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Antonio José Monagas

Sin la careta de “demócrata”…por Antonio José Monagas

El término “inmunidad” tiene entre sus acepciones, dos de capital trascendencia. La que compromete su significado con la ciencia médica. Y la que explica la ciencia política. Tanto así, que se habla inmunidad natural, activa, pasiva, congénita, artificial, adquirida y adaptativa. Aunque son tipos justificadas por la Medicina, en aras de justificar respuestas orgánicas, igualmente la Política ve en cada tipo una razón para considerarlas como pertinentes del ejercicio político. O sea, son determinadas en razón de los momentos a que corresponde su aplicación. En un todo, según la situación que en lo particular requiere su manejo o beneficio.

Cualquiera de sus acepciones, supone protección contra adversidades. Ya sean las mismas de naturaleza orgánica o fáctica. Es decir, relacionadas con la salud o con la política. Pero siempre, alcanzadas en la cotidianidad bajo la cual el hombre busca desarrollarse en términos del afianzamiento de sus funciones, capacidades y potencialidades.

En el ejercicio de la política, la “inmunidad” nace como necesidad de ordenar la regulación del poder político a los fines de garantizar la separación o independencia de poderes. De hecho, su consideración como factor de equilibrio de los procesos que articulan la institucionalización de la democracia política, hace que sea vista como principio que caracteriza el llamado “Estado de Derecho”. Así que en la “inmunidad”, particularmente en la “inmunidad parlamentaria”, se tiene el mecanismo político que fija la organización que del Poder Público Nacional. De ahí que la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, lo asume cuando refiere lo atinente al Poder Legislativo Nacional. Su artículo 187, parágrafo 3, dictamina entre las funciones de la Asamblea Nacional, la “de control sobre el Gobierno y la Administración Pública”. Asimismo, los artículos 222, 223 y 224, son enfáticos a ese mismo respecto: funciones de control.

En virtud de tan necesarias consideraciones, el artículo 200 constitucional destaca la condición de “inmunidad” de la cual gozarán los diputados a la Asamblea Nacional “(…) desde su proclamación, hasta la conclusión de su mandato o la renuncia del mismo”. En caso de delito cometido por el legislador, el Tribunal Supremo de Justicia, ordenará “(…) previa autorización de la Asamblea Nacional (…)”, su detención y respectivo enjuiciamiento. Más aún, dicho precepto es enfático cuando establece que cualquier funcionario que viole la inmunidad de algún parlamentario, “(…) incurrirá en responsabilidad penal y será castigado de conformidad con la Ley”

Entonces, ¿qué ha pasado con la interpretación del articulado constitucional toda vez que busca ser categórico al momento de instar los debidos controles y contrapesos responsables de hacer más iguales los distintos poderes sobre los cuales se cimienta un sistema de gobierno de talante democrático? ¿O es que estos gobernantes de marras no entienden lo que suscribe el Estado democrático y social de Derecho y de Justicia referido por el artículo 2 constitucional? ¿Acaso la ignorancia de la ley consiente o avala que estos gobernantes hagan lo que estiman como provecho personal, o según lo dicten las circunstancias?

Cuidado pues con interpretar la Constitución en contra del propio texto constitucional. Aunque pareciera que es lo que hacen pues no se justifica aprobar lo que el país entero observa con estupor. En medio de esta situación, pueden observarse resultados tan absurdos, como absurdo luce un revolucionario jugando a la justicia y la verdad. Frente a tan contraproducente paradoja, es fundamental insistir en contrarrestar los desequilibrios causados por contingencias azuzadas por la impunidad propia de desordenes inducidos por la anomia que reina en Venezuela desde que el régimen, en 1999, se da a la tarea de trastocar derechos humanos y libertades fundamentales. Sobre todo, en aquellos casos en que las realidades se encubrieron de mentiras para justificar medidas represivas que han sobrepasado la cordura y la armonía de la que tanto exponen discursos políticos colmados de visos populistas.

La represión, en los últimos tiempos, ha recrudecido en virtud del temor del régimen a verse defenestrado a causa de la ausencia de legitimidad de desempeño y de origen que pesa sobre su funcionamiento. Esto, induce a activar ideales que en otrora marcaron hechos libertarios. La historia política contemporánea, es fiel testigo de todo cuanto sucedió. Incluso recientemente, cuando los hecho retrataron acciones que se dieron en aras de cuajar reivindicaciones dirigidas a consolidar la democracia como sistema político. Pero las tendencias  torcieron esfuerzos apuntalados sobre crasas motivaciones de poder político.

Lo que viene caracterizando el discurrir político venezolano, evidencia el carácter controvertido de los eventos que se depararon de la inercia revolucionaria. O sea, la represión convertida en lugar común o punto central de la agenda diaria del régimen ante el temor de verse aislado del poder. Por razones de simple egoísmo, entendido cual venganza de cobarde intimidado, dejó de considerarse la Asamblea Nacional como instancia deliberante y representativa por excelencia de la soberanía popular. Desde entonces, pretendieron sustituirla por una entelequia con el remoquete de “Constituyente”, sin que su praxis respetara el ordenamiento jurídico nacional al saltarse (a la torera) el ejercicio democrático de la voluntad popular.

