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Almagro: El desplazamiento de venezolanos impacta a todos los países de la región

ESTE MIÉRCOLES 29 DE MAYO el Secretario General de la Organización de los Estados Americanos (OEA), Luis Almagro, expresó que la fuerte migración de venezolanos ha generado fuerte impacto en los países sudamericanos.

“El desplazamiento puede atribuirse a la corrupción, a la negligencia, a la mala administración, al consecuente deterioro económico del país y a la nula preocupación del bienestar de los ciudadanos por parte de la usurpación”, expresó el funcionario argentino.

Asimismo indicó que, según datos del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), se estima que al menos 3.7 millones de venezolanos han salido de Venezuela.

Aunado a esto, Almagro aseguró que dicho “desplazamiento de venezolanos impacta a todos los países de la región”.

Perú dejará de dar permiso temporal a venezolanos tras acoger a casi 50.0000

 

EL GOBIERNO DE PERÚ DEJARÁ DE DAR EL PERMISO TEMPORAL DE PERMANENCIA (PTP) a los venezolanos, luego de haber acogido a casi medio millón y evaluará si está en condiciones de seguir recibiendo a más migrantes de ese país, anunció este lunes el presidente Martín Vizcarra.

En una reunión con la Asociación de Prensa Extranjera en el Perú (APEP), Vizcarra confirmó que solo se dará residencia a los venezolanos que la soliciten hasta el 31 de diciembre y que hayan llegado al país antes de este miércoles 31 de octubre.

El presidente peruano aseguró que su país está en el límite de su capacidad y no puede seguir otorgando más permisos de residencia temporal de manera indefinida.

El mandatario indicó que, una vez vencido el plazo para pedir el PTP, su gobierno evaluará si es posible reabrirlo nuevamente para que más venezolanos puedan solicitar la residencia en Perú.

“A partir del día 31 (de octubre) hay que hacer una evaluación. Hay que buscar el equilibrio entre la solidaridad y la posibilidad real de dar ayuda a ellos y a nuestros compatriotas”, comentó.

El gobernante explicó que una evaluación del Ejecutivo peruano realizada meses atrás señalaba que Perú estaba en capacidad de acoger con todas las condiciones posibles a 200.000 venezolanos.

“Cuando llegaron los primeros 10.000 y 20.000 no había mayor inconveniente. Con más de 100.000 ya se notó, y al pasar los 200.000 se notó un efecto en el suministro de servicios que se requieren en salud y educación, y ahora hay medio millón”, indicó.

Sobre la situación en Venezuela, Vizcarra reiteró el compromiso del gobierno peruano, a través del Grupo de Lima, de buscar cualquier mecanismo para lograr que Venezuela regrese al cauce de la democracia.

“La única vía con la que no estaríamos de acuerdo es la intervención militar. Con cualquier otra estaríamos de acuerdo, ya sea con mecanismos políticos o humanitarios”, remarcó.

Perú es el segundo país que más venezolanos acogió en el último año y medio, solo por detrás de Colombia, que bordea el millón.

 

Sep 22, 2018 | Actualizado hace 2 años
La odisea de las venezolanas para dar a luz en Brasil

LA ESCALADA DE LA CRISIS EN VENEZUELA impulsa un tipo particular y aún más dramático de éxodo: el de las embarazadas. Acorraladas por la situación de colapso de los hospitales en el país que dirige Nicolás Maduro, las mujeres cruzan la frontera con Brasil para tener a sus hijos en Roraima. El estado del norte, el menos poblado del país, registraba un promedio de 8.000 partos anuales. En 2017, tras el flujo de los venezolanos, dicha cifra alcanzó los 12.000, lo que supone un aumento del 50%.

