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El futuro…, por Luis Fuenmayor Toro

@LFuenmayorToro

No sé si la cuarentena “voluntaria” impuesta por el Gobierno nos dificulta ser optimistas, no respecto al coronavirus sino a la realidad venezolana ya gravemente deteriorada mucho antes de la aparición de la epidemia. O si la caótica realidad existente nos lleva a ser crudamente pesimistas del porvenir inmediato y mediato. Me inclino por lo segundo, pero dejo la posibilidad abierta de que el prolongado encierro, sin información clara de que esté logrando su objetivo y sin apreciar acciones gubernamentales para mantenerlo sin violar los derechos básicos de la gente, me esté conduciendo a ser pesimista sobre el futuro de la República y sobre alcanzar un desenlace pacífico, democrático, soberano y constitucional a la crisis.

No tengo información privilegiada; solo puedo efectuar análisis con la información al alcance de todos. E inicio por la grave escasez de gasolina, que no puede ser compensada con producción interna y que está paralizando y encareciendo la producción y el transporte de alimentos a las ciudades. De asumirse la importación privada de combustible, lo que han bautizado como los “bodegones” de gasolina, el encarecimiento de todos los productos, de bienes como la electricidad, el gas, el agua y las comunicaciones, así como el transporte, se agregará a la actual explosión de los precios que ya estamos padeciendo y hará más invivible la situación para la inmensa mayoría, no solo por la hiperinflación sino por la reaparición de la escasez.

Se añade la caída monstruosa de la exportación petrolera venezolana y la severa reducción de los precios del crudo en el mercado internacional, por lo que el ingreso de divisas requeridas para el funcionamiento estará más reducido que nunca. La depresión económica mundial, generada también por la pandemia de la Covid-19, sumada a las sanciones económicas impuestas, limitarán también las pocas importaciones que se puedan realizar y reforzarán la escasez de alimentos, medicinas y materiales para la producción. Agreguemos una reducción drástica de las remesas, que empeorará la capacidad adquisitiva de los venezolanos, al eliminar un recurso que había llegado a ser muy importante.

Pandemia y cuarentena generarán más desempleo y mayores dificultades para el comercio informal, al cual se dedicaba antes de la cuarentena el 54 por ciento de la población laboral venezolana.

Todo ello significa un empeoramiento de la crisis económica y de la pobreza de los venezolanos. Ante la imposibilidad del gobierno de afrontar la situación con medidas compensatorias dirigidas a los más afectados, es posible prever la ocurrencia de movilizaciones sociales de protesta, saqueos y enfrentamientos con las fuerzas de seguridad del Estado y los grupos parapoliciales existentes, pues esta ha llegado a ser la única respuesta del gobierno de Maduro a las protestas sociales. Es un escenario de conflictividad permanente.

En el área de la política es posible ver que EE. UU. insiste en la salida de Maduro para pasar a un gobierno de transición tutelado por ellos. Esa es la posición de Guaidó y de quienes le siguen, pues no tienen ninguna libertad para tomar otras decisiones. El gobierno se niega a sacrificar a Nicolás Maduro y parece estar decidido a enfrentar lo que sea, tal y como ocurrió con  Noriega en Panamá, sin importarle las consecuencias trágicas para la nación. La cuestión se complica si nos percatamos de que las elecciones están dejando de ser una obligación con fecha precisa para el gobierno, según las últimas declaraciones de Maduro. La tentación de prorrogar la cuarentena más allá del 15 de mayo, por motivaciones políticas y no sanitarias, podría ser otro indicio en este sentido.

De continuar las cosas como se describe, la confrontación parece ser la última salida sin poder precisarse el momento de su ocurrencia. Mientras tanto, el infierno se acrecentará para la familia venezolana.

 

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Apuntes para el futuro del trabajo, por Nathalie Alvaray

@NathaHari 

Expertos sanitarios de todo el mundo afirman que se necesitan 18 meses para desarrollar una vacuna contra la COVID-19, y que el manejo del distanciamiento social en ese tiempo es clave para controlar las velocidades de contagio, las capacidades del sistema de salud y la inmunización colectiva. Si queda un solo infectado arranca la pandemia de nuevo.

Con información del Imperial College de Londres, otros expertos proponen un sistema de alternancia: dos meses de cuarentena, un mes de circulación libre, una especial montaña rusa marcada por las capacidades de las unidades de cuidado intensivo de atener a la población enferma. Si se satura el sistema de salud, hay que confinarse. Cuando se alivie, se regresa a la calle. Un investigador del Instituto Weizmann de Ciencias de Tel Aviv desarrolló un modelo matemático que propone 4 días laborables y 10 de confinamiento, en vez de la opción de cierre total, para reactivar la economía y dar un respiro psicológico, mientras dure la crisis por coronavirus.

