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Calma, prudencia y cordura, por Orlando Viera-Blanco
“Ser Embajador de Venezuela es un gran honor, un gran compromiso y  también un legitimo sufrimiento. No representamos un país en condiciones  normales. Somos voceros del  dolor de la gran mayoría de nuestros coterráneos”  

 

LA REALIDAD POLÍTICA venezolana no puede separarse de su realidad cultural. Explicar posibles desenlaces es recordar aspectos de orden grupal que nos condujeron a esta crisis. Cuando Intentamos buscar razones por las cuales aún superamos esta pesadilla no es necesario cabalgar tan atrás en la historia. Basta revisar actitudes recientes.


Ser Embajador

No es fácil en estos días ser venezolano y ciudadano a la vez. Lo primero jamás se abandona pero lo segundo [ciudadano] lo agrede, lo arrolla. ¿Cómo perder la condición de ciudadano sin perder la nacional? Ese es nuestro drama. Esa es la lucha. Recuperar nuestra ciudadanía para restaurar el sentido de la venezolanidad.   

Ser Embajador de Venezuela es un gran honor, un gran compromiso  y también un legítimo sufrimiento. Porque no representamos un país en condiciones normales. Somos voceros del dolor de la gran mayoría de nuestros coterráneos. Y ello nos exige mucho más de lo que contempla la Convención de Viena.  Así lo hemos asumido. Así vamos por el mundo. Con la bandera de Venezuela y la de los DDHH, que no tienen frontera. Acostumbro en reuniones de protocolo no sólo hablar como diplomático sino como nacional; como padre, como hijo y ciudadano del mundo, que le ha tocado vivir fuera de un país saqueado y devastado.  Esta licencia me permite describir con pasión y emergencia la tragedia venezolana, instando soluciones urgentes.

Recientemente participé en una mesa de trabajo uno a uno. Asistieron Embajadores de Europa y Latinoamérica. Propicia la ocasión para explicar-apelando a realidades aterradoras-en qué consiste la crisis humanitaria compleja venezolana. Niños de la calle, hijos de la patria, en Bogotá, Lima o Medellín, pidiendo limosna, impulsados al crimen. Así lo manifestó el Centro de Ayuda de Venezolanos de Bogotá. Niñas, quiero decir, menores de edad, atrapadas en el celestinaje, en la eroticidad infantil, vendiendo su pudor-si acaso su virginidad-por nada.  Esas imágenes me impedían hablar. El dolor produjo un nudo en mi pecho, me lanzó  al cieno de la indignación… 

Una crisis tanto horrenda como bochornosa que no merece pueblo alguno en el planeta. Mientras los tiempos de la diplomacia deshojan margaritas buscando salidas, lo cierto es que la descomposición material, moral, humanitaria y social de mi país llega a niveles inconcebibles en pleno siglo XXI. Es hora de ajustar el orden público internacional a los tiempos [que no esperan] de la desgracia y miseria humana en Venezuela.

 
Emerge la intemperancia

De pronto nos piden explicar cuál es la situación interna en Venezuela en cuanto a las fuerzas políticas disidentes, como está la gente. ¿Hay unidad? Contra un régimen manifiestamente autoritario la diplomacia no espera divisiones internas. Me preguntan: “¿Todos respaldan al Presidente Interino?”. Me tomo una pausa para responder…

Nuestro país está sufriendo el peor deterioro humano de su historia.  Más de 4 millones de venezolanos se han ido y el contador en marcha.  Jamás había sucedido algo así en Latinoamérica. Es natural que a lo interno existan profundas frustraciones que provocan contradicciones en el entendimiento interno. La desesperación, la indignación, la impotencia e incluso la confianza, lamentablemente son aderezadas por la intemperancia y la irracionalidad. ¿Cuándo la humanidad no ha reaccionado de ese modo ante tanta barbarie?”

Y agregamos: “Somos un pueblo indefenso, pacífico, sin otro medio para contener los abusos y la represión del régimen, que nuestro ADN democrático, nuestra historia ejemplar y nuestros aliados internacionales.  Nuestras convicciones, nuestros compromisos siguen intactos. El pueblo no se rinde y su líder se mantiene firme encarando riesgos y muchas limitaciones…”

Lo anterior es bueno compartirlo porque vemos como lavar los trapos sucios fuera de casa, es un moje harapiento que en tiempos globales, salpica [retumba diría] en cualquier rincón del mundo… Bajemos los tonos. La intemperancia resta y divide. Ni suma ni multiplica.

