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¿Por qué tanta maldad? Por Carolina Jaimes Branger

LUEGO DE HABER VISTO el video de las tanquetas arrollando a los manifestantes, por enésima vez me pregunté cuál es la causa de que un ser humano pueda ser tan malvado con otro. Encontré en la web un interesante escrito del Dr. Leon F. Seltzer, psicólogo, donde explica que, con muy pocas excepciones, las personas agresivas con las que ha trabajado a lo largo de su carrera han sufrido importantes déficits de autoestima. Incluso los que han tenido éxito en sus carreras, pero no en sus relaciones, y es allí donde abundan los desencadenantes de la ira. Sin embargo -e independientemente de sus logros profesionales- casi todos han sido afectados por un programa “no soy lo suficientemente bueno” (y algunos con un guion adicional de “soy un fraude” también).

El Dr. Steven Stosny, quien ha estudiado las emociones y es fundador de “Compassion Power” y autor de varios libros sobre cómo mejorar las relaciones humanas, asegura que “la ira sintomática encubre nuestros “dolores originarios”. Estas emociones angustiantes clave incluyen sentirse ignorado, sin importancia, acusado, culpable, no confiable, desvalorizado, rechazado, impotente, desagradable, o incluso inadecuado para el contacto humano”.

Otros autores que leí coinciden en que el perfil de los agresivos, de esos incapaces de sentir culpa, arrepentimiento y mucho menos compasión por los demás, es el de personas con bajísima autoestima, grandes complejos, que de niños fueron abusados y humillados y usan la agresión como forma de solapar sus carencias y necesidades.

Muchos de quienes practican la tortura tienen varias de esas desviaciones psicológicas y, a menudo, obtienen satisfacción sádica. Como carecen de empatía, las reacciones dolorosas y agonizantes de sus víctimas, gritos y súplicas les dan un sentido de autoridad y sentimientos de superioridad. Pero hoy se sabe que la tortura puede dañar no solo a la víctima sino también a los perpetradores. Después del hecho, los perpetradores a menudo experimentarán problemas de salud mental y hasta tendencias suicidas.

Esta revolución ha escogido muy bien a sus esbirros. Y los ha entrenado. Si alguien sabe de represión, ésos son los cubanos. Pero ya los venezolanos de bien escogimos el camino de la libertad y no hay fiera –por muy salvaje que sea- que nos detenga. Falta poco.

 

@cjaimesb

El triángulo de la maldad, por Asdrúbal Aguiar

 

El escritor belga, David Van Reybrouch, en sugerente libro que, bajo el título Contra las elecciones, subtitula “cómo salvar la democracia”, esgrime como premisa de su enjundiosa reflexión una paradoja: “Con la democracia ocurre algo curioso: todo el mundo la desea, pero no hay nadie que crea en ella”.  

 

Según el autor, a la sazón existe una recíproca desconfianza: la del pueblo hacia los políticos – considerándoles parásitos y aprovechadores – y la de los políticos hacia el pueblo: al que juzgan ignorante de las complejidades de la política y por ello todo compromiso entre políticos le consideran un acto de traición.

 

Obviamente, en su análisis el libro de Van Reybrouch observa la situación en Flandes, advirtiendo que allí, el pueblo, es de tendencia conservadora, apegado a sus tradiciones, en tanto que los políticos son innovadores y liberales. Y dice bien lo evidente, a saber, que la crisis de la democracia es de legitimidad y de eficacia.

 

Recuerda que el rechazo histórico de las autocracias se explica en que siendo eficaces pierden legitimidad: piden del pueblo pagar como costo sus libertades. Del mismo modo en que la oclocracia, donde el pueblo debate y decide siempre acerca de los hechos de relevancia pública, incrementa la legitimidad a costa de trágicas o nulas ejecutorias.

 

Habiendo sido la democracia el modelo “menos malo” por sostener en equilibrio crítico a ambas exigencias – la legitimidad y la eficacia, el origen democrático del gobernante y su eficaz desempeño democrático – como lo hacen los marineros sobre un barco en movimiento, el caso es que pasamos por una verdadera tempestad.

 

Si a la luz de estas premisas ponemos atención al caso de Venezuela, cabe constatar que la cuestión democrática comentada, en parte, es también propia y ajena.

 

En medio del carácter líquido adquirido por las sociedades civiles actuales, cuyos lazos de afecto se hacen colcha de retazos: en nuestro caso por la hambruna y el ningún prestigio de las instituciones, el ejercicio democrático es casi un imposible; al menos como lo ha sido. Y presas – hago, aquí sí, excepción de lo venezolano – de las demandas provenientes no ya de los partidos o los grupos organizados que restan y también se diluyen, sino de exigencias ciudadanas individuales, exponenciales, variables y variopintas, según estados de ánimo y sentimientos personales de orfandad que se hacen valer a través de las redes, los políticos contemporáneos se han convertido en simples cajas de resonancia. Se han integrado a la explosión del desorden.