En la actualidad, las deliberaciones que ocupan el tiempo de tan manida Constituyente, se ajustan al odio cual cólera de los débiles. Es así que sus turbadas actuaciones y decisiones, pusieron al borde de cualquier descalificación el cuadro militarista adelantado por las chapucerías del régimen. En consecuencia, sus ejecuciones, siempre equivocadas y desnaturalizadas, desconocieron el alcance del concepto de “inmunidad parlamentaria”. Razón por la cual, el régimen quedó al descubierto al dejar que se hicieran públicas sus marranadas. O sea, procedió a que sus decisiones y acciones se vieran al desnudo. Que se evidenciara su perversidad. Pero peor aún, sin la careta de “demócrata”.

 

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¿Lealtad es sumisión?  Por Antonio José Monagas

La crisis política que sumió a Venezuela en el tremedal que ahora sus realidades conllevan, da cuenta de una narrativa política con la cual se busca no sólo desnudar de virtudes a quienes tienen en la dignidad una medida de vida honesta. Pero también, plantea someter a quienes suponen equivocadamente el deber como un acto ciego de fatua obediencia.

Tan serio problema, tiene desquiciado al régimen usurpador al momento que el oportunismo le ha brindado el tiempo necesario para esquivar las determinaciones de una verdadera justicia. Pero como dice la sapiencia popular: “no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista”. De manera que en aras de tan obvia verdad, tan absurda situación tiene su tiempo contado. Y de forma, regresiva.

Si tan cierto y seguro es que sólo el tiempo posee la capacidad de poner al descubierto la naturaleza humana, más cuando ésta conspira contra las libertades que otorgan al hombre el poder de volar por encima de las contingencias, entonces no cabe duda alguna en reconocer el carácter inexorable de la política. Particularmente, cuando su ejercicio recurre a maniobras que apelan a la perversidad para lograr objetivos innobles, injustos y escabrosos.

La desesperación del régimen, toda vez que ha concienciado la usurpación de la cual se ha aprovechado para sustentarse en el poder político nacional, lo ha llevado a conducirse sobre un sinfín de manipulaciones con la firme intención de continuar enquistado en el poder. Sin que ello sea razón para comedir las consecuencias que sus abruptas decisiones pueden causar. Aún, a sabiendas de la fatalidad que sus actos administrativos provocan en el seno de la sociedad a la cual, política, social y económicamente, literalmente se debe.

Aunque lo peor, es que hay conciencia sobre el problema que representa la precaria cultura política de una población para la cual, su recorrido por el tiempo le desgasta no sólo sus más cándidos sentimientos. Sino además, el recuerdo sobre el cual descansan pensamientos e ideales. Y es ahí, donde precisamente, sabe hurgar el irreflexivo régimen para fraguar sus inmundicias ideológicas convertidas en gruesas manipulaciones que al final terminan haciendo de virtudes, apretadas obscenidades. Tales como hacer del concepto de “sumisión”, un cuasi homólogo de “lealtad”.

A esto busca empujar el ejercicio de la política que acusa el régimen bolivariano cuando pretende forzar el significado de “lealtad” o confundirlo con el “sumisión”. Así lo intenta,  sin entender que entre ambas acepciones existe un magno océano de diferencias. No sólo de tipo hermenéutico. Además, de índole semántico, axiológico, epistemológico y etimológico. Sin embargo, la inercia militarista, imbuida en razones autoritarias, autocráticas y totalitarias, acontecidas por el miedo que infunde el hecho de saberse más allá que de acá, por lo que vislumbra su avecinada e inevitable defenestración, buscan enmarañar la acepción de “lealtad” utilizando de por medio el miedo como recurso de desmoralización.

La “lealtad” que vociferan estos gobernantes de marras y descompuesta clase militar, es intimidante. Quieren utilizarla como sinónimo de “sumisión” toda vez que buscan alcanzar una obediencia exenta de la capacidad de reflexión capaz de entregarle al individuo razones para saber el rumbo que los ideales políticos y morales le confieren a su vida.

Cuando la “lealtad”, indebidamente comprendida y aplicada a consecuencia del efecto que le acarrea suponerla como un alucinado acatamiento, se convertida en la vía que utiliza la intransigencia de un obsesivo militarismo, al mejor estilo prusiano, para actuar desde la emocionalidad que se induce en el fragor de un pensamiento disminuido o debilitado. Es el caso en que la “sumisión” resquebraja la “lealtad” haciéndola una palabra sin contenido.

Esa orden que constriñe al soldado a gritar: “leales siempre, traidores nunca”, así como otros alaridos manchados de política burda, actúa como un sistema de relojería en reversa. Es decir que lejos de coordinar fecha y horario, torna inconexos los elementos del tiempo desvirtuando su propiedad de revelar siempre la verdad. No se tiene claro el horizonte dialéctico en el cual se mueve el concepto de “lealtad”. Ni siquiera cuando el diccionario de la RAE, la define. Y que la concibe como “1. Cumplimiento de lo que exigen las leyes de la fidelidad y las del honor y hombría de bien. 2. Amor o gratitud que muestran al hombre algunos animales como el perro y el caballo. 3. Legalidad, verdad, realidad”.

