Normalmente comienzo mis artículos en esta columna con alguna floritura verbal. Una metáfora, una anécdota o una breve disertación teórica que se relacione con el asunto que me concierne en cada ocasión. Hoy no. Hoy iré directo al grano. Ni en el título habrá insinuaciones. Lo repito: ¿Estamos mejor o peor? Con respecto a lo que teníamos en Venezuela antes de enero, quiero decir. Si no me permito divagaciones, es porque la pregunta apremia. Apremia, a su vez, porque millones de mis conciudadanos la están pasando muy mal, y no creo que tengan disposición a hablar de otra cosa, así sea tangencialmente. Los apagones diarios de varias horas les hacen la vida de cuadritos. La angustia comprensible que ese calvario les produce ha llevado a muchos a hacerse aquella pregunta comparativa.
Comparemos, pues. No pretendo decirle a nadie cómo debe sentirse. Sobre todo, no pretendo dictar emociones, desde mi admitidamente privilegiada ubicación en una Caracas exenta de cortes de luz, a quienes están entre tinieblas en Maracay, Valencia, San Cristóbal o Maturín. Pero sí voy a presentar un conjunto de datos y hechos públicos, notorios y comunicacionales que son insumos para responder a la pregunta titular. No de forma incuestionable, sin duda, pues yo, humano colmado de imperfecciones al fin, nunca soy incuestionable. Sí les aseguro que es el producto de mi mejor esfuerzo, como siempre. Es posible que algunas de las cosas que diga a continuación suenen repetitivas con respecto a un artículo de hace unos meses, sobre los tiempos de espera razonables para cambios en Venezuela. Pero dada la inquietud colectiva sobre la cuestión titular, creo que vale la pena reiterar lo que haya que reiterar.
Lo primero que hay que decir es que la variable técnica que responde a nuestra pregunta es la calidad de vida. Esta a su vez se desglosa en distintas variables más estrechas. Entonces, para tener una buena visión sobre la calidad de vida antes y después, es necesario considerar la mayor cantidad posible de estos elementos. La luz es uno de ellos, muy importante, pero no el único. A grandes rasgos, los podemos agrupar en tres bloques: libertades civiles y políticas, condiciones macroeconómicas y estatus de los servicios públicos.
Comencemos con las libertades civiles y políticas. Este es sin duda el ámbito en que ha habido mejoras más notables. Ya que por años el miedo al castigo por oponerse al poder ha sido el principio rector de la política venezolana y que el castigo por antonomasia ha sido la cárcel, la situación de los presos políticos es un buen punto de partida. Según cifras del Foro Penal, en diciembre de 2025 había 893 presos políticos. Hoy, según esta misma ONG, hay 379. Eso es una reducción de 58 %.
A diferencia de momentos previos en los que hubo una excarcelación importante de presos políticos, en esta oportunidad no se ha registrado una reactivación de la temida “puerta giratoria”: pasan y pasan meses sin reportes de nuevos cautiverios por razones políticas. Hay no obstante un nuevo patrón de castigo arbitrario más laxo que ha sido aplicado a un puñado de individuos en estos meses: se les arresta por unas horas y luego son puestos en libertad restringida, bajo régimen de presentación en tribunales.
Desde enero se han registrado algunas protestas contra el gobierno. Algunas no fueron reprimidas. Otras sí, pero de forma considerablemente menos brutal que en años previos, sin personas que hayan quedado gravemente heridas o peor. Mientras, varios políticos opositores y periodistas han regresado del exilio. Dirigentes como Juan Pablo Guanipa y Jesús Armas, ambos presos hasta enero, han podido entrar y salir del país libremente. Las televisoras han cubierto en vivo protestas contra el gobierno y entrevistado a opositores de una manera que antes era impensable. Al mismo tiempo, por otro lado, portales de periodismo que molestan a la elite gobernante, nacionales y extranjeros, permanecen bloqueados por Conatel.
