Entre sueños y pesadillas: La desesperanza es lo último que se pierde por Armando Martini Pietri

Entre sueños y pesadillas: La desesperanza es lo último que se pierde por Armando Martini Pietri

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Si vamos a hablar con seriedad no sólo no sabe de economía, aunque por su trayectoria ya algo debería haber aprendido pues ha manejado bancos de primera importancia y ha debido tomar decisiones importantes; técnicamente hablando es el jefe de la economía del país, sea cual sea la realidad de esa jefatura, es Ministro de Hacienda, Finanzas y Presidente de la Banca Pública. 

En la práctica, es un militar profesional que hasta que Chávez lo puso al frente de los bancos del Gobierno no tenía más idea sobre economía nacional que usted y yo. Entiendo que ya retirado, participó en el episodio del 4 de febrero, no es muy dado a la exposición pública, parece ser hombre de pocos discursos, más bien tímido y prudente, que deben considerarse buenas virtudes para un ministro de finanzas, quien además preside el banco más grande de Venezuela, banco del Estado que en teoría marca la pauta bancaria nacional.

Uno de esos días asfixiantemente húmedos de esta Caracas que en octubre se pone nublada y aplastantemente lluviosa, quien tiene sobre sus hombros la responsabilidad de la compleja economía venezolana está trabajando en su confortable oficina ubicada en la antigua sede del Citibank en pleno centro de Caracas. Rodolfo Marco Torres está cansado, abrumado de problemas, se desvela y comprende –el problema es que lleva demasiado tiempo entendiéndolo, y comprender lo malo puede aplastar a cualquiera- que las cosas no van bien y mucho menos como quisiera. Y que se van a poner peor. La amplia oficina lo agobia, no es que sea pequeña, es que las angustias son muy grandes. Se echa hacia atrás en la cómoda butaca presidencial, cierra los ojos, con la mirada sacada de realidades suelen surgir nuevas esperanzas. El general y Ministro clave cierra los ojos no para dormir sino para soñar, para imaginar y analizar. 

Entonces, en algún momento cuando el pesado ruido de la calle va disminuyendo y los brillos de las luminarias callejeras –las que están encendidas, que no son todas- dan saltos en los charcos que dejó el corto, reciente y feroz aguacero, Marco Torres siente el imperio de abrir los ojos, se exige su mirada directa. 

A su alrededor hay una especie de espacio iluminado y más allá nada se ve, es penumbra. Pero eso no es lo que cuenta; a lo que abre de par en par los ojos, la atención y el espabilamiento del Ministro Torres es que frente a él está, con boina roja encajada con firmeza y banda presidencial, Hugo Chávez. No está muy seguro de lo que debe decir, pero el instinto militar lo lleva a ponerse de pie de inmediato en posición de acatamiento. “¡A la orden, mi comandante en jefe, qué honor recibirlo”, exclama con clara firmeza militar, pero también con una comprensible confusión, ¿general y banquero viendo espíritus?, al mismo tiempo con la alegría de reencontrar al amigo. Y fijándose un detalle: Chávez viste completo su uniforme de Comandante en Jefe, ¿se acuerdan?, el del copiado de los que usan los hermanos Castro.

Título de caja

Chávez, seco, responde con tono de mando a un subalterno de confianza. “Está bien, Torres, gracias, ahora siéntate y explícame qué carajo es lo que pasa con la fulana economía. Estoy harto de hablar con todo tipo de personas y nadie me explica nada, temo llegar a la conclusión de que de Nicolás para abajo nadie tiene idea”. 

El Ministro pone expresión serena y contesta: “Mi Comandante en Jefe, la situación es crítica pero salvable”.

Harto de promesas y especulaciones, Chávez no se impresiona: “Bueno, cuéntame; o, mejor dicho, no me eches otro cuento, convénceme”.

