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Acción de exterminio, por Marianella Salazar

 

La mayoría de los venezolanos sentimos que estamos atrapados en un caos. Gente con cara de tristeza infinita devolviendo productos y víveres en la caja de los supermercados, abastos y en mercados populares, porque no puede pagarlos; he visto gente llorando porque sufre ante la impotencia de no poder llevar alimentos a sus hijos. Las esquinas de Caracas están llenas de minusválidos, jovencitas indigentes con sus niños a cuestas pidiendo limosna o algo qué comer. Causa el mismo malestar dar unos bolívares que no valen nada que no darlos; avergüenza bajar la ventanilla y dar una limosna y, peor aún, si se mira hacia otro lado.

La pobreza extrema crece aceleradamente y está a la vista de todos. En cada esquina hay gente que se disputa con los perros abandonados desperdicios en las bolsas de basura. El estado de desnutrición que se observa en gran parte de la población es solo comparable con la situación en la africana Biafra, donde los niños mueren de inanición.

La cotidianidad en Venezuela, al invertir los días en la ardua tarea de buscar precios más económicos, se ha convertido en una verdadera tortura. Muchas personas se están desprendiendo de todos sus objetos de valor, incluso de recuerdos que tienen un inapreciable significado sentimental, de sus anillos de boda, medallas de bautizo, de cualquier prenda que se haya salvado de los atracos en la calle o de los robos en sus propias casas. Nadie sabe de dónde ni cómo va a sacar dinero para comprar comida y poder matar el hambre.

Calculan que la inflación llegará a 300.000% para finales de año. El rubro que más sube es el alimenticio. El presidente de la Comisión de Finanzas de la Asamblea Nacional, Rafael Guzmán, informó que “se necesitan 200 salarios mínimos para cubrir el costo de la canasta básica”.

Resulta escalofriante ver las cifras del “Ranking inflación promedio”, en el que Venezuela se ubica en el primer puesto con 2.068,5%, y los otros siete países que le siguen en la medición se sitúan a una distancia abismal, como Angola, con 17,8%, y Argentina, con 18,7%, seguidos por Sudán, Egipto, Nigeria, Congo y Ghana, con porcentajes que oscilan entre 16% y 19%. Estamos frente a una espiral perversa y devastadora que solo conduce a la ruina y la miseria.

La insostenible situación es producto de las políticas económicas o la falta de ellas y del modelo “robolucionario”. Su gran fracaso recae exclusivamente en los gobiernos de Chávez y Maduro, que con sus proclamas nacionalistas escondieron una terrible pesadilla que ha desembocado en esta catástrofe, que ha llevado a organismos internacionales a disponer de recursos y enviar ayuda humanitaria a las fronteras con Brasil y Colombia, donde llegan miles de venezolanos que han emprendido el incierto camino del exilio huyendo, entre otras cosas, de la hambruna.

La emigración se plantea como única disyuntiva, real o imaginaria, ante la tragedia que vivimos. El gobierno nunca aceptará la llegada de la ayuda humanitaria bajo la premisa indigesta de que significa un injerencismo. La lógica del poder totalitario, siempre deshumanizado, asociada a una concepción militar de la política y el ejercicio de la represión hasta el terror, se convirtió, por obra y gracia de Nicolás Maduro, en una acción de exterminio.

Lo único que puede revertir la crisis económica y el resto de las crisis que nos agobian y se están tragando nuestro futuro es un cambio de gobierno, y no será por la vía electoral, porque la naturaleza del régimen es antidemocrática. Su salida es cuestión de tiempo. Por ahora solo se vislumbra un escenario de implosión social carente de cauce político, ante una dirigencia opositora desarticulada que no genera confianza.

@AliasMalula

El Nacional

 

Puntos Rojos fueron colocados en las afueras de los centros electorales de la ciudad capital, para registrar a través del código QR del Carnet de la Patria a los ciudadanos que ejercieron su voto este domingo, 20 de mayo.

A las afueras del centro de votación Miguel Antonio Caro de Catia anotaron en unas listas a las personas que tienen el Carnet de la Patria, para confirmar que hayan votado.

 

                                                                                      Foto: Gustavo Alemán

 

Carnetizados firmaron en listas de puntos rojos, una vez que salieron de votar.

Carnetizados firmaron en listas de puntos rojos, una                           vez que salieron de votar.

Foto: Gustavo Alemán

 

Lista de carnetizados que votaron este 20M. Foto: Gustavo Alemán

 

En los alrededores del centro de votación Domingo Faustino Sarmiento de Mariperez, también escanearon el Carnet. Foto: Gustavo Alemán

Foto: Rayner Peña

 

Foto: Rayner Peña

 *Vea la nota en El Pitazo
Táchira: Largas colas en abastos y supermercados de la frontera para comprar alimentos

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Este lunes hubo personas que amanecieron haciendo la fila en establecimientos comerciales de San Antonio. (Foto/JGH)

Largas colas de personas se observan a las afueras de abastos y supermercados de San Antonio del Táchira cada vez que hay existencia de productos de primera necesidad, a pesar que su precio en la mayoría de los casos ha continuado  aumentando hasta tal punto que en ocasiones se hacen  inalcanzables  para los consumidores.