Si la “fidelidad” es respeto, constancia y abnegación, conjunción difícil de considerar en medio de las adversidades que caracterizan la actual política nacional, y el “honor” es el ejercicio de la virtud razón por la cual riñe con la corrupción que galopa por toda la administración gubernamental, entonces no es difícil inferir que la “lealtad” se aparta cómodamente de cualquier actitud expuesta ante las tentaciones del poder. Sobre todo, cuando dicho poder es articulación entre el despotismo y el miedo que al final de todo proceso condensa razones que le imprimen esencia a cualquier régimen que guíe sus pasos por el autoritarismo totalitario. Y el venezolano, es uno de ellos.

Pareciera que “lealtad” está más sujeta a la acepción que la RAE describe como la cualidad que apega los animales a sus amos. Y en política, esta consideración luce más cercana de lo que realmente busca ser en un contexto más laxo. Por eso, cuando el régimen socialista venezolano exalta la “lealtad” como un recurso político mediante el cual violenta su aplicación reduciéndola como valor moral a un plano de “sumisión” que roza con la “humillación”, se cae en la tentación de semejarla a una descubierta condición de obediencia para demostrar compactación ideológica. O sea, en el argot populachero, solamente “sensación” de fuerza unitaria. Aunque al parecer, muchos piensan que para el régimen usurpador venezolano acaso ¿lealtad es sumisión?

Antonio José Monagas

EL PODER político es al ámbito desde el cual se moviliza la política. Su tenencia, no es exclusiva del manejo de la política que dinamiza la actuación de gobierno. Toda persona, se hace de una cuota de poder político por dos razones fundamentales. Primeramente, porque el hombre en esencia es un ser político. Cada elección que hace con base en sus preferencias, las realiza a partir de lo que son sus intereses y necesidades. Ya lo manifestaba Aristóteles cuando asintió que el hombre es un animal político. Habló de él endilgándole el calificativo de “zon politikón”. Razón ésta que le permitió justificar su condición gregaria en medio de toda sociedad, colectividad, comunidad u organización.

En segundo lugar, porque sus intereses y necesidades han de conducirlo a elegir el objetivo que luzca más conveniente o más convincente desde su conocimiento o su vivencia. Y es ahí cuando, ante la disyuntiva que las circunstancias o coyuntura le provee, asume el poder político para validar y enfatizar su elección, desde su razón o propuesta. O bien porque se sumerge en una diatriba y el tiempo le exige, irrevocable y taxativamente, su decisión más inmediata. Aunque muchas veces, dicha situación lo lleva a sacrificar la reflexión en aras de la inmediatez, urgencia o prioridad. Su resultado, puede lucirse cual “golpe de suerte”. O también, derivado del carácter comedido de la determinación tomada.

Sin embargo, el problema es otro cuando ese mismo poder político es manejado con los recursos de la política gubernamental. Tanto como en el espacio en que se debaten las decisiones que configuran el discurrir de la dinámica política. Es lo que caracteriza el estilo convencional o tradicional de hacer política. Sobre todo, en países que se hallan subyugados por las imposiciones de un subdesarrollo dominado por las debilidades de la democracia o por las apetencia de un populismo demagógico.

Es el terreno en que la política se hace mediante la exposición de emociones que se traducen en actitudes de soberbia. O de complicidad con hechos bochornosos, como el de la corrupción que permea todos los niveles de gobierno. O de fútil encrespamiento que se manifiesta ante la inadmisible posibilidad de equivocarse frente a subalternos que, incluso, pueden tener mejores credenciales y méritos que quien lidera la función o nodo estratégico del cuadro organizacional de gobierno.

Cualquiera de estas tres actitudes, comprometen a gobernantes incapaces de reconocer en el subalterno o contraparte, razón alguna que pueda considerarse en función de hacer más funcional la situación problematizada o cuestionada. Y ante la cual, algunas veces, excepcionalmente, se ha dispuesto alguna movilidad de capacidad y recursos apostando al hecho de ofrecer un resultado alineado con las expectativas y requerimientos manifestados de cara al problema en curso.

Es ahí cuando sin advertir los problemas que por estas razones se acumulan, o que surgen de condiciones similares a la arriba mencionada, se obtienen resultados de una mediocre gestión de gobierno. Tanto, que decepciona y desilusiona. Entonces, salta acá la pregunta: ¿qué pasa con estos gobiernos que, pese a que se endilgaron condiciones que garantizarían resultados cónsonos con la oferta electoral, sus resultados son trágicos? Y por qué al final, ¿no lograron resolver los problemas elementales que aquejan a la población en general?

