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Moral

¡Siga siendo esa reserva moral! Por Carolina Jaimes Branger

ME LLEGA VÍA WHATSAPP un video de una indignadísima profesora donde se las canta completicas a Aristóbulo Istúriz: “… ahora eres el campeón del proselitismo. Eres un inmoral. No tienes memoria, vale. ¡Es que no hay manera, no hay forma de llamarte! La otra vez intenté buscar un adjetivo, pero es que no se te puede dar… ¡es que ni siquiera traidor! Ni siquiera eso. Hasta los traidores tienen algo de ética. No se te puede decir de cualquier manera, porque con cualquier cosa que se te compare, los demás salen ofendidos con la comparación. ¡Eres lo último que pudo parir Venezuela! ¡Eres lo más malo que Venezuela pudo traer! ¡Eres la negación de Andrés Bello! ¡Eres la negación de Fermín Toro! ¡Eres la negación del maestro Luis Beltrán Prieto Figueroa! ¡Eres la negación de todo lo bueno que ha tenido este país! Y si hoy los venezolanos que han emigrado están fuera, dando la talla -y aunque estén barriendo un piso o lavando una poceta- lo están haciendo con dignidad y lo están haciendo porque pasaron por una escuela, que pudo quedar marcado tatuado en sus huellas y en sus venas lo que es un educador de calidad. Y ahora tú pretendes, para terminar de destruir este país, que no les basta con haber destruido el aparato económico, no les basta con haber acabado con el aparato de salud, vienes a terminar con lo que queda de educación, porque los maestros han sido hasta ahora una reserva moral de Venezuela ¡y seguiremos siendo una reserva moral muy a pesar tuyo, muy a tu pesar, Aristóbulo! ¡Renuncia, renuncia, Venezuela no puede seguir con un ministro maula, renuncia!

La tragedia es que Venezuela sí puede seguir con un ministro maula, porque una sociedad educada se rebela… Una sociedad analfabeta se doblega. Aristóbulo y su combo lo saben… Todos los países víctimas de regímenes totalitarios han hecho lo mismo. Un oxímoron, esto de tener un ministro de educación que promueva el analfabetismo, pero una realidad en la Venezuela de hoy.

Apreciada y admirada profesora: mis respetos. No sé su nombre, pero me encantaría conocerla. Las mujeres venezolanas han sido heroínas en esta lucha por la democracia y la libertad y usted, sin que me quede duda, es una de ellas. Gracias por seguir en la docencia. Siga siendo esa reserva moral porque estamos cerca de salir de esto.

@cjaimesb

El entresijo de una transición: ni lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario, por Armando Martini Pietri

 

La comprometida crisis social de principios morales y éticos, económica e institucional ha generado un consenso que, con la excepción del núcleo duro de la dictadura madurista, que incluso amenaza con quebrar al chavismo por dentro, coinciden en que la situación se ha vuelto inviable e insostenible. La hiperinflación, presión internacional, fuerza ciudadana, represión de la protesta social reivindicativa, presos políticos, saqueo y ruina de PDVSA, ya no se pueden ocultar, el descontento de más del 85% es evidente. ¡Fuera Maduro! es el clamor ciudadano.  

Una tormenta perfecta que azota a Venezuela. Y, a pesar de la aparente fortaleza oficialista, que logró liquidar a sus adversarios -aunque los méritos no le son del todo atribuibles- las potencias críticas contra el régimen siguen esperando se produzca un cambio. No obstante, la especulación de un posible pacto delictivo entre el castro madurismo y un sector infame, sumiso y cooperante de la mal llamada oposición. O, una crisis interna del oficialismo que dé paso a una transición, son de considerarse con seriedad.

Ni lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario, se dice que expresó el finado presidente Pérez en relación a lo que se esperaba hiciera. Podríamos utilizar la misma frase ahora que se habla con insistencia de una transición como salida al desastre castro madurista a una opción diferente de Gobierno. O sea, continuar con la ignominia que padecemos, la contraria sería la ruptura total, la intermedia -“lo contrario”- una transición.

Lo que pocos manifiestan es que esa transformación sería -como otra expresión conocida-, ayer estábamos al borde del abismo, hoy hemos dado un paso hacia delante. Porque la pregunta que se habría de escudriñar y responder ¿transición con quién?

Por un lado, tenemos incapaces hasta para aplicar su propia ideología política y por el otro una oposición -que no toda- contradictoria que a veces dice sí, a veces no, otra afirma con la cabeza mientras proclama distinto a través de micrófonos, niega lo que acepta, y admite lo que niega. En ese penduleo repugnante, los unos y los otros han dejado caer el país en la peor situación de su historia.

Veámoslo desde este punto de vista. Las personas colocan sus ahorros en una entidad financiera, es decir, confían en el banco. Con sus economías se otorgan préstamos y financiamientos. Es decir, los ahorristas son socios, aunque no tengan acciones. Si un partido político se opone a un Gobierno, que con aprensión califica de dictadura y violador de los Derechos Humanos, pero dialoga sin condiciones, se reúne en secreto y aprovecha las “prebendas del poder”, ¿está asociado o no?