Este lunes hubo personas que amanecieron haciendo la fila en establecimientos comerciales de esta localidad, para tratar de comprar rubros alimenticios, entre ellos  harina de maíz blanco mezclada con arroz para elaborar arepas, mayonesa, mantequilla, arroz y otros artículos no tan indispensables, cuyo costo total superaba los 70 mil bolívares, si el comprador tenía el dinero para adquirir los artículos que estaban a la venta.

En las afueras del establecimiento  había cola de personas de la tercera edad, otra para los más jóvenes  y también había trato preferencial para personas con alguna discapacidad, convalecientes, mujeres embarazadas, etc.

Integrantes de la Milicia Nacional y personal de vigilancia del local trataban de establecer el orden en el acceso, pero por momentos la situación se tornaba bastante complicada ante la gran cantidad de personas que trataba de adquirir los artículos de la cesta básica.

Muchas personas manifestaron haber madrugado desde las tres de la mañana a hacer la cola para intentar comprar los productos, que a su juicio, aún con el precio que vienen marcados,  resultan más económicos que comprarlos en el comercio  de la frontera colombiana, donde para el venezolano se han encarecido notablemente debido a la acentuada devaluación del bolívar ante el peso.

El kilo de arroz que estaba a la venta  este lunes  costaba cerca de 16 mil bolívares, la mantequilla  11.200 bolívares, la mayonesa 13.300 bolívares  y el paquete de harina 2.600 bolívares. Si la persona  compraba los dos kilos de arroz, las dos harinas, la mantequilla y la mayonesa más un paquete de fororo, cuyo precio superaba los 7 mil bolívares, el costo total  pasaba de los 70 mil bolívares.

 

La descomposición de Venezuela a través de los ojos de una periodista extranjera

REP-GEN VENEZUELA-CUBRIENDO LA CRISIS

Por Hannah Drier

Lo primero que hicieron varios individuos musculosos fue sacarme el teléfono celular. Me habían interceptado en la calle al salir de una entrevista en la ciudad natal del finado presidente Hugo Chávez y me habían metido en una camioneta negra.

El corazón me latía fuerte en el asiento trasero, entre los hombres y dos mujeres. Vi unas viviendas de bloques de hormigón y traté de recordar las clases que había tomado antes de venir a Venezuela sobre cómo manejarse durante un secuestro. La recomendación era tratar de hacer que la vean a una como un ser humano.

“¿Qué hacemos con ella?”, preguntó el conductor. El hombre a mi lado se pasó una mano por el cuello, como diciendo que había que degollarme.

¿Cómo responder a eso?

Yo pensaba que por ser una corresponsal extranjera estaba protegida del creciente caos de Venezuela. Pero el país se descomponía a paso acelerado y yo estaba por comprobar que no hay forma de mantenerse al margen.

Vine a Caracas como corresponsal de la Associated Press en el 2014, justo a tiempo para presenciar la acelerada gestación de una catástrofe humanitaria.

Venezuela supo ser una nación en ascenso, impulsada por las reservas de petróleo más grandes del mundo, pero cuando llegué, los altos precios del petróleo no podían impedir la escasez ni una fuerte inflación.

La vida en Caracas, no obstante, estaba todavía marcada por el optimismo y la ambición. Mis amigos compraban departamentos y autos y tenían ambiciosos planes profesionales. Los fines de semana nos íbamos a las prístinas playas caribeñas y bebíamos whiskey importado en locales nocturnos que permanecían abiertos hasta el amanecer. Había tanta comida accesible que uno de mis primeros reportajes fue sobre una creciente epidemia de obesidad.

En los tres años siguientes me despedí de la mayor parte de esos amigos, y también del servicio telefónico de larga distancia y de ocho aerolíneas internacionales. Me acostumbré a cargar pesados fajos de billetes que cada vez valían menos para pagar por la comida. Seguíamos yendo a la playa, pero volvíamos temprano para evitar los asaltantes que operan al anochecer. Los semáforos pasaron a ser un objeto decorativo ya que nadie paraba en ellos por temor a que les robasen.

No había una guerra ni un desastre natural. Solo una mala administración que llevaba al país a la ruina y que dio paso a una catástrofe nacional cuando los precios del petróleo se vinieron abajo en el 2015.

