Mi cuento de Navidad 2015 por Víctor Maldonado

Mi cuento de Navidad 2015 por Víctor Maldonado

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El drama lo vivimos todos. Ojalá fuera un relato fantástico, la descripción de una distopía o simplemente el desvarío de una mente febril. Pero no. 30,6 millones de venezolanos compartimos la misma suerte. El miedo, por ejemplo, de tener la certeza de vivir en el país más peligroso del mundo, con la terrible cifra de 27 mil homicidios ocurridos en el año 2015, el 97% de los cuales ocurrieron con total impunidad porque el gobierno no se dio ni se da por aludido. Un país, este que vivimos, donde la autoridad participa macabramente en el juego de la violencia, porque no ha conseguido mecanismos y soluciones para honrar el derecho a la vida en sus extravagantes intentos de combatir al hampa. La bala que nos toca anda por allí, realenga, esperando su mejor oportunidad, mientras cada uno se encomienda a su manera, entendiendo que no hay lugar del mundo donde sea más posible que no haya vuelta a la casa y que esa mirada imprecisa sea tal vez la última. Vivimos al día, como si nosotros fuéramos los obligados destinatarios de una advertencia macabra: ¡Abandonad toda esperanza, aquellos que entréis aquí” tal y como dice el poema de Dante refiriéndose a las puertas del infierno que, una vez traspasadas, clausuran cualquier enmienda.

30,6 millones de venezolanos vivimos cruzando los dedos. Todos los días rezamos para que el cuerpo resista y no se haga presente ninguna enfermedad. ¡No hay medicinas! Vivimos al margen de las ventajas de la civilización occidental. La gente se muere de mengua y no hay forma ni siquiera de aplacar ese dolor que el resto del mundo resuelve con una pastilla, pero que no está disponible aquí y solo aquí, simplemente porque no tenemos gobierno sino un atajo de insensatos que blandean sus falsas lanzas contra inimaginables molinos de viento. ¡Abandonad toda esperanza, aquellos que entréis aquí!, al círculo de la enfermedad que no se puede combatir ni siquiera porque las redes de la misericordia estén atentas a difundir una y otra vez ese grito de familias enloquecidas porque esa medicina que necesitan para que la enfermedad no avance o para que el dolor no aniquile simplemente no está disponible en ninguna parte del país. Vivimos la revolución del siglo XXI con la falta de certezas del siglo XVIII. Enfermarse es morirse, como si no hubiésemos pasado de aquel 1886 cuando Arturo Michelena pudo plasmar esplendorosamente las angustias de una familia frente a la imagen yacente de un hijo enfermo, cuando todos ellos  parecía preguntar al médico cómo podían apostar a la vida y ganar de nuevo. Ciento treinta años después los dados se lanzan una y otra vez pero la condena es la misma. Esa medicina que cura, aplaca y serena no está a la mano. La muerte sonríe mientras pasa la hoz y escucha a lo lejos un vacuo discurso que ofrece lo que al final no se da.

30,6 millones de venezolanos vivimos al día. Algunos ven como la melancolía vuelve a ser esa oscuridad inmensa que se va cebando sobre el ánimo porque el antidepresivo no  está disponible. Otros se sumergen en el mundo de la locura irrefrenable porque esa droga que puede restaurar la sensatez simplemente no existe. Otros comienzan a ver como todo el cuerpo va cayendo en el caos de la descoordinación, rigidez y temblor irrefrenable, sabiendo que el párkinson avanza sin que nada lo ataje. Cada venezolano es su propia trama de miedo, presentimiento y abandono. Algunos temen la próxima convulsión, la inevitable hipertensión, la falta de reguladores tiroideos, o la molécula que hace la diferencia entre que se pueda vencer al cáncer o que terminemos siendo víctimas fatales de esa enfermedad. Vivimos una cárcel terrible con barrotes  de imposibilidades mientras el gobierno busca la trampa siguiente o intenta el atajo a la legalidad que le permita un día más, haciendo caso omiso al descalabro interno y a la falta de fe provocada por el descrédito y los plazos cumplidos.

