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Lucha

Como mosquitos, por Orlando Viera-Blanco
“Vivir en un Estado de ilegalidad y los más elementales componentes identitarios, por encontrarse en la violencia, ninguneo, desorden y arbitrariedad, genera una constante resistencia que se resume en el sentimiento” a mi tu no me j….

 

LOS VENEZOLANOS DEBEMOS RESCATAR la estructura del Estado responsable que se resume en “el espíritu estadal” según lo definía Gramsci en su ensayo “los elementos de política”. Cuando se pierde el “espíritu estadal” se pierde  el sentido de gobernantes y gobernados, de dirigentes y dirigidos, por cuanto la disolución de los elementos institucionales de un gobierno legítimo: la justicia, el imperio de la ley, el orden constitucional y administrativo, la autoridad real de las fuerzas civiles y militares ocasiona la pérdida de obediencia ciudadana y el acatamiento del “gobierno”, que es anarquía, abuso y tiranía.  

 

A mí tú no me humillas

Vivir en un estado ausente de legalidad y los más elementales componentes identitarios, por encontrarse sumido en violencia, ninguneo, desorden y arbitrariedad, genera una constante  resistencia que se resume en el sentimiento “a mi tu no me j…, no me vas a humillar”.  Un clima donde el “gobernante” no es más que un gorila patán, déspota y pendenciero que desmonta la condición de dirigente y dirigido, sustituyéndola por amo y oprimido.  En este terreno la convivencia es una quimera y la confrontación la regla. Es el “estado ausente” al que nos han llevado a los venezolanos. 

El paroxismo de la hostilidad arrastra amigos y familiares. Que un pariente o amigo apruebe o comprenda al “Leviatán”, es suficiente para subir los tonos, perder la compostura y el respeto.  Y nada sucede por una causa, decía Hannah Arendt. En todo caso “la violencia nunca debe ser una causa superior al fin perseguido que la justifica”. Pero a eso nos han llevado: al punto donde el Estado ha devenido en totalitarismo y sus integrantes en mosquitos. “Y así se nos matan…” (dixit Hanna Arendt).

Quien desde la política intente restituir el orden civilista bajo esquemas ciudadanos será sospechoso. Cuando la sociedad cae poseída por la irracionalidad, por la intemperancia devenida del maltrato y del desprecio más profundo, no confío ni en mi sombra, el odio me obnubila y la indignación saquea mi consciencia. Es el “estado” del patán.  Conducirnos a la nada, a la anomia…

No es “el mal devenido de malas personas”. ¡Es el mal de seres superfluos donde la maldad es sólo materia, desecho! El mal radical como el que refería Arendt “de los campos de exterminio donde el homicidio es tan impersonal (banal) como el aplastamiento de un mosquito […] Eso es totalitarismo: no la dominación despótica de los hombres, sino un sistema en el que los hombres se vuelven nimios e irreflexivos”, surgiendo la antípoda donde los más “notables” ven en su sombra un traidor, donde el individualismo se rinde a la invocación más profunda: ¡sobrevivir!. En ese momento vibra la antipolítica. 

 

El gesto por el gesto…

Dice Gramsci: “La lucha por la lucha y especialmente, el individualismo estrecho y pequeño, no son más que la satisfacción caprichosa de impulsos momentáneos. En realidad se trata siempre del “apoliticismo”, que asume estas variadas formas pintorescas y caprichosas. El individualismo no es más que un apoliticismo animalesco, el sectarismo es “apoliticismo” y, si se observa bien, el sectarismo es en efecto una forma de “clientela” personal, mientras falta el espíritu de partido que es el elemento fundamental del “espíritu estatal”. Fin de la cita

Cuando perdemos el sentido del Estado dejamos de ser estadistas.  Y al dejar de serlo [estadistas] todo vale, nada cuenta, los partidos son una amenaza y las individualidad radical, el mesías. Perder la noción de Estado es vaciar toda disposición disciplinaria y voluntad orgánica. Lo curioso es que aquellos que quedan atrapados en el apoliticismo caprichoso son los últimos en integrar los “pelotones de salvación”.  Mandan a otro a hacer la guerra pero no se enrolan en ella. Emborrachados de apoliticismo quedan atrapados en su desconfianza en la pérdida del “espíritu estadal”. Y como sus verdugos, no es que sean malos, sino banales. Para ello la violencia es superior al fin que la justifica.

 Y agrega Gramsci: “El individualismo es un elemento de carácter animal, admirado por los forasteros, como los actos de los habitantes de un jardín zoológico…”.

 No es el “gesto por el gesto” por el gesto lo que libera al hombre. Es el gesto por el prójimo. Ahí muere el individualista, el mesías, el taita, y nace el líder, el dirigente, es estadista. 

El culto a la tradición

Se ha entretejido un culto ponzoñoso y peligroso a la tradición. La reciente encuesta Nacional Ómnibus Datanálisis /Agosto-2019 registra que un 35% de la gente no apoya ni al régimen ni al gobierno interino y con un 88% de rechazo a Maduro los partidos de oposición no llegan a un 15% de aprobación. Lo más grave es que mientras la mitad de la gente apoya soluciones dialogadas [48%] y elecciones libres y transparentes, un porcentaje superior no cree que el régimen saldrá del poder “por las buenas”.  La descalificación-antivalor típico del Estado ausente, de la muerte del espíritu estadal, nos ha secuestrado NUESTRO espíritu de lucha. ¿Si estoy rodeado de déspotas y traidores por qué salir de casa?

Y así vamos, migrando o muriendo, como mosquitos…como los actos de los habitantes en un jardín zoológico llamado Venezuela. 

 

@ovierablanco

La guerra sucia, por Elías Pino Iturrieta

ARMA PREFERIDA DE LA DICTADURA, fórmula para generalizar las calumnias y producir daños a la oposición, la guerra sucia se ha incrementado en estos primeros meses del año. Como la impotencia aumenta en los predios de un régimen acorralado por las reacciones populares, el plan de manchar la reputación del liderazgo que lo adversa se viene multiplicando para revolver el río buscando ganancias. No debe desestimarse el nuevo intento, pese a que parece condenado al fracaso debido a la fortaleza de los dirigentes que ahora destacan en la vanguardia de las luchas sociales. Es un último recurso del usurpador, sobre cuya arremetida debemos estar preparados.