No es fácil que un gobernante, indistintamente de haber alcanzado el poder en medio de una confrontación condescendiente con valores políticos, morales y éticos, se muestre obstinado ante la razón que pone en evidencia la íntima relación entre planificación, gobierno, política y gerencia. Este desconocimiento, propio de este tipo de gobernante, da paso franco a problemas que impiden el mejor desenvolvimiento de soluciones aportadas por la teoría de organización, de planificación y de la teoría política.

En medio de consideraciones que se tornan meras contradicciones, se tranca cualquier posibilidad u oportunidad con la que pueda contar el gobernante para zafarse del enredo que su desconocimiento ha causado. Quizás, involuntariamente. Pero es acá, cuando el gobernante cae en problemas relacionados con la desorganización a nivel de discusiones, con la elaboración de decisiones, con la prepotencia de él o de algunos de los miembros del Despacho ante situaciones imbricadas con realidades que no terminan de explicar o diferenciar. Con problemas cuyas razones se encuentran alejadas de conceptos, metodologías e instrumentos de análisis capaces de otear causas y efectos de un mal gobierno.

Se plantea pues un conflicto que no es fácil advertirlo toda vez que se trata del enfrentamiento entre lo circunstancial y la objetividad u ecuanimidad de la cual se vale la teoría para allanar la arbitrariedad e improvisación como condiciones de cualquier realidad. O porque saben tentar al gobernante cuando el poder político se encapricha con la presunción de quien cree tener la capacidad suficiente para solventar la multiplicidad de problemas que son parte del mundo de gobierno. Sobre todo, cuando se reconoce que dicho mundo está atestado de contrariedades que se bandean, particularmente, entre ironías, astucias, argucias y envidias…

 

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Emisoras que idiotizan, y otras que ideologizan, por Antonio José Monagas

HACER CULTURA, o como también suele decirse: inculturizar, no es un asunto fácil. Ni en tiempo, ni en procesos o mecanismos aplicados a tal respecto. Sobre todo, cuando el objeto a culturizar ha sido víctima del facilismo o del derroche de recursos que ha derivado de vicios practicados por equivocadas gestiones gubernamentales. Entre otros, el estatismo, el presidencialismo, el centralismo y el partidismo. Todos en franca comunión con el populismo o paternalismo extensivo, aplicados como criterios de gobierno con el impúdico propósito de ganar el espacio político que asegure la continuidad en el poder.

Soportado sobre esas prácticas, los gobiernos que han detentado el poder político en lo que va de vida republicana nacional, no han escapado de haberse resbalado y postrado ante dicha tentación. El estilo demagógico de hacer política, no ha dejado de ser furibundo cómplice de cada gestión pública. Unos con mayor descaro que otros.

Pero si bien, a medir por los efectos de lo que ha sido representativo del marcado desarreglo que tales comportamientos han acarreado en la organización política del país, tanto como en la mezquina distribución de las capacidades del sistema político, lo cual se evidencia por la concentración de poder obtenida en sectario beneficio, el régimen mal llamado “socialista bolivariano” ha sido el peor de todos. No sólo al considerar el descalabro que sus medidas han ocasionado. Sino también, por la suerte de contradicciones que en su devenir se han acumulado. En un todo, vinculadas al resentimiento del cual da cuenta cada declaración o manifiesto proliferado con el exacto asomo de soberbia, repugnancia y antipatía que distinguen cada imposición. Además, legalizadas a fuerza de chantajes.

No conforme con eso, el régimen socialista en su afán de enquistarse, ha buscado apoyarse en el influjo de la labor informativa de sus medios de comunicación. Medios estos, resultados de azarosas o violentas expropiaciones. Cuando no, establecidos con recursos habilitados en la excusa de constituir una base de información mal llamada “comunitaria”. Con base en tan alevosa idea, ha cercado el resto de medios de comunicación mediante la oprobiosa censura o la vulgar y cobarde amenaza de constreñirlos mediante la restricción de papel periódico, en caso de los medios impresos. O de tiranizar  la transmisión, en el caso de los medios radioeléctricos. La denominada Ley Resorte, es prueba fehaciente de tanta inmundicia organizada.

Los medios libres, apresados por tan patibularias condiciones, se han visto sometidos por la abulia. Aunque producto ésta, de la coacción que opera el régimen a través de su oficina secular cuya función es la de inhabilitar, suspender o impedir la labor comunicacional afianzada en libertades civiles. Fundamentalmente, aquellas relacionadas con el derecho que tiene todo venezolano a “expresar libremente sus pensamientos, ideas u opiniones de viva voz, por escrito o mediante cualquier otra forma de expresión y de hacer uso para ello de cualquier medio de comunicación y difusión, sin que pueda establecerse censura” (Del artículo 57 constitucional) Más, toda vez que la misma Constitución asienta que “la comunicación es libre y plural” (Del artículo 58) lo cual es propio al considerar que “toda  persona tiene derecho a la libertad de conciencia y a manifestarla” (Del artículo 61).

