¿Tiene sentido dialogar?, por Alejandro Armas - Runrun
¿Tiene sentido dialogar?, por Alejandro Armas

HENOS OTRA VEZ ANTE LA PALABRA que más polémicas agrias desata entre los opositores del régimen chavista: diálogo. Nuestro Caso Dreyfus, que nos divide en bandos antagónicos al parecer incapaces de, irónicamente, dialogar entre ellos con respeto y altura. Estamos obligados a ser “beatas colaboracionistas” o “guerreros del teclado mayameros”. Raro es conseguirse con una evaluación desapasionada de los intentos de establecer una negociación que ponga fin a la agonía venezolana. Pero el esfuerzo vale la pena y es lo que la edición presente de esta columna se propone.

Comencemos con una pregunta sencilla. ¿Es siquiera ético dialogar con la élite chavista? Uno de los cuestionamientos más recurrentes a las conversaciones es el enunciado de que “con criminales no se dialoga” (la palabra “criminales” puede ser reemplazada por cualquier variante que denote un delito específico). Vista desde una perspectiva moral convencional, el planteamiento es axiomático. En cambio, en nuestro contexto sucede algo distinto. La acción política, que naturalmente afecta a millones de personas con diversos intereses, tiene una moral propia que a veces exige sacrificios a la moral tradicional si con ello se consigue el bien común, como argumentó Maquiavelo. Además, en la política el poder es mucho más importante que el deseo, aunque el segundo sea justo y noble. Una ambición política enorme, como lo es un cambio de régimen fugaz y extremo, requiere un poder igualmente enorme. Nadie que se involucre en la política es ajeno a estas consideraciones sobre ética especial y capacidades. Hasta la mayor potencia militar del planeta y un gran promotor de la democracia liberal debe hacerlas. El ejemplo de las negociaciones entre Washington y Hanoi, al calor de los bombardeos de napalm y mientras el Vietcong cometía atrocidades, es a menudo citado (no es casual que Henry Kissinger haya sido un notable practicante de la realpolitik maquiavélica). Más recientemente vemos al gobierno de Donald Trump dialogando con los talibanes en Afganistán, aunque nadie ha olvidado el horror que estos fanáticos religiosos impusieron a sus conciudadanos en los años 90. En conclusión, dialogar con sujetos de naturaleza perversa puede ser ético en algunas circunstancias.

Léase bien: en algunas circunstancias, lo cual nos lleva al caso específicamente venezolano, ya superada la cuestión general. En efecto, las experiencias ajenas no implican que sea correcto dialogar con el chavismo hoy. Si estamos dispuestos a negociar con el régimen pese al sinfín de hechos por los que es responsable, la única excusa es que por esa vía se llegará al bien común, que en este contexto es la transición democrática para Venezuela. Pero eso es especular. Aunque muchos aparentemente tienen el don de la clarividencia, pues afirman sin temor a equivocarse lo que va a ocurrir, el autor de estas líneas reconoce, muy avergonzado, no contar con tales facultades. Me tomo la libertad de hablar por todos quienes no gozamos de las habilidades de Casandra y digo pues que nos es imposible saber si una negociación puede precipitar la transición que tanto nos urge.

Afortunadamente, aunque no podemos ver el futuro, sí podemos ver el pasado. En tal sentido, el panorama no es nada alentador. Diálogos hubo en 2014 y 2017 que no se tradujeron en ninguna ganancia para la causa democrática. El régimen siempre estuvo indispuesto a hacer concesiones que comprometieran tu permanencia en el poder y solo accedió a liberar a varios presos políticos, cuyas celdas pronto fueron ocupadas por otros. Por ello, es totalmente razonable ser escéptico sobre la ronda actual. No obstante, para hacer una comparación completa es indispensable tener cuenta las circunstancias que rodearon las experiencias pasadas y contrastarlas con las de hoy. Hay varias diferencias importantes.

