Alejandro Moreno, autor en Runrun

¿Autodeterminación de los pueblos? Por Alejandro Moreno

IDEA HASTA AHORA MÁS ABSTRACTA que otra cosa aunque se proclama como principio de valor internacional (y así debería ser), si bien nunca ha sido incluida oficialmente en la lista plenamente aceptada de la “Declaración de los derechos humanos”, supuestamente universales. Quizás, precisamente, porque sería un derecho social o de todo un pueblo y no individual. Los derechos sociales están todavía muy por debajo en importancia y aceptación de los individuales. Ahora bien, este sustantivo (autodeterminación) debiera ser precedido por el calificativo “libre”, pero, aunque normalmente se sobreentiende, no forma parte de su uso explícito más frecuente.

Esto es muy importante porque si se supone que es el derecho que tiene un pueblo de decidir sus propias formas de gobierno, la libertad está implicada necesariamente en el verbo “decidir”, pues si no se puede hacer eso en libertad, ¿de qué decisión de un pueblo puede tratarse? Si la libertad no está clara, plena y compartida por los que componen ese pueblo, la decisión no será suya sino de otro.

El derecho de autodeterminación se ha aplicado sobre todo a la descolonización, con mejor o peor fortuna, y aparece con mucha frecuencia en los tratados de derecho internacional, así como en las declaraciones de muy diverso tipo de la ONU; pero ¿hasta dónde se puede hablar de autodeterminación de un pueblo dentro de la propia nación y del propio Estado? La historia, sobre todo la reciente, y la más inmediata experiencia nos enseña que bajo dicha expresión, de hecho demasiadas veces, el sujeto del supuesto derecho de autodeterminación no es el pueblo mismo, como se proclama, sino el gobierno que está mandando en el país en cuestión, sea lícita, en Estados democráticos, o ilícitamente como en nuestro estado actual.

La licitud o la ilicitud de la asunción o la permanencia en el poder de un gobierno no es difícil de constatar a pesar de las caretas, trampas y demás mecanismos de los que este se sirva para ocultar el hecho cuando de la ilicitud se trata. Para eso están todos los instrumentos que la democracia pone a disposición de cada pueblo, hoy ampliamente conocidos.

Este asunto de la autodeterminación está indisolublemente ligado con otro que en particular a nosotros los venezolanos de hoy nos toca viva y trágicamente: la licitud o ilicitud, ya en el plano internacional, de la intervención de un Estado extranjero en los asuntos de gobierno de otro.

Aquí ahora la pregunta crucial es por el derecho que tiene un pueblo de ser protegido por un Estado que no es el suyo cuando se halla sometido a la fuerza por una forma de gobierno tiránica y comprobadamente injusta, de la cual no está en condiciones ni posibilidades de liberarse por su propia cuenta. Mucho y bien se está hablando de ese derecho de protección, sobre todo cuando lícitamente ese pueblo lo solicita.

¿Qué nos falta a nosotros para poder recurrir lícitamente a esta solicitud de protección? Tenemos la instancia política que lo puede hacer, la Asamblea Nacional elegida según todas las reglas que el sistema democrático exige; tenemos el estado de necesidad extrema del pueblo que ya no puede sobrevivir por obra de la tiranía criminal a la que está sometido y tenemos la voluntad clara de este pueblo, expresada en todas las encuestas de opinión, en la calle y en cualquier otro medio a nuestra disposición. La licitud de esa demanda está hoy fuera de toda discusión. Sobre esto no puede haber duda alguna. Sí es importante que esa deseada intervención sea eficaz, pacífica y humanitaria, esto es, excluyendo los riesgos de dominación que pudieran estar encubiertos.

 

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El Nacional 

Ene 08, 2019 | Actualizado hace 10 meses
Más allá del cinismo, por Alejandro Moreno

HABLAR O ESCRIBIR, DE UNA U OTRA MANERA, sobre la corrupción en la Venezuela chavista se ha hecho tan ordinario que ya hoy es hasta cansino. Pero por mucho que nos canse, no debemos pasarlo por alto. Sin embargo, se está imponiendo una tendencia sumamente peligrosa y que se manifiesta en expresiones tales como “Venezuela es un país de corruptos” o “Aquí todo el mundo es mafioso” y otras por el estilo. Generalizar siempre es incluir en esa generalización a quien cabe justamente en ella y a quien no tiene nada que ver con el tema de que se trata. Cuando, como en este caso, se está atribuyendo algo tan perverso a todo un pueblo, la injusticia es evidente y muy grave. Es importante no hacer atribuciones de este tipo.

