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¿El nostálgico retorno de Irene Sáez?

Irene Sáez
Tony Frangie Mawad
03/11/2020

@TonyFrangieM

 

Quizás por inspiración divina del Cristo de Chacao, con cruz en su espalda y túnicas púrpuras, a Irene Saéz – esa rubia de un metro ochenta, “católica por convicción, muy rezandera” según la periodista María Victoria Cristancho en un reportaje para El Tiempo colombiano en 1996 – se le ocurrió ser alcaldesa mientras rezaba: o quizás fue algo más terrenal, por sugerencia de la familia Orta Poleo que estaban en la Iglesia. El municipio de Chacao – esa matriz municipal donde se solapaba el caos de guacharacas, autobuses multicolores, torres financieras y melenas de peluquería de Caracas – apenas había sido fundado por ley y sus vecinos, embelesados de una Miss Universo criolla de veintiocho años, la apuntaban como su posible primer alcalde: “¿Yo? ¿Alcaldesa?”, relató Irene sobre su reacción en ese momento a la periodista Erika Corrales en 2002, “¿En la parte política?”

Irene ganaría las elecciones municipales en 1992, once años después de que -veinteañera y estudiante de ingeniería civil en la Universidad Metropolitana- fuese coronada en el Carnegie Hall neoyorquino, con melena voluminosa y estrafalario vestido rosa, como la mujer más bella del universo. Sería “el último tótem intacto de la Venezuela Saudita”, como la describiría la periodista Matilde Daviu en 1989: o, como diría el escritor Ben Ami Fihman en 2006, “la leyenda dorada de una Venezuela feliz y opulenta” que irrumpió en 1981 “en un momento de embriaguez colectiva”, siendo la sublime representación de un país que como “rebosaba de bienes” también rebosaba del “don de la belleza”. Aquella suerte de altísima Barbie humana, que con brillantina tiara y modesta voz discreta que en entrevista en USA Today afirmaba su admiración por Reagan y su felicidad por conocer a la Madre Teresa, se convertía en la fantasía adolescente de un país petrolero obsesionado con sus muñecas.

 

Tímida, una Irene que en entrevista con Napoleón Bravo poco después de su coronación afirmaba que durante su reinado se “sentía un poco explotada” entre fiebre y cortos viajes seguidos hasta tener “un agotamiento físico y mental porque en todos lugares tenía que conversar, compartir, dar ruedas de prensa, informarme”, no indicaba indicios de convertirse en figura política: pero, como decía el reportaje de Daviu, “la ambición se despertó en Irene después del Miss Universo”. Así, se inmiscuyó en las aguas turbias de la Central para estudiar Ciencias Políticas y logró asegurar una posición como agregada cultural de Venezuela ante Naciones Unidas, mudándose efectivamente a Nueva York por unos años. Ahora, en el albor de la década tumultuosa que fue los noventa, Irene se convertía en la alcaldesa del municipio más rico de Venezuela: con sus líneas de torres financieras y su verdísimo Country Club, como también su desproporcionada tasa de criminalidad y robos. En el imaginario popular, la Chacao de Irene se convertiría en un pequeño reino caraqueño: Irenelandia.

Irenelandia

Irene, con los susurros de su encantamiento, lograría su victoria municipal como candidata independiente con el extraño apoyo verdiblanco de Acción Democrática y Copei. De su mano de uñas rojas vendrían, como decía un video oficial de la alcaldía, “nuevas fórmulas para viejas formas”: una gestión moderna que respondía al sísmico proceso de descentralización administrativa que empujaba de lado a partidos jurásicos para permitir toda suerte de nuevos alcaldes y gobernadores de un arcoíris ideológico de partidos nuevos.

Para Sáez, la modernización de la gerencia municipal, quizás siguiendo la nueva onda tecnocrática, consistía en “contar con los mejores equipos profesionales, trabajar en equipo y escuchar a los vecinos para atender sus necesidades”. Así, con lo que llegó a llamarse un “gobierno escolar” y quizás siguiendo una orientación socialcristiana, se crearía una serie de nuevas instituciones autónomas y municipales enfocadas en la seguridad, la salud, los espacios públicos y la educación.

