no están pendientes del celular. En Bolivia murieron el Che, los malandros Butch Cassidy y Sundance Kid. También debe ser un buen lugar para que muera el chavismo con su idea principal, la de perpetuarse en el poder mediante el chantaje al pueblo y la promiscuidad con regímenes que ni conocen ni entienden la democracia. La caída de Morales anuncia o augura la muerte del chavismo, dejando apenas su bagazo, el madurismo, arrastrando su fama de cleptocracia urbi et orbi.

Por las redes españolas, ese domingo y días siguientes, se hizo sentir la izquierda castiza dominada por quienes votan a Podemos y creen en el independentismo de Cataluña, leen con fruición El País —diario que hace denodados esfuerzos por ser equilibrado con lo de Evo pero se le ve el plumero— y no se pierde el programa del Gran Wyoming, un médico que se burló del líder del partido perdedor Ciudadanos, Albert Rivera, incluso cuando dimitió de su cargo y de sus ventajas para retirarse de la política, un gesto que sin duda lo enaltece. El presentador no toca ni con el pétalo de su ironía al gran Pablo Iglesias.

Pues bien: toda esa gente es la que habló de “golpe de Estado” en Bolivia.

En fin, Twitter puede ser un gran campo de cerezas para la izquierda o para los irreductibles de siempre, los locos del tecleo. Pero este domingo amanece con mejor paisaje, al menos en Venezuela. A ver si el chavismo, que ha comenzado a morir en Bolivia, termina de estirar la pata aquí también. La movilización fue un éxito y una bofetada a lo que podríamos denominar Método Nitu, que se parece a Vente que a la vez se parece a los tirapiedras ávidos de viralidad.

Hay uno que dice que la unidad no hay que buscarla “per se”.

¿No? ¿No hay que buscar la unidad, precioso? Entonces, ¿qué debemos buscar, la imbecilidad tuitera como programa de acción? Igual podría decirse que no hay que buscar la democracia “per se”.

Claro que hay matices y contradicciones en todo torrente masivo de opinión pública. Claro que hay debilidades en el liderazgo y circunstancias quizás lamentables. A mí, en lo particular, me parece que en la representación española del Parlamento Europeo se desperdicia una gran oportunidad al tener allí, elegido dentro de las filas del Partido Popular, al papá de Leopoldo López. En esa curul podrían desempeñarse más o menos mil venezolanos con mayores capacidades antes que este caballero pero, en fin, amigo, con eso hay que arar, como diría un chavista ante una tarima mal montada. A fin de cuentas, ese señor busca, o al menos eso supongo, lo mismo que cualquier venezolano decente: la defenestración de una dictadura morbosa, sanguinaria.

@sdelanuez

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[ENTREVISTA] Ewald Scharfenberg: Documentar la cleptocracia chavista
El portal de periodismo de investigación ArmandoInfo acaba de recibir la mención especial del premio Moors Cabot, de la Universidad de Harvard. Su fundador, Ewald Scharfenberg, está contento por el premio y porque sus seguimientos informativos están contribuyendo a poner en evidencia la criminal corrupción del gobierno de Nicolás Maduro en el mundo

“La cleptocracia nunca se da en términos pacíficos, siempre tiene que matar y coaccionar”, afirma Ewald Scharfenberg, cabeza de ArmandoInfo, cuyos informes o reportajes, cargados de datos duros sobre las andanzas de Maduro, Cabello y compañía, resultan escandalosamente verídicos y, sin embargo, parecen caer en una blanda piscina de almas aletargadas.

ArmandoInfo, junto a El Pitazo, Runrunes, Efecto Cocuyo y otros medios digitales, constituyen el frente beligerante del periodismo que ha debido darse en Venezuela desde hace mucho tiempo y es ahora, en medio de la inabarcable desgracia del país, cuando lo viene a tener.

Está llamando la atención del mundo, al menos del mundo occidental. Notas de ArmandoInfo han servido, recientemente, para que Washington imponga nuevas sanciones o la Fiscalía colombiana impute al comerciante Alex Saab.

Exiliado en Bogotá tras una amenaza de encarcelamiento por las denuncias en torno a los Clap, Scharfenberg, de padre alemán y madre venezolana, define a su portal como site dedicado a documentar la creación y desarrollo de la corrupción chavista. Junto a tres colegas en el tren fundador y directivo —Joseph Poliszuk, Alfredo Meza y Roberto Deniz— le sigue el rastro a un Estado criminal. Hacen un periodismo de investigación factual, sin adjetivos, junto a 18 profesionales contando periodistas, diseñadores, administrativos, etc., en la sede central de Caracas. Los cuatro líderes no pueden estar allí pues las garras de la injusticia andan pendientes. Ni piden cuartel ni lo dan: Scharfenberg anuncia nuevos informes producto de filtraciones que se están procesando, y probablemente dos libros sobre sendos casos estrella: Odebrecht y Clap.