Entonces, digamos que el régimen sucumbe, como todo indica sucederá, ¿con quién se organiza y se desarrolla esa transición? Por un lado, están los ladrones, corruptos y represores responsables de la catástrofe; por el otro, los que han ejercido una oposición sumisa, cómplice y cooperante que discute temerosa, critica y blandengue no se enfrenta, y al llamado sus seguidores votaron masivamente el 16 de julio 2017 para que cumpliera un mandato, hicieron lo contrario. ¿No fue eso -para no entrar en detalles sórdidos- un desfalco, un robo descarado a la voluntad de la mayoría ciudadana?

¿Con quién puede organizarse y desarrollarse una transición confiable, creíble y eficaz? Porque además estamos hablando de que, para una alternativa verdadera, quienes estén a cargo serán responsables y garantes de reconstruir una nación que prácticamente no existe, sin producción agropecuaria, un sector industrial operando en mínimos, producción minera reducida a escenarios primitivos, y una industria petrolera cayéndose a pedazos, arruinada e insolvente.

Se resalta mucho que hay políticos honestos y esforzados, pero también hay que resaltar que existen bandidos deshonestos y oportunistas aprovechadores, ¿cuáles son cuáles? “Por sus obras los conoceréis”, señala la sabia advertencia bíblica. La cuestión está en precisar, a los oficialistas e impostores opositores, cuáles son los militantes y dirigentes honrados a carta cabal y cuáles los delincuentes farsantes, porque hasta donde sabemos los partidos actúan, con voces y expresiones corporativas, no cada militante individual.

Entonces, ¿con quiénes se hará la transición? ¿Con los partidos opositores sólo por ser opositores y con los oficialistas que ahora critican a sus camaradas y de quienes fueron cómplices durante años? No estamos negando lo que de bueno hayan hecho, sino preguntándonos quiénes podrán ser los integrantes de una evolución cuyo primer objetivo, inevitable, es sacar a la nación de la hediondez de la corrupción y conducirla a una república democrática sana, honesta, de principios éticos, valores morales y buenas costumbres ciudadanas.

Más que un equívoco, sería una estupidez imperdonable reconstruir un país conservando los mismos pecados y pecadores de siempre, que es lo que hemos renovado irresponsablemente durante demasiado tiempo. Chávez no llegó al poder sólo porque dio un golpe de estado, sino porque la ciudadanía estaba harta de trajines, confabulaciones y connivencias que mientras actuaban en democracia mantenían silencios estruendosos sobre las graves fallas, y afonías tan ruidosas que les impedían escuchar reclamos de la calle. Ciertamente, hubo excepciones, tuvimos políticos coherentes, auténticos que lanzaron advertencias, hicieron reclamos, pero no fueron escuchados.

Insensato e irresponsable pretender una transición con los mismos picaros bribones a los cuales la moral y ética de la inmensa mayoría rechaza y aborrece, los sabe mentirosos, fracasados, incompetentes, encubridores y compinches. Los partidos políticos, sus dirigentes y militantes no están para disfrutar el poder sino hacer del poder un abanico de acciones para forjar y realizar el bienestar social, económico, cultural y moral de un país.

La pregunta que se están haciendo cada día más venezolanos es justamente ésa, ¿transición con quiénes? No obstante, el quid del asunto consiste en dar pasos firmes y contundentes alrededor de la verdadera, valiente y coherente oposición, que expone la verdad sin tapujos ni medias tintas, antes minoría hoy mayoría indiscutible, dispuestos a dar la batalla, para salir de esta humillación colectiva, quitándole la incitativa a la dictadura y sus “opositores” aliados.

 

@ArmandoMartini

Capriles: la moral sí importa, por Orlando Viera Blanco

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“Sin moral no hay derecho, sin derecho no hay justicia, sin justicia no hay orden y sin orden no hay República‎…”

 

La sanción moral es la aprobación o desaprobación, premio o castigo que merece el cumplimiento o la violación del deber. Ud. dijo de manera desdeñosa (09/0416), que la aplicación de la Carta Democrática Interamericana (CDI), sólo era una “sanción moral”. Le pregunto comedidamente: ¿Conoce UD. el alcance de una sanción moral?¿Repasó Ud. el concepto clásico e histórico de ética y moral en la política? Le colaboro…

