Armando Durán, autor en Runrun

Abr 17, 2018 | Actulizado hace 2 años
La oposición, un enigma, por Armando Durán

 

En el decepcionante documento final de la VIII Cumbre de las Américas no se hace la menor mención a la crisis venezolana. Un silencio inevitable. En eventos de esta naturaleza la redacción de sus documentos se acuerda por consenso, de modo que, como tantas otras veces ha ocurrido en la OEA, no era posible pensar en una redacción distinta, a pesar de la dura condena hecha por los principales países participantes en la reunión a la deriva totalitaria del régimen y a la parodia electoral montada por el CNE para el próximo 20 de mayo. No obstante esta evidente discordancia entre política y diplomacia, peor resulta la contradicción entre la decisión de esos países de no reconocer los resultados de la votación prevista para ese día si no se modifican a fondo sus condiciones, y el rumbo incierto de ese sector de la oposición ante los dos inmensos e inevitables desafíos que les presenta la muy grave realidad política actual.

En primer lugar, su por ahora fallida intención de participar en el evento electoral de mayo para no quedar definitivamente fuera del terreno de juego. Precisamente para eso habían abandonado las calles en agosto del año anterior, a cambio de que el régimen convocara las canceladas elecciones regionales y municipales. Después reanudaron en República Dominicana sus negociaciones con representantes del régimen, con el objetivo de convencerlos de hacer concesiones suficientes para poder ser parte de la elección presidencial sin cometer un suicidio político irremediable. Misión imposible, por supuesto, tal como ha sucedido en todas las rondas de diálogo con el régimen desde aquella perversa Mesa de Negociación y Acuerdos de 2003. En Santo Domingo se mantuvo, pues, la inhabilitación de partidos y dirigentes de oposición vetados por Miraflores y, además, el CNE añadió a la lista de excluidos a la MUD y a Primero Justicia, el principal socio de la alianza.

A la MUD no le quedó más remedio que morder el freno y llamar a la abstención, determinación que impulsó a Henri Falcón, en plan de falso caballero andante, a anunciar que él sí retaría a Nicolás Maduro en las urnas del 20 de mayo. Fue una insignificante ruptura en el frente opositor, pero bastó para que Maduro, quien en todas las encuestas apenas alcanzaba 20% de respaldo popular, no se presentara ante la opinión pública internacional como candidato único en una justa electoral sin presencia opositora.

Esta situación, sin embargo, puede cambiar sustancialmente en cuestión de días. Si bien los excluidos ilegalmente de esta convocatoria electoral se mantienen firmes (no les queda otra), los partidos Acción Democrática y Un Nuevo Tiempo, dirigentes de la categoría de Henrique Capriles, y la semana pasada el trasvase de 12 diputados de UNT al movimiento exprés constituido por Leocenis García con quién sabe qué finalidad, han iniciado estos días una operación de rescate al negociar con el régimen la posibilidad de hacer un leve maquillaje en las condiciones electorales para justificar su apoyo a la estrategia que por ahora encarna Falcón. Si a esta grotesca maniobra de última hora se le añade la necesidad que tiene Maduro de no quedar deslegitimado como presidente después del rotundo condicionamiento de los principales gobiernos del hemisferio a la farsa electoral de mayo, luce factible que el régimen acepte negociar con estos colaboradores adicionales y que en el marco de esa nueva negociación se posponga la convocatoria electoral hasta diciembre, fecha que por otra parte es la prevista en el cronograma electoral, y prolongar de esta sinuosa manera la agonía presidencial.

El segundo y urgente reto que debe enfrentar la oposición esta semana es la solicitud formulada a la Asamblea Nacional por el exiliado TSJ designado por ella de someter a Maduro a un antejuicio de mérito, involucrándolo en la turbia y tristemente célebre trama de corrupción diseñada y puesta en marcha en toda América Latina por la constructora brasileña Odebrecht. De lo que finalmente haga la oposición frente a esta doble e ineludible exigencia política, un enigma todavía de inescrutable resolución, depende, en gran medida, la suerte de la oposición, de Maduro y hasta de la nación, tal como todavía la conocemos.

@aduran111

El Nacional

Abr 10, 2018 | Actulizado hace 2 años
¿Se acerca el final?, por Armando Durán

 

Basta mirar en torno nuestro para tener la certeza de que pronto la pesadilla llegará a su final. Y que al despertar, ¡aleluya!, el dinosaurio no seguirá allí donde ha estado desde hace años. ¿O no?