Los cargos diplomáticos están ocupados por personas sumamente calificadas con una estructura y background muy sólido y eficiente en lo político, que para nada desdice del carácter necesario para situaciones complejas e incluso violentas como la nuestra. Y es demostrando cohesión y capacidad de consenso frente a ellos como conservamos de manera igualmente sólida, sus respaldos.

Denigrar de nosotros mismos, descalificar o desafiar de manera desenfada a quien defiende una causa superior que es la libertad y la democracia, es perder credibilidad con nuestros propios aliados. Si queremos que las instancias internacionales intervengan con la contundencia que deseamos lo primero es demostrar la contundencia de la prudencia. La intemperancia nunca fue buena consejera…

Calma y cordura

Es preciso comprender que el Presidente Juan Guaidó enfrente importantes desafíos que aun gozan del fuerte y mayoritario respaldo popular. Taladrar la unidad y ese respaldo es inmolarnos nosotros mismos. Son tiempos de desenlaces que demandan temperancia, pliegue y solidaridad.

Nuestras alianzas marcarán la pauta y la diferencia. Tengamos la sabiduría y la nobleza de conservarlas. Calma y cordura decía López…hombre clave de transición histórica  de la dictadura a la democracia.

 

@ovierablanco

¿Para qué ciudadanía? Por Antonio José Monagas

@ajmonagas

EN MEDIO DE LA DESTRUCCIÓN ORGANIZADA DEL PAÍS, proceso ésta emplazado por el alto gobierno mediante arbitrariedad consensuada y otras atenciones de disfrazada alcahuetería, la ciudadanía pasó a un segundo plano. O mejor dicho, al último lugar en la escala de socialización referida por la teoría social y la pedagogía actual. En Venezuela, según la actitud demostrada individual y colectivamente, ya no queda espacio para situar la ciudadanía a instancia de lo que su importancia demanda y requiere. Contrario a todo dictamen cultural, la ciudadanía dejó de comprenderse como proceso social que compromete el hecho político. Incluso, más allá de las circunstancias que suscriben las realidades sobre las cuales se traza el devenir de una comunidad que busca registrar sus decisiones y hechos en los anales de la historia contemporánea.

Las realidades hablan por sí solas. La descomposición social, en complicidad con el desarreglo de la política y el desorden de la economía, pervirtieron las prioridades del desarrollo nacional. El obsceno y oneroso costo de la vida, se tradujo en deterioro de la calidad de vida. Este problema incitó una fuerza tan descomunal de hechos, que rayaron en graves consecuencias de toda índole. La calidad de vida, como concepto referido al bienestar en todas las expresiones del desarrollo humano, comenzó a verse arrinconado por la incidencia de circunstancias dominadas por intereses propios de una denigrante politiquería.

De nada valieron discursos y compromisos afirmados a través de declaraciones públicas o manifiestos escritos a nombre de convencionalismos tan manidos como “patria”, “soberanía”, “socialismo”, “revolución”, “democracia” o “ protagonismo del pueblo”. La brecha que se abrió entre la palabra pronunciada o escrita y las realidades o praxis, ha sido descomunal. Además, la magnitud del desastre que se dio en el cauce de tan enorme y aterradora fisura, no ha sido de fácil cotejo con anteriores coyunturas que igualmente pusieron en riesgo expectativas de vida del venezolano. Al menos, nunca, en la medida como se ha visto por estos tiempos de tan contradictorio siglo XXI.

El alto gobierno ha demostrado que poco sabe de ciudadanía. Quizás, porque como condición, no está comprendida entre los valores superiores del ordenamiento jurídico que invoca la Constitución Nacional sancionada en 1999. Escasamente, para la Carta Magna, la ciudadanía quedó precariamente establecida en su artículo 39 cuando explica que “quienes no estén sujetos a inhabilitación política ni interdicción civil (…), ejercen la ciudadanía. En consecuencia, son titulares de derecho y deberes políticos”. O sea, la ciudadanía queda reducida a un estado de derecho sin que para ello tenga alguna importancia las implicaciones sociales, culturales, emocionales, psicológicas y políticas que comprometen la construcción y el ejercicio de la ciudadanía.