Buena parte de la población se muestra resentida por la precarización de los servicios públicos —que se están viendo presionados por la demanda de los inmigrantes— y por el aumento de la violencia. La tensión crece, con episodios incluso de xenofobia. A finales del mes pasado, un grupo de brasileños llegó a expulsar, haciendo uso de la violencia, a muchos venezolanos que vivían en Pacaraima, una ciudad de la frontera. Este clima se plasma, a su vez, en la campaña electoral: la mayoría de sus habitantes votará en las próximas elecciones de octubre a candidatos que proponen la restricción de los inmigrantes. Cerca de 127.000 han entrado en Roraima entre el inicio de 2017 y junio de este año.

A sus 42 semanas de gestación, la venezolana Verónica González, de 17 años, caminaba, un sábado de agosto, por el aparcamiento de la maternidad de Boa Vista —la única de todo el estado— por recomendación del médico. “Me han pedido dos horas para decidir si inducirán mi parto, ya que mi embarazo está muy avanzado”, explica la joven al lado de su padre. A pesar de estar ansiosa por el nacimiento de Saymar, su primera hija, la adolescente finalmente respira aliviada. Los últimos días, González inició una carrera contra reloj para conseguir dar a luz en Brasil.

Lee más en El País.

Eduardo Stein: No soy ningún policía migratorio, soy un facilitador
EDUARDO STEIN, EX VICEPRESIDENTE DE GUATEMALA y recien designado como representante conjunto en Venezuela de Agencias de la ONU, aseguró en una entrevista con Nelson Bocaranda Sardi para Éxitos FM que no es ningún “gerdanmen” migratorio, si no un facilitador.
Esta fue la respuesta de Stein ante las acusaciones del presidente Nicolás Maduro de que era un “policía de inmigración”, además de asegurar que le pediría 500 millones de dólares para cubrir los gastos de repatriación de los venezolanos.
“No creo oportuno responder políticamente a ese tipo de comentarios. Los recibo con respeto. Si le puedo decir que las dimensiones y el alcance del encargo que he recibido son públicas desde el momento de su anuncio hace dos días. En modo alguno me considero un gerdanmen migratorio. Si no más bien un facilitador para toda aquella población que necesite el apoyo internacional en estas condiciones de migración forzada o refugio”, expuso Stein.
El nuevo representante conjunto en Venezuela de la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR) y de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), aseguró que su función es coordinar el mecanismo rápido para una respuesta regional con énfasis humanitario para tratar la crisis migatoria venezolana solicitado por el secretario general de la ONU, António Guterres.
Agregó que entre sus tareas está facilitar el enlace a nivel de los gobiernos y el de realizar una asesoría de alto nivel para las dos organizaciones.
“Parte del problema que se está dando por la magnitud del fenómeno es que ningún país, de manera aislada, está en capacidad ya de enfrentar esta presión migratoria y sobretodo la demanda de entrar en categoría de refugio de muchas familias”, indicó el expresidente de Guatemala.
Señaló la importancia de la búsqueda de recursos para temas como el alimentario, vivienda, salud e identidad de los inmigrantes.
“Vamos a ponerle todo el cariñito que se pueda para que este mecanismo regional funcione y se pueda antender a la población de la mejor manera”, afirmí Stein.

Cúcuta: Salida de Emergencia | Viaje a la incertidumbre
Decenas de familias venezolanas deciden cruzar Colombia a pie, hacia cualquier destino, para huir de un país en el que el hambre y el precio de la vida amenazan con elevar un éxodo que ya es masivo

 

Angélica María Cuevas G. | Fotos: Juan Arredondo

POR LO MENOS 1 MILLÓN Y MEDIO DE VENEZOLANOS han dejado su país en los últimos dos años, utilizando Colombia, y Cúcuta (Norte de Santander) como principal puente de escape. Venezuela vive una diáspora sin precedentes, impulsada por una hiperinflación que se ha agudizado desde 2016 y se revela en sueldos simbólicos, quiebra, hambre y violencia.

La imparable devaluación del bolívar hace dramática la situación de quienes cruzan en Cúcuta el Puente Simón Bolívar. Mientras en 2016 se recibían $2,2 pesos colombianos por cada bolívar, en mayo de este año el mismo bolívar valía $0,0025 pesos. Por lo poco que vale su dinero, muchos venezolanos duermen en las calles y terminales de Cúcuta, trabajan informalmente y venden lo que traen a la mano: teléfonos celulares, zapatos, anillos de bodas e incluso el cabello de las mujeres.