En este punto crucial de nuestra historia, la convicción que se impone dentro y fuera del país es que vivir en Venezuela bajo las condiciones actuales pasa necesariamente por aceptar que, a pesar de todo lo que hacemos para eludirla, la muerte, individual y colectiva de los venezolanos, nos aguarda a la vuelta de la esquina. Y aunque bien sabemos que nadie se muere la víspera, también sabemos que haga el régimen lo que haga para impedirlo, la presidencia de Nicolás Maduro tiene los días contados.

En el plano doméstico, las miserias que devastan Venezuela, hasta el día de ayer espejo político y económico en el que los latinoamericanos se miraban con justificada envidia, nos han convertido en una nación que parece estar a punto de desaparecer. La escasez de todo lo esencial para la vida humana, desde alimentos y medicamentos hasta billetes de banco, desde el colapso de todos los servicios públicos hasta el hecho inaudito de que Venezuela sea una nación secuestrada por el hampa, sin suministro normal de electricidad y agua, sin libertad de prensa ni contrapesos institucionales que garanticen los más elementales derechos del ciudadano, nos obligan a pensar que lo que tenemos entre manos no es siquiera una dictadura de ideología implacable, la del comunismo estalinista en su versión cubana, sino un cataclismo político sin precedentes. Una realidad que es el sórdido producto de la suma de un gobierno que, a pesar de operar según el más riguroso modelo del ordeno y mando cuartelario, no gobierna, y de una oposición que siempre ha preferido mirar hacia otra parte para no correr el riesgo de ser expulsada de un juego en el que, en definitiva, jamás ha logrado participar.

Dígase lo que se quiera, sobre todo si lo dice esa oposición claudicante, la crisis venezolana es la consecuencia más cabal de esa alianza de cúpulas políticas incapaces y corruptas que con absoluta impunidad hace, deshace y legitima los antojos más viles del régimen, como acaba de suceder en el hospital infantil J. M. de los Ríos. El efecto más visible de esta gran tragedia nacional es que buena parte de la población escape o trate de escapar de Venezuela, o se desespere aún más porque no puede hacerlo. Incluidos en ese lote de ciudadanos descorazonados numerosos miembros de esa supuesta dirigencia política de oposición, que en las últimas semanas, con la falsa excusa de explicarle al mundo las coordenadas de una catástrofe que ningún gobierno necesita que le expliquen porque la conocen hasta en sus más mínimos detalles, se han incorporado a la desbandada de un pueblo que ya no resiste los efectos generados por el desmoronamiento sistemático de Venezuela como nación democrática y relativamente feliz.

En el plano internacional, las recientes decisiones tomadas por un país siempre tan neutral en todo como Suiza, por Panamá y por las naciones del continente agrupadas en el llamado Grupo de Lima para cerrarle a Nicolás Maduro las puertas de la VIII Cumbre de las Américas por impresentable, son pruebas indiscutibles de que el mundo observa con creciente malestar la tragedia venezolana y enjuicia severamente al régimen chavista por las consecuencias demoledores de su gestión sin atenuante alguna.

En el contexto de esta penosa encrucijada, Jorge Rodríguez hace pocos días nos sorprendió al declarar que él se niega “a aceptar que la situación de Venezuela sea catastrófica”. Y uno no puede sino preguntarse: ¿simple expresión retórica de un psiquiatra arrogante y nada más? ¿O insinuación, como la que hizo Luiz Inácio Lula da Silva instantes antes de ingresar a prisión, cuando sostuvo que “la muerte de un combatiente no para la revolución”, de que la única manera de salvar a un régimen que agoniza inexorablemente es que él sustituya a Maduro, como tercer presidente del régimen chavista, antes de que sea demasiado tarde? ¿Será este final negociado lo que en verdad discuten los representantes del régimen y de la alianza MUD-Frente Amplio, teledirigidos por Washington y La Habana con la mediación de José Luis Rodríguez Zapatero?