Otras leyes que pudieran complementar la ciudadanía como práctica de afabilidad, concordia, solidaridad y respeto, tales como la Ley de educación o la LOPNNA, no dicen más que escuetas definiciones que si bien pudieran exaltar y exhortar debidas conductas de socialización, no tienen el empuje conceptual ni operativo para llevar adelante lo que implica la noción de ciudadanía y sus derivaciones.

La ciudadanía pareciera haber quedado para regular y evaluar consideraciones de razón teorética. Ni siquiera los aislados esfuerzos de construir ciudadanía desarrollados por reconocidas organizaciones privadas, han sido suficiente para construir ciudadanía en un país que fácilmente desvió el curso que forjaron precursores y libertadores. Igualmente, connotados hombres y mujeres al servicio de valores y principios a partir de los cuales vale comprometer la idealización de un “país posible” y su alcance integral.

Por consiguiente, construir ciudadanía, en tanto que constituye un acto en el que el imaginario juega con la posibilidad construir el andamiaje necesario sobre el cual han de erigirse factores, razones, recursos, hechos y propósitos, se convirtió en un objetivo de dificultoso establecimiento. Y es que ese proceso, descansa en la capacidad de interactuar que cada venezolano debería y podría desarrollar a fin de asentir lazos de afecto, adhesión y respeto entre personas. Indistintamente de que entre estos venezolanos exista o no consideraciones hacia el otro, tanto como una relación de amistad o compañerismo. Asimismo, que se establezca el respeto para con la normativa sobre la cual se cimienta el Estado.

Sólo así, será posible lograr que estas personas se sientan como sujetos que participan en un proceso de reconstrucción de realidades. Pero, en igualdad de derechos y deberes como miembros de la sociedad dentro de la cual conviven, coexisten y cohabitan. Todo ello, en un contexto determinado por espacios públicos que, en su conjunto, definen el perfil de una comunidad afianzada en la concordia y acuerdos que incita el concepto y praxis de ciudadanía. De lo contrario, poco nada tendría sentido al momento de confirmar lo que compromete el valor e importancia de disfrutar las realidades que se hacen día a día desde el ámbito de una ciudad, de un país. Pues entonces, quedaría preguntarse: ¿para qué ciudadanía?

 

Llegó el tiempo de la ciudadanía, por Antonio José Monagas

 

Antonio José Monagas

Muchas veces, las realidades tienden a confundir al hombre en su visual de vida. No sólo por las complicaciones que a su alrededor se desencadenan. También, por la precariedad emocional que subsume cuando se abstrae de las mismas. Sobre todo, cuando por esta razón se distancia de condiciones que fundamentan valores como la identidad, la pertinencia y la pertenencia. Es, precisamente, cuando se suscitan problemas relacionados con situaciones que provocan un ruptura entre lo que se dice y lo que se hace. O entre lo que se piensa y lo que se dice. Ello, pudiera ser consecuencia de cierta incongruencia entre lo que puede pensarse y lo que quiere hacerse. O quizás, un problema de actuación consciente. O de comprensión del entorno. O de concentración o de decisiones. Actuaciones éstas capaces de derivar en frustraciones o contradicciones manifiestas.

O tal vez la causa de tan serio problema, obedezca a consideraciones de otra índole. Aunque cabe que buena parte de dichas dificultades y que además terminan animando algún conflicto, sea provocado por la “enantiosemia”. Esto da cuenta de palabras que pueden significar una cosa y la contraria. Es decir, de distinta acepción. O que ostentan un tipo de polisemia en la que una palabra tiene dos sentidos opuestos. Por ejemplo, palabras como “sancionar” pues significa aprobar tanto como castigar. O “pedir disculpas” por cuanto expresa pedir que alguien se disculpe, al igual que disculparse uno mismo al ofrecerlas.

Sin embargo, así como existen palabras que tienen un poder extraordinario, capaces de infundir miedo, incluso antes de ser pronunciadas, igualmente hay situaciones que inducen un temor terrible al imaginarlas siendo vividas. El caso es que ante realidades que asoman dudas, resulta difícil hallar un equilibrio aceptable entre necesidades que lucen inminentes, y las que provienen de alguna apreciación o valoración del entorno.