A medida que las cosas empeoraban, el gobierno socialista intensificó su retórica antiimperialista. El día que me metieron en una camioneta negra en Barinas, la ciudad donde Chávez pasó su niñez, coincidió con una ola antiestadounidense alentada por el gobierno. La Administración de Control de Drogas de Estados Unidos (conocida por sus siglas en inglés, DEA) acababa de encarcelar a sobrinos de la primera dama en Nueva York, acusándolos de tráfico de drogas, y en todo el país afloraron de la noche a la mañana pintadas que decían “Gringo, go home”. En el edificio donde están las oficinas de la AP apareció una imagen del presidente estadounidense de entonces, Barack Obama, con orejas del ratón Mickey.

Trataba de iniciar una conversación inocente con los hombres que me habían capturado cuando pasamos por un muro alto, con alambre de púas, y alcancé a ver el logo de la policía secreta. Aliviada, me di cuenta de que no me estaban secuestrando, sino que estaba detenida.

Una vez adentro, los individuos me apuntaron con una cámara para interrogarme. Uno dijo que yo terminaría como un periodista estadounidense que habían decapitado hacía poco en Siria. Otro me dijo que si le daba un beso, podía irme.

El hombre que manejaba la camioneta dijo que me retendrían hasta que la DEA aceptase cambiarme por los sobrinos de la primera dama. Me acusó de ayudar a sabotear la economía. “¿Cuánto te paga Estados Unidos para que seas su espía?”, preguntó.

El gobierno del presidente Nicolás Maduro culpa a Estados Unidos y a los intereses económicos de la derecha por el derrumbe de la economía, pero la mayoría de los economistas dicen que el deterioro económico es consecuencia de las distorsiones en los precios y la moneda generadas por el gobierno. A menudo daba la impresión de que había una relación directa entre las políticas económicas y las penurias de la vida diaria. Una semana, el gobierno declaró que los huevos no se podían vender a más de 30 centavos de dólar el cartón. A la semana siguiente desaparecieron los huevos de los supermercados.

Al principio, la escasez de productos parecía algo intrascendente. Mis amigos venezolanos estaban acostumbrados a ir a Miami de compras. Cuando yo viajaba a Estados Unidos, me pedían que les trajese perfumes, chaquetas de cuero, iPhones y condones. Generalmente yo me llevaba dos valijas casi vacías para poder traer todo lo que me pedían, además de comida y artículos de aseo personal. A medida que se profundizaba la crisis, resultaba más difícil cumplir con los pedidos, que comenzaron a reflejar dramas personales. Medicinas para problemas cardíacos. Drogas para tratar la epilepsia de menores. Píldoras para forzar abortos. Máscaras de gas.

Y las cosas iban a empeorar más todavía. La primera vez que vi gente haciendo cola frente a una panadería cerca de mi casa me detuve a sacar fotos. Qué locura: Una cola para comprar pan.

Poco después apareció el hambre. La gente buscaba comida en la basura a todas las horas del día. Se comían vegetales descartados y pizzas húmedas en el mismo lugar. Parecía que se había tocado fondo. Hasta que el panadero de mi barrio empezó a organizar colas todas las mañana, pero no para comprar pan sino para comer los desperdicios.

La gente esperaba su turno para escarbar a ver qué encontraba en bolsas negras con lo que la basura de la panadería. Una mujer encontró una caja de migajas de pastelillos. Un adolescente buscaba cartones de jugos para beber lo que quedase.

El derrumbe fue tan rápido que todavía quedan algunas muestras de los buenos tiempos. La capital aún cuenta con restaurantes elegantes, aunque las mesas están a menudo vacías. Sigue habiendo concesionarias de autos de lujo frecuentadas por gente con acceso a los dólares o que se hizo rica con la corrupción. Muchas venezolanas tienen cuerpos esculpidos por cirujanos plásticos y sonrisas dignas de una estrella de cine, producto de años de aparatos y de blanqueamientos profesionales.

Al mismo tiempo, la delincuencia es tan común que ya casi ni se repara en ella incluso en los sitios más exclusivos. Una tarde pasé caminando junto a dos hombres con cascos montados en una motocicleta que hablaban con clientes en el jardín de un restaurante. Cuando le pedí a la cajera una botella de agua, me dio una mirada extraña. Cuando los hombres se fueron, me explicó que acababan de robar a todos los presentes, arma en mano. ¿No me había dado cuenta?

La gente rara vez pide ayuda y no es difícil entenderlo si se toma en cuenta que la tasa de asesinatos es hoy la más alta del mundo. Matones asesinaron a un joven médico en mi cuadra cuando dejó caer accidentalmente su teléfono celular durante un asalto a plena luz del día. Consciente de lo que le pasó al médico, entregué mi bolso entero cuando me asaltaron unos meses después.

Al final de cuentas, la policía me dejó ir unas horas después de haberme arrestado, advirtiéndome que no regresase a Barinas. Me hicieron subir a la misma camioneta negra y me llevaron al aeropuerto. Allí observaron cruzados de brazos cómo abordaba un avión con destino a Caracas.

