El peor ciego por Víctor Maldonado C.
El peor ciego por Víctor Maldonado C.

Ciego

 

No hay peor ciego que el que no quiere ver, y nadie aprende en cabeza ajena. Ambos refranes son muy sabios y muy dolorosos. Lo que ocurre en Venezuela no es inédito. Es la repetición trágica de una farsa en la que ya resulta insostenible el rol omnipresente del estado en todos los ámbitos de la vida nacional.

El 13 de abril de 1972 el diario El Mercurio de Chile publicó un artículo que, a la luz de lo que hoy nos ocurre, resulta más que llamativo. “El dinero: pesadilla de la intelectualidad de la izquierda” comenta un informe del partido comunista –eje central del gobierno de Salvador Allende- en el que “llama la atención sobre la necesidad de disminuir drásticamente la cantidad de dinero o, como dicen los documentos citados, quemar circulante”.  Nada más y nada menos que un reconocimiento de que el populismo económico y el irrespeto a las leyes del mercado “provoca escasez e inflación y, con ello, una pérdida de popularidad creciente por parte del gobierno”.

Pero el artículo no queda allí. Nos dibuja una escena conocida. El gobierno de Allende también estaba convocando los mismos espectros que actualmente está manoseando el régimen venezolano. El comunismo no suele reconocer culpas. El comunismo y los comunistas padecen de esa enfermedad infantil llamada irresponsabilidad. Nunca asumen las consecuencias de sus propios actos. El comunista prefiere invocar esa reserva de resentimientos que es propia de la ignorancia y el envilecimiento, y explotar la necesidad que tienen los pueblos de tener a la mano un culpable para compensar la frustración de tantas promesas incumplidas y de tanta poesía violentada.

Sin embargo (así ocurrió con el Partido Comunista Chileno en 1971) la realidad a veces decanta en momentos de lucidez, incluso en aquellos condenados a sufrir los estragos de las utopías. Lo cierto es que fue el Partido Comunista –eje de la política de cambios del Gobierno de la Unidad Popular- el que en un arrebato de conciencia reconoció que “toda la campaña orquestada por el gobierno tratando de culpar a otros del desabastecimiento generalizado no tiene asidero alguno; el desabastecimiento no se debe al acaparamiento de los comerciantes o productores; nada tiene que ver con el tamaño colosal de los refrigeradores del barrio alto; nada tiene que ver con los anteriores gobiernos; no se debe a los latifundistas que ocultan la producción de alimentos. Se debe a un exceso de circulante, derivado de la política económica del gobierno actual.”

La historia suele limar las asperezas de la contradicción. Poco se recuerda de los fatales errores del gobierno de Allende. De su tiempo solo ha quedado la mascarada de un personaje de opereta que supuestamente fue víctima inmolada de una confabulación, pero no de sus propios errores. No fue así. Su desastre fue el resultado de una mala política económica que fue engendrada por un mal enfoque político, y del complejo de héroe fatuo que se esconde entre el pecho y espalda de todo aquel que apuesta a fortalecer el papel del Estado en la economía. Chile lo pagó con sangre y con la vivencia de una oscura época de represión que resulta para mi igualmente intolerable. La represión, que fue consecuencia del desorden social creado por una cabeza llena de utopías, fue tan inaceptable como la babosa incapacidad del gobierno de Allende para entender que la realidad y la economía son algo más  algo más que trovas, poemas y sublimación de la revolución cubana. Los pueblos pagan los errores y desaciertos de sus líderes. Insisto y aclaro: Las dictaduras no deberían existir. Los militares no resuelven problemas, por lo general los empeoran. Pero tampoco deberían ocurrir los socialismos, ni permitir nosotros sus excesos. Son los socialismos los que se encallejonan y cierran opciones.

Aquí estamos en lo mismo, porque nadie aprende en cabeza ajena. Y porque Dios ciega a los que quiere perder. Escribo esto con el mal sabor de saber que los calabozos de la policía política alojan a destacados empresarios venezolanos, supuestos culpables de delitos inventados dentro de una falsa trama de guerra económica. Gente de carne y hueso. Gente con familia y reputación que va a tener que descontar días perdidos solamente porque el gobierno no quiere reconocer que todo esto es el resultado de sus propios errores: Una economía malograda por el socialismo del siglo XXI y la prepotencia del populismo que se resiste a las evidencias de la realidad: que todo tiene un costo, que la demagogia se paga, que el dinero circulante debe ser el producto del trabajo que genera riqueza y no de la tentación populista que siempre es mentirosa en sus propósitos.

Aquí se ha multiplicado por diez el dinero circulante, a pesar que están en el suelo las reservas y la productividad del país. La trampa en la que se hunden todos los socialismos es que rompen los nexos entre la producción y la distribución. Quieren se distribuyan los bienes que no se producen. No entienden de la dinámica económica. No les entra en la cabeza que la riqueza es el resultado del trabajo y la inversión continuos y sistemáticos.  Aquí circulan billetes que no tienen respaldo. Mucho dinero inorgánico que no representa para nada la realidad que se expresa en la ruina siderúrgica, cementera, agroindustrial, química, petroquímica, petrolera y de servicios. Aquí se mantiene esa fantasía creyendo que los deseos empreñan. Y no es así. No empreñan pero si provocan estas injusticias como estos presos sin culpa y como esas empresas expoliadas a pesar de no haber hecho otra cosa que haber tenido el coraje de permanecer abiertas. Lástima que aquí la lucidez sea tan escasa como casi cualquier cosa que busquemos.

El socialismo es irrealizable porque el cálculo económico se sustituye por la suspicacia política. Nadie en el gobierno se pregunta sobre la eficacia de sus políticas económicas. Las pretenden perfectas. Nadie se pregunta si es posible producir sin tener acceso a los insumos importados. Ninguno de ellos entiende que el acceso oportuno a esos insumos solo es posible si antes se paga lo adeudado. Ellos no comprenden que nadie va a vender por debajo de los costos. Y mucho menos que la logística de distribución requiere de buenas carreteras, rutas aéreas y otras infraestructuras que aquí están colapsadas. No les da la cabeza para relacionar las colas con la desconfianza que provocan sus medidas. No entienden que la gente juega a proteger su patrimonio y mejorar sus capacidades de sobrevivencia cuando captan que el gobierno es incapaz de hacerlo por ellos. El socialismo es inviable porque es un inmenso acto de torpeza intentado por una logia de prepotentes que no tienen nada más que exhibir que su propia arrogancia.

A este gobierno le falta razón e ideas, pero le sobra impunidad represiva. Piensa que lo económico y lo político se resuelve a carcelazos y expropiaciones. Empero ni la cárcel siembra maíz ni las expropiaciones mejoran las reservas internacionales. La solución es otra. En 1973 Eduardo Frei Montalvo denuncia que su país, Chile, se está destruyendo: “Tenemos menos azúcar, menos papa, menos aceite… el país tiene un déficit de más de cuarenta mil millones del presupuesto y las emisiones inorgánicas se están transformando en el más grande fraude de la historia. Chile vive una inflación, la más alta y grande en el mundo…”. El socialismo es recalcitrante en sus resultados. Aquí la misma receta está provocando los mismos estragos.

Von Mises concluye su libro “Socialismo” con esta frase: “Lo que se necesita para detener la tendencia hacia el socialismo y el despotismo es sentido común y entereza moral”. ¿Los tenemos?

 

@vjmc