Y es, justamente, el problema que detenta el ejercicio de la política cuando las realidades no exhiben plenamente sus características. Y así sucede, porque no termina de entenderse que todo ello es producto de lo que la incertidumbre induce y determina. Esto lleva a dar cuenta que quien actúa apegado al proceder político, se hace muy sensible a las críticas. Y es lo que dificulta reconocer al otro. Y que hace que no siempre sea posible, adelantarse al movimiento del otro.

Precisamente, es el problema que se plantea al momento de encarar la ciudadanía. Pero no la ciudadanía vista como una singularidad, un convencionalismo o una entelequia retórica. Sí, entendida como la manifestación de actitudes dirigidas a afianzar el ámbito de relaciones necesarias con el fin de establecer condiciones capaces de asegurar la unidad sobre la cual se deparan los valores políticos y morales a partir de los cuales se cimienta el desarrollo social, económico y político. Pero sobre todo, humano.

Cuando la ciudadanía se comprende de esta manera, holística, íntegra e integralmente, las contrariedades asentidas a consecuencia de diatribas impulsadas por el ejercicio político de asuntos que comprometen la dirección de una sociedad, tanto como por el embrollo que se establece de la conjugación entre ironías y paradojas, vinculación ésta que actúa como cómplice de toda crisis que desestabilice toda una estructura de gobierno, se habrá llegado al punto del cual parte el recorrido que conduce al estrado que da lugar a lo que define el llamado “Estado de Derecho y de Justicia”. Es decir, un Estado democrático cuya concepción descansa sobre el denominado Estado de Bienestar. Un Estado que al mismo tiempo garantice libertades y derechos pero dentro de una sociedad de bienestar. Mejo dicho, dentro de lo que puede concebirse como “Estado de Ciudadanía”.

Allanar esta ruta, es condición sine qua non para apostar a la solución o reducción de problemas que proceden de procesos epilépticos basados o derivados de lo que constituye un Estado de Necesidad. O lo que es igual a señalarlo como condición ipso facto que puede motivar a una sociedad a transitar hacia sendas, cuyas paradas se caracterizan por situaciones configuradas en torno a valores que exhorten el respeto, el trabajo y la solidaridad. De ahí que todos los actores deben adentrarse en el manejo de cuadros conceptuales y prácticos que hagan entender que concluyó el tiempo para apostar a impertinencias y argumentaciones políticas extemporáneas. Más, luego de reconocer que se alcanzó el valor de máxima resistencia. Y es porque en medio de todo lo afirmado, llegó el tiempo de la Ciudadanía.

La ciudadanía … más allá de la política, por Antonio José Monagas

 

Sin despreciar la razón que encarna el concepto de política, por momentos las realidades obligan a considerar problemas que, por sus implicaciones, parecieran trascender su esencia. Sobre todo, aquella vinculada o asociada a lo que concibe la política cuando del hombre, en todas sus manifestaciones, se trata.

Mucho se ha escrito de política. Desde conceptos que rayan con la filosofía, hasta otros que rozan acepciones de ontología o deontología relacionadas con la etimología de todo lo que envuelve la palabra que es centro de esta disertación: la ciudadanía. De ahí la intención que asiste la idea de reevaluar la ciudadanía considerando la política no sólo como su fuente epistemológica y sociológica. Sino además, desde lo que la noción de política le aporta para que desde ese vértice conceptual, pueda inducirse una explicación que trascienda más allá de la política. Al menos, en lo que concierne a este análisis o ejercicio de dialéctica política. ¿Y por qué no decirlo, de narrativa política?

Resulta imposible esconder todo cuanto se ha dicho y especulado de “ciudadanía”. El discurso político utilizado por cualquier ideología política y acuciado por innumerables programas de gobierno, se ha valido de la palabra “ciudadanía” para argumentar buena parte de alevosas propuestas. Así como para enmendar, buen número de sus errores. Asimismo, para urdir objetivos tramados en complicidad con factores políticos empeñados en usufructuar la candidez de potenciales prosélitos para sumarlos a las filas de adeptos manipulados. Todo ello, con perniciosos intereses.

Si bien “la política reposa sobre un hecho: la pluralidad humana”, tal como explicaba Hannah Arendt, entonces la ciudadanía descansa sobre la dinámica social que evidencia el hecho conversacional que se da entre personas que, sin comulgar un mismo ideario político, son capaces de encontrarse en medios públicos para acordar todo acuerdo o conciliación en procura de ganar una mayor y mejor calidad de vida. No sólo a modo individual. También a nivel del grupo o sector poblacional donde suscribe su vida personal o profesional. O donde radica su vida social, cultural o política.