Más rápido estará listo el videojuego que la vacuna, dice el escritor Jorge Carrión y nos pone a pensar en los tiempos de la biología y la tecnología, y también los del mercado. 18 meses es un lapso muy largo, comparado el vértigo en el que hemos vivido este mes y medio. Ha sido una inmersión forzada en procesos de transformación y ha dejado a la vista mucha vulnerabilidad: hay un virus mortal que nos ataca, no solo la salud de las personas sino también el funcionamiento de las comunidades y de los países. Más temprano, o más tarde, los gobiernos han tomado el camino de la inactividad económica hasta que pase el peligro. Es en el vértice de la protección de las personas y la recuperación de la economía donde debemos pararnos para analizar los escenarios que nos vienen.

Incluso sin estos escenarios de puertas giratorias, podría haber muchas más interrupciones en nuestras vidas. En España estamos todavía bajo cuarentena estricta, y algunos escenarios de flexibilización implican reapertura de escuelas pero con los adultos teletrabajando, y los eventos deportivos y otras reuniones masivas cancelados, por no hablar de los bares y los restaurantes. No es el caso de que todo pueda volver a la normalidad. Es el caso de que si podríamos dejar que algunas cosas vuelvan a la normalidad.

Transitamos hacia un modelo híbrido de conexión con el trabajo y la cotidianeidad

Ante este panorama, me pregunto ¿qué es la normalidad? Me refiero al estado previo a la pandemia, la postcrisis del 2008/2010, el cual ya casi teníamos aprendido (tal vez hasta controlado) y que duró menos de una década. Vamos a eso que estamos acostumbrados a llamar una nueva normalidad cada vez que se produce un cambio. Vamos a toda velocidad hacia un nuevo estado, una nueva forma de relacionarnos, de trabajar, de aprender, de crecer, de cuidarnos. Se convertirá en la nueva normalidad hasta que venga otra ola de transformación.

Afirma el Washington Post que la economía del coronavirus es un gigantesco experimento que pone a prueba cómo vamos a trabajar y a vivir de ahora en adelante. Es la evolución de la economía del encierro (Shut-In Economy) que comenzó en la década de 2010 impulsada por las plataformas de servicios, y va a estar apoyada en un desarrollo exponencial de las actividades que podemos hacer estando encerrados en nuestras casas: teletrabajo, educación a distancia, distribución de comida y bienes, video streaming.

Yuval Noal Harari elabora en 21 preguntas para el siglo XXI sobre las 4 C´s, las cuatro competencias indispensables del aprendizaje: Pensamiento Crítico, Comunicación, Creatividad, Colaboración. Es en el dibujo de la intersección de esas áreas que pienso que debe imaginarse la organización del futuro y el mapa de servicios y productos que vamos a ofrecer en una nueva normalidad. Yo añadiría la Compasión, que le otorga dimensión humana a todo esto. Hay lecciones aprendidas de la epidemia del Sida, que, como explica Feliciano Reyna, «hizo redescubrir la relación entre el miedo al contagio y la crueldad, y que se reflexionara sobre la responsabilidad de gobiernos y de organizaciones civiles en circunstancias similares».

Tal vez podamos usar este tiempo de hiperconexión digital para repensar los tipos de comunidad que podemos crear en las plataformas online. Hemos visto ejemplos inspiradores; Yo-Yo Ma publica un concierto diario en vivo, empresarios ofrecen su tiempo para escuchar los proyectos, instructores de yoga o de box imparten clases gratuitas, restauradores donan comida, psicólogos donan su escucha. Hay baile, fiestas, arte, canto, llanto todo compartido en la pantalla, creando comunidades más allá del aburrimiento o del ocio. Esta es una vida diferente a la de pasar horas viendo fotos en las redes sociales o quedarse pegado en un videojuego.

Las conexiones se reorganizan. Para mucha gente en el planeta, el trabajo ya no era un lugar, era una actividad o proyecto habilitada por una conexión a internet. Luego de la pandemia, este no lugar, este espacio elástico digital será la normalidad y tenemos el reto de ayudar a estos nuevos knowmads para que aprendan a colaborar, pensar, crear y conectarse productivamente.

¿Es esta una economía (la del encierro) que permitirá la prosperidad y bienestar? Se me ocurre una lista de retos para las organizaciones y para las personas que sirva para hacer preguntas y buscar respuestas.

Retos para las empresas

  • Diseñar una cultura de transformación y resiliencia
  • Acabar con la cultura del presentismo (estar presentes y pensar solo en el presente)
  • Proteger a las persona. Mejorar los programas y sistemas de salud de los empleados
  • Promover nuevos liderazgos y nuevos flujos de comunicación
  • Crear resiliencia en la cadena de valor
  • Evaluar productividad y producción
  • Reducir los head quarters a favor del teletrabajo programado
  • Restablecer objetivos de impacto y de negocio
  • Redefinir esquemas de remuneración y cargas horarias

 Retos para las personas

  • Privacidad vs seguridad. Con nuevas estrategias de biocontrol, los Estados podrán monitorear dónde has estado para darte acceso a dónde quieres ir. ¿Nos adaptaremos como nos hemos adaptado a las medidas de seguridad de los aeropuertos?
  • Actividades análogas vs Buscar el balance entre vivir dentro del ordenador/móvil y la interacción
  • Prioridades vs Revaluar los significantes personales y de la comunidad
  • Privado vs público. Gestionar la casa como centro físico de la vida virtual: escuela, trabajo, entretenimiento
  • Solidaridad vs protección. Ahora sabemos que tocar cosas, estar con otras personas y respirar el aire en un espacio cerrado puede ser arriesgado.