La razón por la que este bloque es el que puede lucir más progreso es que el desempeño de sus variables depende de decisiones de efecto inmediato por parte de la elite gobernante. Por desgracia, no pasa lo mismo con los otros dos bloques. Porque incluso si se toman las decisiones correctas en pro del bienestar público, se necesita no poco tiempo y esfuerzo para corregir un inmenso daño material acumulado. Además, son estos dos otros bloques los que inciden más en la cotidianidad del ciudadano común. Ese ciudadano que, a diferencia del político o el periodista, no tiene que relacionarse con la política todos los días. Al no tener que hacerlo, es posible que no sienta las mejoras ya discutidas y que por eso piense que estamos peor que antes de enero.
Veamos ahora las condiciones macroeconómicas. Si bien no es el único problema de este bloque, sin duda el que más impacta negativamente en la vida de la gente es la inflación. El poder adquisitivo sigue estando por el piso porque los precios aumentan mucho más que los ingresos de los hogares. Así que me voy a limitar a considerar esa variable. Este año el Banco Central de Venezuela reanudó la publicación de sus cifras de inflación. Justamente porque el año pasado no lo hacía y llegamos al extremo de que economistas que lo hacían por cuenta propia fueron “casualmente” detenidos por horas o días, es difícil comparar.
Pero hay formas de hacernos una idea. Por años en Venezuela, uno de los principales factores detrás de la inflación, tal vez el mayor de todos, ha sido la brecha cambiaria. Esa brecha tuvo un incremento vertiginoso durante el año pasado. A finales de 2025, estaba en alrededor del 100 %. Al momento de la redacción de estas líneas, es 12 %. Puede que la paralización de actividades económicas por el terremoto doble haya producido una caída ilusoria que pronto se revertirá. Pero en los meses antes de los sismos la brecha cambiaria osciló entre 30 % y 40 %, Malo, sin duda. Pero no tanto como el año pasado.
Por último, tenemos los servicios públicos. Pongamos el foco en la luz y el agua. Ciertamente, 2026 ha sido un año bastante negativo en cuanto a la provisión de electricidad. Se han agudizado los cortes en buena parte del país. Sin embargo, quien haya observado atentamente la evolución del problema eléctrico en Venezuela sabe que este no es el primer agravamiento. Ha habido varios ciclos de agravamiento y alivio en los últimos 16 años. Hace precisamente una década, durante la primera mitad de 2016, tuvimos un agravamiento severo, en medio de una sequía prolongada que hizo bajar el nivel del Embalse de Guri.
En 2025, por cosas del azar en un país muy mal administrado, tocó, en simultaneidad con otros problemas que (ya vimos) estaban peores que hoy, una etapa de alivio en el problema eléctrico. Ahora tenemos una de agravamiento. Pero es eso: una de tantas etapas de agravamiento. No un deterioro sin precedentes que solo puede apuntar a empeorarse. Yo no diría que es siquiera la peor etapa de agravamiento que hemos vivido, pues ese título corresponde, a mi juicio, a 2019, con el megaapagón nacional. Es posible que a personas angustiadas por los problemas del presente la memoria solo les alcance para el pasado inmediato y que por lo tanto solo comparen con la etapa de alivio de 2025 y se hayan olvidado de los agravamientos previos. Pero el registro de los segundos está ahí.
Con el agua pasa lo mismo que con la electricidad. Ciclos de alivio y agravamiento en distintos lugares del país que no necesariamente coinciden entre ellos. A Cumaná, muy lamentablemente, le tocó este año un agravamiento abismal. Por desgracia, reparar los servicios de luz y agua es algo que va a tomar años, por, como dije, el daño acumulado. Nunca fue una expectativa realista creer que el problema se resolvería en unos meses.
Por instinto de supervivencia, las personas tenemos un sesgo de fijación en lo negativo. Eso siempre nos llama más la atención. Ténganlo en cuenta a la hora de evaluar variables de calidad de vida. Me ha pasado que, cuando remito a todos estos datos y hechos para comparar, algunos interlocutores prefieren taparse los oídos para así empecinarse en que la mera sugerencia de que no estamos peor que antes es ridícula. Eso me recuerda algo que decía Cioran: quien sufre cree tener un monopolio sobre el sufrimiento. Solo su sufrimiento merece ser reconocido por los demás. Parece que este celo se extiende incluso contra el “yo” pretérito. “Solo yo, hoy, debo ser visto sufriendo”. No sigo por este camino porque me comprometí a no decirle a nadie cómo sentirse. Pero igual extiendo la invitación a que tenga en cuenta los datos y los hechos.
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