Cuando recuperé mi teléfono, estaba lleno de mensajes de otros periodistas. Alguien había visto que me llevaban y había hecho correr la voz de que me habían secuestrado. Pedí a mis colegas que no escribiesen nada, temerosa de que me echasen del país si generaba mucha atención.

Quedan apenas uno de cada tres corresponsales extranjeros que había en el 2014 pues el gobierno no concede acreditaciones nuevas. Fui la última periodista estadounidense que recibió una visa para vivir en Caracas.

Este verano decidí irme del país por voluntad propia, y me fui al aeropuerto con valijas llenas, no vacías.

A esta altura debería mencionar los hermosos loros azul y dorado que sobrevuelan la capital. O citar a Gabriel García Márquez, que alguna vez escribió esto sobre Caracas: “Una de las hermosas frustraciones de mi vida es no haberme quedado a vivir para siempre en esa ciudad infernal. Me gusta su gente, a la cual me siento muy parecido, me gustan sus mujeres tiernas y bravas, y me gusta su locura sin límites y su sentido experimental de la vida”. O hablar de la dicha que se siente al toparse inesperadamente con una botella de leche o al tener agua todo el día.

Pero en cambio, pienso en Nubia Gómez, encargada de la limpieza y el mantenimiento del edificio donde vivo y quien lloró cuando le dije que me iba. Hay tanta tristeza debajo de la superficie aquí. La hija de Gómez se fue a España y sus amigos y clientes están también partiendo. Trato de decirle algo reconfortante y comento que las cosas pueden mejorar pronto.

“No, eso no va a suceder”, dice Gómez sollozando. “No va a mejorar. Va a tardar años”.

La solución a la crisis, por José Guerra

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Cuando un país está en una crisis tan profunda, como la que hoy sufre Venezuela, la solución a esa crisis por lo general tiene dos soluciones. Una es la profundización del conflicto con resultados impredecibles y la otra es que hable el pueblo, mediante el voto. Yo estoy profundamente convencido que la consulta al pueblo es la vía y el mecanismo para sortear esta catástrofe que hoy padece el país.

El gobierno de Nicolás Maduro y sus políticas ha sumido a Venezuela en una crisis de magnitudes colosales. Hay una caída brutal de la economía, el bolívar carece de valor como moneda, el costo de la vida es indetenible y con todo ello la depauperación de millones de venezolanos que hoy no tienen como alimentarse o curarse una enfermedad porque no hay medicinas. A ello se agrega una deriva claramente totalitaria que ha pretendido abolir la democracia como sistema de gobierno hasta el punto tal que los poderes públicos están subordinados a los deseos del presidente.

Desde el 6 de diciembre de 2015, una vez que se contaron los votos para elegir el parlamento y al gobierno perder  esas elecciones, la decisión adoptada en quienes hoy gobiernan, fue la de impedir el ejercicio del voto popular, a menos que estuviesen seguros de que ganarían las elecciones. Así, descocieron la Asamblea Nacional mediante sentencias írritas del TSJ, obstaculizaron y anularon el referendo revocatorio como derecho constitucional del pueblo y han cometido todo tipo de arbitrariedades para evitar la soberanía popular. Ello ha llevado a una reacción del pueblo venezolano jamás imaginada y nunca vista en el mundo.

Llegado a este punto en la escalada de la tensión política, no queda otro camino que consultar al pueblo y que sea  éste quien decida en estos momentos cruciales. Solamente la apelación al venezolano mediante el libre ejercicio de sus facultades como ciudadano puede conducir a una solución que genere estabilidad a un país en proceso de destrucción y ruina. Conjuntamente con el rescate del derecho al voto debe diseñarse un plan económico y social que permita superar el principal problema del venezolano de pie: la pobreza. Ello implica una economía en crecimiento y con baja inflación para así recuperar el poder adquisitivo de los más pobres. Sin ello cualquier solución está condenada al fracaso. Igualmente debe diseñarse una nueva política petrolera que permita aumentar la producción de hidrocarburos hoy fuertemente mermada.

El rescate de la democracia en Venezuela parte del principio del restablecimiento del derecho al voto, en comicios libres. Por tanto, la realización de los procesos electorales pendientes y la definición de manera clara y precisa de la fecha de las elecciones presidenciales constituyen el eslabón fundamental para resolver la crisis. Esto es lo que no quiere el gobierno, contarse en un proceso electoral transparente y para ello se ha valido de un CNE que actúa como la oficina de asuntos electorales del PSUV. Insisto, es en la prevalencia de la Constitución y el voto del pueblo es donde reside la solución a esta calamidad que hoy sufren los venezolanos. Únicamente un gobierno que provenga de la soberanía popular puede constituir una salida que propicie estabilidad y la gobernabilidad.