Sin embargo, así no ha sido entendido. Mucho menos atendido. La contingencia que derivó de los sucesivos y desastrosos apagones a que la inapetencia gubernamental llevó en lo que respecta el mantenimiento preventivo y correctivo de los sistemas de generación, trasmisión y distribución de electricidad provenientes de los sistemas de potencia nacional, evidenció el desvirtuado sentido de una información responsable apegada a la veracidad de los hechos que devinieron en tan serio problema nacional. Problema éste que convirtió a Venezuela en un cuadro de absoluta improductividad, donde el ocio fue razón para que el país completo terminara de desmoronarse. Sin servicios básicos que brindaran algún nivel de calidad de vida. Pareciera que lo hubieran arrastrado a los siglos del oscurantismo. Ellos, signados por tiempos sombríos, infructuosos y estériles.

No obstante, el problema no sólo fue el caracterizado por la retahíla de barbaridades asumidas como realidades disfrazadas de “guerra eléctrica”, “guerra electro-magnética”, “guerra teledirigida”, “bombardeo cibernético”, “asonada terrorista”. Como si el país careciera de capacidades en materia de ingeniería hidráulica, eléctrica, ciencias físicas, biológicas  y otras ramas condescendientes y comprensivas del colapso vivido.

Fue también problema, el protagonizado por quienes desde los escasos medios de comunicación que tienen capacidad técnica para proyectarse por encima de las circunstancias, se valieron de trasmisores secundarios o de relevo para radiar información  que resulta o irrespetuosa del sentido común, o del conocimiento técnico que muchos venezolanos ostentan dada su formación universitaria o experiencia.

Primeramente, cabe cuestionar los excesos cometidos por medios comunitarios o afectos al régimen, a manera de adular a gobernantes usurpadores en sus criterios obtusos y fantasiosos, dieron cuenta de la precariedad y ausencia ética de quienes se arrogan funciones “periodísticas”.  Simplemente, son medios serviles a los oscuros intereses del régimen en su pérfido afán de apagar las verdades. Fueron emisoras que entre tanta información pueril manejada, se dedican a ideologizar al radioescucha.

Pero por otra parte, ocurría en contrario en otros medios de información. Y ello igualmente desdice de la información y comunicación responsable. Así como lo que concierne al respeto por valores éticos y deontológicos del periodismo (radial). Estos, no sólo desperdigaron la oportunidad de informar oportuna y verazmente toda vez que el miedo infiltró sus gargantas. Sino que el tiempo al aire, lo coparon con música alborotadora tal y como si de una diversión se tratara. Estas emisoras, mostrando un comportamiento indiferente, idiotizaban al radioyente.

Dicho tal como enuncia  el titular de esta disertación. El país, en medio del tormento al que se ha expuesto por causa de la ausencia de un servicio eléctrico estable, eficiente y eficaz, que para nada no resulta gratis, se encuentra cada vez más supeditado al dilema: idiotización o ideologización. O sea, la disyuntiva ocasionada por una absurda y contradictoria “puja radioeléctrica” entre emisoras que idiotizan, y otras que ideologizan.

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De torpeza en torpeza, por Antonio José Monagas

SEGÚN LOS IMBÉCILES, el mundo es un espacio en el cual cada fracaso debe suceder a otro. Pero de mayor contundencia. De esa forma, de acuerdo a esta personas embotadas por ideas que no terminan de compendiar, el fracaso fortalece la temeridad de los necios. Por eso, los imbéciles sumados a los idiotas, son cada vez mas dados a actuar desde un ejercicio de política de bajo espectro. Por eso, casi siempre, esos gobernantes así caracterizados, o son o se las dan. O en el peor de los casos, se rodean de personajes suscritos a cualquiera de estas categorías culturales.

Entre las equivocaciones, imprecisiones y rarezas que cualquier persona pueda cometer, aunque sea adrede, su efecto no será del tamaño o de la vastedad de aquel que pueda consumar o perpetrar el imbécil, el idiota o el necio. La diferencia estriba en que los errores de quienes por ilusos, soñadores o idealistas puedan consumar un yerro, en comparación con los cometidos por el grupo de imbéciles, idiotas o necios, está algo cercana a alguna verdad de Perogrullo. Pero que no por obvia, pudiera dejar de contener un ápice de argumento de posible contundencia ante un problema de profunda consideración.

También pudiera ser que alguien defienda aquella tesis planteada alrededor de la vivencial hipótesis que hasta de las propias torpezas, cometidas en un momento particular, puede aprenderse a vivir. Sobre todo, si las mismas son capaces de brindar alguna idea, percepción o experiencia que pueda convertirse en conocimiento de posible aprovechamiento. Pero esto no ocurre en el caso de esos personajes de marras empeñados en caerse para no levantarse seguidamente.

En política, las torpezas tienen consecuencias incapaces de funcionar distintamente de las que escasamente pueden conseguirse en la imbecilidad, la idiotez o la necedad. O sea, desde la torpeza. Por eso se dice, que nada hace mejor a un gobernante dictador, tirano o militar disfrazado, que el estilo torpe utilizado a manera de bitácora.