Bentham ha dicho: “El clero es la vanguardia de la ley.” Escogemos cita a uno de los más vigorosos defensores del utilitarismo. Cuando él habla del clero, se refería evidentemente a la sanción moral. “Hay un algo que llamamos pudor, pundonor, delicadeza, vergüenza, comedimiento … producto del instinto social humano y—acaso principalmente—de la múltiple influencia de la educación”. Es la historia la que se ocupa de evaluar la prudencia por el poder, y la ley de contener los excesos de mandantes y mandatarios. Sin moral no hay derecho, sin derecho no hay justicia, sin justicia no hay orden y sin orden no hay República (Dixit Rousseau). Es decir, sin moral no hay historia, sino caos.  Agregaba Bentham: “Se observa en las zonas donde no existe [la moral], o donde se muestra muy debilitada, agrupaciones nómadas degitanos y  bohemios, vistiendo un materialismo brutal y una desnudez  social repugnante”  La ausencia moral o la anomia conduce a lo que Polibio llamó ladegradación. Fenómeno que se resume como “una extraña asociación política, que vivió en la anarquía y murió por falta de hombres … Esparta llevó también el cáncer de la injusticia: había allí más esclavos (ilotas) que ciudadanos”. ¿Cuántos ilotas, por no decir idiotas-como llama Savater a quienes no tienen interés en la política o la practican allanados de ética-han quedado atrapados en pretendidas épicas o fraudulentas revoluciones? Sólo la sanción moral es capaz de ponerle envoltura, un barniz de madurez y evolución a la humanidad. Y en un mundo que dejó de ser de gitanos y de bohemios, son la OEA, la UE, las NU o los parlamentos serios, quienes vigilan los derechos del hombre. ¿Cómo entonces restarle importancia a la CDI de la OEA? ¿No es su propia pusilanimidad moral [de la OEA] la que deben evaluar?

Escribe el Gral. Posada refiriéndose al Gral. Santander sobre conjuras sancionadas con penas de muertes contra el fuero de la inocencia: “El 16 de Octubre de 1833, amaneciendo, se tocaba llamada y tropa en los cuarteles del primer escuadrón de húsares. A las nueve ya estaban estos cuerpos formados en la plaza de la Catedral, y el jefe militar (Gral. López), de gran uniforme, a caballo, y a la cabeza de las tropas, se mostraba como Santerre en la decapitación de Luis XVI. Un grande espectáculo se preparaba: iban a matar diecisiete hombres. Reos y sacerdotes de pie. La señal de fusilamiento no se daba. ¿Por qué?. Porque su Excelencia [Santander] no acababa de almorzar. En esta expectativa desesperante, los redobles, las voces de mando; los pitos y tambores, los clarines de caballería, anunciaron  honores al presidente. En momento terrible para las víctimas, Santander pasó con el Sec. de Guerra entre banquillos y tropas contestando los saludos. A su vista gritó el comandante: ‘Ya es hora’… La detonación de las descargas produjo un silencio repentino que hizo estremecer a todos: el sacrificio se había consumado …” Comentó Posada: “Un hecho que fue pávulo de conversaciones, de críticas amargas. Ni Bolívar dictador, ni Urdaneta Comandante General, ni Córdoba Sec. de Guerra, jamás fueron a ver fusilar a conspiradores”. Arrojos que Colombia no perdona-moral y republicanamente- a Santander. Arrebato como combustible para incendios y devastaciones posteriores. Desmoralización por las malas doctrinas, que hizo perder la esperanza de mejores tiempos…” Me pregunto si comprende de desmoralización y desesperanza, un Gobernador que estando a metros de una mazmorra (Ramo Verde), no visita con frecuencia a reos que muchos dejamos en el olvido…

La sanción moral contiene al violador y al celestino. Al lacayo, al adulador y al cretino que corteja al adulador (dixit Pocaterra), es decir, al que visita su bote, y le come y bebe con gula. La que castiga al que vitorea y al que va de uniforme y a caballo, para después de almorzar-sic-disponer de la vida inocente del conspirador. Es la moral la que condena al gitano político, al nómada institucional o al que a todo gañote dice “la sanción moral no importa” ¿Cuántas repúblicas y constituciones cayeron en la inundación de la soberanía colectiva y el espejismo del socialismo exacerbado? Y agrega el historiador colombiano, Rafael Núñez: “La sociedad no puede existir sin un principio moral. Sin ella será avasallada y barbarizada por nuevos Atilas. La horda de anarquistas hambrientos de goces brutales, ignorantes, desenfrenados, buscando un paraíso terrenal que ni la religión, ni la ciencia, ni gobiernos, ni partidos podrá procurarle, romperá valladares y diques en su furioso desencanto, y la civilización latino-germánica, como la Greco-romana de Atenas y Alejandría, caerá en oprobioso eclipse”.

Y así caímos y seguimos cayendo … sin que nadie sancione.

 

@ovierablanco

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El no-hombre nuevo por Mario Guillermo Massone

personascaminando

 

Florece el nuevo hombre. Animal depredador, sin escrúpulo moral. El valor de la vida humana la quema como un miserable billete de cien bolívares, con el que no se compra un clavel. El nuevo hombre conduce y atropella y mata; sueños, vidas y esperanzas. Y luego ríe.

El hombre nuevo es bestia y barbarie. La maldad es su divisa. Acecha todo lo bueno para aniquilarlo. Odia la luz. Prefiere las sombras y la ruindad. Se mueve a traición, animal alevoso. Se junta en manadas para descarnar a sus semejantes, a quienes o domina o mata, de hambre, una bala, de enfermedad, arrollados.