 

@JoseAGuerra

Diario 2001

Amnistía Internacional: La esperanza es poca en Venezuela

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Erika Guevara, la directora para América de Amnistía Internacional, calificó de represor al gobierno de Maduro. Admitió que “hay poca esperanza” y arremetió contra los líderes regionales por “anteponer sus intereses políticos y económicos” al sufrimiento de millones de venezolanos, publica Infobae.

“Venezuela es uno de los países que enfrenta la peor crisis de derechos humanos del mundo… se violentan todos los derechos humanos”, denunció Guevara. Para la directora de AI para el continente americano, “la población civil está desesperada, sin alternativas de solución”.

-¿Cuál es la evaluación de AI sobre Venezuela?

La situación de violaciones de derechos humanos va a tener consecuencias severas. Hay desabastecimiento de comida y medicinas que afecta al 100% de la población. Viven en un clima político de polarización política en la que las personas salen a demostrar su descontento y se encuentran con un gobierno represor que militariza la respuesta.

-En ese escenario tan hostil del régimen de Maduro hacia los defensores de los derechos humanos, ¿cómo trabaja AI en Venezuela?

Nosotros tenemos un capítulo de DDHH. Tenemos mucha presencia, con más de 50 personas en el personal que monitorean y documentan las violaciones a los DDHH. Pero lo que pocos saben es que no somos sólo una organización de monitoreo, somos un movimiento con más de 7 millones de personas que busca avanzar en la agenda de derechos humanos. En Venezuela tenemos 45.000 personas, estudiantes, jóvenes, abogados, gente de a pie, todos comprometidos. Además, enviamos nuestros equipos de investigación al terreno. Yo misma participé de una misión el año pasado.

-¿Con qué se encontró?

Pude atestiguar las graves dificultades. Entrevisté gente en las colas, esas largas colas para acceder a los alimentos. Me metí de manera clandestina a algunos hospitales, en especial a un centro pediátrico muy importante de Caracas, y lo que puede ver es desgarrador. Es un sufrimiento que cada día se ve incrementado y la población está vulnerada. Mientras sigue la retórica de división política, las personas están sufriendo las peores consecuencias.

-¿Esperaba una condena más explícita de la región en la Asamblea General de la OEA?

La falta de liderazgo regional se nota y la situación en Venezuela va a tener consecuencias severas para los derechos humanos. Es muy lamentable que la asamblea general de la OEA, como un espacio de posibilidad de unión regional, se haya convertido en un espacio político de ataques bilaterales y multilaterales. No se discutieron temas trascendentales, lo que se debatió ni siquiera estaba relacionado al sufrimiento de millones y millones de personas. Lo que sucedió es un reflejo de la poca atención que le ponen a la agenda de los DDHH. Ni siquiera pudieron consensuar una pobre resolución sobre la crisis en Venezuela…

-¿Por qué cree que no se llegó a un consenso?

Porque sus intereses se sobrepusieron a lo que realmente sucede. Todos los Estados tienen algo que esconder en su propio territorio. La iniciativa para una resolución la lideraba México, uno de los países que atraviesa una de las peores crisis de DDHH del mundo, con más de 30.000 desaparecidos, miles y miles de asesinados, un Estado indolente y negligente ante el sufrimiento humanos, que vigila a los activistas, que permite que este año ya sean 8 los periodistas asesinados…. Estas son las consecuencias nefastas de tener líderes cuyos intereses políticos y económicos son más importantes que los derechos humanos. Yo creo que muchos vieron una oportunidad política de distraer la atención hacia un tema específico, como Brasil que prefería hablar de Venezuela para no hablar de sus temas domésticos.

-¿Cuál es la solución para Venezuela?

La salida tiene que ser una apuesta a los DDHH. Lamentablemente, en esta situación de deterioro de todos los derechos económicos, políticos, sociales y civiles, de las detenciones arbitrarias, de un Estado que reprime y confronta a la población a tribunales militares… claro que la esperanza es poca. Pero las masivas demostraciones son pacíficas y eso tiene que generar cambios.

Qué pasa en Caracas (lejos de las protestas de la oposición y del “gran plantón” contra Maduro)

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Decenas de personas tuvieron que hacer cola este lunes en los bancos para pagar la bolsa de alimentos que distribuye el gobierno.

A la 1 del mediodía de un día como hoy, Érica debería estar trabajando en una consulta de radiología. Este lunes, sin embargo, está comprando dos kilos de una calabaza de intenso color naranja.

“Mi jefe me ha dicho que no vaya a trabajar”, me cuenta mientras el tendero descuartiza la auyama, como se llama en Venezuela a la calabaza.

Estamos en la redoma de Petare, uno de los barrios populares más grandes de América Latina.