 

Así como el pueblo se abstiene en lo electoral, cambia cada 24 horas de opción de liderazgo, abandona los partidos o los convierte en franquicias electorales sustituibles, dañándose la legitimidad democrática, la efectividad de los políticos es proporcionalmente regresiva.

 

La fútil velocidad con la que giran en sus discursos les impide, a su vez, adoptar decisiones eficaces y reales, dañando estructuralmente a la democracia. Vivir más preocupados por la legitimidad y sus rápidos desgastes como políticos, les hace preferir el cuidado de sus imágenes a los resultados concretos, incluso los que son sinceros y sensibles a los problemas de la gente.

 

Lo que es más complejo: nadie puede decidir como lo hacían antes los gobiernos y los partidos en el pasado, unilateralmente. La globalización, gústenos o no, realidad inevitable en espera de su armazón constitucional, propicia un rompecabezas de intereses y perspectivas locales, sociales, económicas, culturales, internacionales, que se entrelazan y desbordan las fronteras de los Estados – no escapa Venezuela – condicionando, incluso de modo anárquico, los procesos decisorios. E incluso sobre los asuntos privados que la gente hace públicos: bajo la deriva digital y en su narcisismo, faltándole sólo poner altoparlantes en los confesionarios.

 

La misma agonía de las dos variables que equilibra la democracia y la disfuncionalidad entre el pueblo y los políticos era patente, cabe recordarlo, en la Venezuela de 1989; cuando se cierra el ciclo histórico de 30 años del modelo democrático representativo que arranca en 1959. Nuestras élites no la percibieron. Y por eso es que emerge con fuerza el tráfico de las ilusiones, el populismo: ganar al pueblo como sea y prometerle el paraíso terrenal.

 

En buena lid, hoy tenemos una ventaja los venezolanos. Pero reclama de los políticos dejar de lado, por lo pronto, el “incidentalismo”, la fugacidad discursiva o deletérea de lo sustancial. Han de abandonar la democracia de casino, la de usa y tire, pues la opinión pública está mineralizada en cuanto a tres verdades absolutas: (1) Muere de mengua el país, y cada día que pasa sin alimentos ni medicinas agrava su situación. No puede esperar. El mundo digital es para éste, en la hora, una quimera. (2) El origen del mal tiene nombre: Nicolás Maduro Moros y su narco-régimen; (3) Aquél y su asamblea constituyente son dos engendros, antidemocráticos, carentes de legitimidad.

 

En suma, quienes interpreten y resuelvan con eficacia sobre ese triángulo del mal, en lo que todos concuerdan, obtendrán legitimidad factual y estable, y podrán darle a la democracia – que es el mismo pueblo – una fundada esperanza: alcanzar luego elecciones libres e informadas.

 

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Vivir el mal, por Víctor Maldonado C.

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Llanto y crujir de dientes. Hoy la ciudad amaneció más fría que de costumbre. Y más oscura. Las noches de diciembre son más largas. María vive en una acera de Chacao. Dos hijos dormitan cerca de su cuerpo mientras ella vela sus hambres. Al frente, del otro lado de la acera, una bolsa de basura abierta es el único testimonio de sus afanes diarios. Basura o muerte parece ser la consigna, mientras ella transcurre en un olvido constante, borrada como está de cualquier oportunidad para ser libre.

Quid pro quo. Isabel está enferma. Isabel está sola, ella y su hija son los confines de su mundo. Afuera, en la calle, hay un laberinto de imposibilidades. Sin empleo fijo, intenta sobrevivir recibiendo alumnos que necesitan mejorar sus destrezas en matemáticas, física o química. Dos horas de clase a cambio de comida. A cambio de cualquier cosa que pueda calmar el pánico que siente en sus entrañas. Los alumnos escasean, el miedo aumenta y la niña no consigue explicación en los largos silencios que se atraviesan a lo largo del día.

Velad y orad. La noche de anoche cambió las perspectivas de José. Su madre comenzó a sentir un dolor agudo y pertinaz en el bajo vientre. Todas sus estrategias asociadas a la negación y a la evitación de un diagnóstico certero fueron convenientemente consumidas. De nada sirvieron los bebedizos y analgésicos. El dolor avanzaba hasta transformarse en un constante jadeo. Ocurrió lo inevitable. Una apendicitis cuya solución costaba 219 salarios mensuales. Se llevó las manos a la cabeza y lloró amargamente el no poder resolver una ecuación imposible.