—Les ha ido bien, se mantienen operativamente. Pero desde afuera uno tiene la percepción de que es cuesta arriba vivir de eso, del periodismo de investigación.

—Es parte de la debilidad de estos nuevos medios. Hasta nuevo aviso, al menos, esto va a ser una lucha por levantar fondos. Como bien sabes, con la quiebra del modelo de negocios tradicional del periodismo se perdieron las dos principales fuentes de sustentación: la publicidad y la compra del ejemplar en circulación. Eso nos puso a inventar. En el caso nuestro, sobre todo hablo por Joseph y por mí, creo que sesenta por ciento de nuestro tiempo se va en búsqueda de financiamiento: contactar posibles donantes, a las ONG internacionales que soportan el periodismo independiente. Es la realidad que impone el nuevo esquema de funcionamiento de las empresas periodísticas. Al principio pensábamos vivir de las suscripciones, pero con la involución de la situación venezolana lo que haríamos, de seguir en eso, sería recolectar bolívares inútiles, que no financian nada. Eso nos ha obligado a cambiar.

Pero no es lo único que hemos tenido que cambiar de nuestro plan original. Al principio queríamos hacer una especie de cooperativa de periodistas, una empresa en la cual los profesionales se podrían ir incorporando como si se tratase de un bufete. Pusimos un sistema de pago para tener acceso a ciertos contenidos. Llegamos a unos 600 suscriptores y se registraron unos veinte mil usuarios durante una primera etapa. Pensábamos perseverar en eso hasta que el año pasado comenzamos a sufrir un bloqueo constante por parte del gobierno, básicamente una avalancha de peticiones buscando colapsar nuestro servidor. Luego, directamente una agresión, al parecer, desde la propia CANTV que nos hace perder nueve de cada diez personas que hacen click desde dentro de Venezuela.

CÓMO DEFENDERSE

Ha sido una lucha constante ante el acoso gubernamental. No es el único medio que ha sufrido esto, desde luego. Scharfenberg asegura que se trata de bloqueos constantes, al estilo cubano o chino. Decidieron que, ya que apenas uno de cada diez usuarios tiene acceso, abrirlo completo a los contenidos, y ahora la página es completamente libre. Por eso empezaron a apostar más por las donaciones voluntarias, con varias opciones. Y están los otros financistas, las ONG. ArmandoInfo publica cada cuatro meses un informe de transparencia que recoge logros de audiencia y da cuenta de los financistas.

—¿Cuál es el futuro, entonces, en esta perspectiva?

—De ahora en adelante, todos estos medios, al menos los pequeños llevados por periodistas, van a tener que estar todo el tiempo viendo cómo financiarse, haciendo un mix cada vez más renovado de las fuentes de financiamiento. Es parte de lo que nos toca en esta época.

—Esta trágica situación venezolana ha hecho que el periodismo tenga un repunte, a pesar de sus carencias tradicionales en el país, ¿no?

—Sí, Venezuela es ahora, digamos, un caso “sexy” de la Prensa internacional pues finalmente, después de casi veinte años, ha concitado la atención de la Academia, de los medios y también de los donantes internacionales, que notan los esfuerzos que están haciendo estos pequeños medios electrónicos. Aunque suene un poco cínico, es verdad, la crisis venezolana le ha dado cierta vitalidad al periodismo. Y, aunque te suene un poco darwinista, ha hecho que la nueva generación haya logrado templanza al calor de esas dificultades. Por supuesto no es algo general, sigue habiendo las mismas falencias y dificultades y taras que como sabes siempre ha tenido el periodismo en Venezuela. Pero sí te podría identificar a una treintena de periodistas que hoy en día están haciendo periodismo con estándares internacionales.

—¿Cómo funciona esta red de bases de datos y acceso a leaks de los que han podido extraer información que hasta ahora permanecía oculta?

—Somos el primer medio con una unidad interna de bases de datos y a partir de allí hemos hecho varios trabajos. Uno de ellos ganó un premio, hace dos años, de periodismo de investigación: cruzamos la data de diez años de la Gaceta Oficial venezolana con el registro nacional de contratistas que antes era público, luego el gobierno lo tumbó pero nosotros tuvimos la previsión de bajarlo. Lo cruzamos además con un libro que tiene todas las graduaciones de las diferentes cohortes militares. Ese trabajo nos permitió encontrar que más de 200 militares en activo eran contratistas del Estado. Sabes que por ley los militares tienen prohibido contratar con el Estado.