¿Por qué? Porque le ha funcionado durante mucho tiempo. Las divisiones de la oposición no solo se han debido a que sus figuras representan un determinado entendimiento de los negocios públicos, sino también a que ellos mismos han querido dividirse en buenos y malos gracias a las campañas de los propagandistas del oficialismo. La fabricación de villanos y malhechores, de colaboracionistas y alcahuetes del sistema ha favorecido a los compañeros de camino a quienes cae del cielo la alternativa de librarse de los más incómodos, es decir, de los que los rivalizan con éxito; aun sabiendo que calcan el libreto de los laboratorios oficiales y quizá sin maginar que pueden ser después las víctimas. En la medida en que se denigra de quienes parecen sus émulos en el Parlamento, en el partido, en las coaliciones y en la consideración del pueblo, pasan agachados para que el vendaval de porquerías haga su trabajo. En consecuencia, la guerra sucia cuenta, al comenzar la carrera, con la mitad de la pelea ganada.

La otra mitad le es concedida por la credulidad popular, por los afanes de simplificación movidos por la impaciencia, la desesperanza y también la ignorancia de una clientela que, como no encuentra soluciones mágicas, como no se cumplen el domingo las metas planteadas el sábado, se solaza en la detracción de los corderos ofrecidos en bandeja de plata. No deja de ser placentero el descubrimiento de la paja en el hombro ajeno cuando permite que disimulemos la viga que estorba la visión del ojo propio, sentencia bíblica que manejan a su manera los montadores de ollas podridas para pescar no solo destinatarios incautos, sino igualmente sujetos irresponsables que les sirven de coro. Entre ellos, un grupo deplorable de periodistas que repiten sus infundios con ánimo digno de mejor causa; y los guerreros del teclado que acuden al único recurso que tienen para llegar a la fama, los caracteres ofrecidos por el Twitter. La más difundida de las colaboraciones, por cierto, aunque también muy idiota porque solo les permite notoriedad efímera.

Sin embargo, buena parte del éxito de la guerra sucia se ha debido a sus víctimas, que no reaccionan ante una avilantez que los degrada como políticos y como ciudadanos. Ven el vuelo de los dardos y apenas los esquivan. Se arrinconan esperando que pase el ventarrón de las inmundicias, sin hacer mayores gestos para reivindicarse. Una conducta digna de atención debido a que, si no se observa con mirada piadosa, puede significar la admisión de una culpa. Por fortuna, se puede explicar tal actitud en el hecho de que, aparte de contar con simpatizantes de sobra, habitualmente la acometida llega acompañada de amenazas que tocan la vida y la libertad de los atacados, o de sus familiares cercanos, círculo ominoso que conduce al silencio o, en no pocos casos, al exilio.

Hace poco, en entrevista concedida a Milagros Socorro, Julio Borges salió del mutismo para ofrecer detalles sobre la persecución de que ha sido objeto, sobre la intimidación a la cual fue sometido, sobre las infamias que la dictadura ha arrojado en torno a su reputación y, en especial, sobre la bajeza de unos perseguidores a quienes identifica con pelos y señales. De la ponderación de esa entrevista salieron los comentarios que se han ofrecido hoy. Es, si no la primera, una de las denuncias más vigorosas de la cruzada de difamación que mancha la política venezolana.

@eliaspino

El Nacional 

El sexto elemento, por Víctor Maldonado C

CREO QUE DEBEMOS A GIOVANNI SANTORI la formulación de una pregunta crucial: ¿Cómo luchar en democracia, por la libertad y contra la corrupción? La respuesta apropiada es todo un desafío, sobre todo porque en el camino se puede perder la democracia, y con ella, toda ilusión y capacidad. Ha sido, obviamente, el caso venezolano. La democracia se derrumbó y cayó víctima del atroz populismo, de la fatal ignorancia de sus élites, del caudillo arquetipal y de un inconsciente colectivo que nos escora hacia un socialismo silvestre, un sistema errado de presupuestos y convicciones que operan como puerta franca a los autoritarismos, y en el caso que nos atañe, al totalitarismo más perverso.

Nuestro totalitarismo es híbrido. Es una mezcla caótica de ideología marxista, con sus aplicaciones castristas, y  el peor de los pragmatismos imaginable, porque se reduce a hacer todos lo posible para sobrevivir en el poder, sin importar costos sociales o cualquier tipo de violación a los derechos y libertades. Además, debido a ese mismo pragmatismo, totalmente abierto a constituir las alianzas más espeluznantes, bien sea con carteles de la delincuencia organizada, o con grupos terroristas que terminan apoderándose indebidamente, pero con cierta complacencia oficial, de porciones de territorio sobre el cual ejercen potestad e incluso soberanía. Parece inaudito, pero la única lógica que sobrevive dentro de un experimento socialista es que “todo vale” para mantenerse en el poder.

Por eso mismo esta descripción taxonómica queda muy incompleta si no describimos su funcionamiento, y calibramos las consecuencias de su permanencia. Debe quedarnos claro que este tipo de regímenes solo tiene como interés el retener el poder, porque sus objetivos se concentran en el saqueo sistemático de los recursos, y en combatir a sus enemigos de clase: el mundo libre, el mercado y la propiedad. Son sus enemigos porque no toleran nada que les haga sombra a sus propias tinieblas. Cualquier contraste los derrumba. Ellos, para sobrevivir necesitan ser el único argumento, la narrativa absoluta y la única versión imaginable, sin que haya posibilidad de contrastes. De allí el encierro, la censura, y la propensión a sustituir el conocimiento y el sentido común por teorías “conspiparanoicas” donde las consecuencias se cercenan de las causas, y el sentido común naufraga en el mar tempestuoso de una avasallante propaganda oficial. Todo este esfuerzo necesita afanosamente simplificar al individuo, despojarlo de criterio, obligarlo a pensar de acuerdo con la conveniencia del régimen. Requiere de la degradación del ciudadano hasta el sujeto idiotizado, elemental, conforme, dependiente y servil que no es capaz de imaginar la libertad.

