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Antonio José Monagas

El obsceno cinismo (del socialismo del siglo XXI), por Antonio José Monagas

NO SOLAMENTE EL CINISMO SE HA CONCEBIDO como la exacerbación de lo impúdico con la intención de actuar sin menoscabo de lo que la dignidad, en consonancia con la moralidad, puede instar como comportamiento o actitud de vida. Por eso, bajo esa acepción, el cinismo está emparentado con la ironía desde el mismo momento en que recurre al engaño para lograr groseras maquinaciones. 

Pero también del cinismo, cabe agregarse lo que representó como corriente filosófica cuyo más excelso conductor fue el griego Diógenes de Sinope. Igualmente conocido como Diógenes, el Cínico. Aunque el cinismo que desarrolló esa escuela, no devino en lo que la dinámica social y cultural convirtió luego en actitudes sarcásticas que apuntaban a exhibir la desvergüenza como conducta. De ahí que el reconocido poeta y dramaturgo Oscar Wilde, infiriendo de este cinismo una alusión al desparpajo, llegó a expresar que “un cínico es un hombre que conociendo el precio de todo, no da valor a nada”. Ya Friedrich Nietzsche, en su obra: Más allá del Bien y del Mal, había señalado que “el cinismo es la única forma bajo la cual las almas bajas rozan lo que se llama sinceridad”.

Distinto de lo que la tradición filosófica expuesta por Diógenes de Sinope, cuando exaltaba al cinismo como aquella virtud del ser humano la cual le concedía la voluntad para libarse de los lujos innecesarios y así purificar su espiritualidad ante la frivolidad, del cinismo también puede decirse que bajo su égida reside el ejercicio de la política (ramplona). Pues su praxis rebasa las fronteras de la hipocresía, apostando a asumir una actitud de expresa complicidad con antivalores de toda índole lo cual hace que el cinismo sea acentuadamente perverso y malintencionado.

No cabe la menor duda que la revolución bolivariana, actuando en nombre del “socialismo del siglo XXI”, se maneja con un guión cuyos criterios conducen y animan ese tipo de conducta. Sobre todo, al momento de verse hurgada por la inmediatez, los recursos escasos y al afán de enquistarse en el poder. Todo ello, a sabiendas que su espacio se ha acortado a consecuencia de la torpeza y deshonestidad de quienes se han prestado para actuar como gobernantes de un régimen no sólo usurpador. También, inepto y embaucador. 

El cinismo político es el instrumento mediante el cual, los revolucionarios de mentira y los politiqueros de oficio utilizan como medio para demarcarse de lo que puede ser posible en términos de todo lo que en realidad pone a prueba sus capacidades de gente proba. Por eso, “el socialismo del siglo XXI” se convirtió en mecanismo de especulación cuyo valor de uso y valor de cambio sirvieron para arrollar condiciones democráticas. Y para ello, se valió de la exaltación de la infamia, la malicia y de la obscenidad como recursos del ejercicio de la política en curso. De ahí la importancia que para el funcionario oficialista tiene el hecho de actuar cínicamente al momento de exponer su retórica ante medios de comunicación que favorezcan su imagen de engañosa erudición.

Es cuando en el fragor de tan circunspecta praxis política, surge la figura del cínico politiquero quien, apostando a lo mejor que su talante puede ofrecer, rápidamente cae en su propia trampa. Trampa ésta que si bien le sirvió en algún momento para urdir situaciones o tratar personajes de su misma calaña, no le funcionó para mantener elevada su palabra articulada desde el discurso callejero. Ejemplos de este género de personajes, todos ubicados en los altos niveles del régimen urticante, sobran. 

Cabe decir que este género de cínicos politiqueros, presume de lo que carece. En consecuencia, su actitud raya con la arrogancia y la ridiculez que exhibe cada vez que debe manifestarse públicamente como representante del poder acaparador y fustigante en que se transformó el régimen socialista venezolano. Tales razones lograron accionar, desgraciadamente, una gestión pública que ha sido incapaz de enmendar los errores cometidos (con o sin intención). Tales contra-virtudes sirvieron a todos ellos de excusas para atropellar al venezolano y las legítimas instituciones del Estado. Puede decirse que se desempeñaron como agentes corrosivos que carcomieron y atascaron los mecanismos que, en algunos momentos republicanos le imprimieron sentido, velocidad y dirección a la democracia que -con esfuerzo- había comenzado a activarse.

