El legado, por Alejandro Armas – Runrun

El legado, por Alejandro Armas

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CON SU NEOLENGUA POMPOSA Y RETORCIDA, el gobierno chavista ha sido un verdadero maestro en el arte de convertir las palabras en ruido desagradable. Para el venezolano, aquellos términos de los que el grupúsculo gobernante se ha apropiado para sus campañas de propaganda, muchas de las cuales son neutras o hasta positivas, se han vuelto odiosas al oído, dada la inevitable asociación con el discurso revolucionario. Es el caso con vocablos como “patria”, “rojo” y “legado”, este último empleado por aparato el comunicacional para designar el país que Hugo Chávez dejó tras su muerte. Ese legado ha sido el objeto de abundante discusión en las últimas semanas con motivo de los 20 años del primer triunfo electoral del golpista del 92. En la segunda entrega de esta columna dedicada a la conmemoración de la fecha fatídica, revisaremos el legado de Chávez, comparado con la Venezuela que le abrió las puertas de Miraflores. Los sucesores del “comandante supremo” siempre se presentan como los continuadores del legado, y el autor de estas líneas no podría estar más de acuerdo. Por lo tanto, la comparación será entre el país de finales del último milenio y el actual.

Por ser el problema que más angustia trae a los venezolanos comenzaremos con las cifras del bolsillo (the economy, stupid, por citar a James Carville). Para el momento del infame juramento sobre la moribunda Constitución, Venezuela ya acumulaba alrededor de 25 años de desempeño económico accidentado, cuyo rasgo más distintivo sin duda fue la alta inflación crónica. Este indicador tuvo alzas sin precedentes en la última década del período democrático. Sin embargo, tras la implementación de la Agenda Venezuela con el entonces ministro de Cordiplan Teodoro Petkoff al frente, para 1998 se había logrado reducirla considerablemente hasta casi 30% anual. Las secuelas de este programa de estabilización permitieron niveles incluso más bajos en los tres primeros años del chavismo.

Por supuesto, Chávez no tenía ningún interés en mantener las políticas monetarias que mantienen a raya el aumento de precios. Del pragmático Petkoff pasamos a tener a personajes como Jorge Giordani al frente de la economía. La eliminación de la autonomía del Banco Central de Venezuela, empezando por el tristemente memorable “millardito”, para financiar las políticas públicas que integraban la agenda populista del Gobierno ha estado desde entonces al frente del despegue inflacionario. El fin de la borrachera de petrodólares más la ruina de la recaudación tributaria (producida a su vez, como parte de un círculo vicioso, por el Efecto Olivera-Tanzi) dejaron al Ejecutivo con la monetización como único recurso para cubrir el déficit. El aumento de la base monetaria ha sido demencial. El año pasado la inflación estalló y por primera vez en la historia venezolana se le agregó el temible prefijo “híper”. Aun falta saber ver cuánto ha ido el incremento para diciembre, pero el mes pasado la Asamblea Nacional estimó un incremento anualizado de 833.997%. La espeluznante cifra, por mucho la más elevada entre todas las naciones del orbe, no tiene nada que se le acerque en el pasado venezolano. La peor inflación del período democrático (103%, en 1996) luce microscópica al lado de lo que ocurre actualmente. Los economistas que asesoran al gobierno, militantes de la izquierda más trasnochada, descartan que la emisión desbocada de bolívares tenga algo que ver. Para ellos, todo es un problema de “especulación” que se corrige con controles de precios, a pesar de que desde mucho antes del chavismo ha quedado claro que estas regulaciones fracasan de manera espectacular en el combate a la inflación.

La escasez es otro problema que no guarda absolutamente ninguna relación con lo que se había visto antes en Venezuela. A veces, sobre todo en períodos de control de precios afincado como en los años 80, algunos bienes no tenían disponibilidad normal. Pero en líneas generales, los productos estaban en los anaqueles y (a veces con mucho esfuerzo debido a la inflación) era posible adquirirlos sin recurrir a mercados negros o recorrer decenas de locales. Entre la producción nacional y las importaciones, Venezuela estaba lo suficientemente abastecida como para satisfacer la demanda de bienes de uso masivo, desde repuestos para vehículos hasta alimentos.

