A lo largo de la historia, las catástrofes naturales han producido conmociones filosóficas profundas. El inconmensurable daño físico se extiende a la reflexión existencial. Sistemas de pensamiento enteros ven colapsar sus cimientos, o estos terminan cuanto menos considerablemente socavados. El terremoto que destruyó buena parte de Lisboa en 1755 tuvo un impacto inmenso en aquellos cenáculos intelectuales europeos que justamente estaban experimentando el Siglo de las Luces. Voltaire escribió por la fatal ocasión un poema que es una crítica mordaz al pensamiento de Leibniz sobre la vida en “el mejor de los mundos posibles”.
A nadie debe sorprender, entonces, que el terremoto doble que azotó a Venezuela, vaya cruel ironía, justo en la más sagrada de sus efemérides patrias, haya desatado un profundo malestar ontológico en los habitantes del país. Si los sismos y demás calamidades naturales, con toda la pérdida humana y material injusta, siempre producen en la psiquis colectiva de quienes las padecen cuestionamientos sobre un orden metafísico universal supuestamente virtuoso, imaginen ese mismo efecto en un país que lleva casi tres décadas de sufrimiento acumulado por un sistema político que arrasó con todo y que lo dejó pésimamente preparado para un terremoto, y ni hablar de dos.
Venezuela es un país bastante espiritual. No me opongo de ninguna manera a que millones de venezolanos busquen consuelo a esta nueva desgracia en sus respectivos cultos. Yo, sin embargo, no puedo acompañarlos en eso. Lo que tengo ante mí es el absurdo existencial camusiano. La impresión de que no hay ninguna entidad trascendente dando un justo sentido al universo. Que estamos solos.
“Estamos solos”. Oración de dos palabras que he escuchado y leído mucho por estos días. No solo por el abandono en el que las víctimas de la cólera de Gaya se sienten por la respuesta en que el Estado venezolano atendió la crisis. Eso era algo que a todas luces la población esperaba, de darse una desgracia así. Resulta que, además, muchos venezolanos se sienten abandonados por quien veían como un nuevo aliado que los llevaría de su mano a un futuro brillante: Estados Unidos. Más específicamente, el gobierno del coloso septentrional. Más específicamente aun, en algunos casos, el señor Donald Trump.
Obedece todo esto a la expectativa, forjada a partir de enero de este año, de que Washington impulsaría una transición democrática en Venezuela. De hecho, esa transición fue enmarcada como la última de tres etapas en un plan que las autoridades norteamericanas presentaron formalmente. Siempre hubo inquietud entre los venezolanos sobre la imprecisión en cuanto al momento en que el tercer paso fuera emprendido. Pero los terremotos la han llevado al extremo. Ha habido una pérdida masiva de paciencia con el plan. El clamor colectivo es que comience inmediatamente la fase de transición, pues el país no puede seguir en manos de quienes respondieron a los sismos como en efecto se hizo aquí.
Pero en Washington no parece haber interés en salirse del guion. Y lo que pudo ser una señal inequívoca de que la transición es indetenible, aunque no avance al paso que las masas quisieran, el regreso de la líder opositora María Corina Machado fue impedido por el mismísimo gobierno estadounidense, según reportó la prensa de aquel país. Para los venezolanos más urgidos de cambio político inmediato, esta información fue interpretada como señal de que el plan de tres etapas es una ficción y de que en realidad Trump y compañía lo que quieren es dejar a la elite de Miraflores en su lugar por quién sabe cuánto tiempo, sin permitir a la ciudadanía procurarse el cambio deseado por la vía democrática. Los gestos de decepción y desesperación estuvieron a la orden del día hasta…
Hasta la noche anterior en que me senté a escribir estas líneas. Porque Trump en persona negó que hubiera bloqueado el regreso de Machado a Venezuela. Volvió a elogiarla. Y aunque no dijo expresamente que su gobierno velará por un retorno seguro de Machado, esas declaraciones renovaron las expectativas sobre el plan estadounidense.
Volvamos no obstante a la depresión colectiva que antecedió a este último pronunciamiento de Trump sobre nuestro país. Hay lecciones que aprender de ella. En primer lugar, que no hay certezas sobre las intenciones de Washington para con Venezuela. Tal vez hay un interés genuino desde el norte en propiciar una transición democrática aquí, pero no necesariamente. Es posible que los yanquis sean sinceros cuando dijeron a los medios que sí quieren que Machado eventualmente retorne a su patria, pero que no lo creen conveniente justo ahora (incluso si se equivocan al concluir que no es conveniente justo ahora). O no. Lamentablemente en esta extraña situación en la que Venezuela está desde enero todos los actores determinantes tienen incentivos para reservarse sus aspiraciones. Los ciudadanos comunes solo podemos barajar distintas posibilidades. Ser consciente sobre los límites de mi conocimiento al respecto es lo que impidió que no me uniera al reciente coro fatalista. No podía decepcionarme que lo que se veía como seguro no se estuviera dando, si nunca lo consideré seguro en primer lugar.
La segunda lección es que los intereses de Estados Unidos no tienen por qué coincidir con los de los venezolanos. Tal vez coincidan o tal vez no (otra vez los límites al conocimiento, ya ven). La sociedad venezolana tiene que entender que, mientras siga delegando a EE. UU. el impulso de los cambios que ella quiere ver, va a estar en una constante dependencia de intereses ajenos. Esto es algo que se debió entender desde un principio, cosa que a todas luces no ocurrió. La delegación es consecuencia del miedo a represalias que históricamente ha conllevado el impulso de cambios desde adentro de la propia Venezuela. Un miedo comprensible, pero que no elimina la desventaja de la delegación. No podemos pretender que los cambios que queremos se den en los lapsos que queremos, o que se den siquiera, si dejamos a otros todo el esfuerzo. Así no funciona el mundo. Negarlo es malcriadez pueril.
Si al final del día sí hay transición de la mano de Washington, pues muy bien. Pero si no la hay, los venezolanos ávidos de cambio tendrán que escoger una vez más entre buscarlo por cuenta propia o resignarse al statu quo. Lo que aplica al plano geopolítico aplica también al plano metafísico. Volviendo a Camus, si no hay un orden divino justo que al final será nuestro redentor, nos toca a nosotros y solo a nosotros la tarea, sin importar cuán “cruel” sea la naturaleza.
Como ya dije, no me opongo de ninguna manera a que venezolanos crean que sí hay un ente sobrenatural que nos ayudará o ya nos está ayudando. Es más, si esa creencia los inspira a que pongan de su parte como, si se quiere, instrumentos de la divinidad, bienvenida sea. Pero para aquellos que no encuentran respuestas satisfactorias en lo espiritual y se sienten confundidos sobre su papel como venezolanos en el cosmos; que se preguntan si vale la pena trabajar por un mejor país a pesar del absurdo existencial; a todos estos les digo que sí vale la pena. Si en el fondo no lo creyéramos, no hubiéramos visto los incontables gestos conmovedores de heroísmo y solidaridad de quienes se pusieron a escarbar entre escombros con sus propias manos o se presentaron en los centros de acopio como voluntarios. Eso es lo que hace quien no se siente a sí mismo en el mejor de los mundos posibles, pero que de todas maneras trata de mejorarlo con su sudor.
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