La intolerancia en la política

La ironía que ha sembrado la intolerancia política del poder, es que ha fortalecido a quien inhabilitaron políticamente

@ajmonagas

La intolerancia siempre ha existido. Solo que ahora la dinámica de los tiempos ha envilecido las circunstancias. Razón en demasía tuvo Robert Southey, historiador y poeta inglés de la primera generación romántica, cuando refirió que “el furor de la intolerancia es el más loco y peligroso de los vicios, porque se disfraza con la apariencia de la virtud”. Esto, pareciera justificar la posibilidad de reconocer que lo único que merece no tolerarse es la intolerancia.

Del foco de la intolerancia

Pero ¿dónde y cómo se engendró la intolerancia? Aunque hay distintas versiones, es posible examinar la ruta que lleva a pensar que la intolerancia, de considerarse como la irritación de quienes carecen de alguna opinión ante una realidad o evento determinado, radica en el odio que se descarga ante quien posee lo que el otro desea tener. Su tenencia reside en la envidia o en el egoísmo que se padece al no soportar creencias distintas de las mentalizadas por el otro.

De ahí que la intolerancia analizada en términos del comportamiento político de quienes ostentan el poder en la alineación despótica y con hegemonía de una estructura de gobierno, termina convirtiéndose en una falta de voluntad que compromete valores morales sobre los cuales se asienta una democracia. 

El problema de la intolerancia es tan maligno, dado el carácter drástico que su disposición encarna, que en el caso de sistemas políticos autoritarios tiránicos o totalitarios fascistas es aprovechado para construir la insidia que sus fechorías requieren, para eliminar libertades y clausurar derechos humanos.

Objetivos de la intolerancia

Para sacrificar el pensamiento libre y la conciencia a costa de la mayor maldad que son capaces de inducir en aras de sus sectarios beneficios. Para arruinar cuanta institución muestre algún ápice de sentimiento y soltura democrática. Cerrar emisoras de radio y televisión solo por el miedo que le produce que la verdad se vuelva bandera de lucha. Para atentar en contra de la autonomía universitaria toda vez que la dictadura en curso tiene amplio conocimiento del alcance del conocimiento, de la educación como factores que combaten de frente la ignorancia que esconden los talegos de la represión, la deshonra y el oprobio que representan toda ideología apegada a modelos verticales de gobierno.

Y, en efecto, la intolerancia en el ejercicio de la política es instrumento de la destrucción de valores que endosa la moral y el civismo. Por la intolerancia practicada como recurso del poder político termina con una politiquería desenfrenada. Son politiqueros con escaso sentido de las libertades. Actúan como quienes se habitúan a obtener provecho a costa ajena.

Deformidades de su praxis

Es lo que, según la jerga de los venezolanos, son los repudiados “vividores” o “chulos” (de la hacienda gubernamental). También conocidos como “golilleros”. Estas personas, casi siempre vividores del gobierno, muestran la actitud propia del “aprovechado”, del “parásito” o “gorrón”.

Estos “arroceros” vulgares, aunque también están los “arroceros” refinados, son empleados de baja calaña prestos a colaborar en la práctica del odio y la exclusión. En el fragor de la verticalidad o militarismo de regímenes políticos, fungen de “esquiroles” al servicio de insurgencias incitadas por intereses amañados.

La intolerancia política excluye a quienes piensa diferente a lo que sugieren sus impugnados modelos ideológicos. Es justo el problema que acontece por estos tiempos políticos a la Venezuela trastocada.  A la Venezuela que viene haciéndose trizas desde que el socialismo del siglo XXI pretende trastornar sentimientos, proyectos y condiciones de vida.

La persecución, violencia política

La ironía que ha sembrado la extrema intolerancia política del poder –sobre todo, ante los comicios presidenciales en ciernes del venidero 28 de julio– es que ha fortalecido al contendiente más aclamado del proceso electoral, a quien hasta se le cercenaron sus derechos políticos.

Especialmente, lo que pauta el artículo constitucional 25 cuando determina que: “Todo acto dictado en ejercicio del poder público que viole o menoscabe los derechos garantizados por esta Constitución y la ley, es nulo. Y los funcionarios que lo ordenen o ejecuten incurren en responsabilidad penal, civil y administrativa, según los casos, sin que le sirvan de excusa órdenes superiores”. 