 

Abr 03, 2018 | Actulizado hace 2 años
Resurrección, por Armando Durán

 

Hace un par de días me tropecé en Youtube con un video aficionado de seis minutos y tantos de duración, titulado Caracas 1972. Silente y con pobre calidad, las imágenes nos muestran, sin embargo, una Caracas que ya no existe, limpia, ordenada y feliz, que contrasta ostensiblemente con la realidad que vivimos en esta miserable Caracas de 2018. Visión que, naturalmente, nos obliga a pensar en el milagro de la resurrección. Al tercer día, o cuanto antes sea.

Lamentablemente, nada termina hasta que se acaba. Quizá por esta simple razón siempre recuerdo por estas fechas la conocida observación de Yogi Berra, el legendario receptor de los Yankees de Nueva York: el juego no termina hasta que se saca el último out, pues más allá de su significado religioso, la Semana Santa nos transmite una enseñanza parecida. La resurrección de Jesucristo no hubiera sido posible sin su pasión y muerte. Es decir, que su sacrificio no habría tenido sentido ni habría terminado si no se hubiera producido el milagro de superar la muerte, el más insalvable de todos los obstáculos. Vaya, que el milagro de la resurrección es posible, pero solo si estamos resueltos a hacer el mayor de los sacrificios.

Esta reflexión nada tiene que ver con sentarse a esperar que se produzca el milagro. Eso hacían los alquimistas de la Edad Media, inútil experiencia que repiten en la Venezuela actual los promotores de la conversión igualmente imposible de ciertos secretos ingredientes en diálogo fructífero con el régimen y deslumbrante celebración de elecciones libres y transparentes. Un oro desde todo punto de vista imposible en el marco de una dictadura. Y pienso en esto, porque mientras el mundo cristiano entraba en su habitual alto en el camino para reflexionar sobre el significado de la resurrección de Jesucristo, nuestros mercaderes de la esperanza han vuelto a agitar las banderas del diálogo y las elecciones como si esa combinación de mentiras no fueran los más acabados mecanismos del engaño del régimen y de la capitulación de un sector complaciente de la oposición. Y como si estos profetas del malintencionado credo electoralista pensaran que los venezolanos, a pesar de sufrir lo que sufren desde hace años, todavía creen a pies juntillas en los pajaritos preñados de la salida pacífica y electoral de la crisis que los oprime y desespera.

No, este juego de perversidades no producirá el milagro. Sencillamente no habrá salvación mientras no se acabe primero con esa prédica a favor de una dulce y contemplativa espera de algún milagro salvador. En la realidad venezolana actual no basta siquiera plantearse el dilema de acudir dócilmente a esta o a cualquier otra convocatoria “electoral” de la dictadura porque somos mayoría o a rebelarnos contra esas urnas trucadas mediante la abstención como recurso pasivo. La resurrección de Venezuela como urgente y legítimo deseo de millones y millones de venezolanos no será posible sin alimentar una auténtica pasión ciudadana y conducirla hasta sus límites más agobiantes. Como hizo Jesucristo para dar testimonio de su verdad. No abandonando Palestina para recorrer las regiones vecinas con la finalidad de explicarle al mundo las conocidas desventuras de su pueblo a manos del imperio romano y de la hipocresía y perjurios de los escribas y sacerdotes fariseos, sino enfrentándolos cara a cara, a sabiendas del altísimo precio que tendría que pagar para validar, más allá de cualquier duda, la promesa de darle a su pueblo la oportunidad de vivir una vida nueva.

Solo así habrá resurrección democrática en Venezuela. Como estuvo a punto de suceder a partir del 16 de julio del año pasado. Validación aquel día de la pasión y muerte de meses de resistencia en las calles de toda Venezuela, mandato indiscutible de una proeza popular que por muy ocultos motivos fue rápidamente desactivada por los falsos y autoritarios profetas de la oposición para volver a sentarse a la mesa de otro fraudulento diálogo y salir corriendo a inscribir a sus candidatos para las trucadas elecciones regionales convocadas al margen de la ley. Persistente traición de nuevo en marcha estos días para impedir que se haga realidad el ya ineludible milagro de nuestra resurrección como nación libre y democrática. A no ser que a tiempo alguien expulse a los mercaderes del templo.

 

El Nacional

@aduran111

Mar 20, 2018 | Actulizado hace 2 años
La trampa electoral, por Armando Durán

 

“Más nunca vamos a entregar el poder político”, declaró Delcy Rodríguez el viernes pasado. Súbito ataque de sinceridad o simple muestra de desprecio por la sensibilidad democrática de la inmensa mayoría de los ciudadanos, que causó estupor, a pesar de que su confesión no incluía nada nuevo.

