El Pitazo: Las iglesias ofrecen refugio y pan en medio de la crisis – Runrun

El Pitazo: Las iglesias ofrecen refugio y pan en medio de la crisis

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La crisis también ha despertado en los cristianos el deseo de cumplir con ese mandamiento que reza amarás al prójimo como a ti mismo. Las ollas solidarias, la donación de ropa y de medicinas son banderas de muchas parroquias católicas del país que socorren a quienes más padecen en una Venezuela agobiada por el hambre y las enfermedades

La fe mueve montañas y en Venezuela es capaz de mover las intenciones de miles de voluntarios que encontraron en las iglesias una forma de hacer labor social y canalizar esa ayuda al prójimo de la que habla Jesús en sus mandamientos.

Ante la crisis, muchos acuden a las iglesias a orar y a pedir por sus necesidades individuales y las de todo el país. Y la ayuda llega no solo como una bendición divina de sus santos, sino también mediante la labor social que realizan algunas de estas parroquias.

El Pitazo compiló seis historias de ese amor que trasciende los espacios de las iglesias para tenderle una mano a cuantos necesitado se acerque a ella. Aquí podrá encontrar el aliento que aportan las buenas causas y el entusiasmo que contagian estas ideas.

Viveros por una sonrisa

Por: Jesymar Añez

Rescatar a un niño de la desnutrición en un mes es posible. La Iglesia católica a través del programa El Vivero parroquial, en el estado Monagas, quiere hacerlo con cuánto niño sea posible.

La idea nació de la campaña Compartir de 2017 y las ollas comunitarias en las zonas más pobres, donde encontraron déficit nutricional en infantes. El coordinador regional de Cáritas, presbítero Gerónimo Sifontes, explica que reunieron expertos y comenzaron a censar a los niños desnutridos para posteriormente brindarles atención.

Entonces, crearon los viveros en los sectores Las Cocuizas, Sabana Grande, La Puente, Jusepín y Quiriquire, municipio Punceres, como programa piloto para alimentar a los infantes inscritos y lograr llevarlos a su peso ideal bajo el acompañamiento de pediatras y nutriólogos.

No es una tarea fácil porque deben alimentarlos durante 30 días y la disponibilidad económica de la iglesia es limitada; de hecho, solo en uno de los cinco viveros los participantes comen los siete días a la semana.

Emirian Salazar es la coordinadora del vivero de la iglesia Santo Domingo de Guzmán, en la parroquia Las Cocuizas de Maturín, que comenzó a funcionar el Domingo de Ramos alimentando a 80 niños. “Ese día servimos 110 comidas porque no solo alimentamos a los infantes con bajo peso sino también a embarazadas y ancianos”, recuerda..

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Los viveros son un programa piloto para alimentar a los infantes inscritos y lograr llevarlos a su peso ideal | Jesymar Añez

Desde ese momento, sirven desayunos de jueves a sábado y los domingos hacen una sopa. ¿De dónde sale el dinero? ¿Quién colabora? El padre Sifontes responde que son los benefactores quienes asumen esta responsabilidad: son familias, feligreses, empresarios o comerciantes. El desayuno del 28 de julio, por ejemplo, lo entregó una familia y el gasto fue de 30.000.000 de bolívares para 52 chamos.

“Los costos aumentan a diario, porque con una inflación cambiante todo se dispara. Pero nosotros confiamos en Dios y siempre tenemos algo para ofrecerle a nuestros niños”, refiere Sifontes, quien resalta que desde febrero a julio han logrado la recuperación de 93 niños de los 392 infantes desnutridos que encontraron en las comunidades censadas en Monagas.

El plan A de la Iglesia es que haya un responsable por jornada. Cuando este falla, ponen en práctica el B, que consiste en activar a la feligresía para que lleven un poquito de cada alimento para prepararlo en la parroquia.

Salazar destaca lo satisfactorio que resulta ayudar: “El corazón se hincha, es una labor muy bonita”. Ella apuesta porque cada día sean más los que quieran sumarse a esta labor y por eso se han dedicado a replicar el mensaje de su presbítero en las comunidades.

Una olla que se multiplica con amor y control

Por: Génesis Carrero Soto

Nunca el refrán “donde come uno comen dos” tuvo tanta vigencia como en La Olla Milagrosa de la Iglesia Nuestra Señora de la Chiquinquirá, en el este de Caracas. Allí, todos los sábados, se activa una maquinaria organizativa que logra dar un plato de comida hasta a 600 personas sin que nadie se quede por fuera y tratando hasta al último comensal con el mismo afecto y cordialidad con el que atendieron al primero.

Desde marzo de 2017 los miembros de esta parroquia se organizaron para ofrecer un almuerzo cada fin de semana a personas en situación de riesgo, adultos mayores necesitados, familias enteras que no tienen recursos, niños abandonados y hasta a los vecinos y vendedores de la zona que ansían un plato de comida caliente.