Tanto como la política busca afianzar sus razones en el ejercicio de un modelo de convivencia social que arraigue sus proyectos de vida en las libertades democráticas, la ciudadanía se plantea opciones de vida que acercan al individuo a las libertades, a la igualdad de oportunidades y a la reciprocidad como condición de coexistencia y compromiso entre personas que conviven bajo el mismo cielo.

La ciudadanía, aunque muchas veces definida con la dificultad de una narrativa psico-socio-política que le otorga un sentido disperso, lo cual es posible de pensarse si acaso pueda estar de por medio la premeditación de un proyectos político traicionero, es un concepto que envuelve la vida misma. Más, si se comprende desde la política. Particularmente, porque no sólo la ciudadanía es en esencia un concepto político. Sino porque al ser de naturaleza política, el ejercicio de ciudadanía responde a intereses y necesidades que sólo la vida puede insuflar y determinar.

Así se tiene que construir ciudadanía, no es asunto de leyes. O de deberes y derechos. Aun cuando la Constitución de Venezuela (1999) señala que sólo la ciudadanía pueden ejercerla venezolanos exentos de acusaciones ante tribunales de la República, o de inhabilitación política. Sin embargo, y aunque tan reducida declaratoria luzca incipiente, la ciudadanía es mucho más que eso.

El ejercicio de ciudadanía toca la conciencia de la persona. Afecta susceptibilidades. Condiciona sentimientos. Y motiva conductas en aras de integrar la población como país, nación, Estado, gobierno, sociedad y familia. Por eso, cabe reconocer que construir ciudadanía, pasa por innumerables fases que trascienden el espacio público en donde ésta se manifiesta. Por esta razón, igual vale admitir y asentir que la ciudadanía engloba la vida en tanto que significado, verdad, oportunidad y realidad. Por esto mismo, y de cara a un paradigma que incite la vida humana desde una perspectiva profundamente horizontal, debe considerarse la ciudadanía… más allá de la política.

 

@ajmonagas

EL 16j y el triunfo ciudadano, por Laureano Márquez

ElPuebloDecide

 

El día 16 de julio de 2017 será más importante en nuestra historia de lo que nosotros mismos pensamos: es el triunfo de la ciudadanía. Ciudadano es, etimológicamente, si nos atenemos a su raíz latina, habitante de la ciudad, la ciudad de Roma y antes de ella las ciudades griegas, la “polis” de donde viene “política”. Parece tan simple, sin embargo es una de las palabras más importantes que la cultura occidental nos ha legado. Para los romanos, ser ciudadano era una dignidad a la que no tenían acceso todos. Un ciudadano romano tenía deberes y derechos: un ciudadano romano, por ejemplo, no podía ser azotado,  torturado ni crucificado (como sospechará el lector, Jesús no era ciudadano, aunque la ciudadanía de occidente tenga mucho de sus enseñanzas). Los ciudadanos romanos podían apelar las sentencias de los magistrados, tenían derecho a juicio justo en caso de cometer alguna falta. Los ciudadanos romanos vestían de una manera particular: usaban toga, una larga tela de lana que se enrollaban de una manera especial alrededor de la túnica. Una frase común entre los romanos -la cita Cicerón- es: “cedant arma togae, concedat laurea lauri”. Es una frase fabulosa que bien podría ser el programa de gobierno de la nueva Venezuela que ha de venir, significa: “cedan las armas ante las togas y que el laurel se dé a los meritos”. En ella está la esencia de Roma: el poder civil, el del Senado, debe mandar sobre el poder militar del ejército y la capacidad, la preparación y el merito como único camino para el éxito, porque éxito no es tener 42 millones en Suiza, sino cuatro borlas en el birrete.