El proyecto político que inició Hugo Chávez con su fracasada intentona golpista del 4 de febrero y después por vía de una imprevista circunvalación electoral que lo condujo a Miraflores sin disparar un solo tiro, no ha contemplado jamás la opción de ceder el poder, por las malas, mucho menos por las buenas. Aunque algunos dirigentes de la oposición más complacientes y algunos de sus escribidores más serviles insisten todavía en eso de que solo a punta de votos saldremos de la dictadura.

Recordemos que la naturaleza antidemocrática del régimen se puso claramente de manifiesto desde la promulgación de los tristemente célebres 47 decretos leyes redactados a mediados de 2001 en el mayor de los secretos, al abrigo de aquella primera ley habilitante con la que Chávez pretendió asumir todos los poderes. No lo logró entonces, porque su pretensión totalitaria quedó tan perfectamente expuesta en ese paquete legislativo, que el país se puso en marcha de inmediato y meses más tarde, el 11 de abril, estuvo a punto de darle un decisivo giro al proceso político venezolano.

Fracasado el multitudinario “vete ya Chávez” de aquellos días, Chávez recurrió a dos tenazas de una estrategia que hasta el año pasado le permitió al régimen imponer su dominio hegemónico en todas las esferas de la vida nacional sin romper abiertamente los hilos que sostenían el espejismo de su legitimidad de origen y desempeño. Por una parte, con la implementación sistemática de rondas de diálogo gobierno-oposición para “no matarnos”, cuya máxima expresión fue la Mesa de Negociación y Acuerdos armada por César Gaviria y Jimmy Carter; y por la otra, con la celebración de elecciones a cada rato y para cualquier cosa con la participación de unos partidos de oposición que aceptaban las condiciones inadmisibles del régimen a cambio de ser tomados en cuenta y ser reconocidos como oposición oficial.

Esta maniobra le permitió a Chávez y a sus herederos políticos manejar a su antojo la vida política del país hasta que la desaparición física del líder del proceso y el rotundo y creciente fracaso de la gestión del régimen precipitó el estallido de una crisis global cuya devastadora consecuencia política fue la derrota histórica de los candidatos chavistas en las elecciones parlamentarias del 5 de diciembre de 2015. Hasta ese punto duró la ilusión del régimen de conservar el poder sin darle una patada a la mesa. Y también hasta ahí duró la paciencia cubana. Como siempre sostuvo Fidel Castro, las revoluciones no se miden en ninguna urna electoral. De ahí su disgusto cuando Daniel Ortega aceptó someterse a los llamados acuerdos de Esquipulas y de ahí sus dudas ante el sinuoso modelo venezolano.

No hay necesidad de recordar los detalles de lo ocurrido a partir de enero de 2016, al asumir los partidos agrupados en la MUD dos terceras partes de los escaños de la nueva Asamblea Nacional. Acorralado por esa derrota histórica Maduro se dispuso en ese mismo instante a gobernar como un ramplón dictador latinoamericano. En primer lugar, desconoció la Asamblea; luego se burló groseramente de sus compromisos con Washington y el Vaticano; y, finalmente, negó todas las opciones electorales dictadas por la Constitución y reprimió a sangre y fuego a los venezolanos durante aquellos memorables cuatro meses de protestas populares, impuso a dedo y al margen de la Constitución y las leyes una espuria asamblea nacional constituyente con poder sobre todos los poderes y utilizó la complicidad de algunos partidos presuntamente de oposición para desactivar la calle y llegar por ahora a esta falsa elección presidencial del 20 de mayo con un único posible candidato de “oposición”, el sargento Henri Falcón, en papel de muy vulgar telonero de Nicolás Maduro.

En esta realidad política, la declaración de Delcy Rodríguez carece de importancia. Es como llover sobre mojado, a no ser que la entendamos como lo que realmente es: un mensaje directo, “Aquí se acabó el pan de piquito”, dirigido a quienes le buscan al régimen una salida no estrictamente electoral.

