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Antonio José Monagas

Entre el miedo y la ignorancia, por Antonio José Monagas

@ajmonagas 

La historia es reveladora de cuantas cosas hubieran podido evitarse. Sin embargo, es igualmente testimonio de la testarudez del hombre, toda vez que ha demostrado que se devanea cuando se arroga la desfachatez de cometer los mismos errores de tiempos pasados. Sería sin duda, la razón que habría movido a Wrigth Mills a admitir que “(…) muchas veces tenemos que estudiar historia para librarnos de ella”. No en el sentido de desprenderse de sus lecciones, sino, por lo contrario, de aferrarse a las mismas.

No hay duda que entre los ejercicios más útiles del aprendizaje, dirigido al afianzamiento del desarrollo, son el estudio y comprensión de la historia. Solo que la terquedad del ser humano, tantas veces alborotadora de desaciertos, se funde con la miseria. Y en consecuencia, con la mediocridad.

En medio de tan horrenda combinación, se encuentra el lugar perfecto para que germinen las semillas de la desesperación. Sobre todo, nocivas a la espiritualidad que debe proveer de verdades a la sociedad, a las comunidades a las cuales se integra el hombre en términos de sus capacidades y potencialidades. Aunque no por ello cundidos -en buena parte- de miedos, ansiedades,  pesadumbres y tosquedades. Más aun, de ignorancia acumulada.

Aquí recrudece el temor que la ignorancia infunde con todas sus fuerzas, en cualquier lado y momento, Las realidades se ven asaltadas por el terror propio de grotescas situaciones. Es el caso de guerras, catástrofes naturales, hecatombes, barbaries. Desde luego, las pandemias. Es ahí donde el rostro del caos proyecta su imagen hacia los cuatro puntos cardinales. Donde las realidades se insumen en el marasmo. Son tiempos de crisis, cuyas consecuencias clausuran posibilidades de escape.

Sin embargo, las esperanzas siempre están a la postre de dichas realidades para ser servidas de la más correcta manera. Pero he ahí el problema que de tal escenario irrumpe con solapada violencia. Pero es violencia al fin que, como forma de manifestarse, hace que sus efectos sean inexorables. Es lo que acontece en naciones inmersas no solo en crisis políticas. También en desgracias inducidas por crisis sanitarias como acontece con la pandemia del coronavirus, por sus secuelas sociales y económicas.

Es el caso Venezuela. Las realidades arrojadas por las groseras y abusivas decisiones de una política militarista, sectaria, usurpadora, inconstitucional y corrupta, devinieron en un comportamiento social particular. Este comportamiento si bien entendió la inminencia del cuidado preventivo, al mismo tiempo se extralimitó en su forma de adecuarse al momento.

No hay duda entonces de que el temido virus y la ignorancia han propiciado pesadas situaciones de complicada salida. Estas situaciones no solo han sacado lo mejor, sino también lo peor del ser humano. Especialmente de aquellos con ínfimas cuotas de poder, intoxicados por las bravuconadas que emulan de quienes comandan la represión ordenada desde los altos estrados del poder político. Es un problema que se ha intensificado, toda vez que Venezuela vive sobrellevando las crisis entre el miedo y la ignorancia.

 

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Entre anónimos e incógnitos, por Antonio José Monagas

@ajmonagas 

Las siguientes líneas no pretenden cuestionar la previsión esbozada como política de coyuntura establecida por distintos gobiernos, repartidos mundialmente mediante medidas sanitarias de obligatorio cumplimiento y asumidas en el marco de la pandemia que acosa al planeta. Pero sí plantean rebatir la manera de la cual algunas instancias, corporativas o personales, especulan o exageran su beneficio, uso y repercusión. 

Posiblemente, alrededor de lo que puede situarse debajo de tan contrariada escena, contaminada por el sarcasmo de quienes se toman ese manejo de modo equivocado, por ignorancia o petulancia, pudiera hallarse la explicación que pone al descubierto la impugnación que, en medio de estruendosos debates políticos, ha sido rebatida.

Sobre todo, en el seno de naciones desde cuyas jefaturas de Estado se han desatado ruidosas reclamaciones al mejor estilo retador. Por supuesto, en desconsideración de datos provenientes de la más exacta información y conocimiento sobre la materia en cuestión.

Pero no es esta la temática que busca explayarse a lo largo de esta disertación. Aunque no deja de mostrar su importancia y atingencia con el problema que ha provocado la peligrosa pandemia de COVID-19 causada por el nuevo coronavirus SARS CoV-2.  

El problema que busca describirse se corresponde con la postura que, en términos de la debida previsión en cuanto a prevención, cuidado y tratamiento, ha ido desfigurándose. Por supuesto, como producto de juicios individuales adelantados con base en meras conjeturas. O presunciones vacías. De modo que por tan obstinadas causas, todas carentes de auténticos fundamentos, han llevado a tener la escena, propia de películas del más arrebatado humor negro. Pero de una realidad social compuesta por anónimos e incógnitos. 

O sea personas de rostro oculto que bien pueden pasar por ladrones, policías de malos hábitos, militares aberrados, mercenarios desalmados, sicarios en faena criminal o colectivos guapetones en acción delictiva. Aunque también parecieran disfrazados, escondidos, camuflados, envueltos, conspiradores, encubiertos, herméticos, inasequibles, misteriosos, cerrados, desconocidos,  furtivos. Incluso, recién operados de algo que los afeaba. Pero que sin embargo, por tapados hasta ojos y cabeza, la careta y la capucha que se hizo prenda de uso común, sigue haciéndolos ver igualmente feos. Más aun, repugnantes y ridículos.  