No ocuparse del país los muestra a los ojos de los incautos como sumamente ineficientes. Pero es otra cosa, no es solo que no saben hacer, es que además no les importa. Lo de ellos no es atender las demandas ciudadanas, prestar el servicio eléctrico, garantizar el agua potable, suministrar alimentos o hacer viable el sistema de salud. Para ellos gobernar es solo la excusa para instrumentar sistemas sofisticados de saqueo de las finanzas públicas. Y lo hacen aun a costa de destruir la moneda, vaciar las reservas internacionales, arruinar la empresa petrolera estatal y devastar los recursos del país. Ellos, los supuestos constructores de un futuro perfecto, son la única causa de que no haya posibilidad de futuro alguno.

La perversidad, la mentira, las operaciones psicológicas y la propaganda son también parte de su saber hacer. Todo el aparato estatal se va especializando en la simulación. Necesitan garantizar la preeminencia de una ficción, la alienación a una falsa realidad, sembrar las dudas sobre lo que la gente realmente padece, jugar a la lotería social, hacerles ver incluso que algunos de ellos, los más fieles y leales, pueden llegar a ser partícipes de ese mágico milagro de estar “donde hayga”. Para ellos el saqueo del país es un privilegio reservado a “sus mejores”.

Pero para que toda esta trama funcione adecuadamente tiene que ir adornada de una lucha constante a favor de “nuevos derechos para las minorías”, mostrándose como puerta franca a cualquier exacerbación progresista. Los socialismos son, en ese sentido, paradójicos. Sus ciudadanos están muertos de hambre, pero muy orgullosos de los “derechos” que tienen “garantizadas” las minorías que ellos inventan y luego exacerban. No hay derechos humanos, pero dicen respetar a las minorías.  El “lenguaje inclusivo” opera como una trampa adicional: destruye el lenguaje, perturba los significados, y aplasta la verdad debajo de los nuevos convencionalismos. La realidad, ahora carente de la posibilidad de ser narrada con limpieza y claridad, termina siendo partícipe de ese caos que solo conviene al saqueo. La perversidad consiste en sembrar la confusión, evitar la reflexión unívoca, alejar la situación concreta, y colocar a la gente en una nebulosa montada a propósito para evitar la objetividad que necesita la disidencia para plantear el proceso de diferenciación.

El régimen juega a eso, a la paradoja constante, a remover las entrañas, extirpando lo poco o mucho de raigambre moral que le quede a un venezolano que tiene razones para estar amargado, que además está hambreado y sofocado por las terribles circunstancias que le ha tocado vivir. El ciudadano, expuesto a un circo psicodélico, no tiene demasiado claras sus opciones, porque el socialismo los somete a un bombardeo psíquico que los obliga a desconocer su propia condición humana para terminar siendo una comparsa. El régimen se ufana de un control eficaz de la población, pero se niega a cuantificar los costos. Esa receta es cubana. El poder defendido desde una trinchera. El poder transformado en su propia finalidad. No es control legítimo sino los resultados de vivir sin derechos, diezmada la esperanza, víctimas de las embestidas del régimen y de la desbandada de los que no soportan.

Lo cierto es que hay mucha impudicia al exhibir tanta destrucción. Pasearse por las calles del país es apreciar con dolor tanto tiempo perdido para el ciudadano. El estado en sus términos convencionales, tolerado porque está diseñado para proteger la vida, la propiedad y la soberanía, cuando se le confiere demasiado poder, comete traición y se convierte en un fin en si mismo. En los socialismos es todavía peor, porque se transforma en un depredador que también practica una indiferencia atroz. El ciudadano luce desvalido. Todo ha quedado de su mano. Las carreteras quedan abandonadas a su suerte, monumentos y estructuras lucen derruidos. La oscuridad es la única compañera de las noches en cualquiera de nuestras ciudades. Empresas cerradas dan cuenta de la imposibilidad de convivir con el destruccionismo por diseño. Las empresas públicas corrieron la única suerte que podían tener, el saqueo de su talento y de sus capacidades productivas. Hospitales y centros de salud dejan de funcionar. La moneda pierde su sentido. La economía estalla y ya no envía las señales pertinentes para poder hacer el cálculo económico. Una tormenta perfecta.

El socialismo, que se atribuye el remoquete de “científico”, reniega de la razón y el sentido común. Desvalija el sistema de mercado para colocar en su sustitución el régimen de controles, como si fuera posible manejar la sociedad a través de un sistema de planificación centralizada. Confunde soberbia con conocimiento. No es capaz de discernir entre capacidad y posibilidad. Abjura de la herencia civilizacional para reemplazarla por un misticismo ideológico y un odio sistemático, donde ellos operan como chamanes confabulados con la fuerza bruta del que ejerce la tiranía. El resentimiento los coloca en posición de devastar el régimen de propiedad y creer que lo pueden sustituir por el voluntarismo estatista. Los resultados están a la vista: La gente se está muriendo de hambre.