Para reunir $50.000 pesos colombianos (US$17,5 dólares), que es lo que cuesta un tiquete en bus a Bucaramanga, se tendrían que entregar 10 millones de bolívares, equivalentes a cuatro salarios mínimos mensuales en Venezuela. Conseguir algo de dinero en Cúcuta es tan difícil, que decenas de personas deciden agarrar las maletas y tomarse a pie la carretera. Junior Reverol, Joselyn Castillo y Karina Gómez, con 8 meses y medio de embarazo, son parte de un grupo de 14 personas que salieron a la carretera el 13 de mayo de 2018, hacia Cali.

Para llegar a Cali se pasa primero por la ciudad de Bucaramanga, el tramo desde Cúcuta, que en un automóvil tardaría 5 horas y media, les toma a un grupo de caminantes dos o tres días, en promedio. Viajan en grupos de tres, cuatro, siete, nueve, catorce personas. Duermen en carpas, al borde del camino, en estaciones de gasolina o paraderos. La ciudad intermedia de Pamplona es una parada obligada.

¿Cuántos venezolanos pasan a diario?

“Qué pregunta difícil”, dice Luis Mora, de 37 años, un venezolano que trabaja como montallantas en el sector de la Donjuana y le permitió al grupo de 14 pasar la noche junto a los cauchos. “Esta semana si no han pasado 700 o 800 han sido poquitos, hace poco, en un solo día ví unos 250, no le miento, yo trabajo desde la 6 de la mañana hasta las 8 de la noche. Es muy triste y esto se va a poner peor. Venezuela no mejora, entonces vamos a ver más venezolanos en la carretera”.

Para los venezolanos que cruzan el Puente Simón Bolívar, en Cúcuta, existe el imaginario de que entre más lejos estén de esa frontera, más fácil será volver a empezar. No importa dónde terminen: Bogotá, Quito, Rumichaca, Santiago de Chile, Buenos Aires, si el clima se parece al de Caracas, Valencia o Barquisimeto, o si las ciudades están rodeadas por montañas o tienen de lado un río, o el mar. Mudarse lejos de Venezuela actual, la inviable, es la oportunidad de reconstruir sus vidas.

Jovanny Barreto, “El muñequito Báez”, es ciclista de ruta hace 23 años. Cuenta que alguna vez compitió La Vuelta al Táchira y que salió pedaleando hace tres días de Barinas buscando llegar a Ecuador. Su estrategia, mientras avanza, es inscribirse a carreras locales que busca por Facebook, luchar el podio y reunir algo de dinero para comer y enviar a Venezuela. Los 70 kilómetros que corre a diario los toma como entrenamiento y dice que si la cosa no funciona, buscará trabajo de herrero, pintor, mecánico o vendedor. El 13 de mayo se encontró a los 14 caminantes al borde de la carretera, descansó con ellos. “La semana pasada una de mis nietas me pidió comida y no tuve para darle, así que arranqué. No me estoy yendo del todo, yo no cambio a mi Venezuela por ningún país, hoy nos tocó migrar, pero cuando mi Venezuela se arregle, regreso”.

Consulta el reportaje completo en este enlace.

Mira el especial “Cúcuta: Salida de emergencia“.

