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El juramentado que no vieron en la avenida Baralt

La vía del centro de Caracas estuvo repleta de empleados públicos que tuvieron que conformarse con ver pasar de largo la camioneta que condujo a Nicolás Maduro al Tribunal Supremo de Justicia

 

MIENTRAS UNA AGRUPACIÓN CANTABA A RITMO DE GAITA EL TEMA “Para no verte más” de la banda argentina La Mosca Tsé-Tsé en una de las cuatro tarimas instaladas en la avenida Baralt, un gentío, la mayoría con camisas y gorras rojas se empujaba entre si bajo un sol inclemente en pos de alcanzar las cercanías de la sede del Tribunal Supremo de Justicia, lugar donde se juramentó Nicolás Maduro.

Al mismo tiempo que el cantante entonaba “cuando no tengas donde ir, cuando te sangre la nariz, cuando te duela la cabeza”, una marejada de empleados públicos se ubicaba en sus respectivos lugares de la avenida que va de Norte a Sur: los del Seniat estaban en el Puente Guanábano; los del Instituto Venezolano de los Seguros Sociales, cerca de la esquina Dos Pilitas; los de la Superintendencia Nacional para la Defensa de los Derechos Socioeconómicos, en la esquina de Balconcito; Banco de Venezuela y Banco Bicentenario, entre las esquinas de Cuartel Viejo y Balconcito; los del ministerio del Poder Popular para Relaciones Interiores Justicia y Paz, en la esquina de Truco y, en las inmediaciones de Puente Llaguno, pululaban personas con indumentarias del Saime, Unefa, INTT, Pdvsa, Ministerio de Transporte, Inac, Cuspal, Fondur, Banco Agrícola, Venetur, Sitssa, Gran Misión Vivienda Venezuela, Mercal, Metro de Caracas y gobernaciones y alcaldías de Guárico, Vargas, Monagas, Lara, Bolívar, Miranda, Zulia y el municipio Libertador.

Desde tempranas horas de la mañana de este 10 de enero, fuerzas de seguridad del Estado impidieron el libre tránsito en la avenida Baralt a partir del cruce con la avenida Lecuna. El canal de ida hacia la Cota mil sirvió para el desplazamiento de los simpatizantes de Maduro y el de bajada, hacia la autopista, para que transitaran las distintas comitivas que asistieron al acto encabezado por el presidente del TSJ, Maikel Moreno.

Funcionarios de la PNB y GNB agitaban las manos para dirigir a los escasos carros y motos que se desplazaban por la Baralt. Todas camionetas blancas o negras, algunas sin placas y otras con identificación de cuerpo diplomático. La mayoría de los comercios de la zona tenían las santamarías abajo, a excepción de panaderías y bodegas.

En la Cota Mil, sentido Este-Oeste, los cuerpos de seguridad bloquearon el acceso a la avenida Baralt desde las 6 de la mañana. Los autobuses que trasladaron a los afectos al chavismo y empleados públicos hacían fila desde la salida a San Bernardino. En Caja de Agua, calle paralela a la Baralt, habían apostados funcionarios del Sebin, Dgcim, Casa Militar, PNB, GNB, Protección Civil y Bomberos del Distrito Capital.

Minutos antes de las 11 de la mañana guardias de honor a caballo, además de confeti y globos, antecedieron el paso de Maduro por la Baralt a bordo de una camioneta. Se limitó a bajar el vidrio y saludar a sus adeptos. Pasó de largo y el animador que estaba en la tarima donde había logos alusivos al Petro prometió que tal vez se paraba a decir unas palabras de regreso, cuestión que no sucedió.

Apenas pasó Maduro la gente empezó a movilizarse, algunos buscando calles aledañas para escapar del tumulto, otros en procura de agua mineral y comida.

“Nos tomamos la foto y nos vamos”, le dijo un empleado público a otro. “Estoy esperando a ver qué me dice mi jefe”, indicó una mujer con una franela blanca con la banda presidencial estampada en el pecho.

Buhoneros eran escasos, solo vendedores de chupetas y un hombre que ofrecía bigotes de fieltro negros por 30 bolívares soberanos. Algunos funcionarios de la administración pública desfilaban con viandas, jugos y paquetes de agua mineral para repartir. Al menos uno en cada grupo portaba una lista con nombres, cédulas y firmas. A medida que avanzaba el discurso de Maduro en el TSJ el ambiente se distendía y las calles se hacían más transitables.

Mientras los empleados públicos se alistaban para regresar a sus lugares de origen. Se escuchaba a lo lejos el estribillo “Total es ya tarde pa’ volver. Total ya es tarde pa’ soñar” .

Así quedaron los negocios de la Baralt al unirse al paro

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Las santasmarías de algunos negocios de la Avenida Baralt de Caracas, que se sumaron al paro cívico nacional de este jueves 20 de julio, convocado por la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) para que se realizara por 24 horas, quedaron con mensajes estampados en ellas tildándolos de “terroristas”.

Hubo también algunos a los que les colocaron “pegaloca” en los candados para inutilizarlos e impedir que pudieran abrirlos. Nadie “firmó” los mensajes.

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[Video] Protestaron frente a panadería

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Foto: @RCamachoVzla

Pasadas las 6:00 de la tarde, un grupo de personas tomó los alrededores de una de las panaderías expropiadas en la avenida Baralt (Mansion’s Bakery), según reporte de tuiteros.