 

En Venezuela los registros no están informatizados, se ha tumbado información que antes estaba en línea pero, a la vez, este gobierno es amante de las bases de datos como medio de control social: saber qué personas están en cuál misión, quién ha votado por el PSUV alguna vez. Eso es una buena fuente y supongo yo que por la misma crisis del gobierno de Maduro algunas fuentes, que hasta ahora estaban cerradas, han empezado a soltar información. Eso nos ha puesto contentos porque hemos sentido que estamos preparados para recibirla y procesarla. Pronto tendremos temas como producto de algunas filtraciones que hemos recibido.

—¿Cómo ves, desde esta atalaya privilegiada, el caso Venezuela como centro de una red internacional de corrupción?

—Diría que a final de cuentas nuestra misión es documentar la evolución de un Estado que es una cleptocracia. Forma parte de los gobiernos que, más que ideológicos, son concertaciones de grupos del crimen organizado para usar los recursos del Estado en su favor. En ese grupo incluiría a Rusia, por ejemplo, muchos estados africanos e islas del Caribe dedicadas al off shore. Hemos ido entendiendo que este es nuestro trabajo, centrarnos en la cleptocracia venezolana. El dinero venezolano, que ahora no es tanto pero antes sí era mucho, contribuyó a corromper administraciones públicas e instituciones privadas en el exterior. Dicho de otra manera, queremos documentar cómo se han desarrollado las grandes fortunas del chavismo. Lo documentamos para que algún día la justicia pueda tomar acciones a partir de esos datos o bien quede como memoria histórica. Y, además, documentar las consecuencias de eso en términos de derechos Humanos, porque la cleptocracia nunca se da en términos pacíficos, siempre tiene que matar y coaccionar.

—¿Qué piensas del comportamiento de España respecto al flujo de capitales provenientes de la corrupción entre las dos orillas?

—En general es vergonzoso y se puede corroborar tanto en las administraciones del PP como del PSOE. España en primer lugar, y luego República Dominicana, son los dos grandes aliviaderos de las fortunas hechas de manera corrupta durante la revolución bolivariana. Y a veces es tan obvio que uno no puede sino preguntarse cómo es que las autoridades españolas no hacen nada frente a eso. Probablemente haya un tema allí de procesos judiciales que yo desconozco. Pero la Prensa española ha denunciado estos casos de propiedades mal habidas, y sin embargo las autoridades permanecen bastante inactivas.

 

-ArmandoInfo saca casos de miles de millones. ¿La gente ha perdido su capacidad de escandalizarse quizás? ¿Incluso los organismos internacionales la han perdido?

—En efecto, al menos en Venezuela estamos hablando de miles y miles de millones de dólares. Y son cosas que ocurren mientras la sociedad se iba hundiendo en esta espantosa tragedia. Sí, a veces uno se siente frustrado: uno dice, oye, mira, esta historia es sensacional y debería tener un efecto, y no lo tiene. Por supuesto, esto tiene que ver con la situación venezolana, como el control de los medios masivos por parte del gobierno y ese cierto carrusel de fake news que se producen a diario: si te escandalizaras por todo lo que aparece en Twitter todos los días, llegaría un momento en que te saturarías. Una vez hablaba con Ricardo Uceda, del Ipys [Instituto Prensa y Sociedad, una institución que nació en Perú durante el fujimorato]: él personalmente cubrió varias cosas terribles, de matanzas y actos de corrupción. Sentían los periodistas peruanos cierta frustración porque publicaban esas cosas y pensaban, bueno, esto sería suficiente para tumbar cualquier gobierno. Pero eso no sucedió hasta que aparecieron los famosos vladivideos. Pero entonces, comentaba Uceda, hay que pensar que quizás no hay una sola “bala de plata” que hace que esto suceda, sino que lo que uno puede esperar es el efecto acumulativo.

—¿Y ha habido feedback por parte de organismos financieros internacionales frente a lo publicado por ustedes?

—Eso ha sido un consuelo frente al silencio del público local. De hecho, la semana que nos anunciaron que nos habían dado el premio Moors Cabot fue la misma semana en que Estados Unidos impuso sanciones financieras a la pareja Saab-Pulido [protagonistas del comercio Clap] y la misma en que un tribunal de Florida les abrió un juicio por lavado de dinero en Miami. Esas dos cosas las sentimos casi como un trofeo, nos alegramos tanto como con el premio. Y en Colombia se abrió una investigación contra esa pareja. La Fiscalía imputó a Saab, incluso. En esos casos sabemos que nuestros datos les han sido útiles a las autoridades.

@sdelanuez