El pasajero de Truman, por Sergio Dahbar

El pasajero de Truman, por Sergio Dahbar
Foto: http://www.counter-currents.com/

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Debe llamarse justicia poética. 45 años después de la muerte de unos los escritores más influyentes del siglo veinte, Ezra Pound (1885/1972), nació en Italia un grupo fascista –CasaPound– que defiende el cierre de las fronteras y la repatriación de inmigrantes. Su sede central en Roma se encuentra en Napoleone III, arteria repleta de negocios de chinos.

CasaPound tiene cien sedes en Italia. Veinticinco abrieron en 2015. Se trata del colectivo europeo de ultra derecha que crece más rápido. El edificio en Roma tiene 6 pisos: los ocuparon en 2003 y ahí se quedaron, como una enfermedad. Sus seguidores tienen entre 16 y 30 años: muy pocos saben qué hizo Mussolini.

CasaPound cuenta con pubs, gimnasios, club de motos, grupo de protección civil, emisoras de radio, e incluso una ONG. Ocupó el vacío que dejaron centros sociales de antaño. Analistas señalan una posible “ventaja’’ italiana frente a otros países de Europa: digieren el fascismo con naturalidad. Quizás porque el sistema de pensiones fue creado por Mussolini.

Lo que me lleva a Pound. Poetas de todo el mundo –Juan Ramón Jiménez, Borges, Montale–, con posiciones políticas adversas –Pasolini, Ginsberg, Cardenal, Gelman– reconocieron su influencia. Era una usina de ideas alrededor del arte, la música, la política, la economía, la estética y la ética.

Fue uno de los poetas más notables de habla inglesa, y un investigador incansable de los clásicos. La Enciclopedia Británica reconoce sesenta años de actividad editorial; sesenta libros propios; número similar de colaboraciones en libros ajenos; y un millar y medio de artículos especializados.

Su mala espina fue convertirse en traidor. Realizó alocuciones radiales entre 1941 y 1943. Dos veces a la semana anunciaba: “Esta es la voz de Europa. Habla Ezra Pound desde Radio Roma”. Disertó contra la usura, el Talmud, el Antiguo Testamento, Roosevelt, Churchill y los judíos.

Entre desmanes y odios viscerales, refería conceptos de filosofía y arte moderno, comentaba novelas de Flaubert, James, Joyce y Celine. Y defendió el fascismo. En el momento en que los japoneses bombardeaban Pearl Harbor. Cuando acabó la guerra, fue detenido por partisanos y pidió ser llevado ante el presidente Harry Truman para aconsejarlo con la sabiduría de Confucio.

El 23 de mayo de 1945 ingresó en el Centro de Entrenamiento Disciplinario (CED) de Pisa: lo llamaban “el intestino delgado del ejército”. Una cárcel para traidores, desertores, violadores y asesinos. Las celdas eran jaulas de metal. Allí escribió los Pisan Cantos, que le valieron el premio Bollingen en 1958.

Los presos vieron entrar a un pelirrojo viejo y loco, con un libro de Confucio y un diccionario de chino bajo el brazo. Pasó 6 meses en Pisa, antes de ser trasladado a Estados Unidos para ingresar en el hospital psiquiátrico St. Elizabeth, donde pasaría 12 años. La justicia de guerra prefirió declararlo loco, que condenarlo a muerte.

Para Alfred Kazin “representó fiel, dramáticamente, a la locura, al mal juicio, al desdén brutal por la persona humana y su inviolabilidad que caracterizó las ideas seculares de tantos intelectuales’’.

En 1958 quedó en libertad y regresó a Italia. Murió en 1972. Fue un enigma. Muchos intentaron comprender la naturaleza de su ética sin éxito. Se trata de un caso más de los trágicos que existieron (y existen) en el mundo.

Un artista irrepetible y un ser humano incapacitado para comprender el daño que le hizo el fascismo al mundo. Sólo ante Allen Ginsberg reconoció que su peor error fue someterse al antisemitismo, ese “prejuicio suburbano”. Hoy, de manera inflamable, su nombre invoca nubarrones en Italia de nuevo. El círculo no se cierra.

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