Los yukpa vivieron un año en Cúcuta y apenas nos enteramos
Estos indígenas venezolanos llegaron a Colombia tras un rumor de que aquí, al menos, había arroz para comer. Eran unos 300 y estuvieron en el país hasta junio, viviendo en condiciones indignas. Dos de sus niños murieron por desnutrición y eran objeto de amenazas constantes por supuestamente ser contrabandistas

 

Carolina Gutiérrez Torres | Fotos: Juan Arredondo

Primera semana de mayo del 2018, Cúcuta

Para encontrar a los indígenas venezolanos yukpa en Cúcuta, hay que ir al puente Francisco de Paula Santander que une a Colombia y Venezuela: el segundo paso fronterizo entre los dos países (el primero es el Simón Bolívar); la entrada menos custodiada por las autoridades y menos contada por los medios de comunicación; el lugar por donde pasa el contrabando a plena luz del día y frente a los ojos de las autoridades; el escenario de enfrentamientos nocturnos entre bandas criminales que quieren controlar las rutas del contrabando; el sitio donde a veces, solo a veces, se preocupan por sellar el pasaporte.

En la margen derecha, justo debajo del puente, está el primer grupo de yukpa. Hay que ir con cuidado: son buscapleitos, tiraflechas, contrabandistas. O al menos eso dicen la policía y los titulares de prensa: “Indígenas Yukpa agredieron con piedras a funcionarios en puente fronterizo”, “Nuevos enfrentamientos entre Yukpa y autoridades”. Los otros dos grupos están al lado izquierdo del puente. Para llegar a ellos, hay que caminar por la calle paralela al río Táchira, pasar una cancha de fútbol, seguir hasta encontrar unos arbustos y atravesar ese matorral. Ahí están. Con ellos no hay de qué preocuparse: son muy pacíficos. Eso sí: hay que pedirle autorización a los caciques para entrar. En total, son unos 300 indígenas.

La historia de los yukpa es casi tan invisible para el país como la del Francisco de Paula Santander: el puente por donde entraron los indígenas a Colombia en junio del 2017, huyendo del hambre y las enfermedades en su territorio (la serranía del Perijá, estado de Zulia), y donde se quedaron a vivir. Los yukpa llevan un año aquí y no sabemos casi nada de ellos. No sólo porque están yendo y viniendo de su territorio, o porque no tienen líderes absolutos que sean sus voceros, sino porque su relación con el Estado colombiano ha sido a estrujones. No confían en casi nadie.

De los yukpa, sabemos que están viviendo en condiciones indignas en la intemperie y que este año han muerto dos de sus niños por desnutrición. Sabemos que han denunciado la desaparición de varios de sus miembros, y que se sienten amenazados por los criminales que se mueven por el puente. Sabemos que están empeñados en quedarse en Cúcuta porque en Venezuela comprar arroz se volvió un lujo y aquí, desde que llegaron, al menos no les ha faltado su arrocito. Sabemos que le están pidiendo al Estado colombiano ser atendidos como ciudadanos de este país, porque vienen de un territorio que comparten con Colombia y eso, sostienen, los convierte en “indígenas binacionales”. Sobre su origen y su cultura y su cosmovisión, no sabemos nada. Por eso estamos acá.

***

Es martes 8 de mayo y estamos frente al puente Francisco de Paula Santander. Nos subimos al puente, caminamos por la margen derecha, nos detenemos en la mitad del trayecto y miramos hacia abajo. Vemos los cambuches de palos y plásticos en los que vive el primer grupo de yukpa del que nos hablaron; vemos niños desnudos, o con la ropa sucia y a medio poner, acostados sobre cajas de cartón; vemos indígenas con bultos en la espalda, cruzando las aguas sucias y malolientes del río Táchira, para esquivar los puestos de las autoridades fronterizas. Le preguntamos a un policía por los yukpa asentados debajo del puente y nos responde que son unos revoltosos y que se ponen más agresivos, aún, cuando los detienen con contrabando, pero que qué más puede hacer la policía si su misión es mantener la seguridad y el orden.

Nos devolvemos, nos bajamos del puente y pensamos unos segundos qué hacer. Decidimos coger el camino de la izquierda y buscar a los dos grupos de yukpa que están asentados detrás de los matorrales. Cuando ya estamos muy cerca vemos a una mujer indígena junto a varios niños. Les sonreímos. Les decimos que estamos buscando a Henry o a Samuel, sus caciques. La mujer nos hace una señal para que la sigamos y empieza a caminar. Atravesamos los arbustos y llegamos a su pequeña comunidad, también construida con palos de madera y reciclaje.