La situación por la que estamos pasando tenemos que pensar que es transitoria y, aunque ciertamente nos costará mucho rehacernos de ella, no podemos decir que haya dañado profundamente nuestro sentido de la honestidad o nuestra capacidad de discernir el bien del mal y optar por lo que debe ser. Es verdad que el cinismo con el que en general estos corruptos desenfadadamente se muestran, es tan osado que va más allá de todos los límites imaginables, pero nuestro pueblo se ha resistido sólidamente a seguirlos sin más en su perversión. La gente continúa distinguiendo muy bien, porque además sufre las consecuencias de sus actos criminales, entre el malandro, pues por mucha que sea su fortuna mal habida merece este calificativo, y la persona de bien.

En esto está nuestra fuerza moral y vital. No la hemos perdido. Sobre esta fuerza, nos seguimos manteniendo. De ella se nutren las raíces profundas, de las que hablaba Ugalde en uno de sus últimos artículos, las que garantizan el reverdecimiento de los samanes después del tiempo de verano, que pasará, en nuestras llanuras.

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Ética del don; no ética de la pureza y la mancha, por S:D:B Alejandro Moreno

ESTÁ EN JUEGO EN ESTOS MOMENTOS DE LA POLÍTICA –ya lo hemos dicho– el fondo esencial y existencial de la cultura del pueblo venezolano. Quiero hoy detenerme a reflexionar sobre la estructura de ese fondo: la ética que califica y constituye su raíz. Si trascendiendo lo aparente, lo circunstancial, nos fijamos en lo permanente y lo estructural, entenderemos que la ética sobre la cual se funda la práctica de vida de nuestro pueblo es una ética regida por el don y la entrega, no por la culpa, la limpieza y la pureza. Esta sería la típica ética farisaica mientras la ética del don, que al fin de todo es el amor, coincide plenamente con la ética cristiana más profunda. Estoy hablando de cultura, no necesariamente de religión, pues esta ética del don y del amor está presente en las prácticas culturales tanto de los creyentes como de los no creyentes, de los cristianos como los de otras religiones. Por alguna vía se hizo cultura popular venezolana. Es lo más profundo de nuestra identidad como pueblo, es la forma nuestra de habérnoslas con la vida y la realidad toda. Ciertamente eso no nos libra de cometer errores y delitos, o pecados, de actuar contra ella o fuera de ella, pero ella permite que podamos también regresar y recuperarnos. Desde el punto de vista cristiano este fondo ético es el que no se detiene en el remordimiento de la culpa sino que permite la liberación por el sincero arrepentimiento, hace posible el perdón en profundidad y la alegría plena y sin nubes de la total aceptación en el mundo absoluto del amor. En el campo social y político es lo que permite el encuentro entre quienes difieren en opiniones, en gustos y proposiciones porque hay un fondo común a todos, incluso inconsciente, sobre el que las coincidencias y la aceptación son posibles sin exigir para nada la uniformidad. La ética de la limpieza, la pureza y, por tanto, de fondo, siempre la culpa de la que es imperioso librarse pues es productora permanente de remordimiento, angustia y autohumillación y por lo mismo de la visión fundamentalmente negativa del otro que siempre será de algún modo culpable, es productora de las prácticas de aislamiento, segregación y encierro en un personal sentido de superioridad y orgullo de quien se siente más perfecto. Esto tiene efectos políticos y es causante de desunión. En religión, produce el fariseo, el que se siente superior ante Dios y desprecia al publicano por pecador. En eso consistió el gran rechazo de Jesús. Y en eso consiste el intento de desvenezolanización hoy.

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El Nacional

Nov 13, 2018 | Actualizado hace 12 meses
Testimonio, por Alejandro Moreno

CEDO AQUÍ HOY LA PALABRA A JULIO del CIP, narrando su sentir de migrante.

