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Migrar para salvarle la vida a un hijo
La historia de tres madres que venezolanas que cruzaron a Colombia para que sus hijos recién nacidos y enfermos recibieran atención médica, refleja la grave crisis de salud pública que vive ese país

 

Clavel Rangel Jiménez | Fotos y videos: Fabiola Ferrero

LOS VENEZOLANOS FREIDERMAR MARTÍNEZ Y JOSUÉ GARCÍA cruzaron el puente Simón Bolívar hacia Cúcuta, Colombia, el 16 de noviembre de 2017, con Jhosué Neftalí en brazos ahogado en llanto. Tenían casi dos días de viaje comiendo arroz con mayonesa: los únicos productos que les quedaban de la caja de comida (CLAP) que vende el Gobierno venezolano. Jhosué, hoy con seis meses de edad, fue el motivo para emigrar.

Nació en el Hospital Central Doctor Plácido Daniel Rodríguez Rivero, en el estado Yaracuy, en el centro occidente, con un cuadro que es recurrente en Venezuela: peso bajo (2.300 kilogramos, 200 gramos menos que el peso normal establecido por la OMS), falla respiratoria y meningitis, una enfermedad inmunoprevenible cuya vacuna el Gobierno de Venezuela no compra desde el 2015.

Su mamá (18 años) y su papá (23 años), dos campesinos de una comunidad rural en el centro occidente venezolano, hicieron de todo para darle el tratamiento. Tenían que asumir el costo de un monitoreo de exámenes hematológicos cada tres días, porque en el hospital no había reactivos, y no tuvieron cómo mantener ese ritmo.

Josué, el esposo de Freidermar, quedó desempleado en simultáneo al embarazo. Tenían ya un año de casados y aunque la espera del bebé fue planificada, no pasó lo mismo con el desempleo y la hiperinflación. La crisis económica en el país caribeño ha llevado a más del 80% de la población a la pobreza, según datos de la Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi) que publican tres universidades venezolanas ante la escasez de datos oficiales.

No fue un embarazo fácil. Freidermar sólo pudo empezar a hacerse controles cuando cumplió el quinto mes, y ya era muy tarde: tenía riesgo de preeclampsia, desnutrición y una infección vaginal que jamás pudo controlar.

Freidermar Martínez besa a su hijo Jhosué, de seis meses de edad, quien nació bajo de peso en Venezuela y contrajo meningitis. Foto: Fabiola Ferrero

Aunque José consiguió trabajo después de que nació su hijo, el salario no alcanzaba para darle la atención médica y nutricional que necesita un niño que nace con bajo peso. La situación se complicaba cada día más. “Estábamos demasiado estresados: si comprábamos un suero nos quedábamos sin nada. Yo parecía María Magdalena”. Jhosué lloraba día y noche por hambre, como también lloraba ese 16 de noviembre que sus papás decidieron cruzar el puente.

El Hospital

Historias como la de Freidermar son recurrentes en el Hospital Universitario Erasmo Meoz, en Cúcuta, cuyo nombre se le debe a un médico colombiano que cursó en Venezuela sus estudios de medicina en 1885: el doctor Erasmo Meoz.

Esta institución, es el centro de recepción de los venezolanos que migran a Colombia por situaciones de salud. Según el director de urgencias del instituto, Andrés Eloy Galvis, desde hace dos años han atendido al menos 11 mil pacientes venezolanos. Entre esos, cientos de niños que llegan en graves condiciones de salud. En la emergencia pediátrica de este hospital, al menos el 60% de los pacientes son venezolanos.

Los niños venezolanos son diagnosticados, principalmente, con desnutrición, neumonía, meningitis bacteriana, leucemia y cuadros de diarrea, como explica el doctor Albert Abisai Cova, un pediatra venezolano formado en la Universidad de Oriente (UDO), al sur de ese país, que desde hace dos años trabaja allí.

Aunque el gobierno de Colombia ha dado instrucciones para que los migrantes sean atendidos, el hospital ya no da a basto. Además está atravesando una grave situación financiera: tiene deudas por 240.000 millones de pesos, de los cuales 10.000 millones, hasta marzo, correspondían a la atención a venezolanos.

De acuerdo al registro, de los 81 pacientes hospitalizados el domingo 6 de mayo, 16 eran migrantes. Y de los nueve que había en la unidad de cuidados intensivos, cuatro eran venezolanos. Las razones para llegar aquí son múltiples, pero uno de los casos más comunes es el de Jhosué: niños recién nacidos bajos de peso y con dificultad respiratoria, que requieren ser atendidos en unidades de cuidados intensivos cuyos equipos en Venezuela están en colapso.

