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#HistoriaDeMédicos | El leproso de Angostura: un caso elocuente de 1832, por Elías Pino Iturrieta

@eliaspino

Hasta ahora, en una serie de textos, hemos tratado los temas de la salud en el pasado manejando situaciones generales a través de las cuales se observan los problemas de la época. De las crisis panorámicas se sacan conclusiones capaces de reflejar las vicisitudes más importantes, lo cual concede al examen suficiente solvencia.

Hoy topamos con un caso individual, susceptible de ofrecer mayores luces sobre los padecimientos de la república naciente y sobre cómo se enfrentan entonces.

La sensibilidad de un grupo de ciudadanos en torno a un suceso particular que no pasa inadvertido en la comunidad, nos aproxima a una situación específica que ofrece pistas de interés sobre unas conductas  que hoy no podemos apreciar por otros conductos. De allí la trascendencia que pueda tener.

Veamos, pues, la historia de Antonio Alcalá, un eficiente escribano de Angostura que debe ser echado del trabajo por una enfermedad que provoca fundados temores. Hijo del difunto José Gabriel Alcalá, un político célebre en la región, prócer regional de la Independencia, en 1832 es sometido a una investigación que conduce a su salida del servicio por las reacciones producidas por su avanzada lepra.

Cuando aparecen los síntomas del mal debe retirarse de la actividad que lleva a cabo en un juzgado, porque los compañeros temen un contagio y porque la gente del común apenas se atreve a traspasar el umbral del despacho. Debido a su eficiencia, y en atención a la memoria de su padre, las autoridades permiten que prosiga las labores en el domicilio familiar. Desde allí envía los papeles que redacta, pero la situación se vuelve insoportable.

Uno de los subalternos se niega a recoger la documentación escrita por el pobre Antonio, debido a que “está lleno de lepras asquerosas y temibles de contagio”. Después, un testigo asegura bajo fe de juramento:

Todos los funcionarios que tienen que actuar con el Escribano Antonio Alcalá, impedido de salir a la calle, se ven precisados a concurrir aunque con repugnancia al mismo oficio del Escribano Antonio Alcalá, defendiéndose sus respiraciones con pañuelos, por la fetidez que arroja la supuración de las lepras del citado Escribano enfermo, que permanece siempre en un chinchorro metido y para levantarse a firmar necesita del auxilio de brazos ajenos que lo lleven y acomoden en el lugar destinado para el efecto.

Los jueces que se encuentran forzados a inevitables contactos con el funcionario, afirman que “lo hacen con repugnancia y temor de la infección de la peste”. El expediente describe después la actitud de un ciudadano de apellido Baldani, a quien Alcalá debía entregar un texto de importancia para un proceso: “Rehusaba presentarse por ante él por serle repugnante la pestilencia de su enfermedad y quería reservarse de un contagio”.

El Alcalde Segundo ordena la comparecencia de un litigante ante el escribano, pero recibe la siguiente contestación:

La enfermedad contagiosa del señor Alcalá me obliga a precaver mi salud; y este motivo me ha animado a decir a U. que con actuarios daré mi declaración, si se necesita, y no por ante dicho Escribano. Este remedio lo conceden las leyes vigentes y me amparo de él.

Así las cosas, Antonio Alcalá pierde la escribanía. La calidad de su trabajo y el parentesco con una celebridad comarcana no pueden contra la turbación provocada por la lepra. Al principio se acepta que realice labores en la casa de familia, pero pronto el terror hace que los compañeros de oficina y otros vecinos de Angostura se empeñen en su salida del cargo, para evitar una cercanía que puede conducirlos a idéntica situación. Disponen lo que está a su alcance para evitar la proximidad de lo que juzgan como una podredumbre que puede ser la suya personal.

El individuo de competente oficio y esclarecido origen desaparece por la existencia de un terror que borra los datos de una trayectoria conocida y estimada en la ciudad. Las llagas y el olor convierten a Antonio Alcalá en un enemigo público que no puede permanecer en policía normal.

Si así actúa un grupo de personas de una ciudad importante frente a un individuo conocido, es evidente que el pavoroso riesgo de contraer la lepra, en Angostura o en otro lugar, borra cualquier sentimiento de solidaridad en el caso de los apestados anónimos. Las reacciones son las propias de quienes sienten que están frente a un mal incurable en un tiempo que no ha tenido medios para atender dolencias menos aparatosas, ni sensibilidad para hacer de la benevolencia una conducta establecida. El predicamento del escribano, que ahora sacamos de su rincón, permite comprender muchas reacciones de la época. A través de un solo hecho, aparentemente minúsculo, se pueden entender situaciones que van más allá de sus estrechos límites.