Cesia Hirshbein, el nuevo amor de Jorge Negrete - Runrun

Cesia Hirshbein, el nuevo amor de Jorge Negrete

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La vida de la profesora y escritora Cesia Ziona Hirshbein es otra razón para la esperanza, con todo y el dramatismo que encierra. Venezuela la acogió junto a sus padres en 1953. Ezra y Ruth venían de una temporada en el campo del horror, Auschwitz. Es una verdad como una catedral: este país se abrió siempre a quienes llegaron a estas costas huyendo del hambre, la guerra y la persecución

Sebastián de la Nuez

@sdelanuez

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CESIA ZIONA HIRSHBEIN HA TRABAJADO casi toda su vida en la Universidad Central de Venezuela, donde fue directora del Instituto de Estudios Hispanoamericanos. Es una mujer sensible y de una vitalidad que alegra al prójimo. Acaba de escribir  un libro sobre un enamoramiento sin fronteras de tiempo ni lugar que arranca en el hotel El Conde en 1949: el de ella, o su alter ego, con el mismísimo Jorge Negrete. Cesia vive en Los Palos Grandes y lleva por dentro las ruinas de Auschwitz clavadas a manera de recordatorio.

Después de muchos años volvió sobre esos pueblos de Polonia donde nacieron sus padres, en los que alguna vez tuvo a unos abuelos y unos tíos que jamás conocería: Könin y Kosminek. Fue cuando trató de recabar todos los nombres de familiares desaparecidos en los guetos y campos de exterminio o concentración, pero qué va. La familia es, o era, demasiado grande. Algunos se salvaron porque se habían marchado antes de la guerra a la Palestina de entonces. En realidad, a todos los judíos que encontraron en ese pueblo los mataron. Esto se lo explicó la encargada del registro civil a la propia Cesia. En su segundo libro de cuentos, A media voz, se halla el relato de la mortandad de judíos en el bosque de Könin.

Cesia guarda la memoria heredada y ahora, luego de El largo baile del adiós, su personal épica tras el galán mexicano que la enamora, emprende el relato de la saga familiar en un texto de largo aliento que escribe poco a poco. Sobre todo fue Ezra Hirshbein quien le contó cosas y se las contaría, luego, a David Alizo para que escribiera su mejor novela: Nunca más Lili Marleen (Ediciones B, 2008). Ezra murió en ese año y también Alizo, el republicano del este que tanto se le pareció a Negrete.

La madre de Cesia, Ruth Kot, procesó con mayor dificultad las amarguras del Holocausto y quizás nunca se recuperó del todo. No hablaba casi de ese tiempo. Ambos, Ruth y Ezra, luego de un año en Auschwitz, el último de la guerra, y de un periplo que los llevó a Bavaria (donde nació Cesia) y después a Israel, encontraron refugio en un país que a su llegada padecía una dictadura pero que algún día sería democrático. Llegaron por La Guaira en un barco italiano que los trajo en tercera. 

El horror

Los nazis, como se sabe, entraron a Polonia en 1939. Entraron sus soldados en autobuses a Varsovia con letreros que decían bien grande “Vamos a matar judíos”. No es que Cesia lo leyó en un libro o en los periódicos, no. Eso se lo ha contado una testigo que tiene hoy en día más de 90 años y vive en Israel, prima hermana de Ruth. No ha pasado tanto tiempo.

Hay más historias vívidas que se parecen a las de Vasily Grossman, Primo Levi o Ana Frank. Aunque las imperdonables provocaciones de Hitler habían comenzado en Checoslovaquia, con la invasión a Polonia fue que se desató la Segunda Guerra Mundial. En Könin de inmediato se dedicaron a enviar a los judíos a unos guetos amurallados, ya que todavía no contaban con el recurso de los campos de concentración.

Al abuelo de Cesia se le ocurrió que lo mejor sería huir a otro pueblo. Lo hizo: en una carreta se llevó a toda su prole, dirigiéndose a Kosminek, donde tenía familiares. Allí, entonces, se conocieron Ruth y Ezra. Luego se separaron. Había tres guetos en las cercanías. Los repartieron en ellos. Luego ya serían los campos de concentración. En Auschwitz, los nazis aprovecharon la infraestructura de una vieja base militar. Ese nombre, Auschwitz, es una germanización del original en polaco. Los alemanes se construyeron alrededor unas grandes casas y se instalaron allí con sus esposas. Casas de lujo mientras esclavizaban y mataban judíos.

Los alemanes habían entrado en Könin justo cuando se celebraba el año nuevo judío, de modo que la comunidad estaba reunida en las sinagogas; luego se encerró en sus casas a rezar. “Pero qué va, los agarraban. Pusieron a los más viejos a limpiar las calles. Empezaron a torturarlos. Mi abuela [por parte del padre] se veía mayor aunque tenía solo 40 años: una cara desvencijada. Era bien humilde, llevaba una vida dura para alimentar nueve bocas de cada uno de sus hijos. Los nazis los agarraron, y con ellos al hermano menor de la familia y a la hija mayor. Los seleccionaron de primeritos”.

Eso cuenta Cesia. Y cuenta que oficiales nazis preguntaban a los padres de familia: ¿va con su hijo a la cámara de gas o usted lo deja y yo lo tomo y lo tiro por la ventana?