Carmen Alarcón, miembro del comité organizador del comedor, cuenta sobre la experiencia: “Siempre ha sido una obra de Dios; todas las veces logramos que la comida se multiplique y alcance para todos. De aquí nadie se va sin comer”.

El buen trato y la amabilidad es el factor fundamental que diferencia a La Olla Milagrosa de los distintos comedores que han proliferado en todo el territorio nacional. “Aquí los tratamos a todos con cariño, con respeto, con amabilidad y los ayudamos a socializar y a sentirse en familia mientras comen con dignidad en una mesa, con sillas, con un mantel”, explica Alcira de Hopkins, otra de las encargadas del programa.

Para recolectar los alimentos, fray Luis Antonio Salazar, quien dirige la parroquia, anuncia en su misa de domingo cuál será el menú de la semana siguiente para que los asistentes a la liturgia, los vecinos y los ayudantes corran la voz y comiencen a llevar los insumos que servirán para preparar ese almuerzo. Con esfuerzo y donaciones que van de una en una, el grupo logra reunir lo necesario.
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Los alimentos provienen de donaciones que hace toda la comunidad cercana a iglesia de Chiquinquira | Hirsaid Gómez

Ángeles López, una de las principales organizadoras de esta olla, cuenta que todos los alimentos son donados por personas voluntarias. Pero sin duda es la organización lo que ha hecho de este gran comedor algo sustentable en el año y medio que lleva en funcionamiento. El comité de voluntarios de La Olla Milagrosa cuenta con al menos 100 caraqueños que se mantienen activos en todo el proceso de recolección y preparación de las 5 o 6 ollas gigantes que hacen entre viernes y sábado.

Y, aunque parezca una multitud que con facilidad se puede salir de control, el orden está establecido mediante constantes censos y un proceso de carnetización en el que ya cuentan 500 comensales. Para los censos, los propios encargados se ocupa de hacer listas de los que llegan al comedor y anotar todos sus datos, para después hacer los carnets que también se imprimen con apoyo de los vecinos.

“Nosotros nos ayudamos muchísimo con esto, la verdad es que no podríamos comer todos los sábados si no fuese por este gran aporte”, cuentan Ángel y Margarita Alayón, dos hermanos de la tercera edad que disfrutan sobre todo “del cariño con que nos reciben aquí”.

Este registro les permite también hacer seguimiento a las personas que ya no acuden al centro, a quienes llaman por teléfono para conocer de su situación. La cifra se actualiza cada cierto tiempo para controlar las asistencias, pero el orden no termina ahí, como bien explica otro voluntario, Adrián Díaz, “se trata de poner amor y también control como dice la canción”.

El amor de Dios los mueve a crear nuevas familias

Por: Alexander Olvera

Desde hace aproximadamente un año, la iglesia Santo Domingo de Guzmán en San Carlos, estado Cojedes, junto a un grupo de alrededor de 20 voluntarios de esa parroquia llevan adelante el programa Viernes de Misericordia que reparte almuerzo para más de 140 personas en estado de riesgo, según informó Hernán Rodríguez, sacerdote encargado de la administración de ese templo.

Rodríguez explica que el objetivo de la actividad es satisfacer las necesidades de los hermanos más vulnerables. “Aquí le damos comida a los indigentes que viven en las calles y a otros que viven en sus casas, pero están desatendidos. Aquí llega mucha gente adulta necesitada”, refiere el cura, para quien no solo hay necesidad material, sino también espiritual. En su opinión, el logro más importante es hacerlos sentir como una familia.

Una vez al mes hacen jornadas sociales y médico-asistenciales en las que se les corta el cabello y se les atiende alguna enfermedad ambulatoria “Muchas de estas personas sufren la violencia en las calles porque son pobres, huelen mal o están mal vestidos. Aquí en cambio queremos pasar todas esas barreras humanas y atenderlos lo mejor posible desde el amor y la misericordia de Dios”, comenta el padre.

Al principio atendían a 20 personas y hoy ya ayudan con almuerzos a 140 | Alexander Olvera

El proyecto se sostiene gracias a las donaciones que reciben. “En todas las homilías le recuerdo a los hermanos que nos ayuden con este proyecto. La feligresía ha sido muy receptiva. Todas las semanas vemos los alimentos de los que disponemos y de allí planificamos que es lo que se va a preparar. Ya la gente sabe que debe colaborar y eso se ha ido despertando poco a poco. Ha sido un trabajo arduo que ha dado sus frutos, porque de atender a 20 personas en sus inicios ya sobrepasamos las 140”, apunta.

Y aunque hay personas que no pueden donar alimentos porque quizás su situación no se los permite, a ellos se les pide que vengan a ayudar.