¿Dónde está mi esperanza? Hace cincuenta años vino del interior para intentar una nueva vida. Él y su mujer comenzaron vendiendo en las calles. Todo su patrimonio cabía en ese anime que aireaban al sol de mediodía. Un día tras otro se transformaron en años. La voz se hizo más tenue, la piel más tostada, y al final el buhonero se transformó en un comerciante un poco más estable. Allí había un poco de todo hasta que llegó la octava plaga. Como langostas llegaron los funcionarios que ordenaron tumbar los precios y como langostas llegaron los que participaron del saqueo. ¿Cuánto tiempo duró el proceso? ¿Horas? ¿Minutos? El país de repente se le convirtió en un inmenso espacio vacío de prójimos. “Desnudo salí del seno de mi madre. Desnudo allá volveré”, pensó. ¿Y ahora qué? Su mirada se encontró de repente con el viejo anime de sus primeros tiempos.

¿Por qué Dios no se entera? Mateo llegó temprano esta mañana, como todos los días en los últimos cuatro años. Sin embargo, hoy fue un día diferente. La recesión económica, dijeron, la caída de las ventas, trataron de explicar, controles y más controles que se lanzan contra esta empresa desde las catapultas del socialismo imperante, ya no nos permiten contar contigo. Él era uno de los doscientos de los que debían prescindir. La hiperinflación hacía risible el monto de la prestación. El ascensor parecía descenderlo a los infiernos de una calle obtusa. La casa, su mujer, el niño, las cuentas. Las sombras tiemblan por debajo de la tierra, mientras él trata de ir a ninguna parte.

Quédate allí hasta que yo te avise. Ana ya lo decidió. Esa noche hizo un fugaz inventario de lo que debía llevar consigo. Poca cosa cabían en las alforjas de su ilusión. Ese allá, todavía ambiguo, parecía sin embargo ofrecer todo lo que aquí no conseguía, pero que sentía el derecho de obtener. Afuera, en la sala, todo parece sonar como una tela cuando se rasga, todos saben que algo se rompió, y sin embargo nadie quiere hacer el intento de coser. Ella sabe lo que deja. Ella siente el peso que se quita, pero también presiente el dolor y la carga que significan esos nuevos vacíos. No sabe aun de cuantas vidas se está deslindando, ni la sinergia perturbadora que produce esa sumatoria de despedidas que no encuentran cauce.

El poder aplastante. Ellos te obligan a vivir su propia perversidad. Amelia y Salvador, ambos ancianos, sabían el costo que debían pagar. Si querían comer, debían simular completa adhesión. La coordinadora del CLAP, la misma que les avisa cuando llegan las cajas, la misma que les pide el depósito bancario para entregárselas, también los llamó el día antes de las elecciones para chequear su compromiso con la revolución. ¿Saben por quién van a votar?

Me aferraré a mi justicia. Todo fue demasiado rápido. Las bombas, la embestida de los policías, de repente las manos esposadas, y el trajín de una moto en la que Mariana estaba aprisionada entre dos cuerpos que desde ese preciso instante estaban más que dispuestos a violar todo ese pudor, como si los gritos pidiendo libertad pudieran ser manoseados. Mujer, presa política, enemiga del régimen, sometida y desvalida, está condenada a ser víctima de ese poder total que se administra con sevicia. Ya en la cárcel, las miradas de sus carceleros parecen rondas depredadoras, atentas a identificar las fragilidades de un cuerpo que, sin embargo, no se va a entregar sin dar la pelea. Ellos no entienden nada. Podrán forzar su cuerpo, lo intentarán una vez tras otra, y lograrán vencer en una batalla totalmente desigual, porque la violencia puede trasgredir cualquier límite. Ella calla y rápidamente aprende a sobrevivir a esta nueva escalada de la misma infamia. Con celeridad entiende que le arrebatan cosas, pero no tienen acceso a otras, porque esa misma violencia no puede apropiarse de una sola de sus ideas. No pueden tocarlas ni abrazarlas. Las ideas no sangran, no sienten dolor. No se pueden obligar al coito forzado.

El profundo abismo. La cárcel lo quebró. Demasiadas pesadillas hechas realidad con el paso de los días. No debía estar allí, pero allí estaba. Órdenes judiciales que nadie parecía obedecer abrían paso a una incertidumbre insoportable. Estar allí es quedar al margen. La vida está allá afuera. Adentro solo se vivía el infierno de las noches más oscuras del alma. Siete veces siete había sido tentado, otras tantas veces había resistido, pero el desierto parecía inmarcesible. “Te daré todo esto si te hincas delante de mí y me adoras”. La tercera tentación, la misma que Satán había propuesto a Jesús, era más seductora que todo su desierto. Algo en su bajo vientre comenzó a descomponerse, haciendo exigencias que nunca había experimentado.  Y resultó ser una oferta insoportable, que rondaba en esos silencios que invaden las largas esperas que se asumen habiéndose agotado todas las esperanzas. Hizo la reverencia exigida, y comenzó otra fase del mismo infierno, esta vez en una calle que parecía ser la misma celda donde había estado hasta la fecha.