Una categorización en prueba

De cara a lo que tal medida de prevención deja ver, medida esta equivocadamente concebida y practicada, es posible categorizar estos caras tapadas. Particularmente, en virtud de los prejuicios y actitudes que, por cada forma de ocultar el rostro, puede procederse. Así cabría considerarlos bajo las siguientes categorizaciones, a saber:

* Paranoicos u obsesivos

* Hipocondriacos o pesimistas

* Deportistas o activos

* Ambientalistas o conservacionistas

* Populares o conversadores  

* Exagerados o escandalosos

* Moralistas o farsantes

* Éticos o costumbristas

* Retraídos o reservados

* Legales o rigurosos

* Rústicos o campechanos 

* Cómicos o payasos

* Intemperantes o malgeniosos

* Puritanos o rezanderos

* Nerviosos o quisquillosos

* Perturbados o desarreglados

* Irritables o delicados

* Amorosos o cariñosos 

* Pendencieros o envalentonados

* Estrambóticos o raros

* Ingeniosos o perspicaces

* Perezosos o adormecidos

Aunque estas categorías no agotan la caracterización que identifica la personalidad de tantos anónimos e incógnitos que deambulan por las calles en horas de restringida libertad. Por tantas razones como individuos sean, hay quienes han manifestado que algo de esto será parte de las realidades que sobrevendrán luego de dejar atrás la susodicha pandemia. 

Ojalá esa opinión no sea tan agorera como en lo cierto pudiera ser. Porque no sería del todo afortunado que las nuevas realidades apegadas al ámbito sociológico y estado psicológico de quienes habrá de recorrerlas, vayan a verse sumidas en lo que “una nueva normalidad” pueda contener.

Menos, al pensar que el ser humano (pospandemia) tenga que tolerar una realidad diferenciada a partir de lo que podría prescribir una sociedad formada por personas cuya rareza sería más anormal que la normalidad que describe un mundo de hombres libres, críticos y pensantes. Y toda esa anormalidad sería, tristemente, la consecuencia -socialmente entendida- de estar viviendo entre anónimos e incógnitos.

 

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

¿Ante nuevas realidades?, por Antonio José Monagas

@ajmonagas 

Cuando la incertidumbre acecha la vida colectiva o individual, es cuando más surge el interés y la necesidad por despejar las incógnitas retenidas en las honduras del problema en cuestión. La situación azuzada por la crisis humanitaria que está padeciendo el mundo entero con la incursión de la COVID-19, confirma la inminencia de tan inaplazable acción. Por eso, el planeta completo vive la fase de saber cómo va a ser ese contexto de nueva normalidad una vez aislado de la amenaza que se ha cernido sobre gruesas capas de la población. Sin embargo, al momento de asomar la presente disertación, no es posible anticipar nada. Menos aun en los predios de un escenario en que las certezas son nulas. En se ámbito, se escucha hablar de decisiones complejas. Tanto, como de la falta de experiencias previas en contextos aproximados a lo que ha significado la pandemia del peligros y temido coronavirus SARS-CoV-2.

Distintas son las especulaciones a este respecto. Aunque por ahora se insiste en la prevención adoptada a partir de tres medidas que no por elementales, no dejan de ser prioritarias. A saber: distancia interpersonal, lavado de manos e higiene y el uso de la mascarilla. No obstante, hasta ahí llegan las sugerencias relacionadas con la prevención. Pero la idea de esta disertación busca pasearse por consideraciones que rocen el futuro. Más cuando, en lo sucesivo, se determinará cómo las sociedades habrán de integrarse a la dinámica de este planeta pintado de azul esperanza, de azul vida y de azul energía.

Vale reflexionar de cara a la intención de considerar el paso del ser humano de una circunstancia a otra. Que no es asunto de sencilla explicación. Ello pudiera devenir en una fractura o abandono del estado de bienestar alcanzado anteriormente, por otro de nueva factura. Habida cuenta, la vida es una sucesión de eventos cuya correlación no siempre se ajusta a la necesidad más apremiante. Es decir, la vida es como una cadena entendida como una conexión de eslabones, uno a uno. Y que vistos desde la perspectiva de la vida, da cuenta que los empalmes son como momentos atados entre sí.

De manera que solo la seguridad de la continuidad le infunde importancia al hecho que significa entender que es más seguro un afianzamiento entre empalmes basado en coincidencias que en diferencias. En esto, innegablemente, cabe la noción de “justicia”. Particularmente, si se entiende que el ser humano no ha terminado de reconocer que la vida no cede mayor espacio si lo que se interpone en ella son las miserias y mediocridades que el mismo hombre suele motivar en cada diatriba que acusa su discurrir. Vale pues este párrafo para comprender la dinámica de la vida. Y por tanto, así aceptar sus limitaciones.

La política y la economía en el centro del análisis

Pero volviendo al objetivo de esta disertación, cualquier teoría que a dicho respecto pueda dilucidarse, no busca competir con alguna de las profecías de Michel de Nôtre-Dame o Miguel de Nostradamus. Nada de eso. Tampoco con plagiar alguno de  los pensadores de la antigüedad, cuando se atrevieron a actuar de profetas de su tiempo. La idea es trazar consideraciones que bien pudieran ser indicativos de decisiones futuras. Decisiones que pueden aventurarse a calibrar expectativas asentidas con la suficiente cautela para no desdibujar lo conseguido hasta ahora. Con el debido respeto a los derechos y libertades.

Se habla de una nueva forma de vida a la que ahora tendrá que adaptarse la sociedad. Ya Peter Drucker, de quien se dice ser “el padre de la Ciencia de la Administración” según la revista Time, las nuevas realidades fue un tema que dio mucho que pensar en el ocaso del siglo XX. En su libro, Las nuevas realidades (1989), Drucker refirió que las mismas serían “(…) distintas de las cuestiones sobre las cuales se siguen escribiendo libros y haciendo discursos los políticos, los economistas, los eruditos, hombres de negocios y los dirigentes sindicales”.