Nos reciben otras mujeres, les preguntamos por los caciques y nos llevan de la mano hasta un rancho. Nos piden que esperemos. Mientras tanto, más mujeres y niños nos rodean; la mayoría de los pequeños tienen ronchas en la piel, las barrigas infladas de parásitos y el pelo descolorido. Después de unos segundos llega el cacique Samuel Romero, con un sombrero de paja y una banda amarilla, azul y roja, y estrellas blancas, atravesada en el pecho. Él se sienta en una silla y el resto nos acomodamos en el suelo, rodeándolo. Les contamos lo que estamos haciendo y les pedimos autorización para estar allí. Aunque muchos no entienden ni una palabra de español, todos nos escuchan atentos. Samuel nos da su aprobación.

Cuando les preguntamos por su origen, por el lugar del que migraron, una de las mujeres corre hasta el rancho del cacique y trae una cartulina verde, en la que hay dibujado un paisaje infantil. “Nosotros venimos de aquí”, dice Sonia Martínez, mientras señala el dibujo trazado con lapicero azul. El dedo de Sonia apunta a unas montañas, a un sol, a una casa grande ubicada en el centro, y a varias casitas regadas por los alrededores. Allá han vivido históricamente en casas de caña brava, bahareque, techo de paja o de hojas de palma, y piso de tierra. No tienen autoridades ni un gobierno absoluto. Están divididos en pequeños grupos liderados por un cacique, y asentados alrededor de una sede principal, que es donde solían recibir la atención médica, los alimentos y la educación que les proveía el Gobierno venezolano. Sobrevivían cazando; cultivando malanga, yuca, plátano, caraotas y frijoles; y vendiendo la cosecha para comprar sal, arroz, aceite y elementos de aseo: lo básico para vivir. Pero la crisis política y económica de Venezuela también se trepó en esa montaña y los estaba acabando.

“Nos demorábamos entre tres y seis meses sacando tres sacos de yuca, y nos los compraban a precio de gallina flaca”, dice Brinolfo, un líder yukpa de la comunidad vecina, que queda a unos pasos de aquí y que lidera el cacique Henry. Por tres bultos de yuca les daban un millón de bolívares, explica el señor, y esa plata apenas les alcanzaba para comprar un kilo de arroz. Así no hay quien sobreviva. El hambre y el desespero los estaba llevando a robarse la siembra entre los diferentes grupos, a pelearse. Ahí se dieron cuenta de que estaban tocando fondo.

Por ese entonces, hasta la sierra del Perijá venezolana había llegado el rumor de que en una ciudad colombiana llamada Cúcuta al menos había arroz para comer. No lo pensaron más y decidieron cruzar a Colombia. Se organizaron y emprendieron tres días de viaje en burros y buses, y de largas caminatas, hasta que arribaron al puente Francisco de Paula Santander. Eran unos 60. La mayoría, niños, mujeres y ancianos enfermos. Muy enfermos.

Sonia coge la cartulina en sus manos y señala ahora la punta de una montaña, de la que se desprende una cascada. Es su montaña sagrada desde los tiempos de “atancha” (“desde nuestros antepasados”, explica Samuel). Se llama turi, que significa agua de manantial. “No se puede llegar a ella. Cuando estamos cerquita ella se pone lejos. La primera piedra con que se fundó nuestra comunidad salió de ahí”, cuenta Sonia. Los ancestros de los yukpa son los indígenas caribe. Se calcula que en Venezuela son unos diez mil.

En ese paisaje azul está todo lo que los yukpa tuvieron que abandonar para ir en busca de comida y de atención médica para sus niños enfermos, sobre todo, de tuberculosis y desnutrición. Dejaron su lugar de origen, su turi sagrada y, claro, sus tradiciones. Por ejemplo, esa que reza que hay que cortarle el pelo a las niñas al ras después de su primera menstruación, y que luego deben permanecer un mes encerradas en el monte, completamente aisladas, tejiendo y comiendo alimentos sin sal. “Cuando termina el mes se hace una fiesta. La señorita tiene que preparar la chicha para demostrar que sabe cómo cocinar”, explica Neli Achita, otra mujer de la comunidad. Para casarse, tiene que esperar hasta los 18 años.