En el transcurso ocurre un desmontaje atroz de la empresa privada. El fidelismo la estatizó completamente. La versión remozada de la vieja receta castrista abrió un dossier de posibilidades: estatización forzada, intervención de la autonomía de las empresas a través de controles, y “el modo Putin” de control económico: sofocar a los empresarios indóciles hasta obligarlos a la venta de sus empresas, que quedan así en manos de los amigos del régimen, los “enchufados”. Otra versión de la misma estrategia es la que permite el acceso preferido a privilegios cambiarios y de cualquier otro tipo a una cofradía limitada de empresarios que se dejan manosear a cambio de ser los testigos de “una economía sana”, llena de oportunidades, donde se pueden hacer alianzas con el gobierno, que resultan “favorables” para el país, que no aprecian la necesidad de mantener una visión holística del momento, y que por lo tanto dicen que es posible aislar la economía de cualquier cosa que ocurra en la política. Toda experiencia socialista tiene sus espacios para el ejercicio del cinismo. Por eso la justificación suele ser dramática y con tintes supuestamente heroicos. Los que se acercan a las vetas de la corrupción y se benefician de ellas dicen que ese resulta ser el precio que deben pagar para mantener la empresa abierta y los empleos asegurados. Una muy conveniente ceguera que llena sus bolsillos, al costo social de mantener la ilusión de un sector “privado” relativamente autónomo, alejado de la diatriba partidista, militante de las negociaciones y el diálogo, que “practica” un falso pluralismo y que propone una versión de la realidad donde la democracia está “ligeramente tutelada” por la ideología oficial. ¿Los identifica?

El poder totalitario se corrompe tanto como mantiene una obstinada vocación para corromperlo todo. Dicho de otra manera, el análisis no solamente tiene que considerar la descomposición progresiva del orden totalitario, sino sus efectos en el resto de la sociedad cuando se somete a la terrible circunstancia de vivir en la ilegalidad para poder sobrevivir. La sobrevivencia produce otra mirada, más complaciente, más resignada, o tal vez más ansiosa o alucinada. La consecuencia  es que reduce a la desolación y a la servidumbre, como si de un remolino se tratara.

Pero lo más grave no es la desolación que provoca un régimen corrupto. Es la capacidad tremendamente astringente para disolver la integridad de quienes estarían llamados a confrontarlo. El sexto elemento es ese, la corrupción como operadora política de alto nivel, la práctica del cinismo como cultura predominante y excusa perfecta, el abandono de los valores como referentes, la extraña liberalidad con la que se asume la vivencia del totalitarismo, y esa sospechosa forma como asumen los tiempos de resolución, sin apuro, con pausas, lleno de emboscadas, con infatuaciones coreográficas, dejando indemne al régimen que dicen combatir. Y de nuevo, fomentando la desolación de una ciudadanía que no puede o no quiere comprender.

¿Qué es lo que el ciudadano no quiere comprender? Que el régimen tiene muchas formas de preservarse en el poder. Pero entre las más clásicas está el estímulo de la corrupción como forma de practicar el chantaje, ablandar progresivamente las conciencias y bloquear cualquier estrategia de coraje. Eso es mucho más masivo y más económico que la represión pura y dura, reservada para los más irreductibles. El escándalo continental provocado por Odebrecht da cuenta de cómo operó el buque insignia de la política socialista de apaciguamiento y domesticación. Miles de millones de dólares repartidos entre comisionados y comisionistas para salvaguardar las bases de los socialismos reinantes. Grandes, pequeñas y medianas prebendas repartidas generosamente para aquietar los ánimos y hacerlos poco menos que comparsas negadoras de lo que verdaderamente está ocurriendo.

La lucha política está contaminada por quienes no asumen que el cambio es posible porque el statu quo les resulta el máximo conveniente de sus posibilidades políticas, bien sea porque solamente sobreviven en ausencia de competencia abierta, o porque han aprendido a vivir muy bien del rol que los ubica como eternos partidos de oposición light. Sobreviven porque son parte del decorado totalitario. Y lo peor, saben que no sobrevivirían ni un minuto a un proceso de transición democrática.

El totalitarismo del siglo XXI ha usado la corrupción como herramienta útil de sometimiento. Ha envilecido los “deberes posicionales” (Garzón Valdés, 2004), aquellos deberes que se adquieren a través de algún acto voluntario en virtud del cual alguien acepta asumir un papel dentro de un sistema normativo. Esos deberes se han convertido en privilegios. Le han dado la espalda al sentido republicano del ejercicio del poder. La corrupción es no cumplir con esa obligación que viene con el liderazgo y el poder, es la traición a la confianza social otorgada, es la falta de cooperación con las expectativas sociales.

Te dan un cargo, ofreces con altisonancia y luego aflojas al momento de las acciones. La corrupción se aprecia entre la contradicción brutal entre el discurso y la práctica. Opera a través de la participación en un grupo que intenta influenciar en el comportamiento de los otros a través de promesas, amenazas o prestaciones prohibidas por el sistema normativo relevante, para obtener algún beneficio o ganancia indebidas. Esta trama grupal, mafiosa, subterránea, nunca la vemos, pero la percibimos en la decepción que generan esos operadores institucionales.

La corrupción es una inmensa y extensa telaraña, que no puede dejar de presumirse. Lo trágico es que, en el socialismo del siglo XXI, es además el mismo sistema normativo que favorece, enaltece y propicia la impunidad y la corrupción, porque ellos proponen y ofrecen que “dentro de la revolución ¡todo es posible!”. Vivimos un sistema normativo de complicidades y de corrupción abierta. Ese sistema y sus pueriles expectativas es lo que se tiene que abolir, porque el sexto elemento sostiene al socialismo del siglo XXI a pesar de sus muy malos resultados.

Debo finalizar advirtiendo con las palabras de Santo Tomás Moro, patrono de la política, que esa telaraña de la corrupción es una trampa que no podemos seguir ignorando. Está más cerca de lo que imaginamos, no podemos seguir suponiendo que afecta a los otros, a los malos, solamente al régimen, porque “si los males y desgracias de aquellos que están lejos no nos llegaran a conmover y preocupar, muévanos, al menos, nuestro propio peligro. Pues razón de sobra tenemos para temer que la maldad destructora (la corrupción) no tardará en acercarse a donde estamos, de la misma manera que sabemos por experiencia cuán grande e impetuosa es la fuerza devastadora de un incendio, o cuán terrible el contagio de una peste al extenderse. Sin la ayuda de Dios para que desvíe el mal, inútil es todo refugio humano”. Hoy más que nunca es imprescindible la restauración moral de la república, que solamente se logrará con cualquier modalidad de ayuda que restaure el bien y destierre el mal.