Transitamos hacia un modelo híbrido de conexión con el trabajo y la cotidianeidad, un modelo que está atravesado por el debate entre la seguridad de las personas (la salud) y la privacidad (biotecnología y secuestro del espacio privado). La reactivación de la economía y de una nueva normalidad pasa por aceptar que los cambios que han ocurrido no son temporales y que no basta comunicarse a través del ordenador/móvil para ser digitales.

Debemos crear entornos laborales y personales que promuevan la colaboración, que inviten al pensamiento crítico, que inspiren la creatividad, que mantenga a las personas y al planeta en el centro de las decisiones y que genere una cultura de cambio, no por el cambio per se, sino porque la capacidad de cambiar (y de ejecutar los cambios) es la competencia indispensable en los tiempos que vienen, la resiliencia necesaria no solo los próximos 18 meses, sino en este próximo y vertiginoso futuro.

Nathalie Alvaray es directora de Impact Hub Prosperidad.

También puede ver este artículo en Ethic.es

 

¿Cuál es la situación actual en la industria del juego en Venezuela?

MADURO Y GUAIDÓ, UN TÁNDEM tan familiar en la vida diaria de la castigada Venezuela que parece que ya no se puede hablar de uno sin mencionar al otro.

El primero cambió las reglas del juego al convocar hace un par de años una Asamblea Nacional Constituyente y poniendo del revés la Constitución venezolana. El segundo, le hizo un órdago al primero al declararse presidente legítimo del país y extendiendo el conflicto más allá del río Negro. Venezuela juega su futuro y ambos presidentes son dos peones de la geopolítica internacional. 

Hablemos entonces de cómo está la industria del juego en la situación actual de la República Bolivariana.

La legislación del juego venezolana se rige por la Ley 36.259 de 1997 para el Control de los Casinos, Salas de Bingo y Máquinas Traganíqueles, sin embargo, esta ley solo regula los casinos físicos y no los casinos online. Esto supone una ventaja y un claro inconveniente. La desventaja es que no existe ningún casino online que disponga licencia para operar dentro de territorio venezolano, además de que, en este momento, los casinos físicos no están abiertos al público debido al conflicto social.

Sin embargo, vivimos en una sociedad en donde el internet está en todas partes y controla nuestro día a día. La industria del entretenimiento y especialmente, el juego online, ha sido uno de los protagonistas en la migración hacia el mundo digital. La industria de los casinos y las apuestas online ha recaudado cerca de 50 billones de dólares en el año 2018, en donde al menos 2 billones corresponden al mercado latinoamericano incluyendo a Venezuela dentro de la lista de países que más acceden a estos sitios web.

Es muy importante para todo venezolano que quiera disfrutar de los mejores casinos online de países como España, conocer cuál de éstos son los más seguros y fiables. Recordamos que es perfectamente legal apostar en casinos online de otros países desde el territorio venezolano, ya que no existe legislación alguna que lo prohíba. 

Otro de los aspectos que debe de tener en cuenta el usuario venezolano, es el de conocer cuáles son los métodos de pago online aceptados dentro del país. Recordemos que el dinero escasea y por eso no están permitidos ni los cheques, ni las cuentas corrientes, ni las tarjetas de crédito en el país. Sí lo están los monederos electrónicos como Paypal o aquellos que disponen de tarjetas de crédito prepago como Neteller o Skrill.

Antes de jugar en línea, verifica cuales casinos online tiene mejor reputación, ofrecen los mejores beneficios y disponen de mecanismos de seguridad que te garanticen que tu dinero está seguro. Recuerda siempre jugar con responsabilidad. 

 

La terminal de autobuses de Bogotá es un huracán de viajeros y vehículos, pasajeros que se despiden entre sonrisas y lágrimas con esperanzas e ilusiones; sueños como el de más de un centenar de venezolanos que acampan en un parque cerca a la estación mientras esperan un futuro mejor.

Son entre 120 y 140 venezolanos, entre ellos cinco bebés, acampados a unos cien metros de la estación del Salitre, en el occidente de Bogotá, donde se refugian del frío de la capital colombiana mientras deciden hacia dónde encaminar sus pasos.

La imagen es la de una multitud abigarrada pues sobre el césped del parque que han renombrado como “El Bosque” se acumulan lonas y plásticos bajo las que tratan de comer, dormir y agotar las horas. Los más afortunados tienen tiendas de campaña.

