Carta de un niño… sin identidad, por Orlando Viera-Blanco* - Runrun
Carta de un niño… sin identidad, por Orlando Viera-Blanco*
La negación de la identidad comporta una grave violación a los DD. HH. de los niños y sus padres

 

@ovierablanco

Hace 32 años caía el muro de Berlín, el declive del apartheid y la impronta de la Guerra Fría. Nace la Red Informática Mundial y el mundo se une en defensa de los niños y la infancia. Cómo evitarlo si el planeta había sido testigo de un holocausto (II Guerra Mundial) donde murieron más de millón y medio de niños.

No sabemos cuál podría haber sido el destino de esos “locos bajitos”, a decir de Serrat. Médicos, maestros, ingenieros, científicos, líderes, es decir, vidas truncadas que han podido salvar muchas vidas, enseñar a otras generaciones, construir muchos puentes, escribir muchos libros o liderar muchas nobles causas. Pero a veces los niños también mueren en vida y son criminalmente ignorados por la humanidad. Sobre todo, por las dictaduras.

Una gran mayoría de padres y madres han crecido bajo gobiernos fallidos. Otros crecimos en libertad. El legado de nuestros padres y abuelos fue construir un país de oportunidades, permitirnos una vida amable, libre, con más derechos. Nos toca ahora devolvérsela a nuestros hijos de la patria.

Niño, “deja de joder con la pelota”

Me gusta mucho Serrat. Cada canción es un tributo a Machado, un poema ilustrado de su niñez. Desde un Barquito de papel hasta Esos locos bajitos. Desde Mediterráneo hasta Aquellas pequeñas cosas. El verso de Serrat es historia viva de un pasado, de una infancia, a la cual debe sus fortunas o pesares, sus virtudes y cantares. “Niño, deja de joder con la pelota; niño que eso no se dice, que eso no se hace, que eso no se toca”. Un sermón acompañado de satisfacción o, si acaso, de frustración…

Es en la vida de un niño donde nace o muere todo. Al decir del psicopedagogo Francesco Tonucci, «es durante esa etapa de la vida que se cimientan los aspectos más importantes del conocimiento y la personalidad». Por eso la educación infantil es más importante que la universitaria, hora a hora.

Recientemente leí una cita de una carta de un niño mexicano que podría haber sido escrita por cualquier niño latinoamericano en la anomia. Más o menos decía así:

“Nací en la miseria. Nunca conocí a mi padre y mi madre me dio lo único que me podía dar, algunas caricias… Descargó en mí toda su frustración y mal humor. Declaró algo que para mí es importante, no fui yo quien decidió nacer. Abandoné a muy temprana edad un cuarto lleno de perfumes baratos y de malos olores. Desesperado de hambre aprendí a pedir limosna y también a robar. No encontré otro camino para vivir. ¿Acaso ese es vivir en libertad? Para olvidar mis penas, hambre y miseria me oculté detrás de una mala compañera: la droga. ¿Es eso ser libre? Un día encontré un niño indeciso frente a una vitrina que elegía qué muñeco comprar. Yo seguí mi camino sin más distracción que el rencor que envenenaba mi corazón, con mi soledad sin encontrar un sitio para dormir. ¿Qué es para mí libertad?: es elección o resignación; presencia o desesperación, ira o dolor, amor o rencor, construir o destruir, vivir o morir… Quiero reconstruir mi realidad, quiero buscar un sueño, un porvenir, una razón para querer y vivir, una identidad. Dame −te lo suplico− educación y te prometo que aprenderé a utilizar ese don que se llama libertad…”.

Por eso el futuro no son los niños. El futuro −según la Carta de Miguel otro niño español que le escribe a su padre− somos los adultos. Los padres, quienes debemos darles a nuestros niños, a nuestros hijos, el amor, la educación, las herramientas para tener una razón para vivir, un sueño que perseguir, un puente que construir, una vida que salvar, una causa que liderar, un árbol que sembrar, un libro que escribir. Libertad es joder con la pelota, es decir, hacer o tocar lo que cada cuento cada noche bastó para soñar. Así sea sobre un barquito de papel…

Nace el tratado sobre los derechos del niño

Dirigentes de numerosos países se reunieron (1989) para contraer un compromiso histórico con los niños del mundo. Fue la Convención sobre los Derechos del Niño, que ha conseguido reducir en 40 % el número de niños que no asisten a la escuela primaria, disminuir en más de 100 millones los niños menores de cinco años con retraso de crecimiento y desaparecer la poliomielitis que paralizaba o mataba a casi 1000 niños todos los días.

Los niños son la causa de la causa, por lo cual su primer derecho es su identidad.

Sin ese derecho humano fundamental, el resto de los derechos esenciales no llegan: educación, salud, ciudadanía, cultura, que es integración orgánica, legal y cálida a la comunidad, al estado, a la vida. Sin identidad el ser humano simplemente no existe.

Diáspora con cara de niño

Gran parte de la diáspora venezolana son niños. Muchos no han podido obtener una cédula de identidad que les permita un pasaporte venezolano. Esto ocasiona inmensos problemas y privaciones. No pueden registrarse en el sistema escolar del país donde hacen vida o ser atendidos en un hospital. No pueden trasladarse o viajar libremente. El niño crea su identidad a partir de la relación con las personas que le cuidan y con el resto de las personas que le rodean: familiares, cuidadores, profesores, amigos, etc. Es urgente que nuestros niños vuelvan a nacer, que gocen de su derecho a la identidad.

Los rencores nacidos de conflictos políticos, apátridas como consecuencia de la negación de la identidad, la anomia que es la nada en términos éticos y sociales, comporta una grave violación a los DD. HH. de nuestros niños y sus padres. Ello potencia riesgos de acoso, exclusión, violencia y vulnerabilidad, que al decir del poeta transmiten frustraciones con la leche templada en cada canción.

El derecho a ser ciudadano, si no en mi país, en aquel que humanitariamente me dé acogida y me conceda una vida amable, es el derecho a hacer, decir y tocar lo que dibuje, lo que sueñe y escriba en mi almohada de papel… No olvidemos, no ignoremos las cartas de los niños… sin identidad, sin libertad.

*Embajador de Venezuela en Canadá.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es