Entre montones de basura, cientos de vendedores informales comercian con frutas, verduras, sardinas y muchos de los productos que no se encuentran nunca en un supermercado.

Aquí están a un precio muy superior al regulado por el gobierno.

El “plantón nacional” al que convocó este lunes la oposición de Venezuela para protestar nuevamente contra el gobierno del presidente Nicolás Maduro por la situación de crisis que atraviesa el país parecería que no influye en el caos perpetuo de esta plaza.

“Afecta, se vende mucho menos, viene menos gente. Se quedan en casa por miedo”, cuenta el vendedor que ha partido la calabaza para Érica.

A su lado, en otro puesto, otro joven vende sardinas a un precio muy económico. Es quizás la fuente de proteína animal más barata para la población venezolana, que ha visto cómo la subida continua de precios por la inflación ha convertido en casi prohibitivos el pollo y la carne.

Las colas

Al salir de Petare, en un pequeño centro comercial es la hora del almuerzo y algunas pocas personas están comiendo. Pero donde más gente se ve es en la cola de una sucursal del Banco de Venezuela.

“Es para pagar los CLAP”, me explica una mujer. Se refiere a la bolsa de comida de los Comités Locales de Abastecimiento y Producción (CLAP), la solución del gobierno contra la escasez y el sobreprecio del que acusan a los canales privados de distribución.

Por el precio de 10.000 bolívares (poco más de US$2 en el cambio en el mercado negro en este momento), los consejos comunales reparten entre los vecinos censados una bolsa con tres paquetes de arroz, tres de azúcar, dos de pasta, uno de granos, dos latas de atún, un aceite y un kilo de leche en polvo.

Es un precio muy beneficioso, pero la entrega es desigual. “A mí es la primera vez que me la van a dar”, dice la señora, que mira el reloj con impaciencia. Si no ha pagado antes de las 5:00 de la tarde, el miércoles no recibirá la bolsa. Por ello, no tiene interés en manifestaciones.

“Menos movimiento”

Cerca de ahí, en el barrio de clase media de La Urbina, apenas hay actividad en un hipermercado. Fuera, en la esquina espera un taxista.

“De los 17 compañeros de la cooperativa, sólo vinimos a trabajar 4 y ya sólo quedo yo”, cuenta Ricardo, quien apenas ha hecho dos carreras.

“Hay menos movimiento, la gente sale menos de casa”, dice. Cuando toma a un cliente se aleja la máximo de las zonas de protestas. Teme que dañen su auto, su único capital de trabajo como autónomo.

Ricardo es chavista. Votó siempre por Hugo Chávez y lo hizo también por Nicolás Maduro. “Pero esto sólo se va a resolver con un cambio”, admite. Culpa al gobierno, pero también a la oposición por la polarización del país.

“La protesta no genera más que más paro, heridos, enfado”, dice. Pese a no ser opositor, siente en ocasiones ganas de unirse a las multitudinarias protestas y aportar.

El taxista tiene a dos de sus tres hijas fuera del país y la otra está preparándose para salir también. “Entiendo a la oposición. Eran gente de clase media-alta que ahora tiene problemas”, dice comprensivo mientras hace un llamado al entendimiento entre las dos Venezuelas, ahora muy enfrentadas.

“Yo mismo antes tenía para ir a la playa, para comprarme zapatos y para beberme una botella de whisky. ¿Eso en otros países es ser clase alta?”, me pregunta con candidez Ricardo, que viste una limpísima camisa azul, tan pulcra como el auto que espera de momento en vano a que se suba un cliente.

“No me gusta a mí mucho eso”

De Petare y La Urbina, en el este de Caracas, me dirijo al centro. Para ello, en un día normal, atravesaría la autopista Francisco Fajardo, el gran eje vial de la capital de Venezuela.

Pero ya miles de manifestantes de la oposición ocupan una parte de la vía y hay que buscar soluciones. El tráfico es fluido, escaso, más de fin de semana que de lunes.

En el centro, el popular mercado de Quinta Crespo, como todos los lunes, está cerrado. Alrededor, sin embargo, están los puestos de frutas y verduras más informales.

“Tenemos cuatro hijos que alimentar”, me dice Emily, que regenta un puesto de verduras, al responder a la pregunta de si les gustaría ir a una marcha, sea de uno u otro bando. Sus niños han ido este lunes a la escuela, pero no es el caso de todos en una ciudad en la que muchos se resguardan cuando hay movilizaciones masivas.

“No me gusta a mí mucho eso”, dice sobre las marchas Emily, que teme enfrentamientos. Vive en el El Valle, un barrio humilde donde la pasada semana hubo saqueos y disturbios. “Se metió gas lacrimógeno en la casa y les afectó a mis hijos. Es algo que yo no había vivido en mis 34 años y asusta”.