La restringida ciudadanía romana paso de la ciudad al mundo entero, las proclamas romanas  comenzaban con la frase: “urbi et orbi”, a la ciudad y al mundo, como la bendición del Papa en ciertas festividades. Roma era el mundo. Somos herederos jurídicos de ese imperio. Tenemos derechos, aunque en los últimos tiempos hemos sido reducidos a la esclavitud. Conocimos esos derechos, tenemos memoria de ellos y eso nos salva -a diferencia de otros pueblos-, la guardan incluso –y vívidamente- los que hoy tienen 17 años nacidos y criados en la esclavitud. Esa es nuestra fuerza, ese es nuestro poder. El día 16 de julio, los que alguna vez fuimos ciudadanos de Venezuela recordamos nuestra fuerza y nuestro coraje cívico (cívico por cierto lo relativo a ciudadanía), un proceso electoral que fue una fiesta, sin presencia de armas que vigilen a los ciudadanos, porque somos los ciudadanos los que debemos vigilar a las armas. Millones de personas organizadas con civilidad (cualidad de respetar las leyes urbanas), solo para expresar nuestro deseo de volver a ser libres.

El moderno concepto de ciudadanía implica la pertenencia a una comunidad política con cuyo destino se está comprometido. Ser ciudadano implica una identidad (¿Quiénes somos?: ¡Venezuela!) y un deseo de vivir de determinada manera (¿Qué queremos?: ¡Libertad!). Democracia y ciudadanía son palabras que van juntas en los tiempos modernos. Hemos sido expropiados en nuestros derechos. No es la primera vez que sucede en Venezuela. La lucha entre la civilización (forma di vida organizada, sujeta a principios y leyes, llena de arte y cultura) y la barbarie, que sirve de trasfondo a la obra de Gallegos, sigue teniendo vigencia. Todos hemos visto la barbarie de las muertes, las golpizas con saña enfermiza, la crueldad infinita de la represión que comandada por el régimen, pero también vimos el 16 de julio el rostro de la civilización. Ese baño de autoestima cívica nos hacía falta.

“Cedant arma togae, concedat laurea lauri”

(Qué culto queda uno con un cierre en latín).

@laureanomar

Presunciones que nuca fueron propensiones, por Antonio José Monagas

Política_

 

La cultura política del venezolano, no ha sido obligación que comprometa la función ciudadana. O más aún, no ha sido el oficio que mejor ha encauzado sus tendencias como ciudadano imbuido en crisis políticas que van y vienen. El venezolano, más que ser protagonista de capítulos de una historia registrada con el esfuerzo propio de quien apuesta a su mejor suerte, ha sido resultado de motivaciones que no siempre han terminado de alcanzar propósitos trazados al calor de conversatorios o de gestiones interrumpidas o sugeridas por decisiones llevadas adelante según la fuerza de las circunstancias o del conciliábulo que más haya podido aproximarse a conciliar posiciones encontradas sin más parecer que el carácter dicharachero de quienes participan en orquestación del asunto correspondiente. Al menos, es lo que el análisis político de las coyunturas acontecidas desde que Venezuela adquirió condición de “república”, a medidos del siglo XIX, permite deducir.

Este prolegómeno busca dar a entender que la situación de crisis que hoy tiene agobiado al sistema político nacional, si bien no es fortuito, es expresión de la improvisación amañada o interesada utilizada en años de aleatoria praxis republicana. No tanto para diligenciar asuntos propios de procesos de gobierno a la usanza criolla, como sí para superar escollos que, según criterios de acusada temporalidad, aparentaron ser de fácil tratamiento. Cuando contrario a ello, la vía de resolución asumida por las instancias de gobierno fue el inmediatismo practicado o seguido a instancia del manual breve de populismo.

Hablar de la crisis política que sumerge al país al fondo de cual fangoso y pestífero barrial, es también aludir a una crisis de ciudadanía que arrastra no sólo una crisis de identidad que degradó valores morales y políticos. También, una crisis objetivos y de orientaciones con la fuerza para haber empujado una crisis de los esquemas de organización y coordinación del desarrollo económico, político y social, a su vez asociada con una crisis de productividad y de eficiencia de los esfuerzos procurados por una gestión gubernamental confusa dado los vicios de procedimientos administrativos tergiversados en términos de una dirección política equivocada. En consecuencia, tanto desorden, condujo el país hacia la peor de las desgracias que la historia contemporánea habrá reconocido en el más corto plazo.

Sin embargo, hay quienes, igualmente preocupados, refieren una crisis de Estado en cuya base se halla enquistado el defectuoso modelo económico pretendido el cual acarreó tanto una crisis del tipo de acumulación, como una crisis del tipo de dominación impuesto.