Yosmary García junto a Zurisadai dentro del rancho que junto a su familia cuidan en el barrio Brisas del Mirador, en Cúcuta, Colombia. Foto: Fabiola Ferrero

Yosmary y María Isabel

Zurisadai es un personaje bíblico que aparece en el Número 2,22 de este libro sagrado. Es, también, como Yosmary García llamó a su primera bebé, quien murió a los tres días de nacida. Venía con complicaciones en el cuello materno, bajo peso y retardo del crecimiento fetal. O algo así le dijeron en Venezuela.

Después de la primera pérdida, los médicos fueron claros con Yosmary: no podría embarazarse de nuevo y, si lo hacía, su vida estaba en riesgo. Pero a los tres meses de aquella cesárea, Yosmary, de 25 años, estaba nuevamente embarazada en circunstancias de alto riesgo y en estado de desnutrición. La niña llegó al mundo a las 37 semanas de embarazo en el mismo hospital de Yaracuy donde fue atendida Freidermar: el Plácido Daniel Rodríguez Rivero. Yosmary también la llamó Zurisadai.

A los dos meses, como la producción de leche de Yosmary no era suficiente, le sugirieron alimentar a la niña con leche de cabra. Era la única opción. La leche de fórmula para bebés es cada vez más escasa en Venezuela y su costo equivale a casi cinco salarios mínimos, lo que gana menos del 20% de la población. “Estaba muy flaquita y me asusté. Lloraba mucho por hambre”, cuenta. Fue ahí cuando decidió migrar.

Casi la misma historia cuenta María Isabel Lázaro, de 23 años, quien también migró a Colombia y al mismo barrio para salvar a uno de sus cuatro hijos: Juan, el más pequeño. Llegó a Cúcuta el 14 de noviembre de 2017 con él y Yordi, y semanas después regresó a Venezuela por los otros dos. Cuando buscó ayuda médica en el hospital Erasmo, los niños estaban tan graves que el Gobierno colombiano intervino –a través de un programa de atención familiar–  puso a los pequeños al cuidado de una madre sustituta hasta que se estabilizaran.

Ahora juegan los cuatro en el barrio El Mirador de la comuna 8 de Cúcuta, en los alrededores de un rancho de plástico de 5×5 metros, techo de zinc, madera y piso de tierra, donde viven ocho personas.

En Venezuela, María Isabel vivía en Perijá, Machiques, estado Zulia. Allí comenzó a notar que Juan “tenía la piel arrugadita, como un viejito, y estaba flaquito. La gente dice que lo que tenía era frío de muerto o que le habían echado mal de ojo”.

Los 4 hijos de de María Isabel, incluyendo Maryorie Paola, de seis años, fueron entregados durante cuatro meses a una madre sustituta del programa Bienestar Familiar. Foto: Fabiola Ferrero 

En marzo del 2018, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) adoptó la Resolución 2/18 sobre la migración forzada de venezolanos, que establece unas recomendaciones para que los gobiernos actúen frente a esta inédita migración en el continente. El derecho a la salud, es una de las tantas preocupaciones de este organismo, ante las múltiples violaciones de derechos humanos en Venezuela.

Un reciente informe sobre la movilidad humana venezolana realizado por el Servicio Jesuita de Refugiados y la Universidad Católica del Táchira, entre abril y mayo de 2018, destaca que 56.3% de las personas que cruzaron hacia Colombia como migrantes lo hicieron por razones de salud.

Este panorama, sin embargo, es desconocido o ignorado por las autoridades venezolanas que en la 11° Reunión Ministerial del Movimiento de Países No Alineados (Mnoal), en mayo pasado, sostuvieron que en Venezuela no existe una crisis humanitaria. Señalaron, además, que los problemas en el sistema de salud son producto de un bloqueo internacional que impide la adquisición y llegada de medicinas.

Freidermar, María Isabel y Yosmary, saben que no es así. Y saben, también, que lo que se avecina no es fácil. El Fondo Monetario Internacional (FMI) calcula que al terminar el 2018 la inflación de Venezuela llegará a 13.864%, convirtiéndose así en la inflación más alta del mundo. Y bajo ese escenario, la posibilidad de regresar a sus casas es cada vez más lejana, pese a su deseo de volver. Según el informe de migración venezolana del Servicio Jesuita de Refugiados y la Universidad Católica del Táchira, sólo el 13% no se imagina retornando a su país.