Sin embargo, más pudo la inercia que descollaba por cuanto resquicio existía, que la dignidad, la moralidad y la conciencia sobre la cual se depara y se arraiga el funcionamiento de un sistema político que busca concebirse como democrático. Lo contrario, dejó verse desde el mismo instante en que desde 1999 el militarismo pretendió adueñarse del país. Y para lo cual se ha servido, siempre acompañado de la corrupción, de lo que puede contenerse bajo el obsceno cinismo (del socialismo del siglo XXI)

No hay capítulo de la historia política contemporánea, que no describa alguna realidad caracterizada por diatribas cuyas consecuencias desfiguraron idearios, programas y propuestas alineadas con objetivos de desarrollo político y crecimiento económico. Los tiempos electorales, han sido aprovechados por quienes intentan maniobrar situaciones a fin de agudizar problemas que -cínicamente- convierten en respuestas incapaces de servir. Pues, escasamente, con ellas configuran una narrativa que solamente alcanza a complicar todo antes de asomar un ápice de respiro ante el problema en cuestión.

La economía es profundamente sensible a estas movidas tácticas cuyas bases muestran una especie de estructura dialéctica que da cuenta de meros paliativos dirigidos a desnaturalizar condiciones y deformar procesos funcionales diseñados con no siempre definidos propósitos de regulación de la dinámica económica. Sin embargo, hasta ahí suelen servir. En lo sucesivo, se transforman en mecanismos de alteración y confusión para usufructo de acomodaticias circunstancias.

De ese modo, la economía comienza a extraviarse del rumbo que la teoría económica traza a nivel doctrinario. Aunque en algo pudiera sorprender, el hecho de reconocer que estas prácticas políticas le han valido a los contubernios dominantes algunas razones para mantener posturas verticales que han permitido “justificar” su arraigo en el poder político.

Los tiempos coloniales no fueron excusa para que alguna nación o provincia, escapara de tales manipulaciones de las cuales se sirvieron esas mismas componendas políticas para enquistarse en el poder. Y al mismo tiempo, para aprovecharse de las susodichas razones con el perverso objetivo de usurpar figuraciones desde donde, muchos personajes exaltados por pírricas historias domésticas, se hicieron de importantes finanzas con intenciones absolutamente mezquinas y egoístas.

Desde el establecimiento de la Primera República, en 1810, hasta la actual, el escamoteo ha sido problema común cuyos efectos siguieron trastocando la política en su ejercicio del poder político. Para ello, buscó apoyarse en una economía que la  brindara las oportunidades necesarias y suficientes para restarle valor a los reacomodos que requería su dinámica para superar los desvaríos que forzosamente devenían en procesos torcidos. Pero que de alguna forma se ajustaban a subterfugios de manera que las coyunturas pudieran compadecerse de las realidades que derivaban de los correspondientes problemas.

Así, la economía se vio distorsionada por razones que no eran propias de lo que la teoría económica le inculcaba. Fueron entonces las maniobras del populismo que arreció entradas las dictaduras civiles y militaristas del siglo XX, lo que acentúa el descalabro de la economía. Así sucedió, a pesar de ciertos logros que ocasionalmente lograron remontar los socavones que políticas gubernamentales diseñaban con el propósito de abrir los surcos dentro de los cuales estarían escondiendo lo extraído de los procesos administrativos contiguos a lo que la dinámica económica podía infundirle a las realidades comerciales.

Los gobiernos no dejaron de comportarse según la tradición que en un principio le marcó la conducta de la economía “timorata”. Propiamente, de lo que se denominó “capitalismo salvaje”.  Así que esos gobiernos, imbuidos en un comportamiento totalmente agorero en términos de sus pretensiones políticas, terminaban cada período gubernamental desenfocando más aún la visión que la teoría económica pautaba sobre su ejercicio. Y es que dicho problema no ha dejado de hacer el daño que la historia política ha dejado ver.

Por consiguiente, cada gobierno, en aras de su despotismo, busca golpear las fuentes de crecimiento de la economía con la absurda excusa de revertir tal situación en el “largo plazo”. Desde luego, esto hace que la inversión pública se trabe. El gasto público, se exacerba al verse inflado por encima de lo proyectado a instancia de cálculos formales y convencionales. El desarreglo administrativo, fiscal y financiero, lo embadurnan a fin de desaparecer sus fuentes. Las reformas tributarias, así como de índole cambiaria o fiscal, terminan oscureciendo la dinámica económica. Pues sólo así es posible justificar cualquier asomo de coartadas válidas en el terreno de la politiquería. Aún peor, cuando a estas alturas del siglo XXI el irascible escenario político se convirtió en una variable más del espectro de la economía dificultándole su desarrollo natural.

De ese modo, la economía se inmuta, se atrofia, hasta que no le es posible crecer por vías expeditas. Es decir, la economía se entrampa en los laberintos de una política “delincuencial” Sobre todo si cohabita con un Estado malogrado, dado su nivel de corrupción y anarquía. El clima político urde con toda la malicia posible creando la desconfianza necesaria para seguir justificando medidas que solamente desvinculan la realidad de las necesidades que clama el desarrollo económico (y social) de una nación. En consecuencia, la economía resulta atrapada. Y es porque habrá que reconocer la aguda crisis que se vive, cuando se tiene a la economía en el laberinto del “socialismo”.