De manera que no hay duda de que las nuevas realidades se verán configuradas por una especie de “reseteo” de las actuales. A pesar de que serán ocupadas por procesos que no van a finalizar en poco tiempo. O porque se definirán como resultado de lo que el juego político determine mediante el decreto de un presunto “estado de alarma”. Escribía Drucker que una prueba convincente de esto “es el profundo sentido de irrealidad que caracteriza gran parte de la política y de la teoría económica”.

Es así que, con razón, el discurso de la economía se ha visto renovado ya en la antesala del siglo XXI. Más, en su ínterin. La economía se ha venido formulando con miras a atender nuevas realidades. Sobre todo, realidades afectadas por la dinámica de una oferta y demanda que tomará otro giro. Sino distinto en términos de sus procederes, su operatividad sufrirá algún desplazamiento motivado por las controversias que serán realidades en lo que la inmediatez permita.

El fondo del asunto

Políticamente, podría conjeturarse un gran pacto de Estado que, en la onda del Pacto Social formulado por pensadores de la talla de Rousseau y de Locke, pretenda cambios a nivel de la administración de gobierno. Especialmente, en lo que corresponde a la delegación de facultades y autoridad.

Esto pudiera devenir en procesos de mayor amplitud a la hora de integrar factores políticos a las decisiones gubernamentales que mejor se correspondan con la pluralidad como condición básica de la política. La transparencia jugará un papel determinante de arraigo a la democracia. Asimismo, el papel del gobernante pulsará cada decisión a elaborar con la participación de actores no siempre comprometidos con la ideología del proyecto gubernamental. Pero las condiciones imperantes harán reflotar tan eximio valor político. De esta forma, la diferencias ya no serían óbice para mantener a raya cualquier impugnación o contrariedad expuesta ante le jefatura de gobierno.

Será innegable la inminencia de actuar en conjunto ante los nuevos desafíos geopolíticos que emergerán. Encarar dichos retos será asunto de una política pública de suma trascendencia que debe convertirse en un todo un proyecto nacional. Las exigencias forzarán a los países a endeudarse más de lo previsto. Y esto se logrará en acuerdo y conformidad con los actores políticos previamente sumados al trabajo mancomunado. Por consiguiente, las medidas adoptadas habrán de garantizar la seguridad en todos los sentidos. Desde el jurídico hasta el operativo.

Las novedades se considerarán con base en nuevas realidades caracterizadas por sus implicaciones políticas, económicas, sociales, culturales. Pero particularmente humanísticas, cívicas, ambientales, organizacionales, empresariales, comerciales y sanitarias. Incluso, militares, tecnológicas y de carácter emotivo que comprometan riesgos ya vividos. Asimismo aquellas actitudes que sigan patrones ortodoxos se verán replegadas a fin de evitar que el miedo irradie hacia situaciones ya superadas.

Esto ha de significar el vuelco inmenso que habrá de vivirse a instancia de nuevas formas de socialización. O de encauzar emociones y sentimientos. Y aunque será difícil comprender, lo busca traducir “remar en una misma dirección”.

Será difícil cuestionar el giro que tomará la sociedad dado los cambios que necesariamente deberán adoptarse.

Es indudable que la vida social, política y económica, por considerar estas esferas pivote de las restantes actividades humanas, será distinta. La lección impartida por esta pandemia obligará al hombre a actuar al margen de antivalores relacionados con la soberbia, la egolatría, la terquedad, la envidia, la avaricia y los males capitales que tanto daño han causado a la humanidad a lo largo de su historia.

Está en juego el tiempo de vida del ser humano. Como si al momento de ir de un lado a otro, su camino transcurriera sobre el filo de una navaja. Pareciera que todo fuera un atolladero mental. O una cerrazón emocional y sentimental lo que ha hecho mal funcionar al mundo actual.

Aunque se ha especulado que superada la actual pandemia, sobrevendrá otra. Tan peligrosa como la de COVID-19. O aun mayor. Y será la intolerancia. Así habrá que tolerar al intolerante. O acaso será una de las tareas primordiales exigidas para vivir ¿ante nuevas realidades?

 

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Usura y avaricia (en tiempos de crisis), por Antonio José Monagas

@ajmonagas 

La historia del hombre trata la usura y la avaricia con el cuidado que sus implicaciones comprometen. No solo tocan la economía en su sentido más amplio. Igualmente, la política. Pero con suma particularidad, tientan la religión. Así se tiene que la tradición judeocristiana entraña su significado. Sobre todo, al aludir la transacción que se da entre el deudor y el adeudado. O entre el aporreado y quien aporrea. Las medidas que expone la Biblia destacan claramente la relación entre el interés y la caducidad de las deudas. Entre la tacañería y la rimbombancia. La historia de las sociedades corrobora esto.

La Iglesia católica siempre ha cuestionado toda práctica que intente asfixiar la persona en materia económica. La encíclica Rerum Novarum de 1891, conocida como la “doctrina social de la Iglesia”, hizo este problema suyo. Lo tomó entre sus acciones a vencer. Por lo cual asintió postulados que impugnaban la usura y la avaricia, pues rechazaba su ejercicio. Tanto que son consideradas entre los pecados capitales.

En julio de 2009, el papa Benedicto XVI, en audiencia pública, condenó por enésima vez la práctica de la usura y la maña de la avaricia. Las calificó de “humillante esclavitud” para quienes caen atrapados en sus redes. El papa Francisco también ha refutado sus praxis. Las calificó de “acto inhumano”.

Discriminación y COVID-19

En medio de los estragos causados por la pandemia del temido virus “coronado”, coronavirus o SARS-CoV-2, que causa la COVID-19, la política, en su acepción más rústica, se ha aprovechado del manejo de su incidencia para politizar sus secuelas. Se ha pretendido manipularlo en cuanto a la forma de determinar populistamente posibles vías de incidencia sanitaria decididas según los sectores sobre los cuales recae el cuidado médico. Absurdo este procurado, según la inclinación política de los sectores o personas afectadas. Todo un procedimiento que revela el sectarismo aplicado para actuar ante la aterradora crisis. Contradicción de terror.