Sin embargo, y aunque sus hijos no están completamente sanos, las tres aseguran que el sacrificio ha valido la pena. Al menos ya los niños no están pasando hambre. Y eso lo vale todo.

Consulta el reportaje completo en este enlace.

Mira el especial “Cúcuta: Salida de emergencia“.

Puente Simón Bolívar: el testigo de una crisis
Esta estructura, que comunica a Colombia y Venezuela, que se inauguró con la llegada de la democracia en ambos países, y que llegó a ser considerada la “frontera más dinámica de Latinoamérica”, hoy es símbolo de la emergencia humanitaria del país gobernado por Nicolás Maduro

 

Lorena Meléndez G. | @loremelendez | Fotos y video: Abrahan David Moncada @monkda92

DOS VECES POR SEMANA SUJEY CHACÓN RECORRE con su hijo cerca de una hora y media, desde San Cristóbal, Venezuela, hasta La Parada, en Colombia, para alimentarse en un comedor popular. Oddy Benítez pasa al menos 12 horas en un autobús con cuatros woks a cuestas hasta cruzar a Cúcuta, donde prepara y vende salsas, y compra productos asiáticos para revender en Venezuela. Yolimar Galvis atraviesa el puente para que sus gemelas de dos años, que carga en brazos, sean vacunadas en Colombia. Los hijos de Juan Gamboa cruzan diariamente el paso binacional, de madrugada, vistiendo sus uniformes escolares para ir a la escuela en el país de sus abuelos. Tiany Piñeros atraviesa el puente con su bebé de un año, y su vida empacada en unas cuantas maletas, para dejar atrás a su Punto Fijo natal e irse rumbo a Quito, Ecuador, donde la espera su esposo.  

Todos estos venezolanos soportan el sol, la brisa arenosa y los empujones mientras atraviesan los 315 metros del Puente Internacional Simón Bolívar: el mismo que hace décadas era llamado la “frontera más dinámica de América Latina”, el mismo que el presidente Nicolás Maduro cerró al paso vehicular hace casi tres años; el punto donde se cruzan sus historias y las de otras 25.000 personas que pasan diariamente a pie, huyendo de la crisis que vive una Venezuela desabastecida de comida, medicinas y futuro.

Este también es el mismo puente que dos demócratas inauguraron el 24 de febrero de 1962 bajo un toldo a rayas, y con la brisa del río Táchira golpeando el micrófono en el que pronunciaban sus discursos. Rómulo Betancourt por Venezuela, y Alberto Lleras Camargo por Colombia, abrieron el paso de la estructura de hormigón y acero que las dos naciones construyeron. Eran ellos los mandatarios que habían tomado las riendas de sus países luego de años dictaduras. El nuevo puente fue un símbolo de apertura e integración porque, como afirmó Betancourt ese día, la frontera no separaba “ni las ideas ni los anhelos de justicia”.

Gustavo Gómez Ardila, secretario general de la Academia de Historia del Norte de Santander, dice que cuando habla del puente recuerda una frase del escritor tachirense Pedro Pablo Paredes: “La línea fronteriza no se hizo para dividir sino para unir”. En su infancia, este experto fue testigo de la Venezuela próspera de los años 50, que él y su familia visitaban con frecuencia sin ningún tipo de barrera. Eran los tiempos de una nación que comenzaba a disfrutar de los réditos del petróleo, con nuevas y modernas vías de comunicación, con proyectos de infraestructura firmados por arquitectos afamados y con mostradores repletos de productos Made in USA.

“Siempre me llevaban mis papás a San Antonio a comprar todo lo de Navidad (…) Uno tenía la idea de que, a través del puente, llegaba al paraíso, a la abundancia (…) Los papás de uno decían: ‘si pierde el año, no vamos a Venezuela’. Ir era un premio y el puente era un punto de unión para llegar a la tierra prometida”, rememora.

Pero lejos de aquella bonanza del siglo XX, la Venezuela de hoy obliga a sus habitantes a huir de hambre, como lo hizo Sujei y tantos más – pues según la Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi) en el 2017 al menos 87% de la población no podía cubrir sus gastos en alimentos- otros, como Yolimar y su bebé, atraviesan el puente en busca de la atención médica que Venezuela no les provee: de acuerdo con el Ministerio de Salud, el año pasado aumentó la mortalidad materna en 66%, la malaria creció 76% y reapareció la difteria. Hay unos que se van buscando seguridad, huyendo del país donde en 2017 asesinaron a 26.616 personas según el Observatorio Venezolano de Violencia. Y muchos otros más, corren de la hiperinflación: el Fondo Monetario Internacional calcula que sólo en el 2018 los precios habrán subido un 14.000%.

