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#CrónicasDeMilitares | Santander deja sin hueso sano al marqués del Toro, por Elías Pino Iturrieta

Imagen: Francisco Rodríguez del Toro, el marqués del Toro (izq) y Francisco de Paula Santander (der.). Compos. Runrunes

Las puyas del vicepresidente Santander y las ínfulas magisteriales del marqués del Toro ofrecen un testimonio precioso de la política de la época

 

@eliaspino

Sabemos que a don Francisco Rodríguez del Toro, Marqués del Toro, no le fue bien como conductor de tropas. Todo lo contrario, porque sus campañas de la llamada Primera República contra los realistas de Coro y Valencia fueron un fracaso sin paliativos. Pero le atraía la materia, la flama de los campamentos y la preparación de las contiendas, según se desprende de un curioso plan para la defensa de Colombia que envía al ministerio de la Guerra en 12 de enero de 1824 (Las Fuerzas Armadas de Venezuela en el siglo XIX, Caracas, Ediciones de la Presidencia de la República, tomo 4, Caracas, 1963). Entonces ejerce el cargo de intendente del Departamento de Venezuela, al cual solo incumben los asuntos civiles, pero se atreve a aconsejar en la materia militar que le ha sido esquiva.

El documento es digno de atención debido a los comentarios fulminantes que hace sobre su contenido el general Francisco de Paula Santander, vicepresidente de la república, que veremos a continuación.

Santander lee con detenimiento el plan que ha enviado el marqués desde Caracas, y lo llena de observaciones escritas de su puño y letra. Podemos suponer que lo hace como parte de sus obligaciones oficiales, o debido a su esmero en el servicio, pero confiesa la emulación que lo mueve. Escribe en el pie de la primera página:

Pongo al margen observaciones, no porque sirvan de contestación, sino para que en algún tiempo se sepa que el Vicepresidente actual de Colombia entiende más de guerra que el Intendente de Venezuela».

Don Francisco de Paula siente la necesidad de demostrar su superioridad frente al atrevido remitente, solo eso lo lleva a hacer observaciones cáusticas. De allí su importancia, pese a que, tal vez, no solo reflejen una antipatía personal sino también diferencias con otros funcionarios venezolanos. Un detalle de sus apuntes lo sugiere, como veremos más adelante.

Cuando inicia el documento, el marqués insiste en la necesidad de cuidar con esmero las operaciones del río Apure y la navegación del Orinoco. Veamos lo que apunta su lector: “Esta experiencia la tiene el Vicepresidente de vista y sufrimiento y no de oídas”. La descalificación es contundente, no en balde hace una analogía entre la dura vivencia  de las campañas militares y las palabras vanas. Después el remitente sugiere reformas de fortificaciones y artillería en Guayana y Maracaibo, ante lo cual anota tajantemente el incomodado superior: “Que se vean las comunicaciones anteriores a los del Zulia y Orinoco sobre la defensa de sus provincias, y las que tiene sobre Guayana el mismo Intendente de Venezuela”. Está lloviendo usted sobre mojado, como puede sentir si revisa con atención los papeles que se le han enviado oportunamente, y que no ha leído, pudo escribir Santander si quería dar a su pluma mayor contundencia.

Pero no hay que impacientarse por la llegada de dardos más envenenados, debido a que no tardan en aparecer. El plan se detiene después en la sugerencia de preparar a Santa Marta para evitar su dominio por probables invasores, y en la necesidad de proteger las comunicaciones entre Maracaibo y el Valle de Upar. Anota Santander sobre la sugerencia: “Santa Marta no es plaza fuerte que pueda resistir un sitio”. Y sobre el otro asunto: “Esto es tan claro que lo comprende aun quien jamás haya saludado el arte de la guerra”. ¿Cabe mayor altanería, mayor desprecio?

Por supuesto. El marqués se atreve luego a sugerir la reforma de los cuerpos de dragones y a plantear la manera de manejarlos con mayor eficacia, ante lo cual garabatea Santander: “El Intendente no debe haber leído a los profundos militares que demuestran la inconveniencia de los Dragones”. Pero todavía hay más. Cuando pretende hacer observaciones panorámicas sobre la defensa del Departamento, veamos lo que anota Santander: “Verdades que el Vicepresidente en vez de haberlas leído u oído, las ha palpado y tiene prescrito el plan de defensa dado para Venezuela”. Huelgan los comentarios.

Como el vicepresidente no plantea sus observaciones para que se responda de manera formal al Marqués-Intendente, estamos ante un caso de animosidad del cual pueden enterarse los allegados a los altos círculos políticos y el propio ministro de la Guerra. Son probabilidades que no se deben subestimar en un ambiente proclive a la división, y en el cual se hacen cada vez más evidentes las distancias entre los administradores de Bogotá y los subalternos de Caracas.

Sobre cómo se puede relacionar la vicisitud con las querellas que entonces suceden entre venezolanos y neogranadinos, de acuerdo con lo que se sugirió antes, es decir, para que salgamos de los estrechos límites de un encontronazo personal, una última anotación de Santander ofrece pistas. Escribe, en la parte final de sus objeciones:

Ya el Gobierno descubre que el Intendente lo que más desea es publicar su papel para que le admiren sus conocimientos, a imitación de la publicación que ha hecho El Venezolano de las observaciones del Administrador del Tabaco. Y para contrarrestarle he escrito estas notas en febrero 11 de 1824”.

La nota traslada el asunto de lo individual a lo colectivo, de lo particular a lo panorámico, para que los historiadores puedan ubicar el testimonio dentro de un contexto amplio con el cual se vincula. Debemos recordar que, como desvela su título, El Venezolano es un periódico de Caracas que hace críticas de la administración bogotana desde la perspectiva de los intereses locales. En torno a esa peculiaridad se puede entender la última observación añadida por el neogranadino, que permite una comprensión más certera de lo que puede ocultar su antagonismo con el Intendente del Departamento de Venezuela. Aunque, si solo se tratara de una querella personal, las puyas del vicepresidente y las ínfulas magisteriales del marqués ofrecen un testimonio precioso de la política de la época.