En fin, la vigente crisis venezolana no es solamente la consumación de yerros cometidos en nombre de una causa política, social o económica en particular. Es también resultante de todo un proceso histórico de acumulaciones y distorsiones cuyas dinámicas han mediatizado la consolidación de una conciencia histórica nacional capaz de dar con un proyecto político que pudo haberse articulado a la idiosincrasia democrática del venezolano.

No obstante, más allá de esta explicación que intenta referir algunas causas de la agravada crisis nacional, es posible aludir a razones explicadas desde la psicología social, tanto como desde la sociología política. Así debe decirse que en el fondo de la susodicha crisis venezolana, está la toxicidad propia de entornos seriamente infectados por la influencia de fenómenos sociales, culturales, políticos y económicos que, desde mediados del siglo XX, comenzaron a trastocar la naturaleza del venezolano provocando serios cambios en su actitud tanto individual, como colectiva.

Esto devino en comportamientos sociales que comenzaron a reñir con patrones de conducta indicados por la ontología, la deontología, la ética pública y hasta por las más elementales normas de urbanidad, de civismo y moralidad. Fue así que empezaron a verse problemas de salud social relacionados con el estrés, lo cual avivó la morbilidad y la mortalidad no sólo por razones de violencia. También, por la pérdida de la serenidad, la paz y el sosiego que dominaba épocas pasadas.

Se depararon cambios importantes en la cultura del venezolano afectándose la unidad de la familia, la calidad de vida y las relaciones interpersonales en el plano de la convivencia comunitaria. Esto incitó la aparición de la polarización como problema de razón política lo cual afectó numerosos hogares y organizaciones toda vez que se transgredieron valores y principios que dieron al traste el desarrollo personal, el respeto a su dignidad, costumbres y tradiciones hasta entonces alcanzadas.

Fue momento para que el venezolano se viera provocado por comportamientos que resultaron atentatorios del peculio social y cultural forjado a través de tantas generaciones. El venezolano tendió a convertirse en otra persona. Distinto a lo que había sido, estas realidades acuciaron la presencia de gente altanera, belicosa, ansiosa de poder, desorganizada. Siempre esperando que el facilismo le brindara mejores oportunidades.

Desgraciadamente, el populismo que había incursionado en la política nacional en los años setenta, inculcó nuevos modos de vida que terminaron reflejándose en el ejercicio de la política. El populismo, permitió la exacerbación de este tipo de conductas que con el tiempo devino en anomia o incapacidad de la estructura social para contener el desafuero de personas esperanzadas ante incumplidos compromisos gubernamentales. Por supuesto, siempre cuestionado por el discurso politiquero. Pero que en el ámbito de las actuales realidades, estas actitudes pudieran anotarse como expresión de dislocaciones políticas que terminan haciendo ver no sólo la historia de una crisis denunciada. También de presunciones que nunca fueron propensiones.

 

@ajmonagas

¿Crisis de ciudadanía?, por Antonio José Monagas

BanderadeVenezuela_Abril2017

 

Por Antonio José Monagas

La idea de construir ciudadanía no se resume a lo que puede explicarse desde los postulados de las Ciencias Sociales. Tampoco se resuelve en argumentaciones que sólo se fundamentan en preceptos vagos o en consideraciones propias de un proselitismo que roza con un populismo de fogosa praxis. Construir ciudadanía, necesita transitar por experiencias estructuradas sobre la esquematización de determinados prácticas sociales y, por supuesto, de políticas que deben tratarse con sentido progresivo de sus implicaciones. No debe ser producto de motivaciones carentes de todo sentido de responsabilidad en cuanto al modo de cómo es reflexionada su concepción, significación y alcance. Pero esto, entendido desde una visión politológica, debe erigirse a través de los postulados teoréticos correspondientes. Y desde luego, mediante acciones específicas, actitudes y aptitudes que conduzcan a concienciar esquemas de conducta relacionados con todos aquellos valores sobre los cuales descansa la noción de ciudadanía.

Todo propósito de sembrar ciudadanía, como así llaman algunos, no es solamente labor de un procesos educativo procurado en una escuela cuyos objetivos reposan en la justicia social y en las libertades políticas y económicas. La necesidad de construir ciudadanía requiere de un sistema de gobierno respetuoso de las esperanzas individuales y colectivas de significados que se pasean por nociones de instancias sobre las cuales gravita la vida del hombre. La “familia”, por ejemplo, es una de ellas. También la comprensión del término “democracia”, razón por la cual se hace necesario afincar y afianzar el ejercicio de ciudadanía sobre valores políticos que exalten la convivencia social bajo sistemas políticos democráticos o ganados a la necesidad de avenirse, en todas sus expresiones, a la idea de “democracia”.