Primera estación: San Antonio no tiene quien le compre

Si no fuese por las miles de personas que transitan a diario por la avenida Venezuela de San Antonio del Táchira, esa que conduce directamente al puente internacional Simón Bolívar, el pueblo luciría desolado. Las tiendas de aquel tradicional enclave económico tienen hoy los portones abajo. Hay locales abiertos sin mercancía, tiendas que cambiaron de naturaleza para poder sobrevivir, panaderías sin pan y restaurantes sin clientes en pleno mediodía.

Un viernes de mayo, cerca de la hora del almuerzo, la venta de pollos en brasa más cercana a la aduana, Tío Rico, está completamente vacía. Solo tres empleados –uno en la cocina, otra en la caja y otro más sentado frente a una de las mesas– ocupan el lugar de sillas de fórmica y metal, mientras que las presas, ya doradas, giran junto al fuego. No hay un solo comensal en la escena.

Foto: Abrahan David Moncada

San Antonio era conocido por las ventas de artículos de cuero. Las calles principales, entre los años ochenta y noventa, tenían tiendas que ofrecían carteras, chaquetas, zapatos. Uno de esos locales era Variedades Elena, donde hoy se venden los mismos productos pero en lona. En la frontera se acabaron los clientes que compraban pieles.

Eso es lo que dice Larry, quien aguarda al próximo cliente detrás de la caja registradora de su negocio. Un televisor encendido, encajado en una esquina, lo distrae en esa espera. Allí rememora los tiempos en que miles de viajeros iban a hacer compras a Cúcuta y, de regreso, se detenían en San Antonio para llevarse artículos de cuero. Hoy lo más popular de su tienda son los morrales mochileros y bolsos de viajeros, que compran los que emigran.

Segunda estación: 315 metros

La gente marcha hacia la frontera en silencio, sin detenerse, con el paso redoblado y los documentos a la mano. El cruce se hace en medio de maletas que pesan, el sol que quema, equipajes que atropellan; uniformados que importunan, revisan y retrasan; y un vallado metálico que estrecha el espacio. A la derecha, caminan los que salen de Venezuela y a la izquierda, los que ingresan. En el amplio medio, los militares de ambos países vigilan el movimiento mientras deambulan de un lado a otro con sus fusiles en las manos. Por allí también pasan, cuando los dejan, quienes van con ancianos o niños pequeños.

A la mitad del recorrido, la caminata se ralentiza, los codos se rozan, los pasos se arrastran. Se empiezan a alzar las manos con pasaportes, cédulas o carnets fronterizos. Montados sobre las vallas, los de verde oliva verifican los documentos sin mirar con detenimiento cada papel que muestra la marea de manos.

Fotos: Abrahan David Moncada

Quizá muchos de los que hicieron ese recorrido se inscribieron ya en el Registro Administrativo de Migrantes Venezolanos en Colombia (RAMVD), el censo que hace el Gobierno colombiano para medir la diáspora que se queda en su territorio. Solo en el primer mes se comprobó que 203.989 personas, pertenecientes a 106.476 familias venezolanas, están asentadas en la nación. Se sabe que al menos 23% del total está en el departamento Norte de Santander. Y ahí no se cuentan los que andan indocumentados.

Después del puente viene La Parada, el sector del municipio de Villa del Rosario que recibe a los recién llegados a Colombia, con un enjambre de vendedores ambulantes de cualquier cosa que pueda aliviar a quien acaba de estar apretujado en el paso. Ahí también se gritan los nombres de destinos de viaje: Cúcuta, Medellín, Bogotá… Ecuador, Argentina. A viva voz se escucha a quienes compran dólares, bolívares, oro, tablets, teléfonos móviles, cabello… Todo, todo lo que se pueda convertir en pesos colombianos.

“La Parada siempre fue muy movida porque era a donde llegaba el contrabando. Ahora está así por la cantidad de emigrantes”, dice Gómez Ardila, el historiador. El editor de Domingo del diario La Opinión, John Jácome, es más severo cuando habla de la zona. “Difícilmente se saca algo bueno de allí”, recalca, y luego lanza una cifra roja: entre agosto de 2017 y mayo de 2018, hubo más de 30 balaceras en la frontera propiciadas por las mafias que quieren controlar el negocio del tráfico de mercancías.