Su ambiente natural es la ruina. Se siente a gusto en medio de ruinas y desechos, restos y no ser. Obrar no es lo suyo. Antítesis del obrero. La civilización le agobia. Hay que construirla, y construir le es extraño. Apoderarse de los predios para devastarlos es instintivo. Peor, es además su intención. La destrucción es su móvil.

La cultura de la muerte es su marca y patrocinio. El sufrimiento y la necesidad son sus dioses. Alaba la desgracia y la miseria. Se jacta de su perversidad. Celebra su inmoralidad. Desecha todo bien, porque el bien no está en su ser. Enaltece la inmundicia. El nuevo hombre es todo menos hombre. Es un inhumano: el no hombre nuevo.

En medio de la maldad, la bestialidad y la destrucción, los civilizadores, nosotros, nos movemos a pleno sol y sin escabullirnos. No nos ocultamos, porque no nos intimida el depredador. Somos hijos de Prometeo. Poseemos la ciencia y la técnica. Esas son nuestras armas que usamos para construir y defendernos, esperando no morir atropellados en el intento.

 

@massone59

Oct 28, 2015 | Actualizado hace 4 años
La maldad, la mentira y Venezuela por Ricardo Hausmann

Comportamiento

 

El presidente venezolano, Nicolás Maduro, ha vuelto a tener un problema conmigo. El canal nacional de televisión, controlado por el gobierno, recientemente emitió una conversación telefónica privada, grabada de manera ilegal, en la que yo propongo realizar un estudio para ver cómo rescatar la economía venezolana consiguiendo el apoyo de la comunidad internacional. El gobierno, sin éxito, editó la grabación para hacer sonar nefasto lo que yo digo, mintió sobre el significado de la conversación y sobre mí, y ahora piensa entablar un juicio en mi contra.

Esto me ha hecho pensar sobre el eterno problema de la maldad. ¿Es ella enteramente relativa o existen bases objetivas para definir una conducta o un acto como maldad? ¿Ocurren todas las confrontaciones entre partes legítimas –siendo, por ejemplo, la persona que uno considera un terrorista el combatiente por la libertad para otro– o se puede decir que algunas peleas realmente son entre el bien y el mal?

Como hijo de sobrevivientes del Holocausto, siempre he sentido una aversión intuitiva hacia el relativismo moral. Pero, ¿qué bases objetivas existen para afirmar que los nazis encarnaban el mal? Según lo señala Hannah Arendt, abundaban los individuos como Adolf Eichmann y ellos “no eran perversos ni sádicos”, sino que, más bien, “eran, y todavía son, terrible y aterradoramente normales”. Una normalidad semejante surge del retrato que Thomas Harding pinta de Rudolf Höss, el comandante de Auschwitz, un hombre orgulloso de haber sobresalido en el desempeño de la labor que se le asignó.

Entonces, ¿qué quiere decir maldad en primer lugar?

La filosofía moral ha enfocado esta cuestión desde dos puntos de vista muy diferentes. Para algunos, el objetivo es encontrar principios universales de los cuales derivar juicios morales: el imperativo categórico de Kant, el principio utilitario de Bentham y el velo de ignorancia de John Rawls, constituyen algunos de los ejemplos más conocidos.

Para otros, la clave consiste en comprender la razón que nos lleva a tener sentimientos morales para empezar. ¿Por qué la mente humana ha evolucionado de manera que genera sentimientos de empatía, repugnancia, indignación, solidaridad y piedad? David Hume y Adam Smith fueron los pioneros de esta corriente de pensamiento, la que eventualmente generó los campos de la psicología evolutiva y moral.

De acuerdo con este último punto de vista, los sentimientos morales evolucionaron para sustentar la cooperación entre los seres humanos. Nuestros genes nos programan para que sintamos preocupación ante el llanto de un bebé y empatía ante alguien que padece un dolor. Buscamos que los demás nos reconozcan y evitamos que nos rechacen. Uno se siente mejor sobre sí mismo cuando hace el bien, y peor cuando hace el mal. Estos son los fundamentos de nuestro sentido inconsciente de la moralidad.

En consecuencia, dudo de que una sociedad moderna alguna vez haya apoyado ampliamente lo que ella consideraba maldad. Hechos como el Holocausto o los genocidios en Ucrania (1932-1933), Camboya (1975-1979) o Ruanda (1994) se basaron ya fuera en el secretismo o en la diseminación de una visión del mundo distorsionada, diseñada para hacer que el mal pareciera el bien.

La propaganda nazi culpaba a los judíos de todo: de la derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial, de los valores morales que impedían que la raza aria ejerciera su superioridad, y hasta del comunismo y del capitalismo. A los ucranianos se les acusó de ser espías polacos, kulaks, trotskistas, y de todo lo demás que se le ocurrió a Stalin.

La diseminación del mal requiere de mentiras porque ellas forman la base de la visión del mundo que hace que el mal parezca el bien. Pero el hecho de que la gran maldad dependa de la gran mentira nos da la oportunidad de contraatacar.