Su marido, más atrevido, añade. “A mí me gustaría ir, pero hay que ganar real”, dice mientras da el precio de una pequeña cestita de ajos.

Como un sábado

Enrique trabaja en una distribuidora de alimentos para mayoristas. “Nuestros clientes vienen sobre todo del este de Caracas, y hoy han venido menos”, dice. En esa zona es donde este lunes se realiza el plantón en la autopista.

Al menos este lunes el metro no estaba cerrado, algo que suele pasar cuando hay concentraciones opositoras. “Pero parecía sábado, apenas había madres llevando a los chamos (niños) a la escuela”, dice Enrique.

A él no le gusta acudir a las marchas. ¨Siempre hay violencia y terminan pagando los güevones (tontos)”, afirma.

El miércoles de la pasada semana, que fue un día de grandes marchas tanto de la oposición como del gobierno, el comercio sí cerró. “El jefe fue”, revela Enrique, que explica cómo en los últimos años la empresa ha pasado de tener 60 a 30 empleados por la crisis.

Unos metros más allá, Eduardo exprime naranjas y llena dos jarras grandes de plástico de un jugo demasiado azucarado. “Se nota cuando hay marcha. Yo a esta hora otro día habría vendido ya dos sacos de naranja”, me dice mostrando el segundo, aún recién abierto.

“La gente se queda más en su casa por miedo, no lleva a los chamos a la escuela”, afirma. De hecho, el comercio de unos chinos que le venden las pajitas está cerrado, así que toca beber el jugo directamente del vaso.

¿Y tú no vas nunca a las marchas?, le pregunto. “No, tengo que ganar real”, dice, práctico.

Desaparición del trigo y muerte a los cachitos

Paola Martínez | @mpaolams

Sabrina D’Amore | @Sabridamore

“PASE QUE HAY PAN”, se escucha decir desde la calle a un hombre con camisa de la Sundde. Adentro, unas 50 personas hacen cola para recibir tres canillas. Los ojos de Chávez siguen el proceso desde la gorra del hombre detrás del mostrador, quien empaqueta los panes y mira con desconfianza a los panaderos. También observan desde la franela de una mujer que ordena la cola para acelerar el proceso de pago. A pesar de sus intentos, la fila de clientes continúa creciendo hasta que el fiscal de la Sundde anuncia que se acabó el pan.

En 35 minutos, 720 pan canilla son vendidos y dentro de poco se repetirá el mismo proceso. Este es el ciclo de una panadería del centro de Caracas tras la implementación del Plan 700, que pone a la Superintendencia de Precios Justos (Sundde) como los vigilantes de la harina. Pero es un caso atípico, pues no todas las panaderías de la ciudad han sido fiscalizadas y no todas cuentan con suficiente harina para mantener una producción estable.

Con la intención de frenar a las supuestas mafias que originan la “Guerra del Pan” y la “Guerra Económica”, el Gobierno Nacional inició el 14 de marzo el despliegue de inspectores asesorados por la Sundde, junto con representantes de la juventud bolivariana y de los Clap, en las 709 panaderías de Caracas para supervisar la elaboración y venta del producto. De acuerdo a el superintendente William Contreras, en cuatro días las ventas aumentaron más de 1500%.

¿Muerte a los cachitos?

Las largas filas continúan formándose rápidamente en las panaderías cuando sacan bandejas de pan a la venta, a pesar de todos los intentos por parte del Gobierno y sus organismos para acabar con ellas.

El día a día de los panaderos tuvo que cambiar por esos intentos, obligándoles a usar 90% de cada saco de harina en la elaboración de pan canilla y francés, mientras el restante queda a libre disposición de la panadería para preparar lo que desee. La política parte de la tesis del Ejecutivo de que algunas usan la materia prima para producir “dulces y cachitos y nada de pan para el pueblo”, que entre otras razones, pesaron para detener a los encargados de La Condesa.

“Ayer me regañaron por hacer cachitos”, contó un panadero a Runrun.es, cuyo establecimiento, ubicado en el centro de Caracas, está bajo la fiscalización. Él explicó que allí elaboran la cantidad suficiente de pan canilla y francés, pero estos vuelan de las vitrinas, a diferencia de los cachitos, galletas y tortas que no salen con tal rapidez.

La decisión del Sundde afecta igualmente a aquellos establecimientos famosos por hornear cierto tipo de pan o preparar un dulce especial, como la panadería Torbes ubicada en la avenida Baralt, con antigua tradición en la elaboración de pan andino.

El diario El Nacional reseña que los clientes de la Torbes “sin falta, antes de salir se detienen ante el mostrador y preguntan si no va a salir en algún momento del día el pan aliñado o el camaleón, dos clásicos que hicieron famosa a esta tradicional panadería que lleva 68 años horneando el mejor pan dulce andino de Caracas. Los trabajadores se encogen de hombros y dicen que no, y señalan el cartel con los precios de los tres tipos de panes que están obligados a vender a partir de la medida de intervención de la Superintendencia de Precios Justos en varias panaderías de la ciudad”.