Si bien se cuenta con dinámicas conceptuales que guían estrategias de mediación que abrigan la significación de ciudadanía a través de la concienciación de los deberes y derechos que la propia normativa (LOPNNA, LOE y la CRBV, fundamentalmente) le confiere y para lo cual luce imprescindible comprender la importancia de acuciar los valores en todas sus manifestaciones, debe pensarse en modos de discernimiento de la actuación cívica que incidan sobre la forma de visualizar tiempos por venir.  Sobre todo, cuando la idea de ciudadanía coadyuva a superar la fragmentación y las particularidades con las que, por lo general, afectan la funcionalidad de la familia. E igualmente, de situaciones que involucren a comunidades o colectivos.

Por ello, la idea de ciudadanía si bien es necesaria inculcarla en toda reunión que destaque intereses sociales, económicos y políticos, es fundamental estimularla desde la niñez por cuanto habrá de fungir como basamento de identidad. Esta noción lleva a apreciar la necesidad de considerar la participación política como el canal social a partir del cual se exaltan las libertades y su inminente correspondencia con valores relacionados con ciertas obligaciones que fundamentan el desarrollo intelectual, moral y cívico del ser humano. ¿Y porqué dejar de pensar en la familia como núcleo de la sociedad? Esta posibilidad no deja en ningún momento de ser expresión de la realidad asociada a dicha situación lo cual amplia el espectro de injerencia que puede asentirse desde el ejercicio político y social que significa construir ciudadanía.

Lo contrario ha sido razón de peso para que se hay desvirtuado la noción y praxis de ciudadanía por lo cual, a decir de acuciosos estudiosos del referido problema, en ello pueda condensarse buena parte de la culpa para que pueda pensarse y argumentarse que en el centro de tan cuestionada realidad se hallan suficientes causas para hablar de que sus consecuencias han avivado los conflictos que hoy asfixian la sociedad y por tanto, el funcionamiento y comportamiento de una nación. Por consiguiente, es posible aludir a todo ello como parte del origen de la crisis que hoy martiriza y agobia un país entero. O sea, una ¿crisis de ciudadanía?

May 04, 2017 | Actualizado hace 3 años
Pueblo y Ciudadanía, por Luís Esteban Palacios

ManifestaciónAbril2017

 

Después del 19 de abril de 1810, seguramente se presentaron conversaciones y discusiones de cómo proceder en el futuro. Había partidarios de dictar una Constitución que consagrara la Independencia de Venezuela y otro grupo que pensaba que debía mantenerse la situación creada del 19 de abril hasta conocer cuál era el desarrollo de los acontecimientos en España.

Una vez que se escogió el camino de declarar la Independencia de Venezuela comenzaron los trabajos para la redacción de un proyecto de Constitución. Estos fueron los verdaderos constituyentes originarios; es decir, lo que por primera vez redactaron una norma constitucional sin que hubiera textos o experiencias anteriores.

Algunos pensaban que el modelo a seguir era la Constitución Americana y otros que debía seguirse el modelo Francés de la Revolución. Después de conversarlo mucho, se tomaron ideas de ambas fuentes y entre ellas la noción de la soberanía popular. Se tradujo al español la primera frase de la Constitución de los Estados Unidos de América We the People, de forma errónea como nosotros el pueblo.

Esto fue una mala traducción  porque la Constitución de los Estados Unidos de América  no se refiere a pueblo sino se refiere a gente, a personas en fin a ciudadanos, como individuos  de una sociedad y no como una masa o grupo de la misma.

En Hispanoamérica el concepto de pueblo está asociado a una masa de habitantes generalmente inculta, fácil de engañar y con vocación de seguir al dirigente que más ofrezca. Por eso creo que es indispensable rectificar que el soberano no debe ser pueblo sino ciudadano.

No me canso de repetir y de escribir “que cuando el soberano deje de comportarse como pueblo y se comporte como ciudadano exigiendo su derecho y cumpliendo sus obligaciones, Venezuela entrará en el camino del desarrollo”

Espero que nosotros los ciudadanos podamos ayudar a reconstruir esta pobre Venezuela maltrecha.