Voto de confianza, por Antonio José Monagas

LA CONFIANZA ES EL ÁMBITO IMPERCEPTIBLE sobre el cual fragua toda posibilidad de logro al momento de blandirse en medio del azaroso juego que sostiene con la incertidumbre. Por eso la confianza, se comprende desde la perspectiva que mejor resulte frente a todo valor que exalte la capacidad del hombre para adelantarse con la mayor seguridad a todo acontecimiento que pueda desafiarlo o conminarlo. 

Aunque definir tan preciada condición, no es fácil pues su concepción y comprensión están sujetos al enfoque que sobre el instante o la perpetuidad, puede detentarse. Es así que en palabras genéricas, la confianza podría entenderse como la convicción necesaria sobre la cual es posible impulsarse a fin de saltar las brechas que pululan a ras de cualquier sendero o camino de la vida. 

Sin embargo, operar al lado de la confianza en el regazo que alberga la política, es aún más engorroso. Pero no tanto por lo que concierne al mundo de la política el hecho de inmiscuirse entre prácticas sociales, económicas y, por supuesto, políticas, que al fin de todo se prestan para ganar el espacio necesario que mejor resulte. Siempre, a los fines de sumar los réditos que le infunden consistencia a la causa política en articulación y movimiento.

El problema persiste toda vez que la dinámica política busca comprometer actitudes,  recursos e ideas que aseguren la estabilidad de la propuesta política en ciernes. Sobre todo, cuando se halla motivada por problemas incitados a consecuencia de la pérdida de confianza que ha allanado instituciones y organizaciones de todo género. Especialmente, aquellas dominadas por intereses políticos. Más aún, por conveniencias político-partidistas devenidas en procesos de gobierno.

La afanosa actualidad, da cuenta de cuánta desconfianza ha irrumpido el discurrir de la política. Es el caso del caos que, infortunadamente, abate a la oposición venezolana como resultado de la absurda rivalidad que últimamente ha inundado las redes sociales en pos del liderazgo que -en apremio- debe abanderar la reconquista de la democracia en el país.

Por consiguiente, resulta improbable ocultar la brutalidad con la que, escribientes mediáticos, apoyándose en el furor de la Internet, tratan a Juan Guaidó, presidente interino de Venezuela. A desdén de las incorrecciones que haya podido cometer en medio del zarandeo que caracteriza el manejo de la política venezolana, la pugna que se ha desplegado en su contra, es profusamente indecente. 

A decir de Rafael Poleo, le han endosado acusaciones “como si fuera el jefe enemigo”. Y no, como quien ha dado la cara por tantos millones de venezolanos convencidos en recuperar la democracia extraviada. 

Así que ante tan gruesas inculpaciones, vale considerar no sólo el talante y talento de Guaidó en su condición de luchador de primera plana. Asimismo, la inquina de quienes sin mayores razones y exentos de la fuerza que ha motivado que más de sesenta países apoyen su estrategia aducida, se hayan convertido  en groseros verdugos sin capucha. Más, cuando lo acosan y apesadumbran políticamente sin entender que el ejercicio de la política es una labor multifactorial. O sea, de temeridad, imagen, postura, arrojo, capacidad de gerente político y planificador de situaciones. 

Carlos Matus habría dicho: “un hombre obsesionado por crear métodos y técnicas al servicio de los hechos (…) consciente de que su práctica de producción social habrá de darse en un mundo de múltiples recursos escasos, tanto como de múltiples criterios de eficacia”.

A decir de la crisis que padece Venezuela a consecuencia de la ofuscación del régimen usurpador por enquistarse impúdicamente en el poder, luce inminente actuar con base en la confianza. Particularmente en la confianza, visto el compromiso que representa Juan Guaidó. Pero entendiéndose dicha confianza, como la cualidad humana que permitiría al venezolano que actúa con libertad de conciencia, encauzar la necesidad de rescatar al país que por ahora se encuentra perdido entre la oscuridad de una gestión de gobierno roñosa. Además, realizada con la saña de quien busca en la envidia y el egoísmo, la ruta para usufructuarse del desorden de sus acciones. 

Por eso, bien merece girar en torno a la figura política de Juna Guiadó un necesario e inminente voto de confianza.

País rezagado, por Antonio José Monagas

NO SIEMPRE, ES POSIBLE hablar de continuidad de los procesos históricos como condición inexorable para determinar la periodización en función de eventos marcados por la irrupción de brechas que, para la historia, representan hitos fundamentales los cuales permiten la comprensión de hechos, circunstancias y coyunturas. Sobre todo, cuando algunas fracturas devenidas en realidades políticas, económicas o sociales, definen cortes profundos que obligan a dividir el tiempo según el desarrollo de situaciones bajo estudio.

Cabe este preámbulo a los fines de fijar el contexto que abre el sentido al problema que esta disertación busca revisar. Particularmente, al tratar de cuestionar el llamado propagandista del cual se vale el ámbito institucional nacional para plantear conjuntos de ofrecimientos que comprometerían el ingreso de Venezuela al siglo XXI. Sin resultado alguno.