El hecho que traduce lo que el país padece por la encarnecida obstinación, que incluso ha llegado al extremo de encarcelar, perseguir, cerrar negocios, impedir el libre tránsito y amenazar la ciudadanía con coerciones policiales y militares ante su derecho a reunirse pacíficamente, no tiene otro nombre que el ejercicio de la violencia permitido por el abuso de poder gubernamental. Es lo que la teoría política denomina la intolerancia en la política.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

La ironía que ha sembrado la intolerancia política del poder, es que ha fortalecido a quien inhabilitaron políticamente

@ajmonagas

La intolerancia siempre ha existido. Solo que ahora la dinámica de los tiempos ha envilecido las circunstancias. Razón en demasía tuvo Robert Southey, historiador y poeta inglés de la primera generación romántica, cuando refirió que “el furor de la intolerancia es el más loco y peligroso de los vicios, porque se disfraza con la apariencia de la virtud”. Esto, pareciera justificar la posibilidad de reconocer que lo único que merece no tolerarse es la intolerancia.

Del foco de la intolerancia

Pero ¿dónde y cómo se engendró la intolerancia? Aunque hay distintas versiones, es posible examinar la ruta que lleva a pensar que la intolerancia, de considerarse como la irritación de quienes carecen de alguna opinión ante una realidad o evento determinado, radica en el odio que se descarga ante quien posee lo que el otro desea tener. Su tenencia reside en la envidia o en el egoísmo que se padece al no soportar creencias distintas de las mentalizadas por el otro.

De ahí que la intolerancia analizada en términos del comportamiento político de quienes ostentan el poder en la alineación despótica y con hegemonía de una estructura de gobierno, termina convirtiéndose en una falta de voluntad que compromete valores morales sobre los cuales se asienta una democracia. 

El problema de la intolerancia es tan maligno, dado el carácter drástico que su disposición encarna, que en el caso de sistemas políticos autoritarios tiránicos o totalitarios fascistas es aprovechado para construir la insidia que sus fechorías requieren, para eliminar libertades y clausurar derechos humanos.

Objetivos de la intolerancia

Para sacrificar el pensamiento libre y la conciencia a costa de la mayor maldad que son capaces de inducir en aras de sus sectarios beneficios. Para arruinar cuanta institución muestre algún ápice de sentimiento y soltura democrática. Cerrar emisoras de radio y televisión solo por el miedo que le produce que la verdad se vuelva bandera de lucha. Para atentar en contra de la autonomía universitaria toda vez que la dictadura en curso tiene amplio conocimiento del alcance del conocimiento, de la educación como factores que combaten de frente la ignorancia que esconden los talegos de la represión, la deshonra y el oprobio que representan toda ideología apegada a modelos verticales de gobierno.

Y, en efecto, la intolerancia en el ejercicio de la política es instrumento de la destrucción de valores que endosa la moral y el civismo. Por la intolerancia practicada como recurso del poder político termina con una politiquería desenfrenada. Son politiqueros con escaso sentido de las libertades. Actúan como quienes se habitúan a obtener provecho a costa ajena.

Deformidades de su praxis

Es lo que, según la jerga de los venezolanos, son los repudiados “vividores” o “chulos” (de la hacienda gubernamental). También conocidos como “golilleros”. Estas personas, casi siempre vividores del gobierno, muestran la actitud propia del “aprovechado”, del “parásito” o “gorrón”.

Estos “arroceros” vulgares, aunque también están los “arroceros” refinados, son empleados de baja calaña prestos a colaborar en la práctica del odio y la exclusión. En el fragor de la verticalidad o militarismo de regímenes políticos, fungen de “esquiroles” al servicio de insurgencias incitadas por intereses amañados.

La intolerancia política excluye a quienes piensa diferente a lo que sugieren sus impugnados modelos ideológicos. Es justo el problema que acontece por estos tiempos políticos a la Venezuela trastocada.  A la Venezuela que viene haciéndose trizas desde que el socialismo del siglo XXI pretende trastornar sentimientos, proyectos y condiciones de vida.

La persecución, violencia política

La ironía que ha sembrado la extrema intolerancia política del poder –sobre todo, ante los comicios presidenciales en ciernes del venidero 28 de julio– es que ha fortalecido al contendiente más aclamado del proceso electoral, a quien hasta se le cercenaron sus derechos políticos.

Especialmente, lo que pauta el artículo constitucional 25 cuando determina que: “Todo acto dictado en ejercicio del poder público que viole o menoscabe los derechos garantizados por esta Constitución y la ley, es nulo. Y los funcionarios que lo ordenen o ejecuten incurren en responsabilidad penal, civil y administrativa, según los casos, sin que le sirvan de excusa órdenes superiores”. 

