La nueva generación de narcotraficantes colombianos post-FARC: “Los Invisibles” – Runrun

La nueva generación de narcotraficantes colombianos post-FARC: “Los Invisibles”

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Durante mucho tiempo, el narcotráfico ha permeado el conflicto civil colombiano, ocultándose entre las facciones beligerantes y corrompiéndolas. Ahora que el conflicto civil se ha reducido, y que solo el ELN permanece en el campo de batalla, el tráfico de drogas está mutando nuevamente. Los capos de la droga colombianos se han dado cuenta de que la mejor manera de protegerse no es con un ejército privado, sino con el anonimato. Es por eso que a la cuarta generación de narcotraficantes colombianos la hemos llamado: “Los Invisibles”.

En el año 2013 se pregonaba que se había llegado a un punto de inflexión en la guerra contra las drogas en Colombia, dado que la producción de cocaína estaba disminuyendo, a la vez que se estaba desmantelando a las grandes organizaciones de tráfico de drogas (OTD). Estados Unidos y Colombia aplaudían los logros del “Plan Colombia”, y se creía que los mexicanos estarían dirigiendo el contraído comercio de cocaína al por mayor y que sus días estaban contados.

Este “éxito” fue un espejismo. Hoy en día, el comercio de cocaína en Colombia está más boyante que nunca, la producción ha llegado a niveles récord, y se están explorando nuevos mercados internacionales. Los narcotraficantes colombianos han aprendido que la violencia es contraproducente para el negocio. La nueva generación de traficantes ha aprendido que el anonimato es la mejor protección, que la plata es muchísimo más efectiva que el plomo. Los colombianos le han cedido a los mexicanos el mayor mercado mundial: Estados Unidos. Esto no es señal de debilidad, sino más bien una sabia medida mercantil.

El tráfico de drogas hacia el mercado estadounidense no es un buen negocio. Los traficantes tienen un alto riesgo de ser interceptados y extraditados, y de que se les confisquen sus activos; además, los precios al por mayor oscilan entre US$20.000 y 25.000 por kilo. Los colombianos prefieren poner sus ojos en Europa, donde un kilo de cocaína vale más de US$35.000, o en China (US$50.000) o Australia (US$100.000).

Los riesgos allí son menores y las ganancias mayores. Resulta entonces un mejor negocio. Es más probable que los narcotraficantes colombianos de hoy se vistan en Arturo Calle en vez de hacerlo en Armani, que usen zapatos clásicos europeos, en lugar de botas de cocodrilo, que conduzcan un Toyota en vez de un Ferrari, y que vivan en un apartamento de clase media alta, en lugar de habitar una mansión con grifería de oro. Tienen el aspecto de un hombre de negocios respetable. Cuarenta años después de que Pablo Escobar industrializara el tráfico de drogas, ha surgido una nueva generación de narcotraficantes que aprendió de sus padres e incluso de sus abuelos, pero que realiza sus multimillonarios negocios por fuera del radar, para no llamar la atención.

*Este artículo forma parte de una investigación realizada para el Observatorio Colombiano de Crimen Organizado, que es coordinado por la Fundación InSight Crime y la Facultad de Ciencia Política, Gobierno y Relaciones Internacionales (FCPGRI) de la Universidad del Rosario. El levantamiento de la información fue realizado por un equipo multidisciplinario de 12 investigadores, en visitas a más de 146 municipios.

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