En lo esencial, la intención en ciernes es poner en duda el ingreso de Venezuela al siglo XXI. Independientemente del hecho que representa el manejo del calendario gregoriano. Pues si bien la incidencia del orden cronológico que establece el calendario, dictamina el ordenamiento cardinal y ordinal del tiempo, en términos de su difusión, trascendencia y, por tanto, de su progresivo discurrir, no así sucede si la eventualidad de las realidades es implantada por las contingencias que se dan alrededor del desarrollo de los tiempos.

Entonces de aceptar este criterio o postulado, puede exponerse que la idea de estas líneas, es dar cuenta que Venezuela sigue sin haber entrado al siglo XXI. Se atascó resabiadamente en el siglo XX. Y cuidado si no fue que retrocedió muchos años atrás. Habida cuenta, es el mismo problema que vivió el país de cara a su ingreso en el siglo pasado.

Cronológicamente, hoy se vive un país que -en poco o nada- se parece a lo que ha pautado el desarrollo científico, tecnológico, humanístico y artístico característico del siglo XXI. Desarrollo éste que ha acompasado la incorporación política, económica y social de una multiplicidad de países insertados en el mismo espacio geográfico donde igual reposa Venezuela. Justamente, he ahí el problema que disloca el acceso de Venezuela al siglo XXI.

Por mucho que algunas empresas e instituciones nacionales hayan realizado un importante esfuerzo para emparejar procesos propios a los adelantos infundidos por las nuevas tecnologías, características del siglo XXI, el problema por el cual Venezuela sigue rezagada es de otra índole. No es exactamente esta medida, lo que pudiera notar que la realidad venezolana pueda suscribirse al nuevo siglo.

Lo que en verdad hace que un país se registre a las exigencias de los nuevos tiempos, son razones que dejan ver hasta dónde el habitante nacional se acoge a las determinaciones dictadas por la cultura, la economía, la ciudadanía, la educación, la ética y la moralidad. No son necesariamente categorías modeladas por indicadores desprendidos por la dinámica administrativa, el ingreso per cápita, el Producto Interno Bruto, la relación financiera entre la oferta y la demanda canalizada desde lo público o lo privado, tanto como por la construcción de flamantes estructuras. Ni tampoco, por el número de emprendimientos o de empréstitos alcanzados.

La entrada de Venezuela al siglo XXI sigue esperando por condiciones que, ciertamente, conciban consideraciones reales que no sólo parezcan tener la forma necesaria para reconocerlas como acontecimientos que trasciendan en significación, contenido y esfuerzo. También, consideraciones que sean representativas de hechos capaces de movilizar al país en virtud de lo que su trazado pueda inducir actitudes que inciten el ejercicio cabal de todo lo que envuelve el concepto de “soberanía” y la debida noción de “Estado democrático y social de Derecho y de Justicia”. Pero todo esto concebido como objetivo de un “proyecto nacional” integrado desde la perspectiva educacional. Y para ello, empleando el sentido de “contemporaneidad” con el mayor valor posible que otorga el criterio de “ecuanimidad”.

Es decir, de un “proyecto nacional” entendido no como un “plan” pues seguramente no superará la frontera que a todo plan le impone el carácter indicativo y sugestivo. O sea, populista de “pésima forraje”. Y que termina desfigurándolo y asfixiándolo, en un breve plazo. Se trata de un “proyecto nacional” que articule orgánicamente contextos de ciudadanía, capacidad de gobierno y capacidad productiva, triada ésta capaz de soportar la gobernabilidad necesaria para equilibrar las dinámicas política, económica y social. Condiciones fundamentales para hacer que Venezuela ingrese definitivamente al siglo XXI. Y así, pueda dejar de ser un país rezagado

¿Por dónde nace el sol? por Antonio José Monagas

La astronomía bien explica que el sol nace por el este. Aunque en la antigüedad, tal fenómeno buscaba entenderse a partir de la intervención de algún dios. Entonces se hablaba de Apolo, entre otros, quien con su carro, tirado por briosos caballos, hacía que el sol saliera cada mañana. Pero en política, no siempre puede aseverarse lo mismo por cuanto las realidades políticas no se supeditan a inevitables ciclos marcados por el paso del tiempo.

En política, el sol no representa exactamente la estrella que ilumina el mundo natural que viste de azul sus aguas. De blanco sus altas montañas. O de naranja, sus tórridos desiertos. Aunque atestado de cuantos problemas pueden ser imaginados. O tantos y multiplicados por el número de seres humanos que convive bajo el esplendor de un cuerpo celeste que irradia la energía de la cual depende la vida de quienes colman sus espacios.