Tanto se ha dado esta situación, que la concepción del problema generado por la pandemia en referencia, motivó un escarceo dialéctico entre la persona del presidente de los Estados Unidos de América, Mr. Donald Trump, y la del presidente de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Tedros Adhanom Ghebreyesus, médico y político etíope.

Del susodicho desencuentro, Tedros se vio en la ineludible necesidad de cuestionar la opinión del presidente Trump quien cuestionó los métodos empleados por la OMS respecto del manejo conceptual y logístico de la institución ante la arremetida del virus. Tedros fue tajante al ripostarle la urgente conveniencia de “no politizar la pandemia”. Apuntó que cuando “se abren grietas a nivel nacional y global, el virus tiene éxito”.

Pero así mismo ocurre dentro del ámbito ocupado por la economía. Sobre todo, cuando la economía se supedita a las ejecutorias de la política. Es ahí, justamente, cuando la economía pierde buena parte del sentido que le irriga la teoría económica en la perspectiva de la microeconomía y la macroeconomía.

Se extravían y desvirtúan los cuestionamientos sobre los cuales se hace posible estructurar los apoyos que pueden resistir los embates de empíricos de la economía. Particularmente, cuando estos se arrogan condiciones políticas improvisadas para urdir en contra de posturas de equilibrio capaces de armonizar los embates que se establecen en la complicada y umbrosa discordancia entre la oferta y la demanda.

En medio de tan apesadumbrado conflicto, siempre aprovechado por la precariedad de la ética política toda vez que irrumpe en la sombra de dichos ambientes, incitada la misma por la flojedad de valores éticos y morales de la política en ejercicio, poca o ninguna oportunidad puede hallarse para contrarrestar la ignorancia en complicidad con la usura y la avaricia. De esa manera, se desperdigan las posibilidades de vislumbrar razones y condiciones que tiendan a contrarrestar situaciones dominadas por la usura y la avaricia.

Lo contrario, ha permitido que la economía se vea empañada por la usura como perniciosa práctica que reivindica el abuso por parte de quien, financieramente, domina una transacción. O sea, que por usura debe entenderse toda contraprestación desmesurada recibida a favor de quien ha dado en préstamo o fiado un dinero. Es por eso que la usura ha sido una de las cuestiones más debatidas por el pensamiento económico. No así para la política. Aunque algo ha tratado la sociología (del desarrollo).

Sin embargo el problema no termina con esta operación que puede tener un enfoque mercantilista (comercial) que puede derivar en un trato especulativo. Y que, en lo económico, resulta en una complicación social que se presta, perfectamente, para acentuar la pobreza a expensas de la necesidad económica de una de las partes. Pero por la otra parte, acelera la riqueza “mal habida” pues funge como vulgar catalizador de la ganancia que recibe quien actúa como “avaro”. No solo por lo “desalmadas” que son personas entregadas a la práctica de tales fechorías. Sino también, por lo “miserable” que igualmente suelen ser.

Donde se instala la usura, se encumbra la ambición, se reproduce el egoísmo, se arraiga la mezquindad. Y finalmente, se propaga la avaricia. Es el problema que padecen países cuyas políticas presumen de lo que lo que no llegan a decir pues, justamente, carecen de ello. Es el mismo problema que reposa en quienes, por ambiciosos, se jactan de lo que no tienen. Y por más que lo hayan aspirado, nunca pisarán aquellas realidades que surtan el efecto deseado.

Es el caso de países de economías emergentes o países en desarrollo. Aunque se hayan planteado, con el mayor esfuerzo posible, alcanzar estadios de desarrollo. Pero ha sido en aras de satisfacer más el ego del gobernante, que compensar la pobreza acumulada de un pueblo hambriento de bienestar y libertades. Es una razón para entender lo que puede descifrar el problema que se plantean, cuando padecen realidades amenazadas por condiciones propias de cuando se vive contaminado por usura y avaricia (en tiempos de crisis).

De algunos efectos de la pandemia, por Antonio José Monagas

@ajmonagas

Por ahora, cualquier intención de adelantarse a las actuales y convulsas realidades puede verse como un evento de temeraria extemporaneidad. Esto, para no decir que sería como apostar a una carrera contra la “incertidumbre” a sabiendas de que ella va a ser la triunfadora de tan atrevida y riesgosa competencia. Particularmente, porque el terreno no es apto para quien busque desafiar a tan poderoso rival.

Y es que en términos de los cambios que habrá de marcar la dinámica social, económica y política del mundo, nada puede predecirse. Es imposible precisar, con exactitud, las consecuencias de la pandemia causada por el coronavirus. Ni en Venezuela ni en ningún otro país, indistintamente del grado de desarrollo alcanzado. La civilización se ajustará a nuevos comportamientos, que resultarán en un nuevo orden socioeconómico y sociopolítico. Indudablemente se forjarán cambios también de las emociones y de la psiquis, al igual que en el modo de demostrar y necesitar el afecto como sentimiento y actitud.

Ideologización de la pandemia

Sin embargo, podría intentarse un ejercicio de prospectiva. O sea, trazar algunas conjeturas que pudieran rayar con escenarios que acerquen al lector a lo que hipotéticamente sería el mundo postpandemia. Quizás una vía expedita para dicho arrojo podría ser a través de un análisis económico, no más sucinto de lo que puede caber en este espacio. Aunque el mismo no estaría exento de los riesgos de asomarlo a la luz pública.