Para principios de los noventa, el afluente Chacao – aunque fuese el municipio con menor población y tamaño de Caracas – sufría de una tasa per cápita de robos y desvalijamientos de autos cientos de veces mayor que aquellas de los otros cuatro municipios capitalinos, incluyendo los considerablemente más grandes y poblados municipios de Libertador y Sucre: consecuencias indeseadas de tener sectores ultra-ricos y muchísima actividad financiera. Pero, como muestra un trabajo de investigación de 1997 de IESA para el Banco Interamericano de Desarrollo, las tasas de criminalidad descenderían veloz y abruptamente durante la gestión de Sáez y su recién creada policía municipal: por ejemplo, de 700 casos de desvalijamientos por cada 10.000 habitantes en 1993, la tasa descendería a cerca de 50 tres años después. En el mismo periodo, una tasa de cerca de 220 robos por cada 10.000 habitantes descendería a menos de 50. La tasa de los otros municipios, mucho más baja inicialmente pero que se haría casi paralela durante la reducción, se mantendría más o menos igual en ese mismo periodo.

Los mejoramientos en seguridad eran resultado directo del Instituto Autónomo Policía Municipal de Chacao, mejor conocido como las fuerzas de PoliChacao, que la administración de Irene transformaría en una suerte de peculiar ícono caraqueño en su momento: con guantes blancos y cascos “honguito” del mismo color, bicicletas, patinetas eléctricas, unidades móviles que servían de estación policial y un equipo conformado en gran parte por mujeres. Incluso se hicieron imágenes publicitarias de Irene en uniforme policial (los cuales se compraban en Miami) junto a una camioneta de PoliChacao. Por todo ello, Radio Rochela -el satírico programa de RCTV- crearía su propio sketch sobre dos coquetísimas policías de Chacao: en este, Irene aparecería como invitada en varias ocasiones. “Siempre hicimos todo lo que estuvo en nuestras manos para darle seguridad a nuestros vecinos”, dice Irene (quien, tras mucho tiempo sin acceder a una entrevista, aceptó conversar conmigo), relatando que la primera promoción de policías se graduaría el 13 de agosto de 1993, no solo para brindarles protección sino también “en transmitir el deber ser, en transmitir principios y valores ciudadanos” que contribuyeron “a un mejor rendimiento, sumado más a la calidad que a la cantidad”. De hecho, PoliChacao contaba con un sistema de comunicación con radio con los vecinos para establecer un contacto directo entre ellos: e Irene, cuando se reportaba por ese medio, usaba la sigla Luna 1.

Posteriormente, las unidades equipadas de PoliChacao para accidentes de tránsito darían paso a la Policía de Circulación, conformada en gran medida por jóvenes universitarios, para regir el tráfico de vehículos en un municipio por el cual circulaban cerca de dos millones de personas al día. De unidades de la Policía de Circulación “en las que los funcionarios policiales eran médicos y acudían a las situaciones que requerían este tipo de apoyo”, dice Sáez, nacería la Policía de Salud y el sistema de salud municipal para proveer acceso médico público a la comunidad. “Este personal atendía en algunos espacios que fuimos acondicionando dentro del municipio”, relata Sáez, como también “ir hasta los hogares de nuestros vecinos para atenderlos”.

Así nacería Salud Chacao, luego de que Sáez le entregase un cheque a un equipo de médicos conformado por Manuel Garrido Mujica, Antonio Sucre Alemán, Julio Rojas y Armando Guillén quienes a los seis meses, tras desarrollar el concepto, le plantearon un nuevo esquema administrativo de la salud inspirado en modelos internacionales para un municipio que ni siquiera contaba con un ambulatorio. Sáez permitiría un sistema creado por criterios técnicos, según un documento sobre Salud Chacao de la ONG Venezuela Competitiva, y no interferiría en el liderazgo de Garrido: de su dirección por los próximos quince años, se desarrollaría una plétora de programas y hasta se fundaría una nueva sede de concreto y cristal en 2009.

Según videos informativos de 1995 del Chacao de Irene, su gestión también experimentó una reforma de los impuestos que lograría un incremento del 62% en recaudos, algo considerable en un municipio cuyo presupuesto se sustentaba en un 87% de los ingresos propios: prácticamente prescindiendo del ingreso del gobierno nacional. Además, explicaba Irene en una entrevista de diciembre de 1996 con Marciel Granier, la gran mayoría de estas ganancias provenía del pago de patentes. Así, en esa Chacao tecnocrática y mercantil, Irene establecería licitaciones públicas para estrechar lazos con el sector privado: desde contratar una empresa privada para que limpiase las calles hasta una alianza estratégica con Ford para el mantenimiento de los carros policiales.