El padre de Cesia fue testigo. Hubo quienes dejaron marchar a sus hijos sabiendo que los iban a matar, pero la verdad es que quienes aceptaron eso quedaron muy marcados sicológicamente. Dice Cesia: “Le pasó a una prima de mi mamá, dejó ir a su hijo y se volvió loca. Pasaron cosas que desde el punto de vista humano no hay cómo explicarlas. Eso lo vivieron mis padres”.

Hablaban los nazis de la nueva tierra o patria para los alemanes. Había que darles esa tierra pues, según ellos, se las debían desde la Primera Guerra Mundial.

Ezra y Ruth, cada uno por su lado, trabajaron como esclavos. Cada vez que los alemanes buscaban a alguien para un trabajo, Ezra levantaba la mano. ¿Necesitan un herrero? Voy. Lo que fuera, porque sabía que en ello le iba la sobrevivencia. En su barracón se acostaban los reos a dormir y muchos amanecían muertos.

Ruth cosía; trabajaba con una prima en una fábrica de ropa. Hacían unos zapatos de paja. Una paja que permitía un trenzado muy fuerte. “Un día mi madre vio, en un documental, a soldados rusos caminando con ese tipo de zapatos que ella cosía. También cosía los botones de los uniformes de los nazis. Las mujeres eran costureras. Era una lotería trabajar de costureras. A otras las usaban para trabajos peores. Y algunas debían hacer de prostitutas, las más guapas. Y luego las mataban. A las mujeres les rapaban el pelo, tenían que caminar desnudas de una barraca a la otra. Un baño para 300 personas”.

Se reencontraron Ruth y Ezra después de la guerra. Al padre le ocurrió lo que narra Primo Levy en La tregua. Cuando lo agarraron los rusos, una vez tomado el control del territorio en 1945, estaban por llevárselo a Siberia y él no sabía nada: condenado. Sin embargo, pudo escaparse. Le contaba a Cesia que los rusos agarraban a cuanto alemán viesen por el camino y lo mataban. Hubo muchos rescatados de los campos de exterminio que murieron al atragantarse con la comida que les daban, de lo desesperados que estaban.  Otros quedaron dando tumbos sin rumbo, sin ayuda, sin casa, sin familia.

Dos varones y dos hembras murieron en Auschwitz, hermanos de Ezra. Y un cuñado, el esposo de Fela, que era partisano y lo mataron entre los primeros. Por parte de Ruth murieron una hermana y los padres.

El refugio 

Llegó la familia, pues, en 1953. Las dos hijas, Cesia y Judith, solo hablaban hebreo. Fue traumático para ellas enfrentarse con una cultura diferente, un idioma completamente desconocido. Y para la mamá fue un drama. Vivieron cerca de la esquina de Mamey, iban de compras al mercado de Quinta Crespo y a Cesia jamás se le olvidará la delicia de merengada de lechosa con huevo que vendían justo a la entrada. ¡La cosa más rica del mundo, con canela y huevo crudo batido! Daban una ñapita, lo que quedaba en la licuadora, en un vasito aparte y ese era el que engullía la niña. Ruth llevaba un diccionario polaco-español, se perdía en las calles con sus hijas y se ponía nerviosa. Al principio fue fuerte esa condición de inmigrante.

Ezra trabajaba de zapatero remendón hasta la madrugada para que sus hijas estudiaran, Les inculcó desde chiquitas: “Ustedes van a estudiar lo que yo no pude estudiar”. Era un maestro zapatero, en verdad: había aprendido el oficio desde los 13 años en Könin, por las mañanas, mientras estudiaba por las tardes. Era una tradición familiar. Dice Cesia: “Mi papá amó muchísimo este país. Le dolió en el alma cuando este galáctico se convirtió en presidente”.

Tenía razones para amarlo. Sacó adelante a su familia desde su condición de zapatero remendón hasta convertirse en el proveedor de botas especiales para los obreros de La Electricidad de Caracas, de una productora de cerveza y del Metro. También fabricaba botas militares de la mejor calidad. Cierto: suena como una terrible paradoja esto último.

Cesia estudió en el Moral y Luces, se convirtió en una mujer de inquietudes, atenta a las bellas artes, lectora voraz. Parió dos venezolanas con su primer marido, Nora y Noemí, ambas profesionales por la UCV.

Su cotidianidad en su apartamento de Los Palos Grandes está marcada por el nieto que vive con ella (tiene 14 años y estudia en el Hebraica), por la administración y promoción de la obra que dejó Alizo y por esta pulsión de escribir que es como una noria: se sube a ella bien para vivir un idilio apasionado con Jorge Negrete y enfrentarse a una celosa María Félix, bien para darle vida, desde los fragmentos heredados, a ese horror que jamás terminará de narrarse.

Ojalá los venezolanos tengan similar actitud respecto a la tragedia de los últimos veinte años: no olvidar. Documentar, dejar constancia de esto que le ha sucedido a un país cuyo pueblo, en un momento de ofuscación, descreyó de su propia democracia para apostárselo todo a un militar golpista.

En la foto: Cesia Ziona Hirshbein en la librería La Central, en Madrid, en octubre de 2018.

 

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