De entrada, debe aclararse que esta osadía compromete variables de ascendencia política y de razón social, pues tocan sensiblemente intereses y necesidades afectadas por la incidencia del coronavirus. Y desde luego, a los correspondientes gobiernos en términos de la gestión política-económica que se pretende llevar en adelante. Con énfasis en lo que respecta al Gobierno venezolano, habida cuenta de que en Venezuela la pandemia ha sido ideologizada por el régimen con el tergiversado propósito de buscar dividendos políticos en el curso de su “atención”.

El régimen venezolano está convencido de que pronunciamientos en dirección del proselitismo en ejercicio, avivaría razones con plena incidencia en lo social que podrían ganarle el espacio que políticamente ha perdido. A esto apuesta alevosa y pérfidamente. Particularmente, en medio de la crisis política, social y económica que ha venido fustigando al país, de manera tan exponencial como la misma incursión del virus.

Sin duda alguna que tan humillante trato puso en vilo a la población al sacudir factores perceptivos. Sobre todo, aquellos propios del ámbito que configuran la seguridad y el bienestar ciudadano. Y esa situación, de fácil exacerbación, hizo crisis inmediatamente. Más, porque la intención del régimen, aprovechándose del carácter sensible de la pandemia, desdijo de derechos constitucionales. Burlados además por la política asumida, toda vez que transgrede derechos que perjudican la salud de la sociedad.

Y fue así cómo el régimen político venezolano, actuando de modo diferente de las acciones emprendidas por otros gobiernos con poblaciones también afectadas por el virus, no entendió a cabalidad todo lo que compromete un ejercicio gubernamental honesto. Una gestión de gobierno que, en nombre del Estado, atendiera debidamente los problemas que, desde un principio, ahondaron los estragos de la pandemia.

No haber comprendido esto hizo que el régimen comenzara a jugar con peligrosos riesgos. Por ejemplo, el de que la población entre en terrenos dominados por la anomia. Y que para explicarlo en una llana acepción, recrudecería la anormalidad que ahora se vive. Se vivirían momentos en el que los vínculos sociales vendrían a debilitarse. Tanto, que la sociedad perdería su precaria fuerza que habría de necesitar para integrar y regular adecuadamente el proceder de los individuos. Y esto sucede con más intensidad en el caso de gobiernos orientados por doctrinas autoritarias y hegemónicas. Es el caso Venezuela.

Siempre las esperanzas serán pivotes de vida

Con todo el caos que problemas de esta índole han causado en el mundo, las reacciones de la economía se ven inmediatamente. Efectos estos que resultan de medidas tomadas con base en trastornos generados por la angustia, la zozobra y la inquietud de las poblaciones afectadas. Sin embargo, en este momento, importantes decisiones económicas y sociales se debaten en la incertidumbre de saber cuándo y cómo podrán procederse actuaciones que mitiguen los susodichos problemas.

De seguro, se verán afectadas las tasas bancarias luego de que las finanzas públicas, ya mermadas, se vean más constreñidas en virtud de los ajustes que deberán hacerse. Los agentes de la economía verán comprometidas sus movilizaciones y transacciones, lo cual podría generar que la economía se agrave y que emerja la temida recesión económica con una fuerza catastrófica. Incluso, más allá de otras restricciones, las brechas que se abren en la mitad de crisis de este rango son de cuidado. Aunque la historia ya las ha conocido y vivido.

Aunque cabe la esperanza que algunos economistas exponen. Explican que el mercado pudiera coadyuvar a evitar la incidencia de duros efectos económicos sin que sea necesario ordenar chocantes regulaciones de las libertades económicas. Así como ordenar la inhabilitación de algunos derechos sociales y políticos. Aunque se ha comentado que el agotamiento que provocará la actual pandemia derivará en agudas conmociones sociales.

Incluso podría establecerse un nuevo orden social, económico y político que conduzca a un modelo civilizatorio concordante con la conciencia ciudadana que habrá de fijarse. O sea, se contaría con un nuevo patrón de actitudes ciudadanas que comprometa procesos de cambios dirigidos a construir una nueva y mejor ciudadanía en todos los niveles que irradie  todo el planeta.

En lo sucesivo, la vida se verá sintonizada con valores hasta ahora arrinconados por la fútil dinámica a la que se subordinan inmensos grupos de población. De hecho, dichos cambios han comenzado a operarse.

Valores relacionados con la identidad, la familiaridad, la solidaridad, la humildad, la paciencia, la confianza y la persistencia, se han instalado en la actitud de muchos.

Los paradigmas están renovándose en función de lo que exalta y exhorta la libertad como condición para renovar capacidades y potencialidades en cada quien. Indistintamente de la formación universitaria que haya podido alcanzarse. Más, cuando muchos de quienes ocupaban los últimos lugares del escalafón socioeconómico han comenzado a ser reconocidos como puntales y fundamentos de actividades y procesos.

De alguna manera, ya están resolviéndose preguntas formuladas alrededor de ¿cuándo y cómo salir de la pandemia en cuestión? Ya se adelantan respuestas relacionadas con el nuevo papel de los partidos políticos, de las asociaciones comunitarias, de las organizaciones civiles, empresas, modelos de empleo, pautas de servicio, nacimiento de nuevas ideologías, nuevos discursos, nuevos procesos de enseñanza-aprendizaje, nuevos modos de comunicación interpersonal, de comunicación social, económica y política.

La geopolítica tendrá nuevos derroteros. La diplomacia se apalancará sobre nuevos conceptos. Asimismo sucederá con teorías del pensamiento y praxis de la economía, la política y de la sociedad. La globalización adquirirá otra dinámica basada en una concepción diferente. La comercialización buscará basarse en nuevos esquemas de relación e integración.