Irenelandia, con su nueva policía de guantes y su sistema de salud autónomo, también viviría una renovación de los espacios públicos: proyectos de drenajes, cubrimiento de huecos en aceras y calles, renovaciones arquitectónicas y de espacios públicos, nueva iluminación y el cambio del cableado aéreo por uno subterráneo – removiendo las lianas negras que cruzaban entre las edificaciones más antiguas. Además, se redirigió el uso de espacios públicos – como la Plaza Francia en Altamira, antes de que su obelisco se convirtiese en el supremo símbolo de la oposición a Chávez – para actividades culturales como orquestas y para toda suerte de actividades recreacionales y deportivas dirigidas a la población infantil y de la tercera edad. También, la conservación de la naturaleza del municipio, delimitando al Ávila y repleto de arboladas verdes o púrpuramente floreadas, se le asignaría a un grupo conocido como la Brigada Ecológica. Como resultado, la habilitación y el uso comunitario de los espacios públicos de Chacao se convertirían en parte del tejido social del municipio, como demostraron las posteriores protestas y vigilias en la Plaza Francia y la apertura de la Plaza Los Palos Grandes en 2010 de la mano del alcalde Emilio Graterol.

El “gobierno escolar”, además, establecería una ruta de transporte centrada en las instituciones educativas del municipio y tecnología informática en los colegios municipales (tras el establecimiento de un sistema eléctrico computarizado en Chacao) como también la creación de la escuela municipal San José de La Floresta para educar a niños especiales y poder reubicarlos posteriormente en el sistema formal. Además, Irenelandia buscaría establecer -por medio de cursos y campañas comunicacionales- un proceso educativos para poblaciones adultas centrado en la preservación de la limpieza urbana, la civilidad y la ciudadanía activa. Irene buscó, como le diría a Granier, empujar a la ciudadanía municipal a “no pedir favores en la alcaldía, sino exigirlos”.

En 1996, con 96% del voto (uno, y si no el más, de los porcentajes electorales más altos en la historia del país) Irene sería reelecta para un segundo mandato. Con el visto bueno asegurado del ex-presidente Herrera Campins (de Copei) y del senador Luis Alfaro Ucero (Secretario General de Acción Democrática), Irene ahora traía a su big tent independiente el apoyo indirecto de partidos como Movimiento al Socialismo, La Causa R y el gobernante Convergencia (resultado de la cisma entre el presidente Rafael Caldera y su partido Copei). “Los servicios públicos no tienen color”, le diría Sáez  -verde, blanca, roja, amarilla- a Granier.

 Nuestra Señora de Chacao

 

Irene Sáez
Irene Sáez y la Plaza Altamira. Un binomio que se mantendría por años

 

Quizás a un son excesivo para algunos de sus detractores, el municipio Mattel – con escudo fucsia y azul, como una casa de Barbie – se hizo a imagen y semejanza de su reina: “se trajeron unos caballos de Estados Unidos con carreteras para que pasearan a la gente, al estilo Nueva York”, le diría Ligia Gerbasi, presidenta de la asociación vecinal de La Floresta, a la revista Exceso en 2006, “pero a los seis meses, no volvimos a ver a los caballos. Supongo que no aguantaron el clima del trópico y se murieron.” Aun así, o quizás por esos mismos encantos de carrozas y patinetas eléctricas, Irene – minando esa obsesión milenaria nacional en torno a devociones marianas, vírgenes patronas y pastoras de mantos estrambóticos, reinas de pueblo y de carnaval y eventualmente sus Miss Mundos y Miss Universos – se convirtió en una suerte de Nuestra Señora de Chacao: “¡Qué fanatismo! Recuerdo un año en el que inauguramos la Navidad y una niña se cayó en uno de los espejos de agua de la Plaza Altamira”, decía Gerbasi, “Irene metió las manos en el agua y la sacó. Y vi a la gente, sobre todo de la tercera edad, meter a su vez las manos en la fuente y persignarse. Esta agua está bendita, decían.” Gerbasi también recordaba la debilidad del sexo fuerte ante la alcaldesa durante manifestaciones públicas vecinales: “Al primer pestañeo de Irene, se cambiaban de bando, ¿Puedes creerlo? Y nosotras quedábamos como las peleonas.”

Similarmente, la revista People transcribía una anécdota contada por Donald Trump en la que relataba como dos empleados latinos de la Trump Tower en Nueva York vieron a Irene entrar por la puerta y se lanzaron a sus pies mientras gritaban su nombre. “Yo he visto gente que de la emoción llora cuando la ve”, le decía su mano derecha Fátima Fernández a la periodista Paula Urien de La Nación de Argentina en 1998, “He visto gente que le agarra el cabello y se lo besa”.

Aun así, no todos caían rendidos ante los pies entaconados de la reina de Irenelandia (quien ya tenía sus propias muñecas producidas por Mattel, tanto en vestido rosa como en traje folclórico venezolano). Para varios detractores, el éxito de la gestión de Sáez no se debía a nada más que la natural conclusión de gobernar un municipio pequeño, de pocos habitantes, que resultaba ser el más rico de Venezuela, ni más ni menos: en 1995, el presupuesto de Chacao había sido el doble del presupuesto del municipio Caroní, en el estado Bolívar, que tenía una población siete veces mayor a la de Irenelandia.