El biólogo Martin Nowak sostiene que la única forma en que los seres humanos han logrado mantener la cooperación es desarrollando maneras de bajo costo de castigar el mal comportamiento. Para desalentar a A de perjudicar a B, la reacción de C puede ser importante, porque si A sabe que C lo va a castigar por lo que le haga a B, posiblemente lo piense dos veces antes de hacerle daño a B.

Pero si el castigo es de alto riesgo o de alto costo para C, es posible que no dañe mucho a A, con lo que A puede creer que no tiene límites. Pero si C puede castigar a A de un modo que no tenga un alto costo y sea incluso agradable, la amenaza para A posiblemente sea de mayor contundencia.

Según este punto de vista, la necesidad de solucionar el dilema anterior constituye la base evolutiva de los chismes y la reputación. A los seres humanos nos gusta chismorrear, lo que puede perjudicar nuestra reputación, lo cual, a su vez, afecta la manera en que nos tratan los demás. Por lo tanto, el castigo a través de las habladurías es tanto de bajo costo como agradable –y el temor de A de convertirse en objeto de chismorreo por parte de C puede ser suficiente para desalentar su mala conducta hacia B.

Esto abre una importante vía para el control del mal. En las palabras del senador estadounidense y profesor de la Universidad de Harvard Daniel Patrick Moynahan, “cada uno tiene derecho a sus propias opiniones, pero no así a sus propios hechos”. Por lo tanto, una de las formas de detener el mal es atacando las mentiras en que se basa y condenando a quienes las proponen.

En Estados Unidos existe la tendencia natural a castigar a los candidatos políticos cuando mienten, pero especialmente sobre sus pecadillos personales. Sería estupendo, por ejemplo, si las calumnias de Donald Trump sobre los mexicanos impidieran que él fuera elegido presidente. Si dentro de la cultura política de algún país todos estuvieran de acuerdo en condenar las mentiras y a los mentirosos intencionales, sobre todo cuando su meta es promover el odio, ese país podría evitar un gran mal.

Pero, este no es el caso de Venezuela. Su gobierno ha hundido la economía y a la sociedad del país, encargándose de crear la tasa de inflación más alta del mundo y la segunda de homicidios, la mayor caída de la producción de todos los países a escala mundial, y para qué hablar de una escasez sin igual. Y, ahora, está mintiendo de manera sistemática sobre las causas del desastre que ha provocado e inventando chivos expiatorios.

El gobierno de Maduro les echa la culpa de su colapso económico a una “guerra económica” liderada por Estados Unidos, la oligarquía y el sionismo financiero internacional, del cual se supone que yo soy agente. El problema reside en que el gobierno prácticamente no ha pagado nada por sus sistemáticas mentiras, incluso cuando entre ellas se cuenta el haber hecho chivos expiatorios de los colombianos pobres, culpándolos de la escasez en Venezuela, expulsando de forma ilegal a cientos de ellos y destruyendo sus hogares.

Si bien algunos ex presidentes latinoamericanos se han pronunciado en contra de este ultraje, líderes importantes, como las presidentes Dilma Rousseff, de Brasil, y Michelle Bachelet, de Chile, han permanecido en silencio. Ellos deberían prestar atención a la advertencia de Albert Einstein: “Quienes toleran o fomentan la maldad ponen al mundo en mayor peligro que quienes realmente la practican”.

 

@ricardo_hausman

El Nacional

 

Dios no es venezolano por Orlando Viera-Blanco

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Es bajo la creencia que Dios nos favorecerá por ser tierra de gracia, como Luis Herrera toleró la sobrevaluación del bolívar; Lusinchi desbancó al Estado o CAP jamás pensó que el pueblo le reviraría y  AD le enviaría a la cárcel…

Son muchas las culpas que podemos descansar en otros. Pero lamentablemente la responsabilidad que poco vemos o no-pedimos cuenta, es la propia. Ello tiene su génesis en el proceso de conquista y sumisión al Estado-Providencia, que desde la feroz arremetida de Hernán Cortes contra los aztecas hasta la influencia hispana de nuestros días (nobiliaria, vertical y clasista), hizo de las sociedades latinas un mar de desgracias o fortunas dependientes de un Mesías, del Estado o de Dios…