Y sin embargo, se consideran dichosos: “Me han tratado espectacular en Bogotá (…) Aquí nadie nos ha desamparado, hemos tenido comida, ropa. Tenía no sé cuanto tiempo en Venezuela sin comer un pedacito de pollo o una sardina”, explica a Efe Marleny Márquez, de 38 años.

“Tengo una semana aquí y he subido un kilo (de peso). Allí (en Venezuela) perdí como diez”, comenta Márquez.

Mientras pasan las horas en “El Bosque” reciben ayuda de vecinos y de un grupo de monjas que les llevan comida y ropa para enfrentar el frío bogotano que en esta época mantiene los termómetros por debajo de los 10 grados centígrados durante la mayor parte del día.

Esa solidaridad, aseguran, les permite vivir mejor que en su Venezuela natal, donde conseguir comida es una quimera.

La odisea de muchos de ellos comenzó cuando abandonaron su país y, sin un centavo en el bolsillo, trataron de buscar un futuro camino a Bogotá.

A pie, recorrieron centenares de kilómetros y ahora sueñan con hacer su siguiente tramo en autobús o conseguir un trabajo en Colombia que les permita sostener y enviar ayuda a su familia.

“Vine caminando desde (la ciudad fronteriza de) Cúcuta, tardé una semana con ayudas”, explica Frank Escalante, de 21 años, uno de los últimos venezolanos en asentarse en “El Bosque” tras un recorrido de cerca de 600 kilómetros.

Confiesa que recibió mucho apoyo de colombianos por el camino y que especialmente le apoyaron con “aventones”, como se conoce en la zona a trayectos gratis que hacen muchos conductores.

Frank, Marleny y sus compañeros improvisados sufren especialmente el clima bogotano. “La nevera de Colombia“, está más fría de lo habitual estos días.

Para combatir el clima llevan toda la ropa de abrigo que les han ido regalando por el camino y que siguen sin asumir como propia.

Una de ellas es Carmen, que ha tenido que envolver con todos los abrigos posibles a su hijo de un año porque no se imaginaba “este frío tan terrible que hace aquí”, dice sobre la capital colombiana, situada a más de 2.600 metros del altitud.

Ella lleva apenas una semana en el improvisado campamento y explica que “al comienzo” y durante tres noches durmió junto a su marido y su hijo sobre el césped del parque, luego se le acercaron “muchos colaboradores” y uno de ellos le cedió una carpa con la que hoy enfrentan la inclemencia del tiempo.

Pese a que está muy agradecida por la ayuda que ha recibido, se queja de que en Cúcuta sufrió el abuso de algunos vendedores de billetes de autobús que al saber que no tenía pasaporte en vigor les incrementaban el precio del pasaje.

Ante la imposibilidad de emprender a pie el camino con su hijo hasta Bogotá, trayecto que incluye atravesar parte de la cordillera andina y páramos como el de Berlín, cubierto permanentemente de neblina, Carmen y su marido se dedicaron a la venta ambulante para poder pagar los 100.000 pesos (unos 35 dólares) que les pedían a cada uno de ellos por el trayecto.

En Colombia, donde cerca de un millón de venezolanos se han asentado, las opciones que tiene se han disminuido después de que Perú cerrase la frontera a los venezolanos con pasaporte vencido y la incertidumbre de que Ecuador pueda hacer lo mismo.

Para Carmen y su familia, como para millones de venezolanos, conseguir un pasaporte es una odisea, por lo que buscan cómo quedarse en Colombia, así sea sobreviviendo con la ayuda de sus vecinos improvisados.

Por eso, no duda al asegurar que prefiere Bogotá antes que Venezuela y, entre lágrimas, explica que al menos en Colombia puede alimentar a su hijo.

“Prefiero estar aquí, sé que esto va a cambiar y que vinimos a trabajar y a conseguir un mejor futuro”, concluye.

Cuando las cámaras se apagan, Carmen y su familia alistan su tienda y se aprestan a pasar una noche más en el frío bogotano mientras siguen esperando un autobús que les lleve a otro destino o un trabajo les permita iniciar una nueva vida. EFE

D. Blanco Abr 26, 2018 | Actualizado hace 2 años
In Memoriam, por José Domingo Blanco

 

Las campanas gimieron y luego callaron.

A mansalva, las balas salieron desde el puente.

De bruces cayeron los cuerpos,

rasgadas fueron las banderas

pero, colgadas del aire quedaron, las canciones.

Hay un dolor

desmayado en el alma,

hay tantas muertes colgadas de nuestro dolor,

y no sabemos cuál será el castigo.