“Es necesario narrar la experiencia de tantos venezolanos que han tenido que partir optando por la vida de los suyos o por ayudar a sus familias desde fuera. Desolación de aquello que ha sido lo más fundamental y propio de la vida misma. Porque es reinterpretar la práctica de la vida en momentos de gran crisis, de encontrarse en un proceso real de exterminio, de cómo ella se resiste y renueva en su forma de habérselas ante una inédita amenaza de su más íntima forma de realizarse. Para nosotros, es un reto muy grande el seguir siendo venezolanos desde donde nos encontramos y vivir sin perder lo que ha sido nuestra esencia fundamental. Es un reto porque sencillamente la vida obligada-afuera, es una verdadera calamidad, un sin sabor tan desagradable, que se hace solo por garantizar la vida misma de la familia y de las personas que amamos. Esta distancia nos ha trastocado desde lo más profundo de la existencia. Se experimenta un abismal vacío, un sentimiento de que nos hemos desperdigado y hasta la sensación de estar perdidos unos con otros. Lo más duro es que también siento que no hay mucha diferencia con los que se han quedado porque no pueden salir o sencillamente han decidido por una serie de razones bien respetables, quedarse en Venezuela, en lo que era nuestro nido y nuestro mundo, esos sentimientos reales de hallarse fracturado, roto, desprendido, arrancado del hogar, en el aíre, sin tocar piso en el real acontecimiento de ser y vivirse, desterrados, inclusive estando en la propia tierra. Lo cierto es que el significado de esa experiencia sabe a descalabro y desentrañamiento. La esperanza no la logro ver con claridad. Lo que nos ha pasado, ha trascendido nuestra persona y nos ha condenado a ser extranjeros dentro y fuera de nuestra tierra. Extranjeros que sufren en carne propia, el oprobio de la maldad de un proyecto ideológico inhumano, excluyente y totalitario desde la semilla de toda su dinámica. Los convivientes venezolanos en medio de este terrible proceso de exterminio llevado a cabo por una mentalidad ajena a lo que históricamente hemos sido, guardamos en nuestras más profundas y claras esperanzas aquello que nos da sentido de pertenencia y nos permite encontrarnos en apertura, en convivencia y solidaridad ante tan macabro proyecto. En ese acontecimiento por el cual todos hemos sido tocados, maltratados y golpeados, también se encuentra la Bondad y el Poder Supremo de Dios, en el cual aguardamos con fe contra toda evidencia”.

 

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La razón última de la emigración, por Alejandro Moreno

POR MUCHO QUE SE QUIERA DISMINUIR LA diáspora venezolana, estamos viviendo algo que nunca habíamos podido imaginar años atrás. Cuántas veces habremos dicho la expresión: “Aquí no se puede vivir”, como un dicho más, como una frase cualquiera cuando por cualquier banal motivo estábamos fastidiados. Nunca llegamos a pensar que pudiera algún día hacerse pura y simple realidad. He aquí que ese día llegó. Si es verdad que la vida biológica sigue siendo aunque muy precaria y muy dudosamente posible para la gran mayoría de la población, el sentimiento de fondo de todos es que vida como tal vida, la propiamente venezolana, solo es posible para unos cuantos, los “enchufados”.

Esas masas de gente, ahora ya del pueblo, de los pobres y desheredados de toda fortuna, que pasan a diario las fronteras arrastrando sus míseras pertenencias y cargando o llevando de la mano a sus pequeños hijos, ¿de qué huyen y qué buscan? Huyen en último término de la muerte que les acecha en cualquier sitio de su país por el hambre, la enfermedad, el asesino que puede asaltarles a la vuelta de una esquina. No buscan fortuna ni riqueza que muy bien saben no les será fácil. Buscan por lo menos poder sobrevivir porque bien saben que para ellos “aquí no hay vida”.

Por la vida, se exponen a cualquier dificultad que haya que soportar: a la humillación de tener que recurrir al auxilio de la caridad ajena, al calor de los asoleados caminos del Brasil lo mismo que a los fríos páramos de Colombia, a días y días de camino, incluso, a veces, al rechazo de las otras gentes que los desprecian como extranjeros peligrosos, invasores.