@vjmc

Autonomía universitaria, represión gubernamental y libertad, por Luis Fuenmayor Toro

LA UNIVERSIDAD NACE AUTÓNOMA. El universitas magistrorum et scolarium, como gremio o colectivo de la edad media nacido en Bolonia, debió enfrentar el poder de los reyes y de la Iglesia, para llevar adelante sus actividades sin las limitaciones que estos quisieron imponerles desde un principio. Tratar de conocer en aquella época era un pecado, muchas veces mortal, pues cuestionaba o negaba el contenido de las santas escrituras. El conocimiento también hacía comprender las relaciones del poder ejercido sobre las sociedades en las nacientes ciudades y sus consecuencias, generando sentimientos de libertad y de justicia, a la vez que socavaba la hegemonía política existente de carácter feudal, al facilitar el desarrollo económico e influencia de la clase revolucionaria de aquel tiempo: la burguesía, en su enfrentamiento de la monarquía y el sistema feudal.

Desde entonces, y pasando por diferentes momentos muy importantes en distintas partes del mundo, la Reforma de Córdova entre ellos, la contraposición universidad/gobierno ha estado siempre presente a lo largo de la historia. Venezuela no ha sido una excepción: Gómez, Pérez Jiménez, Betancourt, Leoni, Caldera, Lusinchi, Chávez, hostigaron en sus momentos a la universidad, la agredieron con las fuerzas de seguridad pública o con bandas de delincuentes, impidieron sus manifestaciones de protesta, detuvieron y asesinaron estudiantes, la sometieron a importantes limitaciones presupuestarias, la calificaron como un Estado dentro del Estado, la allanaron, las cerraron por períodos diversos y efectuaron modificaciones legales y reglamentarias para controlarlas.

En el caso de la UCV, siempre la más afectada por la represión gubernamental, Gómez la cerró durante 10 años, Pérez Jiménez lo hizo por 2 años, Leoni durante 2 meses y Caldera, en su primer período, por casi dos años. Más adelante, el hostigamiento continuó en las formas descritas y no se detuvo con la llegada de Chávez al poder, independientemente que hasta 2004 la actuación del gobierno era muy contradictoria en su relación con las universidades. Maduro no ha sido la excepción, todo lo contrario; su intervención de las universidades, el daño y grave deterioro que les ha producido, aunque escondido detrás de un discurso falso y muy cínico, han sido más que evidentes y están a la vista de quien no esté ciego por el dinero que recibe, por estar ideologizado o por la estupidez supina.

La universidad frente al Estado, en general, es la lucha de la luz contra la obscuridad, del conocimiento frente a la ignorancia, del poder de quien discute y argumenta contra el poder de quien se impone por la fuerza, de quien enseña frente a quien embrutece, del comportamiento ético contra la inmoralidad y la corrupción, del trabajo tesonero contra el facilismo depredador, de la posibilidad del desarrollo frente al mantenimiento de la dependencia, de la justicia frente al desafuero, del bienestar nacional contra la desventura. Es el caso de la razón frente a la fuerza. Por ello, las contradicciones, el enfrentamiento y las luchas nunca dejarán de estar presentes, a menos que los intereses del Estado cambien en función de los intereses nacionales y del más amplio bienestar de la población.

Estos últimos 20 años no nos han conducido a un cambio radical en la relación del gobierno con las universidades, sin desconocer que éstas no han actuado de la mejor manera posible ni en el pasado ni en el presente. La represión y agresiones de hoy son más siniestras y alevosas que las del siglo anterior y, trágicamente, son llevadas adelante por quienes en ese entonces se presentaban como luchadores al lado de la universidad. La abandonaron y se volvieron en su contra y contra sus principios esenciales, de la misma manera que lo han hecho con el pueblo y con toda la nación venezolana, cancelando las posibilidades reales de libertad.

 

@LFuenmayorToro

UCAB cumple 65 años de excelencia educativa y lucha democrática

LA MISION QUE MUEVE A LA UNIVERSIDAD CATÓLICA Andrés Bello está centrada en “contribuir con la formación integral de la juventud venezolana, promover el desarrollo nacional y seguir siendo faro, luz y aporte en medio de la situación que vivimos”. Así lo sostiene el rector, Francisco José Virtuoso, y sus palabras están lejos de ser un lugar común.

Este 24 de octubre se cumplen 65 años desde que la UCAB abrió sus puertas en la esquina de Jesuitas, en el centro de Caracas, para albergar a sus primeros 311 estudiantes. Más de 60 años después, la universidad ha graduado a 60.000 profesionales, tiene sedes en Caracas y Guayana y está afianzada, no solo como referente en el área educativa sino como una institución que cumple un rol destacado en la sociedad venezolana, gracias a los aportes de sus integrantes y de sus numerosos proyectos de investigación, desarrollo y extensión.

“Son 65 años de tradición, de lucha, de trabajo, 65 años de muchos logros. En este cumpleaños tenemos la buena noticia de una universidad consolidada, modernizada, que alberga varias sedes, entre ellas la UCAB Guayana, la cual también arriba a su cumpleaños número 20 desde el inicio de sus estudios de pregrado”, apunta el sacerdote jesuita.

 

Prestigio certificado

Pese a la crisis que golpea al sector universitario, este 2018 la UCAB tiene muchas razones para celebrar. En el último año marcó hitos importantes, entre ellos haber sido ubicada –una vez más- en el ranking internacional QS University, como una de las 100 mejores de Latinoamérica y la primera universidad privada del país. La UCAB fue la única institución venezolana en mejorar su lugar en la lista, al subir 2 peldaños y quedar en el puesto #65 de la región.

Igualmente, la Organización de Naciones Unidas (ONU) certificó a la UCAB como miembro de su iniciativa “Impacto Académico”, la cual reconoce el compromiso social de las organizaciones educativas y culturales que la conforman. La UCAB se convirtió en una de las dos universidades nacionales en ser incorporada al grupo de 1000 instituciones en 120 países que trabajan, junto a la ONU, en la promoción de asuntos de prioridad global como los derechos humanos, la paz y los objetivos de desarrollo sostenible.

