El cisne negro nació en un mercado de Wuhán, por Julio Castillo Sagarzazu - Runrun
El cisne negro nació en un mercado de Wuhán, por Julio Castillo Sagarzazu

@juliocasagar

En un interesante trabajo, intitulado El futuro tiene su historia, Henrique Salas Romer, utilizando analógicamente la tesis de Ortega y Gasset sobre el papel de las generaciones en el devenir de la humanidad, sugiere que en el año 2019 se habría cumplido uno de los ciclos que crean hitos y condicionan el decurso de la historia.

A falta de un evento concreto que señalar, el autor nos sugiere (relatando varios antecedentes) que un cisne negro podría aparecer para convertirse en el hecho disruptivo y desencadenador de los cambios de la próxima era.

Ahora sabemos que la crisis del coronavirus, que ya cumple un año, comenzó en un mercado de Wuhán, por estas fechas. Es evidente que ha sido un evento que ha impactado el mundo y que ha producido, desde ya, muchísimos cambios que probablemente no percibamos; así como no percibimos que la hierba crece todos los días. Quizás sea ese el acontecimiento del 2019 que podía convertirse en el esperado cisne negro. El pistoletazo de Sarajevo, el collar de la reina o la nariz de Cleopatra. Eventos que, sin importancia aparente, devinieron en parte aguas de la historia.

Hace días, leía un relato de Carlos Rojas, un médico psiquiatra amigo, de cuya pluma hubieran querido presumir Jung y Freud juntos, en el que, a propósito de las imágenes de sus personajes reflejadas en el espejo, se pregunta si no es acaso posible que esas imágenes hayan estado siempre allí y que los espejos, en los insondables misterios que encierran, las guarden dentro de sí y que solo las muestran cuando la luz les interpela.

Asimilando esta sugerente idea a la historia, pudiéramos decir que todas las cosas que estamos viendo ya estaban allí y que solo el ángulo de luz que se refleja sobre ellas les da forma y secuencia. Después de todo, ¿no fue esto lo que descubrieron los impresionistas? Al fin y al cabo su magia fue construir imágenes y relatos a través de la luz. Efectivamente, es la luz la que crea las formas. Esa fue la esencia de su revolución.

Ya el coronavirus, que tiene un año con nosotros, cambió completamente al mundo. Quizás, repetimos, no nos hayamos dado cuenta, pero cosas que fueron asumidas como eternas se han ido desmoronando con pasmosa velocidad. El teletrabajo, para citar una sola, va a dinamitar el mercado inmobiliario a nivel mundial. El valor del metro cuadrado de oficinas se desplomará y aumentará el de las propiedades rurales. El movimiento demográfico del campo a las ciudades que, durante siglos modeló la conducta urbana de varias generaciones, se invertirá. El mismo fenómeno del trabajo conocerá insospechados cambios. La revolución industrial, que creó los grandes conglomerados manufactureros y la producción en serie, verá reducidos sus efectos. Es incluso probable que asistamos al fin de la gran factoría industrial y que los productos que consumamos sean el final de una larga cadena que incluye pequeños productores y gente que trabaja en sus casas haciendo las piezas.

En la industria petrolera y la energética, relacionadas ambas con la movilidad, conoceremos una verdadera metamorfosis.

Hasta las relaciones personales y la manera de comunicarnos conocerán cambios radicales. Abrazarse y besarse, una práctica tan común en nuestra sociedades, serán gestos cada vez más reducidos al ámbito familiar. Los estereotipados saludos de los japoneses, coreanos y chinos nos serán cada vez más comunes.

Ni siquiera la vacuna revertirá completamente esta tendencia. Una vez que la economía comience a descubrir y saborear las ventajas de estos brotes, será como las fieras que se ceban con la carne humana: difícilmente abandonarán su costumbre.

Ahora bien, cabría preguntarse ¿cómo impactaran la vida social, o mejor dicho, la estructura de nuestras sociedades estos cambios? La respuesta pertenece al género de la ciencia ficción. Y aunque sabemos que Venezuela no está para cuentos de ciencia ficción y ejercicios de futurología, podemos aventurarnos a decir, observando lo que ya está ocurriendo, que en un futuro no muy lejano la brecha entre los pobres y los ricos crecerá abismalmente. Ni los mercados de trabajo, ni los bursátiles, ni las empresas podrán, en el corto plazo, asimilar estas transformaciones para dar trabajo y asistencia a todos los que se irán quedando rezagados.