Los revolucionarios idealistas, y creo que sí los hay, cuando proyectan, planifican y ejecutan sus revoluciones, no tienen en cuenta lo que van a hacer con la vida de la gente común, de los hombres del pueblo a favor de los cuales piensan sus proyectos. Todo el cambio que proponen y procuran les parece que solo puede producir mejoras y bienestar. Por eso es tan difícil convencerlos de que se equivocan, de que el bien de los pueblos, si es cierto que no está en la inmovilidad social y política, es sobre todo verdad que no está en los cambios violentos y rápidos, las revoluciones, porque descoyuntan las vidas de la gente y ese es un falso remedio.

El cambio hay que hacerlo, pero adecuándose al ritmo del pueblo, respetando su proceso propio de vida, del sentido profundo del vivir, y la vida pone las condiciones que son muy complejas para poder ser vida.

El Hombre es un ser de cultura y, antes que todo, espíritu.

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Oct 16, 2018 | Actualizado hace 1 año
Proceso de desvenezolanización, por Alejandro Moreno

LA IDEOLOGÍA DE LA REVOLUCIÓN RADICAL de tinte socialista que el gobierno trata de imponernos se quiere identificar como la revolución venezolana. Así, con el artículo, porque para sus promotores no ha habido ninguna otra revolución. La independencia tampoco se puede considerar revolución porque hubo cambio de régimen político pero no de cultura, ni de estructura económica, ni de relaciones sociales, ni de manera de pensar en la población, ni de ninguna de las organizaciones realmente fundamentales de la sociedad. Ahora sí, el proyecto es un cambio total tan radical que la próxima Venezuela no se parecerá en nada a la actual; y además se ha de obtener en poco tiempo. Será pacífico si es posible, pero si no, será a como dé lugar. Este es el verdadero proyecto. Para lograrlo, no se necesita ningún consenso democrático, porque ya se sabe que cuando se producen transformaciones de tal naturaleza, no se tendrá la anuencia de la mayoría, ni siquiera de una parte ni significativa de la población porque al producirse modificaciones totales y tan de fondo, la inmensa, especialmente de los sectores populares, poco capaces de calibrar el sentido de las realidades sociales concretas, se sentirá plenamente desquiciada en su forma habitual de vivir. Los verdaderos revolucionarios solo pueden ser una vanguardia que sabe plenamente la real marcha de la historia. Los demás, esto es, la masa, tendrán que someterse a la conducción de esa vanguardia. Y para lograrlo, se necesita disponer de todo el poder dirigido por ella.

No estoy diciendo nada nuevo, pero es frecuente que este verdadero proyecto se nos encubra y desviemos de él la atención confundidos por los más variados acontecimientos los cuales forman parte del mismo proceso puestos ahí en buena parte para desviar el foco de donde debe ponerse.

Más que nunca es pertinente insistir en la llamada del Evangelio a vigilar, a estar despiertos y a no dejarnos adormecer por las muchas distracciones que se nos ofrecen mientras no tenemos más remedio que preocuparnos de qué comeremos, de cómo nos curaremos o de cómo llegar al trabajo.

El proyecto, pues, es hacernos realmente otros.

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Sep 11, 2018 | Actualizado hace 1 año
Revolución y cultura, por Alejandro Moreno

En estos días Maduro dirigiéndose a militares de alto rango, les ha dicho que deben abstenerse de mantener relaciones con aquellos de sus familiares que no están con la revolución so pena de perder su carrera y todo lo que ella supone. Nunca antes, entre nosotros, se había expresado tan clara y contundentemente uno de los contenidos más medulares de la ideología revolucionaria. En ella, la revolución como concepto, como práctica y como dedicación única, focaliza total y exclusivamente los afectos y las relaciones. Para un revolucionario así, la revolución está absoluta y únicamente por encima de todo.

En mi artículo anterior he expuesto muy brevemente la base anclada en lo más profundamente vivido de nuestra cultura raigal. La relación afectiva, y sobre todo con la familia, constituye su esencia humana. La vivencia y sentido de familia es un componente estructural del mundo-de-vida venezolano. Esto lo hemos encontrado consistentemente en todas y cada una de nuestras investigaciones.