Todos seguimos sentados en el mismo círculo, escuchando las historias de las mujeres. De pronto el cacique Samuel se pone de pie y las reúne. Intercambian un par de frases en su lengua y luego nos dicen que quieren mostrarnos uno de sus bailes tradicionales. Cuatro mujeres hacen una fila horizontal y una de ellas coge a un niño en sus brazos. Comienzan a cantar en su lengua y a balancearse hacia adelante y hacia atrás.

Es el baile de los niños recién nacidos y lo hacen cada 24 de diciembre. Las mujeres cargan a los bebés de la comunidad y danzan con ellos mientras, con la mano, simulan que les están llevando comida a la boca. Es la representación de su primer bocado bendecido por el cacique: una especie de aseguranza para que no les falte el alimento. Aunque en esta Venezuela de hoy, comandada por un dictador, no hay poderes ancestrales que valgan. Los yukpa se estaban muriendo de hambre en su territorio y hoy, con su migración y la división de la comunidad, está en riesgo la supervivencia de su cultura.

Las mujeres bailan. Los niños se ríen y aplauden. Y por un instante todo es fiesta en la comunidad del cacique Samuel.

Consulta el reportaje completo en este enlace.

Mira el especial “Cúcuta: Salida de emergencia“.

Jul 27, 2018 | Actualizado hace 2 años
Cúcuta: Salida de Emergencia | Una Rosa en el camino
Rosa Umaña, una colombiana que alguna vez tuvo que salir de su país desplazada por la violencia, abre las puertas de su hogar en Cúcuta a venezolanos expulsados por la crisis humanitaria

 

Textos y fotos: Rafael Hernández y Rubén Sevilla

LA COLOMBIANA ROSA UMAÑA LLEVA MÁS DE DOS años hospedando en su casa a migrantes venezolanos. En este cuaderno las familias escriben anécdotas o mensajes de agradecimiento con la mujer que los recibe de manera gratuita.

Rosa posa junto su diario donde familias de migrantes venezolanos han plasmado el agradecimiento por recibirlos.

El ruido y la confusión del puente internacional Simón Bolívar llega a punto muerto en el barrio Camilo Daza, ubicado en la periferia noroccidental de Cúcuta. Distinguido por sus casitas pintorescas y aceras limpias, muy diferente a la suciedad que recubre algunos barrios venezolanos.

Hay, también, pequeños comercios familiares que venden desde mercería hasta medicinas; y un safari de panaderías que inevitablemente hacen recordar la Venezuela del pasado, de una cultura panífera hecha de harina de trigo, azúcar y dulce de guayaba. Es un barrio de escasos recursos, conformado en su mayoría por familias colombianas que han sido desplazadas por la violencia y que encontraron en la periferia de Cúcuta un lugar para reconstruir sus vidas.

Además, en el Camilo Daza abundan las peluquerías, como la de Rosa Umaña. Ella es popular no sólo porque maneja este negocio, sino porque se convirtió en la salvación de muchos migrantes venezolanos. Por su casa han pasado decenas de personas que dejaron Venezuela por la profunda crisis humanitaria que atraviesa, y que necesitan una morada para dormir unos días, recobrar capital y continuar su tránsito hacia Bogotá, Medellín, Cali, Quito, Guayaquil, Perú, Chile, Argentina…

Rosa no les cobra ni un peso por el alojamiento y la comida. Incluso, hasta les ha dado trabajo a algunos. Así pasó con Niledys García, una venezolana que supo de Rosa a través de Whatsapp. “Me dijo que alquilaba cuartos y al llegar no era así, nos hospedó gratis”, cuenta Niledys, madre de dos niños que migraron con ella hace cuatro meses y hoy viven en arriendo en una casa vecina. “Estamos recién mudados”, exclama orgullosa la estilista, quien hoy es empleada de confianza de Rosa.