El hecho que traduce lo que el país padece por la encarnecida obstinación, que incluso ha llegado al extremo de encarcelar, perseguir, cerrar negocios, impedir el libre tránsito y amenazar la ciudadanía con coerciones policiales y militares ante su derecho a reunirse pacíficamente, no tiene otro nombre que el ejercicio de la violencia permitido por el abuso de poder gubernamental. Es lo que la teoría política denomina la intolerancia en la política.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

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La ironía que ha sembrado la intolerancia política del poder, es que ha fortalecido a quien inhabilitaron políticamente

@ajmonagas

La intolerancia siempre ha existido. Solo que ahora la dinámica de los tiempos ha envilecido las circunstancias. Razón en demasía tuvo Robert Southey, historiador y poeta inglés de la primera generación romántica, cuando refirió que “el furor de la intolerancia es el más loco y peligroso de los vicios, porque se disfraza con la apariencia de la virtud”. Esto, pareciera justificar la posibilidad de reconocer que lo único que merece no tolerarse es la intolerancia.

Del foco de la intolerancia

Pero ¿dónde y cómo se engendró la intolerancia? Aunque hay distintas versiones, es posible examinar la ruta que lleva a pensar que la intolerancia, de considerarse como la irritación de quienes carecen de alguna opinión ante una realidad o evento determinado, radica en el odio que se descarga ante quien posee lo que el otro desea tener. Su tenencia reside en la envidia o en el egoísmo que se padece al no soportar creencias distintas de las mentalizadas por el otro.

De ahí que la intolerancia analizada en términos del comportamiento político de quienes ostentan el poder en la alineación despótica y con hegemonía de una estructura de gobierno, termina convirtiéndose en una falta de voluntad que compromete valores morales sobre los cuales se asienta una democracia. 

El problema de la intolerancia es tan maligno, dado el carácter drástico que su disposición encarna, que en el caso de sistemas políticos autoritarios tiránicos o totalitarios fascistas es aprovechado para construir la insidia que sus fechorías requieren, para eliminar libertades y clausurar derechos humanos.

Objetivos de la intolerancia

Para sacrificar el pensamiento libre y la conciencia a costa de la mayor maldad que son capaces de inducir en aras de sus sectarios beneficios. Para arruinar cuanta institución muestre algún ápice de sentimiento y soltura democrática. Cerrar emisoras de radio y televisión solo por el miedo que le produce que la verdad se vuelva bandera de lucha. Para atentar en contra de la autonomía universitaria toda vez que la dictadura en curso tiene amplio conocimiento del alcance del conocimiento, de la educación como factores que combaten de frente la ignorancia que esconden los talegos de la represión, la deshonra y el oprobio que representan toda ideología apegada a modelos verticales de gobierno.

Y, en efecto, la intolerancia en el ejercicio de la política es instrumento de la destrucción de valores que endosa la moral y el civismo. Por la intolerancia practicada como recurso del poder político termina con una politiquería desenfrenada. Son politiqueros con escaso sentido de las libertades. Actúan como quienes se habitúan a obtener provecho a costa ajena.

Deformidades de su praxis

Es lo que, según la jerga de los venezolanos, son los repudiados “vividores” o “chulos” (de la hacienda gubernamental). También conocidos como “golilleros”. Estas personas, casi siempre vividores del gobierno, muestran la actitud propia del “aprovechado”, del “parásito” o “gorrón”.

Estos “arroceros” vulgares, aunque también están los “arroceros” refinados, son empleados de baja calaña prestos a colaborar en la práctica del odio y la exclusión. En el fragor de la verticalidad o militarismo de regímenes políticos, fungen de “esquiroles” al servicio de insurgencias incitadas por intereses amañados.

La intolerancia política excluye a quienes piensa diferente a lo que sugieren sus impugnados modelos ideológicos. Es justo el problema que acontece por estos tiempos políticos a la Venezuela trastocada.  A la Venezuela que viene haciéndose trizas desde que el socialismo del siglo XXI pretende trastornar sentimientos, proyectos y condiciones de vida.

La persecución, violencia política

La ironía que ha sembrado la extrema intolerancia política del poder –sobre todo, ante los comicios presidenciales en ciernes del venidero 28 de julio– es que ha fortalecido al contendiente más aclamado del proceso electoral, a quien hasta se le cercenaron sus derechos políticos.

Especialmente, lo que pauta el artículo constitucional 25 cuando determina que: “Todo acto dictado en ejercicio del poder público que viole o menoscabe los derechos garantizados por esta Constitución y la ley, es nulo. Y los funcionarios que lo ordenen o ejecuten incurren en responsabilidad penal, civil y administrativa, según los casos, sin que le sirvan de excusa órdenes superiores”. 

El hecho que traduce lo que el país padece por la encarnecida obstinación, que incluso ha llegado al extremo de encarcelar, perseguir, cerrar negocios, impedir el libre tránsito y amenazar la ciudadanía con coerciones policiales y militares ante su derecho a reunirse pacíficamente, no tiene otro nombre que el ejercicio de la violencia permitido por el abuso de poder gubernamental. Es lo que la teoría política denomina la intolerancia en la política.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

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