El análisis de las historias-de-vida de líderes políticos, específicamente de origen popular y actuando como tales en el seno del pueblo nos lo ha confirmado amplia y profundamente. Las relaciones entre adscripción a un partido político en términos de liderazgo y la familia siempre resultan conflictivas pero el líder político popular sabe encontrar la solución a ese conflicto sin perder nunca el fondo de familia, ni el “modo a lo familiar” de comportarse cuando se trata de los partidos tradicionales.

En cambio, cuando se trata de un compromiso con una política de izquierda radical las cosas son completamente diferentes. “Es que tú rompes con la familia; se rompe con la familia y hay un alejamiento afectivo y físico; es un asunto de izquierda”, es la confesión de quien en un momento de su vida se comprometió muy a fondo con ese tipo de política.

Las historias-de-vida de quienes, siendo de origen popular, permanecen en movimientos de izquierda radical lo atestiguan. La revolución absorbe, y debe hacerlo, totalmente todos los afectos y todo el mundo de relaciones de la persona.

En este sentido, la persona de izquierda se sale completa y radicalmente de la cultura propiamente venezolana. Así es como hay que entender lo que ellos llaman “el hombre nuevo”: un sujeto que pertenece a una otredad cultural desde la raíz de su modo de ser humano.

El proyecto revolucionario es, pues, un proyecto de desvenezolanización de nuestro pueblo en sí mismo y su mundo-de-vida.

¿Lo lograrán? Nunca lo han logrado. Los pueblos han resistido siempre.

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Ago 28, 2018 | Actualizado hace 1 año
Política y cultura nuestra hoy, por Alejandro Moreno

Quiero entender aquí cultura en su sentido más profundo y más significativo, a saber, evocando a Ortega, como la manera propia que tiene un grupo humano, un pueblo, de habérselas con la realidad. Entendemos la realidad en su más amplio sentido: personal interior, físico-natural y social-humano. Ahora bien, ¿de qué manera los venezolanos nos las “hemos” con toda nuestra realidad, y esto siempre y espontáneamente, o sea, fuera de cualquier reflexión y consciencia? ¿Cuál es nuestra idiosincrasia de fondo?

En el Centro de Investigaciones Populares llevamos ya muchos años preguntándonos por eso y nos hemos atrevido a definir al venezolano, el hombre de nuestro pueblo, como homo convivalis, esto es, como un ser humano que se define esencial y naturalmente por la convivencia. El venezolano popular no es una individualidad sino un conviviente. Ello implica la disposición espontánea a la relación con el otro, una relación marcada por el afecto. No por la simple emoción, lábil y transitoria, sino por la profundidad de la posición afectiva ante la vida, duradera y natural. Afectiva no quiere decir amorosa necesariamente. La posición afectiva puede llegar a ser, o convertirse por la educación o las experiencias vividas, en violenta y agresiva. Afectiva no quiere decir irracional pero sí que la razón, y por tanto la individualidad, está más guiada por el afecto que por ella misma.

Aquí entra la política, entendida como gestión de una sociedad.

¿Cuál será, entonces, la política adecuada para nuestro pueblo?¿Cómo gestionar nuestra forma de reunirnos sin que ella desnaturalice lo que nos define culturalmente? Y además, ¿no estará precisamente en la inadecuación de la relación entre política y cultura el trasfondo de muchos de nuestros problemas como nación sobre todo en el presente?

La cultura de la que hablamos no es ciertamente una estructura fijada definitivamente e inmodificable. La cultura es histórica y hecha de historia. No solo es cambiable, sino que cambia continuamente. Sin embargo, tiene su ritmo de cambio y no se puede, sin gravísimas consecuencias, introducir las modificaciones que se deducen, racionalmente o no, de teorías o de ideologías, supuestamente más al día, asumidas e impuestas por una vanguardia de sujetos “esclarecidos”.

Ir contra el fondo convivencial que nos ha definido hasta hoy, este fondo cultural con el que nos hemos identificado y en el que nos sabemos venezolanos, es pretender quitarnos las bases mismas de nuestra existencia, de nuestro ser y reconocernos como seres humanos.

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