Al maestro: El padre Gustavo Sucre por Carlos Dorado

Al maestro: El padre Gustavo Sucre por Carlos Dorado

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He sido uno de los afortunados de haber tenido un maestro como el padre Gustavo Sucre. Un venezolano a carta cabal, un jesuita entregado, un amigo, un maestro, un hombre que en su vida expresó humildad, cercanía, caridad y una sabiduría excepcional.

Hombre de una gran cultura, licenciado en letras, filosofía, economía y teología en diversos centros de estudios en Europa, y doctor “Honoris Causa” en Derecho. Durante más de 50 años ejerció todo lo que se puede ejercer en la  Universidad Católica Andrés Bello (UCAB): profesor en la escuela de economía, director, decano, secretario general, y secretario ejecutivo;  sin dejar de mencionar que  fue alumno del Colegio San Ignacio, en su sede de la Esquina de Jesuitas (en Caracas), de lo cual siempre se sintió muy orgulloso.

Hombre de una gran calidad humana, y  quien dedicó su vida al Sacerdocio; Ministerio que recibió en 1960, y que con tanto cariño y humildad ejerció. Una humildad, que era su mejor herramienta para estar en constante contacto con la realidad. Era grande porque era humilde, y lo más grande es que nunca se creyó necesario. ¡Aunque sí lo fue para muchos de nosotros!

Hombre de una gran  sabiduría. Sabio porque conocía, y sobretodo transformaba; y a muchos nos logró transformar. Era de pocas palabras, porque muchas palabras, según él, nunca indicaban mucha sabiduría. Vivió como pobre toda su vida, porque su sabiduría compensaba cualquier riqueza, y precisamente porque era sabio siempre estuvo cerca de las personas y del dolor humano. Pensaba como un sabio, pero hablaba con el lenguaje de la gente común, y estoy seguro de que no decía todo lo que pensaba, pero sin lugar a duda que pensaba todo lo que decía. Él nunca quiso tener muchas cosas, y quizás por tener pocas, es que logró atesorar únicamente las más importantes.

El padre Sucre fue un maestro, que siempre prescindió de las reglas, porque él lograba ser la regla. Él no enseñaba, estimulaba el conocimiento a través de mucha humanidad; y nos hacía creer que los imposibles eran posibles. Él nos orientaba, y ése era quizás su mayor orgullo. De él no se aprendía mucho, se aprendía sólo cosas buenas; y siempre repetía que lo más importante era aprender de la vida.

Creo que fue un hombre sumamente feliz, y basó su vida en la sencillez, y en el conocimiento. Desprendía armonía, serenidad y una gran paz interior e hizo mucho bien, sin deprenderse jamás de su fe, su verdadera arma. Para él, el amor no era un concepto, era una acción, y la ejerció durante toda su vida, a través de innumerables obras sociales.

Se fue a los 88 años, pero nos dejó muchas enseñanzas, y todavía hoy me pregunto si vino a este mundo a enseñar o a aprender, porque ambas las ejerció incansablemente. ¡Quizás no nos enseñó nada! Pero nos ayudó a conocernos a nosotros mismos, y ésta es la mayor de las enseñanzas.

Estoy seguro de que llegará al cielo, con ese caminar descansado, tranquilo, como sin prisa por llegar; y tocará la puerta y pedirá permiso, y no entrará hasta que alguien lo mande a pasar, y sin que nadie se dé cuenta que llegó; porque al igual que su transitar por la vida, su humildad y su sabiduría le impedirán atropellar a nadie, y menos a Dios, a pesar de que seguramente lo estaba esperando con una gran sonrisa en su cara, porque era un hijo de regreso, después de haber hecho un excelente trabajo en la tierra.

¡Gracias y que descanse en paz Maestro, se lo ha ganado!

 

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