Tercera estación: La nueva Parada

Allí, del otro lado, las cosas también han cambiado a raíz de la crisis y el cierre de la frontera. En las aceras, el paisaje lo dominan las casas de cambio, abastos, farmacias y confiterías con ventas al mayor. La mayoría de los negocios comenzaron a operar cuando empezaron a llegar los venezolanos en busca de lo más básico: alimentos y medicinas.

Un antiguo taller mecánico se convirtió en una próspera venta de cauchos que maneja Fabio Lazarazo, un colombiano que antes del cierre de la frontera viajaba a diario a San Antonio para trabajar en una compañía de neumáticos. Este nuevo local, dice, es también un negocio de la crisis: la mayoría de sus clientes son venezolanos que van por cauchos chinos de segunda mano, que son muy costosos en su país.

Foto: Abrahan David Moncada

Una cuadra más adelante comienza el área de las hosterías: un puñado de edificios pequeños con recepciones de cemento, paredes de cerámica y sillas plásticas. Marta Higuera, que lleva 15 años de servicio en el Hotel Unión, relata que allí, donde antes dormían los gandoleros que tramitaban los papeles en la aduana, descansan hoy los migrantes mientras esperan que su autobús parta hacia su próximo destino.

Pero la parada no es sólo ventas y bullicio. Detrás de las calles tomadas por el comercio, están las casas modestas de quienes durante décadas han vivido a menos de un kilómetro del otro país. Allí, algunos venezolanos que cruzan el puente se han establecido en posadas improvisadas y residencias que arriendan habitaciones por noche.

En uno de estos cuartos duerme Leyla González, una valenciana robusta y de cabello ensortijado, quien llegó los primeros días de mayo a Villa del Rosario junto a su cuñada y tres vecinos. Con apenas dos millones y medio de bolívares, equivalentes a 2,5 dólares americanos, salió de su casa rumbo a la frontera y dejó a sus tres hijos menores de 10 años con su madre. “Yo vine a probar suerte, porque allá trabajas y no te alcanza para nada. Trabajas para medio comer”, relata la morena de caderas anchas y rostro pálido. Lo poco que tenía, producto de la liquidación de su empleo, lo invirtió en un boleto de autobús que la llevó hasta San Antonio. El resto lo cambió a pesos colombianos al pasar la frontera. Con eso, pagó dos noches de habitación y compró maltas para revender en el puente o en alguna calle de la zona. Lo único que espera es que la aventura le sirva para enviarle pronto plata a quienes dejó en Venezuela.

Fotos: Abrahan David Moncada

La incertidumbre del futuro de La Parada, del puente, de la frontera, se palpa en los testimonios. También se cuela la desesperanza. “Siempre, entre Colombia y Venezuela, ha habido momentos de mucha hermandad, como en la Independencia. Ahí en Villa del Rosario, antes de llegar al puente, hubo un congreso donde se reunieron delegados de los gobierno de Venezuela, Ecuador y Colombia y formaron la Gran Colombia. Ese era el sueño de Bolívar. Pero también ha habido momentos muy difíciles. Sucede como en las familias: los hermanos se pelean a veces, se agarran. Pero esta vez, yo no sé en qué irá a parar todo esto”, dice el historiador Gómez Ardila con un tono de desazón.

A Ingrid Rodríguez, otra habitante de Villa del Rosario, le preocupan las condiciones en las que llegan los que emigran. “Es demasiado el venezolano que llega a diario, que duerme y cocina en la calle, con bebecitos. La Parada se ha vuelto un desastre”. A metros de su casa, una mujer con un niño fríe unas tajadas de plátano en un fogón improvisado.

Foto: Abrahan David Moncada

Endry Báez se queja de lo mucho que ha cambiado su barrio. Para ella, el arribo de los vecinos profundizado el desempleo y la inseguridad. Dice que los propietarios ya no quieren arrendar sus casas, porque se han escuchado historias de venezolanos que hasta han llegado a matar a sus caseros. Desaprueba que crucen el puente solo para vacunar a los niños.

“Uno procura no hablarles. A veces llegan a la puerta pidiendo agua o comida, pero uno procura no darles nada, o solo agua. Yo lo hago pero sin abrirles la reja porque me da miedo. A mí, personalmente, me da tristeza. No todos son malos, los buenos también vienen para acá a buscar trabajo”, comenta.

Hay unas palabras del escritor tachirense Pedro Pablo Paredes, que ayudan a explicar esas sensaciones y contradicciones que expresan algunos habitantes de La Parada frente a la crisis migratoria. Cuenta el historiador Gómez Ardila, que a Paredes solían decirle que parecía más colombiano que de su tierra. “Y él contestaba: es que somos la misma cosa. Llevamos la misma sangre de allá y de acá. Nos dividieron, por las razones que sea nos dividieron, pero ahora somos nosotros quienes estamos contribuyendo a esa división”.