Como tercer punto de la decadencia económica, podemos observar la producción de crudo. Los reportes de la Organización de Países Exportadores de Petróleo dan cuenta de un desplome ininterrumpido que acumula ya varios años. Actualmente estaríamos produciendo apenas un poco más que un millón de barriles diarios. En 1998 el bombeo fue algo menor a tres millones. No hay nada que en la mal llamada “cuarta república” se parezca a esto. Niveles tan bajos no se habían visto al menos desde los años 40 del siglo pasado.

Toca ahora ver aspectos sociales, empezando por uno relacionado con la economía: la pobreza. Los años 80 y 90 se caracterizaron por la pérdida del ascenso social de las dos décadas anteriores. Sobre todo en los 90 hubo un alza sustancial en la pobreza, que los gobiernos de turno no supieron atajar o aliviar a tiempo a pesar de sus planes de estabilización económica. En 1998, casi la mitad de los venezolanos era pobre, y casi 30% era extremadamente pobre. Un número innegablemente grave, pero que palidece ante el 87% estimado el año pasado por la Encuesta de Condiciones de Vida que conducen las universidades Católica Andrés Bello, Central de Venezuela y Simón Bolívar. No conforme con ello, el empobrecimiento no ha golpeado a todos por igual. Por el contrario, un estudio reciente de Luis Pedro España y María Gabriela Ponce halló que Venezuela es el país con mayor desigualdad socioeconómica en América Latina. A esto fueron a parar las promesas del socialismo revolucionario de Chávez.

En cuanto a la salud, el panorama es desolador, no solo por la escasez de medicamentos. Enfermedades que desde mucho antes del 98 habían desaparecido del mapa venezolano, gracias al esfuerzo titánico de héroes como Arnoldo Gabaldón, han regresado y afectan a cada vez más ciudadanos. La malaria, el terrible paludismo de las novelas de Miguel Otero Silva y Rómulo Gallegos, es acaso la más notable. El último informe anual de la Organización Mundial de la Salud contó 411.000 nuevos casos de malaria en Venezuela en 2017, tres veces más que en 2014, según reseña el diario El País de España. Mientras, hospitales que a inicios de la “cuarta” fueron considerados modelos para América Latina hoy están en situación calamitosa, con equipos que no funcionan, sanidad paupérrima y falta de insumos tan sencillos como gasas.

Por último, la criminalidad rampante es un problema que no amerita mucha descripción, pues están a diario expuestos a ella todos los ciudadanos que no cuentan con los anillos de seguridad de los miembros de la elite oficialista. Probablemente como resultado del aumento de la pobreza, Venezuela experimentó niveles de delincuencia preocupantes en los años 90. Grabados en la memoria colectiva quedaron incidentes como las tragedias del Urológico de San Román y de Terrazas del Ávila. Pero estas dificultades estaban leguas de la violencia hamponil normalizada que impera en las calles de hoy. Venezuela en aquel entonces no tenía problemas de inseguridad peores a los de Brasil o Colombia, vecinos a los que hoy supera en este particular desde hace varios años. En la actualidad, nuestro país y varios de Centroamérica figuran a la cabeza de la lista de naciones ordenadas por tasa de homicidios. Los criminales, si son detenidos, van a cárceles gobernadas por los llamados “pranes”, con hacinamiento, pobres condiciones higiénicas y de abastecimiento de comida, entre otros problemas mucho más graves que los que llevaron a la implosión del Retén de Catia un año antes del triunfo de Chávez.

Todo esto es el legado, ese legado sobre el que pudieran escribirse muchas más páginas. Hay dos cosas bastante elocuentes sobre el contraste entre la Venezuela de 1998 y la de hoy. La primera tiene algo que todos los calvarios enumerados comparten: la falta de cifras oficiales. El Ejecutivo informaba con periodicidad sobre todos estos temas de interés público hasta que una por una las luces se apagaron. No hay que ser un genio para saber por qué. Pero mientras las autoridades callan, el segundo elemento, el éxodo gigantesco de venezolanos, es un grito de incontables decibeles. Creo que no existe prueba más sólida sobre lo que 20 años de revolución han significado para el país que los millones de conciudadanos que se han ido a otras latitudes. Nunca, ni siquiera en los períodos más oscuros de la historia venezolana, se había visto algo parecido. Cada compatriota que soñaba con desarrollar su vida en el país pero que hoy está entre las montañas cundinamarquesas, en los arenales limeños, frente al Río de la Plata o en las selvas alrededor de Boa Vista… Todos son también parte del legado.

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