30,6 millones de venezolanos vivimos aferrados a un empleo y a una empresa que están sitiados. El cerco existe. Ni se puede producir ni hay divisas para importar. Estamos sentados en inmensas posibilidades defraudadas por un socialismo que se engulle sus propias entrañas con absoluta inconsciencia. Vivimos ese infierno particular provocado por la fatal arrogancia de los que no esperan morir ni cesar alguna vez de ejercer el poder. Sufrimos el arbitrio de un régimen empeñado en la ceguera fatal de lo que provocan, tal vez porque toda su atención es envidia y resentimiento por lo que logran los demás. La mitad del país vive de la aridez del rebusque. Esa  mitad del país es, por necesidad, frágil y sensible a los encantamientos de las mafias, las bandas y la violencia. Cada vez que cierra una empresa se clausura esa posibilidad para el trabajo digno y la salida de la pobreza por la única puerta que garantiza dignidad y libertad. 30,6 millones de venezolanos vivimos aterrados por la próxima expropiación y el siguiente operativo expoliador porque ya se sabe que eso solo provoca más hambre y menos oportunidades.

¿Hambre? Si, ¡hambre! Esa que provoca el no comer completo. O el intentar engañar el estómago mientras el cerebro registra esa perturbación nebulosa por quedar inconforme. Hambre de comida, sed de justicia. La mitad de las familias venezolanas están comiendo incompleto y peor que antes. Menos comida y de peor calidad. ¿Hambre? Si, hambre y sed de explicaciones y de sendas que no nos conduzcan por los callejones de la resignación y del absurdo. El hambre de hoy, la cara triste del niño y la amargura de una joven que ve defraudadas demasiado temprano todas sus posibilidades y sueños. Esa que no te permite comprender en qué consiste el último castigo social o la amenaza que a través del megáfono anuncia el colectivo del barrio porque las cosas no le salieron bien a un gobierno que ofrecía patria y piedras fritas mientras el hambre colonizaba el espacio de las decepciones cada vez que se debilitaban músculos, huesos y neuronas. Esa que resulta irreversible en sus efectos y que nos niega inteligencia y libertad simplemente porque el pollo, la carne o el huevo estuvieron a una cola inmensa de distancia.

30,6 millones de venezolanos temen esa frase que los condena a la soledad. “Me voy” es una fractura que nos coloca a todos en la disyuntiva de la fatal fragmentación. Ese “me voy” casi nunca es un “nos vamos”. Más bien es un “sálvese quien pueda” que nos deja como parte de un naufragio en donde el mar que nos devora se llama abandono. Todos tratando que esas inoportunas lágrimas no nos impidan fijar en la memoria la sonrisa que se intenta, el beso que se intercambia, ese adiós que podía no haber sido y que nos deja solo con la imagen pero sin el calor del abrazo y la experiencia compartida en tiempo real. “Morimos callados” la partida de nuestros afectos y de los que pudieran haber sido ese amigo que ya no va a poder ser.

30,6 millones de venezolanos que se sienten apuñalados porque el odio que se esparce por todos lados tiene en sus garras la vida, el sosiego y la libertad de perseguidos, exiliados, procesados y presos políticos.

30,6 millones de venezolanos viven su propia relatividad del espacio y del tiempo. Lejos la recuperación, distante la escuela, los zapatos, la ropa, el café, la salud, la comida, la vida buena, la paz, la justicia, el reencuentro o cualquier cosa que signifique una apuesta a la cordura y la concordia. Sencillamente porque la indolencia está al frente del gobierno y del país sin importarle las lágrimas de los que lloran a sus muertos, la angustia de los que cuidan a los enfermos, la ansiedad de los que presienten el propio cansancio que deteriora, o el vacío de los que padecen la soledad y el abandono. 30,6 millones de venezolanos, cada uno con su propia y adolorida historia reflexionando e inquiriendo respuestas a tres preguntas que lucen trascendentales: ¿Tiene sentido? ¿Tuvo alguna vez sentido? ¿Terminará alguna vez?

Aun no hay respuestas definitivas, sin embargo aquí seguimos, cada uno de los que sumamos 30,6 millones de venezolanos, sin dejarnos vencer pero haciendo el inventario de las pérdidas y ganancias. El 6D salimos todos y fuimos una implacable advertencia que, a pesar del esfuerzo,  no nos permite el desatino de la certeza precoz porque es falso el atajo que nos muestra el optimismo que ni es espera ni es esperanza. Tal y como recuerda Francisco, “la esperanza no es un optimismo, no es la capacidad de mirar las cosas con buen ánimo e ir hacia delante. La esperanza no es una actitud positiva ante las cosas sino un riesgo que se corre, es una virtud arriesgada que  como dice San Pablo, nos propone mantener “una ardiente expectación hacia la revelación del Hijo de Dios’. No es una ilusión”.  Es más bien un susurro a través del cual Dios afirma el camino y advierte que nunca hay razones suficientes para sentirnos derrotados definitivamente. Todo lo contrario. La esperanza es el camino azaroso de seguir confiados en sus designios mientras hacemos lo debido: resistir, exigir libertades y actuar con prudencia y responsablemente.

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