“Lo importante era cómo invertíamos los recursos públicos en servicios para los vecinos del Municipio Chacao”, dice Sáez ante la crítica de las ventajas que daba Chacao, “y para los casi dos millones de personas que a diario realizaban actividades o iban de un lado a otro de la ciudad. La cantidad de recursos es muy importante pero la calidad del gasto es mucho más importante aún.” Por ello, queda preguntarse: ¿No ha sido también Venezuela un país de altísimos ingresos pero que contrario a Chacao, a falta de una gerencia responsable o eficaz, los ha despilfarrado hasta concluir en resultados catastróficos? ¿Es justo, entonces, minimizar la gestión de Sáez y sus políticas?

Otros veían cierto personalismo de celebridad-político: en un artículo de Luis Enrique Alcalá, se crítica que el teléfono para reportar semáforos que no funcionasen fuese 0800-IRENE mientras que Radio Rochela, burlonamente, mostraba una parodia de Irene (que anunciaba teteros de abono para hacer a los policías “grandes y frondosos” y transformar el obelisco de Altamira en un cohete para mandar al primer ciudadano de Chacao al espacio) reemplazado el himno del municipio, “When You Wish Upon a Star” según el programa de sátira, con un “A Chacao debemos solícito amor, ¡Jamás olvidemos que es obra de yo!”. Aun así, la Irene real aparecía al final del sketch como invitada especial.

La crítica también podía ser heterodoxa. En su edición de la última semana de agosto de 1996, el semanario Urbe – aquel periódico juvenil, medio nihilista, medio punketo – gritaba en su portada, en mayúsculas, “IRENE & Co. SOLO DICEN NO”. Según el escritor Juan Ignacio Cortiñas, las alcaldesas del este de Caracas (Irene Sáez en Chacao, la actriz de telenovelas Ivonne Attas en Baruta y Flor de Aranguren en El Hatillo) aparentaban ser “las propias mamás comprensivas, liberales, afectuosas, lindas, que comprenden la necesidad de estar en un clima de libertades en el cual podamos desarrollar nuestras inquietudes” pero en realidad eran “regaños y prohibitivas. Las propias mamás antañonas.” Para Cortiñas, las alcaldesas eran figuras abrumadoramente maternales y condescendientes que en el nombre de la “seguridad, orden e higiene”, oprimían a aquella generación X en crecimiento influenciada por los raves y el grunge: Sáez había prohibido los besos en la Plaza Altamira, de Aranguren se quejaba del slogan de la 92.9 FM y Attas había cerrado “en un espectacular operativo” la discoteca roquera Doors.

Las molestias de Urbe parecían un desenfreno freudiano ante las limitaciones impuestas a los arrebatos adolescentes: criticando la prohibición de patinar en aceras de Baruta y de fumar en canchas deportivas en El Hatillo, y especialmente las políticas de Chacao bajo Irene. Allí, “no se puede dar limosna y, en promedio, los locales cierran a las 12. Al menos que tengas un carro último modelo y una pinta de gallo, te arriesgas a una fea entrompada por los irenecops”, decía Cortiñas, “Aunque todavía no es ley, la Alcaldía quiere prohibir que manejes y hables por celular al mismo tiempo.”

En la misma edición de Urbe, Boris Izaguirre daba su opinión sobre Sáez aunque “es difícil porque la moral de ella, seguro es mucho más correcta que la mía o, por lo menos, bastante diferente.” Para Izaguirre, la situación de las alcaldesas era “un problema vaginal: éste es un país vaginal. Las mujeres siempre han estado metidas en la vida de uno.” Por ello, Izaguirre se imaginaba una cadena de investigación en la que “Irene se entera de algo y llama a Flor a preguntarle. Flor después llama a Ivonne y le comenta. Ivonne se comunica con Irene e investiga. Son unas mamás enloquecidas (…) Son la mamá del país”.

El cronista las veía como un símbolo del “poder femenino que existe en Caracas, el amplio consumo de laca y seda” que hacía de ella una ciudad única en Latinoamérica, “porque en Nicaragua no sucede lo mismo con Violeta Chamorro.” Por ello, “parte de la ciudad es gobernada por Ivonne, que era la mala de las telenovelas” e “Irene, por su parte, tiene su muñequita”. Impresa junto a la opinión de Izaguirre, Irene también accedió a un entrevista corta y tensa: “¿Qué estoy prohibiendo?”, preguntó retóricamente ante las acusaciones.