Estado de Sitio

Poemas

Rubén Osorio Canales

 

Jairo, Daniel, Miguel Ángel, Gruseny Antonio, Carlos José, Paola Andreína, Johan, Cristian, Yorman, Edy, José Francisco Guerrero, Juan Pablo Pernalete, Armando Cañizales, Miguel Castillo Bracho, Diego Arellano, Paul Moreno, Neomar Lander… la lista no se detuvo allí: fue sumando víctimas con la velocidad que ofrece la impunidad y con la indolencia que da el abuso de poder. Quien ostenta la autoridad, desconoce los límites entre el bien y el mal. Ignora las leyes que se redactaron para limitar sus actuaciones. Quien controla el poder, cree que la ley se redactó para imponerla a su conveniencia. Interpretándola de manera tal que no perjudique sus intereses. Como si la vida, tarde o temprano, no los sentase en el banquillo de los acusados.

En manos de estos sicarios de turno, Jairo, Daniel, Miguel Ángel, Gruseny Antonio, Carlos José, Paola Andreína, Johan, Cristian, Yorman, Edy, José Francisco Guerrero, Juan Pablo Pernalete, Armando Cañizales, Miguel Castillo Bracho, Diego Arellano, Paul Moreno, Neomar Lander… y los otros cientos que faltan en mi lista, perdieron la vida. Sus sueños. Sus primeras novias. Sus actos de graduación. Sus próximos conciertos. La violencia con la que actuaban los cuerpos de seguridad del régimen durante las protestas de 2017, les silenció el reclamo de un balazo. Les segó el camino de vida que tenían ideado como plan a largo plazo. Eran muchachos. Eran, en su mayoría, jóvenes, con la pasión y la valentía que da esa etapa. El régimen les quitó la oportunidad de vivir. Los arrancó de los brazos de la vida, para apagarles los sueños de forma prematura.

Hace un año, cientos de padres, enterraron a sus hijos. Unos hijos con el pecho desnudo, y un corazón palpitante, como único chaleco antibalas. Armados con ideales. Sintiéndose infalibles e invencibles. Sin miedo a lo que pudiera ocurrirles, porque, si lo hubieran sentido, hoy estarían organizando sus rumbas o sus paseos a las playas… o sus vidas en otros países, porque, tanta realidad país, probablemente, los habría hecho migrar. Cuando los asesinaron y, día tras día, un nuevo nombre se sumaba a esta luctuosa lista, llorábamos de forma anónima con esos padres; compartiendo su dolor, sintiendo su rabia, gritando su impotencia. Sentimos nuestra la pérdida de esas valiosas e incuantificables almas. Nada consuela cuando un hijo es asesinado. Y en 2017, el régimen se encargó de dejar sin hijos -sin hermanos y sin nietos- a muchos hogares. Invirtiendo el orden natural de la vida, donde morir de viejos debería ser lo normal.

A cientos de jóvenes que hoy no están en sus clases, en sus trabajos, en sus casas, el régimen los sentenció, condenó y se encargó de ejecutar el castigo, sin escatimar en exceso de violencia, que aderezó con odio, saña, morbo y, por qué no, cierto grado de disfrute perverso. Y nosotros, en abril, mayo, junio, julio de 2017, voluntariamente nos hicimos solidarios con las familias que se enlutaban de forma inesperada y precipitada. Algunos, incluso, hasta hicieron una promesa: “Prohibido Olvidar”, un lema que se ha vuelto común, por la cantidad de desapariciones en el haber de este desgobierno.

Son meses de luto para el país. Porque esas muertes todavía duelen. Hace un año el régimen silenció con balas, lacrimógenas y perdigones, el futuro de Venezuela, el que se llamaba Juan, Yorman, Paul, Miguel o Andreína… un futuro lleno de bríos que salió a las calles a dar la cara por nosotros, a pelear por nosotros, a reclamar los derechos de todos, sin egoísmos, ni mezquindad. Pero, que encontró la muerte. Y sus nombres, se unieron a los nombres de los que también murieron en las protestas de 2014 y que hoy, casi ni recordamos.

“Prohibido Olvidar”, en un país donde los habitantes, pareciéramos sufrir de memoria corta. En un país, donde la hipocresía se ha vuelto la práctica común que facilita la convivencia. “Prohibido Olvidar” y, sin embargo, una vez más, el régimen se anota otro triunfo seduciendo –o aplastando-  con sus perversiones a quienes en algún momento promovían las protestas e hicieron sentir a esos jóvenes, que hoy cumplen un año injustamente asesinados, que el cambio por el que luchaban, ocurriría en cuestión de horas y sin necesidad de que interviniese el CNE.

 

@mingo_1

Instagram: mingoblancotv

La amistad siempre ríe contigo … , por Orlando Viera-Blanco

amistad

 

“Escribo a esas siete letras –amistad- porque desde un pasado mejor podremos soñar un futuro feliz.”

Siendo un niño sin pisar primer grado, conocí a mi mejor amigo. Mamá no quería dejarme en el colegio porque mi llantén superaba su débil vocación disciplinaria. De pronto un chiquillo minúsculo-[Javier]-se aproxima con una inmensa sonrisa, y me invita a corretear por el patio y conocer el salón de clases. Al entrar quedé impactado por aquella indescifrable intensidad de colores entre libros, juguetes y pupitres, que atemperaba a la memorable profesora Cruz. Una mujer cuya irrepetible dulce mirada, completaba el bosque de razones por las cuales cualquier niño dejaba de llorar y permanecía feliz en sitio. Ese día aprendí que la amistad trae alegrías, traza feudos, alivia tus miedos y da luz a tu vida….