En política, hasta los días más resplandecientes pueden ser opacos. Todo en función de las nubosidades que se interpongan entre quien detenta el poder y lo quienes reposan o se mueven en tierra. La política hace que hasta los hechos más usuales, se conviertan en extrañas expresiones cuyos sonidos son tan cortantes y peligrosos cual espada de letal filo en manos de quien no posee el dominio necesario para resistir su peso cada vez que pueda blandirse contra el enemigo.

En política, el sol es tan particular que los arrebatos configuran un paradójico juego de intereses que se da entre ciegos que no ven la luminosidad convertida en oportunidad. Con necios que no saben de dónde proviene el brillo que acompaña la circunstancia. Al lado de ingratos que no saben de las bondades del agradecimiento. En complicidad con el mezquino que vive del egoísmo y con el soberbio para quien no hay más luz que la que puede desplegar desde la cúpula del poder.

Por tan complicada razón, las dificultades con las que se topa para avanzar entre las sinuosidades de una incertidumbre mal definida, hacen que la política no sea tan bien comprendida como recurso para alinear las capacidades y potencialidades de un país alrededor de un proyecto de consistencia nacional y cualidad soberana.

En política, no hay sombra que favorezca al hombre con la equidad que todo discurso exalta. Cuando lo que ilumina no encoge la sombra del individuo, la agiganta efecto éste que genera diferencias de las que se atiene quien ejerce la política para tramar contra cualquier manifestación que sospeche problemática. Aunque no sea exactamente así. Pero al creerlo, el político de oficio actúa amparándose en una sombra que no se corresponde con la realidad a la que se suscribe el ámbito bajo el cual procede a ejecutar sus intenciones.

Este tipo de situación, la vive Venezuela a consecuencia de una roñosa ristra de consideraciones. Todas envueltas en un perverso egoísmo del cual no ha podido escapar ni la más translúcida facción representativa de una oposición que dice ser fehaciente expresión de la democracia. Su carga de compromisos, se ven por ratos relegados por el afán de poder político que sus acciones revelan sin recato alguno. Es cuando sus palabras de pronunciado optimismo, vuelan pero en retroceso dejando al descubierto cuánto picardía se esconde entre frases que poco o nada se compaginan con las necesidades que clama un país golpeado por absurdas medidas engendradas por el sectarismo del poder engañosamente constitucional.

Lentamente, el sol de la política busca “iluminar” irónicamente el rostro frío de una realidad sometida por una justicia alcahueta de posturas traicioneras que redujeron el país a lo más insignificante de ideales institucionales trazados por importantes objetivos de desarrollo económico y social. Con tal fuerza se ha deslizado esta situación, que comenzó a evaporarse el contenido de flamantes expectativas y caras ilusiones que muchos venezolanos albergaron en sus forjas de futuro. Tan cierto es el matiz de este problema, que ya luce difícil tener una idea precisa de cómo hacer que siga brillando, cual sol, el vigor del venezolano defensor de libertades y de digna y honesta actitud. O acaso que ante las variaciones que siguen transgrediendo el Estado democrático y social de Derecho y de Justicia que destaca el orden jurídico constitucional venezolano, o las dudas que causa la oscurana que impuso el autoritarismo bolivariano, socialista, revolucionario y chavista, vale preguntarse, en el fragor de tantos discursos que comprometen hechos  que avivan confusiones, entonces ¿por dónde nace el sol?  

@ajmonagas
Insanos intereses en macabro juego, por Antonio José Monagas

EL SOLO HECHO DE SER LA POLÍTICA el agregado de intereses y necesidades cuyo cimiento lo constituye la pluralidad humana, da cuenta de la inminencia que vive el hombre en aras de organizarse a los fines de situarse en un espacio que bien pueda garantizarle el acceso al bienestar que persigue a instancia del proyecto de vida que se ha trazado.

Esto hace ver, sin duda alguna, que la política, en términos de su ejercicio, se bate ante los desafíos que le deparan las circunstancias. Precisamente, para despejar los obstáculos que se interponen en su camino, el ejercicio político plantea distintas consideraciones que luego, devenidas en decisiones, determinan la ruta que habrá de surcar para así alcanzar sus objetivos. Esas decisiones, igualmente lo exhortarán a procurar los recursos que posibilitarán el arribo a la meta.

Para entonces, habrá sumado a su inventario de ineludibles insumos, la motivación que habrá incitado su proceder. Pero también, la disposición, que habrá complementado su determinación para llevar adelante su propósito. Y el conocimiento propio de la situación que debe sortear.

El ejercicio de la política ha de verse como un recorrido cuyos parajes parecen terrenos imantados que actúan como testigos incitantes y tentadores. Ellos buscarán desviar a la política de la ruta, previamente definida. Pero como quienes protagonizan la política son hombres capaces de dejarse tentar por las contingencias, posibilidades y eventos localizados a lo largo del camino, no hay mayores garantías para que la política se mantenga erguida frente a sus compromisos. Es cuando, conquistada por las circunstancias, varía la dirección de la organización figurada y toma otro rumbo alterando de esa manera su compostura.