“Éramos pendejos”, dice William Zitser, miembro del equipo de Urbe en aquel entonces, “La nota era nihilista, que se ve cool y todo, pero no aporta. Es una lástima tener el segundo medio más leído del país y no usarlo. Yo era un chamo y no entendía, esa es mi excusa.”

Izaguirre culminaba su crónica con una profecía refundadora que se haría cumplir al concluir el siglo, pero no de la manera que el cronista esperaba: las alcaldesas “son la última herencia del siglo 20 para el futuro; son las últimas que van a gerenciar este tipo de mariconada”, decía, “Ellas son las reliquias de éste y se comportan como reliquias. Son las nuevas ruinas griegas de Caracas”. Dos años después, Hugo Chávez ganó la presidencia.

Presidente Sáez: 1998-2004

 

Irene Sáez
Irene Sáez puso a prueba su liderazgo local para competir por la presidencia de la república

Para varios analistas políticos, el resurgimiento de Acción Democrática y Copei en las elecciones regionales de 1995 auguraba un retorno al bipartidismo tradicional (tras el desvío del Chiripero) en las presidenciales que se avecinaban. Pero, aunque aún no hubiesen candidatos oficiales, las encuestas comenzarían pronto a indicar el no tan discreto encanto de la anti-política: según una encuesta Ómnibus de Datanalisis de marzo y abril de 1996, Irene Saéz lideraba la preferencia presidencial venezolana con un 34,1%. Le seguían el ex-gobernador de Carabobo Henrique Salas Römer (10,8%) y el ex-golpista recientemente liberado de prisión Hugo Chávez (9,7%) quien – presagiando la polarización del nuevo siglo – también levantaba el mayor rechazo (17,6%), seguido en rechazo por el copeyano Eduardo Fernández.

Así, con reservada intención y siguiendo el clamor popular, Irene empezaría su campaña presidencial con dos años de antelación. “¿La ideología de Irene? Nadie lo sabe”, decía la periodista Lourdes Garzón en la revista del periódico español El Mundo en una crónica de 1997, “Conservadora, católica, ¿neoliberal?”. Fuese cual fuese, una cosa era cierta: Irene era una candidata antipartido – y por ello ahora encantaba a una ciudadanía exhausta e insatisfecha. “La democracia está enferma”, diría el acta de su plataforma, “la clase política dirigencial se apartó de sus compromisos y se convirtió en una elite corrupta e inepta para dirigir el país, dilapidando nuestros enormes recursos.” Pero, a diferencia de su contrincante Chávez, Irene no era anti-sistema: en vez de refundar el estado, como proponía el MVR del futuro presidente, la alcaldesa de Chacao proponía reformar la Constitución de 1961 (en vez de hacer una nueva) y rehabilitar las instituciones del Estado fundado por esta: “madurar la democracia”, le diría Saez a Jaime Bayly en entrevista, y reformar “la estructura organizativa del Estado (…) para los nuevos actores).

En gran medida, las propuestas de Irene parecían la natural continuación de la apertura económica liberal iniciada por el Gran Viraje del presidente Pérez y continuada por la Agenda Venezuela del presidente Caldera – con un énfasis nuevo en los servicios sociales, a lo Third Way de los contemporáneos Clinton y Blair: Irene buscaba enfocarse en “globalización, apertura y competencia”, rechazaba el concepto de las cuotas petroleras de la OPEP y buscaría una renegociación con la organización – apoyado enfáticamente la apertura petrolera iniciada por Luis Giusti de Pdvsa, planeaba un gabinete tecnocrático compuesto por “los mejores talentos, estén o no estén en los partidos políticos” y una reducción de los ministerios del Estado, apoyaba la conformación de empresas mixtas en el exterior para la promoción del turismo y el producto agrícola venezolano, buscaba descentralizar la red primaria de salud pública (transfiriendo su manejo a las alcaldías), planeaba declarar la educación en estado de emergencia para poder reformarla y extender la educación preescolar y ciudadana, promovería la creación de micro-empresas para emancipar a la ciudadanía y buscaría coordinar la seguridad entre entidades geográficas. En fin, una fantasía meritocrática y laissez faire para los IESA boys y una pesadilla neoliberal para quienes se abanderaban bajo el concepto de la Quinta República de Chávez y Arias Cárdenas.