Otro amigo de mi niñez me preguntó -mientras comíamos un delicioso perro caliente-[Paúl]: ¿Tu juegas béisbol?  Al tiempo me batía entre correr, patinar, pedalear o subir montañas…No recuerdo haber soltado un bate y un guante desde el día siguiente de la pregunta. De las chapitas, a la pelotica de tirro, de goma y a la olorosa y regia pelota del Sr. Rawlings. Ahorraba cada día para comprar mi guante ideal. Mi Nona Mercedes me regaló un fuerte para completar ocho bolívares y comprar una mascota-sic-con la cual !pretendía jugar tercera base! Pues así (con mascota), jugué varios partidos hasta que el manager (Julio Castro) me dijo: “O juegas con un guante normal o acabarás con la boca abierta”. El presagio no tardó en llegar…Sería injusto dejar de mencionar las verdaderas heroínas de nuestro afán por el béisbol. Las madres de aquel equipo infante, los tigres de prados del este: Rosita Troconis, la Sra. Trujillo o mi incansable madre, cuyos carritos parecían carrozas de tanto muchachito que montaban para llevarlos de vuelta a casa (además comidos). De aquella sugerencia [de Paul], aprendí que un consejo de un amigo siempre es bueno porque os lleva a un universo maravilloso de personas y circunstancias determinantes en tu vida. Sin duda debo al béisbol lo que soy. De su camaradería, picardía y bondad, “atrapé” amistades que se convirtieron en un infinito eslabón de contactos y referencias. Imposible dejar de mencionar Andrés en Venezuela o Peter Cousin en NY, anuentes de ese amor común por el béisbol. Por ellos consolidé regios logros profesionales; más por mi brazo (sin brújula) !que por mi pluma! (también curvera)…

Gracias a otra bella amistad [Coy], me topé con la música. Expresión del alma y extensión de libertad.  Con ella sueñas, visualizas y libras deseos.  Aprendes a amar y a ser amado…Y con otros amigos de la adolescencia [Manuel, Cesar, El flaco Losada), tanto gané el hábito por las pistas y la competencia, como por grabar mis TDK’s o comprar discos. Aprendí por cierto desde pequeño, que es preferible romper una sociedad que una amistad. Más vale regalarle a un amigo tu disco, tu libro o tu prenda de vestir, que reclamarlo o compartirlo, porque lo sublime es que al oír Hotel California, Polvo en el viento, Pedro Navaja o La dama de la ciudad, venga a tu mente la “fogata” donde estabas, el primer beso que te dieron (mi timidez me impedía darlo) o tu primer Belmont…

Con mis amigos aprendí a rodar entre patines, carruchas y bicicletas. Y también a navegar mar adentro [Mauricio]. Cuanta libertad depender sólo de ti.  Aprendí que las rutas las haces tú, por lo que el destino no es suerte, es voluntad.  De los primeros amigos tomé mis primeras grandes decisiones: no estudiar medicina o ingeniería, sino derecho. No irme del país, ni de la carrera. Tocar cuatro o guitarra. Elegir a mi esposa (novia desde el colegio), con quien planté familia de cuatro irrepetibles críos…En la adultez vinieron otros amigos. Con ellos consolidé el respeto por los otros [Noel]; el tacto en los negocios [Gastón]; la pasión por la ética y la política [José Vicente], la decencia como solvente [Diego], la nobleza como redención [Carlos V.], el perdón sanador [mamá], y el amor por la familia y por Venezuela (mis alumnos, mis hermanos, mamá y papá). Porque también ellos-la familia, tu pareja, profesores, clientes o pupilos, son tus mejores amigos…

Quedan muchos en la lista, tanto del colegio como de la universidad. Son ellos quienes construyeron tu verdadera historia por lo cual merecen igual tributo. Como escribía el grande Fernando Pessoa, poeta portugués: “El amigo que no sabe reír conmigo, no sabe sufrir conmigo. Mis amigos son todos así:  Mitad bromas, mitad seriedad… Quiero amigos serios de esos que hacen de la realidad su fuente de aprendizaje, pero que luchan para que la fantasía no desaparezca. No quiero amigos adultos ni comunes.   Los quiero mitad infancia y mitad vejez.   Niños para que no se olviden del valor del viento en el rostro, y ancianos para que nunca tengan prisa….Amigos para saber mejor quién soy yo, pues viéndolos locos, bromistas y serios, niños y ancianos, nunca me olvidaré que la normalidad es una ilusión estéril.” En fin. Amigos como océanos, tanto llanos y prístinos, como amplios y profundos…

Escribo a esas siete letras-amistad-porque desde un pasado mejor podremos soñar un futuro feliz. En estas festividades que han sembrado tanto dolor, levantemos el teléfono y llamemos a nuestros amigos. Ellos son el reflejo de que otra Venezuela existió y que otra será posible … Nunca está demás un ¡Hola amigo soy yo, tu hermano: Os tengo presente y te quiero mucho…!