“Aquí siempre hay algo que hacer, desde pelar las verduras, lavarlas, recibir a las personas, acomodarlos en el templo, hablarles de la palabra, hasta llevar la comida a las mesas entre otras muchas labores. A los que no pueden venir porque el horario no se lo permite, les pedimos que oren desde sus casas por este proyecto”.

“Quisiéramos que esto fuera todos los días, pero la falta de alimento no los impide. Tenemos pensado hacerlo un día más, para que sea jueves y viernes. Pedimos a quienes puedan colaborar que se acerquen a nuestra parroquia a ayudar a quienes más necesitan”, asegura el párroco.

Campaña compartir se ocupa de la nutrición
de niños y mujeres embarazadas

Por: María Fernanda Rodríguez

La parroquia El Rosario de la ciudad de Mérida, ubicada en el municipio capitalino de Libertador, es la única iglesia de la entidad, hasta el momento, que se ha unido a la Campaña Compartir impulsada por la organización de la iglesia católica Cáritas Venezuela. Esta campaña se ha llevado a cabo en distintos países de Europa y América Latina como una de las varias campañas de solidaridad que iniciara hace más de tres décadas el entonces Papa Juan Pablo II.

En Mérida, los miembros de la parroquia El Rosario, a través de sus párrocos Ángel Márquez y Cándido Contreras, iniciaron su formación y capacitación con Cáritas Mérida en la Campaña Compartir mediante un taller desarrollado en marzo de este año.

La Campaña Compartir consta fundamentalmente de dos etapas: de atención y seguimiento a los niños con desnutrición de entre 0 y 5 años de edad, y a las mujeres embarazadas con déficit nutricional; y el Atención Vivero.

La primera etapa consiste en la realización de jornadas de atención para el diagnóstico del estado nutricional del infante y la madre encinta. Dichas jornadas se realizan con el acompañamiento de Cáritas en los sectores más necesitados de cada entidad donde ha sido desplegada la campaña.

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En julio de este año la Campaña Compartir llegó a los niños de la comunidad El Rincón de la parroquia El Rosario de Mérida | Ma. Fernanda Rodríguez

La segunda etapa (Atención Vivero) consiste en el acompañamiento durante tres meses continuos a los niños y futuras madres cuyo estado de desnutrición haya sido detectado en alguna de las jornadas de diagnóstico de la campaña. Durante este tiempo a los niños y a las futuras madres se les suministran alimentos, vitaminas, nutrientes, desparasitantes y suplementos alimenticios con el contenido calórico necesario para lograr la recuperación nutricional que cada uno de ellos requiere.

Los insumos utilizados en la Atención Vivero son distribuidos por Cáritas Venezuela y los mismos son donados a través de otras organizaciones, como Unicef Venezuela.

“En nuestra parroquia hemos hecho ya tres jornadas de atención a niños de entre 0 y 5 años y mujeres embarazadas en su último trimestre de gestación. La primera jornada la hicimos a mediados del mes de marzo en el sector Las Quebraditas, justo después de haber realizado el taller de capacitación y formación con Cáritas Mérida. La segunda, la realizamos en el sector Loma de la Virgen, que está bastante necesitado de atención. La más reciente fue hecha en el sector El Rincón, el pasado 28 de julio”, precisa el padre Márquez.

Desde la Parroquia hay conversaciones con una iglesia cristiana ubicada en los Estados Unidos cuyos pastores que son venezolanos― quieren hacer una donación económica para la compra de alimentos destinados a las personas más necesitadas.

140 sopas diarias para el oeste de Caracas

Por: María Jesús Vallejo

El comedor Madre Teresa de Calcuta recibe entre 140 y 160 personas los 365 días del año. Es un espacio para ofrecer almuerzo a personas en situación de calle, creado en marzo de 2003 por el padre Marcos Linares, de la Iglesia Nuestra Señora de la Paz, ubicada en Montalbán, municipio Libertador. A 15 años de su inicio, este programa ayuda a suavizar las preocupaciones de varias familias caraqueñas.

A las 11:00 de la mañana comienzan a llegar hombres, mujeres y niños de diferentes edades. Muchos viven en las calles de Caracas; otros, van con hijos o hermanos para garantizar, por lo menos, una comida al día. Como María Ramírez, de 43 años, que va con sus tres hijas de 7, 8 y 17 años desde hace un par de meses. Ella y su esposo trabajan de manera informal y realizan cualquier tarea que consigan: limpiar, embolsar y mezclar cemento.

El comedor mitiga la angustia: “Tener la ayuda de este comedor; tener, por lo menos, una comida segura, hace que nos olvidemos por un momento de que debemos esperar la caja (Clap) o hacer milagros con los reales”.