Lázaro no volvió a ocurrir. Atónita, desesperada, Isabel no sabía qué hacer, qué decir, qué pensar. El cielo se le había derrumbado encima, aplastando con excesiva crueldad todas las razones por las cuales vivía. Todo ocurrió tan rápido, como si el cruce de tantas casualidades se hubiera conjurado para mandarla al limbo, donde nada más va a ocurrir, donde nunca más va a pasar nada. De repente su vida se quedó sin propósito, porque allí, en la calle, sangraba hasta vaciarse el cadáver de su único hijo. La bala vino artera y azarosa, perdida como estaba por los linderos de la inconsciencia. Nadie vio quien lo hizo, nadie supo explicar por qué esa ruleta infame acabó con una historia de doce años, un relato que apenas comenzaba. Ella lo asía con desesperación, y pedía respuestas imposibles de dar por quien ya carecía de vida.  Esa violencia pertinaz le llovió encima, y transformó su vida en una larga e irreversible noche, siempre oscura, siempre triste, refractaria a cualquier alegría, negada a un futuro que le negaron la posibilidad de construir.

La locura es otro encierro. Matías anda por las calles persiguiendo a un sol que por momentos luce esquivo. Algunas veces siente que le habla palabras que solo él comprende. Otra tanta lo oye como le susurra mil secretos que sólo él puede comprender. En las noches, cuando no puede traficar con su intensidad, se siente agobiado con ese olor a luz, asimilable exclusivamente por un grupo de elegidos, una secta tal vez, que tiene el privilegio de comprender ese lenguaje de calor y albor. Matías no soporta tanto cielo, lo persigue por la ciudad, siempre ansioso, inquieto, como si allí, en ese sendero, estuviera toda la razón que en algún momento perdió. Matías deambula por las calles, carente de esa cordura que solamente obtiene si toma esa pastilla que nadie encuentra. Su familia, exhausta, lo dejó ir, esperando que se agote alguna vez esa búsqueda ansiosa, que en algún momento finalice esa implacable búsqueda que ya no tiene ocaso.

Y no es de extrañar, pues aun Satanás se disfraza como ángel de luz. Allí, entre las olas, la distancia, la brisa y el sol, es poco lo que se puede extrañar. En ese yate la única realidad es la que puede comprar una inmensa e inexplicable fortuna. Y las relaciones que el dinero puede comprar. El diputado choca su vaso con el del neo-empresario. No están para el discurso de ocasión. Sus palabras son solo las necesarias para suscribir ese pacto que les permite continuar al frente. Ambos saben que corren la misma suerte y que son rehenes de las mismas condiciones. Todo es mentira, las cifras, los resultados, las centrales eléctricas, los alimentos y medicinas. La verdad está blindada, es fluida y fugaz. La verdad se esconde en cualquiera de esos paraísos fiscales hechos a su medida. El resto, que siga creyendo que la lucha es otra, por la salvación de la patria. “La patria somos tú y yo” dijo uno de ellos, mientras apuraban el trago. Un mesonero se alejó del grupo mascullando. “con esos diablos no se puede vivir”, dijo.

Vivir el mal es vivir la ausencia de libertad. Sin libertad es imposible ejercer la dignidad.

@vjmc

A quien pueda interesar, por Laureano Márquez

Carta

 

Hay comentarios que muestran el talante de un alma, la atrofia espiritual de un ser. Es evidente que Venezuela está agotada, extenuada, abatida, exhausta… ¿Cómo te lo explico con un sinónimo que te llegue a la poca humanidad que has optado por dejar en ti? No obstante, no incurriré yo contigo en la misma deshumanización con la que miras a tus compatriotas. Me gustaría que fueras mejor, que la historia te recordara de una manera menos triste de la que, ciertamente, lo va a hacer. Me gustaría también que callaras más, porque tus palabras se vuelven contra ti. Es que también la palabra inoportuna y ordinaria es una forma de tormento.

Venezuela está harta de muchas cosas, pero sobre todo harta de la maldad que representas, de la contradicción entre tu prédica y tu criminal acción de cada día, de que tortures a tu pueblo en nombre del amor. Cansados de tus acciones soeces que ofenden la bondad y la cultura de nuestra gente,

Esta semana vimos al joven Hans Wuerich caminar desnudo hacia una de esas máquinas de agresión que los chinos nos han vendido como parte de su cooperación con el pueblo de Venezuela. La verdad es que a este muchacho lo único que le faltaba era una corona de espinas para ser continuación de la pasión de la Semana Santa que acabamos de pasar: desnudo, como Jesús, cuyas ropas echaron a suerte los centuriones; su desnudez fue el acto sagrado de cargar con la nuestra; con nuestra indigencia de leyes y justicia, de moral y de respeto. No me cabe duda de que cuando este tiempo pase —porque quiero que sepas que pasará— la imagen de Hans quedará como el Ecce Homo venezolano de este momento, cargado con todas las amarguras, con todos los dolores, perdigones y maltratos que le infligiste.