Les doy un ejemplo propio. Le pedí a uno de mis hijos sus notas del último semestre. Al rompe, con voz un poco provocadora para mi gusto, pero pretendidamente sabia y bien plantada, me dice: “Papá, aún nos las sé porque no me las han dado”. Me llamó la atención tanto el tono, como el argumento.  Horas más tarde, evitando “el desafío”, me le impongo.  ¿Buscaste tus notas? Al rompe me responde, con cara de no me lo puedo creer.  “No papá, no las sé, porque no es fácil retirarlas”. A este punto su displicencia vino acompañado con un dejo de pereza, por lo que le dije con una contenida inflexión: “Yo creo hijo que debes buscar -tú mismo- las fulanas notas porque no aparecerán por obra y gracia de la Santísima Trinidad. ¿Estamos?… Pero me sentí mal. Me cuestioné. ¿Somos los padres quienes hacemos permisivos a nuestros hijos? ¿Por qué desde niños, es costumbre que las cosas no las tienen que hacer o si dejan de suceder, es por culpa de otro? Al decir de los franceses todo se reduce al fenómeno del gavache (gaznate) o mal hablar, que siempre inculpa al vecino. Se-me quedó la cartera. Se-me hizo tarde. Me-rasparon el examen. Sáquenlo, búsquenlo, tráemelo, resuélvelo. En fin, prefijos que registran un agente externo  que sugiere, no-fui yo, no me toca… Así exculparnos es la regla y asumir la excepción. Una virtud -el reconocimiento- que comporta un cambio de mentalidad inmenso, que nos haría entender cómo Suiza produce los mejores lácteos y chocolates del orbe, sin contar con materia prima (que sí la tenemos en Venezuela), o como Japón -80% montañoso y sin agua-es uno de los primeros productores de energía y la segunda economía del mundo.

Es clásico llegar tarde diciendo que la Valle-Coche estaba trancada; o que había un choque en la Guarenas-Petare; o que un rayo partió en diez un árbol en la Cota Mil y colapsó. Otro pretexto más contemporáneo “y que me gusta”, por institucional: “Estaba bachaqueando”… Mi hijo apareció y me dijo: “Toma padre. Son mis notas. Tenías razón. Las publicaron hace un mes y no las retiré. Lo siento. Por cierto, estoy en el promedio de aceptación universitaria en la carrera que quiero”. A partir de ahí su actitud cambio. Se levanta temprano a estudiar. Es más competitivo y busca saber qué nota obtuvo, antes de publicada. Ese simple acto oficioso de procesar información, le hizo concluir que nada llega del cielo… En el despacho también ocurrió lo esperado (o inesperado). Una de nuestras abogadas llega tarde a un acto y le pregunto: ¿Qué pasó Doctora? ¿Trancada la Panamericana? Y me contesta: No. Me quedé dormida. Anoche trasnoché trabajando con mis padres y hoy no me pude levantar. Lo siento Doctor. Pero ya me ocupo… Esta simple respuesta -humilde y confesa- hizo entregarle un tema que dudaba poner en sus manos. A partir de este acto de mea culpa, la confianza se elevó, acumuló más trabajo, se hizo más experta y autosuficiente.

Los  latinos nacemos con una suerte de “perdón garantizado” a cuenta del mito misionero que Dios es paisano. Nuestros atavismos culturales, grupales y conductuales, mismos que nos anclan, los esquivamos a cuenta, que el Todopoderoso es venezolano y nos resolverá. La irreverencia y patanería de Boves (ascendente hispano/mestizo), la zanganería del dizque ilustrado Guzmán Blanco, la tiranía entrelazada de grandeza del mismo Bolívar o Páez; el gendarme necesario o el agrario inevitable  de Gómez hasta los hombres de nuestros días, comportan jefaturas divinizadas que desdicen de nuestra propia gloria. Es bajo la creencia que Dios es nativo y nos favorecerá por ser tierra de gracia, como Luis Herrera toleró la sobrevaluación del bolívar; Lusinchi desbancó al Estado, CAP jamás pensó que el pueblo le reviraría (y menos que AD le enviaría a la cárcel). Y llegó Chávez, que creyó Fidel era Dios, pero igual no detuvo su partida. Ahora Maduro nos dice que Dios proveerá, y otros arengan que sus tiempos [los de Dios] son perfectos -sic- Un malange de endiosamientos que van de Miraflores a las fronteras, y por creer que Dios es socialista o del Magallanes, nos da licencia para deportar colombianos, permutar oro o invocar los dioses de la guerra contra Donald Trump…

Le digo más amigo lector. Nuestra crisis moral, política y social no será superada si seguimos delegando -desenfadadamente- nuestros deberes en “el Señor”. Algo sí es seguro. De tanta galbana, externalidad y lasitud, muchos no tenemos el cielo ganado en momentos -como leí de un colega en el exterior- que los venezolanos no solo generamos lástima, sino ahora también, ¡rabia! Pues nada: ¡Qué Dios nos agarre confesados…!

[email protected]

@ovierablanco

Víctor Maldonado Jul 17, 2015 | Actualizado hace 5 años
Los extremismos por Victor Maldonado

CNE3

 

Coraje moral y sentido común deberían ser nuestras consignas. Porque ambas condiciones deberían servirnos para desterrar de una vez por todas tanta reacción hormonal que se trajina en la interacción entre los ciudadanos y la política. Son pocos los consensos que todavía tenemos y los que niegan la realidad le hacen un flaco favor al desempeño social. La evasión no le quita un solo ápice a las terribles consecuencias que traería consigo el resquebrajamiento de de la tolerancia y el mutuo reconocimiento.

El sentido común debería darnos ciertas claves. La primera de ellas es que tendremos alguna oportunidad de salir de la barbarie autoritaria en la misma medida que seamos capaces de construir y practicar la unidad política, más allá de la conveniencia electoral y sorteando los escollos de los odios, las envidias, las descalificaciones y los cálculos de corto plazo.