El Nacional

@aduran111

Feb 27, 2018 | Actulizado hace 2 años
La hora del cambio, por Armando Durán

venezuela-democracia

 

El rumor ha circulado estos últimos días con insistencia inquietante. A pesar de los atropellos sufridos en Santo Domingo, sin la menor duda atropellos de carácter terminal, algunos partidos de esa supuesta oposición han vuelto a reunirse con Delcy Rodríguez para negociar la posposición del simulacro electoral pautado para el próximo 22 de abril. Según esos mismos rumores, el régimen estaría dispuesto a pasar la fecha para el mes de mayo. Los representantes de esa oposición exigen que sea en junio. Como si en definitiva el destino de Venezuela dependiera de la fecha de ese ya desvencijado engaño.

La gravedad del hecho es evidente. Sobre todo, porque desde 2002 el chavismo ha sabido estimular la complicidad de la oposición con la ficción del diálogo y de recurrentes trampas electorales para superar, tranquilamente, los efectos de la crisis política de entonces a cambio de unos pocos e insignificantes espacios burocráticos de origen electoral. Objetivo posible, escribía hace pocos días Asdrúbal Aguiar, porque un sector de la oposición prefiere no ver la “ominosa verdad por comodidad, por miedo o porque son chantajeados o algún beneficio les reporta”.

No se trata, como sostienen algunos propagandistas de esa oposición claudicante, por culpa de una apatía sistemática de lo que Elías Pino Iturrieta califica de “sociedad vacilante” este domingo en su columna semanal. Simple recurso dialéctico para exculpar a los jefes de esa MUD dialogante, cuando lo cierto es que los ciudadanos, cada vez que han sido convocados a actuar, desde aquel doloroso 11 de abril hasta los cuatro meses de resistencia heroica del año pasado en las calles de toda Venezuela, derramando cada vez su sangre a raudales y sin vacilación alguna, ha demostrado hasta la saciedad que jamás han dejado de comportarse con firmeza ejemplar. Vaya, que no ha sido la sociedad civil la que ha vacilado, sino sus supuestos dirigentes, que no han sabido o no han querido estar en ningún momento, ni siquiera cuando con los votos de esa “sociedad vacilante” conquistaron la mayoría absoluta de la Asamblea Nacional, a la altura de las circunstancias. Una dirigencia que ante las manifestaciones populares de indignación siempre termina por dar un paso atrás y caer en la trampa de las “próximas” elecciones, no importa para qué, y evitar de este modo que la presión de la calle concluya su tarea de desnudar y erosionar el alma dictatorial del régimen.

Precisamente porque ha sido esta dirigencia opositora, no los ciudadanos de a pie, la que a lo largo de los años ha hecho lo que el régimen ha querido, es que ahora se presentan dos hechos lamentables. Por una parte, gracias a la persistente conducta colaboracionista de sus dirigentes, estos días parecen haberse apaciguado los ánimos de la sociedad civil, ostensiblemente huérfana de conducción política; por otra parte, y no por urbanidad sino por cobardía o por conveniencia, parte de esa dirigencia opositora luce dispuesta a mantenerse en el error. Una situación que nos obliga a recordar un significativo episodio del Poema del Cid, que Pino, profesor universitario y académico de la historia, debe saberse de memoria: cuando Rodrigo Díaz de Vivar, futuro Cid Campeador, es desterrado injustamente de Castilla por el rey Alfonso VI, al pasar por las calles de Burgos, “todos salían a las ventanas a verle, niño, mujer y varón. ¡Cuántos ojos que lloraban, de grande que era el dolor! Y de los labios de todos sale la misma razón: ¡Qué buen vasallo sería si tuviese buen señor!”.

No se trata, pues, como dice Pino, de que el pueblo escurre el cuerpo culpando al “liderazgo colectivo de la oposición… porque los hijos de la oposición prefieren achacar sus culpas a los vacilantes más visibles”, sino que ese pueblo, víctima tantísimas veces de los engaños de su “señor”, es decir, de la falsa dirigencia opositora, al fin asume que el cambio anhelado con desesperación no es posible alcanzarlo por la trucada vía electoral. O sea, que al fin, con toda la razón del mundo, les dice a sus presuntos dirigentes y a la comunidad internacional que hasta aquí llegamos. Con absoluta certeza, además, de que en esta hora crucial la salida del laberinto y el cambio hay que buscarlos por derroteros muy distintos a los que siempre ha señalado la MUD.