En su libro El 18 brumario de Luis Bonaparte, encontramos esta frase de Marx —Carlos, no Groucho—: “Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y otra vez, como farsa”. Ya vivimos la tragedia: la ruina de Venezuela en el momento más esplendoroso de su historia petrolera. La fatalidad de que, insurgiendo en contra de la corrupción, la injusticia y la pobreza, se haya edificado el régimen más corrupto, injusto y empobrecedor de toda nuestra historia, que ya es bastante decir. Superada la tragedia, los acontecimientos vuelven a repetirse, como diría Marx, como farsa, es decir: engaño, mentira, patraña, simulación, fingimiento… Es una pena, porque estoy seguro de que alguna vez soñaste algo distinto, cuando no eras poderoso y estabas del lado de la mayoría maltratada… Somos actores en el drama de la vida, pero también es verdad que somos seres libres de desechar el mal y optar por lo bueno y lo justo, por lo bello y noble. El que representa una farsa se llama farsante. Lo peor que le puede suceder al farsante es creerse su propia farsa.

Me despido con las palabras con las que el general espartano Leónidas despidió a Efialtes, el traidor que condujo a los persas para aniquilar a su propia gente: “Ojalá que vivas para siempre”.

@laureanomar

De la maldad ... por Laureano Márquez

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Estamos en Semana Santa, ningún otro tiempo como este -dedicado al arrepentimiento- para hablar acerca de la maldad. El término viene del latín “malitas” que alude a la calidad de malo. “Doblada es la maldad que es so celo de amistad”, reza el castizo refrán para significar que doble se torna la maldad usada en contra de una persona cuando quien la produce, finge, además, amistad. Sí doble es en contra de una persona, cuánto más no lo será cuando alguien hace mal a un pueblo entero, fingiendo amistad con él.

Tradicionalmente se distinguen tres tipos de males: el mal físico, que incluye el sufrimiento, la enfermedad o las catástrofes naturales; el mal moral, que es el que un sujeto causa a otro y el mal metafísico imperfección de las cosas eternas.

Nuestro gobierno es malo en todas las posibilidades y acepciones del término: es malo metafísicamente porque su maldad es infinita. Es malo moralmente: hace daño premeditada y alevosamente. Abusa de la ignorancia de la gente para inducirla a practicar el mal como si fuese el bien y -como si lo dicho fuese poco- es causante directo del mal físico del pueblo, del sufrimiento que le produce con las múltiples formas que ha diseñado para torturarle. Le hace sufrir con el uso desproporcionado de la fuerza en contra de gente desarmada, con la corrupción e incapacidad que ha dejado la salud de los venezolanos en la peor calamidad que se conozca en este siglo. Este Gobierno produce el sufrimiento del hambre, el de la inseguridad. Este gobierno ha colocado a una nación en los límites de la supervivencia. Este Gobierno es malo no solo en términos de la manera como práctica la maldad, sino además en el sentido en que lo malo es sinónimo de incapacidad, es decir, en términos de ignorancia, incompetencia, ineficacia, ineptitud, inutilidad, nulidad y torpeza. Nuestro gobierno es una catástrofe elegida por nosotros, por nuestro voto debe salir.

El sentimiento que mueve al mal –contrariamente al amor que es el que mueve al bien- es el odio. Este es un régimen que surge de la animadversión, del resentimiento de quienes llegaron al poder no para gobernar y edificar, sino para estimular la hostilidad y la aversión, sentimiento que por su naturaleza básica y primitiva, se siembra con facilidad y rapidez en el corazón de la gente, pero se requiere mucho tiempo y paciencia curar las heridas que produce. Quítele usted a este régimen las limosnas repartidas caídas del festín petrolero del que se embriagaron y encontrará a la Venezuela que nos llegan: una nación empobrecida, destruido su aparato productivo, su sistema educativo y sanitario. Venezuela es hoy país más peligroso e inseguro del globo terráqueo, porque la delincuencia ha sido la aliada de gran destructor en la aniquilación de los venezolanos. Y lo peor: una nación con sus fundamentos morales en ruinas.

A Venezuela le llegó la hora de sacudirse la maldad. Por eso hay que ser particularmente asertivos en este tiempo, porque no hay otro y tener claro el rumbo tanto como el destino. Descendimos a los infiernos y menester es resucitar. No está de más convertir en lema de este tiempo esta frase Nietzsche:

“Quien con monstruos lucha cuide de convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti”.

Tiempo de exorcismo es, pues, esta Semana Santa.