Consulta el reportaje completo en este enlace.

Mira el especial “Cúcuta: Salida de emergencia“.

Colombia publicará un decreto para regularizar a los inmigrantes venezolanos

 

Tras la creación del Registro Administrativo de Migrantes Venezolanos en Colombia (Ramv), que precisó datos migratorios sobre el éxodo de la población en Venezuela hacia Colombia, las autoridades adelantaron que se publicará un decreto para la regulación temporal de esta población.

El gerente para la frontera de Colombia con Venezuela, Felipe Muñoz, señaló que la decisión es hacer un proceso de regulación temporal de estas personas. Añadió que actualmente trabajan con entidades del Gobierno en la elaboración del decreto que saldrá en los próximos días.

En el documento quedará estipulado que se les brindará un periodo de permanencia con el que serán regulares, la posibilidad de que trabajen, se inscriban al sistema de seguridad social de salud y que los niños ingresen a una institución educativa.

También dijo que buscan soluciones en el tema laboral, debido a que la homologación de títulos y acreditación del mismo no es tan rápida. Han dialogado con todos los ministerios para que se puedan dar facilidades en algunos procedimientos.

“Hay que respetar que hay colegios de profesionales, hay normas para algunos y ellos exigen que se den los mismos procesos de homologación para ciertas profesiones específicas, esperamos tener noticias buenas porque para esto se hizo el registro de esta población”, acotó Muñoz.

El presidente electo de Colombia, Iván Duque, recibirá apenas tome posesión de su cargo, los datos más precisos sobre el espectro migratorio, junto con un reporte de los recursos que el gobierno de Juan Manuel Santos logró conseguir como parte de la cooperación internacional.

Muñoz resaltó que, a la fecha, Colombia tiene más de 70 millones de dólares comprometidos para invertir en todas las comunidades receptoras y otras ayudas sociales.

“La mayoría son recursos que ha ofrecido el gobierno de los Estados Unidos (US. 38 millones), los otros son de agencias de las Naciones Unidas, de la Unión Europea y relaciones bilaterales de Canadá y Suiza”, resaltó.

418 niños venezolanos han sido víctima de maltrato, abuso y explotación sexual en Colombia

En Colombia, 418 niños venezolanos podrían ser declarados en condición de adoptabilidad luego de haber sido víctimas de distintos abusos y encontrarse en situación de vulnerabilidad. Así lo señaló la emisora de ese país, Blu Radio, que conoció las cifras de menores de edad provenientes de Venezuela que han sido atendidos por el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) en los dos últimos años.

La nota indica que la institución ha iniciado procesos de restablecimiento de derechos a estos pequeños, de los cuales 234 son niñas y 184 son niños. Del total, hay 159 que tienen entre 0 y 5 años y que han sido víctimas de maltrato, abuso y explotación sexual, desnutrición y abandono, señala el medio, principalmente en Bogotá y la zona Atlantico, donde se registraron 64 casos en cada una, y Norte de Santander con 59.

“En maltrato por negligencia fueron atendidos 66 en 2017 y 19 en 2018. 67 fueron víctimas de abuso sexual en ambos años, 46 por su estado de inmigrantes ilegales, 23 que se encontraban en situación de calle, 22 por maltrato físico y 16 por desnutrición. Pero también hay otros delitos cometidos a los niños que son investigados por las autoridades”, apunta Blue Radio.

Más información en Blue Radio.

Magallanes: Éxodo masivo de venezolanos aumentará en los próximos meses

A juicio de la presidenta de la Comisión de Familia de la Asamblea Nacional (AN), diputada Mariela Magallanes (Unidad / Aragua), el éxodo masivo  de venezolanos  aumentará  en los próximos meses de no generarse un cambio en la política económica venezolana, ante la crisis humanitaria  y la hiperinflación  que vive el país.

Así lo señaló durante el foro la “Situación de la Familia como consecuencia de  la Migración” realizado en el salón Francisco de Miranda, del edificio José María Vargas, esquina de Pajaritos, el cual contó con la participación de destacados ponentes como Henkel García, de Econométrica; Carlos Trapani, coordinador de los Centros Comunitarios de Aprendizaje (Cecodap) y Claudia Vargas, de la Universidad Simón Bolívar.

Magallanes aseguró  que 44 % de las personas que emigraron dejaron una carga social en Venezuela, 17% deja hijos, 38% a padres y 11% a los abuelos.

