La Toma de Venezuela y la frustración de no llegar a Miraflores

La Toma de Venezuela y la frustración de no llegar a Miraflores

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A las 2:00 de la tarde, cuando la Toma de Venezuela estaba por terminar, Samuel Ramírez cruzaba la autopista Francisco Fajardo de Caracas de sur a norte, a la altura de La Carlota. Zigzagueaba entre la gente y se metía en cuanto veía un pequeño espacio entre la multitud. No iba a bordo de una moto. Andaba a pie y mientras pisaba el asfalto dañado y las manchas de aceite de la vía, comandaba una fila india de siete personas, los mismos vecinos de Petare que lo habían acompañado desde las 8:00 de la mañana cuando salió de su casa en Campo Rico. En ese grupo que ya estaba de salida, unos se sentían frustrados por no haber ido a Miraflores. Otros, en cambio, estuvieron a favor de que las cosas se hicieran con calma y sin riesgos.

“Yo pienso que si íbamos hoy, nos iban a hacer trampa, nos iban a hacer lo mismo que en 2002 (cuando ocurrió la masacre del 11 de abril en Puente Llaguno). Yo pienso incluso que deberíamos quedarnos concentrados en un sitio y hacer presión desde ahí, porque si marchamos hasta allá, nos van a emboscar”, dijo Samuel cuando por unos minutos detuvo su caminata. Él estuvo de acuerdo con la propuesta que la oposición hizo desde una tarima abarrotada de dirigentes, alcaldes y diputados que, con un sonido que se escapaba en la amplitud de la autopista, lanzaron discursos que no despertaron aplausos unánimes.

Otros, como Yorwin Ruiz, un vecino de Samuel, se unieron a las pitas, gritos y señales de desaprobación que buen grupo de protestantes dirigió a la Unidad. Todo porque no se recondujo la marcha hacia el Palacio de Gobierno.

“Yo quería ir hoy mismo. Eso no conviene anunciarlo antes, porque ahí sí nos pueden atacar. Si el pueblo tiene hambre y está sin empleo, tienen que escucharlo y hacer lo que pide. Yo trabajo sólo dos veces a la semana porque en la empresa donde estoy no hay materia prima, y eso que es una empresa que trabaja con el Gobierno. Por eso cobro medio sueldo y tengo una niña de 9 meses a la que no le consigo pañales ni leche. Yo sí quería ir a Miraflores”, comentó Yorwin, un obrero moreno de 26 años, que llevaba a cuestas un morral con agujeros.

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Como Yorwin pensaron muchos de los que acudieron a la Toma de Venezuela. Cuando líderes como Henry Ramos Allup, Freddy Guevara y Enrique Márquez dijeron que el próximo 3 de noviembre sí habría una marcha hasta Miraflores, se dejaron sentir los gritos en contra: “¡Noooo. Es hoy!”, dijo una multitud. Cuando se habló de la mediación del Papa y del juicio político de la Asamblea Nacional contra Nicolás Maduro, se entonaron consignas de reclamo como “¡Pu-ra pa-ja!” o “¡Más de lo mismo!”. Cuando Henrique Capriles preguntó si alguien sabía la razón del por qué la marcha no iría este miércoles al Palacio de Gobierno, un hombre enfurecido le espetó: “¡Porque estás cagao’!”.

“Pero es que así es que tiene que ser”, refunfuñaba muy cerca Tita Beaufrand, quien argumentaba no estar dispuesta a convertirse en “carne de cañón” de los represores. “¿Y, entonces, vamos a salir porque somos arrechitos y estamos molestos? No, yo no, yo tengo dos hijos. Hay que entender a la oposición, porque es la que está poniendo el pellejo en esto. Lo que pasa es que están luchando contra un monstruo castrocomunista”, recalcó detrás de sus lentes oscuros y su cabellera rubia. Estaba rodeada de gente de la adversaba y que prefería no responderle.

A unos 10 pasos de ella, Ionesca Villarroel gritaba contra los líderes de la MUD. “Ya basta. En dictadura no hay Constitución que valga. Teníamos un revocatorio y nos lo quitaron. El diálogo es una vía, pero no es una solución porque con malandros no se habla”, aseveró enfundada en su mono violeta.

Samuel, el petareño, se permitió hacer una reflexión en medio de las desavenencias que palpó en la manifestación. “Aquí lo importante es que vinimos, por la razón que sea. Lo que todos tenemos en común es que ya no soportamos que alguien siga haciendo lo mismo y tenga al país así”, sentenció.

Y, ciertamente, quienes fueron a la Toma de Venezuela afirmaron haber marchado en medio del hastío de la crisis y del abuso de quienes están en el poder. Allí estuvo Ada Pérez, una enfermera de 24 años que se irá en pocos meses del país, pero que este miércoles caminó desde Chacaíto hasta La Carlota porque -resaltó- le dolía ver cómo habían destruido su terruño. Marchó también con rabia porque recordó aquel día en el que, cuando iba a su casa en Guarenas, unos delincuentes secuestraron el autobús para desviarlo de su camino y robar a todos los pasajeros en Filas de Mariche. Desde aquel incidente, se queda en casa de su tía, Gilda Latarulo, quien la acompañaba en la concentración. Su queja mayor era el tener los nervios de punta por la inseguridad y que tener que tomar antidepresivos para soportar los embates de la escasez y el miedo de que algo le suceda a su hijo. “Ya una vez lo golpearon todo para robarlo. Pero él no se quiere ir”.

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Otra que acudió fue la hermana María Soto, una monja colombiana que vive desde hace 9 años en Venezuela. Fue para “apoyar al pueblo” en su lucha por la justicia, la paz y la equidad. Andaba rodeada de profesoras y maestras del colegio donde trabaja. “Soy apolítica, pero a mí me motivó el hambre y las injusticias que he visto”, dijo.

Cerca de ella pasó Leonel García, un nadador de camiseta roída y gorra tricolor que llegó a la manifestación desde Santa Teresa del Tuy junto a un grupo de amigos de la Asociación de Sordos de Venezuela. A pesar de su discapacidad, pudo decir a viva voz que quería que Venezuela se liberara de Maduro, a quien, en su corazón, lo sentía como un dictador. El resto, lo escribió en una libreta.

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Bajo una gran sombrilla estaban dos abuelas, que no quisieron revelar su identidad, y que marcharon desde Santa Inés contra el hambre y la falta de medicinas. “Ya no estamos comiendo como antes, ni siquiera estuvimos así cuando Pérez Jiménez. Yo tomo unas pastillas para los ojos y nunca más las conseguí”, dijo una mujer de 90 años que aseguró no perderse una actividad de la MUD. “Yo los acompaño desde 2002 y todo se ha puesto peor”, agregó quien lamenta tener lejos a uno de sus hijos y a dos de sus nietos. “Cuando nos vemos, lo hacemos en una isla del Caribe, porque él ya no se atreve a venir”.

Su vecina, de 58 años, también estuvo ahí y relató que tuvo que dejar de tomar su tratamiento para la hipertensión. La culpa de lo que sucede, explicó, no es sólo de Hugo Chávez sino de todos los que lo antecedieron. Por eso está convencida de que las manifestaciones contra Maduro deben continuar. “Hay que salir a la calle porque esto le incomoda al gobierno, si te quedas en casa, no va a pasar nada. Esta es la presión más fuerte, no hay otra”.

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