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Caos con aroma a gasolina, por Antonio José Monagas

Las colas de gasolina, que eran parte del paisaje de Maracaibo desde hace años, se extendieron en 2020 por todo el país. Y con ellas, los vicios que trae todo caos. Foto Carlos-Rodríguez / diario Versión Final, 2018.

@ajmonagas

La política sabe disfrazarse cuando las coyunturas lo exigen. Es ahí cuando el engaño surge como criterio político para justificar ciertas intenciones, indistintamente de la condición que las envuelve. Por eso la política se presta para lo posible. Y hasta para lo imposible. Aunque se valga del disimulo.

En tiempos de autoritarismo, el ejercicio de la política es basto y desenfrenado. En medio de sus cometidos, esta política juega a sobreponerse a las circunstancias, a pesar de tenerlas en contra. Es lo que caracteriza la consternada realidad ante la indigesta ideología de gobernantes desesperados por enquistarse en el poder.

De hecho, la historia política contemporánea ilustra episodios que dibujan con detalle las controversias derivadas de situaciones políticas empañadas por la codicia de gobernantes-tiranos.

El caso Venezuela es testigo de cuantas historias encharcadas de estiércol puedan ser imaginadas.

Cuando el régimen no inventa alguna historia, procede a decidir algo sobre la primera ocurrencia de sus actores políticos. Sin que entre el discurso y las realidades pueda mediar la protesta, porque de inmediato estos sistemas políticos apelan a la fuerza. Así, la represión se luce como estructura oficiosa para anular o mermar toda intención de resistirse a las pataletas, necedades o antojos gubernamentales.

Venezuela es testigo de excepción de historias con aroma a gasolina. Historias cundidas de delitos de moral, de civilidad, de ética de quienes se permiten, en nombre de la “revolución”, actuar a favor de las nuevas elites, denominándose “priorizados”.

Sin duda, esta situación de crisis revela serias grietas. No solo en los estamentos de gobierno. También, a nivel de la población cuya cultura política evidencia los desequilibrios que vienen arrastrándose desde el siglo XX. Tienen que ver con la fisura de la democracia cuya concepción pende de un hilo. De un hilo bastante fatigado por las abruptas tensiones recibidas tanto de arriba como de abajo.

El problema se fundamenta en la praxis de democracia. La relación del venezolano con el sistema político se desvirtuó hace buen número de años. No fue desde 1999 con el arribo del militarismo dogmático y arrogante al poder político. Fue tiempo atrás. Pudiera decirse que lo marcó el inicio de la explotación petrolera, en 1922. El mismo también sería inducido por la manera individual del venezolano de manifestarse de cara a una realidad hostil. Y así se perfiló en su genética colectiva la comodidad, el machismo y la viveza, entre otras mañas.

Estos problemas definieron su cultura política. Con el discurrir de tiempos confusos y conflictivos, al margen de un sentido firme de identidad y ciudadanía, dicha cultura política le imprimió a Venezuela una égida que rozaba contravalores. Y desgraciadamente, se convirtieron en características conductuales del venezolano.

La mesa estaba servida para el populismo, que terminó mellando la idiosincrasia de una sociedad apegada antiguamente a tradiciones de cierta cultura y civilidad. Tan insolentes actitudes de muchos coadyuvaron a la extinción de importantes esfuerzos de acentuar el desarrollo y evolución del sistema político.

Fue así cómo ese venezolano comenzó a asumir una conducta desviada de toda consideración de ciudadanía y de ciudadano.

Ayudado por la demagogia, confabulada con la impunidad y la impudicia, adquirió hábitos que desdicen de la moralidad, la ética y el civismo. Y en un país asediado por crisis de todo orden, dimensión y dirección, ese mismo venezolano se vulgarizó. Al extremo de que adoptó formas carentes de la más elemental urbanidad. Esa civilidad que dejó como legado el ejemplar académico venezolano Manuel Antonio Carreño desde el siglo XIX.

En concordancia con los tiempos, Venezuela vino retrocediendo. Tanto, que ya entrada la tercera década del siglo XXI, la crisis de servicios públicos terminó ofuscando y complicando la escena y el espíritu nacionales.

Basta con atender y entender lo que está sucediendo alrededor del agua, la electricidad, los alimentos, los medicamentos, repuestos de todo género, gas doméstico y gasolina, para reconocer el tamaño del caos promovido por un perverso ejercicio de la política.

El régimen sacó lo peor del venezolano. Tanto así, que hoy Venezuela padece de serias carencias y problemas de corrupción, el militarismo endiosado y la intimidación gubernamental. Pero también la pérdida de valores. Todo ello configura un caos nacional con aroma a gasolina.

 

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