@aduran111

El Nacional

Feb 20, 2018 | Actulizado hace 2 años
Silencio suicida de PJ y AD, por Armando Durán

elecciones

 

Comencé mi columna del pasado martes 6 de febrero señalando que hasta ese día el país seguía sin saber qué haría la oposición dialogante con respecto a las dos eternas tenazas de la estrategia oficialista, en esta ocasión el acuerdo de “convivencia y paz” a firmar de inmediato en Santo Domingo y la trucada elección presidencial. Ya sabemos lo que pasó. Mientras los representantes de la MUD hacían esfuerzos desesperados para lograr concesiones que les permitieran a sus partidos justificar su participación en esa infeliz convocatoria electoral, Nicolás Maduro tomó la decisión de cerrar bruscamente todas las válvulas de escape que pudieran servirles a los espíritus más complacientes de la alianza opositora para suscribir lo inaceptable. Por una parte, la ilegalización funcional de Primero Justicia como partido político; por la otra, el anuncio de que la fecha de la elección presidencial quedaba fijada para el 22 de abril. Con oposición o sin ella. A los representantes del llamado G-4 de la MUD, sorprendidos por este nuevo exabrupto de intolerancia chavista, no les quedó otro remedio que levantarse de la mesa y dejar de jugar.

Hoy podría comenzar esta columna repitiendo las palabras de entonces, porque el silencio de los dirigentes de esos cuatro partidos se fue haciendo insoportablemente insondable desde aquel doble atropello totalitario del régimen. Atrapados en el falso dilema de votar o no votar, Julio Borges se limitó a advertir que la ilegalización de su partido no tenía por qué afectar la decisión de la alianza. Henry Ramos Allup, sin duda perturbado porque el fracaso de las conversaciones dominicanas amenazaba seriamente su ilusión de al menos ser candidato presidencial antes de pasar a la reserva, insistió en la necesidad de llegar a un acuerdo unitario en el seno de esta MUD tan ostensiblemente fuera de lugar. Desde ese día, nada más de nada, a pesar de que hace algunos días, ante la indignación creciente de los ciudadanos por ese no dar la cara de sus presuntos dirigentes ante lo que puede llegar a ser la encrucijada más crucial de esta durísima etapa del proceso político venezolano, Ramos Allup trató de calmar los caldeados ánimos del pueblo opositor prometiendo, ¡ay, con las promesas del imperturbable secretario general de AD!, que este pasado fin de semana la MUD iba a anunciar, que no lo hizo, por supuesto, su decisión final.

Ya poco importa lo que anuncien, si es que anuncian algo. Voluntad Popular se les adelantó al rechazar de plano la opción de participar. El partido de Leopoldo López recuperaba así su posición junto a María Corina Machado y Antonio Ledezma, ahora reforzada por Andrés Velásquez, quien días antes declaró que la Causa R tampoco respaldaba la participación opositora en esta trucada elección presidencial. Manuel Rosales aprovechó el momento para desaparecer del escenario por completo, pero Delsa Solórzano, quizá su portavoz más calificada, afirmó que los partidos de la oposición sencillamente no podían pasar por alto el repudio de la inmensa mayoría de los venezolanos a la espuria convocatoria del CNE.

Para AD y PJ, lo único que de veras queda de la MUD, ir a votar o no se ha convertido en una disyuntiva imposible. ¿Qué importa si Borges y Ramos Allup terminan conciliando sus diferencias? A fin de cuentas, si se someten o no a los términos inadmisibles de una convocatoria electoral rechazada por la opinión pública venezolana y condenada de manera categórica por todos los gobiernos democráticos de las dos Américas y de la Unión Europea y más allá, el daño está hecho. La unánime y humillante decisión de no permitir la presencia de Maduro en la VIII Cumbre de las Américas, a celebrarse en Lima los días 13 y 14 de abril, apenas una semana antes de la no democrática elección presidencial, es una señal emblemática e imborrable de lo que significa esa convocatoria a los ojos del mundo y del país.

Aunque, pensándolo bien, ya poco importa la decisión que hoy o mañana por fin tomen Borges y Ramos Allup. Al margen de lo que decidan, su ensordecedor silencio ha terminado siendo para ambos un silencio suicida. En definitiva, el papel de un dirigente político jamás podrá ser el de escurrir el bulto. Mucho menos si lo que está en juego es el destino final de 30 millones de ciudadanos.