La sensibilidad de Rosa nació, quizás, cuando vivió en carne propia la crisis venezolana. Llegó a Venezuela expulsada por la violencia en Colombia cuando en diciembre del 2001 las autoridades allanaron su casa, argumentando que era colaboradora de la guerrilla. Decidió irse a Valencia (al centro de Venezuela), donde vivió muchos años. Cuando empezó a llegar la escasez a ese país, pasó días completos haciendo fila con uno de sus hijos en brazos para comprar comida. La crisis se profundizó y una tarde en la que, después de horas de espera, salió con las manos vacías mientras otras personas sí pudieron hacer sus compras pues pagaron para ser favorecidas. Ese fue el punto de no retorno.

Decidió regresar a Colombia. Dejó su casa y, resignada, acepta que en cualquier momento podrían expropiársela. “Pero gracias a Dios logré surgir aquí nuevamente. No me queda más que ayudar al que viene buscando una nueva vida”, dice.Entre tantos migrantes, son pocos los que se encuentran una Rosa en el camino. Ella, además, es una abanderada de la lucha contra la estigmatización y la xenofobia que llegaron a Cúcuta con la oleada de venezolanos que huyen.

Luchar contra la xenofobia

Francesco Bortignon, un anciano delgado, de facciones duras, se acerca a la ventana de su oficina en el corazón del barrio Camilo Daza, para aliviar el calor. Bortignon dirige el centro de Migrantes de la Comunidad Scalabrini. “Hace unos años atendíamos anualmente entre 200 y 300 venezolanos, pero de golpe han pasado a cuatro mil”, explica.

Para muchos expatriados el paso por Cúcuta no es color de rosa. Si bien un grueso número está en tránsito, muchos otros se quedan buscando recursos para sobrevivir el día a día, así eso signifique dormir en la calle. Lo asegura Óscar Calderón, coordinador del Servicio Jesuita a Refugiados de Norte de Santander. “Hemos registrado una cifra tope de dos mil venezolanos en situación de calle. La mayoría de esta migración ocupa los sectores de la población más pobre de Colombia y esto, muchas veces, termina convertido en una especie de lucha entre los más pobres por el mínimo vital”.

Pero las dificultades no terminan ahí. Otra espina, la más lastimosa quizás, es la de la xenofobia. Bryan Román, un venezolano moreno y acuerpado, curtido por el sol de la costa occidental venezolana, soporta el calor del mediodía cucuteño. Lo que no resiste, dice, es la aversión hacia el migrante y los miedos que despierta. “Uno va a algún sitio donde requieren un ayudante, más que todo en supermercados, y cuando les dices que estás buscando empleo te dicen que ‘no’ de una, por tu acento”.

Bryan lleva 15 días en Colombia. Y aunque ha tenido que escuchar muchos rechazos, reconoce que también ha recibido ayuda. Está sentado en el patio de la iglesia de los Scalabrini, junto a su hermano, su hermana y su sobrino, esperando a inscribir al niño en este centro, donde podrá recibir educación. Por su condición de ilegal, no puede ser escolarizado por el Gobierno colombiano.

“Yo no tengo miedo a que me discriminen porque vine a trabajar humildemente y a ganarme el pan”, exclama Euclides Colmenares, quien llegó hace una semana y vive en casa de Rosa. A pesar de haber tenido dificultades para acceder a Colombia, luchó hasta que logró entrar. “No me devolví porque tengo a mi esposa embarazada y tengo que trabajar para mandarle (dinero) a ellos en Venezuela”.