@laureanomar

Un año perdido, por Marianella Salazar

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Nicolás Maduro aprovechó los días de la Navidad para sacarnos los billetes y los ojos a los venezolanos, darle más vértigo a la política y negarnos cualquier momento de felicidad aunque sea en medio de esta ruina general, provocada con la maldad y alevosía que caracterizan a cualquier malandro que sale a robar y nos deja hundidos en la miseria. La desesperanza ha terminado por calarnos hasta los huesos y parece que en el horizonte se ha instalado un muro que no vamos a poder saltar. Tal día como hoy, hace un año, después del resultado apoteósico de las elecciones parlamentarias, nos encontrábamos eufóricos, aunque sabíamos que no era fácil para el régimen aceptar su derrota y dejar que la mayoría ejerciera su facultad contralora sobre toda la administración pública,  pero estábamos seguros de que el camino para recuperar la democracia estaba allanado; nunca pensamos que la situación iba a empeorar a niveles insospechados, que las libertades serían conculcadas, que seguirían presos los dirigentes, activistas políticos y ciudadanos comunes que se atrevieron a protestar y hasta opinar en el Twitter, que muriera gente de mengua en los hospitales, que hurgaran en la basura para comer.

Recordaré este 2016 por ser el año de las esperanzas frustradas, concebíamos una Asamblea que haría cumplir el mandato de cambio que le ordenó el pueblo en las elecciones del 6-D. Soy de las que pensé erróneamente que Henry Ramos Allup era el hombre para liderar la transición hacia la democracia e implementar una salida constitucional; el contundente discurso en la instalación del Parlamento, el 5 de enero, en el que anunció con bombos y platillos la salida del gobierno en seis meses y la inmediata destitución de los llamados magistrados express devolvieron la confianza, pero, el veterano dirigente adeco sucumbió demasiado pronto a la tentación de convertirse en candidato presidencial y esa ambición largamente insatisfecha lo llevó a una confrontación inútil, apeló a su verbo hiriente –en ocasiones escatológico–,  con ofensas impropias para una figura con el papel de presidente del Parlamento, eso facilitó que se trancara el juego y permitió al gobierno salirse con la suya al castrar de una forma ignominiosa a la Asamblea Nacional e imponer un diálogo que le sirvió a Maduro para seguir en el poder y violar  aún más los derechos humanos.

Encuestas

En el último sondeo de Meganálisis –que no es precisamente una encuestadora  servil ni cómplice de dirigentes del oficialismo ni de oposición, como algunas  expertas en crear escenarios virtuales absolutamente inexistentes–, realizado durante la primera semana de este mes de diciembre, los resultados no pueden ser más preocupantes: 71,3% de los encuestados piensa que la AN no logró los objetivos planteados y cuestiona su credibilidad, en cuanto a Henry Ramos Allup, su popularidad se ubicó en los últimos lugares (en el hipotético de que  las elecciones presidenciales se realizaran en este momento) y cayó  de penúltimo con apenas 3,5%, seguido por Henry Falcón con 3,1. Los resultados de esos estudios arrojan en el primer lugar a Leopoldo López, con  22,0 de las preferencias, seguido por Capriles Radonski con 9,5 y María Corina Machado, quien a pesar del victimismo rencoroso en filas masculinas de alguna dirigencia opositora con altos niveles de misoginia, logra un tercer lugar de popularidad con 9,0, gracias a la fuerza y coraje con la que viene capitalizando  el descontento. 2017 será como dicen mucho peor, y no ya por la crisis, sino porque estaremos más entrenados en la sobrevivencia y la humillación. En esta Navidad solo nos queda brindar por los buenos días del pasado y por los sueños imposibles. Seguir vivos es nuestra victoria. Regresaré en enero…

 

@AliasMalula

El Nacional

Víctor Maldonado Oct 23, 2016 | Actualizado hace 4 años
El mal existe, por Victor Maldonado C

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El mal es enemigo de la libertad. Allí donde el mal está presente la represión y la muerte son el signo. El mal es hambre, tristeza, desesperanza y violencia. El mal es el ejercicio de la mentira. El mal es la perturbación de la paz. El mal es la invocación de la fuerza. El mal es la mirada de Cain, su mano levantada contra Abel, la envidia y el resentimiento constante. La apelación al pasado para justificar un presente ominoso. La exculpación de la violencia que se ejerce porque otros, en otros momento histórico, hicieron lo mismo. El mal se alimenta del historicismo como si el presente fuera mejor o peor porque otros hicieron o dejaron de hacer la ignominia. El mal es el depredador de la libertad.