La efusividad del abrazo tendrá un sentido más apegado a valores de moralidad y respeto. Aunque el amor como sentimiento seguirá siendo expresión de ilusiones y esperanzas compartidas. En fin, todo será como el despertar de un sueño algo extraño. Y que podrá activar en el ser humano un comportamiento más conciliatorio con el planeta. El aislamiento inducido por la pandemia habrá devenido en una mejora en la relación hombre–Tierra.

Sin que lo anterior haya agotado la arenga disertada, la última palabra no está dicha. Más, cuando nadie sabe cómo terminará tan grave y terrible crisis, la que para algunos es casi un acto de guerra biológica o de terrorismo político-económico maquinado con cruda saña. Lo que será seguro es que esta pandemia potenciará en las personas habilidades que devendrán en nuevas fortalezas por las oportunidades que se abren. Sin que por ello desaparezcan amenazas y se entronicen debilidades. Es todo un tanto, para hablar de algunos efectos de la pandemia.

El pulso del asesino, por Antonio José Monagas

@ajmonagas 

La incertidumbre escapa al control del hombre sin que, en su proceso indagatorio, pueda manifestar algún apego al conocimiento acumulado a través de los tiempos. De nada pues valieron las conjeturas y sapiencia de quienes se arrogaron alguna capacidad para presumir adelantarse a hechos que caracterizaron realidades que marcaron hitos de pesadumbre. Y a partir de los cuales se evidenciaron disociaciones sociales, políticas y económicas.

Desarreglos estos que devinieron en cambios igualmente sociales, políticos y económicos. Aunque de los mismos emergieron fuerzas indiscutibles que rasgaron verdades. Estas transformaron latentes realidades en expectativas que, con el tiempo, adquirieron un valor tal que no terminó de comprenderse. Particularmente porque, en lo inmediato, las situaciones dieron lugar a nuevos acontecimientos que poco permitieron el debido reacomodo que bien pudo haberse logrado de contarse con el tiempo necesario para implantar una nueva conciencia civilizatoria. Capaz de ordenar la sociedad, sus instituciones y mecanismos de control correspondientes.

Aun cuando en repetidas veces distintas naciones se sumergieron en un mundo mutante, las realidades actuaron en dirección contraria a las presunciones aludidas con base en el egoísmo de quienes ostentaban el poder. Ese mundo, presionado por contingencias naturales y fatalidades provocadas por la testarudez y avaricia humana, así como por la desesperación mostrada por articularse a sistemas sociopolíticos y socioeconómicos que ofertaban un cuadro de atractivas realidades en ámbitos en los que se ha debatido el hombre por ver realizadas sus ilusiones, trajo consigo desgracias de todo tenor, extensión y espesor. Más que logros alcanzados.

Debajo de la movilidad que hacía contorsionar la faz del mundo, se han ocultado asesinos (casi) invisibles. Su peculiaridad para adaptarse a las condiciones del ambiente no ha permitido ser descubierto. Al menos, inicialmente. Y así fue como el mundo, en su afán de animar cambios de toda índole, se vio envuelto en trampas que, su perspicacia mal acuciada, llegó a construir. Trampas estas que no se compadecieron de la potestad de sus constructores. Así que la misma argucia que dieron como resultado la movilidad de las mismas, insumieron al mundo en cada época hasta subordinarlo a la superioridad de pronunciamientos políticos sin que pudiera evitar la desgracia que su misma obcecación provocó.

La historia del mundo se ha paseado por serias eventualidades del tenor antes referido. Como infortunios que los mismos han sido, resultaron profundamente traumáticos.

Y aun así, esas calamidades han seguido suscitándose de tal modo que si bien cuestan entenderlas en su incidencia, asimismo cuestan aceptarlas. Aunque lo peor es que han sido difícil de concienciar a modo de lección aprendida. Los hechos ocurridos así lo atestiguan.

Desde tiempos bíblicos, la humanidad se ha visto abatida por inmensos siniestros que han diezmado la población de forma imprevisible y horrenda. Las últimas, como la peste negra, la gripe española, la fiebre amarilla, la tuberculosis, la malaria y otras epidemias y pandemias, causaron daños descomunales. Unas, con efectos más duros en algunos sitios que en otros. Pero con crudas secuelas al fin.

Ahora ha comenzado a hacer estragos el coronavirus con la COVID-19 que causa. El mismo, a pesar de lo que refiere la historia del mundo sobre eventos de similares características, ha envuelto todo en un enorme desconcierto. Dicha condición ha sido el mejor terreno hallado para cultivar el ensañamiento y rapidez de ataque del temido virus.

Los términos que explican el pánico, el horror, el temor y el miedo en sus acepciones más utilitarias, se extraviaron de su sentido más lato. Tanto así, que la paranoia hizo gala de su presencia. Así, se dispuso a consumir esperanzas y arrasar con espacios en los que se suponía estar arraigada no sólo la fuerza de voluntad necesaria para dominar la incertidumbre como amenaza permanente. Del mismo modo, la templanza suficiente para sobreponerse al dilema que confronta la emergencia en cuestión. Ello, con el perverso propósito de allanar el camino de la victoria por el cual intenta desfilar el maligno microorganismo.

Pero la capacidad de perjuicio del temido virus es mayormente proporcional a su microscópico tamaño. Razón esta por la cual arremete sin compasión contra cualquier individuo. Sin distingo alguno de clase, lugar o condición.

Se pronostica que su letalidad se afincará sobre los ámbitos de la producción, de instancias comerciales, bursátiles y financieras. Es decir, a nivel de la economía en todo su trazado o recorrido. Aunque sus maléficos efectos igualmente dejan advertir que también hará estragos en lo que incumbe a relaciones interpersonales toda vez que comenzó a supeditarse en el miedo, el temor y el pánico. De esa forma, logra someter a la sociedad al sembrar la consternación que sus secuelas finalmente provocarán.