La segunda clave debería decirnos que, a pesar del evidente ventajismo autoritario que practica el régimen, hay que salir a votar porque la abstención no invalida al gobierno sino que lo fortalece. El dejar de votar no es ningún mensaje deslegitimador, por más razones que haya para el desaliento y la rabia. El gobierno busca el desaliento ciudadano porque le conviene quedar solo en la cancha política, y lo más razonable sería no permitírselo. Eso no quita que haya miles de razones y pruebas de un ventajismo tramposo y brutal. Pero precisamente por eso hay que seguir la ruta electoral como una de las opciones que tenemos a la mano. Una de las opciones pero de ninguna manera la única opción. En condiciones de turbulencia autoritaria sería ingenuo poner todos los huevos en una sola canasta, pero es igualmente torpe no colocar ningún huevo en la cesta electora. Hay que votar, efectivamente con el pañuelo en la nariz, con mucha suspicacia sobre el proceso y sus resultados, pero sin permitirle al régimen el sueño dorado de evitar toda oposición. Y si quiere que haga la trampa completa, porque no hay forma de que sea una trampa perfecta. No podrá ocultar el crimen político y esa situación abre otro juego.

La tercera clave es la necesidad de ser diferentes, tener un mensaje diferente, una visión de país diferente y por lo tanto una estrategia de transformación y progreso diferente. En el contraste que los ciudadanos puedan hacer entre ellos y nosotros estará concentrada cualquiera de las posibilidades de triunfo. En concreto, nadie puede ser más populista, inconsciente y fraudulento que este gobierno. Nadie ha manipulado mejor las entrañas del pueblo. Nadie miente de mejor manera. Nadie tergiversa más. Nadie puede ser más represivo. Por eso mismo, porque ellos son los campeones en su campo, no queda otra que ser una alternativa que contraste. Dolorosamente llegamos hasta aquí sin un programa y un discurso que sea atractivo y cautivador. También hay que decir que algunas opciones se quieren deslizar por la ruta fácil del populismo al tratar de ofrecerle al pueblo recetas mágicas para salir de la crisis. Ojalá la dirigencia política apuesta por la seriedad de una convocatoria a rescatar el país y no a seguir saqueándolo.

La cuarta clave es evitar los extremismos que ya están ocurriendo. Por alguna razón las posiciones políticas se han transformado en convicciones fundamentalistas. Los militantes abstencionistas, por ejemplo, practican una batalla campal contra los militantes del “participacionismo”, y en el medio, aplastada por tanta violencia, sobrevive de muy mala manera la ciudadanía independiente, intoxicada por esa mezcla a partes iguales de teorías paranoicas de la conspiración e ingenuidad ramplona a la que lo único que le falta es decir al final de cada frase es “si Dios quiere”. Ni una cosa ni la otra. Nadie puede obligar a nadie a votar. Nadie puede sentirse con el derecho de obligar al resto a no votar. Nadie puede acusar al contrario de traidor o de estúpido porque lo que no se logre con persuasión y seducción políticas no se va a conseguir por la fuerza. Todos partimos del mismo diagnóstico asociado a las inmensas dificultades que supone el intentar derrotar al ventajismo autoritario. Y si en el camino se ha perdido la capacidad de concordia parte de la dedicación social es volver a encontrarla.

La quinta clave es sortear el abismo de los autoritarismos y las situaciones de hecho. Tal vez porque se ha impuesto el estilo del gobierno, a todos se nos ha olvidado que la esencia de la buena  política es el diálogo social, y que las mejores ideas surgen de la consulta con eso que se llama “sociedad civil organizada”. De ninguna manera la consulta a la que nos referimos puede equivalerse a la consultoría tecnocrática que involucra a tres o cuatro técnicos, que tampoco consultan y que practican un secretismo audaz. De la oficina de los expertos las propuestas van directo a las ruedas de prensa de los dirigentes, que luego se ofenden cuando la ciudadanía repudia sus planteamientos y exigen debatir antes algo que supuestamente se presenta en nombre de todos. En cuanto al autoritarismo viral hay que encontrar la forma y el estilo de ser contraste y alternativa.

La sexta clave es la organización. Algunos diseños de las supuestas victorias que están por venir nunca han sido contrastadas con la realidad de la calle. Esas propuestas son similares a los planes de batallas que intentan algunos generales sin preguntarse primero por la disposición de sus ejércitos. La victoria comienza por los corazones pero termina en la cabeza. Con esto quiero decir que no se puede prescindir del discurso, la campaña, así como tampoco de la cobertura en términos de maquinaria que tiene que desplegarse el día de las elecciones. Y al respecto la pregunta es simple: ¿La tenemos o no la tenemos?

La última clave es el realismo. No hay milagros. No hay atajos. O se hace el trabajo que se requiere o tendremos esta barbarie por mucho tiempo. Hay que tener valentía para apreciar las condiciones de la realidad tal y como son. Sin quitarle nada y sin ponerle nada. Los extremismos son apuestas fantasiosas que prescinden de los demás y pretenden resolver sin escuchar a los otros. O asumimos esa fatalidad como parte de la realidad a resolver en el corto plazo, o no tendremos forma de vencer las razones de nuestra propia tragedia.