“Hagamos un poco de memoria para ver la situación en perspectiva”, advierte el Presidente del Banco Venezuela, quien da pasos adelante recurriendo a la memoria y recordando: “cuando usted presidía la revolución la situación ya era de cuidado, eso hay que recordarlo, porque lo que nos está pasando no lo comenzamos ni el Presidente que usted eligió, ni yo. Toda esta tranca la comenzaron el viejito Giordani, que se las daba de misterioso y lo envolvía y jalaba las brasas para su lado y a conveniencia, mientras su hombre de confianza en petróleo, Rafael Ramírez hacía lo mismo en PDVSA y Merentes se auto-incubaba en el BCV; era una economía inmanejable no importa lo que usted quisiera hacer; era un desastre y la descoordinación insoportable”. Y aclara aún más el Ministro: “antes, cuando era Presidente todos hablaban, cada uno daba sus propias explicaciones y usted cambiaba o simplemente se iba a otro tema. Con Maduro la situación ha cambiado en algo, al menos el único que habla y propone soy yo y todos los demás siguen o tratan de ver de dónde sacan los reales”.

Torres cruza los dedos en gesto involuntario, mantiene la mirada baja pero el ánimo decidido, no piensa callarse: “Porque ésa es la otra cuestión, mi Comandante en Jefe, y hay que decirla clarita: usted tuvo mucha plata en las manos, tuvo esa gran suerte, el Presidente Maduro lo que tiene son deudas en bolívares que no valen nada y en dólares que cuestan demasiado”. 

“Bueno”, concilia Chávez “entiendo todo eso, pero dime qué han adelantado, qué hacen para solventar esta paralización, esta tranca económica que puede generar un lío grande en lo social, porque en lo político parece que vamos a perder las parlamentarias”.

El Ministro de Finanzas se apresura a informar: “estamos en conversaciones con el banco alemán Deutsche Bank, quienes conocen muy bien nuestra situación y no son pro-gringos como el Fondo Monetario Internacional; los alemanes son gente seria y nos están asesorando para ver cómo salimos de este enredo en el que estamos” y no puede evitar que se le salga agregar “y perdóneme el abuso, este enredo en el que nos metieron usted y los suyos”. 

Chávez reacciona con fuerza “¡nunca hubiera permitido que esto sucediera!”

El general mantiene su actitud respetuosa pero él no lo va a callar: “no se trata de permitirlo o no, mi Comandante eterno, son las consecuencias de una política errada y populista, y ésa política era la suya, la de Giordani y todos los demás”. 

Chávez sabe que su amigo y subalterno tiene razón, y opta por la búsqueda de soluciones, entre otras cosas porque a él tampoco se le ocurre nada. “Ajá, ¿y entonces las soluciones? Porque por lo que sé, desde mi partida lo único que sube en este país es la inflación, que para el 2015 se estima en 158 % y para el 2016 hasta 200 %, o más”, expresa indignado.

“Hay muchas variables, Comandante”, señala sin mucha convicción el Ministro, “el PIB, el incremento del poder adquisitivo, los aumentos de salarios, el reconocimiento de la FAO….” “Déjate de pendejadas”, lo interrumpe Chávez: “no vengas con palabras técnicas porque eso no sirve, aquí quien se jode y sufre es el más pendejo, el más pobre, es decir, mi pueblo y no los oligarcas que siempre están más ricos”.

El fallecido Presidente está de pésimo humor y lo que oye no lo mejora, lo que ya sabe lo empeora: “el aumento de los alimentos de su precio regulado es todos los días, el precio regulado es una referencia olvidada, el café 900%, la harina pan 690%, la leche en polvo 600%, el tomate 344%, las alas de pollo 341%, la zanahoria 120%, la carne molida 43% el cartón de huevos 123%”; se queda en silencio un instante mientras busca más ejemplos y le explota en la ira el peor, “¡y eso cuando se consiguen!”.

El general banquero se defiende de una avalancha de la cual no se siente único responsable: “eso es culpa de oligarcas, pelucones, Fedecamaras, empresarios, el imperio, el contrabando de extracción, los buhoneros y bachaqueros que están especulando, son la artillería de la guerra económica…”

Chávez baja el tono, “la verdad, Marcos, me morí de cáncer, no de pendejera ¿Ahora me vas a contar que Lorenzo Mendoza esta encompinchado con ellos para conspirar contra el gobierno? ¡Por favor, más seriedad!”