Esto es exactamente lo que retrata la crisis de gobernabilidad que enterró al gobierno venezolano hasta el mismo momento en que presumió ser legítimo. Aunque la necedad había ofuscado los criterios aducidos para gobernar y que terminaron por sofocar cualquier ápice de razón con la que, hasta un cierto tiempo, pudo justificarse en el poder. Pero siempre actuando a la sombra de la torpeza. Sobre todo, cuando consiguió en la torpeza la fuerza para atropellar todo cuanto tuviera la marca de democracia representativa.

Haber intentado cambiarla por lo que llamó democracia “participativa y protagónica”, no le prestó las indulgencias que pretendió conseguir para purgar los pecados por omisión. Asimismo, los errores cometidos discrecional, escrupulosa o sigilosamente. Aunque errores al fin, sirvieron de mampara al modelo que fue elaborándose durante los primeros doce años y que luego fueron perfeccionados  en términos de la malignidad contenida. Así se sirvió de tan maléfico manual para terminar de desgobernar al país. Y que a manera de disfraz ideológico, le llamó: socialismo del siglo XXI.

Armados de una desventurada vocación de sacrificio encubierto mediante una narrativa que buscaba confundir como medio de engaño, el aludido socialismo, más parecido a cualquier estilo político del oscurantismo del siglo XI bajo una oscuridad deliberada, estos engreídos gobernantes creyeron que todo vendría a favorecer sus eventos y acciones.

Pero en política, es posible pasar inadvertida la misma piedra causante de las repetidas caídas. Y aunque esto no es fácil evitar, es cuestión de análisis de cualquier gobierno que se precie un tanto de su talante, lo cual no es propio de gobiernos autoritarios. Menos de regímenes totalitarios.

Fue así como el gobierno socialista, supuestamente inspirado en el ideario bolivariano, asunto éste que no resulta del todo convincente, prefirió gobernar “a la torera”. O sea, evitando que sus procesos de elaboración y toma de decisiones se hicieran del conocimiento del país. Es decir, impuso sus decisiones amparado en la práctica alevosa de justificar, la gestión pública emprendida. Así lo hizo a costa de cualquier precio. Peor aún, siempre estructurando su discurrir de torpeza en torpeza.

Una nueva lógica política, Antonio José Monagas

EN VENEZUELA, EL JUEGO POLÍTICO CAMBIÓ. Ni siquiera las contingencias recién vividas a consecuencia del colapso sistémico provocado por el blackout eléctrico, informativo y comunicacional nacional acontecido durante cinco días consecutivos. Las realidades tomaron otro rumbo. Ya no son aquellas inducidas por la violencia o la intimidación. Las tendencias fijaron una nueva ruta por la cual trascender entre un estado de barbarie y un estado de progreso y bienestar. Enero fue tiempo que marcó un corte o interrupción a mitad del trasegado camino por el que venía movilizándose el país democrático.

Aún cuando, los hechos políticos sucedidos a consecuencia de la juramentación del diputado presidente de la Asamblea Nacional, como presidente encargado de Venezuela, dada la falta absoluta de presidente de la República según lo establece el artículo 233 constitucional y sumado a la declaratoria de la Asamblea Nacional sobre el respecto y al fraudulento evento electoral del 20-M 2018, que terminaron por definir la falta absoluta de quien debería presidir al Estado venezolano, determinaron una escisión de extraordinarias características. Dichos eventos, sentaron un definitivo marcaje histórico.

El llamado “chavismo” entendido como ideario asociado a lo que pudiera considerarse una vacía “revolución de corte socialista”, no sólo se topo con la “horma de su zapato”. Sino que más allá de lo que dicha situación derivó, el oficialismo gubernamental venezolano comenzó ha advertir serias trabas en su gestión.

La arrolladora fuerza política que ha resultado ser el arrojo temerario del diputado Juan Guaidó, ha sido exactamente del tamaño que se necesitaba para medirse en términos del poder político azuzado por el régimen bolivariano.

De la intolerancia, la conminación y el amedrentamiento se han valido quienes han conducido hasta ahora el traumatizado recorrido de una país arruinado para ahondarlo en una crisis que más que económica, es de objetivos y de orientaciones. Pero que además, arrastra otras crisis de productividad y de eficiencia. Tanto como de los esquemas de organización y coordinación del desarrollo. E igualmente, de un paradigma de política y planificación del discurrir en el cual se debaten los desafíos que comprometen el futuro nacional.

La anarquía bolivariana que acertadamente devino en una impunidad revolucionaria sobre la cual se asintió un gobierno conspirativo que permitió la mayor corrupción de la historia nacional e hizo que el régimen se convirtiera en un sistema de oprobiosos y delictuosos negocios, debe ser objeto de un proceso de judicialización que termine castigando sus actores. En todos sus ámbitos de responsabilidades.