El mal existe en el corazón del que lo practica. Paul Ricoeur lo confirma cuando señala que “el mal está inscrito en el corazón del sujeto humano. En el corazón de esa realidad altamente compleja y deliberadamente histórica que es el sujeto humano“. Hacer el mal, participar del mal, contribuir a sus efectos es una decisión consciente que genera responsabilidad. Nadie en el régimen que hoy nos asola con su demencial forma de aniquilarnos puede luego decir que “ellos no sabían”. Ningún partidario puede hacerse el ciego ante las embestidas autoritarias del régimen. Ni el más furibundo de todos ellos puede decir después que no tenía conciencia de las consecuencias de la violencia. Nadie puede callar cuando el debate de las ideas es sustituido por el arrebato turbulento de los grupos violentos. No hay indiferencia posible cuando, por cuenta de lo que practicamos y creemos,  otros sufren muerte, dolor, miedo, injusticia y desolación. El mal, que está en el corazón de los hombres que lo practican, tiene por tanto culpables y víctimas. Y en el caso venezolano, todos somos víctimas del mal practicado como sistema.

El sistema es el socialismo del siglo XXI. Su causa es el resentimiento transformado en venganza. El mal es una falla en el corazón del que lo practica. Algo pasa en las cabezas y corazones de los que se dedican a destruir la esencia republicana del país para que en su lugar impere el caos y el despropósito.  El mal es destrucción. El socialismo es un sistema que destruye a partir de promesas que rápidamente se convierten en un chantaje extorsivo. La mentira se ceba en los corazones de la gente sencilla para hacerlos presa de la infamia disfrazada de justicia. El mal a veces se disfraza de espíritu luminoso para confundir y hacerse pasar por lo que no es. El mal dice que es reivindicación social cuando en realidad es solo el negocio de unos pocos que se llenan de riquezas mientras manipulan a un pueblo empobrecido y aplacado por los mendrugos que a veces les tiran. El mal dice que es revolución cuando en realidad lo que provoca es involución. El mal grita que con ellos manda el pueblo cuando en realidad todos los hilos del poder están en manos de una oscura camarilla. El mal dice que son amor pero idolatran el odio, son sus fieles seguidores, idolatran la división,  el desencuentro, la puñalada artera, el sectarismo y el desconocimiento de la otredad. El otro no existe para el mal. El que piensa diferente es enemigo a aniquilar. La disidencia es inscrita en el canon de las locuras. El pluralismo siempre es el enemigo a vencer. El mal es una epidemia que aspira al monopolio de todos los espacios. El mal irrumpe, golpea, grita, enloquece, reprime, mata. Las hordas del mal tienen dueño. El dueño es el odio ejercido desde los que tienen esa falla elemental que los hace pensar que su misión es el exterminio. El mal es ese callejón sin salida que tan esplendorosamente está representado en este infame socialismo del siglo XXI.

El mal anula al individuo para aplastarlo bajo la ficción de pueblo. El pueblo es solo una invocación al populismo que deja todo recurso y toda decisión en manos de los saqueadores del país. El pueblo, en la boca de los populistas, es solamente parte de la neo-lengua. Los hombres no existen. Ellos se apropiaron de una entelequia y por eso mismo les resulta indiferente al que con nombre y apellido se muere de hambre, es asesinado, pierde el empleo, ve partir a sus hijos, sufre enfermedad sin remedios, y es presa del discurso del odio. Ellos no ven a los hombres porque están atragantados de esa conveniente fantasía en donde todo es perfecto, con la excepción de la realidad. Esa neo-lengua propia del socialismo del siglo XXI es sobre todo un intento para avasallar el razonamiento complejo y crítico. El mal necesita idiotizar a la sociedad. El mal necesita abatir las ideas y vivir entre monumentales egos. El mal necesita de los personalismos y repudia el derecho universal y abstracto, que atañe a todos, del cual nadie esta exento. El mal se encarna en caudillos y se regodea en esas montoneras erotizadas que cierran su cabeza a cualquier intento de la razón y se abrazan a la concupiscencia que supone el seguir fanáticamente a un lider. El mal es una epidemia psíquica. El odio se puede convertir en un hábito de vida. El resentimiento puede adquirir connotaciones virulentas. Es difícil salir del mal, pero hay que intentarlo, primero revocándolo y luego haciendo un inmenso esfuerzo para lograr la reconciliación con los rigores de la realidad y los esfuerzos que suponen la convivencia entre los diversos. Del mal se sale haciendo política pluralista. Libertad y liberación son un esfuerzo contante. Nunca termina de ser. Pero es fácil caer una y otra vez en la emboscada fantasiosa del que se presenta como el adalid de su culminación. Cuando eso ocurre, aparece en escena el tirano. Y comienza de nuevo la tragedia del mal.

¿Cuál es la cara del mal? El mal conspicuo tiene las vestiduras del populismo. Un régimen que desprecia el derecho para transformar sus ganas en ley. Un régimen que ignora los derechos humanos para aplastar la voluntad humana. Un régimen que se salta cualquier barrera institucional para ser interlocutores directos de una ficción acomodaticia que ellos llaman pueblo, aunque solamente es el espejo en donde se refleja con claridad esplendorosa su propia ambición.