Esmeralda España, de 38 años, sirve platos desde hace dos años, aunque llegó al comedor hace ocho. Contó que tiene mucho que agradecerle al padre Linares: hace más de una década que fue a comer en la parroquia, pese a su adicción a las drogas y al alcohol y el aspecto descuidado y sucio que tenía, nunca se sintió rechazada. “El padre Linares me motivó a rehabilitarme y me ofreció un espacio para ser útil, por eso ahora soy voluntaria. Siempre me apoyó”, recuerda.

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A diario se reparten entre 140 y 160 sopas para mujeres, hombres y niños de diferentes edades | Hirsaid Gómez

José Romero, de 73 años, también es colaborador. Lleva el registro de todos los que llegan a comer desde hace cuatro años. “Un día vine por una sopa, al día siguiente volví y, como el que llevaba el registro no veía bien, lo ayudé y aquí me quedé”, relató. Para él, la alimentación es un derecho que no se le niega a nadie, ni siquiera a quienes viven en situación de calle y tienen problemas de adicción.

Desde las 12:30 del mediodía hasta cerca de las dos de la tarde, José agiliza la entrega del almuerzo ubicando a los beneficiarios y verificando que todos reciban el plato de sopa y la ración de fruta.

Otro beneficiario del comedor es Leandro Romero, de 44. Hace ocho años llegó a la parroquia y asegura que nunca le ha faltado ese plato de comida: “El trabajo que hacen estos voluntarios es muy importante. Nos brindan a todos un espacio de tranquilidad, además de una sopa”.

A diario, la parroquia recibe la ayuda económica o de insumos como verduras y vegetales de quienes quieran sumarse a la causa que el padre Marcos inició hace 15 años.

El “milagro” de la Mesa de la Misericordia

Por: Sheyla Urdaneta

Todos los miércoles, desde hace un año y cinco meses, ocurre un “milagro” en el templo San Antonio María Claret, en Maracaibo. Las filas que se hacen en la entrada dan dos o tres vueltas a la iglesia. Acuden ancianos, personas con discapacidad, hombres, mujeres, niños y bebés. Todos entran y almuerzan, todos tienen su plato asegurado. Cada semana se sirven 800 platos.

Adentro hay 200 voluntarios que se mueven como hormigas para que todo esté listo. Son ocho ollas de comida las que se montan, seis primero y dos después.

Una noche en el estacionamiento de un restaurante, un padre y su hijo se pelearon con un perro por una bolsa de basura. Luchaban por lo que estaba adentro. Ese fue el detonante para que María Alejandra Fernández conversara con su párroco, y le planteara la opción de poder ayudar con comida a los vecinos de la zona.

Ese primer miércoles invitaron a 100 personas y esas 100 personas llevaron a otros y a otros. A la fecha sirven 800 platos, atienden a los enfermos, curan heridas de los que son indigentes y llegan al templo, le cortan el pelo, los bañan y les regalan medicinas.

“Todo es como un milagro. Hace unas dos semanas no se completaban los vegetales, pero entonces me voy a las ventas de verduras y les hablo de la obra y la gente nos ayuda. Desde el exterior ayudan con las proteínas y aquí hay quienes ayudan con sacos de arroz y bultos de pasta”, dice María Alejandra.

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Unos 200 voluntarios sirven aproximadamente 800 platos de comida semanales a los necesitados | Sheyla Urdaneta

Nelly Benítez de Araujo, es otra de las voluntarias, conocida en la Mesa de la Misericordia como “Mamá Tetero”. Cuando vio que las madres de bebés de entre cuatro y cinco meses eran capaces de darles comida sólida a sus hijos porque ellos tenían el mismo tiempo sin comer que ellas, se alertó.

En las bancas del templo se sientan los grupos a esperar que les sirvan su bandeja. Antes pasaron por la estación en donde rezaron, luego al sitio donde se lavaron las manos y después, mientras hablan de la palabra de Dios aprenden sobre valores y los dones de la misericordia. En este punto es donde esperan por su comida.

A las 11.00 am comienza la repartición. Este miércoles sirven arroz con vegetales, mortadela y huevo, hay una galleta de soda, un suspiro y jugo o chicha. Todos están atentos y esperan en orden. Los voluntarios les llevan la bandeja hasta las bancas.

En la quinta fila del lado derecho del templo está Yasmira Partida. Tiene 58 años y asiste cada semana con su esposo de 60 que está ciego y con su papá de 86 que ya no puede caminar sin sus muletas. “Esto es lo mejor que nos puede pasar en estos tiempos. No solo porque nos dan comida y eso es algo que uno agradece, sino porque aquí nos tratan con amabilidad. Y tengo mucho tiempo viniendo y nunca hay una mala cara”.

El esposo de Yasmira que se llama Jesús, y su papá Alfredo, comen con ayuda. Ella le da la comida a uno y un voluntario colabora con el otro. “Disfrutamos cada bocado, yo lo hago”, dice Jesús, porque “esta es la única comida que hacemos en el día”.

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