Así, para 1997, aquella ex-Miss Universo de 36 años que se transformaba en Miss Presidente y se había convertido en la cara de la anti-política, fundaba su plataforma de campaña: I.RE.N.E. – Integración, Renovación y Nueva Esperanza. Luego, se vestiría de amarillo, el color del partido emergente La Causa R – conformado años antes por marxistas e izquierdistas de sindicatos y movimientos grassroots que se sentían descontentos con la izquierda mainstream – que extrañamente, considerando sus propuestas de descentralización y apertura en la Faja del Orinoco, se unían a su causa presidencial: “¿No les importa que admire a Margaret Thatcher?”, preguntaba Garzón en su crónica, “No, no, decía el militante [de La Causa R] Asdrúbal Vallenilla, marxista ortodoxo él también como su partido, lo importante es que ella quiere hacer la política de abajo hacia arriba.”

No sorprende por qué el eclecticismo de Irene era visto con desconfianza, la cara más bonita de ‘la privatización a ultranza’, por sus detractores: “algunos analistas políticos presentan a la señorita Sáez como un producto de mercado con excelente envoltorio pero sin mayor contenido”, decía Aram Rubén Aharonian en un reportaje de diciembre de 1997 de La Nación de Argentina, “con una versatilidad que la convierte en un fenómeno emocional”. Pero Irene seguía siendo la reina de corazones: The Economist le dedicaría un reportaje y The Times de Londres la pondría de número 83 en su lista de las 100 mujeres más poderosas del mundo.

“Irene es la reina de Venezuela”, diría María Victoria Cristancho en El Tiempo colombiano en septiembre de 1996, “si las elecciones fueran hoy, ella sería la segura inquilina de Miraflores”. El 7 de mayo de 1998, Irene formalizaría su candidatura presidencial y abandonaría su cargo como alcaldesa de Chacao.

 Irene Sáez en el país de los hombres

 Irene, como explicaba en entrevistas con Jaime Bayly y Marciel Granier, se veía a si misma como “parte de un cambio que había costado, de espacios y derechos para la mujer” y como representante de la generación menor de 40, la mayoría del país, “nacida en democracia y con acceso a educación”. Pero, aunque ya Ismenia Villalba había sido la primera candidata presidencial venezolana en 1988, su sexo y su pasado cosmético daban pie a ataques y críticas: según Granier, personalidades tan variadas como el líder copeyano Eduardo Fernández y el-ex-presidente Pérez la denunciaban cómo “frívola”, “sin mucho en la cabeza” o “una muñeca de concurso”.

Irene Sáez

Por su parte, los medios -incluyendo a Granier y Bayly- se afincaban en una obsesión ridícula sobre su vida romántica y sexual, un tema ignorado en las entrevistas con los candidatos hombres: en cada programa y reportaje, Irene era atosigada con preguntas e hipótesis sobre sus noviazgos, amores pasados, intenciones nupciales y la aparente paradoja de ser madre y presidenta simultáneamente en el futuro. Hasta su virginidad se hacía tema de discusión. Los medios, en repetición interminable, rumoraban y suponían sobre sus posibles novios: ¿Andrés Caldera, hijo del presidente? ¿Enrique Mendoza, gobernador de Miranda? ¿Donald Trump, magnate neoyorquino y futuro presidente estadounidense? Las respuestas evasivas y vaporosas de Irene alimentaban el morbo colectivo, que se preguntaba la identidad de su pareja, de su amor pasado que había fallecido en un accidente o del futuro primer caballero. “Herederos, banqueros, políticos, ninguno alcanzaría colgar al trofeo en la sala”, diría Ben Ami Fihman en la revista Exceso de junio de 2006, “Los dejaba con los crespos hechos.” Por su parte, Irene daba su veredicto: “mi matrimonio se llama Venezuela”. 

 

De todos modos, Sáez dice no recordar ninguna situación “en la que intentaran irrespetar mi condición como ser humano, como mujer, o como representante de la belleza venezolana. Si alguien lo intentó no lo logró.” Pero, durante aquella álgida campaña, hasta su peinado sería tema de conversación de los otros candidatos.

 

Empujada por asesores como Enrique Mendoza, Irene cambiaría su look tradicional de voluminosa melena por un moño recogido en el mismo estilo que Evita Perón (cuya película musical, interpretada por Madonna, apenas se había estrenado unos años antes): debía dejar su tono dulce, pensando y casi susurrado, por una actitud más firme y agresiva. Pero, como su vida amorosa y sus noviazgos, el nuevo look justicialista daría de que hablar a los hombres, a Chávez específicamente. “Creo que es una candidatura artificial”, diría el futuro presidente en una entrevista de mayo de 1998 con el Clarín de Argentina, “Ella es creada como las telenovelas. (…) La han usado como máscara y la fueron maquillando. (…) Yo soy producto de algo real. Como ya no le funciona la imagen tierna y dulce de ex Miss Universo exitosa, ahora inventan otra cosa. La están cambiando por otro personaje como Evita Perón. Es cambiar el papel en la telenovela. Yo sí represento a los descamisados, a los patas en el suelo”.