Los gobiernos no tendrán dinero para los planes sociales que mitiguen esta suerte de pequeño holocausto que tendrá lugar en nuestras sociedades. Los planes de rescate multinacionales serán todos insuficientes.

Debemos prepararnos para una mutación completa de lo que conocemos como Estados nacionales. Las crisis golpearán más allá de las fronteras y los movimientos migratorios de las víctimas serán incontenibles. No será posible proveer seguridad social ni personal, tal como la conocemos. Lo que conocemos como fuerzas armadas quizás desaparezcan y reencarnen en esas guardias pretorianas que las películas de thrillers sobre el futuro, nos enseñan a cada rato. Esos pequeños ejércitos estarán al servicio de pequeños círculos que, por su acumulación de recursos, habrán logrado construir burbujas para mantenerse. Al menos así lo han descrito los guionistas de esas películas que hemos nombrado. Pareciera que no estaban tan descarriados, ni su imaginación era tan febril.

¿Y cuando ese horror ocurra, “cuando el futuro nos alcance”, se acabará el mundo? No. No se acabará, simplemente cambiará. Como cambió cuando desparecieron los dinosaurios o como cuando ocurrieron las glaciaciones y los miles de calentamientos globales que hemos tenido. Habrá nuevos estrechos de Bering quizás virtuales que atravesarán los más aptos para colonizar la nueva realidad.

¿Y quiénes serán los más aptos? Aquí la respuesta pareciera más sencilla. Los colonos de la nueva humanidad no serán los de las burbujas de privilegiados. Ellos degenerarán, como degeneran los pueblos endogámicos que no se mezclan con otros y no conocen la magia del mestizaje. Cada burbuja será un pequeño Imperio romano que caerá víctima de su depravación y su decadencia. No tendrán incentivos para progresar y se apuñalarán los unos a los otros, como hizo Brutus con Cesar, cuando los recursos ya no les alcancen.

De nuevo sobrevivirán, para dar la razón a Darwin y ¿por qué no a Malthus?, los mejor dotados y los que hayan tenido la flexibilidad, y la clarividencia, para comprender que entramos a una nueva era. Los que estén convencidos de que portan una nueva arca de la alianza y son pasajeros de una nueva arca de Noé. Los hijos o nietos nuestros que hayan sido formados en una nueva cultura basada en la solidaridad y en la competencia sana.

Es cierto que los más fuertes sobrevivieron al paso del estrecho de Bering, pero esos trashumantes se hicieron sociedad (y no solamente sobrevivientes) no cuando abandonaron en la nieve a los enfermos, sino cuando alguno de ellos volteó hacia atrás y se regresó a ayudar, a darle mano y levantar a alguno de los que habían caído. Esos niños deberán comprender que la ciencia y la tecnología son para ponerlas al servicio de la humanidad y no para esclavizarse a ellas o para sacarles provecho indebido. Los que se atrevan a regresarse para dar la mano a quien lo necesita, deben ser los que lideren la nueva civilización. Una civilización que se está forjando desde ya aunque no lo percibamos, porque son como las imágenes que contiene el espejo de los personajes de Carlos Rojas.

La revolución que está por venir no tendrá una Toma de La Bastilla en París o un asalto al Palacio de Invierno en Petrogrado. Afortunadamente, no tendrán esa épica de pacotilla que ha servido para engañar a incautos y para levantar estatuas a “héroes” que solo buscaron el poder para envilecerlo y envilecerse. Será una revolución cotidiana y ojalá que tranquila y sin desmanes.

El destino de la humanidad dependerá de ese nuevo liderazgo; dependerá de que surja un nuevo “Humanismo societario” que ponga al ser humano como centro de la atención de la sociedad. Todo dependerá de ellos y su responsabilidad.

Sí, de su responsabilidad y compromiso y de su libre albedrío para usarlos. No está de más recordar que podremos conseguir la vacuna para la covid-19, pero que aún no se ha conseguido una contra la estupidez. Siempre podremos equivocarnos de nuevo.

Por lo pronto, ya esta rueda de los cambios echó a andar. El cisne negro, que siempre andamos buscando, puede haber nacido en un mercado chino. Vaya usted a saber.

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