 

Venezuela primero: Educación, ENCOVI y Reto País

Para enfrentar la deserción docente, durante este período la UCAB y la Compañía de Jesús lanzaron el programa de becas Educa 20-20, a través del cual bachilleres que estudien Educación en la universidad reciben el subsidio de hasta 100% del costo de la matrícula. A la fecha, ya se han incorporado más de 200 beneficiarios y la primera cohorte de egresados saldrá en 2022. Los nuevos maestros prestarán sus servicios en las escuelas de la red Fe y Alegría y en las de la Asociación Venezolana de Educación Católica.

Con el fin de ofrecer información confiable sobre la situación social venezolana, en 2018 y por cuarto año consecutivo la UCAB presentó, junto a la UCV y la USB, los resultados de la Encuesta de Condiciones de Vida de la Población Venezolana (ENCOVI), radiografía pormenorizada de la realidad en materia de educación, salud, seguridad, alimentación, pobreza y empleo, y material de consulta imprescindible para organizaciones nacionales e internacionales.

También este año, profesores y estudiantes de las distintas facultades de esta institución protagonizaron las jornadas de Reto País, en las cuales investigadores y especialistas dictaron ponencias sobre la realidad nacional y debatieron ideas para contribuir a resolver los problemas económicos, sociales, políticos y de infraestructura. La experiencia incluyó foros en varias regiones, realizados en alianza con organizaciones de la sociedad civil. A finales de noviembre, la UCAB realizará un encuentro nacional con el primer informe de resultados y lanzará una plataforma de organizaciones de la sociedad civil.

Estrechando alianzas con el sector empresarial, la universidad lanzó el programa ANCLA, plataforma que ofrece servicios a organizaciones que necesiten atraer, capacitar y retener a las nuevas generaciones profesionales a partir de las capacidades técnicas y académicas de la UCAB.  Más de 15 compañías se han sumado a este proyecto, que busca adaptar la mano de obra a las necesidades del mercado.

Este 2018, la universidad celebra su expansión nacional,  pues se cumplen 20 años desde que en 1995 se iniciaron los estudios de pregrado en UCAB Guayana. Durante dos décadas, esta extensión se ha erigido como referente de formación para el oriente y sur del país y plataforma de debate y aporte de soluciones sobre la región de la Amazonía.

 

Internacionalización en marcha

Más allá de las fronteras, La Católica fundó en Panamá la “Planta de Energía Social”, centro de investigación, formación y extensión que comenzó a prestar servicio a organizaciones públicas y privadas de Centroamérica a través de un acuerdo de cooperación con la Universidad Santa María La Antigua. Gracias a esta alianza, la UCAB está aportando su experiencia académica en temas de desarrollo sostenible y lucha contra la pobreza.

Igualmente, la institución dio un espaldarazo a la formación global de sus alumnos al suscribir acuerdos de validación académica con dos universidades estadounidenses: la Florida Global University y la URBE University (ambas con sede en Miami), gracias a los cuales los ucabistas podrán obtener un título de pregrado con validez en Estados Unidos, cursando en línea una fracción del plan curricular de esas casas de estudios.

Con todos estos logros, el rector Francisco José Virtuoso insistió en que, aunque la universidad atraviesa el “período más difícil de su historia”, continuará trabajando por el bienestar del país.  “Tenemos delante dificultades que impactan la vida nacional y también la universidad. Pero si algo estamos haciendo en la UCAB es luchar por mejores condiciones de vida, por la democracia, por la libertad, haciendo frente a los problemas y consolidando nuestra institución. No nos rendimos, tenemos razones para seguir, porque queremos que este país mejore y cambie”, finalizó.

Venezuela entre los peores países del mundo en la lucha contra el tráfico ilícito

 

Venezuela es uno de los cinco países del mundo peor valorados en la lucha contra el tráfico ilegal de mercancías, revela un estudio global publicado este jueves en Panamá.

Presentado por del semanario británico The Economist, el Consejo Empresarial para el Entendimiento Internacional (BCIU) y la ONG Alianza Transnacional Para Combatir el Comercio Ilícito (TRACIT), el informe coloca a Venezuela, país sumido en una grave crisis económica, política y social, en el puesto 80 sobre un total de 84 países analizados.

Estas organizaciones presentaron un índice con el que pretenden mostrar qué países posibilitan o previenen el tráfico de drogas, personas, animales, piratería y mercancía falsificada.

Los índices están basados en una serie de indicadores relacionados con políticas de gobierno, transparencia, comercio, eficiencia aduanera y corrupción, entre otros.

Venezuela, de un ranking sobre 100, tiene una puntuación de 28,1, sólo por encima de Laos (26,8), Myanmar (22,6), Iraq (14,4) y Libia (8,6).

“Venezuela es un Estado fallido. Los países necesitan instituciones, y si no son instituciones legales son instituciones ilegales”, dijo Irene Mía, Directora Editorial Global de la Unidad de Inteligencia de The Economist.

“Cuando hay una situación de crisis el comercio ilícito también aumenta porque la gente trata de comprar por donde pueda”, añadió Mía.

Según el estudio, Venezuela comparte con el resto de países de baja puntuación la baja calidad de sus instituciones estatale”.

El informe indica también que el país sudamericano, junto a Rusia y China, no cumple los estándares mínimos para la protección de víctimas de la trata de personas ni están haciendo los esfuerzos para revertir la situación.

“Lo que es importante es tener instituciones fuertes y capacidad para implementar las leyes. La corrupción es uno de los elementos más facilitadores del comercio ilícito”, señaló Mía.

– Alerta con zonas francas –

Con un promedio mundial de 60, Finlandia encabeza el índice (85,6), seguido de Reino Unido (85,1), Estados Unidos (82,5), Nueva Zelanda (82,3) y Australia (81), en un listado donde en sus primeras 20 posiciones hay 13 países europeos y ningún latinoamericano o africano.