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La verdadera guerra económica: falta de importación de trigo

Venezuela es uno de los países más consumidores de trigo y, dadas nuestras condiciones ambientales, el 100% debe importarse y la actividad importadora depende directamente y en su totalidad del Gobierno. Una fuente de la industria del trigo, que prefirió no identificarse, explica que el problema empieza a darse cuando este sector se queda sin divisas suficientes para garantizar el flujo de mercancía necesario para satisfacer la demanda nacional.

El consumo histórico en Venezuela es de 360 mil toneladas de trigo mensuales, sin embargo actualmente solo está llegando al país entre 30 mil y 60 mil toneladas cada 45 días, apenas el 16%. “Lo ideal es lo que ocurría cuando el gobierno entregaba los dólares a la empresa privada. Eso permitía que mientras hay 120 mil toneladas en el país, ya 120 mil estén en tránsito y 120 mil en proceso de compra. Así se garantiza que el inventario de seguridad tendrá un reemplazo a medida que se vaya acabando”, argumenta la fuente experta.

A esto se suma que lo poco que está llegando se está quedando en Caracas, y la situación es aún más aguda en otros estados del país. Juan Crespo, presidente del Sindicato de Trabajadores de la Industria de la Harina (Sintraharina), confirma la situación y explica que otro factor que influye actualmente es que las compañías exportadoras de trigo no están otorgando créditos a Venezuela debido a la coyuntura económica que atraviesa el país.

Esto ha ocasionado, según la fuente experta en la industria, que varios buques contenedores de trigo se hayan quedado varados por meses en aguas internacionales cercanas, como Aruba, Curazao y Bonaire, esperando que se cierre el ciclo de pago para arribar a puerto venezolano. También hay que resaltar que el producto que llega a las panaderías es un producto terminado, es decir, este trigo debe desembarcar e iniciar su proceso de conversión en harina en los distintos molinos, que actualmente son 15 en todo el territorio, según Crespo.

El presidente de Sintraharina explica que luego de que el trigo llega al país, es trasladado en gandolas hasta los molinos, donde reposan dos días para limpiar la mercancía y hacer exámenes de salubridad. Posteriormente se realiza el proceso de molienda y luego la harina resultante va a los centros de distribución, también manejados por el Estado, donde se empaquetan y se distribuyen.

Por su parte, José Sánchez, presidente de la Asociación de Panaderos en Caroní La Espiga Dorada (Asopacedo), enfatiza que desde el gobierno se anunció que cada panadería recibiría 300 sacos de harina de forma mensual, lo cual en efecto sí sería suficiente para una panadería promedio; sin embargo, lo que está llegando es un 15% de esa cantidad. Además, destaca que “de llegar esos 300 sacos, no serviría de nada si no se garantiza la reposición mensual de ese inventario”.

Mucho es preocupante, poco también lo es

Una panadería del centro, de las más grandes, vendió 3.900 pan canilla durante el primer día con fiscales en sus puertas, entre 10 y 15 por ciento más que su producción normal. “Es que yo vendo mucho pan, porque no me conviene tener tanta harina”, dice el dueño del establecimiento, quien pidió que no se publicara su nombre, por temor a represalias. Es suerte –tener excedentes de harina– no la tienen las demás panaderías de la ciudad.

Afirma que en su depósito tiene más de 400 sacos de harina que la Superintendencia Nacional de Gestión Agroalimentaria (Sunagro) le ha asignado a través de los molinos encargados de la distribución. Tener tal cantidad le preocupa. “Me ven tanta harina y me meten preso”, dice y agrega que el hecho de que un organismo gubernamental le de tal cantidad de materia prima no detiene su preocupación.

En el caso contrario, una panadería que cuenta con charcutería y almuerzos ejecutivos, ubicada en Los Palos Grandes, necesita 30 sacos de harina diarios para poder llenar sus anaqueles. Sin embargo, solo recibe 17 cada dos semanas, afirma su gerente. Una panadería más pequeña de la misma zona requiere 10 sacos para poder atender a su clientela, pero la encargada afirma que tiene buena suerte si consigue 15 al mes. Ambos negocios deben recurrir al bachaqueo. El Plan 700 y la Sundde no los han visitado, ni para fiscalizar, ni para ofrecerle insumos.

Una panadería cerca de la avenida Fuerzas Armadas que sí está fiscalizada, recibió solo ocho sacos de harina la semana pasada. Estos podrían haberle alcanzado para producir pocas cantidades de pan durante varios días, pero los fiscales de la Sundde que vigilan el lugar lo obligaron a hornearlos todos. “Mañana verás como consigues más harina”, dijeron al panadero.