El gradual ascenso de popularidad de Chávez pronto opacaría las entrevistas de Irene, cuyas preguntas se comenzaban a centrar en su opinión sobre el ex-golpista más que en las propias propuestas de la candidata, que – a diferencia de Chávez – “no asusta a nadie” diría Bayly. La Bella y la Bestia: Irene, en sus entrevistas, afirmaba sin titubeos que Chávez no era un candidato democrático sino un sujeto violento que buscaba la vía insurreccional si perdía las elecciones y amenazaba una guerra civil: freír la cabeza de adecos y copeyanos en aceite, decía al referirse a la famosa frase (quizás nunca dicha) de Chávez, lo haría freír a la mitad del país. Similarmente, citaba una conferencia del Miami Herald en la se hablaba de una masiva fuga de inversiones extranjeras en caso de una victoria chavista como también los múltiples rumores de otra intentona golpista de los chavistas: por ello, se contextualizaba como “el rescate de una esperanza” entre la zozobra y el miedo. Además, en una jugada privilegiada que quizás no caló bien, afirmó – en entrevista con Granier – que ella sí tenía visa americana y él no, dándole una ventaja para continuar los negocios y relaciones económicas y políticas con los norteamericanas.

También, decía Irene, se negaría rotundamente a darle un espacio en su gabinete: algo que no descartaba sobre el candidato Salas Römer, ex-copeyano y de quien Irene buscaba diferenciarse al alegar que ella jamás militó en ningún partido. Chávez sería un dictador autocrático de izquierda, afirmaba, que no tendría límites y no respetaría los controles constitucionales: “sus hechos lo han demostrado, él ha buscado el poder a través de distintas instancias”, le diría a Bayly, “una dando un golpe, y ahora dice que lo va a buscar como sea”. ¿No va a soltar el poder, no va a seguir las reglas del juego democrático?, le preguntaría Bayly: “Me remito a sus opiniones públicas y notarias en todos los medios de comunicación”, respondería Irene con rostro perspicaz.

 Irene se viene abajo

 Pero, para mediados de 1998, el efecto Irene se desvanecía. Poco después de formalizar su candidatura, Irene, sin renunciar a su independencia, recibiría el apoyo del partido socialcristiano Copei a pesar de la oposición y dudas de varias figuras internas importantes como el presidente del congreso Ramón Guillermo Aveledo y el pre-candidato Eduardo Fernández (por su parte, el ex-presidente Herrera Campins promovería a Sáez en la Convención copeyana). Para Irene, ella simplemente aglutinaba “diferentes fuerzas políticas” (como había hecho en sus candidaturas de Chacao) y veía a Copei como una herramienta para ganar en los distritos rajadamente verdes de los estados andinos (donde Copei seguiría logrando victorias arrasadoras hasta el 2008, por lo menos). Pero, “la bendición de Copei, lejos de llevarla adelante en las encuestas”, diría Paula Urien en La Nación de Argentina en noviembre de 1998, “tuvo el efecto contrario”. Copei presente, Irene presidente.

La ciudadanía quería una Irene sola. En cambio, ahora parecía ser el nuevo vehículo del viejo bipartidismo: aún más después de una entrevista con El Nacional en la que Herrera Campins dijo: “no se preocupen, que modernamente el poder es compartido.” Para mayo de 1998, el apoyo a Chávez había surgido a un 27% y el de Irene había decrecido al 22%, algo que ella culpaba en que “no fue bien comunicada” su alianza con Copei, a la cual su asesor Enrique Mendoza se había opuesto originalmente. “Creí que podía gobernar para que los partidos se renovaran”, le diría a Erika Corrales en 2002, “al unirme a un partido tradicional me vine en picada libre.”

La estocada final llegaría en noviembre, en las elecciones parlamentarias, cuando Sáez anunció una candidatura conjunta con AD y Copei de congresistas por el Distrito Capital, llevando a que La Causa R le retirase el apoyo presidencial. Así, a pesar de su seguridad en las entrevistas, IRENE y sus aliados (los dos partidos hegemónicos del puntofijismo) sufrirían una derrota devastadora en Caracas: apenas ganarían dos diputados lista. El chavismo, en cambio, lograría más de una decena de diputados y senadores en la capital.  