En el caso de América Latina, Chile (69,1), Argentina (64), Uruguay (63), Colombia (61,6) y Costa Rica (60,6) son los países mejor preparados para combatir el tráfico ilícito, al contrario que Paraguay (43,3), República Dominicana (42,7), Trinidad y Tobago (38), Belice (34,7) y Venezuela (28,1).

Cindy Braddon, Jefa de Comunicación y Políticas Públicas de TRACIT, dijo en un comunicado que el comercio ilícito “está inundando esta región y ahogando las oportunidades de desarrollo económico”.

El informe también pone el ojo en las zonas francas e incluye como casos de estudio a la Zona Libre de Colón en Panamá, a la Zona Libre de Corozal en Belice, y a la Zona Especial Aduanera de Maicao en Colombia.

“El comercio ilícito está desenfrenado en la región, como un destino para productos ilegales y falsificados desde Asia, y como un centro de distribución notorio que prospera con una gobernanza limitada en las tres Zonas de Libre Comercio más grandes”, aseguró Braddon.

Las prácticas de trasbordo engañosas, el mal etiquetado y facturas fraudulentas estarían permitiendo a comerciantes ilegales evitar sanciones, tarifas comerciales y regulaciones al ofuscar la identidad del país de origen o la naturaleza ilícita de los bienes.

A las zonas francas “se les considera valiosas por su contribución a facilitar el comercio” pero por otro lado los gobiernos de todo el mundo han creado dentro de sus fronteras “paraísos no monitoreados” que pueden facilitar las actividades del crimen organizado transnacional, advierte el informe.

Para combatir el comercio ilícito los expertos recomiendan mejorar las estructuras regulatorias, definir sanciones disuasorias, hacer cumplir las leyes, racionalizar las políticas impositivas y fortalecer la cooperación internacional.

Días de barbarie, por Carlos Nieto Palma

VENEZUELA-CRISIS POLITICA

 

Venezuela vive una barbarie; ya no se trata de una simple lucha de poderes. Las actuaciones que estamos viviendo, sobre todo en los últimos días, por grupos de desadaptados afectos al régimen, no podemos calificarlas de otra forma que como un acto de salvajismo propio de mentes perversas y primitivas.

Me tocó el horror de vivir la barbarie de cerca, el pasado martes 4 de julio. Mis vecinos estaban en la calle realizando el trancazo, apenas eran como las 3:00 de la tarde, yo me arreglaba para bajar a acompañarlos. Debo decir que era un trancazo bien light, cerraban la calle cuando el semáforo de la avenida O’Higgins en El Paraíso estaba rojo y se quitaban cuando estaba en verde, todo muy pacífico y normal. De repente comencé a escuchar una gritería y sonaban disparos, cuando me asomo al balcón veo un grupo grande de motorizados vestidos de negro, con pasamontañas que supongo eran colectivos o policías encubiertos, no tenían identificación de un cuerpo policial, le estaban cayendo a golpes a la gente y la robaban; cuando uno se asomaba al balcón lo apuntaban con un arma así que por precaución uno se asomaba con cautela. En todo ese trajín tocan la puerta de mi casa y traen a un tío mío, que vive en mi casa, de 82 años y sordomudo, herido y en medio de una profunda crisis nerviosa, los colectivos lo agarraron y lo golpearon, gracias a Dios fueron solo golpes y heridas leves, los vecinos lo trajeron a la casa, un gran susto en verdad.

Situaciones como esta se han venido repitiendo de la misma manera en todo el país, un grupo de delincuentes que bajo absoluta impunidad y amparados por la dictadura mantiene azotada a la población, infundiéndoles temor y que de esta manera no ejerzan su derecho constitucional de protestar, simple terrorismo de Estado.

Estamos ante una situación nunca vista en Venezuela, un régimen forajido que se cree dueño absoluto del país, y de la manera que sea luchan por mantenerse en el poder, independientemente de lo que la inmensa mayoría de los ciudadanos piense; su único objetivo es gobernar así sea a costa de la vida de muchos venezolanos, a poco de cumplir 100 días del inicio de las protestas, la dictadura ya lleva más de 100 personas muertas a su haber.

Venezuela está viviendo uno de los episodios más graves de su historia, las generaciones que nacimos después de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez jamás habíamos visto una situación similar y me atrevo a decir que las anteriores tampoco.

La dictadura cada vez aumenta la represión, las instituciones encargadas de garantizar que en Venezuela exista un Estado de Derecho han sido secuestradas por ellos mismos, y quien se atreva a ir contra sus mandatos es perseguido, atacado, vilipendiado, un claro ejemplo lo tenemos con todo lo que está sucediendo con la fiscal general de la República, Luisa Ortega Díaz.

La hasta hace poco llamada “la mejor Constitución del mundo” ya está derogada de facto y el régimen pretende de manera írrita e ilegal realizar una asamblea nacional constituyente para hacer una nueva Constitución que se ajuste a los requerimientos de la dictadura.

Las violaciones de los derechos humanos se han vuelto parte de la cotidianidad de los venezolanos ante un defensor del pueblo que se ha convertido, ya sin ningún tipo de caretas ni disfraces, en el defensor de la dictadura, en su celestino. Cuando estos días oscuros que vivimos los venezolanos pasen, que va a pasar, Tarek William Saab tendrá mucho que responder a la justicia por su negligencia ante las constantes violaciones de los derechos humanos que se han cometido; que no se le olvide que las violaciones de los derechos humanos no prescriben.

La gran demostración de la barbarie que vivimos en Venezuela fue el asalto a la Asamblea Nacional mientras se conmemoraba el 206 aniversario de la firma del Acta de la Independencia, cuando adeptos a la dictadura tomaron el Palacio Legislativo de forma violenta. Una descripción muy clara de lo ocurrido la hace la periodista Luz Mely Reyes en el portal web Efecto Cocuyo donde narra: “Una piñata sangrienta. En medio de una furia llena de tubos, piedras, botellas, golpes, explosivos e insultos que dejó como saldo de heridos a los diputados de la MUD Armando Armas, José Leonardo Regnault y Américo De Grazia, así como a los trabajadores Franklin Babó y Luis Herreira, quedó una profunda sensación de desamparo en algunas de las 400 personas que fueron mantenidas contra su voluntad en el Palacio Legislativo”.