El distanciamiento social inducido hurgará condiciones ocupadas por la intimidad, la familiaridad y la camaradería. Al fin, todos ellas razones que afectarán la socialización como razón de integración social. Su daño moldeará distorsiones en la comunicación y en la cultura, particularmente. Además de efectos colaterales patológicos que puedan avivar la aprehensión entre personas que alberguen sospecha de contagio del otro.

Esta realidad conspiraría contra valores de tolerancia, respeto, solidaridad, empatía y comprensión que sin duda, ocasionaría un completo desprecio hacia todo lo construido en función de la dignidad, la promoción de la prosperidad y de la construcción de una sociedad que actué en equilibrio de cara al bienestar de la población.

Es indiscutible continuar insistiendo en la obligación de respetar la naturaleza, pues en su esencia se hallan enigmas y riesgos capaces de afectar la salud del hombre en todas sus manifestaciones. Lidiar con cualquier presencia natural que habite los ámbitos más recónditos de la realidad, no significa que deba actuarse con la prepotencia que pueda caracterizar la dimensión en la que existe el hombre.

Por encima de cualquier excusa, vale la prudencia, la moderación y la humildad. Sobre todo, cuando resulta inevitable concienciar la vida como soporte de la humanidad y garantía frente al tiempo. Más aun cuando alguna amenaza no del todo conocida o reconocida, pueda imbuirse a través de embates y avatares solapados. O dejándose ver como amenaza disfrazada. Es dar cuenta de que en pleno enfrentamiento, habría que revisar el problema tanteando el pulso del asesino.

 

@ajmonagas

 

La graves crisis que aqueja a Venezuela ha provocado múltiples comentarios cuyos contenidos no terminan de depurar los intríngulis que se han tejido sobre el suelo nacional. Muchos no solo confunden al lector toda vez que quienes opinan suponen razones tan nimias, que solamente avivan conjeturas que no se corresponden con la exacta naturaleza del caos en curso. También hay opiniones que enmarañan la situación, dado que los análisis expuestos lucen redundantes de factores. Pero que además, son causas que si bien se muestran alineadas con la crisis en cuestión, carecen del manejo y precisión conceptual que las mismas entrañan. 

Vale aclarar que, en el fondo, dar cuenta de las motivaciones a partir de las cuales se acentuó lo que en principio fue un problema de estrategia política y económica, fundamentalmente, no es asunto de fácil explicación. Menos, si se busca la funcionalidad de la estructura sobre la cual se adosa la crisis. De sus articulaciones con ámbitos colindantes a la susodicha crisis. Asimismo, con elementos que confabulan en perjuicio de esfuerzos planteados alrededor de su contracción. Aunque cabe reconocer que más que dificultad en la explicación, el problema radica en entenderlo. Y en su comprensión, descansa cualquier inferencia que de la crisis pudiera erigirse. 

Sin embargo, la historia permite advertir consideraciones que han sido periódicas tanto como insistentes. No solo como secuelas de hechos contraproducentes. Igualmente, como condicionantes lo que ha repercutido en cuanto a la inducción y consolidación del problema propiamente. De manera que, en su esencia, esta o cualquier crisis que haya mellado la sociedad en alguna forma, tiene la capacidad para provocar carencias o agravios. Y de estos, se aprovecha el poder dominante para manipular complicaciones que detrás de todo, generan ganancias políticas. Y que de ser bien administradas, le proporcionan al poder dominante los dividendos suficientes de los que luego se sirve para infundir el temor necesario sobre el cual estriba el manejo político de la crisis. 

Y que esto no es otra cosa que el HAMBRE. Más, cuando se presenta asociado a la pobreza. Pero aunque del “hambre” se han levantado infinitas consideraciones, no siempre su explicación ha recorrido parajes contagiados de las afecciones del poder. Tampoco, por canales cundidos de podredumbres de la política. O de las argucias de la economía. Por esos ámbitos, no circula el “hambre” ya que las respuestas que de los mismos derivan, serían incapaces de descifrar el problema con base en la verdad, la justicia, la libertad y la igualdad. 

Hay que saber que cuando el hambre arrecia, se nubla el pensamiento. Y esa condición es la que aprovecha el poder para dominar a sus anchas y a merced de sus intereses. Por ello, reparte migajas. O para imponer sus decisiones, hace ofertas que se desvanecen al primer asomo de lluvia. Y en eso, el autoritarismo se las sabe todas. Igualmente el socialismo pues como decía Winston Churchill, “(…) su virtud inherente es la distribución igualitaria de la miseria”.

 

Por eso el populismo y la demagogia, en el fragor de lo que se plantean regímenes de oscuridad, intolerancia y engaño, manipulan a la población con discursos que rebasan realidades y transgreden verdades. De esa forma, sus deleznables economías movilizan disposiciones sin que las realidades descubran su verdadero contenido. En consecuencia, aparentando que se tiene un horizonte de impoluta imagen, toda gestión autoritaria o totalitaria termina provocando destrozos y corrupciones ocultas. 

Es ahí cuando se vive una sensación de sarcástica perplejidad toda vez que no hay forma de explicarse, con la contundencia del caso, la contradicción que se percibe del problema inducido por el poder dominante al infundir el ocio como recreación en medio de una celebración abultada por la publicidad y la propaganda. 

Eso termina siendo un vulgar ejercicio de control social mediante el cual todo régimen político, indistintamente de su condición ideológica, busca aliviar los padecimientos de aquellos sectores de la población de menores recursos y mermadas capacidades para superarse. Por tanto, propone medidas de política indolente, con base en espectáculos de gran impacto publicitario, para infundirle algún sentido a ilusiones y fantasías que hacen soportable la infeliz conciencia de pobreza bajo la cual estos sectores de la población viven.