@ovierablanco

Juntos sí hay futuro, por Roberto Patiño

Unión

 

Todos padecemos o sabemos de alguien (un familiar, un amigo, un compañero de trabajo, un vecino) que no consigue o no puede pagar los medicamentos para un tratamiento o una afección crónica, que está teniendo problemas para poder alimentarse y llegar a fin de mes. Una situación que ha alcanzado cuotas tan alarmantes e impactando de manera tan devastadora a la población, que desde hace tiempo es reconocida por la comunidad internacional: Venezuela es descrita como un país al borde de una crisis humanitaria.

Las gravísimas problemáticas de alimentos y salud han alcanzado una magnitud sin precedentes. Leemos las noticias de las muertes de infantes por desnutrición, las alertas que emiten organizaciones como Caritas, vemos a venezolanos en las calles rebuscando comida en la basura. Por otra parte, se multiplican las muertes y padecimientos por falta de insumos médicos y resurgen enfermedades como el paludismo y la difteria, que creímos minimizadas o erradicadas desde hacía años.

Esta crisis se ha profundizado afectándonos a todos de alguna u otra forma. Vivimos una crisis económica en la que sencillamente el dinero no alcanza para comer. De igual forma nuestra cotidianidad se ve trastornada por la imposibilidad de encontrar medicamentos o por los altos precios que estos han alcanzado. Pensemos, por ejemplo, lo que significa para una persona con sueldo mínimo necesitar de un antibiótico cuya caja cuesta hasta Bs. 400.000.

Como sabemos, la respuesta del gobierno ante esta situación es la de continuar la crisis, promoviéndola y aprovechándola. Aplica la misma fórmula catastrófica que viene afectando de manera cada vez más destructiva las condiciones de vida de la colectividad: por un lado, insiste en políticas empobrecedoras y excluyentes (controles de precios, disminución de la producción nacional) mientras en paralelo implementa sistemas de control y sometimiento que vuelven dependientes del Estado a sectores cada vez más amplios de la población. Mecanismos como los CLAPs o los carnets de la patria, que condicionan la entrega de alimentos o distribuyen de manera mezquina escasos beneficios sociales, promoviendo la exclusión y la desigualdad, impidiendo el desarrollo y la autonomía de las personas.

En una nación en crisis, con un gobierno que explota las necesidades de sus ciudadanos para mantenerse en el poder, es fundamental el reencuentro de los venezolanos y la activación de la colectividad, tanto para enfrentar los problemas comunes que nos afectan como para construir un proyecto de futuro en el que todos estemos representados. La gravedad del contexto actual nos afecta a todos y nos exige, para su transformación, replantearnos en qué manera podemos participar e involucrarnos. La situación actual debe ser leída como un llamado a la sociedad para reflexionar sobre la importancia de valores como la solidaridad y la convivencia. No como ideales abstractos sino como herramientas indispensables para la articulación de las fuerzas sociales en la construcción de un proyecto de país.

Nuestra experiencia con iniciativas como Alimenta la Solidaridad en la que convergen el empoderamiento y la organización local, la participación de organizaciones sociales y grupos privados, nos demuestra una vía de trabajo posible que genera resultados y cambios en la realidad. La solidaridad y la convivencia son conceptos que se materializan en un plato de comida, en una comunidad trabajando en conjunto, en una empresa contribuyendo activamente a aliviar una emergencia social. Una Venezuela posible, distinta a la visión de exclusión, opresión y conflicto impuesta por el gobierno, que se produce solo por el encuentro y el compromiso real de las personas.

Sin un cambio en el modelo de poder y la implementación de un plan de rescate que atienda a la crisis en toda su complejidad no es posible cambiar el actual contexto de dificultad y problemas que atraviesa el país. Pero para lograr condiciones de transformación, es fundamental activar mecanismos de solidaridad y convivencia que contribuyan a revertir las políticas de fragmentación y empobrecimiento del régimen. Y esta narrativa de reconocimiento, encuentro y participación debe alcanzar a los sectores políticos, económicos y sociales del país para plantear una vía, posible e inclusiva, hacia el futuro.

 

@RobertoPatino

“El futuro ya no es como antes”, por José Domingo Blanco

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“El futuro ya no es como antes” dijo el economista Víctor Álvarez en una de sus intervenciones durante el evento “Hacia una Venezuela Industrializada: La Ruta”, organizado por Conindustria, un encuentro que puso sobre el mismo escenario las visiones optimistas de un país posible, con planes a corto, mediano y largo plazo, en el que la reactivación económica puede producirse y que podrá medirse gracias a unos indicadores de gestión exigentes, enunciados como para no darle espacio ni a la mediocridad, ni al conformismo, ni a la holgazanería.