La comunidad internacional ha deplorado la actuación de este grupo de adeptos a la dictadura, el secretario general de la OEA, Luis Almagro, ha sido claro en afirmar: “Cuando la voz del pueblo es acallada con armas y violencia es porque ya no queda nada de la democracia. La utilización del terror sobre los ciudadanos y la institucionalidad revela que la represión constituye una acción sistémica con que el gobierno pretende asegurar su permanencia en el poder (…) El régimen pretende instaurar la violencia institucional del Estado, en una guerra sucia contra el pueblo incluyendo uno o varios muertos por día, como si se tratase de una nueva normalidad”.

La dictadura arrecia y con ella la barbarie, seguimos resistiendo y luchando por el retorno de la democracia.

 

@cnietopalma

Asdrúbal Aguiar May 20, 2017 | Actualizado hace 2 años
Cuenta regresiva, por Asdrúbal Aguiar

relojarena

 

Venezuela se aproxima, aceleradamente, hacia otro parteaguas histórico, distinto de los que ha conocido casi siempre pasada una generación y desde su aurora republicana.

Esta vez trata que su lucha agonal – con costos de vidas, heridos y encarcelados – le permita renacer como nación, como sociedad con textura y más allá de sus partes, comprometida con prácticas políticas ajustadas a la moral, a las leyes universales de la decencia, desaparecidas a lo largo de los últimos 17 años; pero arrebatadas tales leyes y sus frenos desde el instante mismo en que una logia narco-terrorista se apropia del andamiaje del Estado. Impedir la prórroga de ésta y que se frustre la empresa de libertad que guían jóvenes y hasta niños con admiración de sus mayores – la he llamado “revolución de los pantalones cortos” – es un deber inaplazable.

Toda duda, toda omisión, toda falsa discreción o prudencia, incluida la de gobiernos extranjeros que se neutralizan alegando no querer darle aliento a una “guerra civil” en ciernes e imaginaria, pues es, antes bien, represión abierta y criminal – casi genocida – por parte de militares y paramilitares contra ciudadanos quienes protestan en paz al régimen de Nicolás Maduro, expresa complicidad con éste, responsabilidad compartida por los crímenes que a diario se le suman.

No exagero. El milagro de la tecnología digital hoy impide la censura, el ocultamiento dictatorial y la desfiguración de realidades crudas como las señaladas. Nadie puede decirse ajeno o ignorante. Quien no reacciona con indignación ante el oprobio es socio y cooperador activo o pasivo con la vesania que se fragua desde los laboratorios del Palacio de Miraflores y sus ministerios de defensa y del interior; éste último, bajo la dirección de una suerte de Pablo Escobar acusado de ser la cabeza de uno de los cárteles de la droga que ha secuestrado al país.

Los disparos, las torturas, las patadas de guardias nacionales y colectivos criminales organizados por el propio Maduro para sostenerse en pie por sobre el dolor de un pueblo inerme pero corajudo, son verdades palmarias que aceleran los latidos de todas las opiniones públicas en el mundo.

Cada día son más quienes se deslindan del régimen, con valentía que cabe admirar en la hora, pues es más fácil el alineamiento de quienes a él se oponen como víctimas sufrientes que el de otros, como la Fiscal General de la República, que han convivido con la dictadura y mezclado con sus tuétanos, y ahora la abandonan vomitando intoxicados ante los propios y escamados frente a los ajenos.

La responsabilidad de quienes tienen en sus manos las riendas para administrar y ordenar las protestas – es el caso de la Asamblea Nacional, depositaria de la única legitimidad democrática que resta en medio de la total desarticulación del país – y, sobre todo, de darles su propósito final, es más exigentes que nunca. Se requieren acciones concretas, decisiones incluso simbólicas que anuden al conjunto en su rechazo a lo insostenible, a la presencia de Maduro y su mafia criminal en el poder de facto que a todos intenta dominar. Y ello impone un diálogo, pero no con el crimen, jamás con los criminales, sino con ese resto de actores propios y ajenos, sean nacionales o internacionales, quienes desde sus distintas y no pocas veces antagónicas o diferentes posturas puedan darle una pronta salida al mal absoluto que lucha por sobreponerse de forma definitiva, para salvar sus pellejos incluso sobre un río de sangre inocente que va inundando el suelo de la patria doliente.

La Conferencia Episcopal Venezolana y su presidente, monseñor Diego Padrón, han sido contestes al respecto. Si de conversar se trata bien, pero sólo para que se le devuelva al pueblo el ejercicio cabal de su soberanía, se respeten las competencias de la Asamblea, se liberen a los presos políticos, y la ayuda humanitaria restañe las heridas vitales que causan la hambruna y la falta colectiva de medicinas.

El hemisferio y el mundo, a través de sus organismos más calificados – la OEA y la ONU, y la OEA en primer término como lo ha dicho la ONU – ya marca rumbos, pero ellos son, al fin y al cabo, el público o audiencia que ha de estar presente en el teatro de nuestra reconstrucción democrática. Es a los actores, a los venezolanos, con sus narrativas oportunas y ordenadas, como dueños de la trama y su desenlace, a quienes corresponde salir a la escena y llevarla hasta su clímax antes de que cierre con el éxito que todos esperamos. Vivimos un drama. Hemos de evitar que derive en tragedia.

Apenas falta que los ejecutores materiales de la violencia, los soldados, bajen sus armas y adquieran conciencia de que son igual carne de cañón por obra de un gobierno criminal y los generales que los mandan; para que se sumen – como ocurriera en la Alemania comunista – a quienes se esfuerzan en derrumbar los muros de la vergüenza, las paredes que a todos nos han separado siendo hermanos.

Las horas cuentan, las horas pasan.

 

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