El carnaval, las escandalosas ferias de pueblo o los días de asueto decretados populistamente por el régimen abusador, en virtud del oportunismo con el que desata sus medidas, son algunos de esos ensayos de los cuales se vale la política de minúscula condición para inducir ficciones de abundancia y felicidad sin que las realidades se compadezcan de tan desvergonzadas y utilitarias consideraciones.

Tan paradójica quimera inyecta, en la actitud de quienes son víctimas de tan burdas presunciones, el facilismo y la ociosidad como razones que sirven al populismo para aumentar su cuota de permanencia en la conciencia política de esas personas. Y por consiguiente, como factor que acentúa la ceguera ante la pobreza que se arrastra como problema social y económico. Por eso que a la política de “medio pelo” le resulta conveniente arrimar su gestión de gobierno a eventos que apunten siempre a animar una celebración. Solo que bajo el autoritarismo hegemónico, como el que padece Venezuela, es reiterativo el hecho humillante de observar siempre toda una celebración con HAMBRE.

Bajo los embates de una oscura realidad, por Antonio José Monagas

Muchos de los cambios que ha vivido Venezuela en lo que va de siglo XXI, devinieron en retrocesos que desvirtuaron la idiosincrasia de una sociedad. Sociedad ésta que, de alguna forma y en algo, quiso dirigir el timonel hacia la dirección que apuntaba al desarrollo económico y social tantas veces expuesto por intelectuales, académicos y dirigentes políticos. Siempre, con la pretensión de infundir el ánimo que desde siempre tan gigante tarea ha requerido. De eso, no cabe duda alguna.

El error estuvo en que quienes buscaban irradiar al país el mensaje que comprometía tan importante cambio de rumbo, no convencieron. No persuadieron. Y dicho problema, tuvo distintas razones. Algunas de las cuales siguen marcando la actitud y disposición no sólo de actores que pretendían moderar en situaciones azoradas por contingencias sometidas por condiciones de pobreza, de inseguridad, de hambre. También, dada la ausencia de proyectos de avance que pudieron provocar el despegue necesario o suficiente del rezago  ético y moral. Pero no lo consiguieron. Y aunque suene paradójico, es el problema mayor que ha caracterizado a Venezuela. Incluso, desde el siglo decimonónico hasta el presente.

Sin embargo, no puede descartarse o dejar de reconocer que la sociedad venezolana dio un vuelco en su conducta. No sólo en lo social, o político. Igualmente, en lo familiar y personal. Conducta ésta que si bien destaca un resultado que implica cambios en su percepción política frente a la crisis inducida por la destemplanza de un régimen indolente, del mismo modo deja ver problemas que se manifiestan en comportamientos egoístas que dañaron el carácter magnánimo y solidario del venezolano. Individualismo éste que, además,  trabó el esfuerzo educacional que venía lográndose desde la escuela pública y las universidades nacionales en provecho del desarrollo en el sentido más decidido de la palabra. Particularmente, desde los años setenta.

Muchos conocen de las grandes crisis y transformaciones ocurridas en el ocaso del siglo XX. Incluso, en lo que va del actual. Pero de ahí a reconocer sus magnitudes y consecuencias, es otra cosa. La diferencia es significativa. Pareciera no haber conciencia de que una de las razones ideológicas primordiales que determinó la historia política, social y económica del mundo, ya no es la misma. Esa razón, se mutó en su condición y forma hasta adquirir nuevas manifestaciones por las cuales dejó de ser lo que había sido hasta ahora para convertirse en algo diferente. En una nueva razón que implicó gruesos cambios.

Esa mutación alteró el campo de análisis de las ciencias sociales, políticas y económicas. No obstante, sus efectos siguen escurriéndose y escondiéndose entre variables omitidas cuyo impacto se tornó en incógnita de una ecuación poco notada. Sin embargo, quienes hoy se han disfrazado de gobernantes, nada saben a ese respecto. Por tanto, sus decisiones causan más estrago que los resultados que sus discursos comprometen. 

La mayor cuota de ideas sobre las cuales esos personajes de marras, en nombre de “doctrinas libertarias” cundidas de un imberbe socialismo o desnaturalizada concepción política de lo que su enunciación abarca, se corresponden con esa disociación que, además, raya con una absurda bipolaridad política cuyos perjuicios tienen en crisis a buena parte del mundo. 

De las complicaciones surgidas al calor de tan grotescas fracturas, se forjó una nueva situación montada en la ola de nuevas realidades. Realidades éstas que a decir de Peter Drucker, “(…) son distintas de las que las cuestiones sobre las cuales siguen escribiendo libros y haciendo discursos los políticos, los economistas, los eruditos hombres de negocio y las dirigentes sindicales”.

Ya para entonces, aseguraba Drucker, quien era profesor en la Escuela Claremont de Postgrado, California, que prueba convincente de tan mayúsculo problema, “(…) es el profundo sentido de la irrealidad que caracteriza gran parte de la política y de la teoría económica de nuestro tiempo”. Justamente, es lo que refleja la actualidad cuando se advierten los trastornos, desgracias y decadencias que arrasan con la moralidad a través de la corrupción. Con la ética, mediante los desarreglos provocados por las confusiones de actuaciones impúdicas de gobernantes incapaces. Y con la razón, a través de la desesperanza imbuida por la represión, el chantaje y la opresión de la gestión de regímenes autoritarios y totalitarios. 

Venezuela no ha escapado de este género de desavenencias y atiborrados conflictos. Todo esto, ha afectado formas de vida que se mantuvieron vinculadas a profundas culturas ideológicas que daban cuenta de un orden mundial que de alguna manera, casi siempre demostró eficacia. Pero ahora, las realidades muestran una cara temible y terrible. Y justo, ante tal inquietud, vale preguntarse si acaso ¿Venezuela se atoró en la mitad de tan frustrante situación?. Pues de ser cierto, no habría duda al inferir que Venezuela está hundida bajo los embates de una oscura realidad.