Es indiscutible que el régimen atraviesa actualmente un cúmulo de dificultades sin precedentes. La más notable sin duda es la presión internacional. Si bien una parte sustancial de la comunidad internacional acompañó los procesos de diálogo anteriores, nunca antes la inmensa mayoría del mundo democrático había desconocido la legitimidad del régimen chavista. Los ingresos de la elite gobernante se han visto afectados enormemente por sanciones que comprometen su capacidad para vender los recursos naturales que controlan (petrolíferos, auríferos, etc.). Las exportaciones de dichos recursos han sido en las últimas dos décadas una de las mayores fuentes de fondos, si no la principal, para distribuir entre los miembros de la cúpula y los entes que la mantienen en el poder (sobre todo las FF.AA.). Sencillamente, gobernar Venezuela podría dejar de ser el oficio extractor de riqueza que ha sido hasta ahora. Y sus beneficiarios tienen pocos sitios atractivos en donde invertir, debido a las sanciones individuales.

Mientras tanto, un régimen que ha desechado la legitimidad democrática para imponerse mediante la represión y el miedo está sufriendo deserciones importantes en las FF.AA. y sus organismos de inteligencia, los principales responsables de las maniobras coercitivas. Es obvio que no reina la calma en los cuarteles. De lo contrario, no habría tanto oficial detenido y acusado de conspirar. En abril ni más ni menos que el jefe del servicio civil de inteligencia, él mismo un militar, le dio la espalda al régimen y se convirtió en pieza clave de un alzamiento que, aunque fracasó, fue el más grave que el chavismo ha experimentado desde 2002. Cabía esperar una limpieza profunda del Sebin para purgarla de cualquier elemento sospechoso luego de una falla tan grande. Aun así, un par de semanas más tarde se produjo la fuga de Iván Simonovis, uno de los presos políticos más notables, que era custodiado por el Sebin. El mismo prófugo ha dicho que agentes de seguridad colaboraron con su huida.

Nada de esto estaba presente en 2014 o en 2017. La incertidumbre sobre su futuro rodea a los miembros del grupúsculo en el poder. Incertidumbre que es la madre del miedo, aunque frente a las cámaras haya esfuerzos (no siempre exitosos, por cierto) de lucir inmutable. No es descabellado suponer que, impulsados por temores a un desenlace peor, los cabecillas del régimen vean en una salida negociada el camino indicado.

Ojalá la historia terminara aquí, pero no es el caso. La elite chavista bien pudiera atrincherarse, esperar mantener bajo control el descontento entre los ejecutores de su voluntad y resistir los efectos de las sanciones aunque ello represente una pérdida enorme en sus tratos y en su calidad de vida. Por lo tanto, confiar ciegamente en que las nuevas circunstancias precipitarán una transición negociada es ingenuo. Con semejante falta de garantías, queda en el aire la pregunta sobre la conveniencia o inconveniencia de las negociaciones. Considerando todo lo anterior, opino que reabrir ese canal solo tiene sentido si se articula con las diferencias formas de presión internacional, bien sea para crear consenso entre los aliados sobre la indisposición del régimen ha hacer concesiones y así alentar la consideración de otras vías, o emplear hipotéticas formas de presión que no conozcamos para obtener concesiones.

Desde luego, la articulación exige cohesión estratégica con los aliados internacionales y sobre todo con aquellos con mayor capacidad para presionar. Por eso preocupa que recientemente ha habido manifestaciones de frustración con las conversaciones por parte de dos aliados de primer orden: los gobiernos de Estados Unidos y Colombia. La semana pasada John Bolton, asesor de Seguridad Nacional de Donald Trump y uno de los funcionarios más públicamente pendientes de Venezuela, afirmó en un tuit que “no puede haber diálogo de buena fe con Maduro”. En cuanto a Bogotá, este domingo Marta Lucía Ramírez, vicepresidente colombiana, cuestionó la reanudación de las negociaciones, también vía redes sociales. Al cabo de unas pocas horas borró el tuit. Si no lo hizo por decisión propia, ello indica que el presidente Iván Duque (único por encima de Ramírez en la jerarquía ejecutiva) no comparte su punto de vista o al menos ve imprudente expresarlo. Igualmente, si tenemos en cuenta que Trump más de una vez se ha opuesto a sus asesores de política internacional, el mensaje de Bolton no necesariamente refleja lo que su jefe tiene en mente. Empero, ambas señales preocupan.

Cualquier desavenencia en torno al diálogo podría aclararse mediante la ronda de consulta con líderes internacionales anunciada por Juan Guaidó hace dos semanas, sin que se haya vuelto a mencionar nada al respecto en público desde entonces. Son discusiones como esas las que permiten hallar un lugar para el diálogo en la estrategia para lograr el cambio, o cerrarlo definitivamente.

@AAAD25