Ante el imparable auge de Chávez, las candidaturas se vieron forzadas a realinearse: el apoyo empresarial que había asegurado Sáez (como Nelson Mezerahne y los hermanos Cisneros, según Juan Carlos Zapata en el libro Plomo más plomo es guerra) la abandonarían por otros candidatos. Luego, Acción Democrática – tras una riña interna – le retirarían su apoyo al candidato adeco Luis Alfaro Ucero y se unirían al Polo Democrático en torno a Salas Römer que se había formado en oposición al Polo Patriótico de Chávez. El 30 de noviembre, la directiva de Copei decidió revocarle el apoyo a Irene, sumiéndose al Polo Democrático.

El 6 de diciembre de 1998, Hugo Chávez ganaría la presidencia con 56.20% del voto (y 36,24% de abstención). Irene, con 2.82% de los votos, quedaría en tercer lugar. Iniciaba la Revolución Bolivariana.

La revolución bonita

En marzo de 1999, Irene haría su última jugada política. Tras el fallecimiento del gobernador del estado Nueva Esparta (las islas de Margarita, Coche y Cubagua), Sáez anunciaría su candidatura como gobernadora isleña: pero había dado un giro descomunal, recibiendo el apoyo del MVR de Chávez (que quería ganar una segunda gobernación) y por sugerencia de Marisabel de Chávez, la primera dama. Además, contaba con el apoyo de 34 organizaciones: desde Factor Democrático, crítico del militarismo chavista, pasando por el marxista Bandera Roja hasta el conservador y evangélico ORA (que, originalmente aliado de Alfaro Ucero, desaparecía en esos años para ser refundado por otra dirigencia en 2010). Así, de 44 casillas en la papeleta electoral, Sáez cubría la vasta mayoría de estas. La nueva alianza de Sáez con quienes había denunciado acérrimamente en las elecciones pronto levantó la crítica: Irene era parte del “imperio del marketing, que puede vender una candidata – mercancía donde sea y para lo que sea”, diría la periodista opositora Marta Colomina, “un auténtico pret-a-porter”. 

 

Chávez sepultó las aspiraciones de Irene Sáez

 

“Así como acepté la candidatura a la Alcaldía de Chacao por parte de varias agrupaciones políticas y acepté la candidatura a la Presidencia de la República apoyada por varios partidos”, se defiende hoy Irene, “sucedió lo mismo con el caso de la candidatura a la Gobernación de Nueva Esparta.” De todos modos, su gobernación duraría tan solo un poco más de un año: Irene, quizás para el júbilo de los medios criollos, finalmente contraería nupcias y – por motivos de salud aparentemente relacionados a su embarazo – renunciaría a la Gobernación para mudarse definitivamente a Miami, paraíso del exilio político latinoamericano.

 “Sin lugar a dudas la gestión pública en una alcaldía y en una gobernación tienen grandes diferencias, y la vida también tienen distintos momentos y la pone a uno ante decisiones difíciles”, dice Sáez hoy en día, “Lamento haber tenido que tomar la decisión de no concluir mi período en la Gobernación de Nueva Esparta, y solo quisiera destacar que durante ese corto período de tiempo, me movió siempre el cariño y el respeto por los ciudadanos de esa hermosa región.”

Venezuela se iría por las aguas violentas del Mar de la Felicidad, despedaza por las fauces del conflicto. El 18 de enero de 2003, ante los gritos de “ni un paso atrás”, Irene Sáez sería una de las celebridades participantes de una marcha en Miami en pro del paro nacional -de la mano de Pdvsa, Fedecamaras y la CTV- contra Chávez. Desde entonces, en un país que se hundía en las franelas rojas, los estómagos vacíos y los bozales mediáticos, Irene se convertiría en un artefacto nostálgico -casi perdido- del gabinete de curiosidades del Secreto Mejor Guardado del Caribe. Pero, desde hace un par años, como por obra y gracia del desgaste general de los liderazgos, su figura ha vuelto a resurgir -empujada por memes de Instagram, cuentas de Twitter, videos de Youtube que se han hecho virales y nostalgia tabaratera- en viejos y, más curiosamente, en jóvenes sin memoria propia de esos años. Con la nueva ola, y la apertura de cuentas oficiales de Sáez en redes sociales, ha surgido también toda clase de rumores de su inminente retorno a la política desde tarotistas en Youtube, en un país de pensamiento mágico, hasta noticias en dudosos medios de farándula. ¿Volverá Irene Sáez, una vez restablecida la democracia, a la política venezolana? “No es tiempo para hacer esa pregunta. No es tiempo para responderla”, dice, “Prometo que el día que decida hacer pública la respuesta a esta pregunta, a una de las primeras personas a las que buscaré para responderla será a usted.”

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