Las razones, según la encuesta por la cual abandonan el país, son con miras a buscar una mejor calidad de vida ante la merma del poder adquisitivo y la escalada inflacionaria. Estos datos son cifras oficiales provenientes del Registro Internacional de Venezolanos en el Exterior (RIVE) de la AN, el cual coincide con los datos resultantes  de las ONG,s ante la  falta de información del Estado venezolano.

A juicio de la parlamentaria Magallanes, estas cifras permiten observar que se está al frente de un “Estado que impide la reunificación familiar y contribuye al desmembramiento de la familia. En el último año, 48% ha dejado el país y el pico más alto han sido estos  primeros meses del 2018  y va en aumento”, aseveró.

Consideró la legisladora aragüeña que el RIVE como herramienta permite la visualización del problema  y contar con cifras para la estimación de  una proyección de la oleada migratoria por venir.

“Nosotros no pretendemos que esos 4 millones de venezolanos que se encuentran en el exterior se inscriban en el RIVE, pero agradecemos a estos que confíen en la institucionalidad de la AN por cuanto esto va en apoyo a ellos, sobre todo en  la familia que se queda y seguir denunciando la inestabilidad y la situación de crisis humanitaria que vive el país y así generar propuestas para que los venezolanos que se marcharon regresen  y que la familia se pueda unificar”, subrayó.

Por su parte Claudia Vargas, de la Universidad Simón Bolívar, consideró que la familia venezolana está huyendo al no contar y satisfacer sus necesidades mínimas requeridas, proyectando, según cifras que maneja, una merma de más de 3 millones 500 mil venezolanos que se fueron al exterior por el fenómeno  hiperinflacionario y la oscuridad política que actualmente vive Venezuela.

“El problema se ha venido agravando, ha venido creciendo. Y eso, pues, ustedes saben que es debido a esta terrible crisis que vive el país”, señaló.

Reiteró que la crisis en Venezuela se manifiesta en la escasez de alimentos, medicinas e hiperinflación. Esta situación ha obligado a cientos de miles de ciudadanos venezolanos a migrar a otros países para alcanzar un futuro mejor.

El éxodo masivo de venezolanos se ha convertido en los últimos meses en una emergencia humanitaria que afecta a  varios  países de  la región. Este desplazamiento ha sido registrado en las oficinas de migraciones de países como Colombia, Ecuador, Panamá, Brasil y Perú. Además, sus gobiernos han tomado medidas para tratar este éxodo en la región, dijo.

En este contexto, Henkel García, de Econométrica, se mostró pesimista sobre las perspectivas del país ante la crisis y consideró que una mejor manera de entender la reducción significativa del poder adquisitivo que sufren los salarios de los venezolanos es comprender el proceso hiperinflacionario que atraviesa el país que se agudiza con las acciones del gobierno en dicha materia.

Para García Venezuela   necesita una gran  reforma económica, “si el gobierno no toma una medida económica de peso la situación de agravará”, apuntó.

Rodríguez ratifica apoyo de las FFAA a Maduro y niega emergencia humanitaria

El ministro de Comunicación e Información, Jorge Rodríguez, hizo una visita relámpago a Madrid, España, para contar “la verdad” sobre Venezuela en medio de la crisis. Una de sus paradas la hizo en el diario ABC, donde concedió una entrevista en la que negó que en el país existiera una emergencia humanitaria, rechazó que el de Nicolás Maduro sea un “narcogobierno”, evadió la gravedad del fenómeno migratorio venezolano y recalcó que en la Fuerza Armada había una “unidad monolítica” en torno al Ejecutivo.

Al ser interrogado sobre la detención de más de una treintena de militares durante las últimas semanas y los rumores acerca de un supuesto alzamiento en los cuarteles, Rodríguez admitió que se había descubierto una insurrección armada que estaba en contacto con la oposición.

“Hay una unidad monolítica en este momento en la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB), alrededor de la Constitución y del comandante en jefe, que es el presidente constitucional Nicolás Maduro. En efecto, por razón de un oficial que fue abordado por otro y que de inmediato lo comunicó a sus superiores apareció una situación de unos pocos oficiales subalternos que estaban en contacto con factores de la derecha política venezolana a los efectos de promover acciones de complot y conspiración militar, ya completamente desactivado”, indicó.

Para el titular de Comunicación e Información, la aparición de bebés abandonados en el Metro de Caracas es una noticia falsa. También agregó que el país no necesita ayuda humanitaria porque no está en guerra ni sufre una catástrofe natural. “Tenemos problemas, sí, pero ya hemos venido solventando la gran mayoría en materia de provisión de alimentos y medicinas”, dijo a ABC.