La justa y necesaria prédica de la ruta por la cual debe transitar la dinámica política venezolana, o sea el cese de la usurpación, un gobierno de transición y elecciones libres y democráticas, concienció la actitud de una población que, mayoritariamente, logró recuperar el terreno expropiado por un régimen violador de derechos ciudadanos y principios republicanos. No le ha valido al régimen acusar a supuestos victimarios, a los fines de justificar su negligente gestión que derivó en el craso apagón que afectó la economía nacional a razón de las invalorables pérdidas sufridas.

Ahora, el momento pone a la orden de los demócratas venezolanos, la imponderable posibilidad de construir la oportunidad de recuperar las libertades por tantos años conculcadas. La gloriosa oportunidad de fundamentar las decisiones de defenestrar definitivamente a los secuestradores de la verdad. Maleantes estos que hicieron de dos décadas, el tiempo exacto para manchar de sangre y luto a un país al cual le inculcó el grave problema de vivir con miedo a la esperanza.

Se agotó el tiempo de hablar para no hacer nada. Pese al esfuerzo realizado en dirección contraria, el régimen entró a una fase necesaria de oclusión en la que comenzó a verse arrinconado, solo y desesperado. Se alcanzó una situación de tiempo que hace que las mentiras colectivas se conviertan en deslegitimación del gobierno socialista. Y aunque pueda suponerse que la desobediencia suena duro, no hay de otra pues finalizó el pervertido juego del “huevo y la gallina”.

No es momento de malgastar discursos en fastuosidades que dejaron de ser elementos lingüísticos y dialécticos de una nueva gramática y narrativa política que está motivando la transición política ya iniciada desde el mismo 23-E de 2109. La lógica política invirtió las variables que sirvieron al régimen para desgarrar el alma de venezolanos. Para descuadrar y malograr el merecido desarrollo económico y social del país.

Multiplicar algo por nada, no da todo. De ahora en adelante, las perspectivas han trazado la ruta de ansiadas libertades y apetecidos derechos humanos y fundamentales que están a la puerta de un nuevo y mejor tiempo para Venezuela. Pero igualmente, para América Latina pues es indiscutible que geopolíticamente la crisis venezolana también se vio afectada por esta nueva dimensión. De ahí que vale regocijarse ante la oportunidad que habrá de construirse con el apoyo y aporte de tantos países y gobiernos que han manifestado su viva solidaridad con Venezuela. Y es que pese al flagelo de los eventos eléctricos acontecidos, se han revertido muchas realidades. Más, cuando el país está posicionándose frente a una nueva lógica política.

Tiempos de política , por Antonio José Monagas

EL TIEMPO ES IMPLACABLE pues no se detiene su trazo. Su rigurosidad, no mide tristezas. Tampoco se compadece de ellas. Su fuerza es imbatible. No se compara con nada. No hay otro elemento de la naturaleza más exhaustivo. En él, se condensan no sólo razones para abatir recuerdos. También, causas para impulsar actitudes. Pero sobre todo, para motivar vida. Más si se entiende, que cada aliento de vida es función de su magnánima consideración, respuesta servida o esperanza permitida.

Así pudiera comprenderse el tiempo como concepto. Asimismo, como hecho bajo el cual se suscita todo evento descrito por la historia o esperado del porvenir. La Biblia es bastante explícita en cuanto al propósito de reconocer el tiempo como el único vehículo en el que se moviliza todo lo que ha de ocurrir. Bien porque habrá de acontecer, o porque puede preverse y evitar cualquier contingencia capaz de malograr un objetivo constructivo o en construcción.

En ese sentido, debe reconocerse que hay un tiempo para todo y que Dios es dueño de ese tiempo. Según el dictado bíblico, las cosas ocurren bajo el tiempo perfecto de Dios. No suceden ni antes, ni después. “Todo tiene su tiempo. Y todo lo que se quiere debajo del Cielo, tiene su hora” (Eclesiastés 3:1-8). O cuando describe que “en tus manos están mis tiempos” (Salmos 31:15)

Pero en política, los tiempos son distintos. Más aún, para la política de oficio. Sus tiempos, aunque extremadamente inexorables, severos, marcan horas diferentes. Por ejemplo, el tiempo de lo urgente difieren del tiempo de lo prioritario. El hambre, no tiene tiempo de espera para saciarse, cuando la miseria hostiga el estómago del indigente o del menesteroso. Las enfermedades tampoco. Fundamentalmente, cuando la salud se extingue.

El carácter inmediatista de la política, tiende a desconocer las consecuencias del tiempo. Es cuando el ejercicio de la política, se desentiende de las realidades. Sobre todo, de lo que narra la historia. Pero igualmente, de los análisis retrospectivos tanto como de estudios prospectivos. Estos, son desatendidos por negligencia, afán o soberbia. Por esas razones, generalmente, se impone la improvisación o el pragmatismo. Es ahí donde los intereses de grupos o personales, exhiben su dominio volcándose hacia problemas intermedios del sistema político. Por tanto, se abandonan problemas terminales del sistema social generándose así graves complicaciones de difícil desenredo.