@aduran111

El Nacional

Feb 06, 2018 | Actulizado hace 2 años
Se acabó lo que se daba, por Armando Durán

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A media mañana del lunes 5 de febrero, mientras escribo estas líneas, el país sigue sin saber qué hará la oposición dialogante a partir de hoy. ¿Regresarán esta tarde sus representantes a la mesa de diálogo armada en Santo Domingo por José Luis Rodríguez Zapatero, durante estos penosos meses con la colaboración del presidente Danilo Medina? ¿A pesar de todo firmarán los de la MUD el acuerdo de “convivencia y paz” redactado por el régimen para mayor gloria de la revolución bonita y de su inconstitucional anc? Y en definitiva, ¿participarán todos en la anticipada elección presidencial con Henry Ramos Allup como candidato “unitario” de la oposición, tal como ha decidido Nicolás Maduro?.

El régimen, por supuesto, no se lo pone fácil a los campeones del entendimiento al precio que sea con el régimen. Tras las trampas de unas elecciones regionales y municipales cuyos objetivos fueron tres: desactivar las manifestaciones de protesta que acorralaban a Maduro y compañía desde hacía meses, dividir una vez más a los ciudadanos entre quienes querían seguir en la calle y quienes preferían abandonarlas para acudir a las urnas electorales, y obligar a los indecisos dirigentes de la MUD a reconocer la autoridad suprema de la inconstitucional anc. Sin la menor duda, tres huesos demasiado duros de tragar, pero ya se sabe, para estos gladiadores de la democracia y la paz poder participar en las próximas elecciones, por trucadas que sean, bien vale una misa.

Estos difíciles días de finales de enero se ha agravado el dilema existencial de la alianza opositora, calificada hace pocos días por la Conferencia Episcopal Venezolana de “deficiente e incoherente”. En primer lugar, por la obscena masacre de El Junquito, sobre todo después de escuchar la conversación que sostienen las fuerzas represivas que participaban en la operación, prueba irrefutable de que Oscar Pérez y sus acompañantes fueron capturados con vida, un hecho que a su vez demuestra que fueron asesinados después de haberse rendido. Por otra parte, el comunicado de la CEV resume de manera muy rotunda el rechazo de los obispos venezolanos al diálogo en Santo Domingo y a la inminente elección presidencial.

Para colmo de males, Maduro añadió dos nuevas e inadmisibles condiciones electorales. La primera, su orden al CNE de arrebatarle a Primero Justicia su derecho de tener una segunda jornada de validación como partido para poder participar en la elección presidencial. En el terreno de los hechos concretos, esto equivale a ilegalizar al principal partido de la MUD. Segundo, la orden de Maduro a su anc para anunciar, a más tardar hoy lunes, la fecha de la elección presidencial.

Estos dos groseros exabruptos han puesto a correr a Borges y a sus asociados, que según parece han aprovechado el fin de semana para analizar la situación y decidir si a pesar de todo acuden a Santo Domingo a firmar el dichoso acuerdo con los representantes del régimen, o si bajo el peso insoportable de una realidad tan excesiva tiran finalmente la toalla. Dos incidencias permiten suponer, sin embargo, que esta vez la sangre tampoco teñirá las sucias aguas del Guaire. Borges, en su condición de máximo dirigente de PJ y como jefe del grupo de negociadores de la MUD, declaró el viernes pasado que “no debe haber relación entre la ilegalización de Primero Justicia y el diálogo”. Vaya, que para él, este nuevo y humillante atropello no tiene por qué modificar la posición de la alianza en favor del diálogo, la santa paz y la elección presidencial. La otra incidencia es que este fin de semana llegó a Caracas el inefable Rodríguez Zapatero, para reunirse con Maduro, pero también con los negociadores de la MUD.

Para que la vergüenza sea aún mayor, Maduro aumentó notablemente la presión sobre Borges, Ramos Allup y demás para firmar, entre hoy y mañana, el dichoso acuerdo político con el régimen. Al mismo tiempo, Maduro le dio un ultimátum a la MUD: la elección presidencial se hará el día que hoy anuncie el CNE, con candidato de oposición o sin candidato de oposición. Ese no es su problema. En otras palabras, que cuando usted, querido lector, lea esta columna, salga sapo o salga rana, lo cierto es que aquí, en esta Venezuela del hambre, la muerte y la desesperación, incluso las pocas migajas que se daban ya se habrán acabado.