Ese futuro de Víctor Álvarez que, supongo, es aún más difícil de descifrar porque se construirá sobre las ruinas, la miseria y el destrozo que han dejado estos años del régimen en el poder. Un futuro que ya no se adorna con palabras bonitas; pero, que –espero- tampoco exculpará a los responsables de nuestra situación actual. Los venezolanos estamos ante un modelo político sin precedentes, del que no existen referencias y, por tanto, no logramos atinar en las estrategias para producir el viraje que se requiere en estos momentos críticos. Y por eso, no deja de ser meritorio que haya profesionales abocados al diseño de planes para la reconstrucción.

Por eso, celebro las oportunidades en las que los gremios se muestran al país, no sólo con el diagnóstico del lamentable estado en el que se encuentra nuestra nación, sino con las posibles soluciones; en una apuesta por la Venezuela que aún no han abandonado y en la que siguen creyendo. Una Venezuela que debe ofrecer oportunidades para que ese talento humano que hace posible el florecimiento de un país, encuentre en su suelo patrio, la vía hacia la prosperidad que hoy le ofrecen otras regiones.

Esta Ruta Industrial 2025 que propone Conindustria parte de la premisa de que es necesaria una gran alianza nacional, que será la que permitirá construir un futuro de bienestar y prosperidad, sobre la base de la industrialización como vía para combatir la pobreza, fomentar la igualdad y el respeto a la ley. Para ello se requieren políticas públicas, acuerdos institucionales y un marco jurídico justo. Y es en “la gran alianza nacional” donde quiero poner toda mi atención. Porque lograr este consenso requiere de madurez –política- y desapego –al poder. La “gran alianza nacional” pasa por apartar las ambiciones que no construyen ciudadanía y, como he insistido, es con ciudadanía cohesionada como lograremos producir los cambios que nos urgen. Cambios que además deberán generar la ruptura de los nuevos paradigmas, de los “hombres nuevos” de esta revolución, para quienes las míseras dádivas -y no las remuneraciones producto del esfuerzo, trabajo y ansias de prosperar- son el máximo bienestar al que quieren aspirar.

Conindustria, y no dudo que muchos otros gremios coinciden, propone una serie de reformas que, aseguran, deberían ejecutarse de forma inmediata para alcanzar en, diferentes lapsos, unos logros que producirían un cambio importante: la transformación que podría encaminarnos hacia un porvenir mucho más esperanzador.   

No puedo dejar de comentar la crítica constructiva que hizo Imelda Cisneros -exministra de Fomento durante el segundo mandato de Pérez- a la propuesta que este gremio le hace al país y algunos de los actores que podrían ser los ejecutores del plan. Cisneros comentó que, luego de leerse todo el documento, sólo sintió que faltaba un capítulo: el de la viabilidad política. Y su comentario, me hizo recordar otro foro al que asistí hace muchos años atrás, en el que se analizó si el otro paquete de reformas económicas que se planteaba al inicio del segundo mandato de Caldera “era un proyecto político sin viabilidad económica o un plan económico sin viabilidad política”.

Y aunque a muchos, en estos tiempos, la palabra política puede provocarles desconfianza, escozor y náuseas, todo producto de los desaciertos y errores que comenten sus actores, no es menos cierto que la política, en su estado más puro y originario, es una herramienta que permite a las sociedades civilizadas, organización y orden. Solo que, en los países caribeños como el nuestro, política es sinónimo de poder, corrupción e impunidad.

Ese es uno de los grandes retos que tiene Conindustria: difundir su propuesta para lograr la cohesión de los ciudadanos en torno a su modelo de desarrollo para la Venezuela futura. Un gremio que está consciente del rol protagónico que tienen los industriales en este proceso de cambio, y que los obliga a ser los garantes de los espacios donde el talento humano puede poner en marcha al país que todos anhelamos. Una Conindustria que sólo tendrá que incluir en su propuesta, por sugerencia de Imelda Cisneros, el capítulo de la viabilidad política de su modelo –pasando primero por el “saneamiento” de la palabra política; pero, que cuenta con el suficiente Know How y centenares de lecciones aprendidas como para reflotar y reactivar el aparato productivo del país –hoy expropiado y en bancarrota gracias a este régimen- y pensar en él como la vía que pondrá fin a nuestros problemas actuales.

A modo de reflexión, justo en el momento de poner punto y final a estas líneas, constato que somos muchos los venezolanos que no estamos de brazos cruzados esperando un milagro reparador ni un mesías salvador. Que, como tantas otras iniciativas de las que tengo conocimiento, existen gremios, grupos y ONGs que, sin afán político, son parte de esta tercera vía que podría capitalizar nuestras preferencias a la hora de brindar apoyos. Entonces me pregunto: ¿Serán los gremios los encargados de la transición? ¿Será esa la tarea que le tocará asumir a Conindustria?

 

 

@mingo_1

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