 

@vjmc

Marina: la madame de la ética por Eduardo Semtei

Jucio

 

En cierto estado centroccidental, amante de la buena música y del cocuy, vive Marina. Una mujer entrada en años, para mayo 2015 estará cumpliendo 57. De contextura delgada, blanca hispana, de padre español y madre criolla. Una emprendedora muy particular. Viste ropa deportiva la mayor parte del tiempo y, desde hace algunos años, muchos quisieran que no fuese así, como verán más adelante, se dedica al cuido, promoción y defensa de las llamadas trabajadoras sexuales. Marina administra dos sedes, una de ellas sencilla, popular; la segunda, con un cierto ambiente de lujo, mucho más discreta, por donde han desfilado innumerables personajes de la política. Marina los recuerda a todos, a muchos de ellos los atendió personalmente.

Resulta que los vecinos acusaron a Marina de propiciar escándalos y guachafitas ruidosas. Marina siempre defendió a su gremio bajo la premisa de que son trabajadoras. Pero a algunos diputados rojos rojitos se les ocurrió la tragicómica idea de interpelar a Marina, de llevarla a la sede del Poder Legislativo a fin de obligarla a cerrar las sedes donde, a juicio de los parlamentarios, se ofendía la moral ciudadana, se promovía la sedición y el vicio y se ofendía la ética regional. Los diputados del gobierno querían aparecer más papistas que el papa.

Marina, engalanada como para la mejor ocasión de su trajinada y larga carrera como celestina, entró en la sede donde se suponía iba a ser crucificada y mirando de frente a quien presidía la reunión le soltó la primera de varias frases demoledoras: “Cómo me le va, presidente, tiene ya un tiempito que no pasa por la oficina”. De seguida: “La Gardenia y la Yamilé tienen unas fotos donde usted sale de lo más elegante, creo que las tengo aquí en la cartera”. La sala se quedó en silencio, esperando las fotos de Marina, quien optó por disimular. Siguió Marina: “Ay, Dios santo, yo no sabía que tenía tantos conocidos en este recinto”. Girando 360 grados fue saludando a varios de los presentes. “Epa, don Luis”. “Mis respetos Antonio”. “Qué bonito traje Jonás, que muchacho tan travieso”. “Na’ Guará, mira quién también está aquí”.

Después del primer impacto, en el cual Marina resultó evidentemente la ganadora, preguntó la razón de la convocatoria que le hicieran para interpelarla. Nadie quería tomar la palabra. El miedo a un escándalo de proporciones históricas los frenaba. Marina tomó la palabra y les informó a los parlamentarios su deseo de contestar a todas las preguntas, les informó que ella llevaba un cuadernito desde hacía 15 años de todos los personajes asociados al gobierno que hablaban contra la corrupción, contra el vicio, en nombre del hombre nuevo y de la moral revolucionaria, y que habían sido conspicuos visitantes de sus haciendas de placer con detalle de los particulares gustos de cada uno de sus huéspedes, así como de aquellos que preferían recibir a las embajadoras del placer en sus oficinas, e incluso hogares.

Pues resulta que Marina era una vieja militante de Acción Democrática que vio en esas anotaciones una forma expedita y demoledora de demostrar la inmoralidad de muchos aquellos que durante años se habían llenado a boca de promesas en nombre de la moral y la ética. Tal como fue el caso del general del Dakazo, quien anticipó 200 millones de dólares para las compras de unos ferrys que nunca existieron. Ese general, y otro general, y otro vicealmirante, y varios coroneles y por allí va el chorro.

Después de las palabras de Marina nadie pidió la palabra ni surgió pregunta alguna. El presidente de la sala, confeso y descubierto, simplemente declaró que no había materia sobre la cual decidir y cerró la sesión diciendo: “Todo el contenido de la presente denuncia en contra de doña Marina Rodríguez Toro pasa a conocimiento y archivo”. Aunque los hechos no ocurrieron exactamente así, guardan un asombroso parecido con la realidad.

A raíz de ese impasse, a Marina la entrevistó uno de los dos grandes periódicos de la región a full color; lo cierto es que la Madame sigue administrando sus centros de placer y los rojos rojitos siguen asistiendo a sus sesiones de yoga amatorio. En todo caso esta narración sirve para desenmascarar a quienes en nombre del hombre nuevo y del socialismo del siglo XXI no han hecho otra cosa que degradar la sociedad, detener el proceso civilizatorio y llevar los vicios, la corrupción, la inmoralidad y la crisis a niveles pocas veces visto en el concierto de las naciones.

Por mi parte, Marina es mi candidata a defensora del pueblo o, como dicen los rojos, defensora de la puebla. Por supuesto que los nombres han sido cambiados para proteger a las meretrices e inculpar a los farsantes.

 

@eduardo_semtei

El Nacional