@aduran111

El Nacional

Ricardo Hausmann en Santo Domingo (I), por Armando Durán

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El pasado 2 de enero, bajo el título “El día D para Venezuela”, Ricardo Hausmann sacudió la conciencia opositora nacional con un argumento explosivo. Según el brillante profesor de Harvard, el desmoronamiento sistemático de Venezuela como nación, con una dirigencia política ostensiblemente insuficiente para articular una respuesta política adecuada, exige, como única alternativa factible para restaurar la normalidad institucional y humanitaria del país, que la Asamblea Nacional designe un gobierno en el exilio capaz de gestionar ante diversos gobiernos de la región reconocimiento internacional y asistencia militar, mecanismos sin los cuales no sería posible restaurar en la Venezuela actual el orden constitucional y el Estado de Derecho.

Más allá de la inevitable controversia, la inesperada audacia de este planteamiento extremo genera dos interrogantes incómodas. ¿Acaso Hausmann es tan ingenuo como para no saber que a estas alturas de la historia no parece practicable una intervención armada extranjera en América Latina? Entonces, ¿por qué sugerir este aparente imposible político precisamente ahora, a muy pocos días de que se reanude en la capital dominicana la reiterada parodia de diálogo con que el régimen aspira a profundizar su hegemonía totalitaria? ¿Pura coincidencia?

Otro distinguido profesor latinoamericano en el mundo académico estadounidense, el cubano Jorge Domínguez, en su libro sobre la política exterior de la revolución cubana (Cuba’s Foreign Policy, Harvard Press, 1989), recurre a las cambiantes relaciones entra La Habana y Moscú para señalar que en el desarrollo de cualquier relación de carácter hegemónico debemos distinguir, por una parte, lo que él llama “hegemonía abierta”, como la que marcó la política exterior cubana con la Unión Soviética entre 1960 y 1968, o la de Estados Unidos con Cuba hasta 1959, y la “hegemonía cerrada”, como terminó siendo el vínculo entre La Habana y Moscú después de 1968, hasta la desintegración del imperio soviético. En el primer caso, la parte sumisa de la relación conserva cierta autonomía y la parte dominante se lo permite en beneficio de ambos. En el segundo caso, como ocurrió entre Cuba y la Unión Soviética después de la visita de 37 días de Fidel Castro a Moscú en 1968, la sumisión del sumiso pasa a ser total. A este tipo de relación la llama Domínguez “hegemonía cerrada”. Por otra parte, destaca Domínguez que en ambos casos, y esto es importante, para que la relación hegemónica sea útil y estable, se requiere que la parte sumisa acepte de buen grado el dominio de la otra.

En el caso de Venezuela, está por producirse una modificación similar en los términos de la ecuación que define la naturaleza de la relación real entre el régimen y el sector más dialogante de la oposición. Un tránsito desde la relación de “hegemonía abierta” que impuso el régimen y aceptó la dirigencia opositora después de la derrota del llamado “paro petrolero” en diciembre 2002, hacia una nueva etapa, de “hegemonía cerrada”, que bien puede estar a punto de concretarse estos días en el escenario dominicano.

Las oscuras intenciones del régimen para ejercer el control absoluto de la oposición se pusieron abiertamente de manifiesto cuando Maduro convocó sin ningún contratiempo la elección de una fraudulenta asamblea nacional constituyente con el propósito de borrar del escenario político venezolano el mandato popular del 16 de julio y pulverizar así la esperanza de encontrar una solución feliz al drama venezolano. Tras aquella claudicación sin remedio de los dirigentes de la MUD, profundizada muy poco después por las elecciones regionales y municipales, el régimen puede ahora poner libremente sobre la mesa las cartas marcadas de su ambicioso proyecto hegemónico. Y es justamente en ese espacio tóxico, mientras monseñor Diego Padrón afirmaba la semana pasada en la instalación de la Asamblea Ordinaria de la Conferencia Episcopal que “el pueblo no tiene confianza en los actores ni en la calidad de los objetivos” del diálogo gobierno-oposición que se reanuda pasado mañana en Santo Domingo, donde debemos situar la inquietante propuesta Hausmann. Razón por la cual, aunque físicamente ausente, Hausmann, créanme, estará más que presente en el cónclave dominicano del jueves. De esa presencia nos ocuparemos la próxima semana.

@aduran111