Otras rosas

“Yo digo que el que los juzga y trata mal es porque no ha sufrido”, dice Kelly Lizcano, otra vecina del barrio Camilo Daza quien, como Rosa, convirtió su casa en un lugar de paso para los migrantes. Ella también es colombiana, migró a Venezuela expulsada por el conflicto y retornó a su país cuando la crisis venezolana se hizo insostenible. Habla desde su casa, abarrotada de mil enseres que vende desde la ventana. En el comedor, su hija juega con una “canaimita”: un computador personal entregado por el gobierno venezolano a personas de bajos recursos.

Kelly alberga en su hogar a María Valentina Hernández, otra migrante. María es joven y tiene 34 semanas de embarazo. Cruzó a Colombia con su esposo. “Allá cuesta mucho dar a luz. No se consiguen ni guantes de cirugía, ni antibióticos”, dice.

Muy cerca de allí está la casa de Albeiro Monsalve, quien observa su casa mientras una manada de cachorros juguetea en el patio. Esa misma casa fue construida entre él y un venezolano. Monsalve ha recibido a tres familias y ninguna de esas experiencias le ha dejado un sabor amargo, por eso rechaza la estigmatización hacia el migrante. “Todos no son iguales, digo yo”, sostiene. “Yo también estuve allá y a mí me recibieron con las puertas abiertas. Aquí hay que hacer lo mismo”.

Cruzar el puente internacional Simón Bolívar resulta una enredadera llena de espinas: hay que hacer largas filas para sellar la salida en la aduana venezolana y la entrada a Colombia, negociar o espantar a los astutos carretilleros, superar las exigencias de las autoridades policiales colombianas y la extorsión persistente de la Guardia Nacional Bolivariana.
Sin embargo, Cúcuta adentro, el calor se vuelve calidez de hogar cuando Rosa, y otros colombianos como ella, extienden una mano para aliviar la incertidumbre y la desesperanza con la que vienen cargados los venezolanos expulsados por su propio país.

Consulta el reportaje completo en este enlace.

Mira el especial “Cúcuta: Salida de emergencia“.

Cúcuta: Salida de Emergencia | El vuelo de Jesús
Jesús Longa, un niño de 10 años, y su papá Gustavo Longa, cruzan el puente Simón Bolívar todos los días desde Venezuela hacia Colombia. Ambos hacen parte de un grupo de migrantes denominado “pendulares”, que cruzan la frontera continuamente y que suman más de 1,3 millones de personas

 

Guión y video: Johana Osorio y Yaikel Dorta

LA CRISIS ECONÓMICA DE VENEZUELA LLEVÓ A GUSTAVO LONGA a desplazarse todos los días hacia Cúcuta, en Colombia, para trabajar como lustrabotas. Muchas veces, su acompañante en esa travesía es su hijo Jesús, de 10 años, quien cruza el puente Simón Bolívar con su papá los días que le suspenden sus clases de 5° grado de primaria; situación cada vez más frecuente debido al éxodo de profesores venezolanos.

Mientras su papá está trabajando en alguna calle de Villa del Rosario, localidad fronteriza, el niño lo espera en una carpa ubicada en el área de migración, donde una organización defensora de Derechos Humanos ofrece abrigo y educa, académicamente y en valores, a los hijos de los venezolanos que cruzan hacia el vecino país.

Los dos hacen parte de un grupo denominado como “migrantes pendulares”, porque cruzan la frontera continuamente. Se estima que actualmente hay 1,3 millones de venezolanos en esta situación. Este tipo de migrantes no busca establecerse en Colombia. Atraviesan la frontera con un objetivo muy claro: suplir necesidades básicas como la compra de alimentos o la atención médica, para luego regresar a su país.

De estos 1,3 millones de migrantes pendulares, 51% son hombres y 49% mujeres, la mayoría entre los 18 y los 39 años, según el informe Radiografía Migratoria 2017, emitido por el Ministerio de Relaciones Exteriores colombiano.

También hay niños, como Jesús. Migración Colombia registró hasta diciembre del 2017 un poco más de 141 mil menores de edad que entran y salen del país todos los días. Esta es la historia de uno de ellos.

Mira el especial “Cúcuta: Salida de emergencia“.