Es lo que la teoría política explica cuando refiere aquellos casos en que el ejercicio de la política se ve arrastrado por “intereses en juego” Insanos intereses en medio de un juego macabro. Sin embargo, en lo que refleja Venezuela en la mitad del caos al que la política gubernamental la insumió, vale el análisis que pudiera revelar cuales son esas razones que desviaron el ejercicio de la política nacional. O cuáles fueron esos actores políticos que hicieron que el país cayera de bandazo.

Aunque son distintas las causas que desviaron el rumbo prometido por la oferta electoral vociferada por el entonces candidato militar en 1998, se tienen algunas puntuales que pudieran explayarse a los fines de la presente disertación.

En ese ámbito de causas que malograron la dinámica socioeconómica y sociopolítica venezolana, habrá que considerar principalmente: 1. La intención de someter factores políticos a la égida del poder central. 2. La creación de condiciones que hagan dudar a la población sobre los arribos de la democracia en años anteriores. 3. La complicación de la economía con el propósito de justificar medidas que constriñan libertades económicas y derechos políticos. 4. La confiscación de la propiedad privada apoyada en la idea de reducir la capacidad económica en manos de quienes han logrado ganar algún poder por el hecho de ser propietarios de espacios físicos que molestan al régimen. 5. La discrecionalidad conveniente la cual sirvió para dictaminar medidas sin orden alguno. 6. La minimización de las libertades de expresión, de prensa y de pensamiento con el fin de debilitar el espacio político necesario capaz de poner al descubierto los arrebatos y desafueros del régimen. 7. La posibilidad de flaquear la impunidad de actores políticos que sean amenaza al poder envolvente del régimen. 8. La apertura de canales administrativos que encubran la corrupción entendida como la manera de “compensar” la deuda social acumulada. 9. Supeditar la educación a fines que se correspondan con la doctrina política en curso. 10. La creación de justificativos que avalen equivocaciones cometidas por el régimen para lo cual había que lograr que la población las hiciera suyas.

Actuar en consonancia con estas intenciones, programadas con alevosía y predeterminación, indudablemente debía contar con el apoyo de la coerción. ¿Y qué mejor canal para ello que no fuera el aportado por la represión? De ahí que el respaldo de las fuerzas militares, policiales y de cualquier otra especie que se entregara a tan encausada misión, era fundamental. Tal como se ha visto en los años vividos del siglo XXI.

De ahí, la razón para que en tantos años de autoritarismo, que ya raya con el totalitarismo, el factor militarista ha sido tan cabalmente compensado en virtud de los favores recibidos para enquistar al régimen en el poder. Razón además para que el pragmatismo militar imponga criterios que hayan dado cuenta de su desvergüenza a la hora de cobrar su interesada “colaboración”. Es justo cuando se hace posible comprender por qué el régimen ha actuado con insanos intereses en macabro juego.

Sin la careta de “demócrata”…por Antonio José Monagas

El término “inmunidad” tiene entre sus acepciones, dos de capital trascendencia. La que compromete su significado con la ciencia médica. Y la que explica la ciencia política. Tanto así, que se habla inmunidad natural, activa, pasiva, congénita, artificial, adquirida y adaptativa. Aunque son tipos justificadas por la Medicina, en aras de justificar respuestas orgánicas, igualmente la Política ve en cada tipo una razón para considerarlas como pertinentes del ejercicio político. O sea, son determinadas en razón de los momentos a que corresponde su aplicación. En un todo, según la situación que en lo particular requiere su manejo o beneficio.

Cualquiera de sus acepciones, supone protección contra adversidades. Ya sean las mismas de naturaleza orgánica o fáctica. Es decir, relacionadas con la salud o con la política. Pero siempre, alcanzadas en la cotidianidad bajo la cual el hombre busca desarrollarse en términos del afianzamiento de sus funciones, capacidades y potencialidades.

En el ejercicio de la política, la “inmunidad” nace como necesidad de ordenar la regulación del poder político a los fines de garantizar la separación o independencia de poderes. De hecho, su consideración como factor de equilibrio de los procesos que articulan la institucionalización de la democracia política, hace que sea vista como principio que caracteriza el llamado “Estado de Derecho”. Así que en la “inmunidad”, particularmente en la “inmunidad parlamentaria”, se tiene el mecanismo político que fija la organización que del Poder Público Nacional. De ahí que la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, lo asume cuando refiere lo atinente al Poder Legislativo Nacional. Su artículo 187, parágrafo 3, dictamina entre las funciones de la Asamblea Nacional, la “de control sobre el Gobierno y la Administración Pública”. Asimismo, los artículos 222, 223 y 224, son enfáticos a ese mismo respecto: funciones de control.