La cara del mal tiene voz para la mentira. Su discurso es la demagogia. Su oferta es la irresponsabilidad. Su trampa es el compromiso de redención sacrificando las energías productivas de la nación. Su carta escondida es la ruina económica y la destrucción de cualquier futuro posible. Cancelan el futuro porque el presente es ya ruina, descalabro, crisis e hipoteca. El mal se aprecia en sus efectos.

La estética del mal es la idolatría al líder. Y la exacerbación del miedo. Por eso mismo, Juan Pablo II llamaba a no tener miedo, a confiar en Dios y a tener siempre presente que detrás de todas esas estatuas que indican mirar al cielo solamente hay frágiles hombres caídos en el peor de los pecados. Cada cadena presidencial ofende la dignidad humana, sus derechos y su libertad. Cada estatua de Chávez es idolatría al pasado, a las ideas muertas, y a la muerte que esas ideas muertas han provocado. El mal existe, lo estamos experimentando, y se llama socialismo del siglo XXI.

@vjmc

Breve historia de la mardá, por Laureano Márquez

evil

 

    Desde muy antiguo el hombre y la mujer debaten el tema del mal y la maldad. Definir la maldad no es algo sencillo. Es decir, usted ve una declaración de una funcionaria equis de cualquier consejo de algo y  percibe la maldad, la mala intención, el deseo de hacer daño, pero definir el concepto no es sencillo. Una de las maneras de hacerlo es decir que el mal es la ausencia de bondad, pero esa definición no es del todo útil. Un joven que no le cede el asiento en el metro a una ancianita no tiene nada de bondad, pero no por ello es necesariamente malo. Malo, por ejemplo es quien hace que una ancianita haga 12 horas de cola en un supermercado para ser atendida para comprar comida y al final se vaya con las manos vacías.

Otra cosa interesante es que la maldad es una cosa inherente al ser humano y sera humana. Los animales no son malos. Salvo la serpiente del paraíso, que sí era una rata, los ofidios no te pican por maldad: es algo que está en su naturaleza de defensa y subsistencia. La culebra no diseña un plan para tener a su presa 140 días presa injustamente e incomunicada. Un León no manda a nadie al paredón, salvo que sea Trotsky.

La maldad es un concepto negativo. Es raro que alguien asuma que es mala gente. Es seguro que Adolfo Hitler o Nerón no se percibieran a sí mismos como malas personas, Pinochet y Fidel probablemente tampoco. Sin embargo a Fidel le parece malo Pinochet por las mismas razones que Pinochet le parecía malo Fidel. Una cosa que llamó mucho la atención cuando los comandos rebeldes libios atraparon a Gadafi, él preguntaba insistentemente: “¿qué les he hecho yo?”. Seguramente la pregunta era formulada con honestidad. Stalin y todos los malos de la historia no pueden percibirse a sí mismos como malvados. Seguramente los comandantes de los campos de exterminio hasta tenían un argumento con el que justificaban sus acciones como bondadosas y compasivas. Los terroristas no suelen pedir el perdón de sus víctimas; ellos por propia salud mental, tienen que insistir en el hecho de que asesinan inocentes por una causa superior que lo ameritaba. Es esa gente que mata a los hijos de otros y luego llega a su casa a abrazar con ternura a los suyos. De lo dicho se desprende que la maldad requiere  un permanente y  constante autoengaño.

Sobre la maldad se han hecho muchos experimentos para ver si hay una suerte de gen de la maldad, si es producto de alguna alteración fisiológica, si tiene que ver -cosa que suele ser frecuente- con maltratos en la infancia. También se han hecho experimentos  para examinar cuál es el comportamiento de la gente cuando está en condiciones de hacerle daño a otro. Lo llamativo  de estos experimentos no es descubrir que bajo determinadas condiciones hay gente dispuesta a ser mala, sino la esperanza que produce la existencia de tantas personas que estando en contextos propicios para causar daño no lo hagan.

Las posturas que consideran al hombre como un ser egoísta suelen argumentar, que en un estado de naturaleza o salvaje, al hombre (aquí si el uso del término hombre no es machista, sino que las mujeres casi nunca han sido malas en la historia) no le importa cuánto daño tenga que hacer sobre sus semejantes para pisotearlos y someterlos.

La verdad es que como conclusión podemos decir que en el mundo existe mucha más gente buena  que mala, lo que sucede es que la maldad hace mucho ruido y el bien es silencioso. Cada uno de nosotros lleva dentro un lado luminoso y un lado oscuro. ¿Qué hace que en un determinado momento de la historia uno se active y otro se mantenga a raya? ¿Quién lo sabe?

Abraham Lincoln dijo una vez: “Casi todos podemos soportar la adversidad, pero si queréis probar el carácter de un hombre, dadle poder”.

¿Y por qué me daría a mi por escribir sobre este tema esta semana?

 

@laureanomar