De acuerdo con el periodista Román Camacho, la protesta cerró la avenida Baralt y efectivos de la GNB se trasladaron al sitio.

“En un costado más de 100 personas bailan y celebran la ocupación, del otro lado más de 100 personas gritan ‘ladrones, fuera'”, tuiteó Camacho.

https://twitter.com/ReporteroNTN24/status/844363361777319936?s=08 https://twitter.com/patydavila19/status/844347672073064448 https://twitter.com/RCamachoVzla/status/844329681298096128 https://twitter.com/RCamachoVzla/status/844334103893815297 https://twitter.com/RCamachoVzla/status/844335123675971585 https://twitter.com/MariannitaG/status/844340086661664768

Los malandros en Caracas son
El más reciente estudio de la encuestadora Datanálisis revela que el desabastecimiento de productos de la cesta básica ha ocupado el primer lugar en las preocupaciones de los venezolanos, desplazando al -hasta ahora invicto- fenómeno de la inseguridad personal. Durante un breve instante, una decena de venezolanos restableció el antiguo orden, a la fuerza

 

@AdrianitaN

AL SUBIR A LA CAMIONETA, QUE EN MINUTOS RECORRERÁ la avenida Baralt de punta a punta, empieza el inventario mental. ¿Llaves? Sí, no hubiese podido salir sin ellas. ¿Lonchera? Sí, por fortuna mamá consiguió con qué hacer almuerzo para hoy. ¿El libro que compré ayer en la Librería del Sur “a ver qué tal”? Sí, primeras páginas leídas. ¡Muy importante! ¡El billete de 50 bolívares para pagar los tres pasajes de hoy! Aquí está, en el bolsillo chiquito de la cartera.

Hace casi ocho años en esa esquina de Quinta Crespo vibraba RCTV. Ahora, en los primeros días de febrero de 2015, el fantasma del canal de televisión es el punto de referencia para llegar a una distribuidora de pollos que vende sus productos a precios regulados.

Un hombre calvo sube a la camioneta y se sienta en el puesto del colector; mira con desdén a la fila de más de cuarenta personas que esperan su turno para comprar aves beneficiadas, sacude la cabeza e increpa al conductor: “¿Ves que la guerra económica sí existe? ¿Qué necesidad tiene esa gente de estar haciendo cola, bajo esa pepa de sol?”. El conductor arruga la cara y fija otra vez los ojos en la ruta de todos los días.

“Es que sinceramente, hay países que están peor. Chile, ¿ves?, ahí todo es privado. En España, la cosa ahí sí está bien mala. Aquí no estamos tan mal”, suelta el copiloto, decidido a “convertir” al compañero recién conocido. El chofer se mantiene reacio, con los ojos en la ruta. “Es que sí, aquí la guerra es con los productos de primera necesidad, la caída es con eso”, detalla el hombre. En el Farmahorro de Quinta Crespo la cola se mantiene, como el conductor, impávida.

A la altura de la Plaza Miranda aborda el autobús una pareja. Una mujer, vestida con una camisa de licra, color azul agua, y un leggin con estampado de colores; un hombre vestido con chemisse blanca y un bluyin. La mujer se ubica al fondo, el hombre es el encargado de dar el discurso. Alguien de su familia fue apuñalado y necesita del dinero que está en nuestras carteras para poder operarlo. Los latidos del corazón no dejan escuchar más detalles sobre el caso; resuenan, amplificados, en todo el cuerpo: en la garganta, en el estómago, en el pecho, en los oídos, en las sienes.

La inseguridad volvió a preocupar más que la escasez de alimentos, por un momento, a esa decena de venezolanos. “Aquí todos tienen que colaborar”, aclara el hombre, amenazante. Su mano está guardada en un koala negro que lleva atado a la cintura. Nadie quiere averiguar qué es lo que guarda allí. Puede ser un arma, puede ser un informe médico, puede ser la arepa de esta mañana. A nadie le importa. Que el “espanto” por donde vino, se vaya.

Los ocupantes de los primeros puestos, diligentes, hurgan en sus bolsos; sacan billetes de 2, 5 y 10 bolívares, las monedas del fondo de la cartera. El hombre calvo mira hacia atrás, confundido, desde el puesto de copiloto. Yo solo tengo un billete de 50 bolívares con la cara de Simón Rodríguez y un oso frontino estampados, verde, enrrolladito en el bolsillo pequeño de la cartera. Todavía quedan tres pasajes por pagar.

Llega mi turno de pagar la “vacuna”. Trato de hacerme invisible, pero ya los latidos del corazón parecen sonar afuera de mi cuerpo. La alternativa es negociar. “Epa, agarra diez. Déjame para el pasaje”, digo. El hombre del bluyin sonríe con sorna y el gesto delata las profundas marcas en su rostro. Benevolente, decide regresarme un puñado de billetes de dos bolívares. “Agarra treinta y vas bien, mami”, sentencia, burda de pana, y sigue cobrando.

Separo los ocho con cincuenta que debo pagar ahora y guardo el resto en cualquier parte de la cartera. El hombre calvo se acomoda en el puesto de copiloto y mira hacia el frente. Las palabras que continuó diciendo, como si nada, quedaron opacadas por el sonido del corazón que late al son que el miedo le toca.