En virtud de tan necesarias consideraciones, el artículo 200 constitucional destaca la condición de “inmunidad” de la cual gozarán los diputados a la Asamblea Nacional “(…) desde su proclamación, hasta la conclusión de su mandato o la renuncia del mismo”. En caso de delito cometido por el legislador, el Tribunal Supremo de Justicia, ordenará “(…) previa autorización de la Asamblea Nacional (…)”, su detención y respectivo enjuiciamiento. Más aún, dicho precepto es enfático cuando establece que cualquier funcionario que viole la inmunidad de algún parlamentario, “(…) incurrirá en responsabilidad penal y será castigado de conformidad con la Ley”

Entonces, ¿qué ha pasado con la interpretación del articulado constitucional toda vez que busca ser categórico al momento de instar los debidos controles y contrapesos responsables de hacer más iguales los distintos poderes sobre los cuales se cimienta un sistema de gobierno de talante democrático? ¿O es que estos gobernantes de marras no entienden lo que suscribe el Estado democrático y social de Derecho y de Justicia referido por el artículo 2 constitucional? ¿Acaso la ignorancia de la ley consiente o avala que estos gobernantes hagan lo que estiman como provecho personal, o según lo dicten las circunstancias?

Cuidado pues con interpretar la Constitución en contra del propio texto constitucional. Aunque pareciera que es lo que hacen pues no se justifica aprobar lo que el país entero observa con estupor. En medio de esta situación, pueden observarse resultados tan absurdos, como absurdo luce un revolucionario jugando a la justicia y la verdad. Frente a tan contraproducente paradoja, es fundamental insistir en contrarrestar los desequilibrios causados por contingencias azuzadas por la impunidad propia de desordenes inducidos por la anomia que reina en Venezuela desde que el régimen, en 1999, se da a la tarea de trastocar derechos humanos y libertades fundamentales. Sobre todo, en aquellos casos en que las realidades se encubrieron de mentiras para justificar medidas represivas que han sobrepasado la cordura y la armonía de la que tanto exponen discursos políticos colmados de visos populistas.

La represión, en los últimos tiempos, ha recrudecido en virtud del temor del régimen a verse defenestrado a causa de la ausencia de legitimidad de desempeño y de origen que pesa sobre su funcionamiento. Esto, induce a activar ideales que en otrora marcaron hechos libertarios. La historia política contemporánea, es fiel testigo de todo cuanto sucedió. Incluso recientemente, cuando los hecho retrataron acciones que se dieron en aras de cuajar reivindicaciones dirigidas a consolidar la democracia como sistema político. Pero las tendencias  torcieron esfuerzos apuntalados sobre crasas motivaciones de poder político.

Lo que viene caracterizando el discurrir político venezolano, evidencia el carácter controvertido de los eventos que se depararon de la inercia revolucionaria. O sea, la represión convertida en lugar común o punto central de la agenda diaria del régimen ante el temor de verse aislado del poder. Por razones de simple egoísmo, entendido cual venganza de cobarde intimidado, dejó de considerarse la Asamblea Nacional como instancia deliberante y representativa por excelencia de la soberanía popular. Desde entonces, pretendieron sustituirla por una entelequia con el remoquete de “Constituyente”, sin que su praxis respetara el ordenamiento jurídico nacional al saltarse (a la torera) el ejercicio democrático de la voluntad popular.

En la actualidad, las deliberaciones que ocupan el tiempo de tan manida Constituyente, se ajustan al odio cual cólera de los débiles. Es así que sus turbadas actuaciones y decisiones, pusieron al borde de cualquier descalificación el cuadro militarista adelantado por las chapucerías del régimen. En consecuencia, sus ejecuciones, siempre equivocadas y desnaturalizadas, desconocieron el alcance del concepto de “inmunidad parlamentaria”. Razón por la cual, el régimen quedó al descubierto al dejar que se hicieran públicas sus marranadas. O sea, procedió a que sus decisiones y acciones se vieran al desnudo. Que se evidenciara su perversidad. Pero peor aún, sin la careta de “demócrata”.

 

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¿Lealtad es sumisión?  Por Antonio José Monagas

La crisis política que sumió a Venezuela en el tremedal que ahora sus realidades conllevan, da cuenta de una narrativa política con la cual se busca no sólo desnudar de virtudes a quienes tienen en la dignidad una medida de vida honesta. Pero también, plantea someter a quienes suponen equivocadamente el deber como un acto ciego de fatua obediencia.

Tan serio problema, tiene desquiciado al régimen usurpador al momento que el oportunismo le ha brindado el tiempo necesario para esquivar las determinaciones de una verdadera justicia. Pero como dice la sapiencia popular: “no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista”. De manera que en aras de tan obvia verdad, tan absurda situación tiene su tiempo contado. Y de forma, regresiva.

Si tan cierto y seguro es que sólo el tiempo posee la capacidad de poner al descubierto la naturaleza humana, más cuando ésta conspira contra las libertades que otorgan al hombre el poder de volar por encima de las contingencias, entonces no cabe duda alguna en reconocer el carácter inexorable de la política. Particularmente, cuando su ejercicio recurre a maniobras que apelan a la perversidad para lograr objetivos innobles, injustos y escabrosos.