Rodríguez rechazó que el de Maduro sea calificado como un “narcogobierno” y señaló que “los organismos que más saben de droga” han informado que las rutas de tráfico de cocaína entre Colombia y Estados Unidos pasan por el océano Pacífico y no por Venezuela.

“(Lo de narcogobierno) Es una barbaridad, un completo absurdo, uno de esos falsos positivos que les encanta montar a los distintos gobiernos de EE UU. Cuando se desclasifiquen esos documentos se verá que era mentira, como las armas de destrucción masiva en Irak o el acorazado Maine. Es muy curioso que el principal consumidor de droga del mundo, EE UU, y el principal productor, Colombia, hablen del narcotráfico en Venezuela. Cuando no es un país ni que produzca ni que consuma”, sentenció.

El ministro aseguró que las elecciones presidenciales se iban a celebrar en “completa libertad” y que cualquiera podría ir a Venezuela para observarlas. Negó que el gobierno temiera por las futuras sanciones que podrían aplicar Estados Unidos, Canadá y la Unión Europea luego de los comicios se realizaran sin condiciones democráticas para ello. “Mientras más agresiones (sanciones) de este tipo haya, más mecanismos de consulta al pueblo vamos a seguir imponiendo”, añadió.

Rodríguez minimizó el fenómeno migratorio venezolano y apuntó que muchas de las personas que se habían ido del país durante los últimos años eran colombianos que regresaban a su terruño.

“Lo hemos empezado a ver, sobre todo en los últimos años, pero de ninguna manera con las cifras que opiniones interesadas han venido señalando en el extranjero. En Venezuela viven 5.800.000 colombianos. La población de Colombia son 40 millones de habitantes, es decir, más del 11% de la población de Colombia vive en Venezuela. Muchos de los que se están yendo son colombianos que se están repatriando, que prefieren volver a pesar de que los atendimos sin ningún tipo de xenofobia”, acotó.

Más información en ABC.

EEUU planea donar fondos a la ONU para ayudar a desplazados venezolanos

El gobierno del presidente Donald Trump estudia la posibilidad de donar casi $10 millones más para ayudar a países de América Latina y el Caribe a hacer frente a la gran cantidad de desplazados venezolanos.

La asignación sería parte de la contribución estadounidense a una solicitud especial del Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (ACNUR) de $46 millones para hacer frente a lo que el grupo dice que es “el mayor movimiento de personas en las Américas” en la memoria reciente. Esa cifra sería adicional a los $2.5 millones que la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo (USAID) prometió hace unos días.

Enfrentado a una reducción en la asistencia para crisis humanitaria bajo el presidente Trump, Filippo Grandi, director del ACNUR, estuvo en Washington esta semana para alegar que las condiciones en Venezuela y el resto del mundo exigen que el gobierno de Estados Unidos mantenga su nivel de ayuda humanitaria.

Lee más en El Nuevo Herald.

Candidato colombiano a la Presidencia llama “dictador” a Maduro

El candidato a la presidencia de Colombia, Humberto de la Calle, criticó este viernes 23 de marzo al primer mandatario nacional Nicolás Maduro y enfatizó que, de ser elegido, su política sobre la migración de venezolanos a su país se alejará de la xenofobia.

En medio del foro “Perspectivas para Colombia, candidatos presidenciales 2018” – realizado en Nueva York y donde también participaron otros dos de los postulados a la Casa de Nariño, Iván Duque y Gustavo Petro –, De la Calle defendió la reciprocidad con el pueblo de Venezuela, que durante años acogió a miles de sus compatriotas.

“Es necesario apelar más y más intensamente a mecanismos internacionales”, agregó quien también fuera jefe del equipo negociador del Gobierno con las Farc, al tiempo que criticó que en su país se haya roto la tradición de no usar la política exterior para fines de política interna.

Con respecto a Venezuela, subrayó que es necesario “condenar el Gobierno de Maduro“, a quien tildó de “dictador” durante el evento celebrado en la Universidad de Columbia.

“(Maduro) viola la Carta Democrática Interamericana”, subrayó en declaraciones recogidas por la agencia EFE, al asegurar que participó en las deliberaciones de este documento, pero advirtió que Colombia “no debe emprender acciones en solitario y mucho menos caer en ciertas provocaciones”.

“No le demos el papayazo (la oportunidad) a Maduro de tomar nosotros iniciativas unilaterales”, dijo.