Es entonces cuando los encumbrados en el poder político, se deslindan de consideraciones tan vitales que pudieran devenir en un buen gobierno, O de cometidos basados en pautas propias de la planificación estratégica en la incertidumbre. Igualmente, del análisis de situaciones integrales. O de reparos que deben tocar diatribas y reveses que atascan complejos problemas de gobierno. Pero así no se dan los hechos.

Esos personajes que se regodean de utilizar o de aprovecharse de los símbolos del poder político para proyectos ideológicos particulares, no terminan de comprender que manejarse en concordancia con los tiempos que azoran las realidades, no es tan sencillo como pareciera. Sin embargo, es lo que define un dictamen. Una decisión. Casi siempre mal concebida o elaborada. Aunque en situaciones así de confusas, se establece el equilibrio entre el poder y las circunstancias que circunscriben los hechos.

Saber medir los tiempos, saber enfrentar las exigencias que imponen las nuevas realidades, saber lidiar con las expectativas o saber conciliar propuestas con otros actores y agentes políticos acusando conceptos renovados o debutantes de la teoría política, se convierte en un “valor presente” propio de una ingeniería política vista en su nueva fase de concepción formulada en el fragor de crisis políticas recientes y en procesos de insurgencia.

Los tiempos de la política no son solamente críticos cuando son advertidos en el curso de alguna emergencia que tienda a desestabilizar el equilibrio del cual depende la consecución de objetivos estratégica y funcionalmente establecidos. El ejercicio de la política, acometido con la conciencia histórica que reclama todo proyecto de gobierno configurado en aras de construir o consolidar una sociedad en democracia, es cuestión a determinar por las decisiones a tomar. Pero decisiones debidamente comedidas.

También debe entenderse que tales decisiones son función de lo que trace la actitud del gobernante, su disposición ante el Derecho y la Justicia, y su capacidad democrática para que sus decisiones se tomen en pos del bienestar integral del colectivo al cual van dirigidas. En conclusión, es el modo de cómo se concibe la vida de una sociedad libre pensada en tiempos de política.

El amor es cuestión de política, por Antonio José Monagas

RARO, PERO CIERTO. HASTA EL AMOR ES POLÍTICA. Pues en si mismo, es un acto político propiamente establecido. ¿Pero, por qué es posible afirmarlo? Primeramente, basta con recordar lo que bien infirió Aristóteles cuando dedujo que el “hombre es un animal político” (zoon politikón).

Con tan sorprendente expresión, quiso hacer ver que el hombre no puede ser concebido fuera de su relación con la sociedad con la cual comparte su vida. Y si por sociedad se comprende los estamentos jurídicos, sociales, culturales, económicos, institucionales que formalizan su existencia, o aquellos que comprometen el entretenimiento, la diversión y la recreación del ser humano, entonces no hay otro camino que conduzca a entender que todo lo que sucede alrededor de la vida del hombre, se halla íntima, compenetrada y funcionalmente ligada o asociada con la política.

Sobre todo, si se reconoce a la política como el ámbito vivencial en el cual el hombre satisface sus necesidades e intereses toda vez que en su entorno adquiere forma, sentido y magnitud la naturaleza humana. Por tanto, sus espacios dan razón a la pluralidad sobre la cual se hace posible la movilidad del hombre en términos de sus actuaciones, proyectos, preferencias, gustos, afectos y sentimientos.

No hay duda de que el amor en un enjambre de singularidades. Muchas de las cuales contradicen expectativas, anhelos y realidades. Sin embargo, en el fragor de tan profusa variedad de contraproducentes consideraciones, cualquier afirmación sobre su esencia luce casi siempre razonable. Por cuanto el amor como la política, son manifestaciones que se dan motivadas por circunstancias. Sin que muchas veces, puedan intervenirse con fines de controlarse. Por lo contrario, esas condiciones que intentan atajar las decisiones que sobre el amor o la política ocurren, producen un efecto inversamente proporcional a su causa.

De ahí que el amor pareciera ser un extraño aturdimiento que sólo es compensado o superado cuando la situación bajo la cual se produce, se alinea o coincide con la intención que lo mueve. Lo mismo sucede con la política. Por eso, tal como asintió Antonio Canovas del Castillo, figura fundamental de la política española en la segunda mitad del siglo XIX, “en política, lo que no es posible es falso”. Lo que deja ver que la política, en tanto que es expresión del espacio en el cual se establecen las relaciones humanas, no deja de jugar a lo que las realidades determinan azoradas por las coyunturas.

Justamente la teoría de Platón, evidencia lo que busca la política resolver en cada situación donde se manifiesta su capacidad de intervención. Tiene que ver con la búsqueda de la realización. Lo que por igual, traza el amor. Es así que si bien en política todo ser humano se reconoce con la potencialidad necesaria para actuar en función de satisfacer sus intereses o necesidades, en el amor ocurre exactamente lo mismo.

Por consiguiente, no es difícil inferir que si se da una relación biunívoca entre las causas y efectos que dan sentido a la política y al amor, o si entre amor y política se cumple una función biyectiva, dada sus naturales características, entonces no es de dudar que vale inferir entonces que el amor es cuestión de política.