La desesperación del régimen, toda vez que ha concienciado la usurpación de la cual se ha aprovechado para sustentarse en el poder político nacional, lo ha llevado a conducirse sobre un sinfín de manipulaciones con la firme intención de continuar enquistado en el poder. Sin que ello sea razón para comedir las consecuencias que sus abruptas decisiones pueden causar. Aún, a sabiendas de la fatalidad que sus actos administrativos provocan en el seno de la sociedad a la cual, política, social y económicamente, literalmente se debe.

Aunque lo peor, es que hay conciencia sobre el problema que representa la precaria cultura política de una población para la cual, su recorrido por el tiempo le desgasta no sólo sus más cándidos sentimientos. Sino además, el recuerdo sobre el cual descansan pensamientos e ideales. Y es ahí, donde precisamente, sabe hurgar el irreflexivo régimen para fraguar sus inmundicias ideológicas convertidas en gruesas manipulaciones que al final terminan haciendo de virtudes, apretadas obscenidades. Tales como hacer del concepto de “sumisión”, un cuasi homólogo de “lealtad”.

A esto busca empujar el ejercicio de la política que acusa el régimen bolivariano cuando pretende forzar el significado de “lealtad” o confundirlo con el “sumisión”. Así lo intenta,  sin entender que entre ambas acepciones existe un magno océano de diferencias. No sólo de tipo hermenéutico. Además, de índole semántico, axiológico, epistemológico y etimológico. Sin embargo, la inercia militarista, imbuida en razones autoritarias, autocráticas y totalitarias, acontecidas por el miedo que infunde el hecho de saberse más allá que de acá, por lo que vislumbra su avecinada e inevitable defenestración, buscan enmarañar la acepción de “lealtad” utilizando de por medio el miedo como recurso de desmoralización.

La “lealtad” que vociferan estos gobernantes de marras y descompuesta clase militar, es intimidante. Quieren utilizarla como sinónimo de “sumisión” toda vez que buscan alcanzar una obediencia exenta de la capacidad de reflexión capaz de entregarle al individuo razones para saber el rumbo que los ideales políticos y morales le confieren a su vida.

Cuando la “lealtad”, indebidamente comprendida y aplicada a consecuencia del efecto que le acarrea suponerla como un alucinado acatamiento, se convertida en la vía que utiliza la intransigencia de un obsesivo militarismo, al mejor estilo prusiano, para actuar desde la emocionalidad que se induce en el fragor de un pensamiento disminuido o debilitado. Es el caso en que la “sumisión” resquebraja la “lealtad” haciéndola una palabra sin contenido.

Esa orden que constriñe al soldado a gritar: “leales siempre, traidores nunca”, así como otros alaridos manchados de política burda, actúa como un sistema de relojería en reversa. Es decir que lejos de coordinar fecha y horario, torna inconexos los elementos del tiempo desvirtuando su propiedad de revelar siempre la verdad. No se tiene claro el horizonte dialéctico en el cual se mueve el concepto de “lealtad”. Ni siquiera cuando el diccionario de la RAE, la define. Y que la concibe como “1. Cumplimiento de lo que exigen las leyes de la fidelidad y las del honor y hombría de bien. 2. Amor o gratitud que muestran al hombre algunos animales como el perro y el caballo. 3. Legalidad, verdad, realidad”.

Si la “fidelidad” es respeto, constancia y abnegación, conjunción difícil de considerar en medio de las adversidades que caracterizan la actual política nacional, y el “honor” es el ejercicio de la virtud razón por la cual riñe con la corrupción que galopa por toda la administración gubernamental, entonces no es difícil inferir que la “lealtad” se aparta cómodamente de cualquier actitud expuesta ante las tentaciones del poder. Sobre todo, cuando dicho poder es articulación entre el despotismo y el miedo que al final de todo proceso condensa razones que le imprimen esencia a cualquier régimen que guíe sus pasos por el autoritarismo totalitario. Y el venezolano, es uno de ellos.

Pareciera que “lealtad” está más sujeta a la acepción que la RAE describe como la cualidad que apega los animales a sus amos. Y en política, esta consideración luce más cercana de lo que realmente busca ser en un contexto más laxo. Por eso, cuando el régimen socialista venezolano exalta la “lealtad” como un recurso político mediante el cual violenta su aplicación reduciéndola como valor moral a un plano de “sumisión” que roza con la “humillación”, se cae en la tentación de semejarla a una descubierta condición de obediencia para demostrar compactación ideológica. O sea, en el argot populachero, solamente “sensación” de fuerza unitaria. Aunque al parecer, muchos piensan que para el régimen usurpador venezolano acaso ¿lealtad es sumisión?

Antonio José Monagas