Marco Torres también baja la guardia, recuerda con quien está hablando “mi comandante presidente eterno comprendo su molestia”; interrumpe Chávez nuevamente indignado “¿molestia? ¡Lo que estoy es arrecho! Se entiende que se cometan errores, que la ideología y los sueños lo cieguen a uno, pero cuando se llega al extremo de la defensa de la revolución, ¿cómo es posible que hayan permitido este desastre económico?” 

El Ministro de Finanzas insiste en una explicación: “bajó el precio del petróleo, Presidente, el barril se vende en menos de la mitad de sus tiempos, no tenemos dólares…”.  A Chávez el argumento no lo satisface, al contrario, la expresión se le congestiona y corta al general: “¡que van a tener dólares si se los robaron todos!”  Pero Torres no se queda con ésa y responde de inmediato: “el robo no es de ahora también cuando usted era el máximo jefe aquí hubo amigos que robaron a mansalva, el profesor Giordani y otros veteranos chavistas lo saben y lo dijeron públicamente” 

“Sí, claro”, ironizó Chávez, “¿y qué ha hecho el Gobierno para recuperar ese montón de dólares desaparecidos? ¿Por qué no publican la lista de esos sinvergüenzas? Por allí andan los bolichicos en el imperio comprando apartamentos de 60 millones de dólares y en España comprando haciendas y codeándose con la realeza ¡Yo me morí, a mi ya no me culpen!, ¿qué ha hecho Nicolás, qué has hecho tú, qué ha hecho la Fiscal?”. El Ministro va a responder, pero Chávez está embalado y es él quien da un salto adelante, “¿cómo es eso que van a meter preso a Mendoza de Polar? Se volvieron locos ni yo pude hacerlo y te consta que busqué muchas formas y cada una era más riesgosa que la otra, lo único que conseguimos fue convertirlo en héroe nacional y ahora popular!.”

El militar banquero se quita el asunto de encima: “Bueno, mi Comandante supremo supongo que esas son vainas de Maduro o de Diosdado, a mí nadie me ha dicho nada de eso y si vino porque está preocupado no vuelva más cuando metan preso al de Polar porque eso va a desatar mucha molestia entre los venezolanos” 

“Volvamos al tema”, insiste Chávez “¿que tienen preparado para salir de este lío y ganar las elecciones?”

El Ministro vuelve a tomar fuerza y anuncia: “estamos preparando una arremetida contra la especulación, presentamos un presupuesto manteniendo todos los beneficios sociales y vamos a abastecer cuanto abasto y supermercado público y privado haya a partir de noviembre para que no falte nada, ya tenemos guardada mucha mercancía y estamos esperando otras. Lamentablemente se nos fregó un barco lleno de carne pero hay mucho más en camino. No se preocupe que no faltará nada” 

Chávez cambia, estalla, golpea el escritorio, abre los brazos, está realmente indignado, exasperado, encarajinado: “¡claro que me preocupo, y mucho más cuando leo declaraciones como que ´Venezuela esta como esta por la guerra económica´, ‘yo gozo en las colas sabrosas’, ´coman piedras fritas´ o ´hay que dolarizar los salarios´. Son expresiones insólitas, ridículas y por eso peligrosas son como para sentarse a llorar”

El militar se levanta “sin duda comparto su opinión, esas estupideces no ayudan para nada pero no puedo hacer mayor cosa al respecto”. Chávez reclama con dureza: “¿Qué pasó con el bolívar? ¿Por qué lo dejaron volverse ñoña? Una cosa es que pierda fuerza, pero en tus manos y en las de Nicolás ya no vale nada, -ni los ladrones lo quieren- ¡eso es casi traición a la Patria, carajo!” 

Marco Torres camina hacia el ventanal con la cabeza baja, pensativo, mira hacia la calle, “no tengo respuesta más que la de decirle que hemos seguido su legado al pie de la letra” y agrega con resignación y a la vez con preocupación: “estoy seguro que seré el chino de Recadi del Gobierno de Maduro y pagaré los platos rotos de este desastre, seré el responsable y así lo reflejará la historia.”

Se voltea para argumentar, pero la oficina está vacía, perfectamente iluminada. Y entonces siente un enorme cansancio.

 

@ArmandoMartini

 

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