La Pelusa roja por Jean Maninat

La Pelusa roja por Jean Maninat

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En medio de las malas noticias que cerraron ese año –annus horribilis como ninguno- hubo una que destacó sobremanera, una verdadera “bomba” que expandió un frío glacial sobre el poco entusiasmo que generaban aquellas navidades devaluadas que ponían fin al 2014: el presidente Maduro, anunció que delegaría la agenda política y se centraría en el tema económico. El frenesí que recorrió las principales plazas financieras quedó grabado en miles de secuencias donde corredores de bolsa asiáticos, anglosajones, afroamericanos, paulistas y chilangos, se arremolinan frente a esos monitores donde titilan unos signos verdes que semejan marcianitos, mientras vociferan órdenes y contraórdenes subrayadas por las grotescas contorciones de sus dedos: vendo, remato, todo lo que huela a Venezuela, es lo único que se logra oír entre el pánico ensordecedor que inunda the floor. Una tenue pelusa roja, esquiva al ojo humano, flota por doquier, anunciando la pava por venir. Dando traspiés, tumbando sillas y computadoras, los más jóvenes empezaron a caer agarrándose la garganta mientras unos filamentos umbríos les brotan como bachacos de la boca. Fue el primer ataque de la Pelusa roja.

En Pekín, en la sede del Politburó, un grupo de jerarcas despeinados, ojerosos y en pijamas, esperan con atención el informe del equipo encargado de dar cuenta del desplome inminente de la segunda economía mundial. Lucen impasibles, pero la incesante procesión de cigarrillos que no terminan de encenderse o apagarse, traiciona la elegante displicencia de sus costumbres. Quien preside la reunión lee con paciencia el informe secreto que solo él y sus autores conocen. De repente, el folio se le cae de las manos, y con el rostro estupefacto de quien ve un fantasma, deja escapar un maullido: Maduro, economía, préstamos, deudas, hambruna, mala racha… alcanzan a escuchar con asombro los camaradas, mientras sus bocas, orificios nasales y orejas empiezan a despedir una tenue pelusa roja que todo lo tiñe y sofoca, como un velo de mala suerte milenaria.

Es temprano en el palacio de Planalto, en Brasilia; ni la rígida arquitectura de Niemeyer, ni la seriedad que imprime quien manda en el recinto, evocan la alegría carioca de Vinicius. Es un set futurista de los años cincuenta plantado en plena selva. En poco se inaugura una cumbre extraordinaria más de Unasur; los mandatarios se aprestan a tomar sus sitios, y sus asesores a cubrirles las espaldas. No son buenas las noticias que preceden la convocatoria, hay, se diría, una mala racha. El precio del  petróleo se desploma, el crecimiento económico balbucea cifras escuálidas, la masa no está para bollos. La noticia se ha regado como pólvora y todos esperan con aprehensión el mensaje grabado del Presidente que abandonó todo por la economía. (Un ¡Dios qué iremos a escuchar! Les estruja el corazón). Compañeros y compañeras la guerra económica del imperio… se escucha en la sala; un magno estornudo explota alfabéticamente en primera fila, es el segundo secretario de la embajada argentina, que arroja unos filamentos rojos por la nariz que todo lo tiñen y sofocan. Alfabéticamente más atrás, la ministra consejera de Uruguay intenta sacarse una estopa roja que le obtura la respiración mientras corre hacia el puesto de primeros auxilios. Para entonces el pandemónium es generalizado, y al grito de: la Pelusa roja, la Pelusa roja, nos vamos a empavar, las dignatarias corren despavoridas con los tacones en las manos; y los mandatarios protegidos ingenuamente por los sacos bien cortados de sus embajadores, huyen dándose codazos, hacia las puertas de salida. Una nube de polvillo rojo lo va cubriendo todo mientras en el aire hasta los pájaros de mal agüero, intoxicados por tanta pava, se desploman a tierra con los picos cubiertos de una baba rojiza.

Me llamo Cornelius Cook, soy el único sobreviviente de la base estadounidense Amundsen Scott en la Antártida. Por un descuido imperdonable sintonizamos Telesur, en medio de una cadena del primer mandatario bolivariano. Hace dos días avistamos la nube rojiza que se aproximaba. Todos los instrumentos enloquecieron y nosotros también. Nos cayó la Pelusa roja.

(Hasta enero, gracias por la paciencia y la mejor de las fiestas navideñas).

@jeanmaninat

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